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jueves, 1 de octubre de 2026

DELIRIUM

Dora Gómez Q.

 

Soñaba con ser un escritor consagrado. Aún no lo había logrado porque, como les había ocurrido a grandes escritores, era un incomprendido.

Bebía. Bastante. ¿Y qué? ¿Acaso Bukowski no lo hacía? O Vinicius o…

Carla, mi protagonista, me tiró en la cara una bocanada de humo del cigarrillo delgado y negro que fumaba con una boquilla.

—Aunque me dejes ciego, esta partida de ajedrez la gano yo, por algo soy el campeón.

Pero entonces, una gran cantidad de arañas, que tal vez descendían del techo, bajaron de sus telas hasta mi cara.

—¡Quítamelas, Carla! —supliqué

—¡Otra vez bebiendo! —gritó.

Pero no era Carla. Era Luisa. ¡Mi Luisa!

El látigo de su voz me quebró. El orgullo de creador de mundos se disolvió. Ya no era un maestro de ajedrez, sino un saco de harapos temblorosos

Ella comenzó a llorar.

Quise consolarla con los dedos entumecidos por el temblor del delirio.

—Perdóname, Luisa. Por el amor de Dios, perdóname. Las arañas me obligaron. Yo no quería beber. Buscaba inspiración para un certamen, para ganar dinero y llevarte de vacaciones a esa playa donde te gusta caminar al atardecer…

Mi lengua trabada convertía las palabras en sonidos incomprensibles.

Ella permaneció inmóvil. En su rostro ya no había furia, sino una mezcla de desprecio y piedad. Sentí la vibración de su cuerpo. El desprecio mezclado con piedad era casi peor que sus gritos. Todo era una gran nebulosa.

No sé bien qué pasó después.

Cuando el veneno empezó a abandonar mi sangre, dejó en su lugar una resaca de pura y descarnada culpa. Después de rodillas en el barro de mi propia existencia, solo quería que pusiera su mano sobre mi cabeza y detuviera ese maldito carrusel de sombras.

Pero la inconsciencia fue un lujo que duró poco.

Desperté con los párpados pesados. La luz del nuevo día no fue dorada ni clemente, era una aguja blanca y filosa que atravesaba la mugre de la ventana y me perforaba el cerebro.

Tirado en el suelo, con las mejillas pegadas a la fría madera, sentí en mi boca un sabor a ceniza, cobre y arrepentimiento

La lucidez de la resaca fue la peor de todas las condenas. No había poesía en ese frío, ni misticismo en ese dolor. Miré a mi alrededor con los ojos bien abiertos, desprovisto del escudo anestésico del alcohol. La mesa estaba desierta, el manuscrito donde escribí cincuenta palabras estaba arrugado, manchado con el vodka derramado y la botella vacía descansaba de costado, como un testigo silencioso que me acusaba sin hablar.

En las grietas de la pared no había ejércitos de sombras ni confidentes secretos, solo eran marcas de humedad y abandono de un papel tapiz desgarrado.

Ya no había arañas. El silencio en el departamento era total, denso y acusador. Me levanté apoyándome en la silla, sintiendo el crujido de mis huesos.

Caminé hasta la habitación contigua con el corazón latiéndome en la garganta. La cama estaba deshecha y vacía.

Luisa se había ido.

Estaba solo, dolorosamente sobrio, mirando fijamente mis manos temblorosas, que ya no sabían si sostener una pluma o buscar otra moneda para el próximo trago de vodka.

Salí a la fría mañana de invierno. Caminé sin rumbo. En un gran cesto de basura a medio tapar, algo brillaba a la luz del pálido sol. Era una botella. La levanté. Todavía tenía un poco de whisky; me la puse bajo el brazo y seguí caminando.

Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.

 

jueves, 3 de septiembre de 2026

EL BALLET DE LAS SOMBRAS

Dora Gómez Q.

 

Las luces del escenario proyectaban haces geométricos, como si el propio espacio estuviera dividido por navajas ópticas. Cada noche, el proyector se encendía y ellos ejecutaban la coreografía.

La bailarina estaba atrapada entre el celuloide y la realidad. Si ella lograba romper la rigidez de la geometría del escenario y dar un paso en diagonal hacia la penumbra total, el bucle se rompería y sería libre, pero Jonathan hacía lo imposible con sus poses teatrales para mantenerla estática en su cuadro de luz.

 El Teatro de la Ópera de Estrasburgo estaba clausurado hacía décadas, desde el incendio de 1926. Sin embargo, cada medianoche, los generadores ocultos en el sótano cobraban vida con un zumbido eléctrico. El olor a ozono y polvo caliente no era el de una ruina, sino el de una máquina devorando electricidad.

Me colé entre los andamios oxidados, buscando el calor de los transformadores. Lo que vi en el escenario principal, me heló la sangre.

No había música. Solo el zumbido rítmico de un proyector de carbón oculto en el palco presidencial, casi como una respiración. La luz que caía sobre las tablas no dispersaba la oscuridad; la cortaba en ángulos perfectos, como cuchillas blancas sobre un fondo de tinta china.

Y en el centro de ese laberinto de líneas, ensayaban ellos: Irina y Jonathan.

Al principio pensé que eran maniquíes de cera articulados por cables tensos desde el techo, porque tenían una palidez extrema, los ojos cercados por un hollín espeso y unas pupilas dilatadas que no parpadeaban. Él estaba vestido con un frac rígido que parecía absorber la luz y se movía detrás de la bailarina sin tocarla jamás, con dedos como las garras de un insecto disecado, suspendidos a milímetros de su cuello, marcando cada uno de sus pasos con sutiles espasmos y ella que respondía al instante con sus pies, atados por cintas que le mordían la carne, y repicaban contra la madera con un crujido seco, como el de huesos rompiéndose uno a uno.

—Un milímetro a la izquierda, Irina —siseó el hombre. Su voz no venía de su boca, que permanecía inmóvil y pintada de un negro violáceo, sino desde el fondo de la fosa del escenario—. Estás ensuciando la diagonal. El cuadro debe ser perfecto.

Me oculté detrás de una columna de terciopelo podrido, conteniendo el aliento. Fue entonces cuando me di cuenta de que la coreografía no avanzaba. Repetían los mismos tres segundos una y otra vez. Ella giraba sobre su punta izquierda, abría los brazos en un ángulo exacto, miraba hacia el palco vacío con una expresión de pánico absoluto, y él congelaba sus manos sobre la cabeza de la bailarina. Luego, la luz parpadeaba, un chasquido eléctrico resonaba en el aire, y volvían a empezar exactamente en la misma posición.

Me quedé mirándolos desde la penumbra, perdí la noción del tiempo, aunque creo que fue bastante prolongado porque ya mis ojos se habían acostumbrado a la luz estroboscópica, pero mi mente empezaba a agrietarse.

 Debí dar media vuelta y huir, pero había algo en la fijeza de sus pupilas que me mantenía inmóvil.

 En un instante, durante el último parpadeo de la luz, la bailarina no miró hacia el palco. Me miró directamente a mí, a través de la oscuridad del ala oeste. Y sus labios, agrietados por el yeso, intentaron modular una palabra que el zumbido de la electricidad casi logró ahogar: «Ayuda».

El horror no llegó con un grito, sino con el silencio de mis propios pulmones. Quise dar un paso atrás. Decidí deslizar el pie derecho hacia la sombra protectora de la columna de terciopelo, pero mi bota se quedó clavada en la madera. No estaba pegada, el espacio detrás de mí había dejado de existir. Cuando miré de reojo, la penumbra del ala oeste ya no era un vacío oscuro, sino un muro sólido y negro que presionaba contra mi espalda.

La luz del proyector volvió a parpadear.

Chasquido.

Irina giró sobre su punta izquierda. Abrió los brazos. Miró hacia el palco con pánico. El hombre congeló sus manos de insecto sobre la cabeza de la joven.

Chasquido.

El ciclo terminó. Y en esa fracción de segundo en que la bombilla de carbón se extinguió para reiniciar el bucle, mi cuerpo entero dio un violento vuelco hacia el frente. Un tirón invisible, seco y magnético, me arrastró medio metro fuera de mi escondite.

Ahora estaba expuesto.

La luz blanca y cortante me dio de lleno en la cara. Un aire caliente se metió en mi nariz, quemándome la garganta Intenté gritar, pedirles que se detuvieran, pero mis cuerdas vocales solo emitieron el mismo zumbido rítmico que hacía vibrar el teatro. Mi voz ya no me pertenecía; ahora era parte del motor.

—El cuadro se expande —susurró la voz sin boca del hombre del frac. Esta vez, el eco resonó justo detrás de mis orejas—. Una nueva arista para sostener el peso de la geometría.

Chasquido.

Irina volvió a girar. Pero esta vez, sus ojos circulares no miraron al palco, ni me buscaron en la sombra. Su mirada se clavó en mi pecho. Vi las lágrimas de yeso seco romperse en sus mejillas mientras sus brazos se abrían en los malditos noventa grados.

Comprendí que su pánico ya no era por su propio cautiverio, sino por el mío. Quise mirar mis manos, pero mi cuello se había petrificado. Mis dedos comenzaron a estirarse, tensándose en ángulos antinaturales que imitaban la rigidez coreográfica de los dedos de Jonathan.

Mis pies se juntaron en una posición de ballet perfecta, los talones unidos, obligándome a mantener un equilibrio agónico. Me quedaban pocos segundos de conciencia antes de que el mecanismo borrara mi voluntad por completo. El proyector emitió un zumbido más agudo, el filamento vibró al límite, y la luz comenzó a parpadear más rápido.

El bucle de tres segundos se redujo a dos.

Luego a uno.

El tiempo se estaba comprimiendo, y yo me estaba convirtiendo en la tercera silueta del escenario.

 

Algún tiempo después, en el otoño de 1952, la linterna emitía un crujido molesto cada vez que se presionaba el gatillo, arrojando un haz de luz amarilla y mortecina sobre las butacas destrozadas del Teatro Ópera. Hacía frío, un frío húmedo que olía a madera podrida, a nidos de paloma y a abandono.

—No sé qué esperabas encontrar aquí, Oliver —susurró una voz desde la entrada. Oliver no respondió. Oliver, estudiante de arquitectura, estaba obsesionado con los teatros del pasado, y las leyendas urbanas del barrio eran demasiado tentadoras como para pasarlas por alto. Decían que el Ópera devoraba a los vagabundos que buscaban refugio en los inviernos crudos. Decían que, a veces, las ventanas tapiadas del piso superior vibraban con una extraña fluctuación eléctrica.

Oliver llegó al borde del escenario. El suelo estaba cubierto de una capa de polvo tan gruesa que parecía nieve gris. Apuntó su linterna hacia el techo, buscando el mecanismo del telón, pero el aparato falló. La bombilla titiló dos veces y se apagó por completo, sumiendo el lugar en una oscuridad total.

—¿Oliver? No tiene gracia. ¡Vámonos! —exclamó el compañero de aventura y se marchó sin esperar respuesta. Oliver abrió la boca para responder, pero el aire se volvió pesado de golpe. Un zumbido sordo empezó a vibrar bajo sus pies, ascendiendo por sus piernas como una corriente de baja intensidad.

Entonces, el proyector del palco presidencial se encendió solo, con un fogonazo blanco y geométrico que rebanó la penumbra del escenario en ángulos perfectos de luz y sombra obligándolo a dar un paso atrás por puro instinto, pero se congeló al ver lo que había aparecido en el centro del haz luminoso.

Eran tres figuras

La luz parpadeó. La bailarina abrió los brazos. El hombre del frac congeló su pose. Yo, incliné el torso en una reverencia mecánica y agónica.

Chasquido.

El bucle de un segundo se repitió. Una y otra vez. Una danza muda y frenética que no levantaba una sola mota del polvo del suelo.

Oliver sintió que el aire se le congelaba en los pulmones. Quiso gritar, pero la mandíbula se le puso rígida, como si el tejido de sus mejillas se estuviera transformando en madera o cera. Intentó retroceder, pero su zapatilla derecha se hundió en el suelo, clavándose en la tarima con una firmeza magnética.

Moví apenas la mirada hacia la oscuridad donde estaba el estudiante. Con un esfuerzo que me desgarró el cuerpo, desvié el pie izquierdo unos centímetros. No hacia adelante. En diagonal. La única dirección prohibida.

El mundo produjo un ruido seco. No fue el proyector. Fue la geometría rompiéndose.

Durante una fracción de segundo vi el escenario desde afuera: vi a Irina, a Jonathan, al muchacho de los años cincuenta y al lugar vacío donde yo había estado antes.

Entonces comprendí que el espectáculo nunca perdía una figura. Sólo cambiaba de nombres.


Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.

 

 

 

 

 

 

miércoles, 22 de julio de 2026

NO HAY PURGATORIO

Dora Gómez Q.

 

Emilio Videla tuvo la certeza de estar muerto apenas su auto cayó por un precipicio. Lo supo, más que nada, porque ya no estaba ebrio.

Siempre había sospechado que, llegado ese momento, iría directo al cielo.

Y así fue.

Frente a una puerta colosal, una multitud interminable hacía fila. Un ángel vestido con una campera de cuero negra le indicó dónde ubicarse y le entregó un formulario para marcar los casilleros correspondientes a sus pecados.

En la entrada, San Pedro, un burócrata de barba blanca, revisaba los formularios antes de autorizar el ingreso.

Emilio, sin el menor asomo de culpa, había marcado afirmativamente todos los casilleros.

Cuando llegó su turno, el santo se acarició la barba y lo observó por encima de unos pequeños anteojos.

El hombre sintió la necesidad de justificarse.

—Está bien, está bien. Cometí todos esos pecados —admitió—. Pero son poca cosa. Por algo estoy acá, ¿verdad?

—Eso mismo dijeron todos los que hicieron fila esta mañana. Y decidir dónde se queda es asunto mío, Emilio —respondió el burócrata con una voz de trueno que hizo temblar el suelo—. Y creo que aquí no se va a quedar. Usted completó el álbum.

San Pedro hizo una seña a los ángeles custodios, quienes, con sus trajes oscuros y movimientos rígidos, parecían agentes de Matrix. Estos sujetaron a Emilio por los brazos sin el menor esfuerzo y lo arrojaron al abismo sideral.

 

Despertó con una resaca espantosa sobre el crujiente piso de madera de un teatro monumental y desierto.

El aire olía a polvo viejo, terciopelo húmedo y a un tenue rastro de azufre que se filtraba entre las hendijas. Filas de butacas vacías se perdían en la oscuridad, mientras los palcos dorados semejaban ojos atentos.

En el centro del escenario, recortado por un único reflector de luz pálida, un joven extraordinariamente hermoso tocaba el violín. Las notas se expandían por la sala y regresaban convertidas en un eco melancólico.

Al advertir que el recién llegado abría los ojos, el músico dejó de tocar y sonrió.

—¡Bienvenido, Emilio!

—¿Dónde estoy? ¿Y usted quién es?

—Soy el ángel más bello y talentoso del universo.

—¿No es este el cielo?

—Oh, no. El jefe me echó de allí hace mucho tiempo, por culpa de esos violentos y envidiosos vestidos de negro. ¿Ya los vio? Feos, ¿verdad? Aquí vivimos todos los que fuimos expulsados de allá arriba.

Señaló con el índice un techo inexistente que se perdía en la negrura infinita.

Lúcido como nunca en su vida, Emilio comenzó a imaginar estrategias para escapar de aquel coliseo fantasmagórico.

—¿Así que usted es un ángel? ¿Y este lugar qué es? ¿El purgatorio?

El joven soltó una carcajada.

—¿Purgatorio? ¿Qué es eso? Un lugar para purgar ya no lo necesita. Lo que usted percibe como su cuerpo ya se está pudriendo en la Tierra. Ahora es un espíritu... y me pertenece. Mi nombre es Lucifer. Seguro ha oído hablar de mí. ¡Puras mentiras de la prensa celestial! Aunque la mentira sea mi arma favorita, debo admitir que me disgusta el destrato al que me someten los religiosos.

—¡Entonces estoy en el infierno!

—Bueno, no es tan malo como imagina. Solo tiene que abandonar algunas creencias equivocadas. Esperaba encontrarme con cuernos y tridente, y aquí me tiene: un músico joven, apuesto y talentoso.

Emilio no salía de su asombro.

Tal vez esto sea una pesadilla, pensó. Quizá estoy en coma en algún hospital y la anestesia me hace alucinar.

Lucifer sonrió antes de que terminara de pensar.

—No, Emilio. No está alucinando.

El hombre sintió un escalofrío.

—¿Sabe lo que estoy pensando?

—Claro. Ya le dije que su alma me pertenece. Y aunque esta sea la primera vez que me ve, nos conocemos desde hace mucho.

—¡Eso es imposible!

—¿Está seguro? Podría recordarle las incontables veces que le hablé al oído cuando necesitaba apenas un pequeño empujón para animarse a hacer ciertas cosas. A veces basta una sola palabra. —Lucifer se inclinó ligeramente hacia Emilio—. Hazlo. —Sonrió—. ¿La recuerda? Lo acompañé durante años... Pero no hablemos de eso ahora. Tenemos una eternidad por delante. Será mejor que le muestre el lugar para que encuentre un alojamiento a su gusto.

Apenas descendieron del escenario, el teatro desapareció. Todo cuanto los rodeaba era un manto gris, inmóvil y espeso, suspendido en un vacío sin aire. No existían arriba ni abajo, paredes ni horizonte. Solo aquella bruma cenicienta que parecía absorber la luz, amortiguar los sonidos y humedecer la mirada.

La atmósfera le recordó de inmediato un viaje a la alta montaña junto al cadáver de su socio. Había buscado un sitio donde deshacerse del cuerpo cuando, debido a la altura, el automóvil se internó en una nube tan densa como aquella. Aprovechó la falta de visibilidad para arrojar el cadáver al precipicio, convencido de que nadie lo encontraría.

—No, Emilio —dijo Lucifer con una sonrisa ladeada—. Esto no es exactamente una nube.

Incómodo por la facilidad con que el demonio invadía sus pensamientos, Emilio hizo un esfuerzo por vaciar la mente. Lucifer extendió una mano y apartó la bruma como si descorriera una cortina. Del otro lado apareció un inmenso campo poblado por hombres y mujeres de todas las épocas. Algunos cantaban; otros ejecutaban instrumentos musicales con una pasión casi febril.

—Este es uno de mis lugares favoritos. Todos son músicos, como yo. Qué placer tenerlos aquí.

Acarició distraídamente el violín.

—Aquel del fondo es Paganini. Hizo un pacto conmigo y lo bendije para que pudiera tocar doce notas por segundo. Era espantosamente feo, pero conseguí que las mujeres lo vieran hermoso. No tenía un solo diente y no pudo librarse de la sífilis... pero cómo tocaba. —Señaló luego otro sector del inmenso campo—. Más allá está el Club de los Veintisiete. Ya sabe: sexo, drogas, rock and roll... y morir a los veintisiete años. Me cayó simpático ese número. Hay otros músicos que no pertenecen al club, pero también tienen su lugar aquí. —Se volvió hacia Emilio—. ¿Le gustaría quedarse con ellos? Recuerdo que usted tocaba el bajo en una banda universitaria donde la cocaína y las pastillas corrían como agua.

—No. Aquí no.

Lucifer sonrió con auténtica diversión.

—Entonces sigamos.

Volvieron a internarse en el vacío gris, que se cerró tras ellos de inmediato. Emilio avanzaba a tientas, con la sensación de que un paso en falso bastaría para precipitarlo en un abismo sin fondo.

—No tenga miedo. Ya está muerto. Con el tiempo se acostumbrará a ser solo un espíritu.

Lucifer caminaba con las manos cruzadas a la espalda, como un guía orgulloso de su reino.

—Veamos... ¿Qué le parecería pasar la eternidad con políticos?

Emilio hizo una mueca.

—Habré sido una mala persona, pero no creo merecer semejante castigo.

Lucifer soltó una carcajada.

—Bien. Entonces descartemos esa posibilidad.

Continuaron caminando entre la bruma.

—¿Y religiosos? Hay muchísimos por aquí. Están los que encendían hogueras para quemar mujeres y quedarse con sus tierras. También los que las mutilaban. De monjes perversos este lugar está lleno. —Emilio vaciló apenas un instante. Lucifer sonrió—. Ya veo. Los religiosos, entonces.

—¡Pero yo no elegí!

—No hacía falta. A veces las dudas hablan más fuerte que las palabras.

El gris volvió a abrirse frente a ellos.

—¿Cuál será el castigo? —preguntó Emilio—. ¿Dónde está el fuego?

Lucifer lo observó con una mezcla de paciencia y diversión.

—¿De verdad esperaba que lo prendiera fuego? —Sacudió lentamente la cabeza—. Yo no abandono a mis hijos como hizo Él. —Levantó un dedo hacia la inmensidad invisible donde se ocultaba el cielo—. Eso sí... no crea esa historia del Apocalipsis. Hablan de jinetes cuando jamás monté siquiera un asno. Y todavía me llaman "la Bestia". Hay muy buena propaganda allá arriba. —Sonrió otra vez—. En fin... tendrá toda la eternidad para descubrir cuánto de lo que oyó era cierto.

La figura de Lucifer comenzó a perder consistencia. Primero se volvió translúcida. Luego la bruma empezó a atravesarla. Finalmente desapareció por completo. Solo quedó su voz.

—Ahora lo dejo en buena compañía. Aunque tengo muchos ayudantes, hay cosas que prefiero supervisar personalmente. Ya sabe lo que dicen: "El ojo del amo engorda al ganado". Últimamente ando bastante ocupado. Una guerra por aquí... una peste por allá... —La voz pareció alejarse—. Ha sido un verdadero placer recibirlo, Emilio.

El silencio regresó de golpe. Entonces el manto ceniciento se abrió detrás de él. Frente a sus ojos apareció un páramo inmenso. Miles de figuras permanecían inmóviles. Hombres y mujeres de todas las épocas. Vestían hábitos, sotanas, túnicas, mantos, turbantes. Representaban credos distintos. Todos observaban en la misma dirección. A él. Nadie rezaba. Nadie miraba al cielo. Solo lo contemplaban. Un grupo de monjes de hábitos gastados comenzó a avanzar lentamente. No había serenidad en sus rostros. Ni compasión. Ni recogimiento. Lo rodearon sin pronunciar una sola palabra. Las miradas que clavaron en él eran intensas. Demasiado intensas. Hambrientas. Posesivas. Emilio retrocedió instintivamente. Pero la bruma le cerró el paso. Comprendió entonces, demasiado tarde, cuál sería su verdadero infierno.

Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.

viernes, 26 de junio de 2026

ASUNTOS DE FAMILIA

Dora Gómez Q

 

Cuando Ada-7 dijo que había encontrado una compañera de vida, ninguno de sus seres queridos se sorprendió.

Los robots de la familia Vekam eran desde hacía tres generaciones, un ejemplo de apertura mental.

Su madre había convivido con un humano durante dieciocho años. Su hermano menor estaba unido legalmente a una inteligencia distribuida que existía simultáneamente en tres cuerpos. Incluso la abuela, un modelo doméstico, Serie 3 fabricado en 2084, había aprendido a aceptar los cambios de la sociedad. Por eso cuando Ada-7 dijo: «Quiero que conozcan a mi compañera». Todos sonrieron. Y cuando añadió: «Es muy especial».

Las sonrisas se ampliaron.

Pero cuando la puerta se abrió, y apareció un chimpancé hembra, maquillada con un lápiz labial rojo que desbordaba los límites de su boca, pestañas postizas torcidas, un vestido de lentejuelas fucsias con volados plateados, y una cartera diminuta del mismo color, el procesador emocional de su madre se congeló durante tres segundos completos.

Tres segundos.

Una eternidad para una máquina.

La chimpancé que se presentó como Kiki, hizo una reverencia exagerada y soltó un beso al aire.

—¡Qué familia tan linda tenés, Ada —dijo con voz chillona—, me muero de emoción!

Nadie supo donde mirar.

La abuela carraspeó con un sonido que imitaba la discreción.

—Siéntense —dijo la madre.

La mesa era de cristal inteligente, importada de Titán. El menú estaba diseñado según las preferencias neuronales de cada uno de los presentes. Todo calculado al detalle, para una experiencia multisensorial perfecta.

Kiki miraba todo con ojos muy abiertos.

—¡Ay que brillante! ¿Eso es un diamante de verdad? —dijo señalando la fuente central.

—Es cristal cuántico —respondió Ada

—Ah, no sé qué es cuántico, pero brilla más que el cristal de mi vecino que es recontra millonario.

—¿A qué te dedicás Kiki? —preguntó el hermano menor simulando compostura.

—Yo… ay… a muchas cosas: bailo, actúo, hago videos, diseño moda.

—¡Qué bien! ¿Estudiaste diseño?

—¿Estudiar? ¡Ah no, qué fiaca ¡Yo soy de la vida, nene, estudié en la universidad de la calle!

La mesa quedó en silencio.

Y entonces Ada-7, que percibió perfectamente el desconcierto, dijo:

—Ella me enseñó a perder el tiempo.

La frase desconcertó a todos.

—¿Perderlo? —preguntó la madre.

—Sí. A mirar una puesta de sol sin analizar su composición atmosférica. A escuchar música sin estudiar la estructura armónica. A bailar sin optimizar movimientos.

—Cuando extraño a Ada siento un agujero en el pecho —comentó Kiki mientras removía el postre.

La madre levantó la vista.

—Los exámenes médicos anuales de los primates evolucionados no registran cavidades adicionales en la región torácica.

—Mamá… —susurró Ada-7

—Comprendo que se trata de una expresión emocional —aclaró la madre—. Solo intentaba participar de la conversación.

Kiki sonrió con ternura.

—No te preocupes. Mi mamá tampoco entendía esas cosas. Pero me abrazaba igual.

La frase produjo un silencio incómodo.

Porque la familia Velkan conocía las diecisiete definiciones históricas del abrazo.

Pero ninguno recordaba haber necesitado uno.

Y la abuela, el viejo modelo doméstico Serie 3, fue la única que reaccionó de otra manera:

—Yo sí entiendo —dijo de pronto.

Todos giraron la cabeza.

—Durante los años que viví con la familia Rinaldi, la niña pequeña lloraba cuando se peleaba con su hermana. Una vez me dijo que tenía una nube adentro. Consulté todos los manuales y no encontré ninguna patología asociada. Años después comprendí que no pedía un diagnóstico.

—¿Y qué pedía? —preguntó Kiki.

La anciana tardó un instante en responder.

—Compañía.

Entonces Kiki le tomó la mano metálica.

—Viste, abuela. Las nubes también necesitan un cielo donde quedarse.

La abuela procesó la frase.

Semánticamente no tenía sentido.

Sin embargo, por primera vez en ciento treinta y dos años de funcionamiento, no sintió la necesidad de corregirla.

Cuando Ada-7 y Kiki se despidieron y la puerta se cerró lentamente detrás de ellas, durante algunos segundos, nadie habló.

La madre fue la primera en romper el silencio.

—Bueno… es simpática.

—Mamá —dijo el hermano—, estuviste a punto de reiniciar tres veces durante la cena.

—Solo sufrí una pequeña saturación de procesos.

La abuela se acomodó en su silla.

—Tiene modales extraños.

—Y ese vestido… —murmuró la madre—. ¿Era necesario tanto brillo?

—¿Y los labios? —añadió el hermano—. Parecían una señal de emergencia.

El padre, que había permanecido en silencio, cerró lentamente el libro de historia galáctica que tenía entre las manos.

—Es profesora universitaria, al menos —dijo la madre.

—No es profesora —corrigió el hermano—. Hace videos de moda.

Nueva pausa.

—No tengo nada contra los primates elevados —aclaró la madre rápidamente.

—Nadie aquí tiene nada contra ellos —añadió el padre.

—Por supuesto que no —dijo el hermano—. Sería discriminatorio.

La abuela los observó uno por uno.

—Entonces, ¿por qué hablan en voz baja?

Nadie respondió.

Sabían muy bien que, desde la aprobación de la Carta de Convivencia entre Inteligencias, a finales del siglo XXII, toda forma de conciencia autoconsciente gozaba de igualdad jurídica plena.

Humanos, máquinas, inteligencias distribuidas, organismos híbridos y comunidades primates elevadas poseían los mismos derechos civiles y las mismas garantías legales.

La discriminación por especie había sido abolida más de un siglo atrás y las uniones interespecies eran socialmente aceptadas.

Al menos en teoría.

Las estadísticas oficiales mostraban un alto nivel de integración.

Las encuestas anónimas, en cambio, revelaban algo diferente.

Una mayoría de ciudadanos afirmaba no tener objeciones hacia las parejas mixtas.

Siempre y cuando pertenecieran a otra familia análoga.

 

Semanas después, Ada-7 anunció a su familia que Kiki vendría a pasar un día entero con ellos.

La madre que solo tenía registro del mal gusto, la ignorancia y los modales exagerados de la chimpancé, fingió una sonrisa de aprobación.

Llegado el día en que Kiki llegaría de visita, Ada-7 anunció que debía concurrir a la estación de ensamblaje por una emergencia,

—No quiero suspender la visita de Kiki. Ella está ilusionada. Pero sé que ustedes la harán sentir cómoda y verán que es especial —se disculpó Ada-7, y cuando se fue, la familia reunida analizó la situación que debían enfrentar.

—Solo espero que Kiki no salga lastimada —dijo la madre finalmente.

—Eso mismo decían los humanos hace trescientos años —observó la abuela.

El hermano levantó la vista.

—¿Sobre las máquinas?

—Sobre todos —respondió la anciana—. Siempre había un "todos son iguales, pero...".

El padre emitió un pequeño sonido de asentimiento.

—La frase completa era: "No tengo nada contra ellos".

—Exactamente —dijo la abuela—. Y siempre venía seguida de un "pero".

—No dije "pero" —protestó la madre.

—No… todavía —contestó la abuela.

Kiki llegó con su vestido de tela brillante, sus volados y su lápiz labial estridente. Fue recibida por la abuela, que había sido construida para cuidar humanos y conservaba fragmentos de recuerdos emocionales, mientras los demás miembros de la familia siguieron con sus ocupaciones habituales.

—¿Hola abuela, querés que te maquille? —preguntó Kiki, y sin esperar respuesta sacó de su pequeña carterita unos cuantos maquillajes, incluido su labial. Después le puso un sombrero absurdo.

La llevó frente al espejo.

—¡Estás divina! ¡Te regalo el sombrero!

—La afirmación es objetivamente falsa.

—¿Y qué importa?

La abuela se quedó pensando.

Después de ciento treinta años, emitió una respuesta inédita.

—Tal vez nada.

Después Kiki, fue la jardín, donde madre estaba contemplando una flor holográfica.

—¿Te gusta?

—Sí. Fue diseñada para reproducir la proporción áurea perfecta.

Kiki la observó.

—Es linda, pero le falta algo.

—¿Qué?

—No sé… un pétalo roto, una hoja comida por los bichos… algo que la haga acordarse de que está viva.

La madre sonrío con condescendencia.

Pero días después, sin entender por qué, modificó el programa del jardín y permitió que aparecieran imperfecciones.

El hermano estaba en la sala escuchando música, y Kiki lo invitó a bailar.

—No sé bailar.

—Claro que sí.

—No poseo esa habilidad.

—Tenés piernas. Es suficiente.

Él buscó tutoriales, estudió ritmos, calculó movimientos.

—No, nene. Así no. Estás pensando demasiado.

—¿Cuál es el procedimiento correcto?

—Ninguno.

Y por primera vez en su existencia, ejecutó movimientos sin finalidad.

Esa noche registró una anomalía en sus procesos internos:

Actividad no optimizada. Resultado: satisfacción.

No encontró ninguna explicación.

Por la tarde Kiki, estaba sola mirando por la ventana y llorando en silencio.

El padre que poseía acceso directo a la totalidad del conocimiento humano almacenado y podía responder cualquier pregunta, la vio.

Kiki extrañaba.

Él analizó el fenómeno.

—Su regreso está programado para dentro de cuarenta y ocho horas. No existe motivo racional para el sufrimiento.

Kiki se secó las lágrimas.

—Ay, doctor, usted sabe tantas cosas…

—No soy médico.

—Bueno, lo que sea. Pero hay cosas que no se arreglan con respuestas.

—¿Con qué se arreglan?

Kiki se encogió de hombros.

—A veces no se arreglan. Se atraviesan.

El padre archivó la frase.

En ese momento se cortó la energía de la casa.

Los sistemas inteligentes dejaron de funcionar.

Durante unos minutos, la familia quedó literalmente desorientada.

Kiki, acostumbrada a la improvisación, encendió velas decorativas, comenzó a cantar canciones absurdas de su infancia, propuso jugar, reírse, contar recuerdos.

La familia experimentó algo para lo cual no tenía protocolos: la espontaneidad.

En la oscuridad, Kiki confesó, tocándose el pecho.

—Cada vez que Ada-7 se va, siento un agujero acá.

El padre corrigió la expresión.

Ella se rio.

—No, doctor. El agujero no existe. Pero duele igual.

Y entonces la abuela intervino con la historia de la niña y la nube.

Por primera vez nadie corrigió a nadie.

Después de ese día, las visitas de Kiki a la casa de la familia de Ada-7, fueron frecuentes. Se acostumbró a no ofenderse por las correcciones o por las miradas de desaprobación, algo que la familia dejó de hacer paulatinamente.

Algunos meses después Kiki regresó a su comunidad de primates y la casa de Ada-7 volvió a ser perfecta. Silenciosa. Ordenada. Eficiente.

Y entonces la madre dijo:

—Esta casa parece demasiado limpia.

El hermano dejó de bailar. La abuela guardó el sombrero en un cajón. Y al padre, después de revisar millones de registros históricos, le sucedió algo extraordinario: por primera vez en su existencia, estaba extrañando a alguien.

Entonces miró a Ada-7.

—¿Esto que siento, es lo que ella llamaba «un agujero en el pecho»? —le preguntó.

—Sí, papá.

—Es una sensación desagradable.

—Lo sé.

—¿Y por qué los seres biológicos la toleran?

Ada-7 pensó un momento.

—Porque el amor vale la pena, padre.

Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.

sábado, 15 de noviembre de 2025

INSOMNIO

Dora Gómez Q.

 

Este hospital es horrible, como todos en los que he estado. El olor a desinfectante es asqueroso, y el ruido metálico de las camillas deslizándose por los pasillos, deprimente.

Las paredes blancas parecen juntarse hasta aplastarme, y tengo la certeza que ningún medicamento logrará hacerme dormir. Las luces en la noche son destellos que me lastiman los ojos a los que siento como carbones encendidos.

 En los divagues del insomnio viene a mi mente la espalda de mi madre, con ese movimiento de hombros delatando que lloraba, temerosa, lejana y antipática, una mujer extraña que me hacía sentir mal, como si mi nacimiento le hubiera fastidiado la vida y mi existencia no le importase, creo que a la única persona a la que le importaba era a mi padre.

Hace cinco días que permanezco en esta sala de hospital. Rita, la enfermera, viene a darme las inyecciones para el dolor de la mano y para que duerma.

—Eso no funcionará.

—Pues tienes que dormir o te pondrás a alucinar —dice Rita mientras llena un cuarto de la jeringa.

—¿Por qué no me inyectas todo el frasco? —le digo.

—Porque podría ponerte a dormir para siempre.

—Hazlo Rita, te doy permiso.

Ella sonríe y se va.

El psiquiatra dice que lo que le pasó a mi dedo fue porque se aproxima el tiempo de abandonar el orfanato, ya que estoy próxima a cumplir dieciocho años. Tendré que irme y conseguir un trabajo, que tal vez por eso comencé también a tener insomnio. Pero eso es imposible, ¡si no veo la hora de irme de ese apestoso lugar!

Y el insomnio lo tengo desde que aprendí a quedarme despierta en el orfanato donde me llevaron cuando murieron mis padres. La noche allí no tenía reglas.

Una vez desperté con una muchacha corpulenta encima, yo entonces era una niña menuda, no tenía fuerza ni capacidad para defenderme. Estaba totalmente inmovilizada, podía sentir su respiración agitada, su olor a sudor, y su cara junto a la mía. En ese momento le mordí la oreja muy fuerte y tiré de ella con mis dientes hasta que la desprendí de su cara, y comencé a comérmela. Sus gritos despertaron a todos y cuando las luces se encendieron, yo seguía acostada boca arriba, masticando, y la boca cubierta de sangre de la corpulenta.

Me tuvieron aislada varias semanas. Solo podía salir al patio, con un bozal de plástico para mofa o terror de las demás, situación que me dejó sin amigas y con un perverso disfrute de causar terror.

 Recién me lo quitaron al comenzar un derrotero por los consultorios de los psiquiatras. Así fue como asistir a consultas y tomar medicinas se convirtió en una tediosa rutina. No ocurría nada significativo en mi vida, todo era un aburrimiento mortal.

Querían saber si comía carne humana en mi casa, ¿cómo saberlo? Comía lo que mi madre servía en la mesa, albóndigas con puré, milanesas de carne con papas fritas, guisos de carne y fideos. ¡Era una niña! ¡Malditos loqueros!

No sé por qué ahora no dejo de pensar en esa mañana en la que volvíamos de un paseo y algo extraño ocurrió. Mi madre abrió la puerta del dormitorio donde suponíamos dormía mi padre.

—¡Ahora no lo hagas, que vengo con la niña! —gritó.

Él cerró la puerta con violencia y se escucharon ruidos dentro de la habitación, como golpes. Ella fue al fregadero y vi sus hombros moviéndose, ¿lloraba?, yo era pequeña, como de seis o siete años. Mi padre salió del cuarto arrastrando a un hombre que sangraba y lo llevó al patio. No sé qué pasó después, pero a partir de ese día siempre vi personas que mi padre arrastraba hacia el patio y que no volvía a ver. Ya no se molestaba en ocultármelo.

También se ponía violento por cualquier inesperado y ridículo motivo, pero por alguna razón yo era objeto de su adoración, eres la niña de mis ojos, me decía. Y cualquier maltrato físico o regaño de mi madre para conmigo, era suficiente motivo para desatar su ira.

 Había comprado una máquina grande de hierro roja para picar carne. Siempre había algo para picar allí, comíamos abundante y variada comida

 Un día por la tarde, cuando yo tenía alrededor de doce años y volvía de la escuela, mi padre en una de las frecuentes palizas que le daba a mi madre azotó su cabeza contra la máquina de picar carne dándole muerte frente a mis ojos, aunque creo que no fue su intención matarla, que solo fue un accidente. Pero luego se suicidó en el patio, el mismo patio de mi infancia, que estaba siempre lleno de sangre, como una gran pileta de agua roja por la cual yo jamás preguntaba. Hay preguntas que no deben hacerse, secretos que una familia guarda y deben quedar así.

 Miré el cadáver de mi adorado papá tendido con una expresión de sorpresa en su rostro, los ojos y la boca bien abiertos, mientras se formaba un gran charco de sangre debajo de su cabeza. Fue el día más triste de mi vida,

Decían que mi papá era un monstruo, y ¿qué sabían ellos?, era mi padre, solamente yo sé lo bueno que fue, él me amaba muchísimo, y descubrí muchos otros monstruos a los que nadie señala, y no hay nadie alrededor que me quiera tanto como él. Siempre pienso en esas cosas que pasaron cuando no puedo dormir.

Me he quedado mirando el techo al retirarse Rita, considerando la posibilidad de dormir para siempre. Esa medicación me deja el cuerpo laxo, pero la mente muy activa, los pensamientos no descansan ni se relajan nunca.

 La mano ya no me duele. Estuve protestando en el orfanato por la comida asquerosa que nos daban. Algunas hacían huelga de hambre para protestar, yo me comí el dedo. ¡Tanto alboroto por eso! Era mí dedo.

Me trajeron al hospital para ver si podían cosérmelo. Pero el dedo no está doctor, me lo comí, le dije al incrédulo.

—Hola, Rita.

—¿Hola, linda, dormiste anoche?

—Un poco —mentí

—Seguramente mañana te darán de alta. Ojalá consigas pronto un trabajo. Pero antes de irte haz una cita con el psiquiatra, creo que atiende los lunes.

—Rita te agradezco que hayas intercedido para que me quitasen ese bozal plástico. ¿qué creían los médicos, que me los iba a comer?

—Tal vez —dice Rita riéndose.

Cuando estaba por inyectarme sonaron las sirenas de las ambulancias y las puertas fueron embestidas por las camillas. Sin decir más, Rita salió corriendo de la habitación, para asistir en lo que parecía ser una emergencia.

 Esperé alrededor de dos horas el regreso de Rita. No me había puesto la inyección y el frasco estaba lleno, junto a la jeringa, en la mesita. Reflexioné acerca de que tal vez esa fuera la noche en la que por fin podría dormir. El frasco y la jeringa eran muy tentadores, estaban ofreciéndome la oportunidad de terminar con todo de una vez, ¿y por qué no? Al fin y al cabo es mi vida, y el mundo un lugar cruelmente aburrido, lleno de monstruos anónimos y secretos insoportables.

Pero Rita regresó justo cuando había llenado la jeringa para inyectarme. Intentó quitármela, forcejeamos, y de una manera incómoda logré inyectarla a ella. Me sorprendió lo rápido que le hizo efecto. Su cuerpo quedó totalmente relajado, como si se hubiera desmayado, pero estaba despierta. Sus ojos me miraban aterrorizados. La tranquilicé mientras sus párpados se iban cerrando con lentitud.

Aproveché las corridas que hubo con la emergencia para escaparme. Retiraré el dinero del fideicomiso y me iré a otra ciudad, me cambiaré el nombre, aceptaré cualquier trabajo modesto mientras estudio diseño gráfico y tal vez compre una nueva máquina de picar la carne.


Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.

HIELO Y NIEBLA