Mauricio-José Schwarz
Almudena
doliente en la cama. Almudena doliente bailando.
Repiqueteo de tacones que convierten a la madera en instrumento, feria de
percusiones, sorda marimba bombardeada. Silencio mientras una pierna se asoma
entre los vuelos de la falda, coqueta, perfecta, muscular, apoderándose del
primer plano, del escenario todo, bebiéndose la luz que marca un círculo sobre
la mujer y su color.
Almudena sobre la camilla, debatiéndose entre el dolor y el horror,
mirando sin querer mirar la mancha roja que se extendía por la sábana, goteando
vida abandonada por el suelo.
No hay engaño que no pueda convertirse en realidad si pasa por la mano
del artesano. La mentira anunciada, promovida, conocida, puede alzar el vuelo.
Mentira son los personajes de la tragedia griega, que en acabando el llanto y
la muerte bajan del escenario y se convierten en simples actores aficionados al
vino y a la música de las flautas. Mentira son los músicos de cuadritos
pintados por el catalán. Mentira las penurias del diminuto vagabundo que se
mueve espásticamente en los filmes de Chaplin. Mentira el vuelo fingido de las
bailarinas sobre las puntas, imaginándose cisnes envueltos en tul.
Mentira era Almudena. Mentira nueva inventada a dueto por el Charro, que
según ella se parecía a Jorge Negrete hasta en las pestañas, y el Tiburón, que
hubiera dado una pierna por la gloria de parecerse a Gardel, pero que tenía
aspecto entre de matón de la mafia y de dueño de una pizzería.
Mentira que bailaba de cuando en cuando en las dimensiones igualmente
falsas del espacio virtual, en las imágenes y sonidos que corrían por las
líneas telefónicas y saltaban ágiles de satélite en satélite para reconstruirse
en las pantallas y las bocinas de las computadoras que tapizaban al planeta.
Una Almudena tan real que invitaba a tocarla, que parecía despedir su
propio aroma feral aunque esas cosas aún eran imposibles. Almudena en una
ilusión de cuerpo entero, tres dimensiones, sonido perfecto, que pasaba del
flamenco a Gershwin con elegancia, gitana en un momento, mulata esencial al
siguiente, y que había dejado huella con sus bailes en fingida gravedad cero,
como si ella y su público estuviesen suspendidos entre la Tierra y la Luna, y a
nadie importaba que fuera una ilusión.
Había dejado huella cuando ya no tenía piernas. La paradoja le divertía
enormemente aunque jamás lograba arrancarle una sonrisa con ella al Charro o al
Tiburón. Cierto, dejaba huella a veces en la tierra con las prótesis casi
alquímicas de plástico y complicados intestinos electrónicos que le permitían
caminar casi sin tambalearse, subir escaleras, trotar en las mañanas e incluso
inclinarse a recoger algún objeto del suelo, pero que eran incapaces de bailar
y dejar huella en los corazones.
Había dejado huella en otros, en cambio, con corrientes eléctricas
diminutas que salían de las terminaciones vivas de sus muñones, esos nervios
truncos con los que a veces sentía que le dolían las piernas ausentes. Así como
las prótesis físicas sentían las órdenes de esos nervios, las traducían a
velocidades asombrosas y reaccionaban, los electrones enviaban mensajes a
través de los cables diseñados por el Charro y el Tiburón entre oscuros chistes
tecnológicos y jarras de café. Y los mensajes de los cables llegaban a las
computadoras que los dos hombres habían acumulado para hacer los complejos
trabajos de programación que les permitían vivir como vagos y cobrar grandes
sumas.
Las señales nerviosas iban a las computadoras y entonces bailaba una
Almudena replicante en la pantalla tridimensional.
Al principio se sintió una grotesca marioneta estática en la silla, con
cables que salían de toda parte móvil de su cuerpo y se convertían en la imagen
en la pantalla. Miró el entorno virtual en las gafas diseñadas por el charro.
Era un teatro y ella estaba al centro del escenario. Siguió instrucciones,
imaginó que daba un paso al frente y pudo ver que bajo ella se extendía su pie
y se posaba sobre el piso falso con un reconfortante sonido. Era como estar
dentro de otra Almudena entera.
Asombrada, no volvió a temer las horas de ajustes a los aparatos, las
pruebas prolongadas que poco a poco la reinventaban bailarina.
Fue como aprender a caminar de nuevo.
El Tiburón agregó más cables y explicó que, en cuanto resolvieran algunos
puntos sobre cómo conseguir que las computadoras la "vieran", quizá
desaparecerían muchos de ellos.
—Pero para que salga bien, tiene que doler —dijo el Tiburón y el Charro
hizo un mohín que acentuó su parecido con el ídolo de la pantalla.
Los nuevos cables llevaban sensaciones de presión y de dolor al cuerpo de
Almudena, en respuesta a sus evoluciones imaginarias en el escenario
inexistente.
Al cabo de unos pasos se sintió confiada, quiso girar y perdió el
equilibrio tan eficazmente como lo hubiera hecho en la realidad. El mundo que
veía se inclinó de súbito en las gafas mientras ella lanzaba un grito de dolor
al chocar la cadera imaginaria con el escenario inexistente.
—Acaso habría que disminuir la potencia —dijo el Charro con toda
seriedad.
—Los artistas deben sufrir —sugirió el Tiburón.
—También pueden rompernos la cara a patadas —reflexionó el Charro mirando
cómo Almudena se quitaba las gafas y los miraba con odio no por cordial menos
sincero.
—Acaso habría que disminuir la potencia —concluyó el Tiburón.
Almudena fue sujeto experimental, Terpsícore de laboratorio, bailarina de
indias, campo de pruebas y fuente de interminables cantidades de números que
resultaban de las acciones de cada cable y daban pie a que el Charro y el
Tiburón prepararan más y más jarras de café y hablaran en su idioma técnico y
hermético. Almudena aprendió a dar un paso y otro, a hacer un glissade
sin piernas y un pas de chat sobre un entarimado que sólo existía en sus
gafas televisoras, haciendo sonidos que le llegaban mediante bocinas. El Charro
aprendió a graduar los sonidos y las sensaciones. El Tiburón aprendió a
disminuir la potencia del dolor y hacer más eficientes las sensaciones que
recibían los muñones. Almudena aprendió a pespuntear un taconeo terso y retador
desde su silla, las manos abriéndose en el aire como flores urgentes. Descubrió
cómo manipular sus extensiones para convertir la cibernética en una herramienta
más, otro órgano que le permitía explorar las posibilidades del movimiento en
que había vivido su cuerpo desde los cuatro años de edad hasta el día en que un
automóvil se plegó sobre sus piernas convirtiéndolas en un recuerdo.
Llegó el día en que se anunció por los gusanos telefónicos que se podía
ver a Almudena bailar en las computadoras. Y la vieron aunque no supieran quién
era esa maestra de baile y coreógrafa que cuatro años atrás había estado a
punto de hacerse famosa y en cambio se había hecho tullida.
Y Almudena bailó, primero directamente, transmitiendo su ilusión a una
hora exacta para un público incuantificable e invisible de hombres y mujeres
absortos ante sus computadoras, y que encontraron la manera de hacer saber su
entusiasmo por la danza virtual de la mujer de negros cabellos. Luego, Almudena
bailó en discos que podían adquirirse junto a los programas de contabilidad y
los juegos donde se puede destruir al enemigo con armas malévolas y brutales.
Y mientras Almudena bailaba, el Charro y el Tiburón soñaban con otros
artificios para que Almudena bailara soft shoe en las arenas de la Luna,
simulando esa quinta parte de gravedad que convertía a los astronautas en
saltarines a cámara lenta, para que ensayara mudras acompañada de bailarines
que estuvieran en otros países y se unieran a ella en coreografías fantásticas
sin tener que salir de sus domicilios.
El Charro y el Tiburón soñaban escenarios y retos para llenar de danza la
vida de Almudena, de saltos watusi y de zapateados gauchos, de ballet y de
pavanas, valses y minuets, coreografías sin precedente y largas improvisaciones
de tap posibles, acaso, en compañía de Gene Kelly o Donald O'Connor.
Y soñaban que olvidaban cuál de los dos, si es que alguno lo había hecho,
llevaba en las manos el volante del automóvil al momento en que serpenteó
descontrolado y chocó contra la guarda de la autopista, anunciando su ruina con
un cruel aullar de metal vencido al que le hizo coro el asombro sangrante de
Almudena.
La Almudena que no iba a ser nunca de ninguno de los dos.
Los dos que eran para ella.
Mauricio-José Schwarz Huerta (Ciudad
de México; 2 de febrero de 1955) es un novelista, periodista y
fotógrafo mexicano, radicado en España desde 1999. Orientado
principalmente a la literatura de géneros (ciencia ficción, terror, policial)
ha publicado más de un centenar de relatos en revistas de México, Colombia,
Francia, Argentina, Venezuela, Bélgica, Cuba, Estados Unidos y España; tres
novelas policiales, dos colecciones de relatos individuales y numerosos
artículos y ensayos, además de antologías y obras colectivas en Estados Unidos,
España, Francia, Italia, Colombia, Venezuela, Argentina y Cuba.
