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domingo, 28 de diciembre de 2025

EL SECRETO DEL TERCER IVÁN

Marko Fančović

 

Han llegado tiempos malos. La gente se olvidó del Señor y de su palabra, se entregó a la ilegalidad y al saqueo, se acostó con amores ajenos y se inclinó más ante el becerro de oro del dinero que ante los símbolos de Dios. Y, como siempre en tiempos así, el mal alzó la cabeza y se propagó, y la plaga de los no muertos volvió a devastar.

Nosotros, tras nuestros muros, hacíamos lo de siempre, incluso en tiempos así: callábamos, rezábamos y trabajábamos, nos manteníamos fieles a nuestros votos e intentábamos ser un oasis de paz, bondad y amor de Dios en aquellos tiempos turbulentos. Como desde tiempos inmemoriales, algunos hermanos –los más jóvenes y valientes– salían a combatir abiertamente a los chupasangres, armados con estacas, agua bendita, fuego y ajo, con la experiencia de los muchos siglos de nuestra hermandad y, sobre todo, con su fe, pura, del corazón: esa fe para la cual la cruz no es más que un símbolo material, una fe contra la que los no muertos no podían nada. A los fieles los protegíamos tanto como podíamos, como el pastor protege a su rebaño, e impedíamos que la plaga de los desalmados se extendiera hasta el punto de dañar a los inocentes.

Iván apareció una noche cuando más lo necesitábamos, cuando parecía que flaqueábamos y que los chupasangres podían llevarse demasiadas víctimas y arrastrar demasiadas almas a su horror. Yo estaba guardando las alforjas vacías de dos de nuestros hermanos que habían regresado agotados de una salida, volviéndolas a llenar con botellas de agua bendita y cabezas de ajo; me disponía a llevar sus hoces a la piedra para darles filo otra vez, cuando –antes del amanecer, a la hora en que los no muertos ya se preparan para su sueño de muerte– un vampiro apareció ante las puertas de nuestro monasterio.

Como ocurre con los no muertos, permanecía inmóvil; parecía flotar apenas por encima del suelo, como si no lo tocara. Nos llamó y pidió permiso para entrar, lo cual nos desconcertó por completo.

¿Un vampiro –una criatura infernal sin alma– entrar en tierra consagrada, que lo reduciría de inmediato a cenizas, igual que la luz del sol? Nuestros hermanos cazadores se miraron, confundidos. Cansados de luchar, no tenían ganas de enfrentarse a otro servidor del Maligno… pero aquel se ofrecía por sí solo…

—Hermanos en Cristo, busco refugio entre sus muros y ofrezco ayuda en la lucha contra los servidores de las tinieblas…

Las palabras del no muerto nos dejaron perplejos, pero aún más nos desconcertó cuando se abrió la camisa y vimos lo que llevaba colgado al cuello, en una cadena.

En el pecho del vampiro –para quien todo símbolo santo es mortal— brillaba una gran cruz de oro.

—Sí, soy un no muerto, sin alma, pero no soy servidor de las tinieblas; cuando me quedé sin alma no se la entregué a Satanás, sino a Dios. Pueden recibirme sin temor entre ustedes: yo pertenezco aquí. Pero deben invitarme; como todos los de mi especie, no puedo entrar donde aún no he pisado si alguien desde dentro no me llama.

En el rostro de nuestro guardián se veía la duda; pero ese anciano honorable ya había tenido que tomar en su vida muchas decisiones difíciles y desesperadas en un instante, y esta vez tampoco vaciló demasiado. Asintió y pronunció las terrible palabra.

—Entra…

La pierna de aquella aparición insólita cruzó el umbral y el vampiro entró tras los muros del monasterio. Mientras todos lo observábamos tensos, dio un paso, otro, dos más… y entonces se desplomó. El hermano Tomo y yo corrimos hacia él. Tomo –uno de nuestros mejores y más valientes cazadores– lo sostuvo en brazos, pero noté que todavía desconfiaba: el pasador de su cinturón, donde llevaba un cuchillo de plata, estaba desabrochado.

—Perdón… —murmuró el vampiro—. He viajado mucho hasta ustedes, por caminos que solo los muertos conocen, y estoy exhausto y hambriento. Debo… alimentarme. ¿Podrían darle un poco de su vino de misa a un hermano en Cristo?

El guardián le hizo una seña al hermano bodeguero, que corrió y regresó con una jarra de vino. El vampiro la arrebató y la vació de un solo trago. Casi al instante desapareció su palidez cadavérica; se sonrojó y se llenó, igual que los no muertos cuando se sacian con sangre inocente. Secándose con el dorso de la mano el labio donde había quedado una gota de líquido rojo, suspiró satisfecho.

—A diferencia de… otros, nosotros nos alimentamos de vino, la sangre del Salvador a quien hemos consagrado nuestras almas. A los otros, a los chupasangres, los odiamos con un odio indescriptible, porque en su no-vida se burlan de nuestra supervivencia, de aquello que heredamos desde un tiempo que solo nosotros recordamos. Pocos de nosotros recuerdan la época del Pacto, pero por eso mismo somos poderosos. Así que yo, que por lo general soy solo guardián de nuestros secretos, he sido enviado para ayudarlos en su desgracia, porque todos los demás están ocupados. Si me aceptan, me instalaré en alguna cripta de su sótano y, de noche, iré con los hermanos de caza.

Y así fue. El guardián le asignó una sala en el sótano, donde se colocó un ataúd para que le sirviera de lecho; él esparció en el fondo del ataúd un puñado de tierra de su bolsa y se acostó en él. Tres días después se levantó al anochecer y salió con Tomo y Jakov.

Al regresar, sin decir palabra, con ese paso silencioso, como deslizándose, fue a su tumba; pero los dos hermanos cazadores que habían ido con él estaban llenos de elogios. Su fuerza, velocidad y ferocidad en combate –según contaban– eran insuperables. Aquella noche se destruyó todo un nido de chupasangres, nuestro mayor problema, abrasado por agua y fuego y desmembrados los desalmados para que no se alzaran jamás.

Iván –así dijo que lo llamáramos– no salía de caza todas las noches, y a veces no iba con los hermanos sino solo, pero en verdad fue una ayuda inmensa en la lucha contra la plaga vampírica. Pocos cambios de luna después la situación se hizo más llevadera: no hacía falta guerrear tan a menudo con los desalmados. Iván se levantaba solo para maitines, bebía el vino de misa que era el alimento de su cuerpo y volvía a descansar en su ataúd.

Cuando el último vampiro de la región fue enviado al descanso eterno, el hermano Iván se dirigió al guardián y le pidió permiso para quedarse con nosotros y custodiar en nuestro monasterio el gran secreto que le había sido confiado. Yo estaba en la oficina del guardián y oí cuando aquel vampiro, servidor de Dios, al ser preguntado por qué secreto debía custodiar el monasterio, respondió que eso no era para cualquiera y pidió que juráramos por nuestra alma y por nuestra fe que solo nosotros dos lo conoceríamos, y que nos lo llevaríamos a la tumba.

Mientras jurábamos como lo exigía, mantenía su mano blanca y delgada en actitud protectora sobre la bolsa de la que nunca se separaba; la llevaba al hombro incluso en la caza, y no la dejaba en el ataúd ni cuando acudía a maitines o entraba en la capilla a rezar. No sabíamos qué sentido podía tener la oración en una criatura sin alma, pero en la lucha contra los no muertos se había destacado tanto que lo aceptamos sin demasiadas preguntas. Lo nuestro era rezar y hacer buenas obras; para eso nos habíamos hecho monjes, no para interrogarnos ni investigar. Y el guardián había preguntado por la naturaleza del secreto solo por responsabilidad hacia el bien de nuestra institución, no por curiosidad. Me consideraba su probable sucesor en ese cargo y, por eso, insistió en que también yo conociera el gran secreto del “hermano Iván”.

—¿Qué saben ustedes de los Rollos de Qumrán, hermanos en Cristo? —nos preguntó con calma, y escuchó inmóvil nuestra respuesta.

Sabíamos lo que se sabe públicamente: rollos con textos del Antiguo Testamento, descubiertos en cuevas cerca del Mar Muerto tras la Segunda Guerra Mundial.

—¿Y conocen el Evangelio de Qumrán? No lo conocen, porque nadie lo conoce…

Metió la mano en su bolsa y sacó un bulto que desenvolvió con sumo cuidado.

—Este es el mayor secreto de nosotros, los no muertos: aquello que nadie debe saber, y lo que fui enviado a tomar y preservar del descubrimiento.

Desplegó el envoltorio, y ante nosotros apareció un rollo de cobre de una antigüedad inconcebible, escrito en caracteres hebreos antiguos. Lo volvió a envolver cuidadosamente en las telas que lo protegían, lo guardó de nuevo y nos contó cómo había llegado a sus manos.

—Por encargo, estuve en la expedición arqueológica que extrajo los rollos; nos dirigían el profesor Harding y el padre Ronald, tal como figura en la historia de los Rollos. De mí no pueden enterarse por la historia: allí estuvo John Allegro, estuvo John Strugnell, pero a mí no se me menciona; yo los conduje hasta los rollos, los dejé descubrirlos, pero este lo guardé para mí: no terminó junto a los otros rollos descubiertos. Cumplí lo que mis hermanos de sangre me dieron por misión, porque la verdad es algo que a muchos les movería los cimientos de sus creencias, sacudiría la fe cuando más la necesitamos y cuando más importante es. Strugnell me vio ocultarlo y se lo mostré; ¿qué creen, si no, que lo llevó a enloquecer, a caer en la bebida y a dar aquellas declaraciones disparatadas al público? Sospechó que yo era un servidor, pero logré desaparecer con el rollo antes de que él pudiera hacer algo más. Un rollo de cobre llegó al público, pero era solo un inventario común. Este que yo preservé es nuestra reliquia. Tal vez deberíamos haberlo destruido hace mucho, pero ninguno se atrevió. Cuando nos quedamos sin alma –tenemos un rito para ello– juramos al Señor a quien se la entregamos, como el primero de los nuestros. Este rollo fue escrito por su propia mano: por aquel que fue el primero en levantarse de la tumba, guiado por la mano del Hijo, para oponerse en Su nombre a la plaga de los no muertos, para que cuando Él ascendiera al cielo, existiera quien fuera no muerto y pudiera combatir a los servidores con su fuerza, con su conocimiento adquirido más allá de los límites de la vida, con una rapidez que el cuerpo donde aún habita un alma difícilmente puede alcanzar, pero también con una fe firme que el mismo Señor le dio, más fuerte incluso que el alma inconstante que tarde o temprano abandona el cuerpo.

El guardián y yo lo mirábamos mudos y pálidos, con incredulidad y espanto. Lo que relataba chocaba con todo lo que sabíamos y creíamos, pero era, sin duda, verdad: no solo por la edad evidente del extraño rollo de cobre, sino por la veracidad de Dios que nosotros, hombres de Dios, podíamos oír en sus palabras, apretándonos el corazón hasta una inmovilidad casi igual a la inmovilidad de su corazón, que llevaba siglos sin latir.

—Sí, este rollo lo escribió de su puño y letra el de Betania, aquel a quien el Señor levantó de la tumba para que no muriera jamás, sino que caminara por el mundo y combatiera a los no muertos para gloria del Señor. Este es nuestro libro sagrado: el Evangelio según Lázaro, que solo nosotros conocemos, porque algunas verdades no están en este mundo para que los mortales las sepan.

Al ver la expresión atónita de nuestros rostros, se rio. La risa de un no muerto es una cosa fea; dicen que quien la oye encanece del dolor en el acto, pero aquello nos pareció una nimiedad comparado con el shock de lo que nos había revelado. Y lo que dijo después no nos alivió en absoluto.

—Hay entre los nuestros, aunque pocos –podríamos llamarlo un cisma–, quienes sostienen que incluso el Salvador se levantó de la tumba al tercer día como no muerto, y que caminó por el mundo como vampiro hasta la Ascensión. Dicen que en el Evangelio según Lázaro hay frases que lo confirmarían si los eruditos en lenguas antiguas las interpretaran. Pero no teman: este rollo no caerá en manos de arqueólogos. Yo juré custodiar su secreto con mi alma, mientras aún estaba en mi cuerpo. Vi a Lázaro mientras lo escribía, y fui de los primeros en entregar el alma a Dios pero conservar el cuerpo para luchar contra la plaga no muerta. No sé si eso que sostienen es verdad y no quiero saberlo. Oh, los servidores del diablo conocen la existencia de este rollo, pero no saben lo que dice; los no muertos negros lo darían todo –al conde Nabijač y a las condesas húngaras que veneran como ancestros, como nosotros veneramos a san Lázaro–, renunciarían a ellos con tal de poner sus manos frías sobre él. Por eso nadie debe saber dónde está ni en manos de quién se halla, salvo yo, su protector juramentado, y el anfitrión que me recibió. Nuestra fe, que comparto con ustedes los mortales, me prohíbe mentir o callar cualquier cosa. Por eso debía decirles esto: solo a ustedes, de los cuales uno no estará mucho tiempo ya en este mundo. He visto que son hombres de Dios, y que su fe les dará fuerza para guardar silencio como debe guardarse.

Desde entonces han pasado muchos años. El muerto Iván ya no se levanta; la cripta donde duerme la hice tapiar cuando me convertí en guardián, y a nadie he contado el secreto. Han llegado tiempos nuevos y el monasterio es cada vez más próspero. Nuestro vino de misa se vende cada vez más caro, pero jamás ampliaremos la bodega. Somos hombres de Dios, y debe bastarnos lo que tenemos. Nunca permitiré –ni yo ni quien me suceda en este cargo de responsabilidad– que se derriben los muros del sótano tras los cuales, en manos del no muerto Iván, se oculta el mayor secreto del mundo cristiano. La hermandad de los seguidores de Jesús y de los seguidores de Lázaro, que nos protege del asalto de los herederos del conde Nabijač y de la condesa, de los aluga y los nosferatu, debe permanecer en secreto, para seguir siendo un baluarte que nos proteja, oculto de aquellos cuya fe sería sacudida por tal revelación.

Requiescat in pace.

Marko Fančović nació en Zadar (Croacia) y creció en Zemun, Belgrado, Serbia, para luego regresar a Croacia durante los desafortunados acontecimientos de la década de 1990. Publicó su primer relato a los 17 años en la legendaria revista Sirius, pero debido a diversas circunstancias, se dedicó menos a la escritura y más a la traducción de ciencia ficción y fantasía, habiendo traducido a casi todos los escritores más destacados del género, desde E. A. Poe y H. P. Lovecraft hasta Philip Dick, Tim Powers, Ursula LeGuin, Gaiman & Pratchett, y nombres más recientes como Charles Stross, Aliette De Bodard, Ekaterina Sedia... Ha publicado relatos, ensayos y traducciones en las revistas Sirius, Aled, Futura, Ubiq y en varias antologías.

 

TRES VENTANAS