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jueves, 1 de octubre de 2026

LAS CARNES DE AYER

Nenad Pavlović

 

La Torre perfora el terreno y asciende en espiral hacia el cielo. En las páginas satinadas del catálogo tiene un apetitoso color blanco cáscara de huevo, aunque aquí, sobre el terreno, luce una tonalidad de hueso envejecido. La estructura parece un brazo esquelético que emerge del barro y se estira para apretar y aplastar el sol como si fuera un huevo podrido.

A Marianne le gusta la vista.

—Desde aquí se ven los Jardines Elíseos —señala hacia el otro lado del río con su dedo huesudo, rematado por una uña de color rojo sangre, y tiene razón. Aunque solo estamos a mitad de camino en el edificio todavía sin terminar, en el rellano de la escalera exterior de caracol –sumamente poco práctica, aunque queda muy, muy bonita y elegante, eso sí–, puedo ver los Jardines Elíseos, un proyecto como este, ya terminado y reluciente. Procuro no mirar hacia abajo, porque allí se extiende un Tártaro de obras en construcción, barro, escombros, andamios y restos del barrio de chabolas. Parece prosperar bajo el cielo gris acero y encapotado. No quiero saberlo. De todos modos, todo eso desaparecerá, y más rápido si no sé nada.

—Deberíamos haber tomado el ascensor —digo.

—No, no deberíamos —se ríe mi Mary.

Entramos en la médula hueca y nuestros pasos resuenan en la penumbra gris. Quiero ir a nuestro apartamento, solo que en realidad no quiero, porque está vacío; la mitad de nuestras cosas todavía no han llegado y la otra mitad permanece comprimida en cajas de cartón. Por una puerta abierta que encontramos en el camino se escapa una música estridente. Miro y me detengo apenas un instante para escuchar. Es metal, y crudo. La curiosidad me atrae y me acerco.

—Son nuestros vecinos, nuestros futuros vecinos —explico mientras tiro del brazo de Marianne. Ella no se resiste.

Es metal, y crudo, tan crudo como rara vez se toca hoy en día. Hay gente dentro. Jóvenes, más jóvenes que yo. En realidad, no; solo son más jóvenes por dentro.

—¿Alexander? —pregunto, contemplando un rostro ovalado, con expresión divertida y despreocupada, enmarcado por una cabellera barroca.

—¿Gordo? —reconozco otro recuerdo de mi adolescencia. El rostro de una amistad truncada por las decisiones de la vida. A los demás, los que no llevan guitarras eléctricas, no los conozco.

Gordo no me sonríe, pero tampoco frunce el ceño. Sus ojos me reconocen.

—¡Joe el Coreano! —exclama Alexander canturreando y me ofrece un abrazo. Su pecho es tan esquelético como la mascota de metal de su camiseta.

Mary estrecha algunas manos y repite su nombre antes de anunciar que desea retirarse a sus aposentos, transmitiéndome a mí y a todos los demás un mensaje claro: quiere dejarme rememorar el pasado tranquilamente.

—¿Qué es esto que estás tocando, Gordo? ¿Qué es? ¡Nunca había oído un sonido así! —Mis pies bailan sobre el suelo; no hay hielo que romper. El tiempo es impotente contra amistades de infancia como estas.

—¡Es death metal, death metal de verdad, y crudo, nada de farsantes! —presume el gigante rubio y, para demostrarlo, vuelve a tocar. Alexander lo sigue. Una chica delgada como una ramita, de cabello castaño grasiento, instalada en la habitación contigua porque el pasillo es demasiado pequeño, desata un terremoto sobre la batería.

Gordo gruñe. Las cabelleras se agitan. Perlas de sudor le resbalan por el rostro. No me fijo en su cara, sino en sus dedos sobre el mástil de la guitarra, doblados de manera incorrecta, retorcidos como si estuvieran rotos. Todo resulta muy extraño.

—¡Nunca había visto tocar así a nadie! —grito, aunque no hace falta porque la canción ya ha terminado.

—Bueno, así es como toco yo —se justifica Gordo, desafiante y jactancioso—. ¡Escucha! ¡Toco así porque me gusta tocar así, y punto!

—¡Suena increíble! ¡Ni siquiera había oído hablar de alguien que tocara de ese modo! ¡Es una técnica completamente nueva! ¡Tienes que registrar los derechos!

Cuando saco mi costoso teléfono, me siento como un impostor entre esta gente. Llevo el pelo corto y una camisa aburrida, y eso es lo que soy ahora. Desde hace años, para ser exactos.

—¿Qué quieres decir con «registrar los derechos»?

—Registrar los derechos de tu manera de tocar. La técnica. El sonido. Para proteger tus derechos, para ganar dinero con tu creación. Registrar derechos es a lo que me dedico.

—Escucha, amigo, yo toco como quiero, ¡no me hagas enfadar! ¡Esto es lo mío y los demás me importan un carajo! Si les gusta, estupendo; si no, me da igual. No pienso venderme. —Sonrío, intuyendo que no sería prudente insistir en el tema—. No quiero venderme, amigo, no quiero. Mi música lo es todo para mí, pero escucha, escucha. —Me pone el brazo sobre el hombro, un brazo pesado, pero amistoso—. Es mi padre, amigo. Podrías ayudarlo. Hace salchichas y es realmente bueno, pero bueno de verdad, como un científico de las salchichas, un artesano, y le vendría bien tu ayuda.

Digo que sí, acepto. Estoy un poco desconcertado, pero un producto es un producto. Prometo ir a visitarlo mañana.

Él no vendió, explica Gordo. Porque no es un vendido. Le gusta pasar el rato en el apartamento de Alexander, en la Torre, pero él jamás venderá, dice. Me pregunta si todavía recuerdo dónde vive. Le digo que recuerdo bien su casa, y es cierto.

 

Las chabolas forman un laberinto adornado con dientes de león en flor y tallos secos de maíz. Mi memoria, por borrosa que sea, me guía, y avanzo entre barro y polvo hasta la monstruosa vivienda de ladrillos a medio terminar de Gordo, oculta entre nogales y humo acre. El chirrido de las bisagras oxidadas de la verja de hierro azul descascarillado anuncia nuestra llegada. Los perros aúllan y me rodean, una jauría de mestizos que parecen reír y olfatean a modo de curioso saludo. Me conducen entre montones de escombros y verduras secas hasta la conocida casa de una sola planta. El interior es igual que el exterior: grita miseria en silencio. Huele a comida casera y a juegos de DOS.

—Ya llegamos. ¡Estamos aquí, papá! —anuncia Gordo.

Un hombre encorvado, vestido como un obrero, merodea por allí. Nos observa de espaldas.

—¡Tenemos que ofrecer algo a nuestros invitados, por educación! Deberíamos darles algún aperitivo, ¿no te parece? —Gordo tienta a su progenitor con un hambre mal disimulada en sus palabras.

El gruñón vestido de azul se vuelve y frunce el ceño con desaprobación, aunque finalmente admite la astuta victoria de su hijo. Se acerca a una oxidada cocinilla y, con su garra peluda, saca una tabla de madera llena de cicatrices y utensilios de carnicero. Abre un monolito blanco que exhala un frío fétido y deposita sobre la tabla diversos productos cárnicos. Una vez aceptadas las circunstancias, el ánimo del padre de Gordo cambia y ahora está dispuesto a hacer la presentación.

—¡Claro, claro! ¡Nosotros sabemos ser hospitalarios! ¡Café, rakia y meze! Miren —dice con expresión astuta—, ¡miren lo que tengo!

Sobre la tabla de cortar se alinea una variedad de cilindros de carne de distintos tonos de rojo. El anciano corta el primero y luego el segundo.

—¡Prueben! ¡Por favor! ¡Son buenos, caseros! ¡Hay de distintas clases!

Gordo se apodera de una rodaja y luego de otra y las mastica con avidez. Extiendo la mano, tomo un bocado y lo pruebo. Una corriente eléctrica de impresiones me recorre. ¡Carnoso! ¡Crudo! ¡Picante! ¡Rancio! Es sumamente peculiar.

—¡Esto está bueno! ¡Esto es especial! ¡Tiene que registrar los derechos! ¡Se venderá! —Levanto una segunda rodaja antes de metérmela en la boca. El padre de Gordo no me escucha y continúa cortando más embutidos.

—Oye —se dirige a su hijo—, ¿te acuerdas de que los perros no querían comerse el EX31? ¡Pues mira esto!

Los perros se arremolinan alrededor de un trozo de salchicha arrojado al suelo, moviendo la cola con entusiasmo; el más rápido consigue engullirlo.

—¿Cómo? —pregunta Gordo—. ¡Lo odiaban!

El anciano sonríe.

—Esto es EX33. Es EX31 envuelto en EX32. No se dan cuenta, animales estúpidos. ¡Toma, prueba!

Gordo se mete el pedazo de carne en la boca, mastica y hace una mueca. Traga. Asiente. A mí no me ofrecen probarlo y creo que existe una razón para ello.

—¡Oye, llama a tu mujer! Que venga a darse un festín con esto —sugiere Gordo, y yo acepto y saco del bolsillo mi dispositivo de comunicación.

Marianne llega algún tiempo después porque el laberinto suburbano le resulta más difícil de atravesar.

—Es peculiar —confirma mi Mary mientras mastica, aunque hace una mueca más pronunciada que la mía—. ¿Qué lleva?

El padre de Gordo se da una palmada en el muslo.

—¡Dios mío, señorita, no querrá saber cómo se hace la salchicha! —En ese momento le parece el chiste más gracioso del mundo.

—¡Pero necesitamos saber cómo se hace la salchicha! ¡La gente de derechos de autor tiene que saberlo! ¡Es la única manera de que paguen!

—¡Oh, no les va a gustar! ¡No lo van a aprobar! ¡Pero se lo enseñaré de todos modos! ¡Llámalos!

Y eso hago.

Llegan poco después en un elegante automóvil negro que apenas cabe en la calle. El equipo avanza con seguridad por el barro y el polvo; evidentemente tienen cierta experiencia en situaciones de este tipo. Marianne fuma un cigarrillo; les ofrece uno a Gordo y otro a su padre, y ambos aceptan.

—¡Necesitamos saber cómo se hacen las salchichas! —insiste un hombre diminuto y calvo con un traje costoso.

Los perros le gruñen.

—Nos gusta el producto, pero necesitamos saber cómo se fabrica —añade una mujer de aspecto corporativo que fuma un cigarrillo que parece más caro que el de Mary.

—Se lo enseñaré —dice el padre de Gordo sonriendo y dando unos pasos de baile—, ¡pero no les va a gustar!

Caminamos por el barrio. Hay ojos que nos espían desde las ventanas, por encima de los muros y a través de los setos, aunque los trajes negros ya no constituyen una visión tan extraña; la gente de las constructoras tenía el mismo aspecto y sospecho que algunos incluso son los mismos.

Nuestro destino es una construcción espaciosa, parecida a un hangar, en las afueras. Sobre ella solo hay cielo despejado, de un azul muy pálido. El padre de Gordo abre la persiana metálica y un olor a matadero nos golpea.

—Es ganado, en su mayoría —explica el anciano—. Pollos, cerdos, vacas, cabras, ovejas. Abandonados, incautados, confiscados. Muertos de hambre. Atropellados. La gente se marchó y muchas veces dejó el ganado. No había compradores. Ni almas caritativas que quisieran hacerse cargo de los animales. Así que me los quedo y los sacrifico.

La gente de ropa elegante asiente y toma notas. Parecen satisfechos.

—Luego están las personas —dice en voz más baja—. Los obstinados que se negaron a marcharse. Aquellos de los que hubo que ocuparse. Como los de los Jardines Elíseos. Viejos testarudos. Algún día yo seré uno de ellos, ¡pero hoy soy su carnicero!

—¡Esto es escandaloso! —protesta una mujer de traje—. ¿Qué porcentaje de esto es carne procedente de asesinatos? ¿Está dentro de los límites aceptables?

—No lo sé, eso nunca me lo enseñaron en la escuela. Finalmente —continúa—, están los muertos. Muertos recientes, en su mayoría. Excepto los que utilicé para el EX31. Esos estaban podridos, debo confesarlo. Ni siquiera los perros querían comérselos.

—¡Escandaloso! ¡Inadmisible! ¡Yo he comido parte de esa carne! —grita uno de los hombres de derechos de autor—. ¡Que quede claro que, si esto tiene alguna consecuencia para mi salud, se acabó el trato!

—No se preocupe, la freí hasta quitarle toda la vida. ¡En grasa de cerdo! También ofrezco versiones kosher y halal —anuncia el anciano con profesionalidad.

—¿Qué diría esa gente?

Una aparición de luz resplandeciente atraviesa la pared. Me sobresalto, pero solo por un instante, porque de pronto recuerdo que el cementerio está justo allí cerca.

—¡Es un monstruo! ¡Un carnicero caníbal! —acusa el fantasma.

—¡Estoy de acuerdo! ¡Todavía me debe dinero por la mitad del terreno que me quitó! —coincide un segundo espectro.

—Bueno, la gente necesita comer —lo contradice el espíritu de una anciana con un chal alrededor de la cabeza—. Y muertos ya no le servimos a nadie. ¡Que nuestros hijos coman bien!

—¡Una votación! —propone uno de los hombres de la empresa—. ¡Hace falta una votación! ¡Quizá todavía podamos llegar a un acuerdo!

—Yo... yo debería haber vendido —dice el cuarto fantasma, y muchos más se colocan a su lado.

—¿Qué dice?

—Quería vender, pero, verá, me convencieron de que no lo hiciera. ¡Quiero agua corriente! ¡Electricidad que no se corte y retretes que no tenga que desatascar! ¡Nieve que no tenga que quitar con una pala! Si yo no pude tenerlo, ¡quiero que lo tengan mis hijos! ¡Mis nietos! ¡Estamos en la era moderna!

—¡Podemos hacer un nuevo trato! ¡Un nuevo proyecto inmobiliario! ¡Tenemos vendedores potenciales! —exclama entusiasmado uno de los hombres de traje.

—No sé si tendría validez legal —dice Marianne frunciendo el ceño—. Después de todo, están muertos.

—¡Las leyes pueden modificarse con suficiente dinero! —canta al unísono el coro corporativo.

Gordo cruza los brazos.

—Bueno, yo no venderé. Y mi padre tampoco.

El padre asiente con firmeza.

—Esta es mi alma, esto es lo que soy. Por eso toco la guitarra como la toco. Y no voy a cambiarlo. —Se encoge de hombros—. No lo haré.

—Yo tampoco. Me gusta el sabor que tienen mis salchichas. Están estupendas con huevos.

—Nunca es sencillo —concluye sabiamente Mary, y yo suspiro.

Nenad Pavlovic nació en 1983 en una ciudad mediana de Europa del Este. Se especializó en Lengua y Literatura Inglesas y finalmente se mudó al norte de Noruega, donde aún reside, trabajando como profesor y escribiendo cada viernes por la noche con una pinta de cerveza. Sus relatos cortos (principalmente fantasía, ciencia ficción y terror, con algunas excepciones) aparecieron en numerosas revistas y colecciones de relatos publicadas en los Balcanes, y algunos incluso lograron publicarse en el extranjero (Jersey Devil Press, Piker Press, Schlock!, Lovecraftiana, Kaidankai, Dark Horses, Underside Stories, Savage Planets, Hooghly Review...). Su primera novela, Hokus Lokvud, ganó el Premio Mali Nemo a la Mejor Novela en 2013, y su última novela, Salvation on Peril Island, publicada bajo el seudónimo de Nash Knight, está actualmente disponible en Amazon. Además de escritor, también es esposo, padre, profesor, aficionado a la música y un gurú de los videojuegos.

 

jueves, 27 de agosto de 2026

LA ARBOLEDA MÁGICA

Nenad Pavlović

 

—Disculpe... Disculpe... —La muchacha bajó rápidamente la mirada del cielo. Los pequeños adornos que llevaba, ya fuera como joyas o cosidos a la ropa, acompañaron su movimiento con un exótico crescendo. Sus ojos del color del cielo ocultaban la mirada de una cierva sorprendida por los faros de un automóvil, confusa y asustada.

El niño al que la señora mayor llevaba de la mano dejó de lamer su helado y se quedó mirando a la muchacha, viendo en ella algo que solo sus ojos podían percibir.

—¿No es este el camino a la Cueva de las Hadas? —La muchacha respondió con una mirada silenciosa, como si no comprendiera el idioma de la señora—. Ya estuve aquí, aunque hace mucho tiempo, cuando tenía más o menos la edad de este jovencito. —La señora acarició el cabello del niño, que, avergonzado, se escondió detrás de ella sin apartar los ojos de la muchacha—. Recuerdo que todo era diferente.

La señora giró lentamente sobre sí misma, con los brazos medio extendidos hacia la pradera abrasada por el sol. Otros visitantes iban y venían; eran numerosos, aunque no tantos como para formar una multitud. Había puestos por todas partes que ofrecían mercancías diversas, desde bebidas frías y carnes asadas hasta camisetas y recuerdos. También llegaba música de algún sitio.

La señora se quitó el sombrero y comenzó a abanicarse con él.

—Ya a nadie le importa la cueva, todos vienen a ver la «Arboleda Mágica». ¡Arboleda Mágica, sí, claro! ¡Como si un bosque pudiera brotar de la noche a la mañana! ¿No hay límite para lo que son capaces de hacer con tal de sacarles dinero a estos pobres crédulos?

El niño reparó en un pequeño objeto redondo y marrón que la muchacha hacía girar entre los dedos. Al advertir que él lo observaba, ella lo guardó rápidamente en una bolsa de piel que llevaba sujeta al cinturón.

—¡Pagar una buena cantidad de dinero para ver un bosque! Recuerdo que, cuando yo era niña, ¡todo esto era bosque! ¡Y muy espeso, además! ¡Y lo talaron entero, todo! Y ahora pagan una fortuna por ver un bosquecillo de cinco robles. ¡Que Dios nos libre de semejante estupidez!

Como para confirmar su diatriba, de pronto resonó la voz de un vendedor ambulante.

—¡Vengan a buscarlas! ¡Figuritas talladas en auténtico roble de la Arboleda Mágica! ¡Garantizadas contra la magia negra, el cáncer, el mal de ojo y las enfermedades!

La señora escuchó el pregón, se persignó y sacudió la cabeza antes de volver a levantar la mirada hacia la muchacha.

—¡Qué vestido tan bonito! ¿Lo hiciste tú misma? Me encantan los detalles, todas esas hojas y campanillas. Y esas cintas amarillas resaltan mucho tu cabello. Además, el corte te favorece. Ay, hace mucho tiempo yo también habría podido meterme en algo así... ¡Mucho tiempo! Y tú, ¿trabajas aquí? ¿Eres una especie de mascota disfrazada?

Un rumor grave recorrió el aire por encima de ellos. El niño se sacó el helado de la boca con un sonoro chasquido, miró hacia arriba durante un segundo y, al no ver nada digno de atención, devolvió tanto la mirada como el helado a sus posiciones anteriores.

La atención de la belleza rubia volvió a quedar cautivada por el movimiento en las alturas. Parecía que una bandada de palomas blancas descendía sobre la pradera.

Hojas de papel revolotearon a su alrededor, todas cubiertas de letras pequeñas.

Todavía en silencio, pero con un significado perfectamente claro, la muchacha dirigió a su interlocutora una mirada interrogativa.

—¡Ah, eso! Un avión. Antes los utilizaban para apagar incendios forestales. Ahora, como ya no tenemos bosques ni incendios, los usan para hacer publicidad. Aunque, para ser sincera, ni siquiera alcanzo a leer lo que dice. Déjame buscar los anteojos... «Arboleda Mágica – Cañada de las Hadas – Taller Mecánico Mićković – Reparación de escapes» —leyó la señora con dificultad, contemplando a través de los gruesos cristales el mensaje caído del cielo. Después de quitarse los anteojos, recogió otro volante del suelo—. ¡Son todos iguales! ¡Eso sí que es publicidad hecha sin el menor esfuerzo! ¡Ni siquiera se molestan! Esto es peor que esos pesados que los reparten por la calle. Al menos ellos te miran a los ojos. Pero no, repartirlos uno por uno lleva demasiado tiempo. Mejor meterlos todos en un tambor, subirlos a un avión y bombardear a los clientes...

Las campanillas cosidas al vestido de la muchacha, que hasta entonces no se habían oído, tintinearon una vez más, esta vez con mayor alegría. Parecía que permanecían en silencio a menos que ella dispusiera lo contrario.

—¡Pero discúlpame! No paro de hablar y tú debes de estar muy ocupada. No somos los únicos que estamos aquí. ¿Qué dijiste, por dónde queda el sendero que lleva a la Cueva de las Hadas?

La muchacha volvió la cabeza y señaló con su barbilla puntiaguda el camino por el que había llegado.

—Sí, parece que es por ahí. Ven, querido, nos vamos. ¡Muchísimas gracias! ¡Adiós!

La señora condujo a su nieto por el sendero que atravesaba la pradera. Antes de bajar por los escalones de piedra hacia un barranco cubierto de arbustos de acacia, el niño se volvió un instante y dirigió una última y triste mirada de despedida a la misteriosa desconocida.

Después de ver alejarse a sus acompañantes, la muchacha volvió los ojos hacia el cielo y siguió la trayectoria descendente del zumbante biplano. Luego tocó la bolsa para asegurarse de que su contenido estuviera a salvo y se encaminó hacia el lugar donde anidaba aquella extraña ave de metal.

A primera hora del día siguiente, Nikola Kovačević detuvo su furgoneta de helados en la rotonda junto a la gasolinera. Había llegado temprano, con la esperanza de conseguir un buen lugar antes que los demás vendedores ambulantes, aunque para ello hubiera tenido que privarse de un par de horas de sueño que necesitaba desesperadamente. El agotado heladero se frotó los ojos con las palmas de las manos, desconcertado. Ya era la tercera vez que, de algún modo, se pasaba el desvío hacia la Cueva de las Hadas. Bostezando ruidosamente, Nikola hizo retroceder la furgoneta a una velocidad peligrosamente baja, con los ojos clavados en el lado izquierdo de la carretera, decidido a encontrar de una vez por todas el maldito desvío.

Pero por mucho que miró, no pudo encontrar el viejo camino de tierra.

Lo que hasta el día anterior había sido una pradera despejada estaba ahora cubierto por un espeso bosque de robles.


Nenad Pavlovic nació en 1983 en una ciudad mediana de Europa del Este. Se especializó en Lengua y Literatura Inglesas y finalmente se mudó al norte de Noruega, donde aún reside, trabajando como profesor y escribiendo cada viernes por la noche con una pinta de cerveza. Sus relatos cortos (principalmente fantasía, ciencia ficción y terror, con algunas excepciones) aparecieron en numerosas revistas y colecciones de relatos publicadas en los Balcanes, y algunos incluso lograron publicarse en el extranjero (Jersey Devil Press, Piker Press, Schlock!, Lovecraftiana, Kaidankai, Dark Horses, Underside Stories, Savage Planets, Hooghly Review...). Su primera novela, Hokus Lokvud, ganó el Premio Mali Nemo a la Mejor Novela en 2013, y su última novela, Salvation on Peril Island, publicada bajo el seudónimo de Nash Knight, está actualmente disponible en Amazon. Además de escritor, también es esposo, padre, profesor, aficionado a la música y un gurú de los videojuegos.

viernes, 3 de julio de 2026

RABIA DIGITAL

Nenad Pavlović

 

—La tecnología china es la mejor. ¡La mejor! Nadie más tiene una tecnología que siquiera se le acerque. Comparada con cualquier otra, parece ciencia alienígena o magia. Ciencia ficción. Solo mira esos modelos. Mira esos muslos, cómo se mueven, ¡míralos! Si no fuera por la cuadrícula de neón sobre la que caminan, juraría que son reales…

El zumbido de servomotores. El golpeteo de pesados escarpes acorazados.

Se acercan. Muy cerca. ¡Clang, clang, clang! Ordeno a mi pantalla retiniana que cierre las imágenes y se vuelva opaca, aunque sea un instante, pero ya es demasiado tarde. Dos Centinelas pasan a mi lado. Literalmente a mi lado.

Ni siquiera me dedican una mirada. No es ninguna sorpresa. Esos cubos de basura ambulantes llevan cinco años siendo completamente inútiles.

Olvidé otra vez que estaba afuera. Me río histéricamente, aunque no tiene ninguna gracia. ¡Ni hablar! Podrían haberme matado hace un momento. Vuelvo a reír entre dientes.

Espío detrás de la esquina. La plaza del mercado está casi desierta. Casi. Todavía quedan varios infectados, retorciéndose y sacudiéndose mientras caminan. Ni siquiera saben adónde van. Tengo ganas de gritarles:

—¡Eh! ¡Ni siquiera saben adónde van! —Pero decido no hacerlo.

La tienda china. Quiero entrar. No sé qué haría una vez dentro, pero aun así quiero entrar. Siento… Es irracional. Claro, todos mis implantes están conectados a la red y el virus pudo haber venido de cualquier parte, pero… Pero. No. Salió de ahí dentro. Mercancía sospechosa… Yo debería saberlo. Compré una barbaridad de esas cosas.

Todo el mundo se volvió loco. Todos. Excepto yo, por supuesto. Hace cosas, ¿sabes? Te trastorna el cerebro. Y los implantes. Hace que dejen de obedecerte. Un día caminas normalmente y al siguiente tus piernas ya no se mueven.

—¡Eh, piernaaas! ¡Muévanse! —Puedes gritarles. También puedes golpearlas. Recuerdo cuando golpear las cosas hacía que funcionaran. Ahora no. Ahora solo duele. Las piernas. Y también te altera el cerebro. ¿Ya dije eso? Pero esa no es la peor parte. Ni de lejos. Los locos hacen cosas de locos. ¿Así era el dicho? Da igual. No. Los locos no son el problema. Pero alguien los está convirtiendo en un problema. Los están pirateando. Lo he visto.

¡Mira! ¡Ahora mismo! ¡Solo mira! Un día cualquiera. Algo nublado y embarrado, sí. Con smog, desde luego. Pero, en conjunto… Normal. ¡Ahora mira eso! Mira a ese gitano. Va derecho hacia la tienda china. Como si nada.

Ahora mira a los locos. ¡Mira! Sí, están completamente idos. No sé mucho de programación ni nada por el estilo, pero estoy bastante seguro de que uno no debería tener la tipografía Wingdings en los ojos. Pero observa. El que está junto al arbusto cubierto de basura. Los ojos. Ahora los tiene claros. Y está caminando hacia el gitano. Va a interceptarlo.

Salgo de mi escondite disparando láseres. Le doy de lleno en el pecho. Debería caerse. La gente suele caerse cuando le quemas el pecho. Este apenas reduce la velocidad. Pero ya lo había visto antes.

Corrijo la puntería. Más arriba. Un disparo. Dos. Tres… Hacen falta cinco tiros en la cabeza para derribarlo. Ahora su cerebro no es más que un puñado de cenizas y circuitos fundidos. Aunque, de todos modos, no parecía usarlo. Gracias a Dios, al menos yo sigo siendo normal.

Nadie sabe de dónde salió el virus. Ni siquiera estoy seguro de que alguien haya intentado averiguarlo.

Los Centinelas siguen avanzando con su pesado paso metálico, haciendo rondas inútiles. No hablan. Y nadie se atreve a preguntarles nada. No le haces preguntas a un mastodonte metálico de dos metros y medio porque puede aplastarte. Quizá ellos también estén trastornados, como los demás. Quién sabe.

Ah, Prokuplje… Este pueblo solía ser normal. Bueno… No. Bueno, sí. Primero era un desastre. Después fue normal durante un tiempo. Y luego volvió a ser un desastre. Solo que mucho peor. Recuerdo aquellos tiempos mientras abro las carpetas de fotografías en una esquina de la pantalla de mi ojo. La gente estaba loca por naturaleza. O drogada. O ambas cosas.

Luego llegaron los Centinelas y, durante un tiempo, todo se volvió bastante tranquilo y, me atrevería a decir, agradable. Después llegó la peste digital. Al principio nadie se dio cuenta. Claro, la gente de por aquí nunca había sido precisamente cuerda. Pero nosotros… Yo. Nosotros. Yo. Yo sí noté los fallos mecánicos. Los ojos girando sin control. Los brazos y las piernas convulsionando. El metal desobedeciendo las órdenes. Y luego la carne siguió el mismo camino.

Podrían ser muchas cosas, claro. Nuestros hábitos digitales son un asco. Pero yo sospecho de los chinos. Después de todo, solo ellos poseen una tecnología así. Y la venden por camiones enteros. Sospecho que son responsables del brote del virus. Aunque quizá el pirata informático sea otra persona. Un oportunista. Vio el caos que podía provocar y decidió sembrarlo. La mente humana es fácil de moldear. Sobre todo cuando ya está frita. Y las recompensas son abundantes.

La gente siempre imagina a los piratas informáticos como unos cerebritos que roban dinero, o como bromistas. ¡Ja! Eso pertenece al pasado. El dinero ya no importa. Ahora todo gira alrededor del poder. Del control. ¿Para qué robar dinero para comprar cosas cuando puedes convertirte en el titiritero y hacer del mundo entero tu teatro del miedo?

Pero no pueden controlarme. No. Mi voluntad es de acero. De titanio. Implacable. Sé que algo se está tramando en esa tienda. Bueno, es una corazonada. Pero una más fuerte que la fe, los hechos o cualquier otra fuerza del mundo. Como cuando los patos saben cómo volar hasta Jamaica, o adondequiera que vuelen en invierno.

Voy a entrar.

Otra vez el zumbido y el estruendo. Dos patrullas de Centinelas. Una detrás de mí. La otra entrando en la plaza del mercado. Estoy acabado. Nadie se mete con los droides asesinos. Vuelven a ignorarme.

Simplemente pasan de largo.

Ni una mirada. Malditos inútiles. ¿Para qué demonios pago impuestos por ellos? Me lo pregunto. ¿Acaso pago impuestos? No lo sé. Creo que sí. Hoy en día todo es automático. Digital.

Solo soy un chico de pueblo. No debería ser yo quien salvara el mundo. Desde luego no soy Rambo. Vaya… Hace mucho que no veo First Blood. ¿Qué haría Rambo?

Debería volver a ver esa película. El menú de la plataforma de streaming aparece en una esquina de mi visión y… ¡No! Nada de distracciones. Esta vez voy a entrar. De verdad.

La fuente de todo esto está dentro de la tienda china. Lo siento. Pero no es ninguno de los chinos. Conozco a la dueña. Mèng Yáo. Mima. Es toda una dama dragón. Pero también es una de las personas más amables que existen. Jamás haría algo así. Ni permitiría que ocurriera.

No.

Hay alguien más detrás del telón. Seguramente Mèng está atada en el suelo, con una cuerda apretándole su trasero redondo y sus pechos…

Las cortinas de cuentas tintinean y chocan unas contra otras al abrirse. Ya estoy dentro. El persistente miasma de polvo plástico y especias flota en el aire. Uno de los locos se incorpora desde el rincón donde estaba agachado. Tiene la piel oscura, pero los ojos rasgados.

Uno de los nuevos nativos. En cuanto me ve, sus ojos recuperan la claridad. Sé lo que significa. Lo han pirateado. Va por mí. Disparo. Y sigo disparándole a la cabeza hasta que cae y queda inmóvil.

Pero la tienda no se parece en nada a como la recordaba. Todo es distinto. ¿Estoy siquiera en la tienda china? Todo esto parece un sueño. ¿Estoy soñando? Solo que este no es mi sueño. ¡Es el sueño de otra persona! Pero ¿cómo puede ser posible? Deben de ser los medicamentos. Los que tomé. O quizá los que no tomé. Da igual.

Sigo disparando. Le doy a uno de los recién activados en el pecho. Apuntaba a la cabeza, pero una cosa es apuntar y otra muy distinta acertar, ¿sabes? Al segundo le doy en el hombro. La sangre salpica. El aceite y los lubricantes arden. Todo huele espantosamente mal. Es nauseabundo.  

Sigo disparando. Sigo avanzando. Tengo que hacerlo. Sé que tengo que hacerlo. No sé por qué, pero el impulso ya es imposible de resistir. Debo seguir adelante. Como un tren magnético. No puedo permitir que los piratas informáticos y los locos se salgan con la suya, pienso mientras aprieto los dientes.

Ahora estoy en el amplio almacén del fondo. Las ordenadas columnas y filas de cajas apiladas me recuerdan a los antiguos videojuegos de baja resolución. Ya me han oído. Saben que voy por ellos. Que lo sepan, pienso, sonriendo.

Mi pistola de energía se está sobrecalentando. Durante una fracción diminuta de segundo me pregunto por qué demonios tengo una pistola de energía. ¿Dónde podría haber conseguido una? Esa mínima distracción basta para que baje la guardia. Y la pago con un hombro chamuscado. Je. Es el hombro izquierdo. Nunca me cayó demasiado bien, de todos modos.

Entonces veo al culpable. Al verdadero culpable. No al títere-drone que me disparó. Ese ya está muerto, humeando sobre el suelo. Es un hombre calvo, de mediana edad, vestido con un traje plateado. Él también me ve. Parece asustado. Y tiene todo el derecho del mundo.

Bueno. Eso pasa cuando uno decide ser un villano. No debería hacerlo.

El hombre levanta su maletín para protegerse el rostro. Con la boca temblorosa, suplica que le perdone la vida. Para ser un villano parece demasiado asustado, la verdad. Pero esto no es una película. Es una guerra. La guerra contra el terror. Y yo estoy ganando.

Su maletín es de buena calidad. Elegante. Caro. Resistente. Detiene mis tres primeros disparos. Pero los tres siguientes abren un agujero incandescente a través del maletín… y de su rostro.

Dejo caer el brazo derecho. La pistola, al rojo vivo, golpea con estrépito el desnudo suelo de hormigón.

Todo ha terminado. No estoy muy seguro de qué es exactamente "todo". Pero sé que he ganado.

Descorro el cerrojo de acero de la puerta trasera y salgo al aire contaminado de Prokuplje. Aspiro profundamente. Huele a palomitas de maíz. Y a victoria. Y a carne chamuscada.

Emprendo lentamente el camino de regreso a casa. En mi cabeza todo lo ocurrido se ha vuelto borroso. Veo un Centinela atascado en un bordillo alto. Su pierna robótica zumba mientras intenta, sin éxito, superar el obstáculo de piedra. Maldito inútil. Se me ocurre lo fácil que sería para un pirata informático competente inutilizar uno. O todos. La idea cruza por mi mente. Pero la aparto. Porque me da miedo.

Me detengo en la tienda de la esquina para comprar una botella de tres litros de Pepsi Verde Neón y continúo hacia casa.

Me duele el hombro. Pero no es nada que una maratón de películas y un poco de cafeína azucarada con gas no puedan curar. Lo importante es que yo gané. Y los piratas informáticos perdieron. Esa es la única verdad. Los detalles todavía no los tengo claros.

Y no importan.

Nenad Pavlovic nació en 1983 en una ciudad mediana de Europa del Este. Se especializó en Lengua y Literatura Inglesas y finalmente se mudó al norte de Noruega, donde aún reside, trabajando como profesor y escribiendo cada viernes por la noche con una pinta de cerveza. Sus relatos cortos (principalmente fantasía, ciencia ficción y terror, con algunas excepciones) aparecieron en numerosas revistas y colecciones de relatos publicadas en los Balcanes, y algunos incluso lograron publicarse en el extranjero (Jersey Devil Press, Piker Press, Schlock!, Lovecraftiana, Kaidankai, Dark Horses, Underside Stories, Savage Planets, Hooghly Review...). Su primera novela, Hokus Lokvud, ganó el Premio Mali Nemo a la Mejor Novela en 2013, y su última novela, Salvation on Peril Island, publicada bajo el seudónimo de Nash Knight, está actualmente disponible en Amazon. Además de escritor, también es esposo, padre, profesor, aficionado a la música y un gurú de los videojuegos.

martes, 19 de mayo de 2026

CÓMO LAS TORTUGAS NINJA CASI PROVOCAN MI MUERTE

Nenad Pavlović

 

Todo el mundo sabe que las Tortugas Ninja viven en las alcantarillas, pero yo empezaba a dudar de que vivieran en nuestras alcantarillas. Mientras que la de ellas era un lugar seco y espacioso, ideal para hacer toda clase de geniales trucos con la patineta, nuestra alcantarilla era solo un tonto círculo metálico con un montón de agujeros que se tragaba las bolitas cuando hacías un tiro especialmente desafortunado y en el que podías arrojar piedras para escuchar un “¡ca-plonc!” si estabas realmente aburrido.

Durante una semana lluviosa que transformó nuestra calle en un deslizadero de barro lleno de charcos, descubrí que había mucho más en nuestra alcantarilla de lo que había imaginado. Primero, podía taparse (la alcantarilla de las Tortugas Ninja jamás se tapaba). Segundo, podía abrirse. No sé cómo; debía tener algún mecanismo secreto, porque todos los niños de la calle intentamos abrirla muchísimas veces y nunca pudimos. Mi padre decía que la tapa era simplemente pesada, pero yo sabía que mentía, porque Zach, la Quinta Tortuga, podía levantarla sin problemas. Ya sé que Zach tenía casi catorce años y yo apenas nueve, pero no podía ser tanto más fuerte que yo… ¿o sí?

Así que no era solo un círculo metálico en el suelo: debajo había un agujero, aunque era oscuro y asqueroso, y yo estaba bastante seguro de que allí no había Tortugas Ninja. Una buena cosa que aprendí aquel día fue que todas esas bolitas no se perdían para siempre: aquel plomero nos sacó un auténtico tesoro desde el fondo. Eso sí, estaban todas cubiertas de barro. Mi primer vecino dijo que eso no era barro y le pareció divertidísimo, por alguna razón, cuando limpié cada una de ellas con mi camiseta. Así que aprendí que definitivamente no había Tortugas Ninja en nuestra alcantarilla y que ahora era unas cincuenta bolitas más rico (con casi trescientas en total, probablemente el niño más rico de mi calle). En resumen, había sido un día bastante bueno.

De todo aquello concluí que las Tortugas Ninja probablemente vivían en otra ciudad. Mi mejor amiga, Mary Ann, decía que debían vivir en Italia, porque siempre estaban comiendo pizza, pero yo sospechaba que estaba equivocada; no sabía mucho sobre ese país, pero jamás había visto la Torre Chueca de Italia en ninguna parte de la caricatura. Y durante un tiempo, eso fue todo respecto a buscar a las Tortugas Ninja.

Más tarde, aquel mismo verano, mi otro mejor amigo, Alexander, vino a decirme que había hecho un descubrimiento radical: ¡había encontrado la verdadera alcantarilla donde vivían las Tortugas Ninja! Y no estaba en Italia ni en otra ciudad, sino cerca, junto al río.

Por supuesto, tuve mis dudas: sus dos descubrimientos anteriores –las armas olvidadas de la Segunda Guerra Mundial en un molino embrujado y el tesoro de un vampiro en otro molino embrujado distinto– habían resultado falsos (aunque, en realidad, aquel último nunca se confirmó porque nos acobardamos y jamás entramos). Pero esta vez no solo juraba que era cierto: estaba dispuesto a mostrármelo la próxima vez que fuéramos a pescar.

Se suponía que quedaba río abajo, más allá de los rápidos poco profundos donde normalmente pescábamos cachos. Había muchísimas historias fantásticas sobre aquellos lugares río abajo. Si realmente existía una enorme roca blanca desde la cual uno podía lanzarse a una poza profunda llena de bagres monstruosos, entonces también podía existir una alcantarilla habitada por auténticas Tortugas Ninja de verdad (digo “de verdad” para diferenciarlas de las Tortugas Ninja falsas que había visto en el cine, que obviamente eran solo tipos disfrazados).

Yo estaba seguro de que solo quería tomarme el pelo, y también tenía un poco de miedo de que nos metiéramos en problemas por alejarnos demasiado del vecindario, pero apenas caminamos un poco más allá de los rápidos, se detuvo y señaló unos arbustos.

Y allí estaba.

Una entrada de alcantarilla real, casi exactamente igual a las del programa y, desde luego, lo bastante grande como para que una Tortuga Ninja pudiera deslizarse por ella en patineta.

Era un atardecer de verano, y los rayos dorados y rojizos apenas ofrecían luz suficiente para explorar cuevas. Además, íbamos cargados con equipo de pesca y bolsas llenas de peces vergonzosamente pequeños. Pero prometimos volver al día siguiente, justo después del desayuno, y convertirnos en la Sexta y la Séptima Tortuga Ninja antes de la hora del almuerzo.

No salió como habíamos planeado.

La entrada de la alcantarilla seguía allí, pero no había manera de llegar hasta ella: las orillas del río eran empinadas y resbaladizas por el barro y la hierba mojada, y además estaban llenas de trampas de abrojos y ortigas. Y ni siquiera podíamos rodearla porque había demasiada agua cerca e incluso dentro del tubo.

—Tenemos que volver cuando baje el nivel del agua —dijo Alexander con una voz sospechosamente parecida a la de un adulto.

—¿Y cuándo va a ser eso? —pregunté, decepcionado, jugando con mi diminuta linterna, que tenía tantas ganas de usar aquel día.

—No sé. Supongo que para finales del verano.

Durante los días siguientes fui en bicicleta hasta el río todos los días para comprobar si el nivel del agua había bajado, pero nunca estaba lo bastante seco como para entrar caminando por el tubo sin arruinar las zapatillas (y ganarse una buena paliza).

La búsqueda de las Tortugas Ninja nunca fue olvidada por completo, aunque sí pasó a un segundo plano por culpa de otras cosas que ocurrieron mientras tanto. Principalmente, las maratones nocturnas de películas del Canal Ocho.

¡Dios, qué maravillosas eran aquellas maratones!

Era como ir varias veces al videoclub, solo que gratis, y además podías ver películas para las que normalmente jamás te habrían dado permiso. Algunos días daban películas aburridas, como dramas (o bostezatones, como yo las llamaba), pero otras veces había comedias, dibujos japoneses con robots y ninjas, ciencia ficción… y mis favoritas, las que yo personalmente prefería: ¡las películas de terror!

Por supuesto, yo no podía quedarme despierto hasta tan tarde, aunque me hubieran dejado. Ahí entraba la magia de programar el videocasete (creo que mi padre jamás se perdonó haberme enseñado cómo hacerlo).

La mejor parte de todo era no saber qué ibas a encontrarte: la programación de televisión solo decía “Maratón de películas” y el género de las películas emitidas, sin mencionar títulos. Así que ver la cinta al día siguiente era como abrir regalos en Navidad.

Mi última captura había sido una película llamada Demons, que mi padre calificó como “la cosa más tonta jamás hecha”. A mí me había parecido bastante buena, salvo por el hecho de que se llamara Demons cuando los monstruos en realidad eran zombis; supongo que el tipo que la hizo no sabía demasiado sobre monstruos.

Así que, naturalmente, me emocioné mucho cuando metí el último casete que aún podía grabar encima (que anteriormente contenía Astérix, Horton Hears A Who! y una película extraña con mujeres desnudas) y programé la grabación para la medianoche.

A la mañana siguiente me levanté a las siete, me senté frente al televisor con un plato de sándwiches y presioné “play”, ansioso por descubrir qué clase de monstruo aparecería esta vez.

Pero la película ni siquiera había llegado a la mitad cuando no solo perdí el apetito, sino también casi todo el color del rostro.

Aquella película de terror no era divertida. ¡Era aterradora!

Casi todas las películas de horror trataban sobre un héroe que luchaba y finalmente derrotaba a un monstruo que claramente era un hombre con un traje de goma o un efecto especial (nunca entendí qué tenían de “normales” los efectos normales). En otras palabras: adultos peleando contra algo inventado.

Pero esta película trataba sobre niños siendo devorados por algo que yo había visto con mis propios ojos y sabía con absoluta certeza que existía de verdad:

¡Un payaso!

Y eso ni siquiera era la peor parte.

El lugar donde vivía el payaso asesino, su espantosa guarida, se veía exactamente igual al sitio donde casi habíamos entrado para buscar a las Tortugas Ninja.

Al borde del llanto, con el video en pausa, permanecí sentado, empapado en sudor frío, pensando en aquello: habíamos estado a punto de entregarnos voluntariamente a un monstruo tan terrible que ni siquiera todas las Tortugas Ninja juntas, incluso con la ayuda del maestro Splinter, podrían derrotarlo jamás.

Cuando vi a Alexander más tarde aquel mismo día, gritó:

—¡Ya lo sé!

Corrió calle abajo hacia mí, y de inmediato comprendí qué era exactamente lo que sabía.

Prometimos que nunca volveríamos a acercarnos a aquella horrible entrada de alcantarilla. Ni por el bagre más grande del mundo ni por la posibilidad de conocer a las Tortugas Ninja jamás.

Nenad Pavlovic nació en 1983 en una ciudad mediana de Europa del Este. Se especializó en Lengua y Literatura Inglesas y finalmente se mudó al norte de Noruega, donde aún reside, trabajando como profesor y escribiendo cada viernes por la noche con una pinta de cerveza. Sus relatos cortos (principalmente fantasía, ciencia ficción y terror, con algunas excepciones) aparecieron en numerosas revistas y colecciones de relatos publicadas en los Balcanes, y algunos incluso lograron publicarse en el extranjero (Jersey Devil Press, Piker Press, Schlock!, Lovecraftiana, Kaidankai, Dark Horses, Underside Stories, Savage Planets, Hooghly Review...). Su primera novela, Hokus Lokvud, ganó el Premio Mali Nemo a la Mejor Novela en 2013, y su última novela, Salvation on Peril Island, publicada bajo el seudónimo de Nash Knight, está actualmente disponible en Amazon. Además de escritor, también es esposo, padre, profesor, aficionado a la música y un gurú de los videojuegos.

 

martes, 14 de abril de 2026

ALQUILAR UN MONSTRUO

Nenad Pavlović

 

En una isla árida sin nombre, en lo profundo del mar Mediterráneo, una procesión de figuras encapuchadas que portaban antorchas avanzaba hacia la base del acantilado. El cielo oscuro estaba surcado por relámpagos y el mar lanzaba crestas de espuma, como si percibiera el poder que se aproximaba.

Una figura, más alta y de hombros más anchos que las demás, se movía entre las masas inclinadas como un tiburón entre bancos de peces. Alzando con solemnidad un enorme tridente dorado, su voz retumbó como un trueno poderoso sobre el mar.

—Vulgtlagln ch' mnahn' vulgtm R'lyeh, lw'nafh kn'a wgah'n! Ia, Cthulhu, ia! —Y luego añadió—: Kalispera.

El mar, oscuro como el Agiorgitiko, comenzó a burbujear con la promesa de que algo colosal emergía desde sus profundidades.

Y emergió.

Una forma montañosa de materia verde, cubierta de crustáceos y otros productos del mar, coronada por la madre de todos los calamares, se alzó contra el acantilado, ocultando las estrellas.

—¿Quién osa invocar al poderoso Cthulhu? —los tentáculos de su bigote se agitaron al hablar, lanzando espuma marina sobre los hombres encapuchados—. El soñador de R’lyeh, el señor de las profundidades cósmicas, el amo de… Oh. Eres tú. El inquilino.

—No lo digas así —murmuró el hombre alto, sonrojándose en las partes de su rostro no cubiertas por la barba—, no delante de los… adores.

—Bueno, eso es lo que eres, ¿no? Uno de los inquilinos.

—Técnicamente, tú eres el inquilino, ya que este es mi mundo y tú solo eres un…

Las llamas de una supernova brillaron en los ojos de la criatura.

—Escucha, pequeño idiota. Me quedé atrapado en este miserable planeta mucho antes de que la idea de que tu especie evolucionara fuera siquiera viable, y ya me habría ido hace tiempo si no me hubiera quedado dormido y perdido el autobús cósmico una y otra vez. Así que no me digas lo que debo decir ni cómo debo decirlo. Inquilino.

La figura en el acantilado se sonrojó aún más, pero no retrocedió.

—Es solo que… quiero decir, soy un dios. Del mar. De todos los mares. De los siete, supongo. Nunca tuve tiempo de visitarlos todos. Quiero decir, el punto es que, de alguna manera, nosotros dos somos colegas. Iguales.

La montaña monstruosa se estremeció. Luego empezó a reírse. Luego a lanzar sonoras carcajadas. Se dice que las olas provocadas por ese ataque de risa fueron las que hundieron la Atlántida en el mar.

Secándose lágrimas del tamaño de charcos, el Dios Antiguo preguntó:

—¿Qué quieres, Poseidón?

—Sí, bueno, tengo un favor que pedirte… Verás, me preguntaba si podría… tomar prestado… uno de tus monstruos.

—¿Tomar prestado uno de mis monstruos?

—Sí. Sé que tienes bastantes, y mis ballenas y tiburones no sirven para la tarea que tengo en mente, así que me preguntaba si podrías prestarme uno. ¿Uno de tus bichos? Te lo devolveré para las Panateneas, ¡lo prometo!

—¿Y por qué querría hacer eso? —preguntó la monstruosidad de cabeza tentacular, apoyando las manos en las caderas.

—Eh… ¿cortesía entre colegas?

Cthulhu estalló en carcajadas otra vez, enviando olas que chocaban contra el acantilado.

—Buena esa, Poseidón, pero ya la he oído. ¡Adiós! —dijo el horror gelatinoso, y comenzó a descender de nuevo hacia las profundidades.

—¡No! ¡Espera! ¡Te… te daré algo a cambio!

—¿Como qué? ¿Un despertador que funcione bajo el agua?

—Bueno, no, pero… ¿y si… te consigo tu propio culto?

—¿Un culto? —dijo el monstruo, rascándose la barbilla, desprendiendo una langosta regordeta que cayó al abismo.

—¡Sí! —dijo Poseidón, entusiasmado—. ¡Son geniales! La gente te adora, organiza orgías en tu nombre, difunde tu palabra por todas partes…

—No sé…

—¡Y prometo usar tu criatura para sembrar caos y destrucción! Eso te gusta, ¿no?

—El poderoso Cthulhu no se preocupa por tu insignificante especie ni por sus civilizaciones. Para mí, toda vuestra existencia no es más que una mota en el gran vertedero del tiempo. —El dios monstruoso hizo una pausa, inclinando la cabeza—. Pero sí… me gusta el caos y la destrucción.

—¡Ahí lo tienes! ¡Todos ganan!

—No sé si puedo confiar en ti… ¿Y si lo dañas?

—Ah, no te preocupes por eso, estará bien. Quiero decir, ya alquilaste uno antes, a esos tipos escandinavos, un… ¿cómo se llamaba, hafgufa? Y salió bien, ¿no?

—Supongo…

—¡Entonces tenemos un trato! —sonrió Poseidón, apoyándose en su tridente—. Tú me das un monstruo, yo hago un poco de travesuras con él, te consigo un culto, y quién sabe, quizá dentro de un par de miles de años la gente lea sobre tus hazañas.

—No me importa… ¿Sabes qué? Esto empieza a cansarme. Te daré un kraken.

—¡Oh, genial, gracias! ¿Qué es?

—Es como un calamar gigante. Bastante aterrador para ustedes. Debería servir. Vendré a buscarlo en las Panateneas. Más te vale que no tenga ni un rasguño. ¡Por tu bien!

—¡Oh, gracias, muchas gracias! ¡No te arrepentirás, lo prometo! —vitoreó Poseidón.

Pero el gran dios verde ya estaba medio sumergido.

 

Los tentáculos del detestable leviatán, gruesos como troncos de árbol, se convirtieron en piedra y se desplomaron bajo la mirada de la cabeza cortada de Medusa, alzada en el brazo de Perseo. El kraken estaba acabado.

La mandíbula de Poseidón cayó lo suficiente como para mojar los pelos más bajos de su barba.

—¿Qué hacemos ahora, oh, Poseidón, mi señor? —preguntó el sumo sacerdote, con el rostro igualmente barbudo y preocupado.

—¿Poseidón? ¿Quién es Poseidón? Mi nombre es… eh… ¡Neptuno! ¡Sí! Si alguien pregunta por mí, especialmente alguien de ciento cincuenta metros de altura con tentáculos por barba, ¡dile que no existo!

Nenad Pavlovic nació en 1983 en una ciudad mediana de Europa del Este. Se especializó en Lengua y Literatura Inglesas y finalmente se mudó al norte de Noruega, donde aún reside, trabajando como profesor y escribiendo cada viernes por la noche con una pinta de cerveza. Sus relatos cortos (principalmente fantasía, ciencia ficción y terror, con algunas excepciones) aparecieron en numerosas revistas y colecciones de relatos publicadas en los Balcanes, y algunos incluso lograron publicarse en el extranjero (Jersey Devil Press, Piker Press, Schlock!, Lovecraftiana, Kaidankai, Dark Horses, Underside Stories, Savage Planets, Hooghly Review...). Su primera novela, Hokus Lokvud, ganó el Premio Mali Nemo a la Mejor Novela en 2013, y su última novela, Salvation on Peril Island, publicada bajo el seudónimo de Nash Knight, está actualmente disponible en Amazon. Además de escritor, también es esposo, padre, profesor, aficionado a la música y un gurú de los videojuegos.

 

martes, 10 de marzo de 2026

EL CURIOSO CASO DE TIM CRANSHAW Y DE TODAS LAS PERSONAS QUE RESULTARON HERIDAS, MUTILADAS O LEVEMENTE INCOMODADAS POR ELLO

Nenad Pavlović

 

Cuando Elpizo Napaneolasosta, alquimista siracusano del siglo V, místico, mago y pionero en el arte de susurrar a los hongos, en su lecho de muerte (bueno, en su taburete de muerte, con una pata coja), trazó los glifos protectores sobre su Libro Definitivo de Todos los Hechizos y Magias (en adelante, simplemente El Libro), se aseguró de que un objeto de tan inmenso poder y peligro jamás, en ninguna circunstancia, pudiera caer en las manos equivocadas (o en patas prensiles).

Y casi lo logró.

El problema con sus salvaguardas, que con el tiempo desembocarían en una serie de acontecimientos extraños y/o catastróficos en el Londres del siglo XXI, residía en la lógica de sus intenciones. Lo que Elpizo tenía en mente, mientras inscribía las runas de poder, era que ningún ser (humano o de otra índole) con deseos malignos, inclinado a la dominación mundial y cosas semejantes, pudiera jamás hacerse con el tomo: El Libro sería completamente indetectable y carente de interés para cualquiera que no fuera un auténtico santurrón de sandalias dobles. Y ningún escrutinio en bolas de cristal, estanques místicos, vísceras de cabra ni frijoles con salchicha podía otorgarle la precognición necesaria para prever y advertir sobre cierto Tim Cranshaw, una persona que todos describirían como apacible y amable. Y aburrida. Y un poco simple. Y “el primo más raro del señor Bean”.

Y esa fue su perdición.

Tim Cranshaw era exactamente como la gente lo describía. Era contable, solitario y una persona agradable, aunque algo insulsa, pero al mismo tiempo curiosa. Tim llevaba una vida beige y gris, hecha de rutinas y repeticiones placenteras, en la que cada objeto y cada acción tenían su tiempo y su lugar. Dicho esto, Tim no estaba completamente satisfecho con su vida. No era que quisiera más; en realidad, quería lo mismo, solo que más rápido y eficiente. Cuando abrió el curioso tomo encuadernado en cuero en la librería que visitaba de vez en cuando, al principio no creyó lo que le decían las letras mágicas que se traducían solas, pero estuvo dispuesto a intentarlo.

—Bueno, más vale que esto sea mejor que esas tonterías de yoga —dijo, frotando las palmas sobre el pergamino envejecido en su diminuto apartamento—. Veamos, debería empezar por lo básico. ¡Despertarme! ¡Eso es! La alarma de mi teléfono es una basura. Tiene que haber algo mejor que eso aquí dentro…

Al día siguiente, exactamente a las seis de la mañana, un alarido sobrenatural resonó desde el pequeño apartamento del número 9 de la calle Acacia. Los inquilinos del edificio, así como los de las manzanas circundantes, salieron corriendo desnudos, balbuceando y echando espuma por la boca, rechinando los dientes y proclamando los evangelios de los dioses ancianos del vacío pan-dimensional. Todos excepto Tim, que durmió plácidamente, para despertarse a las diez de la mañana, muy tarde para el trabajo y bastante irritado.

—Vaya desastre. En fin, ya que voy tan tarde, mejor llamo diciendo que estoy enfermo y veo si hay algo realmente útil en este libro. Ah, ¡té! A ver… Tiene que haber alguna forma de ahorrar gas…

Fueron necesarios tres cuerpos de bomberos y exactamente siete días para extinguir el incendio del número 9 de Acacia. El jefe del operativo declaró en las noticias de la noche que jamás había visto algo semejante, como si el fuego mismo tuviera mente y voluntad propias. Ni él, ni Tim, ni nadie en la Tierra llegó a saber que, ese mismo día, en el Plano Elemental del Fuego se organizó un funeral para el Gran Duque Frr’fshhh’whoosh, quien murió heroicamente a manos de “una hidra de agua” tras ser invocado a los Planos Primordiales para luchar en favor de cierto “Conde Grey”.

A pesar de todo, a Tim le fue bastante bien. La compañía de seguros no logró determinar ninguna causa clara del incendio, y recibió la indemnización completa. Para su sorpresa y alegría, su libro de magia también sobrevivió intacto.

—El fuego es un buen sirviente, pero un tipo desagradable. Me prepararé el té por mi cuenta a partir de ahora. Veamos si encuentro algo más práctico y menos peligroso. —Y luego—. El tráfico siempre es una molestia —exclamó Tim—. ¡De esto sí que puedo prescindir! ¡Teletransporte! Eso es lo que necesito. Pero debo ser prudente, no puedo aparecer de la nada frente a mi jefe y mis compañeros… No, necesito un lugar seguro —concluyó sabiamente.

Ese día Tim aprendió tres cosas:

  1. Que algunos empleados utilizaban los servicios incluso fuera del horario de descanso.
  2. Que su compañero Jabeer era homosexual.
  3. Que en secreto sentía atracción por Tim.

Aunque algo halagado por el tercer descubrimiento, Tim se sintió sobre todo aliviado porque eso le evitó tener que explicar por qué o cómo había aparecido dentro de un cubículo del baño de hombres, aunque sí requirió bastante explicación dejar claro que el sentimiento no era recíproco.

—Bien, el teletransporte queda descartado—reflexionó, pasando las páginas de su libro mágico—. Pero ¿y el trabajo en sí mismo? Tiene que haber alguna forma de hacerlo más fácil ¡Números! Los números son simples. Las matemáticas son el principio universal de la realidad. Nada puede salir mal con eso.

Sin que lo supieran siquiera los principales economistas del mundo, las ecuaciones que Tim introdujo ese día en su ordenador fueron las responsables del gran colapso bursátil de 2025, que provocó el suicidio de al menos once corredores de bolsa de Wall Street y, paradójicamente, el mejor año económico del siglo para el Reino Unido.

—¡Almuerzo! —gruñó Tim, intentando mantener el optimismo—. No puedo estropear algo tan sencillo. ¿Qué podría salir mal al invocar un simple y agradable sándwich?

Mantuvo ese pensamiento mientras, sonriendo y evitando las miradas acusadoras y llenas de repugnancia de las personas en la sala de descanso, masticaba el cuerpo gimiente de un meew-bga recién eclosionado, entre dos rebanadas de pan, que, sin que nadie lo supiera, era un manjar sumamente popular en casi todos los Reinos Exteriores.

—Lo compré en ese local coreano de la calle —mintió, con los dientes manchados de sangre, procurando no vomitar.

Por suerte para Tim, no sufrió problemas estomacales y solo recibió una advertencia de sus superiores por comentarios racistas.

—¿Sabes qué? —se dijo, ya en la intimidad de su apartamento—. Tal vez este libro no sea tan buena idea después de todo. Hasta ahora no me ha traído más que problemas. Creo que voy a deshacerme de él. Pero ¿cómo? Ah, ya sé —una revelación le iluminó el rostro—. Se lo daré a la persona más agradable que conozco. ¡Alguien que realmente pueda aprovecharlo!

Ese día, Tim entregó El Libro a su único amigo verdadero, Milosh.

Al día siguiente, todos los ríos del mundo se convirtieron en slivovitz.

Nenad Pavlovic nació en 1983 en una ciudad mediana de Europa del Este. Se especializó en Lengua y Literatura Inglesas y finalmente se mudó al norte de Noruega, donde aún reside, trabajando como profesor y escribiendo cada viernes por la noche con una pinta de cerveza. Sus relatos cortos (principalmente fantasía, ciencia ficción y terror, con algunas excepciones) aparecieron en numerosas revistas y colecciones de relatos publicadas en los Balcanes, y algunos incluso lograron publicarse en el extranjero (Jersey Devil Press, Piker Press, Schlock!, Lovecraftiana, Kaidankai, Dark Horses, Underside Stories, Savage Planets, Hooghly Review...). Su primera novela, Hokus Lokvud, ganó el Premio Mali Nemo a la Mejor Novela en 2013, y su última novela, Salvation on Peril Island, publicada bajo el seudónimo de Nash Knight, está actualmente disponible en Amazon. Además de escritor, también es esposo, padre, profesor, aficionado a la música y un gurú de los videojuegos.

  

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