sábado, 23 de mayo de 2026

VESNA Y DIVKO

Dinko Osmančević

 

Pronto la noche engulliría la montaña y su aldea, Bojka. Pero los pastores habían perdido una ovejita. Los demás muchachos llevarían el rebaño al pueblo, mientras Divko permanecería en la montaña para buscar a la traviesa Asja. En varias ocasiones anteriores, el muchacho rubio había regresado a Bojka victorioso, con la joven oveja sobre los hombros. Divko apenas contaba quince veranos, pero era digno de su nombre; alto y fuerte, aunque todavía no se había desarrollado por completo, como un capullo que apenas comienza a abrirse.

—Nunca se había alejado tanto —murmuró, y abrió las manos con impotencia.

Se había internado profundamente en la montaña y los días se habían vuelto más cortos. Debía regresar enseguida; de lo contrario, la noche lo sorprendería lejos de Bojka. Apretaba con fuerza su maza. Quiso darse la vuelta; apenas un instante lo separaba de tomar la decisión. Y fue entonces cuando una anciana apareció ante Divko. Surgió, pensó él, de la nada. Tenía largos cabellos grises, un rostro demacrado y un abrigo de lana que le llegaba hasta el suelo, con una carga de ramas sobre la espalda. Sus miradas se cruzaron: la de ella era turbia; la del muchacho, asombrada y teñida de temor.

—¿De dónde vienes, mujer?

—Eso mismo quería preguntarte, muchacho. Has llegado frente a mi casa —gimoteó la anciana.

Señaló una cabaña de troncos, a unos cincuenta pasos. Divko se sorprendió de no haber advertido antes el humo que escapaba del techo.

—Soy Divko, hijo de Vukan, de Bojka. Busco una oveja de mi rebaño.

—Las ovejas extraviadas siempre son las más queridas.

—¿Vives sola en la montaña? ¿No temes a las bestias, mujer?

—Los hombres son las peores bestias, muchacho. Llámame Ana. Ayúdame con las ramas y podrás pasar la noche en mi casa. También recibirás un cuenco de sopa caliente; seguro tienes hambre. Ya es tarde para regresar a tu hogar.

El muchacho tomó con facilidad la carga de la anciana. Volver al pueblo a través de la montaña sería demasiado arriesgado de noche.

 

Divko devoraba la sopa sentado a la mesa, en un rincón de la cabaña. Ana se quitó el abrigo y lo colgó de una viga. Se movía de un lado a otro junto al hogar. Iluminado por las llamas, el vestido de Ana se volvió transparente. Debajo se delineaba claramente su desnudez. A pesar de los años, Ana tenía un cuerpo hermoso y bien formado. Divko dejó de comer, pero no pudo dejar de mirarla. Sentía que el deseo lo dominaba como nunca antes. Su virilidad se endureció y temió moverse para que la anciana no lo advirtiera. Al mismo tiempo, imaginaba levantarse, tomarla en brazos y llevarla hasta el lecho de pieles y paja en el otro extremo de la cabaña. Deseaba con todas sus fuerzas arrancarle el vestido, abrirle las piernas y hundir su masculinidad en su sexo hasta derramar su semilla sobre ella.

De pronto, todo se oscureció ante sus ojos. Cerró los párpados apenas un instante. Cuando volvió a ver, Ana estaba de pie frente a él, completamente desnuda. Era joven, de largos cabellos negros y colmillos lobunos descubiertos en una sonrisa feroz. Lo tomó de la mano y lo levantó de la mesa. Lo condujo hacia el lecho. Saltó sobre Divko y rodeó su cintura con las piernas. El muchacho liberó su virilidad y la sujetó por las nalgas. Sintió que su miembro penetraba su ardor. Ana lo sofocaba con besos. Cayeron sobre el lecho. Ella lo aprisionó con su cuerpo y se retorcía sobre él en pleno frenesí. Divko contemplaba los grandes pechos de Ana, que se movían rítmicamente ante sus ojos. El placer creciente comenzó a hacerlo temblar cada vez más, sin control...

 

Antes del amanecer, la partida de hombres de Bojka, con antorchas en las manos, dio fruto. Encontraron a Divko medio desnudo, acurrucado junto a un tronco podrido. Temblaba de fiebre.

 

La muchacha descalza danzaba al son del canto de las abubillas sobre un prado salpicado de flores silvestres. Su vestido de lino y su larga cabellera dorada ondeaban con la brisa. Recolectaba hierbas medicinales y disfrutaba del hermoso día de primavera. Había aprendido herboristería de su madre, y esta de la suya, generación tras generación. Aunque estaba absorta entre hierbas y danzas, advirtió a un muchacho corpulento con una maza en la mano. Se acercaba desde el valle del arroyo murmurante. Ella se detuvo y aguardó al desconocido.

—Saludos, muchacha —le dijo el joven.

—Y a ti, forastero. ¿Vienes de lejos?

—Soy Divko Vukanov, de Bojka.

—He oído hablar de tu aldea. Está del otro lado de la montaña. Es extraño que andes solo, tan lejos de tu hogar y de los tuyos.

—Busco a alguien desde hace siete veranos. Mi maza y yo no tememos a nadie. Pero tú también estás sola. Eres hermosa, muchacha, y alguien podría hacerte daño. Será mejor que regreses a casa.

—Me llamo Vesna y no estoy sola. En ese bosquecillo está mi hermano de juramento, Stribor. Él me protege. Sus flechas alcanzan el corazón de mis enemigos.

—A mí me alcanzó una flecha hace mucho tiempo —Divko bajó la mirada un instante—. Llevo semanas caminando y quisiera descansar unos días. ¿Necesitan un trabajador en tu aldea? Sé hacer de todo. Trabajo por un lecho en un rincón, una corteza de pan y un poco de sopa.

Vesna y su protector, el hermano de juramento Stribor, llevaron a Divko a su aldea. Bjelobrijeg era un poblado ordenado, de hermosas casas de madera, rodeado y protegido por una empalizada de estacas afiladas. El abuelo de Vesna, Vojihna, un anciano alegre de larga barba blanca, vivía en una casa cercana a la entrada sur del pueblo. Ya estaba entrado en años y, como sus hijas se habían casado y su esposa había muerto, vivía solo. Necesitaba ayuda con las abejas, los caballos y el resto de los animales.

Fuerte, hábil y trabajador, Divko ganó fácilmente la simpatía del abuelo de Vesna durante los días siguientes gracias a su esfuerzo y dedicación en la casa. Vojihna tenía cuatro hijas y cada vez veía más en Divko al hijo que nunca había tenido. Pero Divko también había conquistado otra simpatía. Todos los días, Vesna visitaba a Vojihna y a su trabajador. Les llevaba leche fresca y comida, pero también un soplo de frescura y una corona de flores sobre la cabeza. Hablaban de la aldea y del ganado, de las hierbas medicinales, de la montaña y del nacimiento de la vida en primavera. Divko se sentía cómodo y satisfecho en compañía de Vesna. Le agradaban especialmente su sonrisa amplia y sincera y la mirada luminosa de sus ojos azul cielo...

Finalmente el sol se abrió paso entre las nubes. Durante los días anteriores, la lluvia había caído sobre el pueblo sin descanso. Divko reparaba una valla cerca del establo, mientras las abejas zumbaban alrededor de las colmenas. Vesna se acercaba sigilosamente, de puntillas; quería sorprenderlo.

—Te veo —dijo el muchacho sin darse vuelta.

—¡Bah! ¿Cómo pudiste verme? ¿Acaso tienes ojos en la nuca? —se enfadó Vesna.

—No, pero tengo oídos. No fuiste tan silenciosa.

—¿Y por qué eres tú tan callado y reservado? Escuché en el pueblo que preguntas por una mujer. ¿Es ella quien te atormenta?

Divko se ensombreció y apartó la mirada.

—Fue hace mucho tiempo. La encontré inesperadamente en el bosque, en la montaña. Me convirtió en hombre y me entregó su amor. Ocurrió un milagro y desapareció. Me dejó inquietud y deseo. Desde entonces enloquezco buscándola.

—Sé de quién hablas. Otros también han oído de ella, pero le temen y evitan nombrarla.

—Se llama Ana. ¿Sabes dónde está ahora? —Divko tomó a Vesna de las manos.

—No, pero está en todas partes. Su verdadero nombre es Morana. Y no te dio amor, sino solo deseo. Divko, el amor es cuando te duele aquí. —Vesna le clavó un dedo en el pecho—. El amor duele, pero no es una enfermedad. ¡El deseo sin amor sí lo es!

—¡Mientes! ¡Estás celosa y mientes! —rugió Divko—. Solo he perdido semanas aquí. Mañana al amanecer me marcharé. ¡La buscaré hasta encontrarla!

El muchacho se dio vuelta y se alejó apresuradamente para atender al ganado. Una lágrima resbaló por la mejilla de Vesna.

 

Toda la noche, un mismo sueño giró en la mente de Divko. Ana, hermosa y joven, con los colmillos descubiertos, yacía desnuda acariciándose los pechos, los muslos y el sexo. Chasqueaba la lengua y lo llamaba. Entonces aparecía Vesna, con una corona de flores alrededor del cuello. Sonriente y luminosa, bailaba por el prado...

 

Los gallos anunciaron a Zaria. El muchacho preparó su atado. Un fuerte apretón de manos con Vojihna. El anciano apartó la mirada. Sus ojos estaban rojos e hinchados; a veces los hombres también lloran. Divko tomó su maza y salió resueltamente. Lo recibió la mañana fresca y cubierta de rocío, impregnada del perfume de los tilos.

Paso a paso, Divko llegó hasta las últimas casas de Bjelobrijeg. Estaba seguro de que alguien lo seguía. Unos pasos pequeños avanzaban tras él; intentaban ser silenciosos, pero no lo bastante. No se volvió; solo apresuró el paso hacia la colina y el bosque. De pronto se detuvo y se dio vuelta. Sabía que la vería a ella, a Vesna. El muchacho arrojó la maza y el atado y caminó rápidamente hacia la muchacha, mientras ella corría a su encuentro. Un abrazo firme los unió mientras el sol nacía sobre la montaña.

—¡Aquí, aquí fue donde me dolió! —Divko apoyó su gran mano sobre el pecho.

Vesna secó sus lágrimas; la sonrisa y la alegría habían regresado a su rostro.

Dinko Osmančević nació el 24 de julio de 1971 en Banja Luka, Bosnia-Hercegovina. Es aforista y escritor de ciencia ficción. Fue columnista de Nezavisne Novine durante mucho tiempo. Publicó aforismos y otras obras satíricas en todos los diarios de la República Srpska y Serbia, así como en otros periódicos, numerosas revistas y publicaciones literarias ("Književne Novine", Belgrado, "Književni pregled", Belgrado, "Suština poetice", Glušci, "Književno pero", Rijeka, "Nekazano", Bar, "Most", Mostar, "Krajina", Banja Luka, "Nova stvarnost", Banja Luka...), así como en revistas de género de los Balcanes Occidentales y Eslovaquia. Fue premiado en concursos y festivales de humor y sátira. Publicó relatos de ciencia ficción y otros géneros en las revistas "Galaxija", "Orbis", "Terra", "Suština poetice", "Faros", "Grad" (Kruševac), "Nekazano", "Đerdan", "Ilustrovana politika" y en numerosas revistas y portales en línea, así como en una veintena de colecciones antológicas de relatos.

 

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