Ali Al Sibai
Trabajo como
reparador de aparatos eléctricos de precisión en la ciudad de Ur. Aprendí de
Zorba a amar la vida, y era rebelde como Guevara. Anhelaba la alegría, las
sonrisas de la gente, la primavera que toca mi corazón, el blanco, ver los
colores fascinantes que adornan la vida de las personas, los ambientes de
felicidad que iluminan a la gente, como el sol de julio que brillaba en la
mañana del viernes, resplandeciendo sobre las coronas de las palmeras con un
tono púrpura verdoso, y con él sobre mi rostro moreno del sur, la sonrisa de
Charlie Chaplin. Comienzo mi mañana con una sonrisa para terminar mi tarde con
una sonrisa; comienzo mi trabajo con una sonrisa para mantener mi ánimo
brillante todo el día hasta el atardecer, como si saludara con una sonrisa
sincera al amanecer, a la gente y al ocaso, reparando corazones heridos por la
tristeza. Prefiero que la gente me vea con un rostro iluminado por una sonrisa
constante. Camino por los mercados y entre las callejuelas con los andares de
Charlie Chaplin, vistiendo los colores fascinantes de la alegría, la cabeza en
alto, porque paso todo mi tiempo inclinado sobre la reparación de televisores y
antenas parabólicas.
Tomé en serio las palabras de Charlie Chaplin: No
encontrarás el arcoíris mientras mires hacia abajo. Creí en su opinión: un
día sin risa es un día perdido. Era un viernes brillante, y yo estaba
igualmente lleno de alegría. Recordé que ese es el día en que Cristo fue
crucificado. Comencé a irradiar felicidad, bromear con los vendedores
ambulantes, los comerciantes, los obreros, los porteadores, los niños que
venden agua fría y los mendigos. Me recordaba a mí mismo ser tranquilo y de
buen ánimo. Nunca viví quejándome ni amargado; viví con un corazón blanco y
satisfecho, para no caer en la tristeza.
En la pared, en lugar de la foto del presidente sobre
mi cabeza, colgué una frase de Charlie Chaplin: Si fuera profeta, haría que
mi mensaje fuera la felicidad para todos los seres humanos y prometería
libertad a mis seguidores. Mi milagro sería poner sonrisas y risas en los
labios de los niños. Nunca amenazaría a nadie con el infierno ni prometería el
paraíso; simplemente los invitaría a ser humanos y a pensar. Todos los que
entraban a mi taller la leían. Los habitantes de mi ciudad me llamaban Charlie
Chaplin porque camino como él y sonrío como él. Me volví adicto a ver sus
películas, aunque difiero de él en mi amor por la electrónica. Vivo solo; se
aplica a mí lo que dijo Rafael Alberti: En tu soledad, eres un país
abarrotado.
La temperatura alcanzaba los 54 °C; al salir a la
calle se siente abrasadora. Veo nubes negras que se han reunido en el calor
sofocante de este verano cruel. Sé que esas nubes traen malos presagios, que
borran la sonrisa y aprietan el corazón. Los compradores caminan indiferentes
al calor porque están acostumbrados. El aliento de la gente es abrasador, y el
sol del mediodía, de color miel, es implacable. Sonreí al sol miel y deseé que
lloviera, lluvia intensa, con sonidos resonantes que llenaran de alegría los
colores más sonrientes.
Delante de mi pequeño taller, en la acera de enfrente,
pasaban hombres, niños y mujeres comprando. Escuchaba los sonidos ruidosos de
la vida y reía con alegría infantil. Los clientes del café frente a mí tomaban
té a pesar de ser uno de los días más calurosos del verano. Entró alguien, pero
no levanté la vista; sentí su presencia mientras estaba concentrado en mi
trabajo. Miré hacia él: era nuestro vecino Yahya el mongol. Yahya era puro,
amable, inocente, dulce, y la gente se sentía atraída hacia él como hacía las
mariposas. Me miraba, sostenía una antena parabólica muy antigua con el mando a
distancia, sonreía y miraba alrededor. Yo giré y le sonreí. Mirándonos, parecía
estar en un campo de entrenamiento militar: «¡Detente!», «¡Quédate donde estás!».
Con labios secos y un tono de esperanza mezclado con
timidez, me dijo: «Está roto», refiriéndose al mando de distancia. Mi corazón
se llenó de alegría, latía con fuerza. Sonreí, reí con todo mi ser, y él
también rio. Me preguntó: «¿Está roto el aparato o el mando?». Reí, viajando
con su risa a un nuevo estado de ánimo dentro de mí. Observé sus ojos mongoles
durante toda nuestra conversación. Tras revisar la antena, le informé de que el
aparato funcionaba correctamente, pero el mando estaba roto. Le pedí que
comprara uno nuevo en la tienda que había frente a la mía. Dijo: «No tengo
dinero». Reí a carcajadas y le di el dinero para el mando de distancia. Salió
contento, confiado, sonriendo, con el mando en la mano.
Momentos después, un fuerte estallido sacudió el lugar
precedido por un resplandor de llama azul deslumbrante, un hervor rojo, una ola
de terror, gritos y lamentos. Salí corriendo de mi taller como Charlie Chaplin,
pero sin bastón, en medio del caos, los gritos, la sangre, los muertos, los
heridos y los restos humanos que llenaban el mercado. El lugar se volvió
horrible; un viento rojo azotaba todo, haciendo que la tierra de Ur se volviera
de sangre. Todo estaba devastado: los puestos destruidos, la gente hecha
pedazos, manchas de sangre cubrían el asfalto, las paredes y las coronas de las
palmeras. Una gran fosa estaba llena de cuerpos, sangre, mercancías de las
tiendas, cristales rotos. Las mercancías se mezclaban con la sangre de
inocentes. Tras cada explosión, ver cuerpos destrozados se volvió común.
Salí corriendo de mi tienda en medio de la
destrucción, aterrorizado, exhausto, con pánico. Vi a una multitud de supervivientes
cubiertos de sangre y barro golpeando algo violentamente. Al principio pensé
que era un segundo terrorista intentando detonar otra bomba, ya que son
frecuentes los ataques dobles. Me abrí paso con dificultad hasta el objeto de
su agresión. Lo vi: ¡Era Yahia el mongol! Había muerto por los golpes
recibidos, su cuerpo ensangrentado, con el mando a distancia en la mano. Murió
tranquilo, valiente, con una sonrisa dulce en sus labios, que parecían la boca
de un pez. Sus ojos mongoles me miraban con pesar, mostrando un niño asustado
castigado duramente. Me arrodillé incrédulo, y mis lágrimas cayeron sobre él.
Los supervivientes pensaban que él había detonado la bomba; les grité la
verdad. Su muerte llenó mi corazón de tristeza; me sentí solo y lo abracé. Me
dolía corazón por su fallecimiento.
Su sueño era reparar el mando de distancia y la antena para poder ver el mundo. Era un pájaro de alas rotas, y su muerte fue ruidosa y desoladora. Una nube blanca cercana cubrió nuestro mundo cruel; la miré mientras ocultaba el sol rojo brillante en el cielo gris oscuro. Retumbó una segunda explosión.
Traducción del árabe al español: Abdul Hadi Sadoun
Ali Al Sibai nació en Nasiriya, Irak en 1970. En 2002 publicó Ritmos
del tiempo danzante, seguido de Grito antes del silencio (2004),
obra que obtuvo el tercer premio en el Concurso Cultural de Dubái. En 2005
apareció Zuleikha
de Yusuf y en 2006 La quema del reino de Zamama. Más
tarde presentó Diarios de la viuda de un soldado desconocido
(2014), microcuentos que precedieron a La estela de las tristezas sumerias
(2018) y Tablillas
de los consejos del abuelo (2019).
