Dinko Osmančević
Pronto la noche
engulliría la montaña y su aldea, Bojka. Pero los pastores habían perdido una
ovejita. Los demás muchachos llevarían el rebaño al pueblo, mientras Divko
permanecería en la montaña para buscar a la traviesa Asja. En varias ocasiones
anteriores, el muchacho rubio había regresado a Bojka victorioso, con la joven
oveja sobre los hombros. Divko apenas contaba quince veranos, pero era digno de
su nombre; alto y fuerte, aunque todavía no se había desarrollado por completo,
como un capullo que apenas comienza a abrirse.
—Nunca se había alejado tanto
—murmuró, y abrió las manos con impotencia.
Se había internado profundamente en
la montaña y los días se habían vuelto más cortos. Debía regresar enseguida; de
lo contrario, la noche lo sorprendería lejos de Bojka. Apretaba con fuerza su
maza. Quiso darse la vuelta; apenas un instante lo separaba de tomar la
decisión. Y fue entonces cuando una anciana apareció ante Divko. Surgió, pensó
él, de la nada. Tenía largos cabellos grises, un rostro demacrado y un abrigo
de lana que le llegaba hasta el suelo, con una carga de ramas sobre la espalda.
Sus miradas se cruzaron: la de ella era turbia; la del muchacho, asombrada y
teñida de temor.
—¿De dónde vienes, mujer?
—Eso mismo quería preguntarte,
muchacho. Has llegado frente a mi casa —gimoteó la anciana.
Señaló una cabaña de troncos, a
unos cincuenta pasos. Divko se sorprendió de no haber advertido antes el humo
que escapaba del techo.
—Soy Divko, hijo de Vukan, de
Bojka. Busco una oveja de mi rebaño.
—Las ovejas extraviadas siempre son
las más queridas.
—¿Vives sola en la montaña? ¿No
temes a las bestias, mujer?
—Los hombres son las peores
bestias, muchacho. Llámame Ana. Ayúdame con las ramas y podrás pasar la noche
en mi casa. También recibirás un cuenco de sopa caliente; seguro tienes hambre.
Ya es tarde para regresar a tu hogar.
El muchacho tomó con facilidad la
carga de la anciana. Volver al pueblo a través de la montaña sería demasiado
arriesgado de noche.
Divko devoraba la
sopa sentado a la mesa, en un rincón de la cabaña. Ana se quitó el abrigo y lo
colgó de una viga. Se movía de un lado a otro junto al hogar. Iluminado por las
llamas, el vestido de Ana se volvió transparente. Debajo se delineaba claramente
su desnudez. A pesar de los años, Ana tenía un cuerpo hermoso y bien formado.
Divko dejó de comer, pero no pudo dejar de mirarla. Sentía que el deseo lo
dominaba como nunca antes. Su virilidad se endureció y temió moverse para que
la anciana no lo advirtiera. Al mismo tiempo, imaginaba levantarse, tomarla en
brazos y llevarla hasta el lecho de pieles y paja en el otro extremo de la
cabaña. Deseaba con todas sus fuerzas arrancarle el vestido, abrirle las
piernas y hundir su masculinidad en su sexo hasta derramar su semilla sobre
ella.
De pronto, todo se oscureció ante
sus ojos. Cerró los párpados apenas un instante. Cuando volvió a ver, Ana
estaba de pie frente a él, completamente desnuda. Era joven, de largos cabellos
negros y colmillos lobunos descubiertos en una sonrisa feroz. Lo tomó de la
mano y lo levantó de la mesa. Lo condujo hacia el lecho. Saltó sobre Divko y
rodeó su cintura con las piernas. El muchacho liberó su virilidad y la sujetó
por las nalgas. Sintió que su miembro penetraba su ardor. Ana lo sofocaba con
besos. Cayeron sobre el lecho. Ella lo aprisionó con su cuerpo y se retorcía
sobre él en pleno frenesí. Divko contemplaba los grandes pechos de Ana, que se
movían rítmicamente ante sus ojos. El placer creciente comenzó a hacerlo
temblar cada vez más, sin control...
Antes del amanecer,
la partida de hombres de Bojka, con antorchas en las manos, dio fruto.
Encontraron a Divko medio desnudo, acurrucado junto a un tronco podrido.
Temblaba de fiebre.
La muchacha
descalza danzaba al son del canto de las abubillas sobre un prado salpicado de
flores silvestres. Su vestido de lino y su larga cabellera dorada ondeaban con
la brisa. Recolectaba hierbas medicinales y disfrutaba del hermoso día de
primavera. Había aprendido herboristería de su madre, y esta de la suya,
generación tras generación. Aunque estaba absorta entre hierbas y danzas,
advirtió a un muchacho corpulento con una maza en la mano. Se acercaba desde el
valle del arroyo murmurante. Ella se detuvo y aguardó al desconocido.
—Saludos, muchacha —le dijo el
joven.
—Y a ti, forastero. ¿Vienes de
lejos?
—Soy Divko Vukanov, de Bojka.
—He oído hablar de tu aldea. Está
del otro lado de la montaña. Es extraño que andes solo, tan lejos de tu hogar y
de los tuyos.
—Busco a alguien desde hace siete
veranos. Mi maza y yo no tememos a nadie. Pero tú también estás sola. Eres
hermosa, muchacha, y alguien podría hacerte daño. Será mejor que regreses a
casa.
—Me llamo Vesna y no estoy sola. En
ese bosquecillo está mi hermano de juramento, Stribor. Él me protege. Sus
flechas alcanzan el corazón de mis enemigos.
—A mí me alcanzó una flecha hace
mucho tiempo —Divko bajó la mirada un instante—. Llevo semanas caminando y
quisiera descansar unos días. ¿Necesitan un trabajador en tu aldea? Sé hacer de
todo. Trabajo por un lecho en un rincón, una corteza de pan y un poco de sopa.
Vesna y su protector, el hermano de
juramento Stribor, llevaron a Divko a su aldea. Bjelobrijeg era un poblado
ordenado, de hermosas casas de madera, rodeado y protegido por una empalizada
de estacas afiladas. El abuelo de Vesna, Vojihna, un anciano alegre de larga
barba blanca, vivía en una casa cercana a la entrada sur del pueblo. Ya estaba
entrado en años y, como sus hijas se habían casado y su esposa había muerto,
vivía solo. Necesitaba ayuda con las abejas, los caballos y el resto de los
animales.
Fuerte, hábil y trabajador, Divko
ganó fácilmente la simpatía del abuelo de Vesna durante los días siguientes
gracias a su esfuerzo y dedicación en la casa. Vojihna tenía cuatro hijas y
cada vez veía más en Divko al hijo que nunca había tenido. Pero Divko también
había conquistado otra simpatía. Todos los días, Vesna visitaba a Vojihna y a
su trabajador. Les llevaba leche fresca y comida, pero también un soplo de
frescura y una corona de flores sobre la cabeza. Hablaban de la aldea y del
ganado, de las hierbas medicinales, de la montaña y del nacimiento de la vida
en primavera. Divko se sentía cómodo y satisfecho en compañía de Vesna. Le
agradaban especialmente su sonrisa amplia y sincera y la mirada luminosa de sus
ojos azul cielo...
Finalmente el sol se abrió paso
entre las nubes. Durante los días anteriores, la lluvia había caído sobre el
pueblo sin descanso. Divko reparaba una valla cerca del establo, mientras las
abejas zumbaban alrededor de las colmenas. Vesna se acercaba sigilosamente, de
puntillas; quería sorprenderlo.
—Te veo —dijo el muchacho sin darse
vuelta.
—¡Bah! ¿Cómo pudiste verme? ¿Acaso
tienes ojos en la nuca? —se enfadó Vesna.
—No, pero tengo oídos. No fuiste
tan silenciosa.
—¿Y por qué eres tú tan callado y
reservado? Escuché en el pueblo que preguntas por una mujer. ¿Es ella quien te
atormenta?
Divko se ensombreció y apartó la
mirada.
—Fue hace mucho tiempo. La encontré
inesperadamente en el bosque, en la montaña. Me convirtió en hombre y me
entregó su amor. Ocurrió un milagro y desapareció. Me dejó inquietud y deseo.
Desde entonces enloquezco buscándola.
—Sé de quién hablas. Otros también
han oído de ella, pero le temen y evitan nombrarla.
—Se llama Ana. ¿Sabes dónde está
ahora? —Divko tomó a Vesna de las manos.
—No, pero está en todas partes. Su
verdadero nombre es Morana. Y no te dio amor, sino solo deseo. Divko, el amor
es cuando te duele aquí. —Vesna le clavó un dedo en el pecho—. El amor duele,
pero no es una enfermedad. ¡El deseo sin amor sí lo es!
—¡Mientes! ¡Estás celosa y mientes!
—rugió Divko—. Solo he perdido semanas aquí. Mañana al amanecer me marcharé.
¡La buscaré hasta encontrarla!
El muchacho se dio vuelta y se
alejó apresuradamente para atender al ganado. Una lágrima resbaló por la
mejilla de Vesna.
Toda la noche, un
mismo sueño giró en la mente de Divko. Ana, hermosa y joven, con los colmillos
descubiertos, yacía desnuda acariciándose los pechos, los muslos y el sexo.
Chasqueaba la lengua y lo llamaba. Entonces aparecía Vesna, con una corona de
flores alrededor del cuello. Sonriente y luminosa, bailaba por el prado...
Los gallos
anunciaron a Zaria. El muchacho preparó su atado. Un fuerte apretón de manos
con Vojihna. El anciano apartó la mirada. Sus ojos estaban rojos e hinchados; a
veces los hombres también lloran. Divko tomó su maza y salió resueltamente. Lo
recibió la mañana fresca y cubierta de rocío, impregnada del perfume de los
tilos.
Paso a paso, Divko llegó hasta las
últimas casas de Bjelobrijeg. Estaba seguro de que alguien lo seguía. Unos
pasos pequeños avanzaban tras él; intentaban ser silenciosos, pero no lo
bastante. No se volvió; solo apresuró el paso hacia la colina y el bosque. De
pronto se detuvo y se dio vuelta. Sabía que la vería a ella, a Vesna. El
muchacho arrojó la maza y el atado y caminó rápidamente hacia la muchacha,
mientras ella corría a su encuentro. Un abrazo firme los unió mientras el sol
nacía sobre la montaña.
—¡Aquí, aquí fue donde me dolió!
—Divko apoyó su gran mano sobre el pecho.
Vesna secó sus lágrimas; la sonrisa
y la alegría habían regresado a su rostro.

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