Elizabeth Ryske
La
señora Marité jamás revelaría su verdadera edad, la coquetería era lo primero
en su vida. Nosotros, sus vecinos, podíamos tener una vaga idea de los años de
la dama porque su hijo, muy simpático y muuuuuuyyyyyy sociable, el año pasado tuvo
la gentileza de invitarnos a la fiesta en la que celebró su sexagésimo
cumpleaños, de tal modo que su madre debería estar transitando, seguramente, la
octava década.
Solíamos verla bajar de su
departamento de la calle Larrea para tomar un taxi, y regresar cargada de
paquetes y bolsas con los logos de las tiendas más exclusivas de Buenos Aires. Nunca
dejaba de saludarnos a mí y a las nenas, con una estudiada cortesía que incluía
una sonrisa pequeña, un gesto casi imperceptible, que demostraba su don de
gentes pero también dejaba en claro que no sentía precisamente una gran alegría
al vernos. Nuestro departamento estaba justo debajo del suyo, y el bullicio
propio de tres niñas en edad escolar no le era muy grato, aunque el mayor problema
era el piano y las intensas batallas que las chicas libraban con los ejercicios
de Czerny y las sonatinas de Clementi, por no hablar de sus fallidos intentos
con algunas pequeñas obras de Bach o de Mozart. Cada tanto la señora Marité me
llamaba por teléfono para recordarme con gran amabilidad que las 8 de la noche
era un muy buen horario para que las nenas dejaran su práctica musical y
cenaran, siempre haciendo hincapié en el bienestar de las chicas, y en la
cantidad de horas de sueño necesarias para un buen rendimiento escolar,
elogiando exageradamente la educación bilingüe y de doble jornada que yo les
daba “a pesar de las circunstancias”. Esa frase suya era la sutil manera de
censurar mi estilo de vida, que incluía dos divorcios y un novio muy buen mozo,
que era el baterista de la banda de jazz en la que yo cantaba.
Justamente, regresábamos juntos una
helada noche de viernes, al término de una extraordinaria “session” en San
Telmo, cuando encontramos un cordón policial que impedía el ingreso al
edificio. La presencia de patrulleros y ambulancias me paralizó el corazón. Las
nenas estaban solas en el departamento con la supervisión de Martina, una
estudiante de psicología de veintiún años que venía a quedarse con ellas cuando
yo salía. Generalmente se apoltronaban en el enorme sofá del living y miraban
películas de Disney comiendo pochoclo, y a mi regreso solía encontrar a las
cuatro dormidas en el sillón. El despliegue policial me asustó, y en pocos
segundos mi imaginación ya había calculado decenas de posibles tragedias. Mientras
que un oficial no nos permitía el paso, mi desesperación no me dejaba encontrar
la billetera para mostrar el documento de identidad que acreditaba que yo vivía
allí. Por suerte, el encargado del edificio me vio y pegó el grito: “la señora
vive acá, tiene tres nenas que están con la niñera”.
Tuvimos que entrar por la puerta de
servicio. Por la principal era imposible, había varios periodistas de la
televisión con sus cámaras y equipos, y estaba ingresando un montón de
personas: policías, médicos, gente con rostros preocupados… Nunca en mi vida
había sentido tanto miedo, pero Eduardo, el encargado, nos tranquilizó diciendo
que las chicas y Martina estaban bien, se sorprendió de que no las hubiéramos
visto asomadas al balcón, mirando los sucesos con la misma intriga que el resto
de los vecinos.
Al entrar al departamento descubrimos
que las cuatro, lejos de estar asustadas, no podían contener la excitación y
las ganas de contarnos los acontecimientos. Era imposible entender lo que
decían, hablaban todas al mismo tiempo y tardamos un buen rato en descifrar su
relato: un ladrón había logrado entrar al edificio y escabullirse en el
departamento de la señora Marité, que estaba comenzando su ritual nocturno de
belleza, ese que muchas veces nos había comentado en la previa de las reuniones
de consorcio, cuando las (hipócritas) vecinas le preguntaban cuál era el truco
para mantenerse siempre tan joven y bella, y muy complacida nos contaba que su
secreto consistía en la aplicación diaria de una máscara facial que minimizaba las
arrugas, una crema verdosa que extendía por todo su rostro dejando libres sólo
los párpados, sobre los cuales pondría rodajas de pepino justo en el momento de
acostarse. También usaba ruleros para mantener impecable su peinado, y una redecilla
sobre éstos para mantenerlos en su lugar.
Fue entonces cuando oyó algunos
ruidos y pensó que lo mejor era esconderse, que “el ladrón se llevara lo que
quisiera”, pero que no le hiciera daño a ella. No tuvo mejor idea que tirar
algunas ropas al piso del placar y sentarse sobre ellas, rogando que el ladrón
se fuera lo antes posible.
El pobre hombre (siiiiiiii, el “pobre
hombre”) se dejó vencer por la codicia: no conforme con los objetos de plata
que había encontrado en la sala, con las valiosas joyas y los relojes de marca que
halló en los cajones del escritorio, no conforme con su importante botín pensó
que además debía haber dinero en efectivo, dólares tal vez, y empezó a revisar
en vano toda la habitación, hasta que de repente abrió el placar y allí la
encontró a ella, sentadita , con su rostro verde, la bata blanca, las manos
unidas sobre el pecho apretando el rosario que rezaba con fervor, iluminada por
la luz cenital que se encendía automáticamente al abrir las puertas del
armario, y los dos gritaron de terror, pero él cayó hacia atrás y permaneció
inmóvil. La señora Marité esperó un poco y al ver que nada sucedía se atrevió a
levantarse y salir de su escondite. Encendió las luces del cuarto y miró detenidamente
al ladrón, sin saber qué hacer. Antes de llamar a su hijo lo llamó a Eduardo, el
encargado, que constató que el ladrón estaba muerto y llamó a la policía … y la
policía trajo a los forenses, que trajeron a los fiscales … porque había que
tener pruebas de que el pobre hombre en verdad sufrió un infarto, que no tenía
heridas de bala ni de arma blanca …
La señora Marité, dijeron, “no le
había hecho nada” y fue exonerada. Poco después, su departamento fue puesto en
venta y se mudó a Belgrano, no podía soportar las miradas de los vecinos, que
siempre pensamos que era culpable.
Después de todo, al pobre hombre lo
mató del susto.
Elizabeth Ryske es escritora,
narradora, música, docente de arte y actualmente Secretaria de Cultura de SADE
Zona Norte. Ha publicado Vuelos (1988), De amores, recuerdos y otras yerbas (2018),
Las crónicas de Oncativo (2024) y Claroscuros (2026), además de participar en
numerosas antologías publicadas en Buenos Aires y el interior de Argentina.
