lunes, 27 de julio de 2026

AMERICALUGAR: del 11-S al 9-N

Lusine Kharatyan

Después del 11 de septiembre, mi familia estadounidense decidió aprender sobre otras culturas. Así fue como terminé viviendo en su casa. Yo les hablo de Armenia; ellos me hablan del chino al que hospedaron antes que a mí.

 

Mi familia estadounidense es protestante. Antes de cada comida rezamos. Especialmente cuando comemos frutillas con avena alrededor de la mesa redonda.

 

Los domingos vamos a la iglesia. En el subsuelo leemos el Evangelio y luego contemplamos un mapa del mundo colgado en la pared, donde los «cristianos perseguidos» aparecen marcados en rojo intenso. En los puntos más rojos trabajan, sin descanso, los misioneros de nuestra iglesia.

Me alegra en silencio que mi diminuta patria, más pequeña que una piedra lanzada con una honda, aparezca en ese mapa ensangrentada por todos lados... pero completamente estadounidense.

 

Mi padre estadounidense colecciona relojes antiguos y armas. Las armas cuelgan de la pared del sótano; los relojes detenidos, de las paredes de la sala.

En el cuarto blanco de los relojes almorzamos los domingos y, alrededor de una taza de agua vivificante cada uno, discutimos todos los matices del sabor del pan de cada día, el funcionamiento de nuestro sistema digestivo y el crecimiento del mal en el mundo.

 

Nuestra casa está junto a un lago. Es nuestro lago, aunque lo compartimos con otras cuatro familias de clase media alta, como nosotros.

Mi padre estadounidense construyó la casa con sus propias manos cuando era joven, junto con sus amigos de la generación del baby boom, contribuyendo así a las estadísticas del crecimiento económico de Estados Unidos.

Es un placer contemplar el lago por la mañana desde la cocina acristalada, taza de café en mano, mientras las ardillas saltan de rama en rama entre los enormes pinos.

Del otro lado del vidrio, el cielo está a tus pies, hay dos somormujos, la lancha del vecino de la orilla opuesta levanta las olas y el invierno próximo permanece escondido en el espejo del lago.

 

Mi amor estadounidense es una tienda de lanas.

Fue en este noviembre oscuro, sucio e incómodo, mientras deambulaba con la llovizna golpeándome la cara, Bach en los oídos, cansada de las estadísticas y con la nariz helada escondida en la manga de mi chaqueta, cuando nos encontramos en el escaparate situado junto al videoclub de películas somalíes impregnado de olor a especias.

Tú eras naranja, grueso y de lana. Te abracé junto con aquellas dos agujas enormes y sentí un calor indescriptible.

Mientras la radio de casa sigue debatiendo si Estados Unidos debe entrar o no en Irak, yo tejo contigo una prenda grande, cálida y llena de sol.

 

Mi madre estadounidense camina cada mañana alrededor de nuestro lago. Los fines de semana yo también la acompaño. La caminata dura aproximadamente una hora. Por el camino nos cruzamos con caminantes, corredores, personas que pasean perros, otras que recogen sus excrementos, ciclistas, ciervos, ardillas e incluso pavos salvajes.

El día siempre permanece en silencio. Pero nosotras hablamos.

Ella me cuenta lo difícil que fue criar a sus dos hijos y cómo logró detectar a tiempo un cáncer en dos ocasiones, salvándose de la muerte. Hace veinte años. Y hace diez.

Yo le cuento cómo murió mi padre en la guerra.

Hace diez años.

 

Me enfrenté al mundo en la universidad. Entré en el aula... y allí estaba. Ahora permanecemos inmóviles: yo lo miro a él y él me mira a mí. Estados Unidos ocupa el centro; el océano Atlántico, Europa y África quedan a la derecha; Asia y Australia, a la izquierda. Pero a mí siempre me habían dicho que la humanidad había nacido en las Tierras Altas de Armenia. Entonces lo comprendí. La Tierra es el centro del sistema solar.

 

El subsuelo de nuestra universidad es nuestro búnker. Fue construido para resistir siglos: sólido, estéril. Un monolito. Paredes insonorizadas e innumerables pasillos. Un laberinto. Una matriz. Una red. Los edificios del pasado y del futuro están unidos por corredores largos e interminables: ingeniería biomédica, ciencias sociales, administración, derecho, historia, programación, física, filosofía.

Sesenta mil estudiantes. No sé cuántos profesores. Como enanos, caminamos en silencio por esos corredores subterráneos, sin ventanas y sin sol. Buscamos oro. Cada uno en su propia mina. Ninguno tiene fronteras, pero todas las puertas y todas las salidas están cerradas. Falta el aire. Todos están en contra de la guerra de Irak. Silencio. Un paso adelante y una pared. En la biblioteca pido todos los ejemplares de Pravda correspondientes al año 1961.

 

Salgo del subsuelo. Hace un frío soleado. El viento trae noticias. Un puente sobre el Misisipi. De dos niveles. El de abajo es para los automóviles; el de arriba, para nosotros. Hace frío y nuestro puente tiene un túnel de vidrio. Transparente, para que puedan verse el cielo y los rascacielos. Consignas, eslóganes, grafitis, invitaciones. Un murmullo me llena los oídos. Está fuera del sistema. Entonces está todavía más dentro del sistema. Es el propio sistema. Está escrito en el idioma de los extraterrestres.

«Club Ruso. Únete a nosotros.»

«Asociación de Estudiantes Árabes.»

«Asociación de Indígenas de América.»

«Gays y lesbianas. Nos reunimos todos los viernes.»

«¿Bailas salsa? ¿Quieres aprender?»

«Defiende tu futuro.»

«Osama Bush-Laden.»

«Antropología... Mucho más que una carrera.»

Letra-palabra-dibujo-color-número-idea-canción... Todo me mira. Lo comprendí. En uno de los pasillos suena una grabación:

—Hola, soy Angela.

—Yo soy Eric.

—Mi nombre es Jane.

Son muchísimos.

 

Mi abuela estadounidense tiene noventa y cinco años. Vive en un hogar para ancianos. Hoy hemos venido a visitarla. Cultiva tomates en el jardín de la residencia. Es sábado y la peluquera del hogar le ha teñido el cabello; también le hicieron manicura y pedicura.

Mi padre le dice:

—Vamos a jugar a las cartas.

Ella no oye. Él la toma del brazo y la conduce al interior. Los cuatro nos sentamos alrededor de una mesa redonda. Mi abuela pregunta de dónde soy. De todo lo que le explica su hijo solo entiende la palabra «Unión Soviética».

Entonces yo le hablo de mi abuelo, que durante la Gran Guerra Patria llevaba desde Irán camiones Studebaker estadounidenses.

 

Los estudiantes internacionales de nuestra universidad hemos sido invitados a cenar. Es el club de los estadounidenses ricos. Después del 11 de septiembre, los millonarios comenzaron a interesarse por el mundo y quieren conocer otras culturas directamente de la fuente. El club está en la azotea de un rascacielos. Mujeres con maquillaje carísimo. Hombres con trajes carísimos. Sonrisas de dientes impecablemente blancos. Yo, como un gladiador en Roma. El millonario que me toca en suerte pasa toda la noche hablando de la caída del Imperio romano. Dice que es una ley histórica: los imperios nacen y desaparecen. Pero Estados Unidos vivirá mucho tiempo. Porque ellos son libres. Él, por ejemplo, tiene derecho a volar en su propio avión. En Europa, dice, no tendría ese derecho.

 

Una compañera de clase es militar. Su padre también. Y su abuelo. También lo son su madre, su hermano y su tío. Sirvió en el ejército y ahora el ejército paga sus estudios. Los míos también los pagan los contribuyentes estadounidenses. Al parecer, las dos estamos en deuda con ellos. Ella es republicana. Yo, demócrata. Las dos cursamos la materia Historia de las ideas en Estados Unidos y, junto con el resto del grupo, estamos en contra de la guerra.

Hoy estaba triste. Sobre todo ella. Dijo que mañana parte hacia el combate. Irak. Está en contra de la guerra, pero debe ir. A defender los valores estadounidenses.

 

Nuestra práctica profesional transcurre en un lugar donde pasamos el día hablando del coeficiente de Gini, de la pobreza, del hambre y del analfabetismo.

Por las noches organizamos recepciones donde criticamos la política exterior de Bush, a los economistas de Chicago y la negativa de Estados Unidos a firmar el Protocolo de Kioto. Todo ello alrededor de salmón rojo del Pacífico y caviar negro. Gracias a una compañera de prácticas traicioné a Naranja con Chomsky. Fue una aventura muy rápida: apenas una hora de encuentro. Había muchos izquierdistas. Anarquistas de izquierda. Punks. Hipis envejecidos. Trotskistas. Feministas. Inmigrantes de Oriente Medio y de la Unión Soviética. Buscadores de conspiraciones. Holgazanes profesionales.  Desempleados por convicción. Personas sin hogar. Alcohólicos deprimidos. Y jóvenes extraordinariamente vitales.

El 9 de noviembre ganó la democracia.

Mis padres estadounidenses, republicanos, siguen rezando cada domingo por mí y por mi familia. Yo creo en sus oraciones.

Lusine Kharatyan es una escritora y antropóloga armenia. Estudió en la Universidad Estatal de Ereván, el Centro Demográfico de El Cairo y la Universidad de Minnesota. Es conocida por sus obras de ficción, entre las que destacan: El libro oblicuo (novela, 2017), Nomeolvides, callejón sin salida (relatos, 2020), Un asunto sirio (novela, 2019). Esta novela fue galardonada con el Premio de Literatura de la Unión Europea. Kharatyan reside en Ereván.


 

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