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lunes, 24 de agosto de 2026

CAPUCHINO EN MONTMARTRE

Milica Lilić

 

El día era espléndido. Aunque el verano ya había comenzado, todavía no hacía demasiado calor. Dos escritoras salieron a caminar con la intención de tomar un capuchino en Montmartre.

Charlaban de esto y de aquello, de acuerdo en que la vida es mucho más compleja de lo que parece a simple vista. El ser humano tiene la facultad de percibir esos hilos invisibles que lo unen con algo eterno e imperecedero, pero el modo de vida contemporáneo reprime esa facultad y lo reduce a la mera funcionalidad. Aunque todo en su interior se resista, a menudo se ve obligado a comportarse como un mecanismo carente de emociones.

Una de ellas vivía en París, aunque había conservado en su interior los rasgos de su pueblo y creía en sus leyendas. También tenía su propia leyenda. Creía haberla hecho realidad. La otra sentía que estaba viviendo la suya en ese preciso momento, que se le había concedido compartir el amor con personas semejantes a ella y vincular, mediante su trabajo, a seres de distintas naciones y culturas.

La mayor provenía de una familia pobre y numerosa. De algún modo había logrado salir adelante, educarse y construir una vida en la Ciudad Luz junto a un marido francés. Comenzó a escribir a una edad avanzada; en realidad, como persona introvertida, había llevado un diario durante toda su vida y escrito acerca de su intensísimo mundo interior.

Deseaba fervientemente ser poeta. Escribía poesía, pero no tuvo una buena acogida. Además, era muy atractiva y llamaba la atención dondequiera que apareciese. Sin embargo, nadie mostró un interés serio por sus creaciones.

Al adquirir experiencia y confianza en sí misma, se volcó a la prosa, y su sensibilidad lírica dio frutos. Sus novelas, colmadas de pasajes líricos y reflexivos, por fin le proporcionaron aquella alegría tardía, auténtica y tan anhelada, además de cierto renombre.

La más joven también había atravesado duros combates en la vida, pero había alcanzado un gran reconocimiento social. Era celebrada y respetada. Sin embargo, en el fondo era una persona muy sencilla, llena de amor y empatía. Sabía que los seres humanos se comunican en el plano de los sentimientos y así salía a su encuentro. Llena de dulzura, llevaba ese amor en el rostro, en los ojos, aunque la vida le había advertido seriamente muchas veces que muchos no merecían su confianza ni su franqueza, ni que invirtiera tanto en ellos. Pero a ella no le importaba.

Observó que las personas que se cruzaban con ellas le sonreían: hombres, mujeres y niños. Aquello la sorprendió mucho en ese mundo occidental del que se decía que era frío. En el metro había ocurrido lo mismo. La gente sencillamente la miraba con simpatía.

Salieron del metro y se acercaron a una calle bulliciosa, colmada de un abigarrado tumulto.

La mayor hablaba de los grandes artistas franceses que habían pintado allí y disfrutado de la exuberancia de la vida. Un hombre joven venía hacia ellas y, de pronto, fijó la mirada en los ojos de la más joven. Ellas siguieron de largo, pero luego oyeron pasos apresurados a sus espaldas. Él corría tras ellas y repetía:

—¿Quién es ella? ¿Quién es ella?

Tenía una mano apoyada sobre el corazón, que le latía con rapidez.

Las alcanzó y se arrodilló ante ella.

—Por favor, dígame quién es usted. La conozco de algún lugar. ¡El corazón se me quiere salir del pecho! Por alguna razón, me ha conmovido profundamente.

La escena era bastante melodramática, como en las telenovelas actuales.

Ella sonrió y, sin comprender lo que él decía, le indicó que se pusiera de pie.

La dama mayor reaccionó con rapidez y dijo:

—Tiene el honor de conocer a una poeta extranjera muy importante y famosa en todo el mundo.

El hombre tomó en silencio la mano de la poeta y se la llevó al corazón, que latía con fuerza.

A todos los que contemplan la vida de manera racional, aquella escena les habría resultado lacrimógena y ridícula. Sin embargo, ella siempre concedía importancia a lo que sentimos al encontrarnos con los demás, y a menudo esa sensación la informaba de manera infalible. A veces la desoía y más tarde se lo reprochaba seriamente, porque la experiencia posterior confirmaba el indiscutible valor diagnóstico de la primera impresión.

También ella lo miró fijamente a los ojos durante un instante y preguntó:

—¿Y usted quién es?

—Por desgracia, todavía soy un poeta libanés desconocido y sin reconocimiento. Trabajo aquí para reunir el dinero necesario para imprimir mi primer libro...

Después, el capuchino les sentó de maravilla en el soleado Montmartre.

Las conversaciones acerca de vidas pasadas y de la transmigración de las almas conferían a aquel París eterno esa dosis de misticismo que escapa a los ojos de los transeúntes apresurados y que los artistas llevan consigo unas veces como una maldición y otras como un don de la vida.

Apenas unos meses más tarde, la poeta recibió la noticia de que había obtenido el primer premio de creatividad en un concurso celebrado en el Líbano. Aquel capuchino había sido, en verdad, inolvidable. 

Milica Jeftimijević Lilić nació el 28 de agosto de 1953 en Lovac, cerca de Banjska, en la región de Kosovo y Metohija. Se graduó en 1977 en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Pristina, en el Departamento de Lengua y Literatura Yugoslava. Posteriormente, en 1995, obtuvo su maestría en Ciencias Filológicas en la Universidad de Belgrado bajo la mentoría del profesor Slobodan Ž. Marković. Milica ha tenido una activa carrera tanto en la docencia como en los medios de comunicación y la gestión cultural. Pero además es una autora prolífica que abarca la poesía, la prosa, la crítica literaria y la literatura infantil. Sus poemas y críticas han sido traducidos a más de treinta idiomas (incluyendo italiano, francés, inglés, ruso y árabe). Entre sus libros más destacados se encuentran: Siže slučaja (2002), Oči u oči sa sudbinom (2015) y Skriveno u sjaju očiju (2019).

 

miércoles, 15 de julio de 2026

EL DOLOR VIVO DEL ALMA

Milica Lilić

 

—¡San… sangre… hay sangre por todas partes! —gritó la pequeña Magdalena al despertar bruscamente de su sueño, profundamente aterrorizada.

Su madre la tomó en brazos e intentó tranquilizarla, explicándole que solo había sido un sueño y que todo estaba bien. Pero la niña lloraba cada vez con más fuerza y llamaba a su padre.

Él la estrechó con ternura contra su pecho y la calmó. Solía llevarla a su estudio. Caminaba lentamente con ella en brazos y, cuando llegaba al lugar donde estaba la fotografía de su infancia en la que aparecía junto a su hermana pequeña, la niña se serenaba de inmediato. Él había advertido ese efecto y, casi sin darse cuenta, siempre terminaba llevándola hacia ese rincón. En una ocasión, cuando aún era muy pequeña, señaló con el dedo la imagen de la niña y dijo:

—La pequeña Nena.

Así se llamaba a sí misma cuando todavía no podía pronunciar su nombre completo.

Cuando finalmente se quedó dormida, ya tranquila, sus padres regresaron a la cama sin darle demasiada importancia al episodio. Magdalena era una niña alegre. Crecía y se desarrollaba normalmente, sin traumas aparentes. Durante el embarazo, su madre había gozado de buena salud y buen ánimo. El parto había transcurrido sin complicaciones y todo hacía pensar que la niña crecería serenamente, sin tensiones, rodeada del cariño de unos padres que se querían y vivían en armonía.

Sin embargo, aquel sueño en el que veía constantemente sangre comenzó a repetirse. Siempre que pronunciaba la palabra «sangre», añadía alguna otra que desconcertaba a sus preocupados padres. A medida que fue creciendo empezó a encerrarse en sí misma y en su rostro apareció una expresión de profunda melancolía impropia de una niña.

Sus padres decidieron consultar a un psicólogo. Sin embargo, ni conversando con Magdalena ni hablando con ellos, el especialista consiguió descubrir nada. Mientras tanto, la niña se hundía cada vez más en sueños todavía más espantosos. En algunos de ellos veía un uniforme; incluso recordaba alguna palabra aislada que escuchaba, aunque nunca lograba reconstruir el conjunto. Sus padres estaban desesperados y se preguntaban cómo ayudar a su pequeña.

Se acercaba su sexto cumpleaños. Magdalena estaba muy ilusionada y había invitado a sus compañeros del jardín de infancia. Había que comprarle un vestido para una ocasión tan importante. Recorrieron varias tiendas hasta encontrar el que más le gustó. Regresaron a casa felices de verla tan contenta y de poder cumplir uno de sus deseos.

La niña se puso el vestido y se contempló satisfecha en el espejo. De pronto lanzó un grito.

—¡Ahí vienen! ¡Me van a despedazar! —Corrió aterrorizada hacia su madre, que la miraba estupefacta—. ¡No dejaré que te hagan daño, mamá! ¡No tengas miedo!

Pero aquella terrible palabra, «despedazar», quedó grabada como un hierro candente en el corazón de la madre.

«¿Dónde habrá oído esa palabra?», se preguntaba cada vez más angustiada.

La abrazó con fuerza, animándola a que dijera algo más. Pero Magdalena permaneció en silencio.

Aquella noche se acostaron temprano. La madre, agotada, se quedó dormida apenas oyó que la respiración de su hija se volvía tranquila y acompasada.

Pasado un tiempo, un grito desgarrador volvió a despertarla.

—¡Auxilio!

Después llegaron largos sollozos que demostraban hasta qué punto aquel sueño había sido doloroso.

Los padres regresaron al psicólogo con la esperanza de que pudiera ayudar a la niña a olvidar aquellas pesadillas y dejar de sufrir.

Preocupada por todo lo que estaba ocurriendo, llegó la abuela. Procuraba contarle historias de todo tipo con la esperanza de que nuevos recuerdos desplazaran aquellas imágenes aterradoras.

El psicólogo sugirió administrar a la niña una medicación suave. Los padres vacilaron durante mucho tiempo y finalmente decidieron seguir su consejo.

La abuela no dijo nada. Solo comentó que antes intentaría hacer algo por su cuenta.

Los padres se miraron en silencio.

Al día siguiente propuso llevar a la niña al zoológico para distraerla un poco.

Aquella noche fue ella quien acostó a su nieta. Mientras la ayudaba a dormirse le contó historias que parecían agradarle mucho. Los padres no sabían de qué hablaban aquellas dos y permanecieron en silencio, cada uno absorto en sus propios pensamientos.

Después de preparar a Magdalena para dormir, la abuela se acostó a su lado.

—Ahora tú y yo vamos a conversar un ratito en secreto. ¿Te parece bien?

Magdalena la miró sorprendida.

—Sí —respondió. Tal vez ni siquiera comprendía del todo qué significaba aquello.

—Lo que vamos a hablar no debe saberlo nadie más que nosotras dos. ¿De acuerdo? —La niña asintió con la cabeza—. En realidad, nunca hay que ocultarles nada a mamá y a papá. Pero esto será nuestro pequeño secreto solo durante unos días. La abuela tiene una solución para tus sueños tan feos. Pero si se lo cuentas a ellos, no funcionará.

Magdalena permaneció inmóvil unos instantes.

—¿De verdad puedes ayudarme, abuela? —preguntó con desconfianza.

—Sí. Bueno... en realidad no yo, sino una amiga mía. Mañana iremos a verla. Solo lo sabremos nosotras dos.

Y le guiñó un ojo con aire cómplice.

—¿Entonces no iremos al zoológico? —preguntó la niña con tristeza.

—Claro que iremos. Pero primero haremos una visita.

—Abuelita, ¡qué bueno que hayas venido!

El sueño fue apoderándose poco a poco de Magdalena y, por fortuna, aquella noche no hubo ningún despertar acompañado de gritos.

A la mañana siguiente, Magdalena apuraba impaciente a su abuela para que salieran hacia el zoológico, como repetía una y otra vez.

Emprendieron el camino. Mientras iban hacia la parada de taxis, la abuela le contó que ella también había tenido pesadillas cuando era niña y que, igual que ahora, su propia abuela la había llevado a visitar a una señora con la que había jugado. Aquella señora tenía un fuego y arrojó algo a las llamas. El fuego quemó todos sus malos sueños.

—Eso mismo hará esta señora con los tuyos. Quemará tus sueños horribles y nunca más volverás a soñar cosas feas.

Magdalena abrazó a su abuela llena de alegría.

El taxi las dejó frente a una casa baja, rodeada por un hermoso jardín repleto de flores. Al verlas llegar, una anciana saludó afectuosamente a la abuela y le dijo a la niña:

—De aquí saldrás corriendo, alegre y llena de vida. —Aquella expresión fascinó a Magdalena, porque nunca antes la había oído—. Y nunca volverás a tener un mal sueño —añadió la mujer.

Eso le gustó todavía más.

Dentro de la casa, los muebles eran antiguos, pero todo resultaba acogedor. En un rincón había una estufa que irradiaba un calor muy agradable. La niña se acercó para calentarse las manos y mostró cómo enseguida se le habían puesto coloradas.

Mientras las dos ancianas conversaban, ella observaba con curiosidad todo cuanto la rodeaba. Le sirvieron una taza de té y la bebió con ellas.

Al cabo de un rato, la anciana se levantó, abrió un cajón, sacó una vieja cuchara de latón reluciente y preparó un pequeño recipiente con agua. Abrió la estufa y colocó sobre el fuego la cuchara, que contenía un líquido brillante, mientras murmuraba algo en voz muy baja, como si hablara con las llamas.

Magdalena seguía atentamente cada uno de sus movimientos.

De pronto, vertió de golpe el metal fundido dentro del agua. Se oyó un extraño chisporroteo y el plomo que había derretido adquirió de inmediato la forma de una figura retorcida y extraña.

Luego la anciana susurró unas palabras a la abuela. Después dio a Magdalena un poco de agua del recipiente para que la bebiera, le lavó el rostro y le dijo:

—He quemado todos tus miedos y todos tus malos sueños. A partir de ahora solo soñarás con tus amigos y volverás a ser una niña alegre.

La abuela estaba profundamente emocionada. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero estaba convencida de haber ayudado a su nieta.

Cuando salieron de la casa, Magdalena dio unas palmadas y preguntó:

—¿Les diremos a mamá y a papá que esa señora quemó mis sueños horribles? ¿O todavía tenemos que guardar el secreto?

La abuela la abrazó.

—Ya no hace falta. Todo lo malo terminó.

Después pasearon por el zoológico y la niña estaba radiante de felicidad.

Apenas llegaron a casa, gritó desde la puerta:

—¡La abuela mató a esos alemanes que me mataron a mí mientras dormía!

Sus padres se miraron desconcertados.

—Ya no tendrá más pesadillas —explicó la abuela—. La llevé a ver a una anciana que le hizo un ritual con plomo fundido. No sabía si ustedes me lo habrían permitido y por eso no les dije nada.

—¿Qué alemanes? —preguntó el padre, confundido.

—¡Los que me despedazaron! —gritó Magdalena con rabia.

El padre se desplomó en un sillón.

La abuela, observándolo con sorpresa, dijo:

—Esa mujer me contó algo muy extraño. Dice que, al mirar la figura formada por el plomo, vio que la niña había heredado un miedo perteneciente a alguien que quizá fue asesinado en el pasado y que ese recuerdo se manifiesta ahora en sus sueños. Según ella, esa alma todavía no ha encontrado la paz.

El padre palideció. Se llevó una mano al pecho y pidió agua. Le acercaron agua y azúcar y apenas lograron calmarlo.

Tras un largo silencio, susurró:

—Mi hermana Neveka fue masacrada cuando era niña, exactamente a esta edad. ¿Será posible que ese horror se esté manifestando en los sueños de nuestra hija? Mañana mismo iremos a la iglesia para que celebren un responso por el descanso de su alma.

—Ya no va a volver, no te preocupes, papá. Esa abuela mató a los alemanes. Los quemó a todos en el fuego y ellos gritaron porque les dolía muchísimo.

Dicho esto, Magdalena salió corriendo de la habitación, alegre y llena de vida.

Milica Jeftimijević Lilić nació el 28 de agosto de 1953 en Lovac, cerca de Banjska, en la región de Kosovo y Metohija. Se graduó en 1977 en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Pristina, en el Departamento de Lengua y Literatura Yugoslava. Posteriormente, en 1995, obtuvo su maestría en Ciencias Filológicas en la Universidad de Belgrado bajo la mentoría del profesor Slobodan Ž. Marković. Milica ha tenido una activa carrera tanto en la docencia como en los medios de comunicación y la gestión cultural. Pero además es una autora prolífica que abarca la poesía, la prosa, la crítica literaria y la literatura infantil. Sus poemas y críticas han sido traducidos a más de treinta idiomas (incluyendo italiano, francés, inglés, ruso y árabe). Entre sus libros más destacados se encuentran: Siže slučaja (2002), Oči u oči sa sudbinom (2015) y Skriveno u sjaju očiju (2019).

 

SIN FRENO