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domingo, 1 de marzo de 2026

EPÍLOGO

Southeast Jones

 

—¡Es medianoche! —anunció Georges—. ¡Les deseo a todos un buen y alegre fin del mundo!

—¿Cuántos llevamos? —se burló Prune—. ¿Diez, quince?

—Unos veinte —respondí—. Llevamos haciendo nuestra fiestecita casi treinta años, ¿recuerdas la primera?

—¡2012, la profecía maya! —intervino Nicky.

—¡Eso! Todavía estamos esperando —se carcajeó Georges—. Ya no recuerdo bien quién tuvo esa idea descabellada; ¡se armó un revuelo enorme con esas famosas predicciones! Éramos muchos más en esa época.

—Quince o dieciséis, creo; ¡una barbacoa monstruosa! Cada uno de los que estábamos presentes había traído sus botellas, hacíamos tanto escándalo que la policía intervino cuatro… no, cinco veces.

—Y al final acabaron rodando debajo de la mesa con la mayoría de nosotros —dijo Prune, vaciando su vaso—; también hay que decir que cargamos bien el ponche. Entornó la nariz:

—Por cierto, este está un poco demasiado suave. ¿Dijiste unos veinte?

—Sí. Entre los anuncios de catástrofes mayores, las caídas de asteroides, los supervolcanes y todas esas profecías más o menos religiosas, no debo de estar muy lejos de la cuenta. Aun así, me asusté de verdad durante la crisis con Corea del Norte; si China no se hubiera echado atrás en el último momento, seguramente ya no estaríamos aquí bromeando.

—Sí, fuerte —retomó Prune, pinchando una aceituna—, nadie estaba tranquilo; hubo una ola tremenda de suicidios. ¿Soy la única a la que se le pasó por la cabeza?

Pasó un ángel. Recuerdo que habíamos tocado el tema, pero ella era la única que había preparado un cóctel de medicamentos “por si acaso”. Cuando, hacia las cuatro de la madrugada, supimos que los norcoreanos habían destruido sus misiles, se echó a llorar. Yo también estuve tentado; quizá a los ojos de algunos podríamos pasar por cobardes, pero cualquiera que haya visto los documentales sobre los supervivientes del holocausto nuclear de Hiroshima y Nagasaki tiene que admitir que es mejor morir de inmediato que agonizar lentamente, consumido por la radiación. ¡Seis misiles de cabezas múltiples! Sentí un escalofrío retrospectivo y levanté la mano con timidez. Prune no dijo nada, Nicky me miró con los ojos muy abiertos, como si no lo creyera, mientras Georges nos llenaba los vasos con una cara imposible.

—¿Fue esa la única vez que lo creímos, hasta el punto de cometer lo irreparable? —retomé.

—En el treinta, tal vez —murmuró Georges—, cuando lograron crear el primer agujero negro; también hubo un buen pánico, ¡hicieron falta casi diez horas para que se evaporara!

—Supuestamente todo estaba bajo control, sí, claro. Igual evacuaron la zona alrededor del LHC en un radio de ciento cincuenta kilómetros. A veces me pregunto cuántas veces, en realidad, nos hemos salvado por los pelos. Prune, tú que eres periodista, ¿qué dices?

—Digo que, sin duda, seríamos los últimos en enterarnos, y que si hubiera siquiera una mínima posibilidad de que algunos sobrevivieran, pueden estar seguros de que nosotros no estaríamos entre ellos. Esta conversación me aburre, se está poniendo lúgubre. ¿Y si volvemos a nuestras tonterías?

—Si quisiéramos —insistí—, podríamos reunirnos varias veces al año; no pasan tres meses sin que algún imbécil anuncie el fin del mundo, pero bueno, ¡hay que elegir! Hoy les propongo un Armagedón, con regreso de Cristo y todo el asunto, y también un enjambre de micrometeoritos en el que se escondería una roca muy, muy grande… elijan, ¡las apuestas están abiertas! Ahora, no sé ustedes, pero yo tengo hambre.

Pasamos a la mesa y Georges sirvió; el tono era ahora más ligero. Un poco achispada, Nicky picoteaba; aun así, nos ayudó a acabar con tres botellas de rosado: ¡ya dormiremos mañana! La lotería nos había convertido en gente acomodada y todos habíamos dejado de trabajar cinco años antes; al fin y al cabo, estábamos casi jubilados. La vida era bella; casi cada día era un día de fiesta y pensábamos aprovechar cada uno de ellos. Por supuesto, nadie creía que el fin del mundo fuera hoy, y aun si lo fuera, ¿no era más agradable pasar las últimas horas entre amigos?

Prune y Georges, Nicky y yo: era lo mismo; nos habíamos casado el mismo día y habíamos sido testigos el uno del otro. De todos modos, una amistad de casi cuarenta años impone respeto. Nos reuníamos tan a menudo que podían habernos tomado por familia. 2012 había sido la primera vez; el mundo siguió girando, no siempre muy derecho, pero ahí estábamos todavía, juntos, en lo bueno y en lo malo. Siempre pensé que no sería Dios, ni la naturaleza, ni siquiera un asteroide cercano a la Tierra lo que causaría nuestra desaparición, sino el hombre y su locura. No importaba el medio: el fuego nuclear, la guerra bacteriológica o, más probablemente, la destrucción de nuestro entorno. La máquina estaba en marcha y nada podría detenerla. Solo teníamos un deseo: no estar ya aquí cuando ocurriera.

—¿Entonces ya elegiste?

—¿Perdón? Discúlpame, Georges, estaba pensando —dije sonriendo—. Me inclinaría por los meteoros. ¿Y ustedes?

—Igual todos. Encendí la estufa, empieza a refrescar. Prune hizo vino caliente, ¿quieres?

—Preferiría café si queda; si no, servirá. ¿Dónde están las chicas?

Me señaló las tumbonas con la cabeza y sonreí: Nicky dormitaba, mientras Prune tarareaba con los ojos cerrados, escuchando sus eternas canciones de amor en su MP6. Instalamos el telescopio; el cielo estaba despejado: si tenía que pasar algo, no debíamos perdérnoslo. Nos acomodamos y brindamos con nuestras tazas de vino caliente. Las paredes de la estufa brillaban débilmente; estábamos a gusto. Nicky dormía ya a pierna suelta; aproveché para aceptar el puro que me ofrecía Georges, porque ella no soportaba que yo fumara.

La noche estaba tranquila: ni rastro de una estrella fugaz. ¿Dónde estaba ese maldito enjambre? Para matar el aburrimiento tomé algunas fotos de la Luna. Hacia las cuatro de la mañana empecé a pensar en despertar a todos –Georges y Prune habían terminado por dormitar– cuando algo cambió. Fue muy sutil: flotaba en el aire como un perfume de rosas. Luego llegó la música, una melodía de acentos hermosos y trágicos, que parecía venir de todas partes y de ninguna a la vez, y que iba en aumento. Me estremecí: al olor de rosas se le acababa de sumar un aroma punzante que me hizo fruncir la nariz; solo necesité unos segundos para identificarlo: era olor a ozono.

Tuve un presentimiento desagradable: iba a ocurrir algo. Aún dudaba en despertar a los demás por algo que quizá no fuera más que un efecto de mi imaginación nublada por el alcohol. Prune abrió los ojos de pronto y decidió por mí. Nadie decía nada; estábamos divididos entre el miedo y la incredulidad. La música –indudablemente la de una gran orquesta– era ahora lo bastante potente como para haber despertado a otras personas. Se encendían luces en la mayoría de las casas de nuestros pocos vecinos; algunos ya estaban en sus jardines.

Algo cruzó de repente el cielo y se detuvo bruscamente en mitad de su trayectoria; me lancé hacia el telescopio. Aparecieron otros objetos, desfilando en filas apretadas y regulares, demasiado regulares para que el fenómeno pudiera calificarse de natural. El extraño desfile duró casi dos horas y se detuvo tan bruscamente como había empezado. Las cosas del cielo parecían gigantescas. ¿Naves espaciales? La música era ensordecedora, y el olor a rosas estaba ya en el límite de lo soportable. Me pareció oír también risas y fragmentos de conversaciones, y esas palabras que no comprendía resonaban en mi cabeza, cargadas de una amenaza terrible e indecible.

De pronto se hizo el silencio y el cielo se entreabrió, mientras unas manos inmensas empezaban a recoger los árboles, las casas y los coches, y a nuestro alrededor el mundo se desvanecía. Nos quedamos allí, paralizados de estupor, mientras los utileros desmontaban el decorado y diez mil millones de voces aullaban de terror.

Southeast Jones es el seudónimo literario del escritor Paul Demoulin. Nació en Lieja, Bélgica en 1957. En 2003, ganó el Premio del Jurado y el Premio de los Lectores en el concurso de novela policíaca convocado por el municipio de Seraing en el marco del «Año Simenon» con «Jour gras», un relato humorístico sobre el canibalismo rural. Actualmente es vicepresidente de la asociación «Les Artistes Fous Associés», así como coantólogo y miembro del comité editorial de Éditions des Artistes Fous. Ha publicado, entre otras obras, Rétrocession (2008), Émancipation, Clic, Contrat (2012), Jonas, Notre-Dame des opossums  (2013), Grand Veille (2013), Denis Noodle et le sexe (2014), Jour gras (2014), Trip (2014), Il sera une fois... (2016), Un coup vite fait! (2022) y Chairs (2022).

miércoles, 12 de junio de 2024

UN DÍA ORDINARIO

Southeast Jones

 

Una mujer de mirada vacía y de una delgadez aterradora observaba a dos niños que jugaban entre los escombros; probablemente era la madre. Suspiré...

¿Cuándo se jodió todo? ¿Y por qué?

Cuando yo era niño, mi padre me decía que no confiara en los libros de historia recientes, porque aunque contenían algunas verdades cuidadosamente seleccionadas, no eran más que obras de propaganda publicadas por el Nuevo Régimen. Mi padre no era politólogo ni historiador. Había vivido el Antes y el Después, y es a su memoria que conozco, al menos en parte, la oscura realidad. Los libros autorizados nos cuentan que Europa estaba en bancarrota tras la guerra ruso-ucraniana, pero también por la crisis del COVID, la inmigración salvaje; se habla de un Gran Reemplazo, de la miseria de los europeos, especialmente de los franceses, del hambre, del frío y de los incesantes cortes de gas y electricidad...

Hubo efectivamente un Gran Reemplazo durante la alianza de todos los partidos de extrema derecha. Tenían muchos simpatizantes en el ejército y las fuerzas del orden, lo que les permitió derrocar al gobierno con relativa facilidad, no sin violencia, obviamente, y tomar el poder. No tocaron ni al Palacio del Elíseo ni al Hôtel de Matignon, pero pusieron al presidente y a los principales ministros bajo arresto domiciliario. Los primeros meses probablemente se parecieron al paraíso para el pueblo; la comida era más abundante y el suministro de energía más regular, pero la coalición había sobreestimado su capacidad para gestionar la nación. No pasó ni un año antes de que la situación volviera a ser como antes.

Por desgracia, cuando uno prueba el poder, es raro que lo deje de buena gana. Las manifestaciones resurgieron. Hubo una especie de revolución rápidamente controlada y el país se sometió cuando comenzaron las ejecuciones. La ira del pueblo seguía creciendo; creció inexorablemente hasta estallar en 2039, dejando una Francia más exangüe que nunca y una población derrotada. De esa época, solo quedan algunos focos de resistencia que realizan pequeñas operaciones de guerrilla urbana, en su mayoría ineficaces...

El espectáculo que tenía ante mí era un poco más desolador cada día y la avenida Foch, que hace menos de treinta años era una de las arterias más bellas de París, se parecía a un campo de batalla. Las dos últimas manifestaciones habían sido de una violencia rara; algunos coches, en su mayoría desmantelados, volcados o incendiados, yacían en la calzada y en las aceras, en algunos lugares destrozados, mientras que algunos edificios habían sido saqueados, a veces incluso dañados por bombas caseras...

Los lugares probablemente permanecerían en ese estado durante varios meses; los disturbios eran tan frecuentes que los Basureros, como se llamaba a los limpiadores de las milicias privadas, llevaban mucho tiempo limitándose a recoger solo los cadáveres. Dos ciclistas intentaban avanzar como podían entre los restos y la basura, pero la mayoría de las personas que me cruzaba iban a pie. Justo en la esquina de la rue de la Pompe y la avenida de Montespan, vislumbré un brazo que sobresalía de una lona, probablemente un imprudente que quiso ir a divertirse con las putas del barrio. La iluminación no funcionaba desde hacía años y no era prudente quedarse afuera cuando caía la noche. Los Basureros aún no habían pasado, pero un alma caritativa se había tomado la molestia de cubrir el cuerpo.

Un cartel plantado en un montón de escombros indicaba "¡Bienvenido al bulevar de los Acostados!". Antes de que terminara la tarde, sería retirado, y sus autores serían buscados. La Oficina Provincial no quería que se mantuvieran ese tipo de recuerdos, pero ¿quién ignoraba hoy que bajo el asfalto estaba enterrada una inmensa fosa común? Recordando las masacres de los Comuneros en 1871, la gran batalla sindicalista de 2039 había dejado más de diez mil muertos solo en la ciudad de París; las autoridades de la época querían dejar los lugares tal como estaban como advertencia. Hicieron venir rodillos compresores que, durante varias horas, aplastaron los cuerpos antes de cubrirlos con varias capas de alquitrán. Varios cientos de ellos descansaban bajo mis pies.

Apenas tenía seis meses, pero mi padre me lo había contado, como un deber de memoria.

—Por un lado —decía él—, había una marea humana que afluía de toda Francia; obreros, empleados, e incluso patrones, todos unidos en el hambre, desesperados y sin derechos; por el otro, policías, preocupados y asustados, pero acorazados de negro. Armas en alto, amenazantes, luego bajadas, ante la inquebrantable voluntad del pueblo, las fuerzas del orden divididas, muchos cambiando de bando, yendo a unirse a la horda de los rebeldes. Y luego, un disparo, venido de no se sabe dónde, y el choque del primer contacto antes del desbande de la policía desbordada. La victoria, anunciada demasiado pronto, París, negro de una multitud enojada, vociferante y suplicante a la vez, desde el Étoile hasta la Concorde, a la Nación y la Bastilla, así como en todas las calles adyacentes, hasta el puente de Sully temblando bajo el peso de varios miles de personas invadiendo la Île de la Cité. Bretones, alsacianos, auverneses, vascos y todas las comunidades se mezclaron. Olvidando las lenguas, los colores y las religiones, eran tantos y tantos. Y este escenario se repetía en Marsella, Lyon, Burdeos y en la mayoría de las grandes ciudades.

Se decía en esa época que más del ochenta por ciento de la población adulta del país se encontraba manifestando en las calles. Con lágrimas en los ojos, mi padre me detalló la intervención demasiado violenta de las milicias privadas y la Masacre de los Trabajadores, la represalia del ejército, el toque de queda, la instauración de la Ley Marcial y el ataque a la mayoría de los sitios proveedores de energía, seguido del apagón. Cada día traía su cuota de dramas. Así, el presidente y su familia fueron ejecutados mientras intentaban huir hacia Inglaterra. Algunos miembros del gobierno derrocado prefirieron suicidarse antes que enfrentar la venganza popular. Y luego, para nosotros, fue el asesinato de mi madre por la nueva policía, con un cartel en una mano y una cuna en la otra.

 

La esclusa de seguridad se abrió y entré en el bar. "El bravo obrero" era uno de los pocos cafés del barrio que permanecía relativamente tranquilo. Aunque se decía que a veces se realizaban reuniones de sindicalistas allí, beber una cerveza –incluso servida en un vaso de coca de limpieza dudosa–, sin tener que volverse cada cinco minutos, valía la pena los inconvenientes de posibles controles de identidad para llegar.

—Hola, una cerveza, por favor... Ah, ¿Julien no está? —me sorprendí al ver a la matrona cuarentona detrás del mostrador.

—Se jubiló anoche. Estaba cansado, ¿sabes? Serán treinta euros.

—Treinta... pero, estaba a veintiocho la semana pasada.

—La inflación... Por cierto, yo soy Josy.

—Es el tercer aumento este año. —La inflación, suspiré antes de añadir para no molestarla—: no hay mucha gente esta mañana...

—No, están todos en el juicio del resistente que la milicia atrapó el otro día, pero en un par de horas, no te imaginas, estará lleno; de hecho, he contratado a tres chicos para que me ayuden en un rato. Sola no puedo hacerlo.

Me lanzó una mirada sospechosa:

—¿No fuiste?

—¿Adónde?

—¡Al juicio, claro!

—Tú tampoco, respondí sonriendo.

—¡Exenta! Tengo un negocio reconocido de utilidad pública.

—¿Quieres decir que genera ingresos para el Estado? —me atreví a burlarme.

—¡Cuidado con lo que dices! Te lo digo, te lo digo, pero otra persona podría denunciarte por sedición. ¿Cuál es tu nombre?

—François —dije entre dos sorbos.

Decidí que no me gustaba esa mujer, ni sus insinuaciones; olía a soplona. Mi cerveza tenía un sabor desagradable; mentalmente, intenté calcular si tenía medios para permitirme una segunda. Aún debía comprar pan, el trozo de carne de la semana, probablemente un hígado o un pulmón de buey que nos duraría tres días, cuatro si los racionábamos, agregando patatas y algunas verduras. También necesitaba leche, así como achicoria y harina. Y azúcar, si encontraba.

Dejé que mi mente continuara con la lista.

Antes de regresar tenía que pasar por el curandero; Jaurès empezaba con paperas, pero sin seguro, no podíamos permitirnos los servicios de un médico, ni pagar el tratamiento. Solo sobrevivía gracias a la asignación básica y al mercado negro desde que perdí un brazo en un atentado contra el alcalde autoproclamado de la ciudad. Mil, a veces mil doscientos euros los buenos meses, ¡la miseria!

Julien jubilado... No lo habría creído; ¡solo tenía setenta y dos años! Seguro que no fue voluntario. Aunque, pensándolo bien, no era tan sorprendente ver a personas de menos de cuarenta años solicitando; el mercado laboral estaba híper saturado, pero eran raros los que lo hacían por civismo. ¿La jubilación? ¡Una mierda! Las sustituciones eran a menudo más expeditivas que serenas y voluntarias. ¿Habría hecho ella el trabajo sucio ella misma? Como su cara realmente no me gustaba, estimé que era muy posible.

Se escucharon disparos en la calle. Ni siquiera me sobresalté. El linchamiento de los inactivos –hace veinte años se les decía "desempleados"–, aunque se volvía excepcional, ya no sorprendía a nadie, la sociedad no tenía interés en lo que llamaba parásitos. El que estaba siendo juzgado en ese momento probablemente sería enviado a las minas de carbón, lo que equivalía a una condena a muerte, ya que las condiciones de trabajo eran tales que la esperanza de vida rara vez superaba los dos años.

—¿Cuánto el café con leche?

—Está en la lista de precios.

—Mira, eso no ha subido...

—Julien tenía stock, probablemente comprado en el mercado negro —murmuró ella—. Normalmente, debería haberlo reportado, pero mejor que todos se beneficien, ¿verdad?

Sonreí tristemente, decidí que treinta y dos euros por un café con leche era demasiado caro y terminé mi cerveza, que no solo no estaba fría, sino que tenía un sabor agrio.

—Supongo. De todos modos, como nada se pierde, tu reserva hubiera sido confiscada por los policías que habrían guardado una parte antes de vender el resto.

—Sí, bueno, no tengo más leche, ni azúcar, así que la crema...

—¿Y un vaso de agua?

—¡Hay mucha en los grifos! Es la única cosa que no falta —dijo cínica—. Pero no la vendo y tampoco la regalo. ¿Te sirvo otra cosa?

Consideré mi vaso vacío y sucio. Incluso asquerosa, una segunda cerveza me haría bien; por otro lado, también podría agarrarme una diarrea de mil demonios... Intenté recordar si aún teníamos carbón activado en nuestro despoblado botiquín. En el peor de los casos, tal vez podría recoger un poco en el quemador del taller. Debía haber algo de ceniza para raspar, si me obligaba a ignorar los residuos de toda la porquería que inevitablemente estaba mezclada.

—Sí, sírveme otra cerveza.

En ese mismo momento, tres chicas de unos quince años cruzaron el umbral –las famosas ayudantes–, seguidas de parte del "buen pueblo" que había dejado el tribunal y se apresuraba a poblar los bares. Disgustado por los comentarios y las risas de los colaboradores, apuré mi segunda cerveza, demasiado caliente para mi gusto, y me escabullí con discreción. Sentía la rabia crecer y no podría mantener la boca cerrada por mucho tiempo. Cuando salía, el viejo reloj-calendario colgado sobre el bar marcaba las once en punto del 28 de mayo de 2068.

Y al final, no era más que un día como cualquier otro.




Título original: Une journée ordinaire
Traducción del francés: Sergio Gaut vel Hartman & IA GPT

Southeast Jones es el seudónimo literario del escritor Paul Demoulin. Nació en Lieja, Bélgica en 1957. En 2003, ganó el Premio del Jurado y el Premio de los Lectores en el concurso de novela policíaca convocado por el municipio de Seraing en el marco del «Año Simenon» con «Jour gras», un relato humorístico sobre el canibalismo rural. Actualmente es vicepresidente de la asociación «Les Artistes Fous Associés», así como coantólogo y miembro del comité editorial de Éditions des Artistes Fous. Ha publicado, entre otras obras, Rétrocession (2008), Émancipation, Clic, Contrat (2012), Jonas, Notre-Dame des opossums  (2013), Grand Veille (2013), Denis Noodle et le sexe (2014), Jour gras (2014), Trip (2014), Il sera une fois... (2016), Un coup vite fait! (2022) y Chairs (2022).


FATA MORGANA