Nenad Pavlović
Cuando Elpizo
Napaneolasosta, alquimista siracusano del siglo V, místico, mago y pionero en
el arte de susurrar a los hongos, en su lecho de muerte (bueno, en su taburete
de muerte, con una pata coja), trazó los glifos protectores sobre su Libro
Definitivo de Todos los Hechizos y Magias (en adelante, simplemente El
Libro), se aseguró de que un objeto de tan inmenso poder y peligro jamás, en
ninguna circunstancia, pudiera caer en las manos equivocadas (o en patas
prensiles).
Y casi lo logró.
El problema con sus salvaguardas,
que con el tiempo desembocarían en una serie de acontecimientos extraños y/o
catastróficos en el Londres del siglo XXI, residía en la lógica de sus
intenciones. Lo que Elpizo tenía en mente, mientras inscribía las runas de
poder, era que ningún ser (humano o de otra índole) con deseos malignos,
inclinado a la dominación mundial y cosas semejantes, pudiera jamás hacerse con
el tomo: El Libro sería completamente indetectable y carente de interés
para cualquiera que no fuera un auténtico santurrón de sandalias dobles. Y
ningún escrutinio en bolas de cristal, estanques místicos, vísceras de cabra ni
frijoles con salchicha podía otorgarle la precognición necesaria para prever y
advertir sobre cierto Tim Cranshaw, una persona que todos describirían como
apacible y amable. Y aburrida. Y un poco simple. Y “el primo más raro del señor
Bean”.
Y esa fue su perdición.
Tim Cranshaw era exactamente como
la gente lo describía. Era contable, solitario y una persona agradable, aunque
algo insulsa, pero al mismo tiempo curiosa. Tim llevaba una vida beige y gris,
hecha de rutinas y repeticiones placenteras, en la que cada objeto y cada
acción tenían su tiempo y su lugar. Dicho esto, Tim no estaba completamente
satisfecho con su vida. No era que quisiera más; en realidad, quería lo mismo,
solo que más rápido y eficiente. Cuando abrió el curioso tomo encuadernado en
cuero en la librería que visitaba de vez en cuando, al principio no creyó lo
que le decían las letras mágicas que se traducían solas, pero estuvo dispuesto
a intentarlo.
—Bueno, más vale que esto sea mejor
que esas tonterías de yoga —dijo, frotando las palmas sobre el pergamino
envejecido en su diminuto apartamento—. Veamos, debería empezar por lo básico.
¡Despertarme! ¡Eso es! La alarma de mi teléfono es una basura. Tiene que haber
algo mejor que eso aquí dentro…
Al día siguiente, exactamente a las
seis de la mañana, un alarido sobrenatural resonó desde el pequeño apartamento
del número 9 de la calle Acacia. Los inquilinos del edificio, así como los de
las manzanas circundantes, salieron corriendo desnudos, balbuceando y echando
espuma por la boca, rechinando los dientes y proclamando los evangelios de los
dioses ancianos del vacío pan-dimensional. Todos excepto Tim, que durmió
plácidamente, para despertarse a las diez de la mañana, muy tarde para el
trabajo y bastante irritado.
—Vaya desastre. En fin, ya que voy
tan tarde, mejor llamo diciendo que estoy enfermo y veo si hay algo realmente
útil en este libro. Ah, ¡té! A ver… Tiene que haber alguna forma de ahorrar
gas…
Fueron necesarios tres cuerpos de
bomberos y exactamente siete días para extinguir el incendio del número 9 de
Acacia. El jefe del operativo declaró en las noticias de la noche que jamás
había visto algo semejante, como si el fuego mismo tuviera mente y voluntad
propias. Ni él, ni Tim, ni nadie en la Tierra llegó a saber que, ese mismo día,
en el Plano Elemental del Fuego se organizó un funeral para el Gran Duque
Frr’fshhh’whoosh, quien murió heroicamente a manos de “una hidra de agua” tras
ser invocado a los Planos Primordiales para luchar en favor de cierto “Conde
Grey”.
A pesar de todo, a Tim le fue
bastante bien. La compañía de seguros no logró determinar ninguna causa clara
del incendio, y recibió la indemnización completa. Para su sorpresa y alegría,
su libro de magia también sobrevivió intacto.
—El fuego es un buen sirviente,
pero un tipo desagradable. Me prepararé el té por mi cuenta a partir de ahora.
Veamos si encuentro algo más práctico y menos peligroso. —Y luego—. El tráfico
siempre es una molestia —exclamó Tim—. ¡De esto sí que puedo prescindir!
¡Teletransporte! Eso es lo que necesito. Pero debo ser prudente, no puedo
aparecer de la nada frente a mi jefe y mis compañeros… No, necesito un lugar
seguro —concluyó sabiamente.
Ese día Tim aprendió tres cosas:
- Que algunos empleados utilizaban los servicios
incluso fuera del horario de descanso.
- Que su compañero Jabeer era homosexual.
- Que en secreto sentía atracción por Tim.
Aunque algo halagado por el tercer
descubrimiento, Tim se sintió sobre todo aliviado porque eso le evitó tener que
explicar por qué o cómo había aparecido dentro de un cubículo del baño de
hombres, aunque sí requirió bastante explicación dejar claro que el sentimiento
no era recíproco.
—Bien, el teletransporte queda
descartado—reflexionó, pasando las páginas de su libro mágico—. Pero ¿y el
trabajo en sí mismo? Tiene que haber alguna forma de hacerlo más fácil ¡Números!
Los números son simples. Las matemáticas son el principio universal de la
realidad. Nada puede salir mal con eso.
Sin que lo supieran siquiera los
principales economistas del mundo, las ecuaciones que Tim introdujo ese día en
su ordenador fueron las responsables del gran colapso bursátil de 2025, que
provocó el suicidio de al menos once corredores de bolsa de Wall Street y,
paradójicamente, el mejor año económico del siglo para el Reino Unido.
—¡Almuerzo! —gruñó Tim, intentando
mantener el optimismo—. No puedo estropear algo tan sencillo. ¿Qué podría salir
mal al invocar un simple y agradable sándwich?
Mantuvo ese pensamiento mientras,
sonriendo y evitando las miradas acusadoras y llenas de repugnancia de las
personas en la sala de descanso, masticaba el cuerpo gimiente de un meew-bga
recién eclosionado, entre dos rebanadas de pan, que, sin que nadie lo supiera,
era un manjar sumamente popular en casi todos los Reinos Exteriores.
—Lo compré en ese local coreano de
la calle —mintió, con los dientes manchados de sangre, procurando no vomitar.
Por suerte para Tim, no sufrió
problemas estomacales y solo recibió una advertencia de sus superiores por
comentarios racistas.
—¿Sabes qué? —se dijo, ya en la
intimidad de su apartamento—. Tal vez este libro no sea tan buena idea después
de todo. Hasta ahora no me ha traído más que problemas. Creo que voy a
deshacerme de él. Pero ¿cómo? Ah, ya sé —una revelación le iluminó el rostro—.
Se lo daré a la persona más agradable que conozco. ¡Alguien que realmente pueda
aprovecharlo!
Ese día, Tim entregó El Libro
a su único amigo verdadero, Milosh.
Al día siguiente, todos los ríos
del mundo se convirtieron en slivovitz.
Nenad Pavlovic nació en 1983 en una
ciudad mediana de Europa del Este. Se especializó en Lengua y Literatura
Inglesas y finalmente se mudó al norte de Noruega, donde aún reside, trabajando
como profesor y escribiendo cada viernes por la noche con una pinta de cerveza.
Sus relatos cortos (principalmente fantasía, ciencia ficción y terror, con
algunas excepciones) aparecieron en numerosas revistas y colecciones de relatos
publicadas en los Balcanes, y algunos incluso lograron publicarse en el
extranjero (Jersey Devil Press, Piker Press, Schlock!, Lovecraftiana,
Kaidankai, Dark Horses, Underside Stories, Savage Planets, Hooghly Review...).
Su primera novela, Hokus Lokvud, ganó el Premio Mali Nemo a la Mejor Novela en
2013, y su última novela, Salvation on Peril Island, publicada bajo el
seudónimo de Nash Knight, está actualmente disponible en Amazon. Además de
escritor, también es esposo, padre, profesor, aficionado a la música y un gurú
de los videojuegos.
