Anushtup Sett
Desde que dejó
atrás Kharagpur, Sudip no había vuelto a cruzarse con un solo vehículo en la
carretera. Lo consideró una excelente señal. Deseaba con todas sus fuerzas que
el viaje continuara así de tranquilo hasta llegar a la frontera con Odisha.
El automóvil de Shantanu era muy
bueno: viejo, pero sólido. Alcanzaba una velocidad considerable sin dar la
menor muestra de problemas.
Sudip y Shantanu habían estudiado
en la misma escuela. Ambos la abandonaron casi al mismo tiempo, cuando cursaban
octavo grado. Después de eso prácticamente perdieron el contacto.
Volvieron a encontrarse años más
tarde en unos grandes almacenes de Midnapore. Sudip, desesperado por conseguir
trabajo, había aceptado allí un empleo temporal con un sueldo miserable.
Al ver a Shantanu, dos cosas
llamaron inmediatamente su atención.
La primera era que a su viejo amigo
no parecía faltarle ni la buena comida ni la buena vida. Siempre había sido
corpulento, pero ahora era un hombre robusto, con los bíceps tensando la
camiseta y una gruesa cadena colgándole del cuello.
La segunda era que su rostro, su
peinado y, sobre todo, su mirada, dejaban claro que no era precisamente un
ciudadano ejemplar.
Al día siguiente confirmó que sus
sospechas eran correctas.
Durante su descanso, Shantanu
apareció por la tienda. No aceptó negativas y prácticamente lo arrastró hasta
un pequeño bar escondido en un callejón.
Aquel día, y también los tres
siguientes, se reunieron allí para beber cerveza y recordar viejos tiempos. Entre
charla y charla, Sud p fue descubriendo muchas cosas sobre la vida de su amigo.
Pequeños golpes... Robar objetos olvidados por los viajeros en las estaciones. Sustraer
billeteras entre la multitud. Hacer desaparecer mercancías delante de las
narices de los comerciantes.
Después de abandonar la escuela,
Shantanu había ido perfeccionando todas esas habilidades. Más tarde había dado
un paso más: asaltar a viajeros solitarios en carreteras desiertas durante la
noche.
—Claro que hice de eso —había dicho
riéndose—. Bastantes veces.
Sudip no estaba seguro de que
hubiera abandonado realmente ese tipo de actividades.
En cambio, Shantanu también conoció
la situación de Sudip: años enteros buscando trabajo, sobreviviendo con medio
estómago vacío y siempre corto de dinero. Sudip le contó todo aquello que podía
contarle a un viejo amigo. Aunque, pensándolo bien, empezó a sospechar que
Shantanu ya conocía su situación antes de aparecer en la tienda. Quizá había
ido precisamente por eso. Parecía tener algún plan. Finalmente, el miércoles
anterior decidió revelárselo.
—Mira, estos trabajitos ya no
sirven. Apenas dejan dinero y nunca alcanza para vivir. Hace falta dar un golpe
grande. —Sudip no respondió. Había demasiadas cosas rondándole por la cabeza—. Encontré
una oportunidad —continuó Shantanu—. Pero solo no puedo.
—¿Qué oportunidad?
Cuando Shantanu terminó de
explicársela, Sudip no pudo evitar cambiar de opinión. Se trataba de una gran
tienda de artículos para aficionados. Iba a trasladarse a otro local y ya había
vaciado completamente el depósito, acumulando toda la mercadería dentro del
negocio. Sin embargo, habían surgido problemas legales con el nuevo edificio,
de modo que la mudanza se retrasaría al menos quince días, quizá un mes.
Como el sistema de vigilancia
electrónica siempre había estado instalado en el depósito, el local carecía de
medidas de seguridad. Y el anciano propietario, que de todas formas pensaba
marcharse pronto, no estaba dispuesto a gastar dinero instalando nuevas.
Por eso buscaba un vigilante
nocturno temporal.
Shantanu tenía las recomendaciones
necesarias e incluso certificados de experiencia. Había conseguido el puesto y
ya había empezado a trabajar la noche anterior.
—¿Y después?
Shantanu se inclinó hacia él y bajó
la voz. Durante la noche unos ladrones entrarían en la tienda y se llevarían
todos los artículos de valor. Naturalmente, antes dejarían inconsciente al
vigilante.
—¿Ladrones? ¿Yo? No me hagas reír.
¿Quién va a creer que alguien como yo pudo dejarte fuera de combate?
Shantanu soltó una carcajada.
—¿Quién va a verlo? Solo si te
atrapan. Pero eso no ocurrirá. Todo está preparado. Te llevarás la mercancía
directamente a Odisha. Después de cruzar la frontera estará esperándote
Balaram, un hombre de Shibu Mahapatra. Lo conozco desde hace años. Le entregarás
todo, cobrarás en efectivo y regresarás tranquilamente a casa. Después de eso,
tú no me conoces y yo no te conozco a ti.
—¿Y el coche?
—También lo tengo resuelto. Llevará
una matrícula falsa. No hay ninguna posibilidad de que nos descubran. Balaram y
yo hemos hecho esto muchas veces.
Sudip frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué no lo haces tú?
Shantanu volvió a bajar la voz.
—Ahí está el problema. La última
vez surgieron algunos inconvenientes. La policía registró el nombre de Balaram
y el número de su licencia de conducir. Ya sabes que antes del puente
Jangalkanya hay un puesto de control. Basta con que le pidan la documentación
para que termine directamente en prisión. Balaram ya no sale del escondite
donde lo protege Mahapatra. Podría hacerlo yo... Pero si desaparecen la
mercancía y el vigilante al mismo tiempo, todas las sospechas recaerán sobre
mí. En cambio, tú no tienes antecedentes. Podrás atravesar el control sin
problemas.
Entonces Sudip comprendió
perfectamente el plan. Conocía aquel puesto policial. Después venía una
estación de servicio y, unos diez minutos más adelante, comenzaba el puente
Jangalkanya, una hermosa estructura que cruzaba el ancho río Subarnarekha. Las
vistas desde allí eran magníficas. Atravesarlo llevaba aproximadamente siete
minutos.
Sudip se observó rápidamente en el
espejo del bar. Tenía el rostro alargado, el cabello áspero cayéndole sobre la
frente y llevaba dos días sin afeitarse. Pero seguía pareciendo un hombre
completamente inofensivo. Si iba bien vestido, ningún policía sospecharía de
él.
—De todos modos... imaginar que voy
a dejarte inconsciente... No puedo evitar reírme.
Shantanu también rio.
—Con los golpes que das, ni
siquiera me enteraría. Escucha. Tengo una especie de maza corta. Te la daré. Me
golpeas con fuerza suficiente para dejar una marca en la cabeza. Así, cuando
llegue el dueño, no sospechará de mí.
—Pero la policía te interrogará.
—Déjamelo a mí. ¿Crees que llevo
todos estos años perdiendo el tiempo? Tú solo ocúpate de sacar la mercancía.
Sudip lo pensó varias veces. Finalmente
aceptó. La parte que le correspondía del dinero era demasiado importante para
rechazarla. El plan de Shantanu resultó impecable. Y Sudip también preparó
cuidadosamente su parte. Todo salió con una facilidad sorprendente. Ahora solo
quedaba recorrer aquel último tramo de carretera... Como era lógico, la policía
rastrearía las llamadas del vigilante. Por eso todas las conversaciones con
Balaram se habían realizado desde el teléfono de Sudip. Incluso habían hablado
directamente entre ellos.
Después de cruzar el puente debía
continuar unos diez minutos más, girar a la derecha y llegar hasta un pequeño
restaurante. Allí lo estaría esperando Balaram. Subiría al automóvil y lo
guiaría hasta el destino final. Una vez cruzada la frontera, Sudip quedaría
libre. El resto sería responsabilidad de Balaram. Eso era lo acordado.
Aquella misma mañana Balaram había
vuelto a llamarlo para confirmar que todo estaba listo y que ya tenía preparado
el dinero.
Sudip empezaba a sentir calor. El
viejo coche apenas conseguía enfriar el interior. Quizá fuera culpa del aire
acondicionado. O quizá de la excitación. La verdad era que todo había salido
demasiado bien.
En cuanto levantó el arma, Shantanu
cayó al suelo como un muñeco.
Frente a él ya
aparecía el puesto de control.
Aunque circulaba dentro del límite
de velocidad, Sudip aflojó un poco más el acelerador. Respiró hondo. Vació
lentamente los pulmones. Después dibujó una ligera sonrisa en los labios. Lo
único que deseaba era que nadie advirtiera los violentos latidos de su corazón.
El oficial de policía tenía el
cabello muy ralo en la parte delantera de la cabeza. Tal vez por eso lucía un
espeso bigote, como si quisiera compensarlo. Sus ojos eran penetrantes. ¿Qué
estaba mirando con tanta atención? A Sudip. Al interior del automóvil. Otra vez
a Sudip. La matrícula. Por un instante el corazón dejó de latir.
El policía volvió a mirarlo.
—¿La licencia?
Tenía una voz áspera y poderosa.
Del nudillo del pulgar le sobresalían algunos pelos. Su expresión era tan
amarga que Sudip pensó, sin motivo alguno, que seguramente su mujer no le hacía
demasiado caso.
Entregó la documentación. El
policía apenas la observó unos segundos.
—Puede seguir.
—¿Ya?
—Sí, siga. El tiempo no parece
bueno. Conduzca con cuidado sobre el puente.
—¡Gracias, señor!
Sudip arrancó con un enorme suspiro
de alivio. Tenía ganas de ponerse a cantar. Lo peor ya había quedado atrás. Dentro
de apenas un par de horas tendría en las manos un grueso fajo de billetes.
Allí estaba la estación de
servicio. ¿Debía cargar combustible? No. Del otro lado del puente había otra. Lo
mejor era alejarse cuanto antes de la policía. Seguía sintiendo muchísimo
calor. Tal vez por eso le sorprendió que tampoco hubiera nadie en la estación. Bajó
un poco la ventanilla. ¿Se acercaba una tormenta? El aire estaba extrañamente
pesado. Entonces apareció el cartel.
"Bienvenido al puente
Kanchankanya."
Subió nuevamente el vidrio y
comenzó a cruzarlo. Apenas avanzó un poco volvió a bajarlo. Necesitaba aire. A
ambos lados solo había agua azul. Siempre que contemplaba una extensión de agua
tan inmensa sentía que la mente se serenaba. Cuanto más avanzaba, más agua
veía. Y, a lo lejos, las orillas cubiertas por una espesa vegetación. ¡Qué
lugar tan hermoso!
En medio de un paisaje semejante
resultaba casi absurdo pensar en robos, asesinatos y huidas. Sonrió para sí
mismo. Aunque el policía hubiera abierto el baúl, no habría encontrado nada. Todo
estaba perfectamente preparado. Las dos valijas solo contenían ropa y zapatos. Debajo
del falso fondo estaban ocultas las piezas de las costosas cámaras fotográficas
y los teléfonos móviles completamente nuevos. Del mismo modo que nadie habría
imaginado que, en la misma guantera de donde acababa de sacar la licencia,
también escondía una pequeña pistola... junto con los guantes.
No había utilizado la maza de
Shantanu. La había dejado en la tienda. Aquello sí era un arma auténtica. Pequeña.
Pero letal a corta distancia. Recordó la expresión de Shantanu cuando le apoyó
el cañón contra la cabeza. Los ojos parecían querer salírsele de las órbitas. Bastó
una ligera presión sobre el gatillo... Y todo terminó.
Convencer a Balaram de pagarle toda
la suma en efectivo tampoco le había resultado difícil.
Porque Sudip Samaddar... también
conocido como Alok Saha... o Mainak Majumdar... o Prasenjit Niyogi... utilizaba
distintas identidades según la ocasión. Precisamente la licencia que acababa de
mostrar pertenecía a ese último nombre. Qué suerte que Shantanu jamás hubiera
querido comprobar ninguno de sus documentos. Durante aquellos años, Sudip
también había aprendido mucho sobre el mundo del crimen. Y, sobre todo, había
aprendido a ocultar perfectamente quién era. Mucho mejor que Shantanu. Lo venía
haciendo desde su primer asesinato.
Un fuerte viento frío y húmedo
entraba por la ventanilla. No tenía ganas de cerrarla. Qué agradable era
aquella sensación. Qué paz. Sin darse cuenta empezó a cerrar los ojos.
Entonces...
¡Golpe!
El automóvil dio un violento
sacudón. Salió despedido unos metros. La cabeza de Sudip chocó contra el
parabrisas. Quedó completamente aturdido. ¿Se había activado algún sistema de
seguridad? ¿La alarma? ¿El airbag? ¿Contra qué había golpeado? La carretera
estaba completamente vacía. No había absolutamente nada. Sacudió la cabeza. Seguramente
había imaginado el impacto. Tal vez el problema fuera el viejo coche. No
debería haber conducido tan rápido. Giró la llave. El motor arrancó sin
dificultad.
Esta vez siguió avanzando con mucha
más prudencia. No tenía sentido sufrir un accidente por culpa de la velocidad. Aunque...
Parecía que una rueda rozaba el suelo. Volvió a disminuir la marcha. Naturalmente
tardó mucho más en llegar al otro extremo del puente. Al bajar respiró
aliviado. Ya no le importaba el paisaje. Solo quería terminar el trabajo. Con
el estado en que estaba aquel coche, bastaría una avería para arruinarlo todo. Entonces
vio la estación de servicio. ¿Estaba tan cerca? ¿O la habían construido hacía
poco? No recordaba haberla visto. Se bajó para revisar el neumático.
Otra vez no había nadie. Seguramente
todos estarían almorzando. Cambió él mismo la rueda. Pero ya no le quedaba
neumático de repuesto. Y ahora que lo observaba con atención, los otros tampoco
parecían encontrarse en muy buen estado. Si pinchaba uno más...
Sacudió la cabeza. Era inútil
preocuparse. Subió otra vez al automóvil y siguió adelante. De pronto frunció
el ceño. ¿Había otro puente por allí? Abajo volvía a extenderse aquella inmensa
superficie de agua azul. Ahora recordaba vagamente que sí... Quizá siempre
hubiera estado allí. Hacía tantos años que no pasaba por aquella carretera. Este
puente también era bastante largo. Cuando llegó aproximadamente a la mitad sacó
el teléfono para mirar la hora.
La batería estaba completamente
descargada. Maldijo. Ni siquiera podía cargarlo. El enchufe del coche tampoco
funcionaba. Tendría que esperar hasta la próxima estación de servicio. Qué
puente tan largo. Mucho más largo que el Kanchankanya. Claro que entonces había
ido mucho más deprisa. Por fin terminó. A lo lejos distinguió el cartel rojo de
otra estación. Apenas descendió del coche volvió a sentir un calor
insoportable. ¿Todas las estaciones de servicio de aquella región tenían
puertas de vidrio con un marco blanco? ¿Todas permanecían cerradas? ¿En todas
aparecía escrito, con pintura roja y letras torcidas, S0J 2K0? ¿Y en
todas había, delante de la puerta, un trozo de tubería rota? No había un alma. Por
alguna razón sintió un miedo irracional de entrar. Retrocedió lentamente. Volvió
al automóvil. Cerró la puerta. Cuando giró la llave comprobó que tenía la
espalda empapada en sudor. Ya faltaba muy poco. No necesitaba el teléfono. Recordaba
perfectamente las indicaciones. Diez minutos más. Luego girar a la derecha. Seiscientos
metros. La calle junto al edificio naranja de dos plantas...
Pasaron diez minutos. Miró
desesperadamente hacia la derecha. No había ninguna carretera. Solo bosque. Ni
siquiera un sendero. Pero delante de él sí había algo. Un enorme puente blanco.
Debajo brillaba otra vez el agua azul. Pisó el freno. El coche no respondió. Ya
no parecía obedecerle. Entró en el puente exactamente a la misma velocidad. Entonces
alcanzó a leer el cartel del acceso. En grandes letras decía:
"Bienvenido al puente
Kanchankanya."
La policía no tuvo ninguna
dificultad para recuperar la mercancía robada del automóvil. Tampoco le costó
relacionar la pistola encontrada en poder de Sudip con el asesinato cometido el
día anterior en la gran tienda de Midnapore. Lo que jamás consiguió explicar
fue otra cosa.
¿Por qué aquel hombre permaneció
conduciendo una y otra vez sobre el mismo puente durante todo un día y una
noche... hasta que, al amanecer, decidió quitarse la vida?
Anushtup Sett es una escritora,
traductora y editora bengalí. Cultiva principalmente la ciencia ficción, la
fantasía, el thriller y el terror, géneros en los que ha publicado novelas y
relatos. También ha traducido al bengalí obras de destacados autores
internacionales de literatura fantástica y de ciencia ficción y ha participado
en la edición de antologías dedicadas a Arthur C. Clarke. Colabora regularmente
con revistas literarias de su país y su obra abarca desde el policial hasta la
ficción especulativa contemporánea.
