Lou J. Berger
Los rebeldes nos
hicieron pedazos en la antigua Grecia, y saltamos hacia adelante, hasta la
Primera Guerra Mundial, para poder reagruparnos. Calculé que disponíamos de un
par de días antes de que triangularan el lugar donde habíamos aterrizado.
Carter encontró el depósito que
había dejado el Comando Central, lo abrió y distribuyó municiones y alimentos.
Habíamos aterrizado en las afueras
de Ypres, en Flandes. La hora local era la medianoche del 20 de octubre de
1914. Las explosiones de los proyectiles alemanes iluminaban el campo de
batalla con tal regularidad que se podía leer a la luz que reflejaban las nubes
bajas; claro, si alguien tenía ganas de leer y no le molestaba la lluvia.
Se me ocurrió algo.
—¡Carter!
Se puso de pie de un salto y poco
faltó para que saludara militarmente.
—¿Señor?
Lo habíamos reclutado un mes antes,
según nuestro tiempo subjetivo, durante la Segunda Guerra Mundial, cerca de
Caen. Era británico, había mentido acerca de su edad y estaba más comprometido
con la causa que cualquiera de mis otros soldados. Era mi favorito y, durante
nuestra breve batalla allí, había contemplado boquiabierto los edificios
griegos, nuevos a estrenar por entonces.
—Cuando eras niño, ¿alguna vez
imaginaste que lucharías en las guerras del Peloponeso? Leíste sobre ellas en
la escuela primaria, ¿verdad?
Asintió, con el joven rostro
rebosante de entusiasmo.
—¡Sí, señor!
Su entusiasmo era contagioso y no
pude evitar sonreír. No parecía molestarle estar de pie en un campo empapado
por la lluvia trece años antes de su propio nacimiento.
—¿Y quién ganó, si lo recuerdas?
—pregunté, sabiendo que respondería Esparta.
—Atenas —dijo, y su expresión
relajada mostraba la confianza que había adquirido conmigo durante aquel breve
e intenso mes—. ¡Y la democracia prosperó!
Sentí agujas de hielo clavándose en
el estómago. Negué con la cabeza.
—No, Carter. Ganó Esparta. Lo
recuerdas mal.
Su sonrisa vaciló un poco.
—Lo siento, sargento, con todo
respeto, pero Esparta perdió y la Liga fue completamente disuelta.
Me puse de pie con esfuerzo,
abrumado por lo que estaba a punto de suceder.
—Descansa. Volveré dentro de un
rato.
Avancé chapoteando en el barro
hasta un bosquecillo y saqué de mi morral el equipo de radio que llevaba
escondido. Se calentó y se encendió la luz verde. Al menos eso era una buena
señal. El Comando Central todavía existía.
—Central. Hable —dijo con sonido
metálico el altavoz del aparato.
—Comuníqueme con el Comando.
Hubo una breve pausa y entonces se
oyó la voz de una mujer.
—Adelante.
—Habla el sargento Kaminski, quinto
regimiento. Uno de mis soldados ha manifestado indicios de una cizalladura
temporal.
Hubo una pausa al otro lado. Podía
imaginar a la general frunciendo el ceño ante su pantalla.
—¿Cuál es la naturaleza de la
cizalladura?
Suspiré.
—Dice que Atenas ganó las guerras
del Peloponeso. Acabamos de salir de allí y sufrimos muchas bajas. ¿Fueron
suficientes para provocar la cizalladura?
—¿Cuándo lo incorporaron?
—El 8 de junio de 1944. Cerca de
Caen.
—Enseguida vuelvo.
Se desconectó y encendí un
cigarrillo. Nunca había fumado hasta aquellas últimas semanas, pero los
combates de 1813 no habían salido bien.
Regresó a la línea, con voz serena.
—Sí —dijo, dejando escapar las
palabras a regañadientes—. La cizalladura se produjo el día 7, un día antes de
que lo incorporaran.
—¿No puedo enviarlo de regreso?
Su silencio se prolongó durante
diez segundos enteros.
—No pueden avanzar hasta que la
unidad esté limpia. Ya lo sabe. Haga su trabajo, sargento.
Cortó la comunicación.
Apagué el cigarrillo contra la
suela de mi bota.
—Mierda.
Carter se puso de pie cuando me
acerqué. Hice un gesto con la cabeza y me siguió por el camino hasta un
edificio bombardeado. Saqué otro cigarrillo.
Él lo tomó, con los dedos
temblorosos. Sus ojos brillaban de excitación.
—¿Qué pasa, sargento?
—Pensé que te vendría bien
descansar un poco de los demás.
Protegí el encendedor con las manos
y él aspiró una bocanada de humo.
Observamos cómo los cañones de
campaña, a lo lejos, lanzaban destellos hacia el cielo y escuchamos el sonido
de las descargas, semejante al de papel que se rasga. La lluvia había amainado,
en su mayor parte.
Me sonrió y le disparé en la frente
con la pistola calibre .45 que llevo enfundada en la cadera.
El cigarrillo, todavía encendido,
cayó de sus dedos inertes y su cuerpo se desplomó, desapareciendo mientras
caía.
Pisé el cigarrillo humeante,
preguntándome por qué siempre tenía que ser así.
Carter seguía vivo en su propia
línea temporal o nunca había existido. Pensar en todas las permutaciones y
combinaciones me provocaba demasiado dolor de cabeza.
Fuera como fuese, ya no era mi
problema.
Permanecí bajo la lluvia,
contemplando los destellos del cielo, asqueado por la facilidad con que los
soldados jóvenes están siempre dispuestos a morir por una causa perdida sin
llegar nunca a creer del todo que puedan ser ellos quienes mueran.
Cuando regresé, conté a mis
soldados. En el lugar donde Carter había estado sentado antes había otro
soldado tendido. Era moreno, con un mechón de cabello negro sobre un rostro
despreocupado. Lo señalé.
—Tú.
Se puso de pie lentamente, sin el
entusiasmo que había mostrado Carter.
—¿Quién ganó las guerras del
Peloponeso?
—Esparta, sargento.
Asentí.
—Descansa.
Contemplé aquella variopinta banda
de voluntarios, sabiendo que partiríamos exactamente dentro de treinta y siete
horas. Que probablemente aquel sería el último respiro para la mayoría de
ellos. Estaba previsto que avanzáramos hasta Vietnam durante la Ofensiva de
Mayo de 1968, la semana más sangrienta de toda la guerra.
No quería ir. Una parte de mí
deseaba saltar hacia atrás, hasta los días anteriores a la Guerra de
Independencia, encontrar una pequeña granja alejada de los problemas que se
avecinaban, establecerme con la hija de algún granjero y hacer todo lo posible por
criar suficientes hijos como para formar un equipo de béisbol.
En cambio, fui a mi tienda para
cenar solo.
El siniestro retumbar de la
artillería, a lo lejos, me mantuvo despierto durante casi toda la noche.
Lou J Berger vive cerca de Ocala,
Florida, con el amor de su juventud y tres perros rescatados. Es miembro de la
SFWA y ha publicado relatos en *Clarkesworld Science Fiction Magazine*, en la
revista *Galaxy’s Edge* y en numerosas antologías. Todavía está trabajando en
su primera novela de misterio ligero (*cozy mystery*). Aunque ha sido
aficionado a la ciencia ficción desde niño —leyendo *Tom Corbett, Space Cadet*
y, por supuesto, las obras juveniles de Heinlein—, Lou también disfruta de los
buenos misterios y siente una predilección especial por los ambientes de novela
negra (*noir*). Sus autores favoritos son Ray Bradbury, John D. MacDonald y
Edgar Rice Burroughs.

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