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viernes, 12 de junio de 2026

EL BESO DE LA DRÍADA

Cat Rambo

 

Había una vez un mago llamado Hoja, que estudió en el Colegio de Magos del puerto marítimo de Tabat. Había sido un sencillo muchacho de aldea con talento para la jardinería, descubierto por un Explorador del Colegio. Entre aquellos muros cubiertos de hiedra aprendió y destacó, y cuando llegó el momento de elegir entre aquel mundo y el más amplio que existía fuera de él, decidió quedarse, satisfecho, y convertirse en uno de sus instructores.

Amaba el conocimiento y lo perseguía con el mismo fervor con que un borracho persigue una jarra de cerveza. Los estantes de su cámara rebosaban de libros y notas, y siempre que algún nuevo saber llegaba al Colegio, ya fuera en forma de un viejo mapa o de la historia contada por un bardo, él estaba allí.

En toda su excelencia tenía un único defecto. Le encantaba dar consejos sobre cualquier asunto, y cuanto menos sabía sobre el tema, más hablaba.

Con el tiempo llegó a ser considerado una gran autoridad en cuestiones amorosas, aunque jamás había besado ni a una muchacha ni a un muchacho, pues prefería las páginas de sus libros. Aquello llamaba la atención, porque era un hombre hermoso, de rizos oscuros y piel tersa, sobre la que la sombra de la barba reposaba como la llegada del crepúsculo. Pero no tenía interés alguno en el romance. Prefería pasar los días leyendo o dedicándose a experimentos arcanos y extravagantes, como descubrir cómo teñir una llama de color púrpura o cuál era la forma más eficiente de negociar con una ondina.

Aun así, por las noches se sentaba en la taberna y pontificaba ante sus compañeros sobre los misterios de las mujeres, mientras ellos aceptaban con entusiasmo sus consejos.

La mayor parte de sus recomendaciones estaban bien intencionadas. Pero había una idea que repetía una y otra vez.

—Hay que empezar —declaraba, tomando otro sorbo de cerveza para crear una pausa dramática— como se piensa continuar. Decide desde el principio cómo quieres que funcione la relación y ella se acostumbrará. De lo contrario, terminarás enrollado alrededor de su dedo y bailando al son de su música.

Por supuesto, terminó enamorándose.

Se enamoró perdidamente de la manera más clásica, después de verla fugazmente entre una multitud: un destello de ojos verdes, una barbilla levantada y un cabello tan castaño como las hojas otoñales. Intentó seguirla, pero ella desapareció en la Plaza Pececillo, y allí quedó él, desconcertado, escrutando los rostros de la multitud.

Frecuentó la plaza durante una semana antes de desesperarse y comenzó a vagar por las calles cercanas. La plaza se encontraba en el extremo sur de la ciudad, rodeada de antiguas construcciones de ladrillo y, por supuesto, del Bosque de los Trasgos, donde los jóvenes solían cazar pares de trasgos de vez en cuando. El Duque pagaba dos monedas de cobre por cabeza, y para muchos muchachos era motivo de orgullo invitar una ronda en la taberna con las ganancias de la cacería.

Una noche creyó verla a través de la verja de hierro forjado negro que rodeaba el bosque. Pasó la velada buscándola por los húmedos senderos verdes, escuchando atentamente y oyendo únicamente el suave ulular de los trasgos o el ocasional silbido de una flecha seguido de rápidas pisadas. Finalmente salió del bosque y se sentó en un banco junto a la entrada.

Era una noche brumosa, atravesada por una llovizna fina. Después de permanecer allí sentado durante más de una hora, con pequeñas gotas acumulándose sobre su capa, sintió una presencia a su espalda.

Era como una sombra fría.

—Si quieres sentarte, siéntate —dijo con desaliento—. O quédate de pie. Me da igual.

Tras un momento, otra muchacha apareció por el costado del banco. Era alta y delgada, muy pálida, y el frío que emanaba de su piel blanca le indicó que era una no muerta. Sin embargo, era muy hermosa, con ojos como hielo azul y cabellos semejantes a olas de plata.

Ninguno de los dos habló y permanecieron sentados otra hora más, durante la cual nadie pasó por allí. Finalmente, un grupo de cazadores nocturnos salió tambaleándose del bosque, oliendo a aguardiente especiado y llevando varios pares de trasgos colgados del cinturón, los pequeños cadáveres flácidos como pájaros muertos.

Uno de ellos saludó alegremente al pasar junto al banco y luego el grupo siguió adelante entre risas, susurros y más risas.

Hoja se reclinó y suspiró.

—¿Acaso no soy hermosa? —preguntó la muchacha no muerta, hablando por primera vez.

Su voz era fría y lenta, como agua goteando en una caverna subterránea.

—Lo eres, pero estoy enamorado de otra persona.

—La muchacha de cabello castaño y ojos verdes.

Resopló con desprecio.

Él se inclinó hacia adelante.

—¿La conoces? —Ella se encogió de hombros con un leve movimiento bajo la seda oscura de su capa—. ¿Sabes cómo se llama?

Ella lo miró con ojos semejantes a espejos, piedras lunares veladas por cataratas espirituales.

—Su nombre podría traducirse como Hiedra de Invierno —respondió con indiferencia.

—¿En qué idioma?

Sus labios se curvaron con desdén y se puso de pie.

—Eso tendrás que averiguarlo tú. —Miró por encima de su hombro hacia las negras ramas del bosque—. Parece que ya has recorrido la mitad del camino.

Y desapareció, como si jamás hubiera estado allí.

Hoja se fue a dormir.

 

Por la mañana lo despertaron los gritos de las gaviotas que revoloteaban fuera de su ventana. Sacó la cabeza y observó la calle. Bajó unas monedas en una cesta y recibió a cambio una hogaza de pan recién horneado, untada con un queso blanco y picante, además de un odre de agua fresca. Desayunó en su balcón mientras contemplaba el movimiento de la calle.

Bajo la luz intermitente del sol que aparecía y desaparecía entre las nubes, el recuerdo de la muchacha fantasma se fue debilitando hasta desaparecer. Lo único que permanecía en su mente era una cascada de rizos color nuez.

Asomado al balcón mientras daba un feroz mordisco al pan, estuvo a punto de atragantarse cuando vio aquellos rizos destacándose sobre los fríos adoquines.

Escupió el pan.

—¡Eh! ¡Eh! —gritó hacia la calle.

La señaló mientras ella y varias personas más se detenían para mirar hacia arriba.

—¡No se mueva! —gritó—. ¡No se mueva hasta que baje! ¡Por favor, señorita, no se mueva!

Se puso apresuradamente la túnica de magíster mientras salía por la puerta y bajó las escaleras corriendo. Llegó sin aliento hasta donde ella estaba.

La muchacha tenía hoyuelos en su piel morena clara y se reía de él.

—¿Y todo esto a qué se debe? —preguntó.

—Por favor, señora, si fuera tan amable, quisiera saber su nombre —dijo él, intentando adoptar una postura digna, aunque las palabras iban acompañadas por pequeños jadeos.

Ella lo observó.

—Mis amigos me llaman Hiedra.

—¿Puedo contarme entre ellos? Mi nombre es Hoja.

—Muy bien —dijo ella—. ¿Viene conmigo a cargar algunos paquetes?

Y así lo hizo.

Pasó toda la mañana siguiéndola con una cesta, llenándola con paquetes de agujas, dos tarros de colorete y un par de guantes bordados.

—¿Puedo invitarla a almorzar? —preguntó cuando las campanadas del gran reloj del Duque anunciaron el mediodía.

Ella levantó la vista.

—¡La hora! —exclamó—. ¿Adónde se va? Debo despedirme.

—¿Cómo volveré a verla? —preguntó él.

Ella sonrió.

—Si está destinado a ser, ocurrirá.

Y, retrocediendo con su cesta entre las manos, desapareció en la multitud, arrastrada por la corriente humana como una hoja en un río. Un destello de una manga y luego nada.

Hoja comió en silencio y de mal humor en un rincón de la taberna.

Mientras perseguía un trozo de pescado con la cuchara, uno de sus colegas del Colegio se dejó caer en el asiento frente a él.

—Pareces abatido.

Hoja levantó la vista y se encogió de hombros. No recordaba el nombre del hombre ni deseaba compañía. Volvió a mirar las turbias profundidades de su estofado mientras sentía la mirada del otro clavada en él.

—¡Estás enamorado! —exclamó el hombre con asombro.

A pesar de sí mismo, Hoja se sonrojó.

—Ya era hora —dijo el otro—. Ahora serás más realista con los consejos que das a los demás. «Hay que empezar como se piensa continuar», nada menos.

—¡Pero es verdad! — replicó Hoja, molesto—. Hay que empezar como se pretende seguir y no dejar que ella te tenga envuelto alrededor de su dedo.

—Ja. ¿Y eso es lo que has estado haciendo tú?

—Todavía no hemos llegado a ese punto —respondió Hoja con rigidez—. Pero cuando llegue el momento, puedes estar seguro de que le dejaré claro quién lleva la batuta.

El otro hombre se limitó a reír.

 

La muchacha zombi estaba posada en su balcón, apoyada contra la barandilla.

La escena habría resultado encantadora de no ser porque estaba devorando una paloma desprevenida.

Se limpió las mejillas y algunas plumas escaparon de su capa y se alejaron flotando en el viento.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, hablando hacia la brisa mientras esta tejía su cabello en una red plateada.

—Hoja. ¿Y tú?

—Zuelada. Ella no te conviene.

—¿Cómo lo sabes?

—La conozco.

Lo observó con aquella inquietante mirada plateada. Por encima de ellos, las nubes cruzaban la luna como jirones de encaje desgarrado.

—Yo te trataría mejor. Mucho mejor. ¿Confías en mí?

Él no pudo evitar reírse.

Una sombra de nube cruzó el rostro de ella.

—No lo entiendes —dijo él—. Soy magíster del Colegio de Magos, y confiar en la palabra de una no muerta que no ha sido invocada... por hermosa o encantadora que sea... sería considerado una enorme insensatez.

Ella sonrió.

—¿Hermosa y encantadora?

Pero los pensamientos sobre la muchacha de cabello castaño le impidieron continuar aquel flirteo, y permanecieron unos minutos en un silencio incómodo.

Finalmente ella suspiró, dio un paso atrás y desapareció una vez más.

 

Iba caminando por la calle con un brazo cargado de libros que pensaba intercambiar en la librería cuando Hiedra deslizó su esbelta mano por su codo y apareció a su lado sonriendo.

—Debe estar destinado a ser —dijo misteriosamente.

Él sintió una oleada vertiginosa de felicidad.

—Debe ser así —respondió sonriendo.

La tercera vez que apareció, la muchacha fantasma solo dijo:

—Ya te dije que ella no te conviene.

Y desapareció.

A la mañana siguiente siguió a Hiedra hasta el Bosque de los Trasgos, tan eufórico y risueño como cualquier adolescente enamorado. Ella avanzaba entre los árboles, y su cabello se confundía con la corteza bajo aquel silencioso mundo de sombras.

Por encima de ellos, un trasgo ululó tristemente.

Ella se detuvo al pie de un árbol y levantó una mano para indicarle que permaneciera inmóvil.

Hoja observó cómo la pequeña criatura humanoide de color pardo descendía por el tronco hacia la mano extendida. Frotó su rostro contra la piel de ella como un gato que busca caricias.

Como ella permaneció quieta, el trasgo se volvió más atrevido. Trepó por su brazo y tironeó de la tela de la manga. Hizo una mueca mientras olfateaba el aire al mirar hacia Hoja, y él alcanzó a ver sus afilados dientes de marfil a apenas unos centímetros del suave temblor de su cuello.

Se quedó sin aliento.

La criatura saltó de regreso al árbol.

—Lo siento —dijo él—. Lo he asustado.

Ella aguardó mirando hacia arriba, pero el trasgo ya había desaparecido.

—No importa —dijo.

La luz de la luna volvió plateado su cabello.

Tomó la mano de Hoja y tiró suavemente de ella.

—Ven por aquí. Allí está el claro.

Entraron en el claro situado en el corazón del bosque. Lo rodeaban árboles retorcidos, una mezcla de robles, espinos y viejos manzanos grisáceos. También había un matorral de rosas silvestres, algunas con pétalos cubiertos por una fina capa de hielo.

Ella lo condujo hasta un espacio vacío en la línea de árboles.

—Aquí —dijo—. Lo he elegido para ti.

—¿Qué quieres decir?

Ella lo miró con aquella tenue y enigmática sonrisa.

—¿Me amas?

—Más que a ninguna otra cosa en el mundo.

—¿Incluso más que a tu Colegio?

—Por supuesto —respondió él, contemplando su delicado rostro en forma de corazón.

—Entonces será mejor que empecemos como pensamos continuar —dijo ella, mientras las raíces comenzaban a brotar de sus pies y a hundirse en la tierra, y el frío del invierno tocaba su corazón—. Después del impacto inicial te acostumbrarás.

Sus brazos se elevaron involuntariamente, arqueándose con dolor.

—Con el tiempo te acostumbrarás —repitió ella.

Desde el borde del claro alcanzó a ver a la muchacha zombi observándolos.

Intentó gritar algo, cualquier cosa, pero ya no podía hablar.

Hiedra lo envolvió con sus hojas heladas y lo condujo hacia la inmovilidad.

La novela de Cat Rambo Exiles of Tabat, fue publicada en mayo de 2020, seguida de la space opera You sexy thing en noviembre del mismo año. Cat es autora, además, de otras dos novelas, más de doscientos cuentos y editora de antologías y libros de cocina. Fue nominada a los premios Nebula, World Fantasy y Compton Crook. También dirige la escuela de escritura en línea, The Rambo Academy for Wayward Writers.

 

miércoles, 3 de diciembre de 2025

LA MARCHA NUPCIAL DE LA CHICA MUERTA

Cat Rambo

Érase una vez una chica muerta que vivía con los otros zombis en las cavernas bajo el puerto de Tabat, en la ciudad debajo de ese pueblo costero, la ciudad que no tiene nombre. Miles de años atrás, el Mago Sulooman hundió la ciudad, edificios y todo, en las profundidades de la tierra, y le quitó su nombre, por algún desaire que nadie recuerda excepto su fantasma. Allí la vida continúa.

Algunos muertos se entregan al sueño, convencidos de que no tiene sentido fingir un propósito para cada día. Pero algunos pocos caminan sus días del mismo modo en que antes caminaban sus vidas.

Las únicas criaturas vivas en la Ciudad de los Muertos son las ratas elegantes, de pelaje plateado, que se deslizan por sus calles como sombras invertidas. En un día como cualquier otro allí, una rata se dirigió a la chica muerta.

Su nombre era Zuleika, y tenía cabello oscuro, ojos oscuros y olía apenas un poco a tumba, porque cada tarde se bañaba en el río que fluía silenciosamente bajo su ventana.

—Cásate conmigo —dijo la rata.

Estaba erguida sobre sus patas traseras, con la cola enrollada prolijamente alrededor de sus pies.

Ella fingía desayunar. Una olla humeaba sobre la mesa. Se sirvió con deliberación una taza de chocolate antes de hablar.

—¿Por qué debería casarme contigo?

La rata la observó.

—A decir verdad —admitió—, hay más para mí que para ti. Tener una novia de tu estatura aumentaría la mía, por así decirlo.

Soltó una risita, alisándose los bigotes con una pata.

—Temo que debo rechazar la oferta —dijo ella.

Dejando a la rata para que se consolara con muffins, fue al salón donde su padre estaba sentado leyendo el mismo periódico que leía cada mañana; sus páginas contenían rectángulos negros.

—He recibido una propuesta de matrimonio —le dijo.

Él dobló su periódico y lo dejó a un lado, frunciendo el ceño.

—¿De quién?

—De una rata, hace un momento. En el desayuno.

—¿Qué espera? ¿Una dote de queso?

Ella recordó que no le agradaba mucho su padre cuando estaba viva.

—Le dije que no —dijo.

Él volvió a tomar su periódico.

—Por supuesto que sí. Nunca has estado enamorada y nunca lo estarás. No hay cambio en esta ciudad. De hecho, sería la destrucción de todos nosotros. Cierra la puerta al salir.

 

Salió de compras, llevando una cesta tejida con los juncos blancos que crecen a orillas del río.

Pasando entre un desorden de puestos, acarició telas apiladas en montículos: terciopelos somnolientos y suaves, satén acuoso, gamuzas tiernas como la oreja de un ratón. Todo en tonos de negro y gris, blancos entre ellos como luz de luna desechada.

La rata estaba sentada en el borde de la mesa.

—Puedo proveerte bien —dijo—. Vísceras de pescado de los muelles de Tabat y carne podrida de sus callejones. Te traería los restos del huerto: albaricoques blandos y melocotones descompuestos, manzanas marrones como hueso y planas como los pechos marchitos de una anciana. Te traería trozos de cuero curado en la curtiembre, remojado en una sopa de mierda de paloma y agua hasta que queda suave como la carne.

—¿Por qué yo? —preguntó ella—. ¿Te he dado alguna razón para sospechar que aceptaría tus avances?

La rata se alisó los bigotes con vergüenza.

—No —admitió—. Te observé bañarte en el río y vi el toque de iridiscencia que doraba tus miembros, como quesos blancos y gordos flotando en el agua. Sentí un deseo tan fuerte que me oriné encima, como si mis huesos se hubieran vuelto líquidos y fluyeran fuera de mí. Debo tenerte por esposa.

Ella miró el mercado que había visitado cada tercer día desde que estaba muerta. Las mesas de mercancías que nunca cambiaban, sino que solo reordenaban infinitamente sus elementos. Luego miró a la rata.

—Puedes caminar conmigo —dijo.

La rata saltó a la cesta y pasearon en silencio. Al cabo, comenzó a hablar.

Le contó acerca de las ratas de la ciudad sin nombre, que han vivido tanto tiempo tan cerca de la magia que esta se les ha filtrado en la piel, en los ojos, y hasta en las entrañas. Cómo habían visto surgir y caer sus civilizaciones a lo largo de los siglos, y sus hechiceros y magos habían aprendido artes astutas, solo para verlas desgarradas cada vez que retrocedían a la barbarie. Cómo las matronas de pelaje blanco gobernaban su sociedad actual, enviando a sus galanes a reunirles comida, comiendo cada vez más para ganar un peso social cada vez mayor.

—Eso fue lo que primero me llevó a esta idea —dijo—. Una novia humana tendría más peso que cualquiera de ellas. Pero cuando te vi, aquello pareció un cálculo vano y sin vida.

Ella sintió un estremecimiento de calor en algún lugar del pecho. Tras reflexionar, se dio cuenta de que era una emoción que no había sentido antes de morir. Era parte interés, parte intriga, parte vanidad, y parte algo más: una punzada de afecto hacia aquella rata que prometía hacerla su mundo.

 

—No cabe duda —dijo el padre de Zuleika—. Esto traería cambio a la Ciudad.

—¿Y?

—¿Y? ¿Deseas destruir este lugar? Estamos sostenidos por el hechizo del Mago: fijados en un instante en el cual, muriendo porque no podemos cambiar, no morimos porque no podemos cambiar.

Zuleika frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Eso es porque eres joven.

—Tienes solo cuarenta años más que mis cinco mil trescientos doce. Seguramente, considerando los años que he vivido, puedo ser considerada adulta.

—Lo pensarías así, si pasas por alto el hecho de que siempre tendrás quince años.

Ella estampó el pie y hizo un puchero, pero los siglos pueden cansar incluso al padre más indulgente. Llamó a un Médico.

El Médico llegó con pasos ansiosos, pues los casos nuevos eran pocos y espaciados. Insistió en examinar a Zuleika de pies a cabeza, y habría pedido que se desnudara si no fuera por la protesta del padre.

—A mí me parece que está bien —dijo el Médico, decepcionado.

—Cree que desea casarse.

—Vaya, vaya —dijo el Médico, asombrado—. Amor. ¿Y quieres que la cure?

—Antes de que el contagio se propague más o la lleve a acciones que nos pongan en peligro.

Zuleika no dijo nada. Era perfectamente consciente de que no estaba enamorada de la rata. Pero la idea del cambio la había tomado como una fiebre.

El Médico cubrió su cuero cabelludo con una malla de alambre de plata. Colgaban imanes como cuentas torpes entre cristales de ónix nocturno y feldespato gris.

—Es una estimulación sutil —murmuró—. Y ciertamente el Amor no es una energía sutil. Pero con suficiente tiempo, funcionará.

Indicó que Zuleika se sentara en una silla del salón sin tocar la malla durante tres días.

Los días pasaron lentamente. Zuleika mantuvo la mirada fija en la ventana, que enmarcaba un mundo sin nubes, sin sol, sin cielo. Podía sentir las energías magnéticas tironeando de sus pensamientos, pero le parecía que, en general, todo seguía igual.

Al tercer día, apareció la rata.

—Mi hermosa prometida —dijo, mirándola—. ¿Qué es eso que llevas puesto?

—Es un mecanismo para eliminar el Amor —dijo ella.

Sus bigotes se inclinaron hacia adelante; parecía complacido.

—Entonces, ¿estás enamorada?

—No —dijo ella—. Pero mi padre cree que lo estoy.

—Hmm —dijo la rata—. Dime, ¿cuál es el efecto de tal mecanismo si uno no está enamorado?

—No lo sé.

Lo pensó, moviendo la cola distraídamente.

—Quizá tenga el efecto contrario —dijo.

—Yo misma he estado pensando en eso —dijo ella—. De hecho, me siento más afectuosa hacia ti con cada momento que pasa.

—¿Cuánto tiempo más debes llevarlo?

Sus ojos buscaron el reloj.

—Una hora más —dijo.

—Entonces debemos esperar y ver —dijo la rata, olfateando el aire—. ¿Tu familia desayunó muffins otra vez esta mañana?

—He estado sentada aquí por tres días; no desayuné.

—Entonces volveré dentro de media hora —dijo, y se retiró.

Pasada la hora, la puerta se abrió y entraron su padre y el Médico. La rata, lamiéndose los labios, se deslizó discretamente bajo la silla, donde, oculta por sus faldas, no podía verse.

—Bueno, hija mía —dijo su padre, dándole una palmada en la espalda mientras el Médico retiraba el aparato—. ¿Te sientes restablecida?

—Sin duda —dijo ella.

—Bien, bien. —Le dio al Médico una palmada en el hombro—. Buen trabajo, hombre. ¿Nos retiramos a discutir sus honorarios?

El Médico miró a Zuleika.

—Quizá otro examen… —aventuró.

—No hace falta —dijo su padre—. Amor removido, todo arreglado. Nuestra ciudad puede continuar como lo ha hecho durante el último milenio.

 

Cuando se fueron, la rata salió de debajo de la silla y la miró.

—¿Y bien? —dijo.

—No deseo casarme aquí abajo.

—Podemos ir a la superficie y pronunciar nuestros votos en Tabat —dijo la rata—. Conozco todos los túneles y adónde llevan.

Así que tomó una linterna del jardín, que derramaba su tenue luz sobre la pálida vegetación alimentada allí por la hechicería en lugar de la luz del sol. Se dirigieron a la primera entrada de túnel, la rata sobre su hombro, y empezaron a subir hacia la superficie. Detrás de ellos se oyó un estruendo enorme, un crujido.

—¿Qué fue eso? —dijo la rata.

—Nada —dijo Zuleika—. Nada en absoluto, ya no.

Siguió marchando, y tras ella, la Ciudad Sin Nombre siguió cayendo.


Título original: The dead girl's wedding march

 Traducción del ingles: Sergio Gaut vel Hartman

 

La novela de Cat Rambo Exiles of Tabat, FUE publicada en mayo de 2020, seguida de la space opera You sexy thing en noviembre del mismo año. Cat es autora, además, de otras dos novelas, más de doscientos cuentos y editora de antologías y libros de cocina. Fue nominada a los premios Nebula, World Fantasy y Compton Crook. También dirige la escuela de escritura en línea, The Rambo Academy for Wayward Writers.

  

martes, 9 de abril de 2024

CRUELDAD

 Cat Rambo

 

Después de que las bolas se elevaron hacia el cielo pero no regresaron, los niños salieron al callejón para ver dónde habían aterrizado. El propósito fue proyectarlas más allá de la atmósfera usando el lanzamisiles casero de Timmy. Lo habían cargado con pelotas de béisbol, balones de baloncesto, pelotas de fútbol, pelotas de tenis.... todas ellas garroneadas de la hierba alta alrededor de las canchas. No quedaba ni una pelota en todo el vecindario.

Pero no pudieron encontrar las bolas por ninguna parte. El grupo fijó la vista en el azul impermeable del cielo y esperó, pero no ocurrió nada. Susie propuso hacer bolas de calcetines enrollados, pero los otros dijeron que era una idea poco convincente. Ralph ofreció entrar en la escuela y robar globos, pero el vandalismo en nombre de la ciencia solo era aceptable hasta cierto punto.

Fue Betty, el miembro más malvado de la pandilla, quien señaló sin palabras la guillotina casera de Timmy, el proyecto del mes anterior que ahora juntaba telarañas en un rincón del garaje. Después de unos segundos, los demás asintieron.

Fue fácil convencer al cartero para que entrara al garaje. Colocaron el cuerpo junto a los tachos de basura y lanzaron la cabeza, que navegó hacia arriba y hacia afuera, con los ojos aún arrugados en una amable sonrisa. Los maestros de la escuela fueron más difíciles de atraer. Los niños rompieron los diccionarios y los recogieron palabra por palabra. El profesor de gimnasia fue el que más luchó. Todos se cansaron del juego después de eso.

Al anochecer, Betty vio la primera pelota de tenis aterrizar en el patio, seguida del pastoso rebote de dos pelotas de baloncesto. Se apoyó en el alféizar de la ventana y esperó.

 

Título original: Wickedness. 

Traducción del ingles: Sergio Gaut vel Hartman

 

La novela de Cat Rambo Exiles of Tabat, FUE publicada en mayo de 2020, seguida de la space opera You sexy thing en noviembre del mismo año. Cat es autora, además, de otras dos novelas, más de doscientos cuentos y editora de antologías y libros de cocina. Fue nominada a los premios Nebula, World Fantasy y Compton Crook. También dirige la escuela de escritura en línea, The Rambo Academy for Wayward Writers.

 


EL BESO DE LA DRÍADA