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domingo, 28 de diciembre de 2025

AMERICANOS

 Lewis Shiner

 


De pronto el sendero se abrió y Carmichael salió de la selva. El eterno crepúsculo verde se convirtió en una tarde brillante. El niño harapiento que lo había estado guiando se emocionó y corrió delante de él, dejando a Carmichael de pie, parpadeando en el borde del campo rebelde. Se sacudió con la mano la nube de moscas blancas que lo rodeaban y trató de parecer inofensivo.

No parecía que estuvieran esperándolo. Un adolescente con pantalones anaranjados y camisa a cuadros orinaba contra un árbol. Vio a Carmichael, se cerró la bragueta e hizó unas cuan­tas reverencias nerviosas, sonriendo apenado. Alguien apagó una enorme grabadora e interrumpió una rasposa y distorsionada cinta pirata.

El silencio hizo que los demás se volvieran a mirar. Car­michael sonrió y levantó las manos, separándolas de sus costados.

—Periodista —dijo en español—. Por el amor de Dios, no dis­paren, podría ser del New York Times.

Desde donde estaba podía ver quizás a treinta o cuarenta guerri­lleros. La mayoría vestía un uniforme compuesto por jeans azules y camisa caqui. Había muchos sombreros de paja y gorras con letreros. Unos cuantos calzaban altas botas de cuero con agujetas, muchos más llevaban Converse-All Stars o Nikes. Los demás se las ingeniaban con ojotas o andaban descalzos.

El claro era un caos de tiendas de campaña verdes, bolsas para dormir, mantas militares amarillas colocadas sobre postes y latas. Las latas se amontonaban vacías alrededor de las tiendas o estaban llenas de agua, frijoles o maíz puesto a remojar para la cena.

—Carla dijo que nos daría una entrevista —les informó. Su español no era muy bueno, provenía estrictamente de la prepa­ratoria en California, pero había estado en México más de un mes y sabía que si lo intentaban podían entenderlo. Una mujer con una solera rayada lo contemplaba desde la sombra de un árbol, con los dos tirantes del vestido bajados y un bebé en cada pecho. Finalmente, un hombre de edad mediana con una sencilla gorra fidelista y barba grisácea avanzó dos pasos hacia él.

—¿Como te llamas?

—Carmichael. John Carmichael. Trabajo para Rolling Stone, la revista —dijo y sacó una tarjeta del bolsillo delantero de sus pantalones cortos de excursionista.

—He oído hablar de ella.

—Escuche, Carla mandó decir que quería hablar conmigo. Envió un correo. —Miró a su alrededor buscando al niño, pero no había señales de él. El niño era todo un caso. Había visto cómo la guardia violaba a su madre unos meses atrás, al menos eso era lo que Carmichael había entendido. Sólo tenía ocho años y en realidad no comprendía qué pasaba. Pero la mataron al terminar con ella, y ahora lo único que el niño quería era llegar a la edad suficiente para que le permitieran tener un rifle, cosa que sucedería dentro de un año, quizá menos, dependiendo de cuán desesperados estuvieran.

El hombre frunció los labios durante un momento. No pa­recía tan reticente como nervioso. Su expresión de tipo acosado ponía nervioso a Carmichael.

—Muy bien, hablaré con ella. Soy Faustino.

Carmichael estrechó su mano con los dedos hacia arriba, al estilo del movimiento.

—¿Cubano? —preguntó Carmichael,

Faustino pensó de nuevo.

—Sí —dijo al fin.

Carmichael asintió para demostrar que no había problema. Tal vez era una prueba. A los rebeldes les gustaba fin­gir que no había cubanos ni nicaragüenses en México, del mismo modo que al presidente de los Estados Unidos le gustaba fingir que tampoco había tropas de su país allí.

Carmichael sólo quería la entrevista. En realidad no había esperado llegar tan lejos, y ahora, si echaba todo a perder, quedaría muy desilusionado.

—Venga conmigo —dijo Faustino. Avanzaron colina arriba, bordeando el claro. Carmichael pudo ver a través de un grupo de árboles a un instructor en jeans y camisa caqui con seis muchachas adolescentes. El instructor trataba de que corrieran hasta una trin­chera, se tiraran boca abajo y dispararan. Ellas tenían que hacer la pantomima de llevar rifles y no dejaban de reír nerviosas.

Faustino lo llevó hasta la cima de la colina, y Carmichael pudo ver el siguiente valle y las montañas al sur, precisamente del otro lado de la frontera, en territorio guatemalteco. Las montañas tenían el color café violeta de las fotografías viejas desteñidas, el color de las cosas irreales, intocables. Era casi mediodía pero había jirones de nubes que aún se desprendían de los picos más elevados.

—Bello, ¿no es cierto? —dijo Faustino.

Carmichael asintió en silencio. Quería tomar una fotografía, pero era demasiado pronto para arriesgarse a sacar la cámara. Más tarde, quizá, si Carla lo permitía.

Carla se encontraba sola, leyendo, sentada a unos metros de distancia. Carmichael la reconoció por las pocas fotografías que habían logrado llegar a los Estados Unidos. Era de baja estatura, un poco robusta y de cara redonda para los estándares de Ho­llywood, pero no carecía de atractivo. Tenía la nariz larga, la frente amplia y la piel rojiza de sus ancestros mayas. Él hizo un esfuerzo y alcanzó a distinguir que estaba leyendo la novela Quetzalcóatl, del ex-presidente López Portillo.

—Espere aquí —dijo Faustino y se acercó a ella. Carmichael no pudo escuchar lo que hablaron. Faustino le entregó la tarjeta y ella se puso de pie y se sacudió la parte posterior de los jeans. Luego ambos levantaron la vista para estudiar el cielo y el ner­viosismo de Carmichael regresó.

Carla y él se estrecharon las manos y Carmichael se presentó de nuevo.

—No entiendo —dijo ella—. ¿Pertenece usted a un grupo de rocanrol?

—A una revista —intervino Faustino—. Muy destacada. Está en todos los supermercados de los Estados Unidos.

—¿En esto se va a convertir la revolución? ¿Nos van a vender en los supermercados?

Aparentemente, Faustino no podía reconocer cuando ella bromeaba. Antes de que interrumpiera de nuevo, Carmichael dijo:

—Rolling Stone sólo vende las mejores revoluciones. La ni­caragüense, la sudafricana, la argentina...

Logró sacarle una sonrisa.

—Usted escribió un artículo sobre mi esposo —dijo ella.

—No fui yo personalmente, aunque en efecto lo hicimos —aceptó. El esposo de ella, Acuario, había sido asesinado en ciudad de México el pasado mes de diciembre, durante las revueltas electorales. Ella tomó el mando de su grupo guerrillero durante la subsiguiente oleada de indignación.

Carmichael se quitó la mochila y sacó una grabadora de casetes.

—Temía llegar demasiado tarde —dijo mientras rebobinaba la cinta y ponía a funcionar la grabadora—. Durante días no han pasado en la radio otra cosa que informes de que la habían matado.

—No —dijo ella con suavidad—. Aún está a tiempo. ¿Podemos sentarnos? Esto va a resultar bastante doloroso.

 

Ella le brindó una entrevista maravillosa. Carmichael quería abra­zarla. Durante los viajes en autobús y la larga caminata que lo había llevado hasta ahí, se había aferrado mentalmente a la ima­gen de un reportaje. No sólo el artículo impreso, un encabezado extendido a lo largo de dos páginas, las fotos aquí, muchos blan­cos. La historia misma. No sólo explicaría qué estaba sucediendo en México, sino también en el resto del mundo; le daría sentido a toda la década. México como un microcosmos de la lucha de los visionarios del Tercer Mundo contra un modelo industrial ya ob­soleto. No podían perder. Mientras ella hablaba, el reportaje se formulaba en la mente de él, perfecto, bien redondeado.

Faustino manejó la línea del partido en su vivo español cu­bano, tan fácil de entender corno el inglés. Los camaradas en una lucha común, el destino de Latinoamérica, ese tipo de cosas.

Carla quería vengarse. Carmichael estuvo todo el tiempo deteniéndola, haciendo que repitiera una palabra o frase que no había logrado captar. Ella hablaba veracruzano, el equivalente mexicano de un acento sureño, farfullado y lleno de jerga caribeña.

Había crecido en el pueblo de Boca del Río, al sur de Veracruz, donde el agua de la bahía tenía un brillo aceitoso perma­nente. Para cuando la escuela se volvió interesante, ella tuvo que abandonarla e ir al mercado de pescado con su padre, y esperarlo afuera del salón de billar donde él se gastaba lo poco que habían ganado esa semana.

A veces vagabundeaba por los portales, las hileras de cafés al aire libre en la Plaza de Armas, donde los turistas de Estados Unidos y Alemania y de la Ciudad de México se sentaban a beber cerveza y a escuchar a los tríos de marimba, en los que había un hombre en cada extremo del xilofón de madera y un tercero con su güiro en forma de pez y el libro de canciones y precios, todos vestidos con guayaberas blancas o amarillas o azul pálido. To­caban dos o tres canciones y luego iban al siguiente café. Los turistas pálidos y borrachos hablaban entre sí en voz muy alta, en idiomas que ella jamás quiso aprender.

Acuario era estudiante de medicina en la Universidad Veracruzana. También bebía en los portales, pero lo hacía para observar al enemigo. Acuario pertenecía a un grupo de estudio que daba un sacerdote llamado padre Antonio, quien lo introdujo tanto en Teilhard de Chardin como en Carlos Marx. Una vez que Acua­rio empezó a hablar con Carla, consideró que era su deber sagrado que ella adquiriera conciencia.

Le explicó por qué ella odiaba de manera instintiva a los norteamericanos, le enseñó marxismo-leninismo y, supuso Carmichael, cogió con ella hasta el hartazgo en un cuarto de noventa pesos en el Hotel Santillana, del otro lado del mercado de pescado. Cuando expulsaron a Acuario de la universidad, se llevó a Carla a viajar con él. Durante un tiempo la acción estuvo en Villahermosa, en un intento por sacar a las compañías petroleras gringas. Luego, uno de los amigos de Acuario, de la escuela de medicina, mató de un tiro a un policía con una pistola robada y tuvieron que ocultarse en las montañas.

A Carrnichael en realidad ella le gustaba. Podía ver los pies de barro de Acuario entre las líneas de la historia que ella relataba, pero Carla misma parecía auténtica. Una heroína de la clase trabajadora, una víctima perenne y, mejor aún, una idealista chiflada.

—Acuario creía en todas esas cosas de los jipis —dijo ella—. ¿Sabe? Que somos el inicio de una nueva era; un hito, y todo eso. Quería un mundo nuevo donde todos tuvieran sufi­ciente para comer y ropa para vestir y escuelas a las que asistir y donde todos pudieran creer en lo que quisieran. Era mucho me­jor que yo. Yo sólo crecí pobre y común y corriente, mirando cómo los políticos engordaban a expensas de gente como mi pa­dre y yo. Sólo quería matar a alguien. Pero cuando Acuario hablaba de todo esto, me hacía creerlo también.

—Eso es maravilloso —dijo Carmichael—. ¿Y qué opina de las fotografías? ¿Puedo tomarle una fotografía?

—No lo sé —dijo ella—. No soy Somoza, no quiero mi foto en todos lados. No quiero un culto a la personalidad. ¿Tú qué piensas, Faustino?

Faustino se encogió de hombros.

—No creo que haga daño. Deja que los yankees nos vean como somos, personas sencillas atrapadas en una gran batalla.

—Muy bien, pero pregúnteles a todos antes de tomarles su fotografía. Algunos tienen familias, y la guardia puede llegar a ellas, ¿entiende?

—Seguro, está bien —dijo Carmichael. Sacó la Nikon de la mochila e hizo que ella posara contra el fondo violeta de las montañas.

 

Obtuvo una excelente toma del correo, el chico mensajero que lo había llevado ahí. El niño le dijo a Carmichael que lo debería llamar “El Tigre”. Todos sentían esta pasión por el nom de guerre, ese pequeño toque de glamour que podían permitirse. Alguien le prestó al niño un M-16 para la foto justo antes de que Car­michael oprimiera el botón, y el niño sacó el pecho y adoptó un aspecto ceñudo. La Nikon era automática, de modo que después Carmichael también lo tomó riendo de manera ruidosa.

Había un adolescente que se hacía llamar Rigoberto, en honor al hombre que había matado al viejo Tacho Somoza. Te­nía una bolsa de papel llena de botellas de Pepsi que llevaba consigo a todas partes, esperando encontrar gasolina suficiente para hacer cocteles Molotov.

Había un muchacho como de veinte años con mucha sangre africana. Tenía la piel de color café oscuro y cabello como granos de pimienta, que trataba de acomodar en una especie de trencitas rastafaris. Lo llamaban Virtuoso. Era el que tenía la enorme grabadora y la cinta pirata. Su acento veracruzano era impene­trable y Carmichael sólo pudo sonreír y asentir, tomarle la foto­grafía y seguir adelante.

Había un hombre de sesenta y ocho años con pequeñas islas de barba en el rostro arrugado. Lo llamaban Abuelo. Se les había unido des­pués de que su nieta fuera asesinada por el ejército,

—¿Cuántos años tenía? —dijo Carmichael. Había puesto a funcionar la grabadora otra vez.

—Diecisiete. Ahora, ¿qué pasará con sus hijos? Tres niñas y dos niños, y ahora no tienen madre.

Carmichael asintió en silencio mientras pensaba: Jesucristo, cinco hijos a los diecisiete. Precisamente cuando pensó que tenía un asidero, algo más se atravesó y lo golpeó en el rostro. Era el tipo de asunto que iba más allá de las soluciones políticas, ¿Qué iba a pasar cuando hubiera muchachas de diecisiete años, y con cinco hijos, por todo el país? ¿Cómo alimentarlos a todos? ¿Dónde ponerlos?

Fácil, pensó. Haz una guerra y mátalos a todos.

Dos hombres llegaron corriendo de la selva. Cada uno lle­vaba tres o cuatro rifles colgados al hombro y llevaban entre ellos, como si fuera una camilla, un envoltorio hecho con una manta militar. Extendieron la manta en medio del campamento. En el interior había otra media docena de rifles y bolsas con cremallera, llenas de balas.

Los rifles eran FAL, de fabricación belga. Estaban limpios y su apariencia era eficiente, con cachas brillantes y cargadores cortos y rectos exactamente antes de la guarda del gatillo. En au­tomático podían disparar alrededor de diez tiros por segundo. Carmichael había pasado un par de días en la biblioteca, en Los Angeles, leyendo sobre armas, desde las armas pequeñas hasta los Hind Mi-24 capaces de derribar helicópteros. Se suponía que Castro había heredado docenas de FAL de Batista en 1959. Luego empezó a adquirir Kalashnikovs de Rusia y ya no los necesitó. Tendían a aparecer por toda Latinoamérica, donde quiera que hubiese problemas.

Era como una navidad; Carmichael tomó un par de fotografías rápidas y luego se hizo a un lado mientras todo el campamento convergía en el lugar donde estaban las armas. Un hombre ro­busto y de baja estatura se abrió paso a través de la multitud y empezó a decir los nombres de los elegidos. Lo hizo de memoria.

—¿Quién es ése? —le preguntó Carmichael al viejo.

—El teniente Ramos.

—¿Sí? ¿Quién es?

El viejo contempló las montañas durante un rato,

—Es de México —dijo. Quería decir ciudad de México—. Está con el FPML. “Enlace”, con este Raúl Venceremos. —El viejo hizo un ademán despectivo al decirlo. El FPML, el Frente Popular para un México Libre, era el más conocido de la docena o más de grupos rebeldes que existían. Su líder se llamaba a sí mismo Raúl Venceremos. Su apellido, Venceremos, era una pa­labra que el Che utilizaba mucho. Venceremos había llevado consigo su amor a los uniformes cuando desertó de la guardia.

—Hay una estación de radio —dijo el viejo—. Radio Ven­ceremos.

—Sí —dijo Carmichael—. Lo conozco. —Seguía siendo la única fuente de información confiable que se podía obtener fuera de El Salvador.

El viejo se encogió de hombros.

—Se puso así por la estación de radio. ¿Qué clase de hombre hace eso?

—¡Abuelo! —gritó Ramos.

—Perdóneme.

Carmichael vio que el viejo cambiaba un .22 de un solo tiro por un FAL tan nuevo que el cañón todavía estaba pegajoso por la grasa. Cuando regresó, su sonrisa era tan amplia que Carmichael pudo ver sus cinco dientes.

—Aquí está mi “enlace” —dijo el viejo mientras sacudía ale­gremente el rifle.

Cuando se terminaron los FAL, Ramos organizó los intercam­bios. Al muchacho de los pantalones anaranjados le tocó el .22 del viejo. El cañón estaba pegado con cinta adhesiva plateada, pero el muchacho parecía feliz de tenerlo. Un arma, cualquier arma, era lo que te convertía en un soldado auténtico.

 

Carmichael tomó otro rollo de película y fue a despedirse de Carla. Le estrechó la mano.

—Necesito regresar con el reportaje —dijo. Si se apresu­raba, podría llegar a la granja donde él y “El Tigre” habían pasado la noche anterior. No quería estar en la selva después de que anocheciera.

—Comprendo —dijo Carla. Estaba inquieta de nuevo, y Carmichael podía decir que se sentía igualmente feliz de ver que se iba—. Queremos que la revolución llegue a todos los su­permercados mientras aún está fresca. Mandaré un correo con usted.

—No es necesario —dijo Carmichael—. Me las arreglaré.

Se despidió agitando la mano desde la orilla del campamento y Carla y el viejo y algunos de los otros le devolvieron el gesto, Faustino se mantuvo de pie con los brazos cruzados, como si posara para una estatua en el centro de La Habana.

Más o menos diez minutos después de salir del campamento, no podo soportarlo más y se sentó a escribir algunas notas. Sus manos se movían con un temblor rápido y fino. Sacó un carrujo de su mochila y lo encendió. Con el carrujo colgándole en un ex­tremo de la boca, cubrió con caracteres toscos tres páginas de un block amarillo tamaño oficio.

—Maldición —exclamó. Era buen material. Era material para hacer carrera. Era el tipo de material que aceptaba la AP y la UPI y el maldito New York Times. Cuando regresara a Villahermosa se iba a invitar a sí mismo un par de tragos.

No escuchó los aviones hasta que estuvieron sobre él.

Llenaban todo el espectro de sonido, desde el gemido agudo de sus turbinas hasta el rugido de su válvula de descarga, con el traqueteo de las ametralladoras en algún lugar entre todo eso. El sonido llegaba en oleadas, golpeándolo hasta hacer que las ore­jas le zumbaran. Unas trazadoras anaranjadas marcaron líneas punteadas que caían del cielo sobre el campamento rebelde.

Entre el carrujo de mariguana y lo repentino de los hechos, su cerebro se había nublado. El mensaje tardó largos segundos en abrirse paso. Los aviones estaban atacando al ejército de Carla.

Se paró de un salto y miró frenético a su alrededor. Una des­garrada estela de vapor blanco brotaba de uno de los aviones. Hubo un destello en el horizonte y dos segundos después la tierra se sacudió y finalmente el sonido llegó hasta él, en un largo y estridente grito, y luego un trueno.

El mejor cálculo de Carmichael era de cuatro aviones. Se movían con movimientos repentinos a través del cielo, como ju­guetes en las manos de un niño gigante e invisible y resultaba difícil enfocarlos. Sin embargo, sabía que eran Warriors italia­nos SF-2260. El gobierno mexicano había comprado una docena con dinero prestado por Estados Unidos, específicamente para usarlo contra las guerrillas.

La tierra se estremeció y Carmichael se dio cuenta de que es­taba de pie, expuesto, en medio del sendero. Se zambulló en la selva, incapaz de oír el crujido de las hojas y ramas por el ruido de los aviones. Se agazapó detrás de algo que parecía un roble en el preciso instante en que una partida de rebeldes bajaba co­rriendo por el sendero, con los rostros vacuos por el terror.

Alguien gritó. Una bala golpeó exactamente sobre la cabeza de Carmichael, llenándolo de trocitos de corteza de árbol. La expuesta carne blanca del árbol tenía la forma de una flecha irregular que apuntaba hacia él. Las trazadoras iluminaban la selva corno luciérnagas demoníacas. Nunca se había dado cuenta de lo poderosa que era una bala de calibre .50. Eran como pequeños meteoros. La tierra estallaba donde caían.

Se acurrucó contra el tronco del árbol, con las rodillas pega­das a la frente, mirando fijamente, desde abajo, la lluvia de varas y hojas que se esparcían lentas al desprenderse de los árboles. La droga o el miedo dispararon un interruptor en su cabeza y el tiempo perdió su curso.

Las balas golpeaban a su alrededor como una lenta lluvia de metal. El aire se volvió blanco lechoso. Una densa niebla de polvo y humo y pedacitos de madera y hojas verdes desgarradas col­gaba inmóvil a su alrededor. Los aviones y el fuego de metralla se entremezclaban y sonaban como una catarata.

Luego las balas se convirtieron en agua que corrió por su espalda y le empapó el pelo.

Se sentó. Los aviones se habían ido y el golpeteo sobre los árboles era lluvia. Tenía el block tamaño oficio en una mano y la mochila en la otra. Guardó el block y luchó por ponerse de pie, con un dolor tan intenso en la vejiga que no le importó si los aviones regresaban.

 

Tenía que volver al claro. En realidad no había alternativa. El reportaje había cambiado en sus narices y tenía que ver cómo terminaba.

Al principio no creyó que quedara alguien vivo. La tierra echaba humo debido a los FB, los cohetes de fósforo blanco, y los ár­boles estaban astillados y ennegrecidos. La lluvia se convertía en vapor sobre los cuerpos y el vapor tenía el aroma penetrante del ácido acético del cuarto oscuro de Carmichael en Los Angeles, pero mezclado con los olores de la cordita, la carne quemada y la ceniza mojada.

No se percató de lo mareado que estaba sino hasta que se tam­baleó y estuvo a punto de caer. Se aferró a un árbol y la corteza aún se sentía caliente al tacto. Respiró por la boca, tragó la bilis que intentaba subir a su boca, y sacó la cámara. Tenía los dedos tan tiesos que le tomó dos minutos cargar un nuevo rollo de película.

Comenzó a tomar fotografías. La mayor parte eran demasiado horribles para ser impresas: miembros sin cuerpos, jeans, morados por la sangre, rostros quemados hasta el cráneo. Sacó fotos de algunos de los quemados porque sabía que el gobierno negaría haber usado fósforo y quería tener las pruebas.

Sacó fotografías sin muchos detalles horripilantes. Luego empezó con las caras, tomando las que estaban relativamente in­tactas. Buscaba a Carla o a Faustino y en lugar de ellos encontró al Abuelo, al viejo. Enfocó y estaba a punto de oprimir el obtu­rador cuando el viejo abrió un ojo.

Carmichael bajó la cámara. El viejo estaba herido en el vientre. Había sangre por todas partes. Su piel tenía la misma apariencia oscura, como de cera, de los cadáveres. La lluvia corría como lágrimas por su rostro. Los dos se miraron fijamente durante diez años y luego el viejo cerró el ojo de nuevo.

Carmichael guardó la cámara. Alguien empezó a gemir y luego el gemido se convirtió en un grito. Un montón completo de cuer­pos se sacudió bruscamente y se agitó.

Estoy en el infierno, pensó Carmichael. Una de esas balas me alcanzó y ni siquiera me di cuenta, y ahora estoy muerto y en el infierno.

Algo se arrastró saliendo de debajo del montón de cuerpos que se sacudía. Era Carla. Los cuerpos sobre ella la habían sal­vado de los cohetes, pero le habían disparado mucho. Su pie izquierdo era una masa sangrienta que a Carmichael le dolió con sólo mirarla. No podía decir cuánta de la sangre que había era en realidad de ella.

La tomó por las axilas y la liberó. No podía hacerle más daño que el que ella ya se hacía al estar luchando por salir. Se aflojó entre las manos de él y él la colocó sobre algunos restos de las tiendas de lona.

—Regresaste.

Carmichael se puso de pie demasiado rápido y otra vez estuvo a punto de desmayarse. Faustino lo contemplaba, pálido y tem­bloroso, apoyándose en el cañón de su rifle.

—Sí —dijo Carmichael—. ¿Estás bien?

—Algunos raspones —contestó Faustino. La cadera derecha de los jeans estaba chamuscada y la camisa hecha jirones. Estaba perdiendo el pelo, notó Carmichael. Eso lo hacía verse menos intimidante, ahora que ya no llevaba la gorra. Se arrodilló junto a Carla y empezó a hacer cosas de apariencia profesional, como levantarle un párpado, tomarle el pulso en el cuello,

—¿Sobrevivió alguien más? —quiso saber Carmichael.

—Algunos escaparon a la selva. Tenemos un punto de reu­nión, en caso de que suceda algo así. Los encontraré esta noche. —Se sentó sobre los talones—. Tenemos que sacarla de aquí. Hay un doctor en Ocosingo que es de los nuestros. Tienes que ayudarme a cargarla hasta allá.

—¿Yo? —dijo Carmichael.

 

La lluvia se desvaneció mientras improvisaban una camilla usando una de las lonas. Carmichael quería mirar hacía otro lado mien­tras Faustino cortaba los jeans y la camisa de Carla, pero parecía incapaz de hacerlo. Ella usaba pantaletas de algodón manchadas y un sostén de trabajo al estilo de los años cincuenta. Había heridas de bala en su brazo derecho, en su pie y muslo izquier­dos. Faustino los enjuagó, les puso un poco de Betadine y los envolvió con vendas.

Había otros tres que seguían con vida, pero ninguno podía caminar. Faustino les dio un poco de morfina.

—Llamaré a la Cruz Roja cuando lleguemos a Ocosingo —dijo—. Tal vez lleguen aquí antes que la guardia.

Faustino ocultó en un árbol, bastante lejos del claro, la mayor parte de las armas que no resultaron dañadas. Se colgó tres FAL en la espalda y llenó una mochila con balas. Carmichael lo vio respingar cuando la cacha de uno de los rifles le tocó la cadera,

—A menos que quieras llevar uno... —ofreció Faustino.

Carmichael negó con la cabeza.

 

Durante todo el camino montaña abajo, Carmichael se preguntó qué carajos estaba haciendo. Quiso creer que lo hacía por el reportaje. Su agradable, redondeado, perfecto reportaje que de pronto estalló sobre el campo. Si se quedaba con Carla tal vez podría volver a encontrarle sentido.

La verdad, sospechaba, es que realmente no tenía alternativa. No había manera de dejar a Faustino y seguir sintiéndose como un ser humano.

Cuando el sol se puso, ya no podía pensar en nada. No podía ver y tropezaba con las rocas y las ramas que había en el sendero. Pero nada de eso molestaba a Faustino, quien seguía precedién­dolo aferrando los brazos de la camilla.

Descansaron poco después del anochecer. Carmichael sacó dos bolsas de granos de la mochila y le dio una a Faustino.

—¿Qué es esto?

—Fruta seca y nueces. Está bueno.

En unos cuantos segundos la bolsa le llegó de regreso.

—Comida para animales —dijo Faustino.

¿Animales?, pensó Carmichael. ¿Quién carajo eres tú para decirme animal? Sintió que la cara empezaba a calentársele. Pudo haberle gritado a Faustino pero no tenía energía.

Carla empezó a hacer ruidos. Su cabeza se encontraba junto al sitio donde Carmichael estaba sentado.

—Acéitenlos —decía ella—. Manténganlos engrasados. Tie­nen que... —Carmichael le quitó el pelo de la frente, al tanteo, en la oscuridad. No pudo ver sus ojos sino hasta que ella los abrió y brillaron tenuemente.

—¿Aviones? —preguntó.

—Ya se fueron —le dijo Carmichael,

—¿Cuántos... quedaron?

—No lo sabemos aún. Faustino está aquí. Vuelve a dormir.

Su respiración cambió y sus ojos desaparecieron de nuevo.

—¿Hay un poco de morfina? —dijo Carmichael.

—No —dijo Faustino.

—Parecía luz de luna —musitó Carla—, después de que ca­yeron las balas.

—No hables —dijo Faustino.

—Vi hombres en la selva, mayas. Eran tres y me estaban mirando. Sólo el del medio no era maya. Era norteamericano. Quetzalcóatl. Era Quetzalcóatl. Estaban cocinando algo en una olla, algo que olía rancio. Tenían plumas, plumas verdes, en el cabello...

Claro, pensó Carmichael. Viste al gran rey blanco. Tenía noticias para ella. Ya no había grandes reyes blancos. No vendrían a sal­varla, no este año, no a este país.

—Está dormida —observó Faustino—. Necesitamos ponernos en marcha,

Carmichael asintió en silencio y luego se dio cuenta de que Faustino no podía verlo.

—Bien —dijo. La mezcla de granos había ayudado a aliviar su dolor de estómago, pero no los dolores en los brazos y en el cuello. Tenía los pies hinchados contra los costados de sus botas y las piernas y brazos desnudos le daban comezón por las picaduras de los mosquitos. Faustino le dio un trago de agua y se sintió mejor durante unos cuantos segundos. Luego recordó que el agua quizá le causara disentería y se sintió muy cansado.

—Vamos —ordenó Faustino y se inclinó para recoger su ex­tremo de la camilla.

Al pie de la colina unas luces aparecieron de alguna parte y los inmovilizaron donde estaban.

—Por favor —suplicó Carmichael entrecerrando los ojos. No podía cubrirse la cara sin dejar caer la camilla—. No disparen. —No podía creer que habían llegado tan lejos, sobrevivido a tantas cosas, sólo para morir así—. Soy americano.

—Todos somos americanos —dijo una voz.

—Estadounidense —corrigió Carmichael—. Periodista.

—Cálmate —le ordenó Faustino—. Son compás, compañeros, ¿entiendes? Están con nosotros.

—Oh —alcanzó a decir. Alguien le quitó de las manos la camilla y sus brazos se acalambraron de inmediato, disparando como latigazos las trayectorias de dolor por su espalda, hasta los omó­platos.

—Te buscarán un lugar donde dormir —dijo Faustino. Se hizo un silencio embarazoso—. Agradecemos tu ayuda.

—No fue nada —aseguró Carmichael.

—Es cierto —aceptó Faustino—. Pero si no hubieras ayudado habría sido menos que nada.

 

Un niño lo condujo hasta una choza en la orilla del pueblo. Pudo haber sido “El Tigre”, pero no dijo una palabra y estaba dema­siado oscuro, y Carmichael demasiado cansado como para tener alguna certeza.

Le dieron una hamaca. Estaba bastante seguro de que alguien estaría durmiendo en el suelo para que él pudiera utilizarla. En ese momento no le importaba.

En la mañana podría armar algo en la computadora portátil que llevaba en la mochila. No el reportaje que quería escribir, sino una historia con muchos cabos sueltos y preguntas sin res­puestas y sin muchas opiniones incluidas. Encontraría un teléfono para enviarla y alguna manera de hacer llegar los rollos de película a Nueva York. Luego, de algún modo, regresaría a Villahermosa, aunque tuviera que caminar, y empacaría sus maletas y tomaría un vuelo a casa, a Los Ángeles, donde pertenecía.

Despertó una vez a medianoche, seguro de que había oído un disparo. Escuchó, pero sólo se oía el ronquido de un desconocido durmiendo del otro lado de la habitación.

No es para ti, se dijo. Pudo haber sido para alguien, pero no era para ti.

Lewis Shiner nació el 30 de diciembre de 1950 en Eugene, Oregón, Estados Unidos. Residió durante algún tiempo en Texas para luego radicarse en Carolina del Norte. Comenzó su carrera en el campo de la ciencia ficción y luego se identificó con el movimiento ciberpunk. Posteriormente escribió novelas más convencionales, aunque a menudo incursionando en el realismo mágico con elementos fantásticos. Entre sus obras se pueden citar Ciudades desiertas del corazón (1988), Slam (1990) Los límites de las cosas (1991), Vistazos (1993), Di adiós (1999), Blanco y negro (2008), Dark Tangos (2011) Y Más allá de las puertas del Edén (2019).

TRES VENTANAS