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jueves, 6 de marzo de 2025

DANZA MACABRA

Gastón Caglia

Llegaste una noche sin luna. Los pocos diáconos que aún viven lo recuerdan como si ese hecho tan poco usual se hubiera tratado de un presagio funesto. Eras tan solo un niño hambriento que había atravesado el Desierto de la Desolación Radiactiva; lo atestiguaban tus úlceras y las protuberancias cutáneas que destilaban horrorosos humores, como si hubieras querido que nos regodeemos en tu dolor, porque supimos al instante que sufrías.

Durante diez lunas, los diáconos, que no soportaban verte en forma directa, rezaron en la habitación contigua día y noche, aunque todos sabíamos, incluso tú, que no hay diácono que soporte la luz diurna. Las compresas con mandrágora aplicadas sobre todo tu cuerpo, fueron dando resultado lentamente, y a la decimoprimera noche –hasta en los mínimos detalles te aprovechabas de las simbologías–, abriste los ojos.

El abad en persona deseó interrogarte de inmediato, pero no creo que lo sepas, su cuerpo de escribas y asesores se lo impidieron. Regresó a su claustro, del que rara vez salía.

 

Todo aquello te lo recordé susurrándote al oído. Asentiste en silencio temiendo que me aproveche de ti por incursionar en tu mente. Luego montamos a nuestras bestias y tomaste el control de la Legión de Soldados de Dios, cien humanos deformados, hambrientos y enfermos. Debíamos partir sin demora hacia el Sitio Prohibido, el lugar del que llegaste atravesando el Desierto de la Desolación Radiactiva siendo un niño.

 

La Muerte es un ser real y efectivo, aunque por lo general invisible, dijiste al despertar, luego de esas once lunas de reposo. Esa noche quedamos pasmados por la revelación. Como un místico, aseguraste verla suspendida en el aire junto con el Ángel Exterminador, esa figura oscura envuelta en telas blancas, como una momia, que nos era prohibido observar a los ojos.

Luego continuaste orando; susurro que apenas pudieron escuchar los que se encontraban más cerca:

 

Y miré, y vi un caballo amarillo;

y el que lo montaba tenía por nombre Muerte,

y el Hades lo seguía;

y les fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra,

para matar con espada, con hambre,

con mortandad y con las fieras de la tierra”.

 

Jamás habíamos oído ese poema, y menos en boca de un niño.

De inmediato todos nos prosternamos ante ti y te juramos lealtad. Te levantaste de la cama, trastabillaste, pero te asiste de los hierros oxidados de tu lecho y te erguiste todo lo que lo permitieron tus heridas todavía sangrantes.

El abad llegó presuroso, titubeante entre los restos de las otras camas, y besó tus pies y lamió y bebió la sangre que te corría por las piernas y de inmediato te sentiste rey, ese día lo vi en tus ojos, pecaste de arrogancia, pero callé porque me debía a ti. Y así lo hice durante estos últimos veinte años en que te formaste en las Escrituras.

 

Todo eso, ¿recuerdas?, te lo dije antes de que nos marcháramos, pues previamente debías encender la pira para que los cadáveres ardan y la Muerte se los lleve de inmediato. El hedor de nuestros hermanos era insoportable, un río de humores putrefactos regaba las inmediaciones del convento y el abad era sostenido por sus escribas. Él levantó la mano quedamente, como dando una orden a alguien que no la necesita.

 Así lo hiciste y, sin un ápice de miedo, asco o vergüenza, encendiste la carne de nuestros hermanos. Pronunciaste de viva voz: “Proclamo la igualdad ante la Muerte” y las voces de terror hicieron temblar los muros del convento.

Finalmente te pusiste delante de la Legión y alzaste el brazo desnudo. Las cicatrices que surcaban tu piel eran visibles más allá de los muros exteriores, inclusive más allá del Río de la Desesperanza.

Partimos y sólo se oyeron los cascos de las bestias hollar la tierra marchita. Luego de unas horas de marcha forzada por el sendero que lleva al desierto me acerqué a ti, pero el silencio en que te encontrabas inmerso era impenetrable. Descansamos en el último oasis lindero al Desierto. Intenté escrutar el interior de tus ojos, pero el frío horror parecía haber borrado de tu memoria los dolores que sufriste hacía años en aquel lugar, si es que pasaste por allí.

Descendiste de tu preciosa bestia de dos cabezas y diste un Sermón Fúnebre Igualitario. Fue el acto más demagógico que vi en mi larga vida, pero qué bellas fueron tus palabras, parecías inspirado por una Chorea Machaboerum, pues todos los fieles que se habían ido sumando a los Soldados a lo largo del camino bailaban y se contorsionaban al son de la inspiración de las Pestes Mortales.

Al acabar tu alegato las piernas te fallaron y caíste sobre la tierra yerma. No hubo Soldado que se atreviera a tocarte. Ordené que se levantara un campamento en el lugar y dentro de la carpa principal te alojé por unas horas hasta que regresaste del más allá.

Dijiste que tu fech se te había aparecido en un sueño. No lo entendí. Pero me ordenaste que eran tus deseos descansar. Salí de la carpa cuando el sueño se adueñó nuevamente de ti.

Despertaste con las primeras luces de la Luna Menguada. Cuando eras niño te aterraba observar el pedazo de roca que la Guerra Del Gran Hongo había cercenado a la Luna Menguada. Te pusiste en pie y solicitaste agua, comida y una espada. Todo te fue provisto por solícitos Soldados.

A la siguiente luna partimos silenciosos. Tu mutismo era contagioso, tanto como las Once Plagas Radiactivas. Sin embargo unas noches después algo rompió la monotonía, del Convento llegó la noticia que el Abad había fallecido leyendo las Sagradas Escrituras. No le diste importancia, parecías ya saberlo, como también sabías que el abad era ciego. Veinte Soldados emprendieron el regreso al convento pues el sentido del deber lo tenían hacia el abad. Tú los maldijiste, pero no fue suficiente para que cambiaran el rumbo. Nosotros entonces seguimos en la dirección contraria y nos internamos en el Desierto de la Desolación Radiactiva.

Cabalgaste y también caminaste hacia la Ciudad Prohibida durante cuarenta noches y nosotros te seguimos, los que quedábamos en pie. Cuando llegaste a la Gran Ciudadela de Cemento, lindera al Desierto, dijiste: aguarden fuera. Todos obedecimos aunque nos carcomió la duda. Creímos que no regresarías, pero luego de dos lunas de espera ansiosa emergiste de entre las entrañas de concreto. Tu rostro indicaba que lo habías logrado. Habías conseguido lo que fuiste a buscar, o lo que te llamaba para que lo encuentres. Empero tu rostro también denotaba un cansancio de muerte y agotamiento espiritual.

De regreso estuviste más parco que de costumbre. Los Soldados seguían muriendo de hambre, sed y sol, pero a ti no te importó, ya estabas con los pies en el otro mundo, como cuando llegaste esa noche al convento siendo un niño.

Al arribar de regreso al mismo oasis me dijiste en la carpa, que usábamos exclusivamente, que tomaste el Pulsador Del Gran Dios Destructor.

—¿Quién es el Gran Dios Destructor —te interrogué, y tú murmuraste a mis oídos como si fuera un secreto mortal: un cilindro plateado acabado en una punta dorada como el maldito Sol Abrasador del tamaño de quince hombres.

Yo no emití palabra y eso pareció enfurecerte más. Deseabas que preguntara, lo vi en tus ojos, en el abismo negro que se había abierto en tu ser, mas sabía la respuesta al porqué de tu viaje.

Finalmente regresaste. Tan solo once Soldados y yo te hicimos coro.

Al arribar al convento las oscuras túnicas de los diáconos que rondaban en éxtasis por el perímetro le conferían un aspecto fantasmal y casi alegórico, con sus rostros velados y las mortecinas luces de sus antorchas. Enardecido sentenciaste: Esta turba de impíos que osan danzar celebrando un oficio no divino son maldecidos por mí y por el Gran Dios Destructor irritado por tanta blasfemia. Los condeno a probar el látigo infernal.

Pero nada los acalló. Descendiste de tu bestia, te acercaste a los diáconos que extasiados o en trance se contorsionaban como afectados por una de las Once Plagas. Tomaste al vuelo a uno de los frenéticos danzantes por el brazo, pero este siguió retorciéndose con tanta violencia que su miembro fue arrancado de ese cuerpo putrefacto. No vi afectación en tus ojos. Sin embargo todos cesaron su ritual cuando tú gritaste y apagaste las llamas de las velas de las primeras filas de diáconos con tu saliva y sangre que brotaba desde tu garganta.

Luego caíste desvanecido y nunca más despertaste. De inmediato tomé de entre tus manos el Pulsador Del Dios Destructor y lo guardé entre los pliegues de mis ropajes. Siempre lo supiste, no eras el mejor guardador, hablabas en sueños, de los Secretos de nuestra Fe y la conjunción de mandrágora y drogas del pasado hicieron mella en tu cuerpo allá en el oasis.

 

Ahora te encuentras en un sueño profundo, tan profundo que no creo que puedas oírme, pero igual te lo cuento, porque en cierta forma estoy en deuda contigo. No te preocupes, gobierno el convento en tu nombre y hoy ha ocurrido algo extraño, una flor ha brotado de entre los ladrillos del muro.


Gastón Caglia es abogado, mediador y profesor de ajedrez. Ejerce como funcionario del Poder Judicial de la provincia de Santa Fe. Tiene 48 años, y vive en la localidad de Reconquista, provincia de Santa Fe. Escribe cuentos y relatos de ficción en general y ciencia ficción y terror en particular, bajo el pseudónimo de “Felipe Bochatay”. Ha publicado en algunas antologías de cuentos en formato papel y también en medios electrónicos latinoamericanos como en “Anapoyesis”, o “Narrativa”, entre otras. Asimismo escribe ensayos de sociología, literatura y ciencia ficción en su blog o en medios digitales y  podcast. Formó parte del comité científico de “Iberoamérica Social”.


 

 


jueves, 6 de febrero de 2025

TORNILLOS EN LA FERRETERÍA

Gastón Caglia

 

Despertó en una pieza diminuta, mal iluminada y fría. Un pitido incesante envolvía el ambiente. Tomó el teléfono celular del suelo pero de inmediato lo regresó al lugar en donde estaba. Su intención fue continuar durmiendo, pero una sensación poderosa se lo impidió, una alarma en su cerebro y su corazón lo paralizó dejándole la piel erizada por el terror. No recordaba que ese lugar fuera su casa y, sin estar del todo seguro de que estaba despierto, gritó.

—¡Germán! —Como nadie respondió insistió con más fuerza—. ¡Germán! —Pero nuevamente nadie acudió a su llamado—. Maldito seas Germán, nunca estás cuando más se te necesita, desgraciado. Seguro que se está emborrachando en el bar de la esquina a escondidas —murmuró.

De inmediato regresó a su primer pensamiento y el mismo pánico borroso de un minuto antes lo volvió a invadir de pies a cabeza pues, con Germán o sin él, no recordaba cómo había llegado a ese lugar. Se incorporó con suma torpeza. Sus pies descalzos tocaron las frías baldosas, tan porosas y sucias como añosas.

Al salir de la cama un televisor apagado apareció en su campo visual. Era uno de esos aparatos cuadrados, grandes y con los bordes redondeados. Dio un salto horrorizado. El reflejo de su imagen lo asustó; lo que se reflejaba en la negra pantalla no era él. Empero, consultó su reloj y otro terror, más materialista, lo acometió, nuevamente iba a llegar tarde al trabajo.

Las ropas, desordenadamente revueltas sobre una silla de paja con una pata chueca, le parecieron un tanto extrañas. Al vestirse comprobó que eran de su talla. Pese a ello, un sentimiento de extrañeza y malestar comenzó a manifestarse en todo su cuerpo, como cuando una persona se viste con ropas ajenas o peor, de un muerto. De la pared pendían un crucifijo torcido y un cuadro de unos niños harapientos y con vientres abultados que juguetean con una cantidad increíble de perros; una copia, sin duda. El ambiente de la pieza era todo así, decadente.

Se vistió presuroso prescindiendo de la ayuda de su criado.

—¿Cómo llegué acá, maldita sea? Debe haber sido una jugarreta de mi enemigo con la ayuda imprescindible de Germán. Pero a su debido tiempo todo caerá por su propio peso y, así y asá, verán lo que es bueno. Ya verán —concluyó con una sentencia inconducente.

Al recoger nuevamente el teléfono celular del piso advirtió que este había estado sonando por horas. Más de veinte llamadas en el buzón.

¡Estás despedido!

Quien carajo te creés que sos para no venir otra vez.

Ya elevé el pedido a la Superintendencia, ni te calientes en venir.

Se acabó el juego, Goliadkin. Sabemos lo que hiciste. Dejá de hacerte el loco. Te vimos, decía el último mensaje de texto.

Soltó el aparato sobre la cama, como si le quemara.

Pero antes de resolver esto hay problemas más urgentes que atender, se dijo.

 

La puerta de la ferretería se abrió y la campanilla colgada del marco emitió su característico sonido. Goliadkin se sobresaltó por el sonido estridente y agudo dando un respingo teatral mientras se llevaba las manos a los oídos. A su parecer ese sonido era intolerable para su voluble estado. Sin más se arrojó sobre el mostrador. A un costado, dos personas parecían debatir sobre las bondades de una canilla.

Goliadkin se inclinó acercándose al dependiente, no sin antes echar una mirada de soslayo a su alrededor para ver si los presentes no se estaban refiriéndose a él, pero para su sorpresa los dos desconocidos no cuchicheaban más que de cueritos, canillas y llaves. Sin embargo, una angustia creciente le oprimió la garganta.

—Buenas, necesito, usted sabe, así y asá, un tornillo, de los que se enroscan al revés. Si es un amigo podrá entender.

El dependiente, al escuchar los primeros desvaríos, volvió la vista hacia la tabla de promedios publicada en el diario.

—Yo sé que alguien que me odia, un enemigo de la república, y mío, me persigue adelantándose a todos los lugares a los que yo voy.

—Don, ¿qué es lo que quiere?, acá no tenemos eso —masculló el empleado de la ferretería ya sin paciencia y, sin sacarse el palillo de la boca para regresar al estudio concienzudo del diario.

—No pretenda usted que no sé fehacientemente que él ya ha estado acá —acometió en tono cómplice Goliadkin para luego concluir—: No deseo importunarlo, bueno, así y asá, usted comprenderá, debo retirarme, pero le dejo mi tarjeta de presentación por si aparece el tornillo que estoy necesitando, mi criado ha abandonado mi pieza y debo ocuparme de esos menesteres…

Sin embargo, se detuvo abruptamente en su incoherente y desenfrenado monólogo cuando, dominado por el terror, alcanzó a ver a su enemigo reflejado en la pantalla negra de un monitor de computadora desenchufado. Su corazón dio un vuelco, farfulló más incoherencias y se retiró dando un portazo. El empleado continuó con el estudio de los descensos sin percatarse del rostro desdibujado de quien acababa de marcharse. La tarjeta de presentación quedó sobre el mostrador entre folletos y papeles sueltos.

 

Iakov Petrovich Goliadkin. – Jefe de Sección

Área de Planificación – Provincia de ….

 

En la vereda abordó un taxi y se dirigió al edificio en que se encuentraba su departamento, el lugar del que había salido hacía tan solo una hora. Subió volando las escaleras.

Deben haber querido asustarme, pensó, mientras caminaba dando grandes zancadas por la pieza.

—Es sólo eso. Eso, es solo eso —murmuró mientras estudiaba con detenimiento los mensajes en su teléfono celular. Descubrió que misteriosamente no tenían remitente.

Bueno, reflexionemos, joven amigo, se dijo, las notificaciones no tienen remitente, eso es harto extraño.

Buscó en un abrigo que había quedado sobre la silla de paja. La situación comenzó a carcomerle la cabeza. Encontró un sobre cerrado pero lo dejó en el bolsillo.

—Debo ir a solucionar esto antes de leer la carta —reflexionó en voz alta—, sin duda acá estará la explicación a todo lo que está sucediendo.

Sin desearlo, se observó nuevamente en el televisor, y allí estaba. Con miedo volvió a mirar, pero esta vez de reojo. Esto no es una ilusión, se dijo. El otro ser no lo perdía de vista y lo seguía con la mirada desde la pantalla del televisor.

—¿Eres mi hermano menor? —alcanzó a murmurar mientras alzaba la mano en un vano intento por tapar de su visión la pantalla. Pese a eso, su doble comenzó a hablar, intentando entablar una conversación.

La imagen reflejada se inclinó hacia él haciendo una mueca, sin embargo en la copia era poco menos que la imitación de un mono, un burdo remedo del gesto de Goliadkin.

—No empieces con eso otra vez —murmuró Goliadkin.

—No empieces con esto otra vez —repitió la imagen en la pantalla.

Goliadkin, apremiado por lo estrambótico de la escena se vio obligado a huir mientras ese otro continuaba hablando. Sus palabras se perdieron en el aire cuando ganó las escaleras para abalanzarse sobre el acogedor bullicio de la calle…

 

Despertó en su pequeña pieza tan mal iluminada y fría como siempre. Un pitido incesante se dejaba escuchar envolviendo el ambiente. Tomó el teléfono celular pero de inmediato volvió a apoyarlo sobre la mesita de luz. Deseaba seguir durmiendo pero algo se lo impidió, una alarma se activó en su cerebro y su corazón se paralizó dejando su piel erizada por el terror. Sin estar del todo seguro de que estaba despierto, gritó.

—¡Germán!

—Dígame señor, ¿qué desea?

—Vísteme rápido, que estoy apurado —dijo mientras se ponía de pie y se vestía. Sus pies descalzos sintieron el frío gélido de las baldosas. Tembló con escalofríos. Germán había dado media vuelta y desaparecido de la escena.

Se miró en el televisor, y allí estaba. ¡Ah, claro!, chilló, y luego murmuró muy quedamente y abstraído, el otro. Su doble, la imagen reflejada, se inclinó hacia él con una mueca de burla.

—No empieces con eso otra vez —murmuró Goliadkin y bajó las escalaras corriendo, casi una huida teatral. Pero la imagen no desapareció ni se calló.

—¡Sabemos que no eres el verdadero Goliadkin! —oyó que gritaban desde su pieza.

Necesitaba huir. Pero al llegar al palier del edificio e intentar abrir la puerta se topó de frente con otro hombre. Vestía igual que él, y lo miraba con los mismos ojos asustados.

—¡Tú otra vez! —exclamó Goliadkin—. ¡Desde ahora y para siempre te declaro mi enemigo!

Permanecieron mirándose como dos boxeadores a punto de comenzar la contienda, paralizados y nerviosos, pero Goliadkin tomó raudamente la iniciativa y poniéndose de costado en el angosto pasillo se escabulló de su otro yo y corrió hacia la ferretería desesperado por desaparecer de los ojos de su copia. Llegó en un minuto al negocio.

Entró sin advertir el horrible tintineo de la campanilla en la puerta, recorrió los pasillos sin rumbo fijo, hasta que, sin saber bien por qué, su atención se fijó en un tornillo diminuto de una estantería. Sintió que lo necesitaba. Se estiró para tomarlo justo cuando una mano curtida, con dedos gruesos y callosos se posó sobre la suya.

—Yo lo vi primero —refunfuñó el empleado de la ferretería, un hombre robusto vestido con una camisa de trabajo gris arremangada. Los botones sin incrustar en los ojales dejaban a la vista su tupido pelaje en el pecho, lo que le confería un aspecto simiesco.

—No, no... es importante para mí —balbuceó Goliadkin, sujetando el tornillo con fuerza por la punta, pero sus manos eran más débiles y la posición del tornillo terminó por vencerlo. El empleado entornó los ojos, negó con la cabeza y tiró del objeto con fastidio.

El forcejeo torpe, que comenzó cuando Goliadkin intentó hacerse con total legitimidad del tornillo, hizo que el empleado, al quedarse sin oposición y con el tornillo en la mano, porque el otro lo soltó, cayera contra los estantes derribando algunas cajas de clavos y más tornillos de los que ambos podrían necesitar en varias vidas.

Goliadkin sintió que la situación se descontrolaba, que otra vez su realidad se deslizaba hacia un absurdo mucho más caótico. Pese a ello se abalanzó contra el hombre de camisa gris y, producto de lo sorpresivo del ataque, el tornillo cayó al suelo y rodó bajo un estante.

—¿Ve lo que ha logrado? Ahora ninguno lo tiene —se quejó el empleado, sacudiéndose la camisa con las manos grasientas. Goliadkin, más rápido de reflejos y con mejor físico para esos menesteres, se acuclilló para buscarlo con tanta mala suerte que al alzar la vista unos espejos a la venta en la pared reflejaron otra vez su rostro. O el de otro, y otro y otro, y no pudo evitar un grito ahogado. El mundo giró a sus pies.

Al huir de la ferretería, con las manos temblorosas y la sensación de haber escapado por poco de un desastre mayor, Goliadkin se dirigió al edificio en el que vivía. Cuando abrió la puerta del vestíbulo, sintió un escalofrío, dado que el empleado de la ferretería, el mismo con el que había forcejeado por el tornillo, estaba allí. Lo observó con una expresión inescrutable y asintiendo lentamente dijo:

—Nos volvemos a ver, vecino.

Goliadkin sintió que se le revolvía el estómago. Concluyó que nada en su vida era una coincidencia. Ganó las escaleras corriendo. Al entrar a su pieza cerró la puerta con dos vueltas de llave y colocó el pasador. Como si eso fuera poco se apoyó sobre la puerta haciendo fuerza hacia afuera. Sin embargo nadie tocó o intentó abrirla.

Esa noche, en su departamento, sintió que el sueño lo eludía. Se sentó en el borde de la cama con la sensación de que alguien lo observaba amparado por la zona de penumbras de la pieza.

—Esto es inaudito, lo debo elevar a las autoridades superiores, mi jefe de sección debe saber de todo este desaguisado, le explicaré todo, que así y asá todo tiene una explicación. Que no era yo, que es otro que, así y asá se apoderó de mis amigos…

Entonces lo vio. Su doble estaba allí, de pie en lo oscuro, con la espalda contra el ángulo de las paredes de la pieza y sonriendo con una calma inquietante.

—Es ahora —susurró la figura.

Antes de que pudiera reaccionar, su doble dio un paso hacia él. No hubo resistencia ni forcejeo; fue como si ambos cuerpos se disolvieran en una niebla invisible. Su identidad, su esencia, su yo, se esfumaron en un proceso silencioso e irreversible.

Cuando la penumbra se aclaró, un solo Goliadkin quedó en la habitación. Se levantó con una sensación extrañamente liviana, caminó hacia el espejo y sonrió. Algo en su reflejo se veía distinto. Más seguro, más firme. Se acomodó la chaqueta y salió de la habitación hacia su oficina; debía dar unas cuantas explicaciones.


Gastón Caglia es abogado, mediador y profesor de ajedrez. Ejerce como funcionario del Poder Judicial de la provincia de Santa Fe. Tiene 48 años, y vive en la localidad de Reconquista, provincia de Santa Fe. Escribe cuentos y relatos de ficción en general y ciencia ficción y terror en particular, bajo el pseudónimo de “Felipe Bochatay”. Ha publicado en algunas antologías de cuentos en formato papel y también en medios electrónicos latinoamericanos como en “Anapoyesis”, o “Narrativa”, entre otras. Asimismo escribe ensayos de sociología, literatura y ciencia ficción en su blog o en medios digitales y  podcast. Formó parte del comité científico de “Iberoamérica Social”.

lunes, 13 de mayo de 2024

CUCARACHAS

Gastón Caglia

 

La vida en pareja suele ser, como en el mito de Sísifo, un largo y penoso peregrinar diario que, como si de una maldición se tratara, debe repetirse una y otra vez. Desconozco sobre la mitología griega, no sé si Sísifo lo hizo por toda la eternidad. En mi caso, no estoy dispuesta a tolerarlo. ¿Cómo luchar contra algo indeseable? Los cambios comienzan cuando se superan los miedos y los obstáculos, por eso hoy me vine con los chicos a lo de mamá.

Todo comenzó hace unos meses con algunos comentarios maliciosos que parecían conjurar malos augurios o aguardar el arribo de la miseria y la desesperación a mi vida. Por ejemplo, una compañera de la oficina dijo algo que se ha perdido en las brumas del pasado, pero sé que logró hacerme sentir un ser sucio que se arrastra entre la basura.

Lo cierto es que comencé a sospechar que una tormenta, de esas negras, se estaba gestando a mí alrededor. Algo oscuro nacía, mientras me mantenía ignorante en los límites del ojo del huracán. Todos dejaron que haga el papel de la tonta.

Nuestro hogar se había llenado de malas energías. Podían captarse con solo oler el aire embotado al transponer el umbral de la puerta. Los vellos de la nuca se me erizaban, un estado de alerta latente se apoderaba de mí por algunos segundos que eran dolorosos y eternos.

La situación con mi marido ya venía mal. Desde hacía unos meses apenas nos dirigíamos la palabra y casi siempre dormíamos en camas separadas. Él, en el cuarto de los huéspedes y yo, en el nuestro. No puedo negar que aquello me generó más dolor que odio o resentimiento. Todo me recordaba a esa persona que creí, durante años, que era un ser amoroso y sensible. La persona que me acompañó durante los últimos quince años. Hoy lo pienso y no puedo creer haber dormido junto a él tanto tiempo. Supongo que fueron sus labios. Un néctar. Eso fue lo que me mantuvo ciega e incrédula, como protegida por un duro caparazón. Soy de las personas que, si no ven, no creen, y eso me suele jugar en contra. Esta situación es desesperante pues no puedo hacer nada contra mi cabeza, que juzga todo desde lo racional y tangible. Y yo creía en tantas cosas que parecían pertenecer a ese mundo racional y tangible... Quizá por eso, los últimos acontecimientos parecen salidos de una pesadilla, no de mi realidad.

Él, por su parte, había tendido un manto de silencio sobre todas las cosas. Hace dos meses dejó de dirigirme la palabra, ni siquiera un “hola” o un “no”. Si bien estaba acostumbrada a esa forma de vivir, a sus prolongados silencios a la hora de la comida o cuando viajábamos en coche, la situación se había tornado absolutamente distinta. Y la noche en que tomé conocimiento de la denuncia que pesaba en su contra y la posterior demora en la Fiscalía, apenas atiné a soltar, a escupir, un “por qué” un tanto retórico.

Mi breve interrogatorio transcurrió en ese tono que da el saber que todo está perdido, que las respuestas son casi innecesarias, que se navegan los océanos de las grandes desilusiones. Él guardó silencio, agachó la cabeza y se encerró en el baño. Cuando salió, se dirigió al cuarto de huéspedes y allí se instaló. No volvió a nuestro cuarto. El beneficio de la duda había muerto en mí.

Como en una obra teatral mal montada, en ese momento comenzaron a llegar los mensajes a mi teléfono. “Al degenerado de tu marido le vamos a cortar las bolas, que atienda su celular”.

Estallé en una ira incontenible. Lo golpeé, arañé, escupí. Él se mantuvo imperturbable, duro, como el caparazón que supo contenerme y que ahora era su fortaleza. Eso me sacó de quicio, y grité más incoherencias. Él farfulló algo, pero no recuerdo qué.

Cuando alcé la mirada para volver a atacar me vi obligada a retroceder como en una película puesta en retroceso ante los ojos acechantes, cubiertos por llamas tan frías que me estremecieron. Esos ojos, poseedores de un frío de acero, pero a la vez de un fuego siniestro y desconcertante, se posaron en mí. Y sentí miedo. Un miedo que jamás había sentido correr por mi cuerpo. Un miedo que caló en mis venas, mis músculos y tendones. Sentí flaquear las piernas y empecé a convulsionar. Ese, eso, no era mi marido. Con el aliento contenido, retrocedí uno y luego dos pasos, y acabé corriendo hasta mi dormitorio donde me encerré con llave. Gracias a Dios los niños estaban en la casa de mi mamá.

Con el paso de los días llegué a la conclusión de que su capacidad de abstracción era soberbia. Nunca vi nada igual. Deambulaba por el interior de nuestra casa y yo sentía que él era un ser siniestro, ajeno, lejano, vil, un desconocido a mis ojos. No parecía percatarse de mi presencia, lo que me resultaba sumamente irritante y, para él, una batalla ganada.

La situación comenzó a complicarse cuando surgió, un par de semanas luego de la denuncia penal, un problema doméstico que me acobardó y me superó, quizás por mi estado mental en crisis. Cucarachas. Cucarachas en la casa. Un enjambre se apoderó de cada uno de los ambientes. Sin previo aviso comenzaron a rondar de un lado para otro, llevando y trayendo su inmundicia. Tuve que hacer frente en soledad al acontecimiento, pues él, entre sus apariciones esporádicas y su mutismo, me obligó a tomar control de muchas cosas que antes le delegaba.

Dirán por qué no me fui en ese momento o por qué lo eché a patadas el mismo día que lo demoraron en la comisaría. Parece fácil. Creen que soy testaruda, ¿no? Es que son muchos años en pareja, tengo un trabajo de media jornada, mis ingresos no me permiten vivir sola y… sé que él me va a hacer la vida imposible. Hasta verme destruida no parará. Por otro lado, la rutina diaria no me dejaba pensar demasiado. En fin, soy una estúpida.

Volviendo al momento de la aparición del tema “cucarachas”, como por arte de magia, una enorme mancha de humedad hizo caer parte del cielorraso del comedor. Todavía no comprendo cómo pudo caerse el yeso del techo de un día para el otro. Pero sé que fueron ellas.

No, no estoy loca. Las cucarachas son bichos odiosos, me dan un asco indescriptible. Y más asco me da el crujido que hacen cuando las piso. Sin embargo, la satisfacción superó al asco, al acabar de a una con ellas. Seres sucios del demonio.

Por más que busqué y di vueltas la casa, no podía atinar a descubrir de dónde emergían, cuál era su guarida. Eché veneno dentro de la cámara séptica, que no tenía ni un habitante de esa especie, ni otra. No las había detrás de la alacena, ni dentro de los viejos muebles de fórmica que, sobra decir, hace años deberían estar en la calle aguardando por algún carro que se los lleve. El aserrín que contiene ese tipo de muebles suele ser un lugar propicio para ellas, pero no venían de allí. Con la llegada de la mañana parecía que el sol las espantaba, se escurrían por cualquier espacio que pudiera cobijarlas y desaparecían de este universo.

Una noche, caminando entre sueños hacia la cocina para beber un vaso de agua, pisé una con el pie desnudo. De inmediato una sensación de bochorno y parálisis se apoderó de mi cuerpo. Se deslizaban por el pasillo que conecta los dormitorios. Mi marido, a quien escuchaba roncar desde su habitación pese a estar la puerta cerrada, nunca se percató de la invasión. Al momento de comenzar mi faena, corrieron de un lado a otro, como asustadas, tal vez lograban percibir mi odio visceral o mis ansias asesinas. Sus antenitas se movían y hasta parecía que con las patas delanteras se comunicaban en un idioma que desconozco. Quizás este último detalle se debía a mi mente adormilada y a mi desesperación fóbica.

Como ese hijo de puta seguía durmiendo pese a mis gritos, acabé sola con las mal nacidas. Todas murieron por mis pisotones. Luego me bañé, pues el asco se apoderó de mí como un escozor que subió desde las plantas de mis pies hasta las caderas y desde allí hasta los hombros, el cuello y lo más alto de mi cráneo. Al darme cuenta de la hazaña que había realizado, lloré bajo la ducha, no sé si por la rabia, la impotencia o todo junto.

Anoche volvió a ocurrir. Y exploté en un estado de ira incontenible. Fue un odio mucho más manifiesto que las noches anteriores. En vez de enfrentarme al enjambre de pestilencia, abrí la puerta del cuarto de huéspedes.

Tendido en su lecho, y en un profundo sueño, se encontraba mi marido, tan blanco como la nieve. De su boca abierta brotaban a borbotones miles y miles de cucarachas que abandonaban su cuerpo para tomar posiciones en la casa.


Gastón Caglia es abogado, mediador y profesor de ajedrez. Ejerce como funcionario del Poder Judicial de la provincia de Santa Fe. Tiene 48 años, y vive en la localidad de Reconquista, provincia de Santa Fe. Escribe cuentos y relatos de ficción en general y ciencia ficción y terror en particular, bajo el pseudónimo de “Felipe Bochatay”. Ha publicado en algunas antologías de cuentos en formato papel y también en medios electrónicos latinoamericanos como en “Anapoyesis”, o “Narrativa”, entre otras. Asimismo escribe ensayos de sociología, literatura y ciencia ficción en su blog o en medios digitales y  podcast. Formó parte del comité científico de “Iberoamérica Social”.

 

 

miércoles, 1 de mayo de 2024

LA POSADA DEL VIAJERO

 Gastón Caglia


 

La vida del viajante de comercio, al contrario de lo que la gente cree, es bastante tediosa y, en algunos sentidos, más pesada que la de un empleado de comercio común y corriente. No niego que tiene sus ventajas. Estar muchos días fuera de mi casa, ausentarme sin paradero, rodar por rutas polvorientas en busca de aventuras puede parecer más que suficiente para justificar la labor. Sin embargo, todo ello se acaba con rapidez cuando los dolores de cintura y riñones de tanto conducir, la mala calidad de los hoteles que se visitan para ahorrar costos y el no estar asentado en ningún lado, comienzan a pasar facturas.

Cierta noche de invierno, mientras me encontraba en mi acostumbrado viaje por los pueblos levantando pedidos, mi coche, un formidable Torino 380W, comenzó a toser y en cuestión de segundos el motor se detuvo. Pensé que era una basura en el carburador, así que descendí del coche y me concentré en revisar el motor. A los pocos minutos ya estaba convencido de que mis precarios conocimientos de mecánica ligera no solventarían el desperfecto.

A pesar de ello, la suerte parecía estar de mi lado, ya que cuando el motor se detuvo, con la inercia que traía, pude estacionarlo en un descanso de esos que hay en las rutas cada tanto. Si quedaba sobre la banquina corría riesgo de ser arrollado por algún camionero desaprensivo o con sueño.

De inmediato, una densa neblina comenzó a extenderse por el campo y la ruta, envolviendo el aire en un espectral espectáculo. Un minuto antes podía contemplar el cielo en todo su esplendor y momentos después apenas alcanzaba a ver mis manos.

Cuando terminé de corroborar que el auto no iba a volver a arrancar comencé a observar lo poco del entorno que me permitía la niebla mientras me secaba el sudor de la frente con el pañuelo; estaba un poco desorientado en la noche cerrada. Pese a ello, justo frente a mí, observé que se encontraba una edificación, la “Posada del Viajero”, si correspondía hacer caso al prolijo cartel pintado a pincel en el frente. Un tenue foco en el centro y arriba del mismo rompía el poder de la densa niebla que había borrado hasta el horizonte.

Nunca en mi vida, y eso que llevo años haciendo esta ruta del interior de Santa Fe, reparé en esa posada, aunque eso seguramente se debía a que la mayoría de las veces recorría este trecho de ruta en horarios nocturnos y la de ese día, como dije, era una noche cerrada como pocas, sin estrellas o luna que iluminaran el lugar, solo veía las letras blancas del cartel.

Una inquietud visceral se apoderó de mí. La noche quería hacerme suya y, por cuestiones que no puedo explicar, mi corazón comenzó a latir con inusitada rapidez. El vello de mis brazos se erizó y la piel de gallina le hizo coro.

Regresé con premura al interior del coche a buscar el mapa del Automóvil Club Argentino, pero no lo encontré. Mientras revisaba la gaveta y los documentos desparramados en el asiento a mi derecha pude observar un par de luces encendidas en el interior de la posada, señal que estaba funcionando o que por lo menos alguien moraba en el lugar. Como la idea de pasar la noche en el auto no me entusiasmaba demasiado, descendí luego de guardar en mi pequeño maletín los papeles del mismo y algunos documentos, remitos y esas cosas, me dirigí al establecimiento.

La puerta estaba cerrada así que golpeé un par de veces con los puños, ya que no había timbre. El estado de nerviosismo me impidió advertir la vieja aldaba de bronce frente a mí. Un león dorado sostenía entre sus dientes una pesada argolla que así y golpeé contra la puerta. Al no responder nadie a mis golpes pude comprobar que la puerta estaba sin llave, por lo que en un acto de arrojo tomé el picaporte e ingresé con parsimonia para no alertar a sus ocupantes.

—Buenas noches —dije para anunciarme y no asustar a quien se encontrara en la estancia. Al cabo de un largo minuto un anciano encorvado por el paso de los años, arrastrando los pies con evidente muestras de dolor, se presentó en el lugar.

—Sepa disculpar, mi estimado visitante —dijo en un tono quedo, quizás con tanta neblina en su mente como afuera—. No suelo recibir visitas a estas horas de la noche y me encontraba preparando la cama para ir a dormir.

—Necesito, si está dentro de sus posibilidades, una cama para pasar la noche —formulé sin aguardar a que el viejo completara su perorata.

El anciano alzó la vista y me miró, inquisitivo.

—Por supuesto que tengo una pieza; hace tiempo que las tengo sin alquilar, así que sí, tengo una habitación para usted. —Se expresó con un dejo de orgullo y siguió—: Si me da un minuto le diré a mi esposa que prepare la pieza, hay que ventilar el cuarto y cambiar sábanas. Usted comprenderá.

—Faltaba más señor, aguardo aquí, si no es molestia…

—No será molestia si me acompaña una copa de jerez para calentar el cuerpo mientras mi esposa prepara el cuarto. De hecho, me llamo Clemente López Martínez, ¿y usted? —dijo mientras juntaba las temblorosas y huesudas manos.

—Jaime Aguirre. Viajante de comercio —murmuré lacónico.

—¡Acompáñeme! —Sacó una añeja botella de un cajón oculto y sirvió el espeso líquido en dos pequeños vasos—, a su salud propuso, al tiempo que apuraba de un trago el contenido del vaso. Como no soy de beber, tomé el brebaje de a pequeños sorbos, pero la calidez reinante y la sensación de haber encontrado cobijo relajaron mis nervios, que se habían vuelto a exaltar segundos antes al prestar atención a las sucias y cadavéricas manos del anciano. Largas uñas negras, presumiblemente con tierra y profundos arañazos o marcas surcaban además el dorso de las mismas. Todo eso creí percibir a la tenue luz que solo alcanzaba a iluminar los vasos y poco más, así que perdí de vista las vacilantes manos al instante.

—Suele pasar muy poca gente por estos caminos —dijo el anciano.

—Cuanto menos transito esta ruta una vez al mes —respondí dando un respingo—, y esta es la primera vez que veo esta posada.

El posadero hizo silencio, como si meditara algo en la telaraña de su nublada y marchita mente.

—Recuerdo una historia que me contó el último visitante que tuve por acá —dijo luego de unos segundos—, o quizá fue otro anterior, ya no lo recuerdo, pero qué más da, voy a contársela. —El hecho de que hubiera encontrado el hilo de su historia en su mente le provocó un cambio en el rictus, pareció cobrar vida, su espalda se enderezó y sus ojos cobraron un brillo inusitado. Tal vez el calor del alcohol lo revivió y le ganó un par de metros a la Muerte que acecharía muy cerca. Sin otra cosa que hacer, me senté en un viejo sillón mientras el viejo hacía lo propio en otro—. Verá —dijo el anciano iniciando su relato—, hace un tiempo un visitante me contó esta historia por demás extraña. Sepa usted que no voy a agregar nada a lo que originalmente narró; le ruego no sospeche de mí. Esto, entiendo, ocurrió hace muchos años, y es algo a lo que en el siglo pasado se temía mucho; habrá oído hablar de esas historias de ultratumba. Esta es una de ellas, dijo mientras reía y se ahogaba entre toses y carraspeos. Hizo una pausa para tomar aire y siguió con su historia sin que aguardara a observar si estaba atento a lo que decía—. Este hombre me contó que a un conocido lo habían enterrado vivo. Resulta que era afecto a las mujeres, prostitutas, bah, y eso su esposa no se lo perdonó. Bueno, comprenderá que las mujeres hacen la vista gorda por un tiempo hasta que la cosa se pone muy escandalosa o se contagia de alguna de esas enfermedades, usted me entiende —murmuró el viejo con no disimulada vergüenza del tema al que hacía referencia. Tomó nuevamente aire y prosiguió—. Lo cierto es que la esposa de ese sujeto, arpía como pocas pero muy inteligente, le dio por donde más le podía doler, por la bebida. En una de las tantas calavereadas de este hombre, la despechada aprovechó para hacerse de un poderoso veneno y se lo volcó entero, supongo que todo el frasco, no lo sé, no es mi historia. Lo cierto es que se lo echó completo en la botella de whisky. El hombre cada vez que regresaba de una juerga bebía sin saberlo el néctar de la muerte. Así, día a día. Sin embargo, este hombre no murió en ese momento. Un día fue dado por muerto cuando en verdad estaba narcotizado, en estado de catalepsia, o algo por el estilo. Es así que cuando años después, por estas cosas administrativas de los cementerios hubo que remodelar o hacer espacio para nuevos nichos, desenterraron el féretro de este hombre, junto a otros, se entiende. Al abrir el cajón lo que encontraron fue la tapa toda arañada, inclusive había tierra dentro del féretro. El finado había roto el cajón con sus manos pero en la desesperación finalmente pereció. Horrible final. Bueno su cuarto está listo. ¿Desea otra copita?

—Gracias —bebí de un tirón la medida de jerez, me incorporé del sillón y caminé hacia donde me indicó. Cabe aclarar que esas historias de ultratumba ya no me hacen mella.

Seguí escaleras arriba siguiendo los tambaleantes pasos del anciano. El cuarto era una de esas piezas antiguas con una cama pequeña, una mesita de luz desvencijada y un ropero de madera maciza con una ornamentación arabesca un tanto extraña, pero que sin dudas había conocido mejores épocas. Reinaba una atmósfera sofocante, como si la neblina hubiera invadido la posada, cosa que es obvio no había ocurrido. Recién en ese momento, cuando la puerta se cerró detrás de mí fue cuando me percaté de lo afectado que me hallaba por la horrible muerte hallada por el personaje del cuento, aunque sin dudas todo era producto de la imaginación del posadero.

Apoyé mi ropa sobre una silla y me acosté tapado hasta la cabeza; el frío reinante no opacaba, sin embargo, el rico aroma de las sábanas y frazadas limpias, lo que contrastaba con el olor a encierro y humedad de la estrecha habitación. Al cabo de unos minutos debo haberme dormitado pues en algún momento de la noche desperté con una sensación de ahogo, sin fuerzas para respirar y como si un peso invencible se apoyara en mi pecho. Como pude salí de la cama y me dirigí hacia la ventana. La noche cerrada solo brindaba esa maldita neblina que reinaba en lontananza. Eso no sirvió más que para ampliar o magnificar mi ataque de ansiedad. El cuarto parecía latir, como si al contraerse las paredes y luego al ensancharse y encogerse nuevamente tuviera vida propia. Un poder asfixiante se apoderó de mí y fue tan fuerte que me paralizó. Intenté gritar, pero no lo logré. Luego caí rendido en la cama. O eso creí.

Por la mañana, cuando el sol ya iluminaba el cielo descubrí que me encontraba en mi coche. Intenté desperezarme pero era tal el dolor en mis articulaciones y en todos los músculos que solo pude acomodarme en el asiento. Al lograr hacer crujir mi columna pude tomar una mejor conciencia de que me encontraba en el mullido asiento de mi Torino. Eso me provocó algunas dudas. Mi mente todavía adormecida me estaba jugando una mala pasada.

Al contemplar por la ventanilla la ruta y el campo, sobre el descanso, pude apreciar una vieja casa en estado de abandono. De su frente colgada de una de sus esquinas y a punto de caer, un oxidado cartel que, no sé si por los rayos del sol o por el deterioro sufrido no era posible leer. Mi mente se negó a creer que pasé la noche en esa casa derruida. De inmediato probé darle arranque al coche y este respondió al instante. Puse primera y me alejé del lugar ingresando a la ruta sin mirar atrás.


Gastón Caglia es abogado, mediador y profesor de ajedrez. Ejerce como funcionario del Poder Judicial de la provincia de Santa Fe. Tiene 48 años, y vive en la localidad de Reconquista, provincia de Santa Fe. Escribe cuentos y relatos de ficción en general y ciencia ficción y terror en particular, bajo el pseudónimo de “Felipe Bochatay”. Ha publicado en algunas antologías de cuentos en formato papel y también en medios electrónicos latinoamericanos como en “Anapoyesis”, o “Narrativa”, entre otras. Asimismo escribe ensayos de sociología, literatura y ciencia ficción en su blog o en medios digitales y  podcast. Formó parte del comité científico de “Iberoamérica Social”.


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