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miércoles, 15 de julio de 2026

EL DOLOR VIVO DEL ALMA

Milica Lilić

 

—¡San… sangre… hay sangre por todas partes! —gritó la pequeña Magdalena al despertar bruscamente de su sueño, profundamente aterrorizada.

Su madre la tomó en brazos e intentó tranquilizarla, explicándole que solo había sido un sueño y que todo estaba bien. Pero la niña lloraba cada vez con más fuerza y llamaba a su padre.

Él la estrechó con ternura contra su pecho y la calmó. Solía llevarla a su estudio. Caminaba lentamente con ella en brazos y, cuando llegaba al lugar donde estaba la fotografía de su infancia en la que aparecía junto a su hermana pequeña, la niña se serenaba de inmediato. Él había advertido ese efecto y, casi sin darse cuenta, siempre terminaba llevándola hacia ese rincón. En una ocasión, cuando aún era muy pequeña, señaló con el dedo la imagen de la niña y dijo:

—La pequeña Nena.

Así se llamaba a sí misma cuando todavía no podía pronunciar su nombre completo.

Cuando finalmente se quedó dormida, ya tranquila, sus padres regresaron a la cama sin darle demasiada importancia al episodio. Magdalena era una niña alegre. Crecía y se desarrollaba normalmente, sin traumas aparentes. Durante el embarazo, su madre había gozado de buena salud y buen ánimo. El parto había transcurrido sin complicaciones y todo hacía pensar que la niña crecería serenamente, sin tensiones, rodeada del cariño de unos padres que se querían y vivían en armonía.

Sin embargo, aquel sueño en el que veía constantemente sangre comenzó a repetirse. Siempre que pronunciaba la palabra «sangre», añadía alguna otra que desconcertaba a sus preocupados padres. A medida que fue creciendo empezó a encerrarse en sí misma y en su rostro apareció una expresión de profunda melancolía impropia de una niña.

Sus padres decidieron consultar a un psicólogo. Sin embargo, ni conversando con Magdalena ni hablando con ellos, el especialista consiguió descubrir nada. Mientras tanto, la niña se hundía cada vez más en sueños todavía más espantosos. En algunos de ellos veía un uniforme; incluso recordaba alguna palabra aislada que escuchaba, aunque nunca lograba reconstruir el conjunto. Sus padres estaban desesperados y se preguntaban cómo ayudar a su pequeña.

Se acercaba su sexto cumpleaños. Magdalena estaba muy ilusionada y había invitado a sus compañeros del jardín de infancia. Había que comprarle un vestido para una ocasión tan importante. Recorrieron varias tiendas hasta encontrar el que más le gustó. Regresaron a casa felices de verla tan contenta y de poder cumplir uno de sus deseos.

La niña se puso el vestido y se contempló satisfecha en el espejo. De pronto lanzó un grito.

—¡Ahí vienen! ¡Me van a despedazar! —Corrió aterrorizada hacia su madre, que la miraba estupefacta—. ¡No dejaré que te hagan daño, mamá! ¡No tengas miedo!

Pero aquella terrible palabra, «despedazar», quedó grabada como un hierro candente en el corazón de la madre.

«¿Dónde habrá oído esa palabra?», se preguntaba cada vez más angustiada.

La abrazó con fuerza, animándola a que dijera algo más. Pero Magdalena permaneció en silencio.

Aquella noche se acostaron temprano. La madre, agotada, se quedó dormida apenas oyó que la respiración de su hija se volvía tranquila y acompasada.

Pasado un tiempo, un grito desgarrador volvió a despertarla.

—¡Auxilio!

Después llegaron largos sollozos que demostraban hasta qué punto aquel sueño había sido doloroso.

Los padres regresaron al psicólogo con la esperanza de que pudiera ayudar a la niña a olvidar aquellas pesadillas y dejar de sufrir.

Preocupada por todo lo que estaba ocurriendo, llegó la abuela. Procuraba contarle historias de todo tipo con la esperanza de que nuevos recuerdos desplazaran aquellas imágenes aterradoras.

El psicólogo sugirió administrar a la niña una medicación suave. Los padres vacilaron durante mucho tiempo y finalmente decidieron seguir su consejo.

La abuela no dijo nada. Solo comentó que antes intentaría hacer algo por su cuenta.

Los padres se miraron en silencio.

Al día siguiente propuso llevar a la niña al zoológico para distraerla un poco.

Aquella noche fue ella quien acostó a su nieta. Mientras la ayudaba a dormirse le contó historias que parecían agradarle mucho. Los padres no sabían de qué hablaban aquellas dos y permanecieron en silencio, cada uno absorto en sus propios pensamientos.

Después de preparar a Magdalena para dormir, la abuela se acostó a su lado.

—Ahora tú y yo vamos a conversar un ratito en secreto. ¿Te parece bien?

Magdalena la miró sorprendida.

—Sí —respondió. Tal vez ni siquiera comprendía del todo qué significaba aquello.

—Lo que vamos a hablar no debe saberlo nadie más que nosotras dos. ¿De acuerdo? —La niña asintió con la cabeza—. En realidad, nunca hay que ocultarles nada a mamá y a papá. Pero esto será nuestro pequeño secreto solo durante unos días. La abuela tiene una solución para tus sueños tan feos. Pero si se lo cuentas a ellos, no funcionará.

Magdalena permaneció inmóvil unos instantes.

—¿De verdad puedes ayudarme, abuela? —preguntó con desconfianza.

—Sí. Bueno... en realidad no yo, sino una amiga mía. Mañana iremos a verla. Solo lo sabremos nosotras dos.

Y le guiñó un ojo con aire cómplice.

—¿Entonces no iremos al zoológico? —preguntó la niña con tristeza.

—Claro que iremos. Pero primero haremos una visita.

—Abuelita, ¡qué bueno que hayas venido!

El sueño fue apoderándose poco a poco de Magdalena y, por fortuna, aquella noche no hubo ningún despertar acompañado de gritos.

A la mañana siguiente, Magdalena apuraba impaciente a su abuela para que salieran hacia el zoológico, como repetía una y otra vez.

Emprendieron el camino. Mientras iban hacia la parada de taxis, la abuela le contó que ella también había tenido pesadillas cuando era niña y que, igual que ahora, su propia abuela la había llevado a visitar a una señora con la que había jugado. Aquella señora tenía un fuego y arrojó algo a las llamas. El fuego quemó todos sus malos sueños.

—Eso mismo hará esta señora con los tuyos. Quemará tus sueños horribles y nunca más volverás a soñar cosas feas.

Magdalena abrazó a su abuela llena de alegría.

El taxi las dejó frente a una casa baja, rodeada por un hermoso jardín repleto de flores. Al verlas llegar, una anciana saludó afectuosamente a la abuela y le dijo a la niña:

—De aquí saldrás corriendo, alegre y llena de vida. —Aquella expresión fascinó a Magdalena, porque nunca antes la había oído—. Y nunca volverás a tener un mal sueño —añadió la mujer.

Eso le gustó todavía más.

Dentro de la casa, los muebles eran antiguos, pero todo resultaba acogedor. En un rincón había una estufa que irradiaba un calor muy agradable. La niña se acercó para calentarse las manos y mostró cómo enseguida se le habían puesto coloradas.

Mientras las dos ancianas conversaban, ella observaba con curiosidad todo cuanto la rodeaba. Le sirvieron una taza de té y la bebió con ellas.

Al cabo de un rato, la anciana se levantó, abrió un cajón, sacó una vieja cuchara de latón reluciente y preparó un pequeño recipiente con agua. Abrió la estufa y colocó sobre el fuego la cuchara, que contenía un líquido brillante, mientras murmuraba algo en voz muy baja, como si hablara con las llamas.

Magdalena seguía atentamente cada uno de sus movimientos.

De pronto, vertió de golpe el metal fundido dentro del agua. Se oyó un extraño chisporroteo y el plomo que había derretido adquirió de inmediato la forma de una figura retorcida y extraña.

Luego la anciana susurró unas palabras a la abuela. Después dio a Magdalena un poco de agua del recipiente para que la bebiera, le lavó el rostro y le dijo:

—He quemado todos tus miedos y todos tus malos sueños. A partir de ahora solo soñarás con tus amigos y volverás a ser una niña alegre.

La abuela estaba profundamente emocionada. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero estaba convencida de haber ayudado a su nieta.

Cuando salieron de la casa, Magdalena dio unas palmadas y preguntó:

—¿Les diremos a mamá y a papá que esa señora quemó mis sueños horribles? ¿O todavía tenemos que guardar el secreto?

La abuela la abrazó.

—Ya no hace falta. Todo lo malo terminó.

Después pasearon por el zoológico y la niña estaba radiante de felicidad.

Apenas llegaron a casa, gritó desde la puerta:

—¡La abuela mató a esos alemanes que me mataron a mí mientras dormía!

Sus padres se miraron desconcertados.

—Ya no tendrá más pesadillas —explicó la abuela—. La llevé a ver a una anciana que le hizo un ritual con plomo fundido. No sabía si ustedes me lo habrían permitido y por eso no les dije nada.

—¿Qué alemanes? —preguntó el padre, confundido.

—¡Los que me despedazaron! —gritó Magdalena con rabia.

El padre se desplomó en un sillón.

La abuela, observándolo con sorpresa, dijo:

—Esa mujer me contó algo muy extraño. Dice que, al mirar la figura formada por el plomo, vio que la niña había heredado un miedo perteneciente a alguien que quizá fue asesinado en el pasado y que ese recuerdo se manifiesta ahora en sus sueños. Según ella, esa alma todavía no ha encontrado la paz.

El padre palideció. Se llevó una mano al pecho y pidió agua. Le acercaron agua y azúcar y apenas lograron calmarlo.

Tras un largo silencio, susurró:

—Mi hermana Neveka fue masacrada cuando era niña, exactamente a esta edad. ¿Será posible que ese horror se esté manifestando en los sueños de nuestra hija? Mañana mismo iremos a la iglesia para que celebren un responso por el descanso de su alma.

—Ya no va a volver, no te preocupes, papá. Esa abuela mató a los alemanes. Los quemó a todos en el fuego y ellos gritaron porque les dolía muchísimo.

Dicho esto, Magdalena salió corriendo de la habitación, alegre y llena de vida.

Milica Jeftimijević Lilić nació el 28 de agosto de 1953 en Lovac, cerca de Banjska, en la región de Kosovo y Metohija. Se graduó en 1977 en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Pristina, en el Departamento de Lengua y Literatura Yugoslava. Posteriormente, en 1995, obtuvo su maestría en Ciencias Filológicas en la Universidad de Belgrado bajo la mentoría del profesor Slobodan Ž. Marković. Milica ha tenido una activa carrera tanto en la docencia como en los medios de comunicación y la gestión cultural. Pero además es una autora prolífica que abarca la poesía, la prosa, la crítica literaria y la literatura infantil. Sus poemas y críticas han sido traducidos a más de treinta idiomas (incluyendo italiano, francés, inglés, ruso y árabe). Entre sus libros más destacados se encuentran: Siže slučaja (2002), Oči u oči sa sudbinom (2015) y Skriveno u sjaju očiju (2019).

 

EL DOLOR VIVO DEL ALMA