Marko Fančović
Han llegado tiempos
malos. La gente se olvidó del Señor y de su palabra, se entregó a la ilegalidad
y al saqueo, se acostó con amores ajenos y se inclinó más ante el becerro de
oro del dinero que ante los símbolos de Dios. Y, como siempre en tiempos así,
el mal alzó la cabeza y se propagó, y la plaga de los no muertos volvió a devastar.
Nosotros, tras nuestros muros,
hacíamos lo de siempre, incluso en tiempos así: callábamos, rezábamos y
trabajábamos, nos manteníamos fieles a nuestros votos e intentábamos ser un
oasis de paz, bondad y amor de Dios en aquellos tiempos turbulentos. Como desde
tiempos inmemoriales, algunos hermanos –los más jóvenes y valientes– salían a
combatir abiertamente a los chupasangres, armados con estacas, agua bendita,
fuego y ajo, con la experiencia de los muchos siglos de nuestra hermandad y,
sobre todo, con su fe, pura, del corazón: esa fe para la cual la cruz no es más
que un símbolo material, una fe contra la que los no muertos no podían nada. A
los fieles los protegíamos tanto como podíamos, como el pastor protege a su
rebaño, e impedíamos que la plaga de los desalmados se extendiera hasta el
punto de dañar a los inocentes.
Iván apareció una noche cuando más
lo necesitábamos, cuando parecía que flaqueábamos y que los chupasangres podían
llevarse demasiadas víctimas y arrastrar demasiadas almas a su horror. Yo
estaba guardando las alforjas vacías de dos de nuestros hermanos que habían
regresado agotados de una salida, volviéndolas a llenar con botellas de agua
bendita y cabezas de ajo; me disponía a llevar sus hoces a la piedra para
darles filo otra vez, cuando –antes del amanecer, a la hora en que los no
muertos ya se preparan para su sueño de muerte– un vampiro apareció ante las
puertas de nuestro monasterio.
Como ocurre con los no muertos,
permanecía inmóvil; parecía flotar apenas por encima del suelo, como si no lo
tocara. Nos llamó y pidió permiso para entrar, lo cual nos desconcertó por
completo.
¿Un vampiro –una criatura infernal
sin alma– entrar en tierra consagrada, que lo reduciría de inmediato a cenizas,
igual que la luz del sol? Nuestros hermanos cazadores se miraron, confundidos.
Cansados de luchar, no tenían ganas de enfrentarse a otro servidor del Maligno…
pero aquel se ofrecía por sí solo…
—Hermanos en Cristo, busco refugio
entre sus muros y ofrezco ayuda en la lucha contra los servidores de las
tinieblas…
Las palabras del no muerto nos
dejaron perplejos, pero aún más nos desconcertó cuando se abrió la camisa y
vimos lo que llevaba colgado al cuello, en una cadena.
En el pecho del vampiro –para quien
todo símbolo santo es mortal— brillaba una gran cruz de oro.
—Sí, soy un no muerto, sin alma,
pero no soy servidor de las tinieblas; cuando me quedé sin alma no se la
entregué a Satanás, sino a Dios. Pueden recibirme sin temor entre ustedes: yo
pertenezco aquí. Pero deben invitarme; como todos los de mi especie, no puedo
entrar donde aún no he pisado si alguien desde dentro no me llama.
En el rostro de nuestro guardián se
veía la duda; pero ese anciano honorable ya había tenido que tomar en su vida
muchas decisiones difíciles y desesperadas en un instante, y esta vez tampoco
vaciló demasiado. Asintió y pronunció las terrible palabra.
—Entra…
La pierna de aquella aparición
insólita cruzó el umbral y el vampiro entró tras los muros del monasterio.
Mientras todos lo observábamos tensos, dio un paso, otro, dos más… y entonces
se desplomó. El hermano Tomo y yo corrimos hacia él. Tomo –uno de nuestros
mejores y más valientes cazadores– lo sostuvo en brazos, pero noté que todavía
desconfiaba: el pasador de su cinturón, donde llevaba un cuchillo de plata,
estaba desabrochado.
—Perdón… —murmuró el vampiro—. He
viajado mucho hasta ustedes, por caminos que solo los muertos conocen, y estoy
exhausto y hambriento. Debo… alimentarme. ¿Podrían darle un poco de su vino de
misa a un hermano en Cristo?
El guardián le hizo una seña al
hermano bodeguero, que corrió y regresó con una jarra de vino. El vampiro la
arrebató y la vació de un solo trago. Casi al instante desapareció su palidez
cadavérica; se sonrojó y se llenó, igual que los no muertos cuando se sacian
con sangre inocente. Secándose con el dorso de la mano el labio donde había
quedado una gota de líquido rojo, suspiró satisfecho.
—A diferencia de… otros, nosotros
nos alimentamos de vino, la sangre del Salvador a quien hemos consagrado
nuestras almas. A los otros, a los chupasangres, los odiamos con un odio
indescriptible, porque en su no-vida se burlan de nuestra supervivencia, de
aquello que heredamos desde un tiempo que solo nosotros recordamos. Pocos de
nosotros recuerdan la época del Pacto, pero por eso mismo somos poderosos. Así
que yo, que por lo general soy solo guardián de nuestros secretos, he sido
enviado para ayudarlos en su desgracia, porque todos los demás están ocupados.
Si me aceptan, me instalaré en alguna cripta de su sótano y, de noche, iré con
los hermanos de caza.
Y así fue. El guardián le asignó
una sala en el sótano, donde se colocó un ataúd para que le sirviera de lecho;
él esparció en el fondo del ataúd un puñado de tierra de su bolsa y se acostó
en él. Tres días después se levantó al anochecer y salió con Tomo y Jakov.
Al regresar, sin decir palabra, con
ese paso silencioso, como deslizándose, fue a su tumba; pero los dos hermanos
cazadores que habían ido con él estaban llenos de elogios. Su fuerza, velocidad
y ferocidad en combate –según contaban– eran insuperables. Aquella noche se
destruyó todo un nido de chupasangres, nuestro mayor problema, abrasado por
agua y fuego y desmembrados los desalmados para que no se alzaran jamás.
Iván –así dijo que lo llamáramos–
no salía de caza todas las noches, y a veces no iba con los hermanos sino solo,
pero en verdad fue una ayuda inmensa en la lucha contra la plaga vampírica. Pocos
cambios de luna después la situación se hizo más llevadera: no hacía falta
guerrear tan a menudo con los desalmados. Iván se levantaba solo para maitines,
bebía el vino de misa que era el alimento de su cuerpo y volvía a descansar en
su ataúd.
Cuando el último vampiro de la
región fue enviado al descanso eterno, el hermano Iván se dirigió al guardián y
le pidió permiso para quedarse con nosotros y custodiar en nuestro monasterio
el gran secreto que le había sido confiado. Yo estaba en la oficina del
guardián y oí cuando aquel vampiro, servidor de Dios, al ser preguntado por qué
secreto debía custodiar el monasterio, respondió que eso no era para cualquiera
y pidió que juráramos por nuestra alma y por nuestra fe que solo nosotros dos
lo conoceríamos, y que nos lo llevaríamos a la tumba.
Mientras jurábamos como lo exigía,
mantenía su mano blanca y delgada en actitud protectora sobre la bolsa de la
que nunca se separaba; la llevaba al hombro incluso en la caza, y no la dejaba
en el ataúd ni cuando acudía a maitines o entraba en la capilla a rezar. No
sabíamos qué sentido podía tener la oración en una criatura sin alma, pero en
la lucha contra los no muertos se había destacado tanto que lo aceptamos sin
demasiadas preguntas. Lo nuestro era rezar y hacer buenas obras; para eso nos
habíamos hecho monjes, no para interrogarnos ni investigar. Y el guardián había
preguntado por la naturaleza del secreto solo por responsabilidad hacia el bien
de nuestra institución, no por curiosidad. Me consideraba su probable sucesor
en ese cargo y, por eso, insistió en que también yo conociera el gran secreto
del “hermano Iván”.
—¿Qué saben ustedes de los Rollos
de Qumrán, hermanos en Cristo? —nos preguntó con calma, y escuchó inmóvil
nuestra respuesta.
Sabíamos lo que se sabe
públicamente: rollos con textos del Antiguo Testamento, descubiertos en cuevas
cerca del Mar Muerto tras la Segunda Guerra Mundial.
—¿Y conocen el Evangelio de Qumrán?
No lo conocen, porque nadie lo conoce…
Metió la mano en su bolsa y sacó un
bulto que desenvolvió con sumo cuidado.
—Este es el mayor secreto de
nosotros, los no muertos: aquello que nadie debe saber, y lo que fui enviado a
tomar y preservar del descubrimiento.
Desplegó el envoltorio, y ante
nosotros apareció un rollo de cobre de una antigüedad inconcebible, escrito en
caracteres hebreos antiguos. Lo volvió a envolver cuidadosamente en las telas
que lo protegían, lo guardó de nuevo y nos contó cómo había llegado a sus
manos.
—Por encargo, estuve en la
expedición arqueológica que extrajo los rollos; nos dirigían el profesor
Harding y el padre Ronald, tal como figura en la historia de los Rollos. De mí
no pueden enterarse por la historia: allí estuvo John Allegro, estuvo John Strugnell,
pero a mí no se me menciona; yo los conduje hasta los rollos, los dejé
descubrirlos, pero este lo guardé para mí: no terminó junto a los otros rollos
descubiertos. Cumplí lo que mis hermanos de sangre me dieron por misión, porque
la verdad es algo que a muchos les movería los cimientos de sus creencias,
sacudiría la fe cuando más la necesitamos y cuando más importante es. Strugnell
me vio ocultarlo y se lo mostré; ¿qué creen, si no, que lo llevó a enloquecer,
a caer en la bebida y a dar aquellas declaraciones disparatadas al público?
Sospechó que yo era un servidor, pero logré desaparecer con el rollo antes de
que él pudiera hacer algo más. Un rollo de cobre llegó al público, pero era
solo un inventario común. Este que yo preservé es nuestra reliquia. Tal vez
deberíamos haberlo destruido hace mucho, pero ninguno se atrevió. Cuando nos
quedamos sin alma –tenemos un rito para ello– juramos al Señor a quien se la
entregamos, como el primero de los nuestros. Este rollo fue escrito por su
propia mano: por aquel que fue el primero en levantarse de la tumba, guiado por
la mano del Hijo, para oponerse en Su nombre a la plaga de los no muertos, para
que cuando Él ascendiera al cielo, existiera quien fuera no muerto y pudiera
combatir a los servidores con su fuerza, con su conocimiento adquirido más allá
de los límites de la vida, con una rapidez que el cuerpo donde aún habita un
alma difícilmente puede alcanzar, pero también con una fe firme que el mismo
Señor le dio, más fuerte incluso que el alma inconstante que tarde o temprano
abandona el cuerpo.
El guardián y yo lo mirábamos mudos
y pálidos, con incredulidad y espanto. Lo que relataba chocaba con todo lo que
sabíamos y creíamos, pero era, sin duda, verdad: no solo por la edad evidente
del extraño rollo de cobre, sino por la veracidad de Dios que nosotros, hombres
de Dios, podíamos oír en sus palabras, apretándonos el corazón hasta una
inmovilidad casi igual a la inmovilidad de su corazón, que llevaba siglos sin
latir.
—Sí, este rollo lo escribió de su
puño y letra el de Betania, aquel a quien el Señor levantó de la tumba para que
no muriera jamás, sino que caminara por el mundo y combatiera a los no muertos
para gloria del Señor. Este es nuestro libro sagrado: el Evangelio según
Lázaro, que solo nosotros conocemos, porque algunas verdades no están en este
mundo para que los mortales las sepan.
Al ver la expresión atónita de
nuestros rostros, se rio. La risa de un no muerto es una cosa fea; dicen que
quien la oye encanece del dolor en el acto, pero aquello nos pareció una
nimiedad comparado con el shock de lo que nos había revelado. Y lo que dijo
después no nos alivió en absoluto.
—Hay entre los nuestros, aunque
pocos –podríamos llamarlo un cisma–, quienes sostienen que incluso el Salvador
se levantó de la tumba al tercer día como no muerto, y que caminó por el mundo
como vampiro hasta la Ascensión. Dicen que en el Evangelio según Lázaro hay
frases que lo confirmarían si los eruditos en lenguas antiguas las
interpretaran. Pero no teman: este rollo no caerá en manos de arqueólogos. Yo
juré custodiar su secreto con mi alma, mientras aún estaba en mi cuerpo. Vi a
Lázaro mientras lo escribía, y fui de los primeros en entregar el alma a Dios
pero conservar el cuerpo para luchar contra la plaga no muerta. No sé si eso
que sostienen es verdad y no quiero saberlo. Oh, los servidores del diablo
conocen la existencia de este rollo, pero no saben lo que dice; los no muertos
negros lo darían todo –al conde Nabijač y a las condesas húngaras que veneran
como ancestros, como nosotros veneramos a san Lázaro–, renunciarían a ellos con
tal de poner sus manos frías sobre él. Por eso nadie debe saber dónde está ni
en manos de quién se halla, salvo yo, su protector juramentado, y el anfitrión
que me recibió. Nuestra fe, que comparto con ustedes los mortales, me prohíbe
mentir o callar cualquier cosa. Por eso debía decirles esto: solo a ustedes, de
los cuales uno no estará mucho tiempo ya en este mundo. He visto que son
hombres de Dios, y que su fe les dará fuerza para guardar silencio como debe
guardarse.
Desde entonces han pasado muchos
años. El muerto Iván ya no se levanta; la cripta donde duerme la hice tapiar
cuando me convertí en guardián, y a nadie he contado el secreto. Han llegado
tiempos nuevos y el monasterio es cada vez más próspero. Nuestro vino de misa
se vende cada vez más caro, pero jamás ampliaremos la bodega. Somos hombres de
Dios, y debe bastarnos lo que tenemos. Nunca permitiré –ni yo ni quien me
suceda en este cargo de responsabilidad– que se derriben los muros del sótano
tras los cuales, en manos del no muerto Iván, se oculta el mayor secreto del
mundo cristiano. La hermandad de los seguidores de Jesús y de los seguidores de
Lázaro, que nos protege del asalto de los herederos del conde Nabijač y de la
condesa, de los aluga y los nosferatu, debe permanecer en secreto, para seguir
siendo un baluarte que nos proteja, oculto de aquellos cuya fe sería sacudida
por tal revelación.
Requiescat in pace.
Marko Fančović nació en Zadar (Croacia) y creció en Zemun, Belgrado, Serbia, para luego regresar a Croacia durante los desafortunados acontecimientos de la década de 1990. Publicó su primer relato a los 17 años en la legendaria revista Sirius, pero debido a diversas circunstancias, se dedicó menos a la escritura y más a la traducción de ciencia ficción y fantasía, habiendo traducido a casi todos los escritores más destacados del género, desde E. A. Poe y H. P. Lovecraft hasta Philip Dick, Tim Powers, Ursula LeGuin, Gaiman & Pratchett, y nombres más recientes como Charles Stross, Aliette De Bodard, Ekaterina Sedia... Ha publicado relatos, ensayos y traducciones en las revistas Sirius, Aled, Futura, Ubiq y en varias antologías.
