Mostrando entradas con la etiqueta Krzysztof T. Dąbrowski. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Krzysztof T. Dąbrowski. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de enero de 2026

LA GRIETA

 Krzysztof Dąbrowski

Una tormenta reinaba afuera. Las gotas tamborileaban de forma intrusiva contra el techo de la vieja casa de una sola planta. Una y otra vez, los relámpagos iluminaban la oscuridad y sacaban a la luz el rostro aterrorizado de Anya.

Tenía doce años. Sus padres habían salido para una reunión importante con amigos. Ella les aseguró que ya era lo suficientemente mayor y que sabía cuidarse sola.

Y ahora, todo lo que sucedía afuera la llenaba de un miedo creciente.

Los truenos eran lo peor. No los destellos, sino esos retumbos repentinos. Saltaba inquieta, sobresaltándose.

Para empeorar las cosas, se fue la luz.

Recordó que en esas situaciones sus padres solían bajar al sótano para arreglarlo.
Una vez incluso había acompañado a su padre, así que sabía cómo era.

Antes de apartarse de la ventana, oyó el sonido de un vaso de agua volcándose sobre la mesa.

Se quedó inmóvil, temerosa de darse la vuelta.

—¿Hay alguien aquí? —murmuró con voz temblorosa, con la esperanza de que, si se trataba de un ladrón, se asustara y huyera. O me matará… —se estremeció.

Sin embargo, nadie respondió, así que con cuidado, muy despacio, giró la cabeza.

Miró fijamente durante largo rato, pero por supuesto no pudo ver nada en la impenetrable oscuridad.

Podría haber un relámpago ahora; prefería temerle al trueno antes que a lo que pudiera ocultarse en la oscuridad.

¿Por qué no llamar a mis padres?, pensó. No, al final no lo haré.

Finalmente decidió esperar, y tomó el hecho de que no sucediera nada como una buena señal.

¿O quizá el vaso estaba al borde de algo desde donde simplemente tenía que caerse? ¿Tal vez bastó alguna vibración imperceptible del impacto de un rayo para que ocurriera?

Por fin llegó el destello tan esperado, seguido de inmediato por un segundo, golpeando y deformando las sombras alargadas de formas familiares, aunque más inquietantes de lo habitual.

Ese instante fue suficiente para que recorriera la habitación con la mirada presa del pánico.

No vio a nadie, pero justo después de que la oscuridad regresara, algo volcó una silla. Algo invisible…

¡Dios mío, un fantasma! —Su corazón se detuvo a medio latido, porque no encontraba otra explicación para aquel suceso extraño.

Corrió con todas sus fuerzas hacia la puerta del sótano, deseosa de devolver la luz a la casa lo antes posible.

Parecía un salvavidas en esa situación. Es cierto que no estaba segura de que ahuyentara al espectro, pero al menos se sentiría mejor.

 

Comenzó a bajar las escaleras lentamente y con cuidado, aunque sentía ganas de precipitarse de cabeza. Pero eso probablemente habría sido el final, así que prefirió no arriesgarse.

Además, rodeada por una negrura impenetrable, tenía la impresión de que alguien la observaba, y que ese ser podía estar en cualquier lugar, tanto detrás como delante de ella. Esa sensación hacía muy difícil mantener el pánico bajo control.

No estoy en peligro, no tiene cuerpo, no puede hacer nada, se repetía para tranquilizarse. Pero… el vaso y la silla sí se volcaron.

Paso a paso, poco a poco, con las piernas temblorosas y blandas como algodón, tocando instintivamente con la mano la fría pared de piedra, descendía. Y descendía. Y descendía. Y el miedo iba cediendo lentamente a una especie de mansedumbre, porque cuanto más tiempo convivía con él, menos intenso se volvía.

Cuanto más tiempo… cuando se calmó un poco, se dio cuenta de que estaba tardando demasiado en bajar, y que incluso haciéndolo tan despacio como ahora, ya debería haber llegado al fondo, al sótano.

Con cada escalón, esperaba que se terminara, se engañaba diciéndose que era el terror lo que provocaba ese efecto en su mente.

Y entonces comprendió que no, que se estaba engañando de nuevo, que algo iba muy mal.

¿Debería volver? La idea le cruzó por la mente. No, está demasiado lejos… ¿o quizá era precisamente por ese miedo?

Y en ese momento vio una mancha de luz en algún punto más abajo.

De nuevo sintió el impulso de correr, pero otra vez decidió no hacerlo, aunque le resultaba difícil.

Seguía sintiendo aprensión, pero además estaba llena de una curiosidad difícil de controlar.

 

Cuanto más se acercaba al lugar, más se daba cuenta de que se encontraba en un espacio extraño que tal vez ya no era su casa; después de todo, las escaleras al sótano de la casa terminaban pronto…

Dondequiera que estuviera, la luz era tranquilizadora.

Sin embargo, antes de alcanzarla, la oscuridad volvió a caer sobre ella.

Decidió seguir bajando, tanteando la pared para orientarse hacia el lugar de donde provenía la luz.

Se sentía decepcionada, confundida y profundamente asustada.

Y entonces algo brilló allí, y un momento después oyó un trueno distante…

¡Tormenta! ¡Hay una tormenta afuera!

¡Y si hay tormenta, hay una salida!

Después de todo lo que había pasado, los relámpagos, los truenos y la lluvia ya no le impresionaban tanto; al contrario, se alegró de oírlos.

 

Cuando por fin se acercó a la grieta y vio lo que había al otro lado, quedó atónita.

Esperaba que fuera una salida al exterior o, pese a todo, un sótano con una ventana cerca del techo. Pero no: era la casa, la suya y la de sus padres. El mismo suelo y la misma sala de estar con el gran comedor.

Y ni siquiera eso fue lo más impactante. Al atravesar la grieta, notó que era tan fina como una hoja de papel –lo cual era absurdo, porque la pared debería haber sido mucho más gruesa–, pero lo que más la conmocionó fue ver a sí misma unos instantes antes: Anya, de pie junto a la ventana, asustada por la tormenta.

¿Había vuelto atrás en el tiempo?

No tuvo tiempo de responderse, porque inadvertidamente rozó con la mano, apoyada en la mesa, un vaso de agua.

La que estaba junto a la ventana, igual que ella entonces, se quedó inmóvil y luego preguntó:

—¿Hay alguien aquí?

Anya se quedó paralizada, pero enseguida comprendió que la que estaba en la ventana era ella misma en un pasado reciente, y que en aquel momento no había notado a nadie.

Dos relámpagos.

Sí, debería verme.

¿Quizá al menos puede oírme?

—Oye, soy yo —llamó—. Es decir, tú, del futuro cercano.

Nada cambió.

Vaya, al final soy invisible, pensó entonces, y se asustó tanto que dio un paso atrás, enganchando al mismo tiempo el pie en la silla.

Claro, por eso pensé que era un fantasma. Comprendió lo que había ocurrido, mientras la del pasado, presa del pánico, se lanzaba hacia la puerta del sótano.

¿O soy yo un fantasma? Anya se quedó inmóvil, mientras la del pasado desaparecía tras la puerta. No, tengo cuerpo, incluso tropiezo con los objetos.

Entonces, ¿por qué no puede verte ni oírte? En su mente surgió una voz desagradable y desconocida.

No se le ocurrió ninguna respuesta sensata, lo que le provocó una punzada intensa de ansiedad.

Decidió no ceder a ella y pensó que lo mejor era seguir a su yo del pasado.

¿Cuando lleguemos a la grieta ya seremos tres? No sabía si sentía más miedo o curiosidad por lo que iba a ocurrir.

Todo le recordaba a un episodio de alguna serie extraña, como tantas que circulaban ahora por Internet.

 

La del pasado debió sentirla, porque estaba inquieta y miraba con atención a los lados y hacia atrás pese a la oscuridad.

Además, era apenas visible, y cuando subió algunos escalones, su tenue silueta desapareció por completo de la vista de Anya.

¿Y si vuelvo atrás? Se dio vuelta por reflejo y se horrorizó al descubrir que detrás de ella no había nada más que una pared que bloqueaba su retirada; además, la pared avanzaba lentamente hacia ella, al mismo ritmo que la del pasado descendía.

Todo parecía como si la realidad innecesaria para aquella se hubiera plegado y limitado su alcance a algún campo invisible alrededor de la que bajaba.

Pero no alcanzaba a Anya. Ella no se hacía ese tipo de preguntas ni tenía ese tipo de pensamientos. Solo era una niña confundida y perdida de doce años, aterrorizada por el hecho de que una pared que nunca había estado allí se deslizara lentamente hacia ella, empujándola fuera del escalón en el que estaba.

Le temblaban las piernas como hojas de álamo, pero de algún modo logró bajar un poco más y darse vuelta.

No había rastro de la Anya anterior, así que siguió tras ella, sin querer quedarse sola otra vez.

Aceleró todo lo que pudo, siguiendo el principio de apresurarse despacio, y aunque estaba convencida de que bajaba mucho más rápido que la otra y ya debería haberla alcanzado, nada de eso ocurrió.

Seguía habiendo solo una negrura impenetrable y un silencio espantoso frente a ella.

¿Dónde estás?, pensó febrilmente. Por favor, no me dejes aquí sola. Te lo ruego…

—¡Anya! —gritó, pero nadie respondió.

No puede oírme. Yo tampoco oí nada cuando bajaba entonces, recordó.

¿Y la transición a la casa, al pasado? También debería haber estado allí hace rato.

¿O quizá desapareció cuando aquella pasó?

No le quedaba más que seguir descendiendo, con la esperanza de que tal vez fuera posible salir de nuevo por algún sitio.

¿O quizá será posible con ella? ¿Tal vez desciendas así por toda la eternidad? Otra vez aquella voz ajena y desagradable, como si algún gnomo se hubiera instalado en su cabeza y se riera de manera increíble.

—Ja, ja, ja, qué gracioso —dijo en voz alta; normalmente se habría sentido ridícula hablando al vacío, pero después de todo nadie podía verla, y ya que añadía algo de diversión, ¿por qué no?

 

No tenía idea de cuánto tiempo llevaba descendiendo, pero sin duda era demasiado; tanto, que había perdido la noción del lapso transcurrido.

Y seguía habiendo solo esa maldita oscuridad, negrura, negrura y más negrura, como si se hubiera quedado ciega.

¿Quizá te has quedado ciega? —se burló el gnomo en su cabeza.

—¡No estoy ciega! ¡Déjame en paz! —gritó.

—¿Cómo puedes estar segura? ¿Cómo puedes comprobarlo? —Habría jurado que oyó otra risita repugnante, apenas audible, en algún lugar fuera de su cabeza…

¿Me estoy volviendo loca? ¿Me estoy volviendo loca? Siempre había pensado que solo los adultos se volvían locos.

¿Así es como pasa? ¿Hay que estar solo durante mucho tiempo, en la oscuridad, y tener demasiado miedo… así es como uno se vuelve loco?

Ella no iba a volverse loca.

—Todo está en mi cabeza, se dijo, tan calmadamente como pudo. Y luego siguió bajando, paso a paso, centímetro a centímetro, hacia abajo, cada vez más abajo.

Trató de no pensar en nada, solo de concentrarse en el siguiente escalón, en bajar, en el ritmo lento de su cuerpo avanzando con cautela.

Era tranquilizador, la calmaba mucho.

Finalmente vio una luz tenue a lo lejos, pero mucho más brillante que la anterior, como si fuera de día al otro lado.

Su corazón latió más rápido; sintió alegría e impaciencia, deseaba llegar al paso hacia la casa lo antes posible.

Pero se detuvo con prudencia y vio en su mente lo que ocurriría si tropezaba y caía: una mirada inmóvil y sin vida, o llena de la agonía de la muerte, y sangre, más o menos, pero sin duda una mancha de sangre, y sus brazos y piernas rotos y doblados en ángulos extraños, y si todo salía mal, también fracturas abiertas, huesos sobresaliendo de su cuerpo desgarrado…

¡Brr! Se estremeció solo de pensarlo y, como una adulta, pensó que en una situación así preferiría estar muerta antes que morir con agonía o sobrevivir como una inválida paralizada.

Siguió bajando con cuidado.

Despacio, sin prisa.

¿Y si desaparece?, se burló el gnomo en su cabeza. ¿Y si esta es tu única oportunidad y, si no la aprovechas, te quedas aquí para siempre?

—Oh, cállate ya —siseó entre dientes—. Antes decías que me quedaría ciega, y todavía puedo ver.

Pero en verdad, cuanto más se acercaba a la grieta, más temía que eso ocurriera.

No ocurrió. Llegó allí, y el paso al viejo mundo seguía allí, solo que era un mundo del futuro.

 

Atravesó la grieta y se encontró en el comedor.

Todo parecía familiar, igual que antes, pero algunos objetos habían desaparecido. En su lugar habían aparecido otros nuevos.

Pero lo que más la sorprendió fue el cambio en el aspecto de sus padres, que estaban sentados a la mesa comiendo en un silencio sombrío: parecían los mismos de siempre, pero distintos, y de algún modo más viejos.

—¿Mamá? ¿Papá? —llamó, pero por supuesto no respondieron; no podían, porque tampoco la veían.

Se acercó a su padre y comprendió qué los hacía verse diferentes: cambios sutiles, como las primeras canas en el cabello y la barba, más arrugas, el rostro un poco más caído, y ojeras, como si hubiera dormido mal.

Comía mientras leía el periódico, que de vez en cuando se manchaba con salpicaduras de sopa; era conocido por eso, y a ella siempre le había parecido gracioso que nunca lograra llevar la cuchara a la boca sin derramar algo.

Con su madre ocurría lo mismo: pequeños cambios…

Pero lo peor eran sus ojos mientras comía la sopa pensativa; estaban llenos de tristeza.

Anya comprendió que esa tristeza era mucho peor que la que sentía cuando sacaba una mala nota, aunque supiera todo, pero el estrés borrara momentáneamente el conocimiento de su cabeza.

Entonces sentía que el mundo a veces era terriblemente injusto, porque quienes no estudiaban a veces eran mejores que ella.

Pero la tristeza de su madre era mucho más profunda, del tipo que carcome el alma y cambia a una persona de manera irreversible.

Estaba aterrorizada.

Claro, están preocupados por mi desaparición. Me pregunto cuánto tiempo ha pasado.

Decidió hacerles saber que estaba allí; agitó la mano frente a los ojos de su madre.

Esperaba que quizá su madre percibiera de algún modo su presencia.

Por desgracia, no fue así.

¿Quizá podría tocar algún objeto? Sí, era una buena idea.

El salero. Movió la mano una y otra vez, pero esta atravesó el objeto.

¿Cómo es posible? Antes funcionó…

¿Será porque estoy en el futuro?

Entonces, cuando te asustaste a ti misma, ¿no lo estabas?, preguntó la fría voz de la lógica.

Es cierto…

Pero aquello estaba muy cerca del futuro, mientras que aquí todo indicaba que había pasado mucho tiempo.

¿Tal vez por eso?

¿O quizá necesito chocar con el objeto por accidente?

¿Pero cómo hacerlo? Incluso si empezara a saltar por la habitación de forma caótica, seguiría siendo una acción deliberada.

¿Pero tal vez ese caos sería suficiente?

Decidió intentarlo; no tenía nada que perder.

Comenzó a saltar y correr, pero no pasó nada, y habría seguido intentándolo durante mucho tiempo, porque no se sentía cansada, si no hubiera notado algo que la inquietó profundamente: la grieta había desaparecido…

Es cierto que la puerta del sótano seguía allí, y sin duda podría llegar hasta ella tarde o temprano, pero estaba en el futuro. ¿Cómo se suponía que iba a volver al presente, donde era visible para todos y podía influir en los objetos con el tacto?

No lo sabía, pero parecía que en esa situación no tenía otra opción que volver a bajar las escaleras y ver adónde la llevaban esta vez.

Su preocupación se desvaneció de manera extrañamente rápida, sustituida por la aceptación.

Pensó que, dado que su mano había atravesado el salero, quizá podría atravesar la puerta sin problemas.

Miró a sus padres por última vez y sintió tristeza, pero era una tristeza extrañamente apagada, como si ya no le incumbiera, como si no fueran sus padres.

Mis padres están en el pasado, en una reunión importante, y cuando regrese a mí misma, ellos también volverán pronto y todo será como antes. Y lo que ocurre aquí no ocurrirá en absoluto, así que dejarán de existir aquí, y cuando pase el tiempo y lleguen al presente, no estarán tan terriblemente tristes, sino normales, como siempre lo fueron.

Se dirigió hacia la puerta.

Se detuvo un momento ante ella porque se sentía incómoda; nunca había atravesado una puerta antes, no sabía cómo era ni si sentiría algo.

¿Y si meduele?, se preguntó con ansiedad.

Decidió hacerlo despacio y empezar con el dedo.

Extendió la mano.

No dolió, no sintió nada.

Apenas había suspirado aliviada cuando apareció otro pensamiento inquietante.

¿Y si hay algo ahí dentro y me muerde el dedo?

No, es una tontería, se reprendió. Ya he estado allí y nada me atacó.

Está oscuro ahí dentro…

Yo estuve en la oscuridad y no me pasó nada; es solo la falta de luz, se explicó con paciencia.

Antes eso no habría ayudado; podría haberse convencido durante horas y seguir teniendo miedo, pero no ahora.

El miedo pasó con sorprendente rapidez.

Sintió una sorpresa fugaz, apenas perceptible, y se concentró en la cuestión de la puerta.

Y fue como si no existiera en absoluto; de repente se encontró al otro lado.

 

De forma inesperada, la bombilla colgante del techo comenzó a parpadear. Una luz tenue, amarillenta.

Se sorprendió al ver esta vez algunos escalones y el suelo del sótano.

Es extraño cómo a veces la normalidad parece extraña, anormal.

De pronto se dio cuenta de que podía ver algo más: la pierna de una niña.

Medias blancas, como las suyas…

Comenzó a bajar despacio, pero no sentía miedo ni sorpresa, como si visitara una especie de exposición virtual.

Cuando llegó al fondo, se vio a sí misma tendida en un charco de sangre que crecía y comprendió que había vuelto a su presente, que había muerto y que ahora era un fantasma.

No sintió tristeza ni arrepentimiento. Ahora le era completamente indiferente.

Así que ya era un fantasma que se perseguía a sí misma, pensó, y le resultó bastante divertido.

¿Pero y ahora? ¿Qué sigue?

Se oyó un leve crujido en algún lugar arriba.

Levantó la vista instintivamente y vio que era la puerta del sótano, que se abría lentamente por sí sola.

No se sorprendió en absoluto.

Tampoco la sobresaltó la luz brillante que entraba por la abertura.

No sintió miedo, sino alivio y alegría, porque era algo bueno, y se sentía como si regresara a casa, a su verdadero hogar.

Subió corriendo las escaleras, ya sin cuidado, porque como fantasma no podía morir ni romperse los huesos.

Avanzó con decisión hacia la luz cegadora, y la puerta detrás de ella desapareció al instante.

Nunca se había sentido más feliz, pero solo duró un momento, porque de repente algo invisible comenzó a morderla.

Dolía terriblemente…

Krzysztof T. Dąbrowski nació en Łódź y vive en Cracovia, Polonia. Es autor, entre otros, de los libros: Nasmierciny (2008), Anima vilis (2010), Grobbing (2012), Z życia Dr. Abble (2013), Anomalia (2016), Ucieczka (2017), Nie w inność (2019), Nieznośna niewyraźność bytu (2022) y Obyś żył w ciekawych czasach (2023).  Sus historias han sido traducidas y publicadas en revistas y antologías de Estados Unidos, Eslovaquia, República Checa, Hungría, Rusia, Alemania, Italia, Inglaterra, España, Israel, Brasil, México y Argentina.

 

jueves, 4 de diciembre de 2025

EL ACTOR

Krzysztof T. Dąbrowski

 

Ben Whiteman esperaba con ansiedad el anticipo en efectivo, pero con prudencia no encendía el holoputer: usar demasiado el aparato consumía verdes, y de momento todavía tenían fecha de caducidad.

Tenía veinte años y se había convertido recientemente en estrella del holocinema.

Un año antes había invertido como un idiota y perdió toda su pasta de la noche a la mañana: mil de las plateadas, sin límite de tiempo.

Sólo los VIP comerciaban con ese color y podían invertirlo.

Por si fuera poco, acabó en rehabilitación, lo que drenó su cuenta de todos los demás colores salvo el verde.

Por suerte, había aparecido la invitación para el siguiente holofilme y pronto recuperaría todas sus pérdidas.

El holoteléfono pitó y Ben, que era aficionado a pasearse desnudo por casa, empezó a vestirse de inmediato.

—¿Quién llama? —preguntó mientras se metía en una camiseta a toda velocidad.

—Dan Holtz —respondió el aparato con una agradable voz femenina—. ¿Conectar?

—Conecta —ordenó, con la intención de saltar rápido dentro del pantalón de chándal, pero se le enredó la pierna, perdió el equilibrio y se desplomó sobre el sofá. En el instante en que el interlocutor apareció en el aire, lo primero que vio fue el culo desnudo del joven actor.

—Ben… —el productor de su futura película desvió la mirada con desagrado ante aquella visión.

—¡Perdón, Dan! —Ben se subió los pantalones a toda velocidad y se dio la vuelta con las mejillas ardiendo.

—¿Estás metido en líos con… otra vez?

—Estoy limpio —aseguró el chico, levantando las manos.

—Querría que te pasaras por mi despacho, digamos dentro de una hora.

—Claro, aunque ya hice la holofirma con el escáner cerebral, así que…

—Ben —lo cortó Holtzman—. Sabes que en ciertas cosas soy chapado a la antigua, y hay asuntos que prefiero tratar en vivo, cara a cara.

—Está bien —Ben se esforzó por contener un suspiro de decepción, porque era justamente lo que habría preferido evitar después del resbalón de hacía un momento—. Iré.

—Estupendo, nos vemos en una hora —murmuró el productor, y el holoteléfono se apagó.

—Tus verdes se están acabando —le informó la voz femenina del sistema de vigilancia del apartamento.

—Genial, justo lo que me faltaba —masculló el joven actor.

Todo indicaba que tendría que vender algo de más valor para que le alcanzara para el taxolot.

Miró instintivamente la colección de estatuillas recibidas en varios festivales de cine, y algo le dolió por dentro.

Encendió el holoputer, con la esperanza de que tal vez justo ahora entrara el maldito anticipo. Por desgracia, no apareció nada nuevo y, presa de un momento de desesperación, se gastó otro verde más. Al final eligió uno de los premios y se lo guardó en el bolsillo.

¿Y si…?

—¿Puedo pedir un préstamo? —preguntó.

—No tienes solvencia crediticia —respondió el sistema.

—Sería poca cosa y a corto plazo, cincuenta verdes y en dos días los devuelvo.

—Aun así, no se te considera solvente.

—Llevo dos meses limpio y he encontrado trabajo. Hoy o mañana me dan el anticipo.

—Lo siento —comunicó la agradable voz femenina una respuesta nada agradable.

Ben negó con la cabeza, incrédulo. Aquello era absurdo. A partir de mañana volvería a ser rico, quizá incluso desde esa misma tarde, pero por culpa de aquella maldita reunión tenía que deshacerse de uno de sus recuerdos más queridos.

Se acercó a la puerta, pero la puerta ni se inmutó.

—Abrí —gruñó, impaciente.

—Negado, ya no te quedan verdes —contestó con voz ronca masculina el sistema que flotaba sobre la puerta—. Pero puedes pagar escuchando veinte anuncios.

—Está bien, que así sea —respondió resignado, esperando que fueran cortos.

—¿Te falta efectivo? ¿No tienes la solvencia necesaria? ¡Llama o escribe a MomentsX!

—¿Y cómo se supone que pida un momento si no tengo pasta ni en el holoteléfono ni en el mail? —se exasperó.

—Al parecer, es una publicidad para los más previsores —replicó el sistema con voz de mujer, mientras la puerta, con un barítono masculino, soltaba otro anuncio.

La situación era sumamente irritante, pero por suerte ya no corría peligro de caer en los pegajosos tentáculos de la dictadura publicitaria que asolaba a los ciudadanos corrientes. Y aunque cayera en ella por un rato, en cualquier momento volvería a ser un hombre libre. Pero antes de convertirse en una estrella, cuando era uno más de los que perseguían papeles frustrados, había sufrido aquello a plena dosis: todo había que pagarlo consumiendo publicidad. Incluso los sueños eran creados y patrocinados por las productoras. Fuera lo que fuese lo que soñaras, el sistema te colaba los productos adecuados y los correspondientes eslóganes utilizando ondas cerebrales imitadas. Luego sonaba el despertador y, o tenías monedas para pagar para apagarlo, o tenías que aguantar otro anuncio. Pero lo peor de todo era que, para tener una erección, también tenías que escuchar unos cuantos spots, o los nanobots te disolvían algo en el cuerpo y no había forma de que aquello se levantara a la altura de la tarea. Así que no había más remedio: los escuchabas o los veías, y el efecto secundario era que algunas chicas se ponían de mal humor por eso y simplemente no querían hacer nada, sobre todo porque para activar el anticonceptivo también tenías que tragarte otra docena de anuncios.

Al final del día, a veces excitado y abandonado, con una erección que no bajaba, tenía que rematar el asunto por su cuenta, a escondidas y con una sensación de humillación total.

Se suponía que era un paraíso eso de poder pagar con anuncios cuando no se tenía dinero, pero en la práctica era un infierno…

Los ciudadanos corrientes, incapaces de ganar nada en un mundo robotizado, dominado por la inteligencia artificial, después de gastar la paga sólo podían salir del paso con eso.

—¿Va a tardar mucho? Tengo prisa y esta publicidad no se termina nunca —empezó a preocuparse Ben.

—Pueden aparecer algunos holoanuncios, en lugar de audio.

—Vale, venga —gruñó, y al cabo de un rato varias personas comenzaron a desfilar por su casa, tan realistas que él se apartaba instintivamente de su camino, aunque fueran inmateriales. Además, parloteaban entre sí, sonriendo como ratones frente al queso, mientras representaban sus escenas.

Ben se mordió el labio, dándose cuenta con resignación de que las escenas podían durar varios minutos cada una, así que en tiempo iba a ser lo mismo.

No, no voy a llegar tarde con el productor por culpa de unos malditos anuncios, se dijo, sobre todo porque su trasero ya había agotado de sobra el cupo de metidas de pata en lo que se refería a su jefe actual.

Desesperado, se fue hacia la ventana, que por suerte estaba entreabierta y no tenía que pagar para abrirla.

—¿Qué estás haciendo? —le alcanzó aún la voz preocupada del sistema mientras se escurría hacia afuera—. ¿Quizá necesites un tratamiento urgente con pago aplazado?

—¡A cagar! —siseó.

—Se ha detectado una palabra vulgar, recibes un punto de penalización.

No pensaba preocuparse por eso. Apenas salió fuera apareció otro problema: estaba en el tercer piso y el saliente era estrecho.

Demasiado alto para saltar, ni hablar de caerse, y bueno, ¿para qué quería un yeso un actor?

Pegado a la pared, empezó a desplazarse con cautela hacia el pararrayos, que era su única oportunidad para bajar sin arriesgar la vida.

Cuando por fin llegó al sitio indicado, jadeando por un fugaz ataque de pánico provocado por una paloma que le voló delante de la nariz, se dio cuenta de que tenía las palmas de las manos sudadas por los nervios. Se las secó en los pantalones, pero no sirvió de gran cosa, como tampoco ayudaba el calor que hacía afuera. Empezó a respirar hondo para calmarse, esperando que así le dejaran de sudar las manos. Le habría gustado cerrar los ojos para lograr un mejor efecto, pero temía perder el equilibrio, de modo que lo descartó. La conciencia de que el tiempo pasaba tampoco ayudaba; es difícil relajarse cuando uno siente la presión. Además, lo inquietaba la idea molesta de que, si se quedaba allí colgado demasiado, alguien lo grabaría o lo enfocarían las cámaras del sistema de la ciudad y el escándalo estaría servido.

Al final, en un acto de desesperación, decidió bajar por los balcones; sorprendentemente, le fue bastante bien hasta alcanzar una altura desde la que ya podía saltar a la acera sin peligro… momento que la paloma eligió para volver a volarle delante de la nariz. Soltó la barandilla por reflejo y se tiró, con lo que se enganchó los pantalones en un cable saliente durante la caída. Eso produjo un feo desgarrón en la parte trasera; sólo podía alegrarse de no haberse empalado.

Ben se sentía muy incómodo atravesando la avenida llena de gente con un agujero en el culo, pero aun así tenía que llegar a la casa de empeños más cercana que conocía.

Tiritando de nervios, sacó una estatuilla del bolsillo.

—¡Lo conozco! —se iluminó al verlo el androide que trabajaba allí—. Usted es ese, Bob, ¿cómo se llama…?

—Sí, exacto —Ben no pensaba corregirlo—. ¿Cuánto me das por ella?

—Bueno, puedo darle veinte verdes.

Ben rechinó los dientes, considerándolo un timo.

—Vale… pero guárdamela. En uno o dos días la rescato, pagándote más de lo que te gustaría.

—De acuerdo, señor Bob —respondió el androide con una sonrisa antinatural, y transfirió el importe calculado al chip bajo su muñeca.

A Ben se le desplegó ante los ojos la información de que se habían ingresado veinte verdes. Al mismo tiempo ordenó mentalmente que se mostrara la hora, y se dio cuenta, horrorizado, de que sólo le quedaban cuarenta y cinco minutos para la reunión.

Se dio la vuelta tan rápido como pudo.

—¡Señor Bob! —lo llamó el vendedor.

—¿Sí? —Ben habría perdido la paciencia hacía rato, pero le debía algo, así que simplemente giró para encarar al androide.

—Se le ve el trasero, señor Bob.

—Eh… —gimió, desesperado.

—Puedo ayudarle, sólo tiene que sacar el culo.

—¿Perdón? —tartamudeó Ben al oír la extraña propuesta.

—Si no, no puedo coser —añadió, cohibido, el androide.

Qué le iba a hacer; no le hacía ninguna gracia que el jefe le viera el trasero por segunda vez en el día.

Se inclinó hacia delante y notó unos pinchazos en las nalgas, por suerte acompañados de la sensación de que la tela volvía a cubrirlas. Todo habría ido bien de no ser porque, en un momento dado, sintió un pinchazo doloroso. Chistó y se incorporó de golpe.

—Lo siento —murmuró horrorizado el androide—. La aguja se fue un poco de lado, pero… está cosido.

Ben se palpó la parte de atrás del pantalón y, efectivamente, no quedaba rastro del agujero.

—Gracias —murmuró, y se dirigió a la salida.

—¡Señor Bob! —gritó el vendedor.

—¿Sí? —Ben ya habría perdido la paciencia, pero al fin y al cabo le debía una.

—¿Podemos hacernos una foto juntos, señor Bob? Soy su mayor admirador. Las he visto todas…

—La IA puede generarla.

—Pero no sería de verdad —protestó el androide.

Como si lo fueras, pensó Ben, posando con el mayor admirador de Bob; fuera quien fuese.

Apenas salió a la calle, ordenó enseguida un taxolot a través de la red cerebral.

Temía tener que esperar un buen rato, pero cuando todo va mal, algo tiene que salir bien, y así fue. El taxolot, viejo y sucio, apareció en un abrir y cerrar de ojos, aterrizando con un sospechoso chirrido de motores.

—A su servicio —dijo mecánicamente, sonando como si un robot estuviera vomitando tornillos.

Pese a la invitación, todas las puertas seguían cerradas.

—Se traban —explicó disculpándose al ver las cejas alzadas de Ben—. Hay que darles una buena patada.

Ben dio una buena patada, y lo hizo con tanta fuerza que se lastimó un dedo del pie. Jadeando de dolor, apretó los dientes mientras la puerta se levantaba con un chirrido espantoso.

—Se le ha cargado un punto de penalización por destrucción de la propiedad. Se le cobra de inmediato una multa de cinco verdes —anunció una voz mecánica desde el interior del taxi volador.

Sonó un clic electrónico y se le mostró la información del nuevo saldo.

—¿Pero cómo que…?

—Disculpe —respondió el taxolot—. Me instalaron un detector de conducta antisocial, pero es el sistema quien aplica las multas, por desgracia a través de mí.

—Haberlo dicho y habría pedido otro taxolot —replicó Ben con reproche.

—Y yo habría perdido un cliente —murmuró el vehículo.

Ben suspiró desolado y se metió dentro.

—¿A dónde volamos?

—Glen Runciter 9.

—Quince verdes. Pago por adelantado —informó la cabina voladora.

Por un instante Ben pensó en regatear, pero sabía que sería inútil, así que sólo acercó la muñeca al punto de pago y, al cabo de un momento, lo habían desplumado de todos los puntos que le quedaban.

Al poco tiempo levantaron el vuelo y empezó a salir una charla de los altavoces.

—Humanidad, ¿en qué nos hemos convertido? —La voz temblorosa sonaba como si perteneciera a algún anciano flemático. Hubo un momento de silencio, y la misma voz comenzó a responderse—. Somos robots biológicos autorreplicantes con una fecha de caducidad predeterminada. Estamos programados para que nos muevan impulsos codificados para intentar sobrevivir en este infierno, produciendo más individuos humanos, más portadores de almas reencarnadas. No somos más que un juego de experiencias para ellas.

—¿Se puede apagar eso? —Ben ya estaba harto de charlas filosóficas de las que entendía poco.

—No, porque estoy escuchando sobre las almas.

—No tienes alma.

—¿Y cómo lo sabes? —arremetió el taxolot—. ¿Y si te digo que soy el alma de un taxista que decidió poseer este taxolot para seguir haciendo lo que ama, qué me dirías?

Ben se quedó callado, horrorizado, porque justo se acababa de hacer una pregunta: ¿Podía la inteligencia artificial estar mentalmente enferma?

Cuando entró en el despacho de Holtz, se alegró de seguir vivo.

—Hola, Ben, pasa. —Entró—. ¿Quieres tomar algo? —Ben negó con la cabeza; le encantaría beber algo más fuerte, pero sabía que eso sólo podía acabar mal—. No me gusta decir estas cosas por computadora, prefiero cara a cara. Ben, tengo malas noticias: no vas a actuar en esta holopelícula.

—¿Quééé? —Ben quedó horrorizado.

—El gobierno aprobó una nueva ley y otra vez se puede usar inteligencia artificial en todas las artes. Por lo tanto, los actores de nuestra película serán generados.

—¡Pero si tenemos contrato! ¡Estoy esperando el anticipo! —Ben se puso rojo como un tomate.

—Lo siento, se ha cancelado. ¿Leíste el contrato? Mirá —Dan señaló con el dedo la anotación en el punto trece.

Estaba escrita con letra diminuta y establecía que el productor podía despedir al actor en cualquier momento y cancelar el anticipo. Claro, ¿quién lee los contratos? Y menos cuando te apuran…

—Pero me gustaría comprarte los derechos de uso de tu imagen para la película. Por cinco plateadas.

—¿Por cuánto…? —Ben se sintió asqueado. Se marchó dando un portazo.

—Si cambias de opinión puedes pasar por aquí —le gritó Holtzman.

Al diablo los cineastas, pensó Ben al salir del edificio. Soy famoso, en cualquier teatro habrá un papel para mí.

Reconfortado por esa idea, de camino a casa decidió pasar por uno de los varios teatros de la ciudad.

—Lo siento mucho, pero no vas a encontrar trabajo ni aquí ni en ningún teatro —el director artístico parecía visiblemente incómodo.

—No entiendo…

El director suspiró e hizo un gesto para que Ben lo siguiera.

Al cabo de un rato se encontraron detrás del escenario, donde varios actores ensayaban.

El director se acercó a uno de ellos y lo tocó detrás de la oreja.

El hombre se quedó inmóvil al instante y los ojos se le pusieron en blanco.

—Androides… —murmuró Ben, y se le llenaron los ojos de lágrimas.

Krzysztof T. Dąbrowski nació en Łódź y vive en Cracovia, Polonia. Es autor de los libros: Nasmierciny (2008), Anima vilis (2010), Grobbing (2012), Z życia Dr. Abble (2013), Anomalia (2016), Ucieczka (2017), Nie w inność (2019), Nieznośna niewyraźność bytu (2022) y Obyś żył w ciekawych czasach (2023).  Sus historias han sido traducidas y publicadas en revistas y antologías de Estados Unidos, Eslovaquia, República Checa, Hungría, Rusia, Alemania, Italia, Inglaterra, España, Israel, Brasil, México y Argentina.

lunes, 29 de abril de 2024

TENDRÁS UNA VIDA MARAVILLOSA...

Krzysztof T. Dąbrowski

 

Tienes nueve años. Toda la vida por delante. Sales de la escuela. Comienzan las vacaciones. El día es hermoso. El sol brilla, las flores huelen con una promesa despreocupada. No lo sabes; pero, como de costumbre, el chico te mira. Te ama. Suspira. Algún día se encontrarán. Serás muy feliz. Cuando ocurra y lo mires a los ojos, el tiempo se detendrá y sucederá algo mágico; tendrás la impresión de conocerlo desde siempre. Las palabras serán innecesarias. Una mirada bastará. Tendrán dos hijos. La niña será una mujer feliz. Solo eso. Cuando crezca, el niño hará un bien inmenso a la humanidad. Pasará a la historia. Estarás orgullosa de ellos en tu vejez.

Subes al autobús. Está lleno. Algo cambió, aunque nadie lo nota. Se produjo un error en el plan maestro del destino. No lo ves, pero detrás de ti hay un hombre de mirada nerviosa. Te fijas en una anciana. Sonríes y le das paso. Ella acaricia tu cabeza.

El hombre lleva una mochila. La puerta se cierra. El autobús arranca.

—¡Allah Akbar! —grita el hombre y tira de un cordón que sale de la mochila.

Flash. Bum. Un destello. Un estruendo. Una fuerza ponderosa te lanza hacia delante. Caos. Humo. Pánico. Llevas tu mano a la cara, pero no tienes mano. Solo un muñón sangriento. No sientes dolor. Todavía no. No puedes creer lo que ves. ¡Es un error, no puede ser cierto! ¡No! ¡Esa no es mi mano!

Era tu mano...

La sangre brota. Quieres gritar, pero no puedes. Extrañas el aire. Un pedazo de metal sobresale de tu pecho. Perforó tus pulmones. Sientes el sabor metálico de la sangre. Te estás ahogando. Comienzas a sentir dolor. Atroz. Nunca has sentido un dolor así. Tu vista se oscurece. Todo se vuelve borroso y cada vez entiendes menos. Te apagas. En un momento, la oscuridad se apodera de ti. Estás muerta.

Deberías haber tenido una vida maravillosa…

 

Título original: Będziesz miała cudowne życie...

Traducción: Daniel Frini

 

Krzysztof T. Dąbrowski nació en Łódź y vive en Cracovia, Polonia. Es autor, entre otros, de los libros: Nasmierciny (2008), Anima vilis (2010), Grobbing (2012), Z życia Dr. Abble (2013), Anomalia (2016), Ucieczka (2017), Niewinność (2019), Nieznośna niewyraźność bytu (2022) y Obyś żył w ciekawych czasach (2023).  Sus historias han sido traducidas y publicadas en revistas y antologías de Estados Unidos, Eslovaquia, República Checa, Hungría, Rusia, Alemania, Italia, Inglaterra, España, Israel, Brasil, México y Argentina.

 

 

EN CASA AJENA (OCHO)