Gastón Caglia
Llegaste una noche sin luna. Los pocos diáconos que
aún viven lo recuerdan como si ese hecho tan poco usual se hubiera tratado de
un presagio funesto. Eras tan solo un niño hambriento que había atravesado el
Desierto de la Desolación Radiactiva; lo atestiguaban tus úlceras y las
protuberancias cutáneas que destilaban horrorosos humores, como si hubieras
querido que nos regodeemos en tu dolor, porque supimos al instante que sufrías.
Durante diez lunas, los diáconos, que no soportaban
verte en forma directa, rezaron en la habitación contigua día y noche, aunque
todos sabíamos, incluso tú, que no hay diácono que soporte la luz diurna. Las
compresas con mandrágora aplicadas sobre todo tu cuerpo, fueron dando resultado
lentamente, y a la decimoprimera noche –hasta en los mínimos detalles te
aprovechabas de las simbologías–, abriste los ojos.
El abad en persona deseó interrogarte de inmediato,
pero no creo que lo sepas, su cuerpo de escribas y asesores se lo impidieron.
Regresó a su claustro, del que rara vez salía.
Todo aquello te lo recordé susurrándote al oído.
Asentiste en silencio temiendo que me aproveche de ti por incursionar en tu
mente. Luego montamos a nuestras bestias y tomaste el control de la Legión de
Soldados de Dios, cien humanos deformados, hambrientos y enfermos. Debíamos
partir sin demora hacia el Sitio Prohibido, el lugar del que llegaste
atravesando el Desierto de la Desolación Radiactiva siendo un niño.
La Muerte es un ser real y efectivo, aunque por lo
general invisible, dijiste al despertar, luego de esas once lunas de reposo.
Esa noche quedamos pasmados por la revelación. Como un místico, aseguraste
verla suspendida en el aire junto con el Ángel Exterminador, esa figura oscura
envuelta en telas blancas, como una momia, que nos era prohibido observar a los
ojos.
Luego continuaste orando; susurro que apenas pudieron
escuchar los que se encontraban más cerca:
Y miré, y vi un caballo amarillo;
y el que lo montaba tenía por nombre Muerte,
y el Hades lo seguía;
y les fue dada potestad sobre la cuarta parte de la
tierra,
para matar con espada, con hambre,
con mortandad y con las fieras de la tierra”.
Jamás habíamos oído ese poema, y menos en boca de un
niño.
De inmediato todos nos prosternamos ante ti y te
juramos lealtad. Te levantaste de la cama, trastabillaste, pero te asiste de
los hierros oxidados de tu lecho y te erguiste todo lo que lo permitieron tus
heridas todavía sangrantes.
El abad llegó presuroso, titubeante entre los restos
de las otras camas, y besó tus pies y lamió y bebió la sangre que te corría por
las piernas y de inmediato te sentiste rey, ese día lo vi en tus ojos, pecaste
de arrogancia, pero callé porque me debía a ti. Y así lo hice durante estos
últimos veinte años en que te formaste en las Escrituras.
Todo eso, ¿recuerdas?, te lo dije antes de que nos
marcháramos, pues previamente debías encender la pira para que los cadáveres
ardan y la Muerte se los lleve de inmediato. El hedor de nuestros hermanos era
insoportable, un río de humores putrefactos regaba las inmediaciones del
convento y el abad era sostenido por sus escribas. Él levantó la mano
quedamente, como dando una orden a alguien que no la necesita.
Así lo hiciste y, sin un ápice de miedo, asco o
vergüenza, encendiste la carne de nuestros hermanos. Pronunciaste de viva voz:
“Proclamo la igualdad ante la Muerte” y las voces de terror hicieron temblar
los muros del convento.
Finalmente te pusiste delante de la Legión y alzaste
el brazo desnudo. Las cicatrices que surcaban tu piel eran visibles más allá de
los muros exteriores, inclusive más allá del Río de la Desesperanza.
Partimos y sólo se oyeron los cascos de las bestias
hollar la tierra marchita. Luego de unas horas de marcha forzada por el sendero
que lleva al desierto me acerqué a ti, pero el silencio en que te encontrabas
inmerso era impenetrable. Descansamos en el último oasis lindero al Desierto.
Intenté escrutar el interior de tus ojos, pero el frío horror parecía haber
borrado de tu memoria los dolores que sufriste hacía años en aquel lugar, si es
que pasaste por allí.
Descendiste de tu preciosa bestia de dos cabezas y
diste un Sermón Fúnebre Igualitario. Fue el acto más demagógico que vi en mi
larga vida, pero qué bellas fueron tus palabras, parecías inspirado por
una Chorea Machaboerum, pues todos los fieles que se habían
ido sumando a los Soldados a lo largo del camino bailaban y se contorsionaban
al son de la inspiración de las Pestes Mortales.
Al acabar tu alegato las piernas te fallaron y caíste
sobre la tierra yerma. No hubo Soldado que se atreviera a tocarte. Ordené que
se levantara un campamento en el lugar y dentro de la carpa principal te alojé
por unas horas hasta que regresaste del más allá.
Dijiste que tu fech se te había
aparecido en un sueño. No lo entendí. Pero me ordenaste que eran tus deseos
descansar. Salí de la carpa cuando el sueño se adueñó nuevamente de ti.
Despertaste con las primeras luces de la Luna
Menguada. Cuando eras niño te aterraba observar el pedazo de roca que la Guerra
Del Gran Hongo había cercenado a la Luna Menguada. Te pusiste en pie y
solicitaste agua, comida y una espada. Todo te fue provisto por solícitos
Soldados.
A la siguiente luna partimos silenciosos. Tu mutismo
era contagioso, tanto como las Once Plagas Radiactivas. Sin embargo unas noches
después algo rompió la monotonía, del Convento llegó la noticia que el Abad
había fallecido leyendo las Sagradas Escrituras. No le diste importancia,
parecías ya saberlo, como también sabías que el abad era ciego. Veinte Soldados
emprendieron el regreso al convento pues el sentido del deber lo tenían hacia
el abad. Tú los maldijiste, pero no fue suficiente para que cambiaran el rumbo.
Nosotros entonces seguimos en la dirección contraria y nos internamos en el
Desierto de la Desolación Radiactiva.
Cabalgaste y también caminaste hacia la Ciudad
Prohibida durante cuarenta noches y nosotros te seguimos, los que quedábamos en
pie. Cuando llegaste a la Gran Ciudadela de Cemento, lindera al Desierto,
dijiste: aguarden fuera. Todos obedecimos aunque nos carcomió la
duda. Creímos que no regresarías, pero luego de dos lunas de espera ansiosa
emergiste de entre las entrañas de concreto. Tu rostro indicaba que lo habías
logrado. Habías conseguido lo que fuiste a buscar, o lo que te llamaba para que
lo encuentres. Empero tu rostro también denotaba un cansancio de muerte y
agotamiento espiritual.
De regreso estuviste más parco que de costumbre. Los
Soldados seguían muriendo de hambre, sed y sol, pero a ti no te importó, ya
estabas con los pies en el otro mundo, como cuando llegaste esa noche al
convento siendo un niño.
Al arribar de regreso al mismo oasis me dijiste en la
carpa, que usábamos exclusivamente, que tomaste el Pulsador Del Gran Dios
Destructor.
—¿Quién es el Gran Dios Destructor —te interrogué, y
tú murmuraste a mis oídos como si fuera un secreto mortal: un cilindro
plateado acabado en una punta dorada como el maldito Sol Abrasador del tamaño
de quince hombres.
Yo no emití palabra y eso pareció enfurecerte más.
Deseabas que preguntara, lo vi en tus ojos, en el abismo negro que se había
abierto en tu ser, mas sabía la respuesta al porqué de tu viaje.
Finalmente regresaste. Tan solo once Soldados y yo te
hicimos coro.
Al arribar al convento las oscuras túnicas de los
diáconos que rondaban en éxtasis por el perímetro le conferían un aspecto
fantasmal y casi alegórico, con sus rostros velados y las mortecinas luces de
sus antorchas. Enardecido sentenciaste: Esta turba de impíos que osan
danzar celebrando un oficio no divino son maldecidos por mí y por el Gran Dios
Destructor irritado por tanta blasfemia. Los condeno a probar el látigo
infernal.
Pero nada los acalló. Descendiste de tu bestia, te
acercaste a los diáconos que extasiados o en trance se contorsionaban como
afectados por una de las Once Plagas. Tomaste al vuelo a uno de los frenéticos
danzantes por el brazo, pero este siguió retorciéndose con tanta violencia que
su miembro fue arrancado de ese cuerpo putrefacto. No vi afectación en tus
ojos. Sin embargo todos cesaron su ritual cuando tú gritaste y apagaste las
llamas de las velas de las primeras filas de diáconos con tu saliva y sangre que
brotaba desde tu garganta.
Luego caíste desvanecido y nunca más despertaste. De
inmediato tomé de entre tus manos el Pulsador Del Dios Destructor y lo guardé
entre los pliegues de mis ropajes. Siempre lo supiste, no eras el mejor
guardador, hablabas en sueños, de los Secretos de nuestra Fe y la conjunción de
mandrágora y drogas del pasado hicieron mella en tu cuerpo allá en el oasis.
Ahora te encuentras en un sueño profundo, tan profundo
que no creo que puedas oírme, pero igual te lo cuento, porque en cierta forma
estoy en deuda contigo. No te preocupes, gobierno el convento en tu nombre y
hoy ha ocurrido algo extraño, una flor ha brotado de entre los ladrillos del
muro.
Gastón Caglia es abogado, mediador y profesor de ajedrez. Ejerce como funcionario del Poder Judicial de la provincia de Santa Fe. Tiene 48 años, y vive en la localidad de Reconquista, provincia de Santa Fe. Escribe cuentos y relatos de ficción en general y ciencia ficción y terror en particular, bajo el pseudónimo de “Felipe Bochatay”. Ha publicado en algunas antologías de cuentos en formato papel y también en medios electrónicos latinoamericanos como en “Anapoyesis”, o “Narrativa”, entre otras. Asimismo escribe ensayos de sociología, literatura y ciencia ficción en su blog o en medios digitales y podcast. Formó parte del comité científico de “Iberoamérica Social”.