Karim Abid
Desde hace tres días no deja de llover
intensamente. No escampa el aguacero y parece que hasta los jardines se hunden;
los perros que se refugiaron en la palmera tiritan de frío, ladran y se sacuden
la pelliza a cada rato.
La
mujer tenía el alma apagada cuando miró a los ojos nublados de su marido.
Hamdán Alili fumaba y tosía, abandonado y sin saber qué hacer. Le hizo un gesto
y ambos salieron envueltos en sus mantos de lana. Cuando entraron en la otra
cabaña, les afectó la escena del ataúd, como si les hubiera sorprendido, como
si lo vieran por primera vez. El silencio del féretro y el olor de la muerte
los invadió. Los invadió el insólito silencio durante largos instantes en los
que no escucharon nada, ni siquiera la lluvia recia. Ladraron los perros y sus
ladridos se elevaron como si anunciaran la lluvia y el sudario tembló dentro
del féretro. La mujer cayó al suelo, pegada a las rodillas de su esposo y el
hombre se hizo un ovillo a su lado. Permanecieron sentados sin escuchar nada
más que su propio mutismo. El ladrido de los perros los despertó de nuevo. La
cabaña rezumaba agua y la lluvia era cada vez más intensa.
El
hombre ya no pudo soportar más el silencio y la derrota. Se sentía vencido de
una forma extraña porque ¡no sabía qué debía hacer! Salió de la cabaña, y el
cielo crujió y se rajaron las raíces de la palmera. El hombre se asombró al ver
a unos niños que brotaban con sus dishdashas blancas desde las grietas
de la palma para deslizarse sobre el agua que había anegado la vegetación.
Algunos resbalaban danzando veloces hacia el río, se sumergían un poco y luego
emergían orgullosos, casi volando de la alegría, con lunas y estrellas entre
sus manos que se caían regresando al agua. Cuando Hamdán Alili se volvió hacia
el jardín, vio a los niños allí reunidos, riéndose como si alguno de ellos
hubiera contado un chiste. Se reían mientras anudaban las hojas de dos palmeras
contiguas, fabricando un columpio en el que se subió uno de ellos para
balancearse. Luego, se montaron los demás. Se columpiaban y se reían, y sus
carcajadas crecían con los pajaritos que saltaban sobre sus hombros,
sacudiéndose las alas mojadas encima de sus caras.
El
asombro lo atrapó aún más cuando escuchó las risas de su hijo Husein, quien
jugaba con ellos contento. Su alma huyó detrás de su hijo pequeño. A punto
estuvo de volar hacia él, pero no pudo. Lo llamó con una voz ronca, rota, pero
todos desparecieron de repente. Desaparecieron, pero sus voces y sus risas se
quedaron rodeándolo por todas partes.
Ayer, cuando de repente se detuvo el Zil
militar cerca de nuestra casa, se percataron del ruido, extrañados. Les
asaltaron sentimientos confusos, pero ambos presagiaron enseguida el motivo. El
hombre le hizo un gesto a su esposa y salieron de la cabaña contentos, creyendo
que su hijo, el soldado Husein, regresaba a casa de permiso. Salieron
ilusionados, alegres, aunque llovía a mares y el agua inundaba las ramas de la
palmera. Cuando la mujer cayó en la cuenta de que había salido sin la abaya
puesta, los perros ya estaban ladrando y los soldados bajaban en ese momento un
ataúd del vehículo, buscando el lugar adecuado donde dejarlo. El pie del hombre
resbaló y a punto estuvo de caerse en medio del barrizal, pero se apoyó a
tiempo en el árbol cercano. Uno de los militares se acercó a él y le preguntó
desconcertado:
—¿Es
usted el padre de Husein Hamdán Alili?
El
hombre no respondió. No podía hablar. Se quedó en silencio, ausente. La mujer
se había dado cuenta y suspiró profundamente levantando las manos a Dios, y no
pudo bajarlas. Quiso decir algo. No pudo. Su corazón palideció y se le
durmieron las rodillas. Se cayó a todo lo largo en medio de la tierra
embarrada.
Nadie
fue capaz de decir nada. El tenebroso silencio se instaló dominando la escena.
El soldado les hizo una señal a sus compañeros y cargaron el ataúd hacia la
cabaña. Luego se acercó al hombre ausente y le dio unos papeles. Se trataba de
la documentación que acreditaba la muerte como mártir de Husein en la provincia
de Basora. El hombre quiso tomar las hojas. No pudo. Se le cayeron y quedaron
esparcidas en el barrizal.
Dentro
de la cabaña, la mujer descubrió el ataúd y escuchó los latidos de su hijo
muerto golpeando en el fondo de su corazón, latiendo dentro de la caja…
Latiendo.
Latiendo.
Latiendo
dentro de la lluviosa noche azabache…
Las
manchas frescas de sangre sobre el sudario y los trozos de algodón de las
esquinas del féretro, empapados por el agua de la lluvia, la turbaron. Tembló
por el frío y se sintió vencida. Le asustó que su hijo muerto tomara frío.
Quiso cerrar el ataúd, pero tras un sollozo, se desplomó en al suelo.
Cuando
entró el hombre a la cabaña, roto y tropezando con el barro, los perros
ladraban y el vehículo militar giraba, siguiendo el camino bajo la intensa
lluvia.
Karim Abid nació en la ciudad de Diwaniya,
Irak, en 1952. Abandonó su país en 1979 y residió en varios lugares, entre
ellos Londres y Siria, antes de establecerse definitivamente en la capital
británica en 1995. Escribe poesía y relato. Sus obras han sido vertidas a
diferentes lenguas como el inglés y el español.
De sus trabajos en el género del relato breve, recordamos los siguientes
títulos: El aire va cambiando hacia tristeza (1988), Tocar laúd
bagdadí (1993), Un abalorio azul (1997), y Los ojos negros
(2016).
