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martes, 10 de marzo de 2026

EL CURIOSO CASO DE TIM CRANSHAW Y DE TODAS LAS PERSONAS QUE RESULTARON HERIDAS, MUTILADAS O LEVEMENTE INCOMODADAS POR ELLO

Nenad Pavlović

 

Cuando Elpizo Napaneolasosta, alquimista siracusano del siglo V, místico, mago y pionero en el arte de susurrar a los hongos, en su lecho de muerte (bueno, en su taburete de muerte, con una pata coja), trazó los glifos protectores sobre su Libro Definitivo de Todos los Hechizos y Magias (en adelante, simplemente El Libro), se aseguró de que un objeto de tan inmenso poder y peligro jamás, en ninguna circunstancia, pudiera caer en las manos equivocadas (o en patas prensiles).

Y casi lo logró.

El problema con sus salvaguardas, que con el tiempo desembocarían en una serie de acontecimientos extraños y/o catastróficos en el Londres del siglo XXI, residía en la lógica de sus intenciones. Lo que Elpizo tenía en mente, mientras inscribía las runas de poder, era que ningún ser (humano o de otra índole) con deseos malignos, inclinado a la dominación mundial y cosas semejantes, pudiera jamás hacerse con el tomo: El Libro sería completamente indetectable y carente de interés para cualquiera que no fuera un auténtico santurrón de sandalias dobles. Y ningún escrutinio en bolas de cristal, estanques místicos, vísceras de cabra ni frijoles con salchicha podía otorgarle la precognición necesaria para prever y advertir sobre cierto Tim Cranshaw, una persona que todos describirían como apacible y amable. Y aburrida. Y un poco simple. Y “el primo más raro del señor Bean”.

Y esa fue su perdición.

Tim Cranshaw era exactamente como la gente lo describía. Era contable, solitario y una persona agradable, aunque algo insulsa, pero al mismo tiempo curiosa. Tim llevaba una vida beige y gris, hecha de rutinas y repeticiones placenteras, en la que cada objeto y cada acción tenían su tiempo y su lugar. Dicho esto, Tim no estaba completamente satisfecho con su vida. No era que quisiera más; en realidad, quería lo mismo, solo que más rápido y eficiente. Cuando abrió el curioso tomo encuadernado en cuero en la librería que visitaba de vez en cuando, al principio no creyó lo que le decían las letras mágicas que se traducían solas, pero estuvo dispuesto a intentarlo.

—Bueno, más vale que esto sea mejor que esas tonterías de yoga —dijo, frotando las palmas sobre el pergamino envejecido en su diminuto apartamento—. Veamos, debería empezar por lo básico. ¡Despertarme! ¡Eso es! La alarma de mi teléfono es una basura. Tiene que haber algo mejor que eso aquí dentro…

Al día siguiente, exactamente a las seis de la mañana, un alarido sobrenatural resonó desde el pequeño apartamento del número 9 de la calle Acacia. Los inquilinos del edificio, así como los de las manzanas circundantes, salieron corriendo desnudos, balbuceando y echando espuma por la boca, rechinando los dientes y proclamando los evangelios de los dioses ancianos del vacío pan-dimensional. Todos excepto Tim, que durmió plácidamente, para despertarse a las diez de la mañana, muy tarde para el trabajo y bastante irritado.

—Vaya desastre. En fin, ya que voy tan tarde, mejor llamo diciendo que estoy enfermo y veo si hay algo realmente útil en este libro. Ah, ¡té! A ver… Tiene que haber alguna forma de ahorrar gas…

Fueron necesarios tres cuerpos de bomberos y exactamente siete días para extinguir el incendio del número 9 de Acacia. El jefe del operativo declaró en las noticias de la noche que jamás había visto algo semejante, como si el fuego mismo tuviera mente y voluntad propias. Ni él, ni Tim, ni nadie en la Tierra llegó a saber que, ese mismo día, en el Plano Elemental del Fuego se organizó un funeral para el Gran Duque Frr’fshhh’whoosh, quien murió heroicamente a manos de “una hidra de agua” tras ser invocado a los Planos Primordiales para luchar en favor de cierto “Conde Grey”.

A pesar de todo, a Tim le fue bastante bien. La compañía de seguros no logró determinar ninguna causa clara del incendio, y recibió la indemnización completa. Para su sorpresa y alegría, su libro de magia también sobrevivió intacto.

—El fuego es un buen sirviente, pero un tipo desagradable. Me prepararé el té por mi cuenta a partir de ahora. Veamos si encuentro algo más práctico y menos peligroso. —Y luego—. El tráfico siempre es una molestia —exclamó Tim—. ¡De esto sí que puedo prescindir! ¡Teletransporte! Eso es lo que necesito. Pero debo ser prudente, no puedo aparecer de la nada frente a mi jefe y mis compañeros… No, necesito un lugar seguro —concluyó sabiamente.

Ese día Tim aprendió tres cosas:

  1. Que algunos empleados utilizaban los servicios incluso fuera del horario de descanso.
  2. Que su compañero Jabeer era homosexual.
  3. Que en secreto sentía atracción por Tim.

Aunque algo halagado por el tercer descubrimiento, Tim se sintió sobre todo aliviado porque eso le evitó tener que explicar por qué o cómo había aparecido dentro de un cubículo del baño de hombres, aunque sí requirió bastante explicación dejar claro que el sentimiento no era recíproco.

—Bien, el teletransporte queda descartado—reflexionó, pasando las páginas de su libro mágico—. Pero ¿y el trabajo en sí mismo? Tiene que haber alguna forma de hacerlo más fácil ¡Números! Los números son simples. Las matemáticas son el principio universal de la realidad. Nada puede salir mal con eso.

Sin que lo supieran siquiera los principales economistas del mundo, las ecuaciones que Tim introdujo ese día en su ordenador fueron las responsables del gran colapso bursátil de 2025, que provocó el suicidio de al menos once corredores de bolsa de Wall Street y, paradójicamente, el mejor año económico del siglo para el Reino Unido.

—¡Almuerzo! —gruñó Tim, intentando mantener el optimismo—. No puedo estropear algo tan sencillo. ¿Qué podría salir mal al invocar un simple y agradable sándwich?

Mantuvo ese pensamiento mientras, sonriendo y evitando las miradas acusadoras y llenas de repugnancia de las personas en la sala de descanso, masticaba el cuerpo gimiente de un meew-bga recién eclosionado, entre dos rebanadas de pan, que, sin que nadie lo supiera, era un manjar sumamente popular en casi todos los Reinos Exteriores.

—Lo compré en ese local coreano de la calle —mintió, con los dientes manchados de sangre, procurando no vomitar.

Por suerte para Tim, no sufrió problemas estomacales y solo recibió una advertencia de sus superiores por comentarios racistas.

—¿Sabes qué? —se dijo, ya en la intimidad de su apartamento—. Tal vez este libro no sea tan buena idea después de todo. Hasta ahora no me ha traído más que problemas. Creo que voy a deshacerme de él. Pero ¿cómo? Ah, ya sé —una revelación le iluminó el rostro—. Se lo daré a la persona más agradable que conozco. ¡Alguien que realmente pueda aprovecharlo!

Ese día, Tim entregó El Libro a su único amigo verdadero, Milosh.

Al día siguiente, todos los ríos del mundo se convirtieron en slivovitz.

Nenad Pavlovic nació en 1983 en una ciudad mediana de Europa del Este. Se especializó en Lengua y Literatura Inglesas y finalmente se mudó al norte de Noruega, donde aún reside, trabajando como profesor y escribiendo cada viernes por la noche con una pinta de cerveza. Sus relatos cortos (principalmente fantasía, ciencia ficción y terror, con algunas excepciones) aparecieron en numerosas revistas y colecciones de relatos publicadas en los Balcanes, y algunos incluso lograron publicarse en el extranjero (Jersey Devil Press, Piker Press, Schlock!, Lovecraftiana, Kaidankai, Dark Horses, Underside Stories, Savage Planets, Hooghly Review...). Su primera novela, Hokus Lokvud, ganó el Premio Mali Nemo a la Mejor Novela en 2013, y su última novela, Salvation on Peril Island, publicada bajo el seudónimo de Nash Knight, está actualmente disponible en Amazon. Además de escritor, también es esposo, padre, profesor, aficionado a la música y un gurú de los videojuegos.