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sábado, 25 de abril de 2026

LA SEÑORA MARITÉ

Elizabeth Ryske

 

La señora Marité jamás revelaría su verdadera edad, la coquetería era lo primero en su vida. Nosotros, sus vecinos, podíamos tener una vaga idea de los años de la dama porque su hijo, muy simpático y muuuuuuyyyyyy sociable, el año pasado tuvo la gentileza de invitarnos a la fiesta en la que celebró su sexagésimo cumpleaños, de tal modo que su madre debería estar transitando, seguramente, la octava década.

Solíamos verla bajar de su departamento de la calle Larrea para tomar un taxi, y regresar cargada de paquetes y bolsas con los logos de las tiendas más exclusivas de Buenos Aires. Nunca dejaba de saludarnos a mí y a las nenas, con una estudiada cortesía que incluía una sonrisa pequeña, un gesto casi imperceptible, que demostraba su don de gentes pero también dejaba en claro que no sentía precisamente una gran alegría al vernos. Nuestro departamento estaba justo debajo del suyo, y el bullicio propio de tres niñas en edad escolar no le era muy grato, aunque el mayor problema era el piano y las intensas batallas que las chicas libraban con los ejercicios de Czerny y las sonatinas de Clementi, por no hablar de sus fallidos intentos con algunas pequeñas obras de Bach o de Mozart. Cada tanto la señora Marité me llamaba por teléfono para recordarme con gran amabilidad que las 8 de la noche era un muy buen horario para que las nenas dejaran su práctica musical y cenaran, siempre haciendo hincapié en el bienestar de las chicas, y en la cantidad de horas de sueño necesarias para un buen rendimiento escolar, elogiando exageradamente la educación bilingüe y de doble jornada que yo les daba “a pesar de las circunstancias”. Esa frase suya era la sutil manera de censurar mi estilo de vida, que incluía dos divorcios y un novio muy buen mozo, que era el baterista de la banda de jazz en la que yo cantaba.

Justamente, regresábamos juntos una helada noche de viernes, al término de una extraordinaria “session” en San Telmo, cuando encontramos un cordón policial que impedía el ingreso al edificio. La presencia de patrulleros y ambulancias me paralizó el corazón. Las nenas estaban solas en el departamento con la supervisión de Martina, una estudiante de psicología de veintiún años que venía a quedarse con ellas cuando yo salía. Generalmente se apoltronaban en el enorme sofá del living y miraban películas de Disney comiendo pochoclo, y a mi regreso solía encontrar a las cuatro dormidas en el sillón. El despliegue policial me asustó, y en pocos segundos mi imaginación ya había calculado decenas de posibles tragedias. Mientras que un oficial no nos permitía el paso, mi desesperación no me dejaba encontrar la billetera para mostrar el documento de identidad que acreditaba que yo vivía allí. Por suerte, el encargado del edificio me vio y pegó el grito: “la señora vive acá, tiene tres nenas que están con la niñera”.

Tuvimos que entrar por la puerta de servicio. Por la principal era imposible, había varios periodistas de la televisión con sus cámaras y equipos, y estaba ingresando un montón de personas: policías, médicos, gente con rostros preocupados… Nunca en mi vida había sentido tanto miedo, pero Eduardo, el encargado, nos tranquilizó diciendo que las chicas y Martina estaban bien, se sorprendió de que no las hubiéramos visto asomadas al balcón, mirando los sucesos con la misma intriga que el resto de los vecinos.

Al entrar al departamento descubrimos que las cuatro, lejos de estar asustadas, no podían contener la excitación y las ganas de contarnos los acontecimientos. Era imposible entender lo que decían, hablaban todas al mismo tiempo y tardamos un buen rato en descifrar su relato: un ladrón había logrado entrar al edificio y escabullirse en el departamento de la señora Marité, que estaba comenzando su ritual nocturno de belleza, ese que muchas veces nos había comentado en la previa de las reuniones de consorcio, cuando las (hipócritas) vecinas le preguntaban cuál era el truco para mantenerse siempre tan joven y bella, y muy complacida nos contaba que su secreto consistía en la aplicación diaria de una máscara facial que minimizaba las arrugas, una crema verdosa que extendía por todo su rostro dejando libres sólo los párpados, sobre los cuales pondría rodajas de pepino justo en el momento de acostarse. También usaba ruleros para mantener impecable su peinado, y una redecilla sobre éstos para mantenerlos en su lugar.

Fue entonces cuando oyó algunos ruidos y pensó que lo mejor era esconderse, que “el ladrón se llevara lo que quisiera”, pero que no le hiciera daño a ella. No tuvo mejor idea que tirar algunas ropas al piso del placar y sentarse sobre ellas, rogando que el ladrón se fuera lo antes posible.

El pobre hombre (siiiiiiii, el “pobre hombre”) se dejó vencer por la codicia: no conforme con los objetos de plata que había encontrado en la sala, con las valiosas joyas y los relojes de marca que halló en los cajones del escritorio, no conforme con su importante botín pensó que además debía haber dinero en efectivo, dólares tal vez, y empezó a revisar en vano toda la habitación, hasta que de repente abrió el placar y allí la encontró a ella, sentadita , con su rostro verde, la bata blanca, las manos unidas sobre el pecho apretando el rosario que rezaba con fervor, iluminada por la luz cenital que se encendía automáticamente al abrir las puertas del armario, y los dos gritaron de terror, pero él cayó hacia atrás y permaneció inmóvil. La señora Marité esperó un poco y al ver que nada sucedía se atrevió a levantarse y salir de su escondite. Encendió las luces del cuarto y miró detenidamente al ladrón, sin saber qué hacer. Antes de llamar a su hijo lo llamó a Eduardo, el encargado, que constató que el ladrón estaba muerto y llamó a la policía … y la policía trajo a los forenses, que trajeron a los fiscales … porque había que tener pruebas de que el pobre hombre en verdad sufrió un infarto, que no tenía heridas de bala ni de arma blanca …

La señora Marité, dijeron, “no le había hecho nada” y fue exonerada. Poco después, su departamento fue puesto en venta y se mudó a Belgrano, no podía soportar las miradas de los vecinos, que siempre pensamos que era culpable.

Después de todo, al pobre hombre lo mató del susto.

Elizabeth Ryske es escritora, narradora, música, docente de arte y actualmente Secretaria de Cultura de SADE Zona Norte. Ha publicado Vuelos (1988), De amores, recuerdos y otras yerbas (2018), Las crónicas de Oncativo (2024) y Claroscuros (2026), además de participar en numerosas antologías publicadas en Buenos Aires y el interior de Argentina.


LA SEÑORA MARITÉ