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jueves, 23 de abril de 2026

LOS PERROS LADRAN Y LA LLUVIA ARRECIA

Karim Abid

 

Desde hace tres días no deja de llover intensamente. No escampa el aguacero y parece que hasta los jardines se hunden; los perros que se refugiaron en la palmera tiritan de frío, ladran y se sacuden la pelliza a cada rato.

La mujer tenía el alma apagada cuando miró a los ojos nublados de su marido. Hamdán Alili fumaba y tosía, abandonado y sin saber qué hacer. Le hizo un gesto y ambos salieron envueltos en sus mantos de lana. Cuando entraron en la otra cabaña, les afectó la escena del ataúd, como si les hubiera sorprendido, como si lo vieran por primera vez. El silencio del féretro y el olor de la muerte los invadió. Los invadió el insólito silencio durante largos instantes en los que no escucharon nada, ni siquiera la lluvia recia. Ladraron los perros y sus ladridos se elevaron como si anunciaran la lluvia y el sudario tembló dentro del féretro. La mujer cayó al suelo, pegada a las rodillas de su esposo y el hombre se hizo un ovillo a su lado. Permanecieron sentados sin escuchar nada más que su propio mutismo. El ladrido de los perros los despertó de nuevo. La cabaña rezumaba agua y la lluvia era cada vez más intensa.

El hombre ya no pudo soportar más el silencio y la derrota. Se sentía vencido de una forma extraña porque ¡no sabía qué debía hacer! Salió de la cabaña, y el cielo crujió y se rajaron las raíces de la palmera. El hombre se asombró al ver a unos niños que brotaban con sus dishdashas blancas desde las grietas de la palma para deslizarse sobre el agua que había anegado la vegetación. Algunos resbalaban danzando veloces hacia el río, se sumergían un poco y luego emergían orgullosos, casi volando de la alegría, con lunas y estrellas entre sus manos que se caían regresando al agua. Cuando Hamdán Alili se volvió hacia el jardín, vio a los niños allí reunidos, riéndose como si alguno de ellos hubiera contado un chiste. Se reían mientras anudaban las hojas de dos palmeras contiguas, fabricando un columpio en el que se subió uno de ellos para balancearse. Luego, se montaron los demás. Se columpiaban y se reían, y sus carcajadas crecían con los pajaritos que saltaban sobre sus hombros, sacudiéndose las alas mojadas encima de sus caras.

El asombro lo atrapó aún más cuando escuchó las risas de su hijo Husein, quien jugaba con ellos contento. Su alma huyó detrás de su hijo pequeño. A punto estuvo de volar hacia él, pero no pudo. Lo llamó con una voz ronca, rota, pero todos desparecieron de repente. Desaparecieron, pero sus voces y sus risas se quedaron rodeándolo por todas partes.

 

Ayer, cuando de repente se detuvo el Zil militar cerca de nuestra casa, se percataron del ruido, extrañados. Les asaltaron sentimientos confusos, pero ambos presagiaron enseguida el motivo. El hombre le hizo un gesto a su esposa y salieron de la cabaña contentos, creyendo que su hijo, el soldado Husein, regresaba a casa de permiso. Salieron ilusionados, alegres, aunque llovía a mares y el agua inundaba las ramas de la palmera. Cuando la mujer cayó en la cuenta de que había salido sin la abaya puesta, los perros ya estaban ladrando y los soldados bajaban en ese momento un ataúd del vehículo, buscando el lugar adecuado donde dejarlo. El pie del hombre resbaló y a punto estuvo de caerse en medio del barrizal, pero se apoyó a tiempo en el árbol cercano. Uno de los militares se acercó a él y le preguntó desconcertado:

—¿Es usted el padre de Husein Hamdán Alili?

El hombre no respondió. No podía hablar. Se quedó en silencio, ausente. La mujer se había dado cuenta y suspiró profundamente levantando las manos a Dios, y no pudo bajarlas. Quiso decir algo. No pudo. Su corazón palideció y se le durmieron las rodillas. Se cayó a todo lo largo en medio de la tierra embarrada.

Nadie fue capaz de decir nada. El tenebroso silencio se instaló dominando la escena. El soldado les hizo una señal a sus compañeros y cargaron el ataúd hacia la cabaña. Luego se acercó al hombre ausente y le dio unos papeles. Se trataba de la documentación que acreditaba la muerte como mártir de Husein en la provincia de Basora. El hombre quiso tomar las hojas. No pudo. Se le cayeron y quedaron esparcidas en el barrizal.

Dentro de la cabaña, la mujer descubrió el ataúd y escuchó los latidos de su hijo muerto golpeando en el fondo de su corazón, latiendo dentro de la caja…

Latiendo.

Latiendo.

Latiendo dentro de la lluviosa noche azabache…

Las manchas frescas de sangre sobre el sudario y los trozos de algodón de las esquinas del féretro, empapados por el agua de la lluvia, la turbaron. Tembló por el frío y se sintió vencida. Le asustó que su hijo muerto tomara frío. Quiso cerrar el ataúd, pero tras un sollozo, se desplomó en al suelo.

Cuando entró el hombre a la cabaña, roto y tropezando con el barro, los perros ladraban y el vehículo militar giraba, siguiendo el camino bajo la intensa lluvia.

Karim Abid nació en la ciudad de Diwaniya, Irak, en 1952. Abandonó su país en 1979 y residió en varios lugares, entre ellos Londres y Siria, antes de establecerse definitivamente en la capital británica en 1995. Escribe poesía y relato. Sus obras han sido vertidas a diferentes lenguas como el inglés y el español.  De sus trabajos en el género del relato breve, recordamos los siguientes títulos: El aire va cambiando hacia tristeza (1988), Tocar laúd bagdadí (1993), Un abalorio azul (1997), y Los ojos negros (2016).

 

LOS PERROS LADRAN Y LA LLUVIA ARRECIA