Cristian Mitelman
Mi madre murió en
los trabajos de parto, según me dijo un día su hermana mayor, la señora
Matilde, que me crio hasta los trece años en los campos de Castilla la Vieja, y
dado que yo fui la causa de la muerte de la madre, mi destino estuvo marcado
por los trabajos y las privaciones, tal como quien es deudor y todas las noches
siente que su acreedor está por caerle y deberá dormir a la intemperie, puesto
que ya no habrá de quedarle ni el heno del establo para descansar junto a los
bueyes. Y digo que mis primeros años fueron una preparación para la laceria de
los posteriores, y es que la señora Matilde, casada con Tomé Jaramillo, no era
mujer habituada a los hábitos mundanos como el yantar y el beber, al punto que
su imagen, consubstanciada sólo con las cosas del espíritu, parecía uno de esos
chapiteles de las iglesias toledanas que vi en uno de mis primeros viajes, aunque
de eso hablaré más tarde, porque todas exposición debe tener un orden y no
conviene que el después anteceda al antes, como me explicó el Arcipreste de San
Salvador, mi actual dueño, hombre que, aunque formado en las letras de
Aristóteles, es también un gran catador de vinos, que una cosa no va en
menoscabo de la otra, siendo que así sucedía con la señora Matilde, que de
tanto atender la salud del alma, descuidaba los bienes del cuerpo y era su
desnudez un anticipo de la muerte venidera, porque yo que la miré sin paños
puedo atestiguar que las costillas le bailaban al igual que un esqueleto en
tumba movida, y esto no debía de ser de agrado de Tomé Jaramillo, a quien le
gustaba la longaniza y todo lo que tuviera abundancia de materia, mas cuando yo
quería comer, impedíalo la señora Matilde, alegando que esas eran cosas de
hombre que trabajaban en el campo y que no cuadraba a las mujeres la gula ni
los otros seis pecados hermanos. Y digo que a don Tomé Jaramillo debía
angustiar la imagen de la muerte que habitaba en su señora esposa, porque más
de una vez se santiguó a espaldas de ella, como quien está en presencia de una
mala imagen a la que conviene alejar. Y además, siendo yo moza, tenía el
trabajo de limpiar los establos de cuadra y más de una vez encontré al señor
con otras mujeres que yo conocía del pueblo y allí sucedía la inversión del
mundo, porque todo el mundo dejaba de mostrar la cara y era el culo la parte
más saliente del cuerpo, y al ser establo y haber caballos pensé yo que todos
imitaran a las bestias y el señor montara campesinas rollizas y las campesinas
rollizas también quisieran ser jinetas y se colocaran sobre don Tomé Jaramillo
para una carrera que duraba sus buenos momentos. Y este lugar era bueno para mí,
porque a escondidas de doña Matilde, el señor ejerció la primera caridad
conmigo, y siempre me tenía reservadas algunas papas cocidas, pequeños trozos
de pernil (esos eran días de fiesta) y restos de bodigos que en las casa
quedaban y que él sacaba antes de que endurecieran y fueran comida de los
muchos ratones que por allí corrían. Habiendo cumplido ya los doce años, fui
una noche, tal como cuadraba, a limpiar la bosta de los caballos, cuando don
hallé a mi amo en la más estricta de las soledades, y viéndole así me acerqué y
él me convidó con un pan nuevo, recién horneado que me pareció recién salido de
los hornos del cielo, aunque tengo entendido que es en el infierno donde se
genera el calor que surge bajo la tierra, y si esas cosas nacen del abismo, pensé
que era mejor condenarse para siempre que salvarse a costa de las miserias a
las que se sometía mi señora Matilde, y algo de mis pensamientos habrá visto el
tío, que puso discretamente su mano en mi rodilla y luego comenzó a subir y
hasta llegarme adonde nacen las bragas y luego sentí su aliento contra el mío y
mucho me hizo doler ese día, y aunque las lágrimas se empeñaban en salir de los
ojos, él mismo la enjuagaba con sus labios y, en medio de amorosas promesas que
se mezclaban con los insultos que solía murmurar en compañía las otras
campesinas que por allí pasaban, me enseñó el arte de las acciones que deben
ocultarse, único arte que permite a las mujeres pobres sobrevivir en una
sociedad como esta, que por fuera muestra una cara y por dentro es algo tan
distinto. Pero por más que se oculten ciertos actos, las cosas terminan por
saberse y es que mi dueña no conoció las acciones del marido y la sobrina, por
lo que una tarde de otoño me dijo:
—Puta al igual que tu madre, que
Dios la tenga en su gloria, aunque cosa difícil es. Mejor vete, que ya no hay
lugar para ti en esta casa y además ya sabes cómo puedes tener tu alimento.
Y así me vi desamparada de todos,
por lo que me encaminé a Toledo, adonde habían dicho que tenía familia, y
aunque fuera improbable, no tenía otra posibilidad que ir a una ciudad que
desconocía por caminos que también me eran extraños, a la espera de conseguir
alguna casa en que pudiera emplearme, porque ya estaba crecida y formada y
podía lavar platos y zurcir camisas o limpiar caballerizas, llevar el heno y
todo cuanto una joven puede hacer. Lo cierto es que siempre hay poca moneda en
estos parajes del mundo y los maravedíes que se ganan en las Indias se pierden
en los mares o en la corte, por lo que nadie se dignaba a tomarme como criada,
por lo que acabé en una venta solicitada por los muchos viajeros que venían
allende el océano, pero no eran estos hombres de alcurnia ni que hubieran
ganado su lugar bajo el sol, sino una soldadesca ruin como la madre que la
había parido y mis días pasaban en un bodegón donde todo olía a rancio y
perdido de día y todo olía a regüeldo por las noche, y es bajo esas mantas
donde gané durante años el sustento con el que pude mantenerme a mí y a los
tres hijos que me llegaron a su debido turno, de padre distinto pero idéntico
gesto, porque los hombres no difieren en su forma de ser y se diría que todos
participan de una especie de hombre general cuya idea se le habrá ocurrido a
algún demiurgo borracho, pero mejor es que calle, porque los tribunales
funcionan plenamente en estos días y no quiero que me acusen de herejía o de
andar judaizando, carta corriente en las cárceles del Santo Oficio, que todo lo
mira y a quien bastante debo, porque es parte de mi historia lo que a
continuación viene y es que pude abandonar la soldadesca porque una noche se
allegó un Arcipreste del Salvador que había sido llamado como teólogo auxiliar
para un juicio que se haría en Toledo contra un cabalista o algo así, y es que
viéndome el dicho monje mujer todavía apetecible, decidió nombrarme criada
personal y llevarme consigo a aquella ciudad, donde finqué un tiempo y conocí
que ya no tenía familiares ni conocidos, por lo que estaba absolutamente sola
en este mundo, ya que mis tres hijos también se habían dispersado por las rutas
de Dios y en ellos pienso cada noche y es mi deseo mayor que no terminen en las
galeras de su majestad o haciendo sombra de un árbol con los cuervos
picoteándoles los ojos desmesuradamente abiertos, tal como tantas veces hallé
en las distintas rutas por las que el cura me condujo. Que se arrimen a los
buenos es mi deseo, por más difícil que sea este empeño. Aunque no soy experta
en números, si mal no hago las cuentas fueron dieciséis los años que anduve
trotando de venta en venta hasta que conocí al nombrado Arcipreste, hombre
celoso de su cargo y astuto como una araña, porque sabía manejar al mundo a su
antojo tejiendo redes que sólo él sabía pulsar. Supe servir a buen amo como
creo que ninguna mujer lo haya complacido, pero para evitar malevolencia, que
es cosa frecuente en estos páramos de España, dispuso que me casara con un mozo
de origen desconocido que por entonces hacía el trabajo de pregonero de vinos y
en eso él y yo vinimos a coincidir en lo mucho de nuestras fatigas y en lo poco
de los premios que la vida prodiga a los que bien se esfuerzan, pero el cura
que nos unió en matrimonio nos aseguró la vejez siempre y cuando estuviéramos
bajo su órbita, tal como los herejes dicen que los planetas lo están alrededor
del sol, cosa absurda si la hay, siendo que es claro que la tierra es el centro
de todo el universo y es Roma el centro de la Tierra y es el papa el centro de
Roma. Me avine así esposa de hombre humilde y así sirvo buenamente a dos
hombres y ya no estoy bajo los caprichos y las violencias de los viajeros que
pernoctaban en las ventas. Soy buena esposa por las noches y ninguna queja se
oirá de mi amo, pero también soy buena esposa de la santa madre iglesia, porque
el Arcipreste reclama su parte del trato y no hay nadie que conozca los gustos
de ese hombre, por lo que las lenguas de serpiente me llaman la doble maridada
y cada vez que mi esposo pasa en su corretaje de vinos los niños le juegan al
toro y más de una chanza tuvo que sufrir, mas yo le digo que no haga caso, que
la envidia es la única que habla en esos casos y los ojos de los que calumnian
están rojos de mal mirar, porque si espiaran puertas adentro, grandes cosas
descubrirían en sus propios portales y más de un hijo debiera de cambiar de
apellido y más de un burlador pasaría de torero a toro y de toro a ciervo
mayor, si es que tales cambios pueden existir tal como en los tiempo de Ovidio
se dice que hubo, porque aunque mujer sin cultura soy, muchas cosas oí del
Arcipreste que maravillaron mi entendimiento. Y hasta aquí no tengo mucho más
que contar: intento mantener mi hacienda en paz y espero que si alguna vez
nuestro Emperador vuelve a Cortes en Toledo, no haya menguado la prosperidad de
los últimos años y mis tres hijos puedan conocer esta casa que los aguarda,
casa rústica, es cierto, pero en la que no faltan los bollos de pan y la bota
de vino.

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