Ignacio Fritz
Piso 1
Suelo estar falto de cobardía
cada vez que entro en un ascensor. A pesar de que es inusual terminar encerrado
en la cabina –un ataúd de acero– y que lleguen los bomberos –con estridencia en
un ingente y llamativo camión rojo con brillosos cromados–, o que los
resistentes cables que lo sujetan se rompan y se acabe cayendo en picada varios
pisos y terminar aplastado en tierra firme, o en concreto sólido, tal como vi
en una teleserie brasileña –no recuerdo cómo se llamaba, pero la emitían a la
hora de la siesta, tres de la tarde–, donde una mujer terminó con el cuello
roto, cubierta con su propia sangre producto del severo impacto.
Piso 2
En el piso dos entra Annie
Murphy, actriz que reconozco porque, sí, no es famosa-famosa-famosa: rechazo la
hiperexposición de las celebridades; basta que una sea Scarlett Johansson para
execrarla sin contemplaciones, en vilo, sin mayores fundamentos.
—Buenas tardes —le
digo, pero no me oye. No me contesta el saludo y ni siquiera cruzamos miradas.
Simplemente, no me percibe ni me ve. Se limita, con toda naturalidad, a pulsar
el botón del último piso, el de la azotea, y pienso que podría ser una persona
que se le parezca, eso es común, pero se me mete entre ceja y ceja que podría
ser su doppelgänger –«el que camina al lado»–, un sosias fantasmal
aparecido en un dos por tres, que solo yo puedo divisar.
Por algo será.
—¿Eres tú, Annie?
—persisto.
No responde.
Pienso: «La
Murphy es una maleducada».
Me percato que es
de carne y hueso, no se trata de una «bilocación». Lo sé porque el blanco de
sus ojos, la esclerótica, brilla; es posible que eso, seguro, no se exprese en
un doble fantasmal, un doppelgänger, menos el de una actriz. Aparte, usa
una minifalda modelo gypsy con una polera que le ciñe perfecta, sobre
todo en su esquelética cintura de avispa. Sus brazos, delgados, los enseña
caídos, flojos, y sus manos poseen dedos largos, de uñas pintadas de un
espléndido amarillo rey, semejantes al sol, o como los bordes de una llama de
fuego.
Piso 3
Annie Murphy nació en
diciembre de 1986, en la actualidad tiene treinta y cuatro años, es joven,
canadiense, caucásica: cabello tonalidad miel, pero también con un blondo más
intenso; no puedo ser más específico porque nada sé de melenas teñidas; supongo
que es su caso, se colorea el pelo.
No tengo pruebas
de si lo hace o no.
—Lindo pelo —lanzo
el piropo. Miento, luego—: Muy natural.
Recogiendo lo más
importante, el físico de Annie Murphy no resalta, no es que tenga silicona en
las mamas o bótox en la cara: se ve muy natural, cercana al promedio, pero es
muy fina y supongo que debe ser vegana y animalista y medioambientalista y
seguro que quedará embarazada en los próximos dos años y el Antimundo sabrá
quién es tanto como yo sé: la veo en la pantalla y me rio a mandíbula batiente,
sobre todo cuando me salgo del loop y me introduzco en los aparatos
tecnológicos, en la internet.
Piso 4
Ella es divertida, tal como
se observa en la comedia Schitt’s Creek’, donde encarna a Alexis
Rose, hija de unos millonarios que pierden su fortuna y terminan hacinados en
un «pueblo de mierda», como reza el título de la serie.
Imaginarla como
un doppelgänger que pueda permanecer estancada en un determinado lugar –este
ascensor, junto a mí para toda la Eternidad– me excita más que su semblante o
su cuerpo o sus ojos o lo que sea, aunque no estoy seguro si soportaré
permanecer tanto tiempo unido a ella, en una sincronía que me tiene bajándome
en el piso 12 –el piso del incendio– cada día.
¿Alguien recuerda
lo que pasó, aquí, en la torre Santa María, el veintiuno de marzo de 1981?
Piso 5
Su histrionismo, rayano en lo
jovial, se plasma en la comedia Schitt’s Creek’. Reconozco que aquello
me entusiasma más que su físico, tema que atrae a los burdos, hombres que
primero ven el culo y luego hablan con alguna chica equis, y lo siento si «A
quien le quepa el sayo, que se lo ponga», como dicta
la frase ya que el mundo –y no el Antimundo– se rige por temas más prosaicos y
elementales, como lo expuesto y atribuido a Guillermo de Ockham (1280-1349),
fraile franciscano, filósofo y lógico escolástico, que planteaba que «En
igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más
probable».
¿Annie Murphy
está en este ascensor como una doppelgänger que me acompañará en mi
travesía en esta suerte de limbo?
No, lo siento.
Estoy solo. Aburrido de hacer un acto una y otra vez desde que fallecí aquí
mismo, en este ataúd de acero, el veintiuno de marzo de 1981, hace más de
cuatro décadas.
—¿Eres Anne Frances Murphy, la actriz? —le pregunto, pero no me oye.
Otra vez no me
dirige la palabra. Es enervante, lo juro.
—Tu actuación en Schitt’s Creek’ me mata —insisto por otro lado, el de su trabajo.
Es una mujer
parecida a ella, y NO ELLA. Intempestivamente se frota los brazos descubiertos,
siente frío y retira un celular fosforescente y se taponea las orejas con unos
audífonos y oye la canción «True Faith», de New Order, a gran volumen, todo con
el frío que se origina aquí, siendo que afuera, en la calle, se caen los patos
asados.
Piso 6
De acuerdo con el principio
de Guillermo de Ockham, olvidémonos que nos hemos encontrado en un ascensor con
el doppelgänger de Annie Murphy. Debe haber una explicación más
prosaica, más simple, pero que yo sepa no se está filmando un comercial en la
azotea, ni menos una película o una serie de Netflix, y no creo que esté de
visita en Chile, en plan anónimo, y que visite la torre Santa María, menos en
un ascensor junto a una aparición que soy yo, aunque no me he manifestado aún,
solo he logrado en el ascensor un vientecillo gélido, atribuible al aire
acondicionado.
Ser un espectro
es un tema tedioso; de ahí que me gustaría estar aquí con su doppelgänger,
acompañado en la Eternidad, o hasta que derriben la torre como fueron
derribadas las torres del World Trade Center; esto último ni en broma; basta de
desgracias mundiales; basta de muertes.
Con la mía fue
suficiente.
Piso 7
En realidad –hasta ahora–
nunca me he puesto a pensar en los inconvenientes de usar un ascensor varias
veces al día en mi trabajo –o situación– en la torre Santa María: ciento diez
metros de altura, treinta pisos y cuatro subterráneos. Aparte –aquí mismo y con respecto a mi ser–, en marzo de 1981 hubo
ese alarmante incendio y fallecieron once personas, de una, entre las cuales me
encontraba yo, para mi desgracia.
Me asfixié en
este ascensor producto de la humareda y otros tampoco se salvaron porque no
supieron usar las vías de escape por lo modernas e inusuales. Esa mañana, sonó
la sirena del cuartel y salimos a toda pastilla y tuve la desgracia de no poder
apagar el incendio en el piso 12 y luego encerrarme en el ascensor y fallecer
de una manera más o menos torturante.
—¿De visita en
Santiago de Chile? ¿Una película? ¿Me darías tu autógrafo? —arremeto, sin
resultados óptimos.
A todos nos succiona la Parca, ese gran embudo
como agujero de gusano, ese puente de Einstein-Rose que ataja el
espacio/tiempo.
Piso 8
Annie Murphy está casada con
el cantante y compositor Menno Versteeg. En 2013 perdieron su hogar y casi
todas sus pertenencias en un siniestro, un incendio; llamaradas en danza
carbonizadora, macabra. Con todo, el hecho de que una actriz haya sufrido el trauma
de un incendio –asunto experimentado por mí– me deja pensando por varios
segundos y la música de New Order me despierta de mis cavilaciones, de estar en
Jauja, distraído, ahíto, empachado, a pesar de que le he hablado sin resultados
concretos y he creído que será mi pareja fantasmal por el resto de los días en
la Humanidad, hasta que esta construcción colapse o desaparezca del reino de
Dios.
Piso 9
La torre Santa María fue
inaugurada en 1980. Por aquellos días era el edificio más alto de Chile:
minirascacielo instalado en los faldeos del distintivo cerro San Cristóbal, con
una arquitectura vanguardista, acristalada e inspirada en el World Trade Center
de Nueva York, pero en menor escala, acaso «a la chilena».
—¿Te gusta Chile?
¿Estás de visita? ¿De incógnito? —repito en saco roto, sin lograr nada. No me
da bola, aunque tal vez porque se lo pregunto en español y no en inglés, que es
su idioma nativo, supongo, allá en Canadá, junto al francés.
Vuelve a frotarse
los brazos y los vellos se le erizan por el frío.
Piso 10
La tragedia de 1981 no se
compara con la del World Trade Center el once de septiembre de 2001, cuando se
logró volar la santabárbara con lo fatídico a gran escala, producto de
magníficas explosiones, fruto del choque de dos aviones comerciales contra el dúo
de imponentes edificios neoyorquinos, símbolos del capitalismo salvaje.
Ambas
edificaciones –la torre Santa María y las Twin Towers– sufrieron en carne
propia una catástrofe, pero en diferentes niveles, ya que hablamos de
construcciones con pisos que se relacionan por los siniestros y porque el World
Trade Center inspiró la construcción de este bloque.
—¿Por qué vas a
la azotea, Annie? —No hay réplica—. ¿Motivos de trabajo…? Sé que eres actriz, y
de las buenas. La comedia es un género dificilísimo. No cualquiera la ejecuta
con naturalidad ante las cámaras.
Parezco idiota de
tanto preguntarle con ineficacia.
Piso 11
En el piso once pienso en
Santa Bárbara, icono mártir de todos los que profesamos la religión católica,
Patrona de la Artillería y de todas aquellas profesiones que se encuentran
ligadas al mundo del fuego abrasador. Cada cuatro de diciembre todos –absolutamente
todos– los bomberos y electricistas y mineros le rinden tributo a Santa
Bárbara.
Hoy es cuatro de
diciembre de 2021.
Recién veo que
Annie Murphy lleva una mascarilla en la boca y nariz, no sé por qué. Juro que
no distinguí el antifaz: está a mi lado y quema –o vuela– la santabárbara y la
sincronía resulta especial porque el World Trade Center –las Twin Towers–
colapsaron incendiadas y todo esto remite a la idea de que hemos sido víctimas
del fuego, con una llama oscura como el destino.
—Los ascensores
son peligrosos, Annie —añado.
Nada.
Piso 12
Siempre es lo mismo, a mi
pesar: entro al ascensor e intento charlar con la gente que no me ve en la
mayoría de los casos, aunque a veces me pronuncio, asusto, intimido. Quedan
turulatos. Un espectro está en un loop tedioso y repetitivo, durante
años y años, décadas y siglos. Una misa en mi honor me vendría bien, sería lo
ideal, estaría en paz. Cavilo que tal vez ella irá a una misa en la azotea. O
que ella es la mismísima Santa Bárbara. O que tal vez yo no fallecí asfixiado
ese veintiuno de marzo de 1981, ni con quemaduras en las vías respiratorias ni
llagas exasperantes en todo mi cuerpo –quemaduras de segundo y tercer grado,
por lo mínimo–, a pesar del traje de bombero, con la chaqueta de cuero, el
casco y la toalla blanca y húmeda alrededor del gaznate.
Nada ese día pudo
ayudarme, ni siquiera el hacha.
—En este piso doce se originó un gravísimo incendio por un cigarrillo mal apagado que entró en contacto con una moqueta impregnada en adhesivo de contacto —suelto—. Fallecí de manera trágica y ahora estoy aquí. ¿Quieres cenar conmigo? —Y, sin más, me bajo del ascensor.
Me realizo preguntas fundamentales, que quedarán sin respuesta, o sin ser pronunciadas, como las que le he formulado en estos doce pisos: no sabré qué hay en la azotea, Annie Murphy no es un doppelgänger, ni si quiera se trata de la actriz canadiense de Schitt’s Creek’, y la incandescencia deflagra, hiere, tuesta, resulta tan eterna como el suplicio de los quemados, asfixiados en un tiempo que avanza como un ascensor cuando sube cada vez, en un loop crispante, perpetuo, carbonizado.

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