viernes, 11 de septiembre de 2026

INCIDENTE EN FLANDES

Lou J. Berger

 

Los rebeldes nos hicieron pedazos en la antigua Grecia, y saltamos hacia adelante, hasta la Primera Guerra Mundial, para poder reagruparnos. Calculé que disponíamos de un par de días antes de que triangularan el lugar donde habíamos aterrizado.

Carter encontró el depósito que había dejado el Comando Central, lo abrió y distribuyó municiones y alimentos.

Habíamos aterrizado en las afueras de Ypres, en Flandes. La hora local era la medianoche del 20 de octubre de 1914. Las explosiones de los proyectiles alemanes iluminaban el campo de batalla con tal regularidad que se podía leer a la luz que reflejaban las nubes bajas; claro, si alguien tenía ganas de leer y no le molestaba la lluvia.

Se me ocurrió algo.

—¡Carter!

Se puso de pie de un salto y poco faltó para que saludara militarmente.

—¿Señor?

Lo habíamos reclutado un mes antes, según nuestro tiempo subjetivo, durante la Segunda Guerra Mundial, cerca de Caen. Era británico, había mentido acerca de su edad y estaba más comprometido con la causa que cualquiera de mis otros soldados. Era mi favorito y, durante nuestra breve batalla allí, había contemplado boquiabierto los edificios griegos, nuevos a estrenar por entonces.

—Cuando eras niño, ¿alguna vez imaginaste que lucharías en las guerras del Peloponeso? Leíste sobre ellas en la escuela primaria, ¿verdad?

Asintió, con el joven rostro rebosante de entusiasmo.

—¡Sí, señor!

Su entusiasmo era contagioso y no pude evitar sonreír. No parecía molestarle estar de pie en un campo empapado por la lluvia trece años antes de su propio nacimiento.

—¿Y quién ganó, si lo recuerdas? —pregunté, sabiendo que respondería Esparta.

—Atenas —dijo, y su expresión relajada mostraba la confianza que había adquirido conmigo durante aquel breve e intenso mes—. ¡Y la democracia prosperó!

Sentí agujas de hielo clavándose en el estómago. Negué con la cabeza.

—No, Carter. Ganó Esparta. Lo recuerdas mal.

Su sonrisa vaciló un poco.

—Lo siento, sargento, con todo respeto, pero Esparta perdió y la Liga fue completamente disuelta.

Me puse de pie con esfuerzo, abrumado por lo que estaba a punto de suceder.

—Descansa. Volveré dentro de un rato.

Avancé chapoteando en el barro hasta un bosquecillo y saqué de mi morral el equipo de radio que llevaba escondido. Se calentó y se encendió la luz verde. Al menos eso era una buena señal. El Comando Central todavía existía.

—Central. Hable —dijo con sonido metálico el altavoz del aparato.

—Comuníqueme con el Comando.

Hubo una breve pausa y entonces se oyó la voz de una mujer.

—Adelante.

—Habla el sargento Kaminski, quinto regimiento. Uno de mis soldados ha manifestado indicios de una cizalladura temporal.

Hubo una pausa al otro lado. Podía imaginar a la general frunciendo el ceño ante su pantalla.

—¿Cuál es la naturaleza de la cizalladura?

Suspiré.

—Dice que Atenas ganó las guerras del Peloponeso. Acabamos de salir de allí y sufrimos muchas bajas. ¿Fueron suficientes para provocar la cizalladura?

—¿Cuándo lo incorporaron?

—El 8 de junio de 1944. Cerca de Caen.

—Enseguida vuelvo.

Se desconectó y encendí un cigarrillo. Nunca había fumado hasta aquellas últimas semanas, pero los combates de 1813 no habían salido bien.

Regresó a la línea, con voz serena.

—Sí —dijo, dejando escapar las palabras a regañadientes—. La cizalladura se produjo el día 7, un día antes de que lo incorporaran.

—¿No puedo enviarlo de regreso?

Su silencio se prolongó durante diez segundos enteros.

—No pueden avanzar hasta que la unidad esté limpia. Ya lo sabe. Haga su trabajo, sargento.

Cortó la comunicación.

Apagué el cigarrillo contra la suela de mi bota.

—Mierda.

Carter se puso de pie cuando me acerqué. Hice un gesto con la cabeza y me siguió por el camino hasta un edificio bombardeado. Saqué otro cigarrillo.

Él lo tomó, con los dedos temblorosos. Sus ojos brillaban de excitación.

—¿Qué pasa, sargento?

—Pensé que te vendría bien descansar un poco de los demás.

Protegí el encendedor con las manos y él aspiró una bocanada de humo.

Observamos cómo los cañones de campaña, a lo lejos, lanzaban destellos hacia el cielo y escuchamos el sonido de las descargas, semejante al de papel que se rasga. La lluvia había amainado, en su mayor parte.

Me sonrió y le disparé en la frente con la pistola calibre .45 que llevo enfundada en la cadera.

El cigarrillo, todavía encendido, cayó de sus dedos inertes y su cuerpo se desplomó, desapareciendo mientras caía.

Pisé el cigarrillo humeante, preguntándome por qué siempre tenía que ser así.

Carter seguía vivo en su propia línea temporal o nunca había existido. Pensar en todas las permutaciones y combinaciones me provocaba demasiado dolor de cabeza.

Fuera como fuese, ya no era mi problema.

Permanecí bajo la lluvia, contemplando los destellos del cielo, asqueado por la facilidad con que los soldados jóvenes están siempre dispuestos a morir por una causa perdida sin llegar nunca a creer del todo que puedan ser ellos quienes mueran.

Cuando regresé, conté a mis soldados. En el lugar donde Carter había estado sentado antes había otro soldado tendido. Era moreno, con un mechón de cabello negro sobre un rostro despreocupado. Lo señalé.

—Tú.

Se puso de pie lentamente, sin el entusiasmo que había mostrado Carter.

—¿Quién ganó las guerras del Peloponeso?

—Esparta, sargento.

Asentí.

—Descansa.

Contemplé aquella variopinta banda de voluntarios, sabiendo que partiríamos exactamente dentro de treinta y siete horas. Que probablemente aquel sería el último respiro para la mayoría de ellos. Estaba previsto que avanzáramos hasta Vietnam durante la Ofensiva de Mayo de 1968, la semana más sangrienta de toda la guerra.

No quería ir. Una parte de mí deseaba saltar hacia atrás, hasta los días anteriores a la Guerra de Independencia, encontrar una pequeña granja alejada de los problemas que se avecinaban, establecerme con la hija de algún granjero y hacer todo lo posible por criar suficientes hijos como para formar un equipo de béisbol.

En cambio, fui a mi tienda para cenar solo.

El siniestro retumbar de la artillería, a lo lejos, me mantuvo despierto durante casi toda la noche.

Lou J Berger vive cerca de Ocala, Florida, con el amor de su juventud y tres perros rescatados. Es miembro de la SFWA y ha publicado relatos en *Clarkesworld Science Fiction Magazine*, en la revista *Galaxy’s Edge* y en numerosas antologías. Todavía está trabajando en su primera novela de misterio ligero (*cozy mystery*). Aunque ha sido aficionado a la ciencia ficción desde niño —leyendo *Tom Corbett, Space Cadet* y, por supuesto, las obras juveniles de Heinlein—, Lou también disfruta de los buenos misterios y siente una predilección especial por los ambientes de novela negra (*noir*). Sus autores favoritos son Ray Bradbury, John D. MacDonald y Edgar Rice Burroughs. 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

INCIDENTE EN FLANDES