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martes, 28 de julio de 2026

CRIATURAS DE LA NIEBLA

Vanja Spirin

 

¡Estimado lector!

La extraña historia que tenemos ante nosotros nos llevará a un mundo que, a primera vista, parece ordinario, aunque todos sabemos que las cosas y los acontecimientos rara vez son como aparentan. En ella encontraremos ambición, pasión, un orgulloso burgo, un blasón misterioso y seres sumamente inusuales, la mayoría de las veces inaccesibles a nuestros modestos sentidos humanos.

El inicio de este relato nos lleva a un tiempo muy, muy lejano, cuando en la Tierra, a partir de una repugnante mezcla primigenia de babas y viscosidades indudablemente desagradables, comenzaron a formarse nuevas formas de vida. Junto con las algas verdeazuladas y las geobacterias –de las cuales más tarde surgiría una raza de robots vivos e inorgánicos, responsables en su momento de la extinción de más del 80 % de los seres orgánicos del planeta– apareció algo verdaderamente singular. Era una criatura colectiva, compuesta por diversos subentidades, más o menos incorpórea.

¿Cómo “más o menos”? se preguntarán. En efecto, la fisiología de ese tipo de organismos es difícilmente comprensible para la mente humana, y muchas preguntas –completamente lógicas– permanecen sin respuesta. Había cuestiones como “¿Quién soy?” y “¿Cómo estás?” pero, dejando esas efímeras trivialidades de lado, también surgían otras más tangibles: “¿Cómo subiré esta cuesta resbaladiza sin romperme la nariz ni lastimarme el coxis?” Había de todo un poco.

Nuestro ser era una entidad cooperativa semimaterial que, hasta donde sabemos, existía solo bajo la forma de una nube de vapor de agua. Nadie ha ofrecido una explicación convincente sobre dónde permanece esa conciencia durante los calurosos veranos, cuando la niebla escasea o desaparece del todo.

Las criaturas de la niebla pueden dividirse, a grandes rasgos, entre entidades espaciales y entidades abstractas. Así, cuando una persona entra en una niebla de ese tipo, puede encontrarse con portales hacia otras dimensiones espaciotemporales, o bien verse invadida por sensaciones de incertidumbre, expectativa o una vaga ansiedad acompañada, en ocasiones, de excitación. La mayoría de los humanos atribuirán esas experiencias a sus propias emociones, pero estarían equivocados.

Entre los seres incorpóreos existían figuras de variado talante. Aunque en conjunto formaban el ente vivo de la niebla, cada uno era también, al mismo tiempo, una conciencia individual. Como si, por ejemplo, los riñones de una persona tuvieran mente propia y, por decirlo de manera trivial, el izquierdo fuera socialista e internacionalista, y el derecho un fervoroso capitalista de ideas conservadoras.

Entre ellos se encontraba Koviljka, objeto de deseo de los demás. Encantadora, delicada y bendecida con una gracia carnal irresistible, pertenecía a la especie de aquellas que creaban portales. Quien entrara en Koviljka llegaba siempre a un lugar de placer y gozo físico. Algunos personajes vulgares decían que “no había nada más bello que entrar en Koviljka”, pero no hablaremos de groserías.

Entre esos indeseables se encontraba Stanislav, encargado de provocar esa vaga sensación de carencia, cuando uno no sabe si lo que le falta es una buena conversación, un trago de absenta, sexo o un viaje a la majestuosa Viena. Pero de él hablaremos más adelante (si acaso), pues era un sinvergüenza de marca mayor.

Tal vez convenga, ya que hablamos de tipos problemáticos, mencionar antes a Ladislav, o Laci, que se dedicaba con gusto a las bromas, o, como se diría hoy, al troleo. Algunos sostienen que fue él quien, en el siglo X, persuadió a los humanos mediante sueños para construir un castillo sólo con el propósito de plasmar en él un escudo heráldico enigmático que causaría siglos de confusión. No hay pruebas sólidas, por ahora.

De qué castillo y qué ciudad se trata quedará como secreto, pero nada de esto es ficción.

 

El viejo burgo fue construido con fines defensivos. Con el tiempo pasó de mano en mano: reyes y nobles lo ocuparon, alquilando sus vastas salas de piedra labrada, erguidas al borde de un abismo kárstico. Casi cada inquilino dejaba en sus muros un escudo familiar, pues parecía ser lo que más les importaba: un testimonio de linaje, nobleza y rango.

Jamás se aclaró del todo si aquella fortaleza fue erigida sólo por razones militares, o si existió, sutilmente, la influencia de la niebla –en concreto, de Ladislav– sobre los humanos.

A lo largo de los siglos, las criaturas de la niebla, aburridas de su eternidad, buscaban el contacto con los humanos del lugar. El castillo, aunque menos conocido que otros, se volvió célebre cuando un renombrado escritor de fantasía le dijo a un viajero espaciotemporal, amante de las antigüedades, que la fortaleza era tres siglos más antigua que el misterioso Machu Picchu, que albergaba niebla viva y que allí existía un blasón singular, diferente a los demás, ligado sin duda a una historia tan mística como insólita.

Curioso, ¿cómo sabía él eso de la niebla?

Nadie lo sabe. Pero el misterio atrajo a generaciones de aventureros y estudiosos, incluidos los descendientes de un arqueólogo llamado Paulus, el de la bella cabellera (apodo, por cierto, irónico, dado su prematura calvicie). Uno de sus descendientes, Julius, dedicó su vida a la heráldica y se sintió especialmente fascinado por aquel escudo extraño, que avivaba su imaginación y su ansia de conocimiento.

 

Ladislav, además de bromista y trol, era un ente nebuloso encargado de provocar el sentimiento de alivio extático; por ello, era muy popular entre humanos y entidades de niebla por igual.

Así se dieron conversaciones como esta entre humanos perdidos en la niebla:

Ella: “Perderse en la niebla es de las cosas más bellas que me han pasado. Por un momento pensé que algo malo ocurriría, y de repente me invadió una dicha tan grande que…”

Él: “¿Qué, tuviste un orgasmo?”

Ella (sonrojada): “Pues sí. Fue maravilloso.”

Él: “Qué suerte. Yo solo sentí una cáscara de palomita pegada al paladar que no podía quitarme con la lengua. Y luego, la sensación de que algo me faltaba. Luego aparecí en una cabaña del bosque… Nada que ver con lo tuyo.”

Ella había encontrado a Laci. Él, en cambio, se topó con Stanislav y Hanibal, el responsable de la sensación de “cáscaras pegadas al paladar”. Este último era un híbrido, lo que explicaba por qué uno podía sentirse al mismo tiempo en una cabaña y con un cuerpo extraño. Inusual, desde luego.

Las criaturas de la niebla podían describirse, según un dicho, como “curas bautizando chivos”: ociosas y traviesas. Aburridas, solían inspirar a los humanos a realizar las actividades más peculiares. Así fue como Laci, con la ayuda parcial de Hana y Koviljka, instó a un antiguo artista a esculpir un escudo distinto a todos los demás: austero, sin águilas ni fieras, puro y misterioso.

Uno de los cautivados por ese escudo fue Julius. Inteligente, pero de temperamento impetuoso, dedicó días al estudio de los textos antiguos y a conversar con el pueblo, aunque el secreto del enigmático blasón siempre se le escapaba.

Laci, al notar su obsesión, concibió una broma. Una noche se filtró en su habitación envuelto en niebla, y, mientras Julius dormía, plantó en su mente una idea: El secreto no puede descifrarse porque el escudo está invertido, como las inscripciones en las antiguas estelas destinadas a las almas internas.

Luego se desvaneció, riendo.

Al día siguiente, Julius despertó emocionado. Pensó que semejante sueño no podía ser casualidad. Religioso como era, lo tomó por una revelación divina: ¡por fin una iluminación que revolucionaría la heráldica! Entusiasmado, pidió prestado un espejo al barbero, reunió a curiosos y llamó a la prensa para una presentación pública frente al misterioso escudo.

Ante todos, proclamó:

—¡Señoras y señores! Estoy a punto de revelar un descubrimiento revolucionario. Inspirado por una fuerza que no es de este mundo, he comprendido que este escudo se asemeja a ciertos monumentos funerarios con inscripciones invertidas, legibles sólo desde el interior. Observen… Sólo hay que mirarlo en el espejo y…

El público contuvo la respiración.

—¿Y bien? —gritó alguien—. ¿Cuál es el secreto? ¿Hay un tesoro?

—¿Tiene algo que ver con unas botas? —añadió otro.

Julius frunció el ceño y tartamudeó.

—Pues… solo se ve la imagen al revés. Quizás requiere tiempo para…

—¿O sea que nada descubriste? —preguntó una niña.

La multitud prorrumpió en carcajadas. La prensa guardó sus cámaras entre resoplidos. Julius, humillado, vio alejarse a los curiosos mientras alguien murmuraba:

—Idiota.

Avergonzado, fue a una taberna, bebió hasta el amanecer y regresó tambaleándose a su posada, donde cayó en un sueño profundo.

Los seres de la niebla observaron con disgusto el desenlace. Laci había ido demasiado lejos.

—Sabes, Laci —le dijo Stanko—; eso no estuvo bien. El pobre chico no es malo, ni siquiera está deshidratado (ya sabes cuán importante es el agua para nosotros). ¿No crees que deberías compensarlo?

—Sí, sí, me siento mal —admitió Ladislav—. No imaginé que saldría tan mal. Fue cruel.

—Podríamos animarlo un poco, en señal de… —intervino Stanko.

—¿Compensación? —añadió la compasiva Lana.

—Claro —propuso Koviljka—. Lo rodeamos mientras duerme, lo atraigo a mí, le damos un par de dulces experiencias, y luego Lana se encarga de que el final sea inolvidable. Después lo devolvemos, y listo.

Todos estuvieron de acuerdo.

Ni siquiera las criaturas de la niebla comprendían del todo cómo funcionaba Koviljka cuando se convertía en portal hacia aquellos lugares de placer. Algunos decían que no era un portal, sino un nodo espaciotemporal capaz de retener a un ser por un lapso antes de devolverlo a su realidad. Cuando le preguntaban, ella sólo sonreía, produciendo en los demás la sensación de un beso en el cuello.

Así lo hicieron. Mientras Julius dormía, la niebla se deslizó por su ventana. La blancura lo envolvió y, de pronto, se encontró en un paraje deslumbrante, rodeado de una mujer que era la suma de todos sus deseos. Cambiaba de forma: primero una morena atlética de ojos verdes, luego una rubia voluptuosa de aroma intoxicante.

Creyendo soñar, se abandonó al placer. Luego vino un éxtasis sostenido, provocado por Hana, y despertó bañado en sudor, jadeante.

—Vaya sueño… —dijo para sí—. Esto sí que fue intenso. ¡Y en una noche tan fría! ¿Cómo estoy tan acalorado?

Fue al baño, se miró al espejo y vio marcas de lápiz labial y arañazos en la espalda. Un perfume femenino flotaba en su piel. Sonrió, recordando todo, a través de la niebla.

Desde el cristal vio la niebla alejándose hacia el abismo bajo el castillo.

 

Epílogo

A pesar del bochornoso episodio, la carrera de Julius no sufrió. Al contrario, floreció. Años después, ya célebre, los periodistas le preguntaron cómo lo había afectado aquel fiasco. Él sonreía, con aire de gato que se tragó un pez dorado, y respondía:

—Yo no lo considero un fracaso. Todo lo contrario.

Los más sagaces lo observaban sospechosamente, intuyendo que detrás de su respuesta había una historia secreta. Y al menos en eso, tenían razón.

El misterio del blasón enigmático siguió desafiando a generaciones futuras, mientras las criaturas de la niebla, complacidas, se esfumaban una vez más entre los pliegues del tiempo.

Así fue como todo ocurrió.

Vanja Spirin nació el 28 de mayo de 1963 en Zagreb. Estudió Lingüística y Fonética en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Zagreb y se graduó en la Academia de Producción Musical (MPA). Se dedica a la escritura, la producción musical y los proyectos multimedia, y ocasionalmente trabaja como instructor de escritura creativa. Como escritor, ha cultivado diversos géneros literarios, y sus relatos y columnas han sido publicados en numerosas antologías, colecciones, periódicos, revistas y portales en línea. Ha publicado los siguientes libros: Hangrap y Drobhila, epopeya estarojmírica (1993), Mitos y leyendas croatas (1994), El tesoro de los dioses (1999), Las hazañas heroicas de Junkers y Vailiant (2000), La tercera nariz (2003), Misión mortal (2013), Junkers y Vailiant contra las fuerzas de la oscuridad (2017), Rubias para principiantes (2017), De las ovejas a las estrellas (2022) y Las sombras de las almas ocultas (2024). 

EN SILENCIO