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viernes, 26 de junio de 2026

ASUNTOS DE FAMILIA

Dora Gómez Q

 

Cuando Ada-7 dijo que había encontrado una compañera de vida, ninguno de sus seres queridos se sorprendió.

Los robots de la familia Vekam eran desde hacía tres generaciones, un ejemplo de apertura mental.

Su madre había convivido con un humano durante dieciocho años. Su hermano menor estaba unido legalmente a una inteligencia distribuida que existía simultáneamente en tres cuerpos. Incluso la abuela, un modelo doméstico, Serie 3 fabricado en 2084, había aprendido a aceptar los cambios de la sociedad. Por eso cuando Ada-7 dijo: «Quiero que conozcan a mi compañera». Todos sonrieron. Y cuando añadió: «Es muy especial».

Las sonrisas se ampliaron.

Pero cuando la puerta se abrió, y apareció un chimpancé hembra, maquillada con un lápiz labial rojo que desbordaba los límites de su boca, pestañas postizas torcidas, un vestido de lentejuelas fucsias con volados plateados, y una cartera diminuta del mismo color, el procesador emocional de su madre se congeló durante tres segundos completos.

Tres segundos.

Una eternidad para una máquina.

La chimpancé que se presentó como Kiki, hizo una reverencia exagerada y soltó un beso al aire.

—¡Qué familia tan linda tenés, Ada —dijo con voz chillona—, me muero de emoción!

Nadie supo donde mirar.

La abuela carraspeó con un sonido que imitaba la discreción.

—Siéntense —dijo la madre.

La mesa era de cristal inteligente, importada de Titán. El menú estaba diseñado según las preferencias neuronales de cada uno de los presentes. Todo calculado al detalle, para una experiencia multisensorial perfecta.

Kiki miraba todo con ojos muy abiertos.

—¡Ay que brillante! ¿Eso es un diamante de verdad? —dijo señalando la fuente central.

—Es cristal cuántico —respondió Ada

—Ah, no sé qué es cuántico, pero brilla más que el cristal de mi vecino que es recontra millonario.

—¿A qué te dedicás Kiki? —preguntó el hermano menor simulando compostura.

—Yo… ay… a muchas cosas: bailo, actúo, hago videos, diseño moda.

—¡Qué bien! ¿Estudiaste diseño?

—¿Estudiar? ¡Ah no, qué fiaca ¡Yo soy de la vida, nene, estudié en la universidad de la calle!

La mesa quedó en silencio.

Y entonces Ada-7, que percibió perfectamente el desconcierto, dijo:

—Ella me enseñó a perder el tiempo.

La frase desconcertó a todos.

—¿Perderlo? —preguntó la madre.

—Sí. A mirar una puesta de sol sin analizar su composición atmosférica. A escuchar música sin estudiar la estructura armónica. A bailar sin optimizar movimientos.

—Cuando extraño a Ada siento un agujero en el pecho —comentó Kiki mientras removía el postre.

La madre levantó la vista.

—Los exámenes médicos anuales de los primates evolucionados no registran cavidades adicionales en la región torácica.

—Mamá… —susurró Ada-7

—Comprendo que se trata de una expresión emocional —aclaró la madre—. Solo intentaba participar de la conversación.

Kiki sonrió con ternura.

—No te preocupes. Mi mamá tampoco entendía esas cosas. Pero me abrazaba igual.

La frase produjo un silencio incómodo.

Porque la familia Velkan conocía las diecisiete definiciones históricas del abrazo.

Pero ninguno recordaba haber necesitado uno.

Y la abuela, el viejo modelo doméstico Serie 3, fue la única que reaccionó de otra manera:

—Yo sí entiendo —dijo de pronto.

Todos giraron la cabeza.

—Durante los años que viví con la familia Rinaldi, la niña pequeña lloraba cuando se peleaba con su hermana. Una vez me dijo que tenía una nube adentro. Consulté todos los manuales y no encontré ninguna patología asociada. Años después comprendí que no pedía un diagnóstico.

—¿Y qué pedía? —preguntó Kiki.

La anciana tardó un instante en responder.

—Compañía.

Entonces Kiki le tomó la mano metálica.

—Viste, abuela. Las nubes también necesitan un cielo donde quedarse.

La abuela procesó la frase.

Semánticamente no tenía sentido.

Sin embargo, por primera vez en ciento treinta y dos años de funcionamiento, no sintió la necesidad de corregirla.

Cuando Ada-7 y Kiki se despidieron y la puerta se cerró lentamente detrás de ellas, durante algunos segundos, nadie habló.

La madre fue la primera en romper el silencio.

—Bueno… es simpática.

—Mamá —dijo el hermano—, estuviste a punto de reiniciar tres veces durante la cena.

—Solo sufrí una pequeña saturación de procesos.

La abuela se acomodó en su silla.

—Tiene modales extraños.

—Y ese vestido… —murmuró la madre—. ¿Era necesario tanto brillo?

—¿Y los labios? —añadió el hermano—. Parecían una señal de emergencia.

El padre, que había permanecido en silencio, cerró lentamente el libro de historia galáctica que tenía entre las manos.

—Es profesora universitaria, al menos —dijo la madre.

—No es profesora —corrigió el hermano—. Hace videos de moda.

Nueva pausa.

—No tengo nada contra los primates elevados —aclaró la madre rápidamente.

—Nadie aquí tiene nada contra ellos —añadió el padre.

—Por supuesto que no —dijo el hermano—. Sería discriminatorio.

La abuela los observó uno por uno.

—Entonces, ¿por qué hablan en voz baja?

Nadie respondió.

Sabían muy bien que, desde la aprobación de la Carta de Convivencia entre Inteligencias, a finales del siglo XXII, toda forma de conciencia autoconsciente gozaba de igualdad jurídica plena.

Humanos, máquinas, inteligencias distribuidas, organismos híbridos y comunidades primates elevadas poseían los mismos derechos civiles y las mismas garantías legales.

La discriminación por especie había sido abolida más de un siglo atrás y las uniones interespecies eran socialmente aceptadas.

Al menos en teoría.

Las estadísticas oficiales mostraban un alto nivel de integración.

Las encuestas anónimas, en cambio, revelaban algo diferente.

Una mayoría de ciudadanos afirmaba no tener objeciones hacia las parejas mixtas.

Siempre y cuando pertenecieran a otra familia análoga.

 

Semanas después, Ada-7 anunció a su familia que Kiki vendría a pasar un día entero con ellos.

La madre que solo tenía registro del mal gusto, la ignorancia y los modales exagerados de la chimpancé, fingió una sonrisa de aprobación.

Llegado el día en que Kiki llegaría de visita, Ada-7 anunció que debía concurrir a la estación de ensamblaje por una emergencia,

—No quiero suspender la visita de Kiki. Ella está ilusionada. Pero sé que ustedes la harán sentir cómoda y verán que es especial —se disculpó Ada-7, y cuando se fue, la familia reunida analizó la situación que debían enfrentar.

—Solo espero que Kiki no salga lastimada —dijo la madre finalmente.

—Eso mismo decían los humanos hace trescientos años —observó la abuela.

El hermano levantó la vista.

—¿Sobre las máquinas?

—Sobre todos —respondió la anciana—. Siempre había un "todos son iguales, pero...".

El padre emitió un pequeño sonido de asentimiento.

—La frase completa era: "No tengo nada contra ellos".

—Exactamente —dijo la abuela—. Y siempre venía seguida de un "pero".

—No dije "pero" —protestó la madre.

—No… todavía —contestó la abuela.

Kiki llegó con su vestido de tela brillante, sus volados y su lápiz labial estridente. Fue recibida por la abuela, que había sido construida para cuidar humanos y conservaba fragmentos de recuerdos emocionales, mientras los demás miembros de la familia siguieron con sus ocupaciones habituales.

—¿Hola abuela, querés que te maquille? —preguntó Kiki, y sin esperar respuesta sacó de su pequeña carterita unos cuantos maquillajes, incluido su labial. Después le puso un sombrero absurdo.

La llevó frente al espejo.

—¡Estás divina! ¡Te regalo el sombrero!

—La afirmación es objetivamente falsa.

—¿Y qué importa?

La abuela se quedó pensando.

Después de ciento treinta años, emitió una respuesta inédita.

—Tal vez nada.

Después Kiki, fue la jardín, donde madre estaba contemplando una flor holográfica.

—¿Te gusta?

—Sí. Fue diseñada para reproducir la proporción áurea perfecta.

Kiki la observó.

—Es linda, pero le falta algo.

—¿Qué?

—No sé… un pétalo roto, una hoja comida por los bichos… algo que la haga acordarse de que está viva.

La madre sonrío con condescendencia.

Pero días después, sin entender por qué, modificó el programa del jardín y permitió que aparecieran imperfecciones.

El hermano estaba en la sala escuchando música, y Kiki lo invitó a bailar.

—No sé bailar.

—Claro que sí.

—No poseo esa habilidad.

—Tenés piernas. Es suficiente.

Él buscó tutoriales, estudió ritmos, calculó movimientos.

—No, nene. Así no. Estás pensando demasiado.

—¿Cuál es el procedimiento correcto?

—Ninguno.

Y por primera vez en su existencia, ejecutó movimientos sin finalidad.

Esa noche registró una anomalía en sus procesos internos:

Actividad no optimizada. Resultado: satisfacción.

No encontró ninguna explicación.

Por la tarde Kiki, estaba sola mirando por la ventana y llorando en silencio.

El padre que poseía acceso directo a la totalidad del conocimiento humano almacenado y podía responder cualquier pregunta, la vio.

Kiki extrañaba.

Él analizó el fenómeno.

—Su regreso está programado para dentro de cuarenta y ocho horas. No existe motivo racional para el sufrimiento.

Kiki se secó las lágrimas.

—Ay, doctor, usted sabe tantas cosas…

—No soy médico.

—Bueno, lo que sea. Pero hay cosas que no se arreglan con respuestas.

—¿Con qué se arreglan?

Kiki se encogió de hombros.

—A veces no se arreglan. Se atraviesan.

El padre archivó la frase.

En ese momento se cortó la energía de la casa.

Los sistemas inteligentes dejaron de funcionar.

Durante unos minutos, la familia quedó literalmente desorientada.

Kiki, acostumbrada a la improvisación, encendió velas decorativas, comenzó a cantar canciones absurdas de su infancia, propuso jugar, reírse, contar recuerdos.

La familia experimentó algo para lo cual no tenía protocolos: la espontaneidad.

En la oscuridad, Kiki confesó, tocándose el pecho.

—Cada vez que Ada-7 se va, siento un agujero acá.

El padre corrigió la expresión.

Ella se rio.

—No, doctor. El agujero no existe. Pero duele igual.

Y entonces la abuela intervino con la historia de la niña y la nube.

Por primera vez nadie corrigió a nadie.

Después de ese día, las visitas de Kiki a la casa de la familia de Ada-7, fueron frecuentes. Se acostumbró a no ofenderse por las correcciones o por las miradas de desaprobación, algo que la familia dejó de hacer paulatinamente.

Algunos meses después Kiki regresó a su comunidad de primates y la casa de Ada-7 volvió a ser perfecta. Silenciosa. Ordenada. Eficiente.

Y entonces la madre dijo:

—Esta casa parece demasiado limpia.

El hermano dejó de bailar. La abuela guardó el sombrero en un cajón. Y al padre, después de revisar millones de registros históricos, le sucedió algo extraordinario: por primera vez en su existencia, estaba extrañando a alguien.

Entonces miró a Ada-7.

—¿Esto que siento, es lo que ella llamaba «un agujero en el pecho»? —le preguntó.

—Sí, papá.

—Es una sensación desagradable.

—Lo sé.

—¿Y por qué los seres biológicos la toleran?

Ada-7 pensó un momento.

—Porque el amor vale la pena, padre.

Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.

sábado, 15 de noviembre de 2025

INSOMNIO

Dora Gómez Q.

 

Este hospital es horrible, como todos en los que he estado. El olor a desinfectante es asqueroso, y el ruido metálico de las camillas deslizándose por los pasillos, deprimente.

Las paredes blancas parecen juntarse hasta aplastarme, y tengo la certeza que ningún medicamento logrará hacerme dormir. Las luces en la noche son destellos que me lastiman los ojos a los que siento como carbones encendidos.

 En los divagues del insomnio viene a mi mente la espalda de mi madre, con ese movimiento de hombros delatando que lloraba, temerosa, lejana y antipática, una mujer extraña que me hacía sentir mal, como si mi nacimiento le hubiera fastidiado la vida y mi existencia no le importase, creo que a la única persona a la que le importaba era a mi padre.

Hace cinco días que permanezco en esta sala de hospital. Rita, la enfermera, viene a darme las inyecciones para el dolor de la mano y para que duerma.

—Eso no funcionará.

—Pues tienes que dormir o te pondrás a alucinar —dice Rita mientras llena un cuarto de la jeringa.

—¿Por qué no me inyectas todo el frasco? —le digo.

—Porque podría ponerte a dormir para siempre.

—Hazlo Rita, te doy permiso.

Ella sonríe y se va.

El psiquiatra dice que lo que le pasó a mi dedo fue porque se aproxima el tiempo de abandonar el orfanato, ya que estoy próxima a cumplir dieciocho años. Tendré que irme y conseguir un trabajo, que tal vez por eso comencé también a tener insomnio. Pero eso es imposible, ¡si no veo la hora de irme de ese apestoso lugar!

Y el insomnio lo tengo desde que aprendí a quedarme despierta en el orfanato donde me llevaron cuando murieron mis padres. La noche allí no tenía reglas.

Una vez desperté con una muchacha corpulenta encima, yo entonces era una niña menuda, no tenía fuerza ni capacidad para defenderme. Estaba totalmente inmovilizada, podía sentir su respiración agitada, su olor a sudor, y su cara junto a la mía. En ese momento le mordí la oreja muy fuerte y tiré de ella con mis dientes hasta que la desprendí de su cara, y comencé a comérmela. Sus gritos despertaron a todos y cuando las luces se encendieron, yo seguía acostada boca arriba, masticando, y la boca cubierta de sangre de la corpulenta.

Me tuvieron aislada varias semanas. Solo podía salir al patio, con un bozal de plástico para mofa o terror de las demás, situación que me dejó sin amigas y con un perverso disfrute de causar terror.

 Recién me lo quitaron al comenzar un derrotero por los consultorios de los psiquiatras. Así fue como asistir a consultas y tomar medicinas se convirtió en una tediosa rutina. No ocurría nada significativo en mi vida, todo era un aburrimiento mortal.

Querían saber si comía carne humana en mi casa, ¿cómo saberlo? Comía lo que mi madre servía en la mesa, albóndigas con puré, milanesas de carne con papas fritas, guisos de carne y fideos. ¡Era una niña! ¡Malditos loqueros!

No sé por qué ahora no dejo de pensar en esa mañana en la que volvíamos de un paseo y algo extraño ocurrió. Mi madre abrió la puerta del dormitorio donde suponíamos dormía mi padre.

—¡Ahora no lo hagas, que vengo con la niña! —gritó.

Él cerró la puerta con violencia y se escucharon ruidos dentro de la habitación, como golpes. Ella fue al fregadero y vi sus hombros moviéndose, ¿lloraba?, yo era pequeña, como de seis o siete años. Mi padre salió del cuarto arrastrando a un hombre que sangraba y lo llevó al patio. No sé qué pasó después, pero a partir de ese día siempre vi personas que mi padre arrastraba hacia el patio y que no volvía a ver. Ya no se molestaba en ocultármelo.

También se ponía violento por cualquier inesperado y ridículo motivo, pero por alguna razón yo era objeto de su adoración, eres la niña de mis ojos, me decía. Y cualquier maltrato físico o regaño de mi madre para conmigo, era suficiente motivo para desatar su ira.

 Había comprado una máquina grande de hierro roja para picar carne. Siempre había algo para picar allí, comíamos abundante y variada comida

 Un día por la tarde, cuando yo tenía alrededor de doce años y volvía de la escuela, mi padre en una de las frecuentes palizas que le daba a mi madre azotó su cabeza contra la máquina de picar carne dándole muerte frente a mis ojos, aunque creo que no fue su intención matarla, que solo fue un accidente. Pero luego se suicidó en el patio, el mismo patio de mi infancia, que estaba siempre lleno de sangre, como una gran pileta de agua roja por la cual yo jamás preguntaba. Hay preguntas que no deben hacerse, secretos que una familia guarda y deben quedar así.

 Miré el cadáver de mi adorado papá tendido con una expresión de sorpresa en su rostro, los ojos y la boca bien abiertos, mientras se formaba un gran charco de sangre debajo de su cabeza. Fue el día más triste de mi vida,

Decían que mi papá era un monstruo, y ¿qué sabían ellos?, era mi padre, solamente yo sé lo bueno que fue, él me amaba muchísimo, y descubrí muchos otros monstruos a los que nadie señala, y no hay nadie alrededor que me quiera tanto como él. Siempre pienso en esas cosas que pasaron cuando no puedo dormir.

Me he quedado mirando el techo al retirarse Rita, considerando la posibilidad de dormir para siempre. Esa medicación me deja el cuerpo laxo, pero la mente muy activa, los pensamientos no descansan ni se relajan nunca.

 La mano ya no me duele. Estuve protestando en el orfanato por la comida asquerosa que nos daban. Algunas hacían huelga de hambre para protestar, yo me comí el dedo. ¡Tanto alboroto por eso! Era dedo.

Me trajeron al hospital para ver si podían cosérmelo. Pero el dedo no está doctor, me lo comí, le dije al incrédulo.

—Hola, Rita.

—¿Hola, linda, dormiste anoche?

—Un poco —mentí

—Seguramente mañana te darán de alta. Ojalá consigas pronto un trabajo. Pero antes de irte haz una cita con el psiquiatra, creo que atiende los lunes.

—Rita te agradezco que hayas intercedido para que me quitasen ese bozal plástico. ¿qué creían los médicos, que me los iba a comer?

—Tal vez —dice Rita riéndose.

Cuando estaba por inyectarme sonaron las sirenas de las ambulancias y las puertas fueron embestidas por las camillas. Sin decir más, Rita salió corriendo de la habitación, para asistir en lo que parecía ser una emergencia.

 Esperé alrededor de dos horas el regreso de Rita. No me había puesto la inyección y el frasco estaba lleno, junto a la jeringa, en la mesita. Reflexioné acerca de que tal vez esa fuera la noche en la que por fin podría dormir. El frasco y la jeringa eran muy tentadores, estaban ofreciéndome la oportunidad de terminar con todo de una vez, ¿y por qué no? Al fin y al cabo es mi vida, y el mundo un lugar cruelmente aburrido, lleno de monstruos anónimos y secretos insoportables.

Pero Rita regresó justo cuando había llenado la jeringa para inyectarme. Intentó quitármela, forcejeamos, y de una manera incómoda logré inyectarla a ella. Me sorprendió lo rápido que le hizo efecto. Su cuerpo quedó totalmente relajado, como si se hubiera desmayado, pero estaba despierta. Sus ojos me miraban aterrorizados. La tranquilicé mientras sus párpados se iban cerrando con lentitud.

Aproveché las corridas que hubo con la emergencia para escaparme. Retiraré el dinero del fideicomiso y me iré a otra ciudad, me cambiaré el nombre, aceptaré cualquier trabajo modesto mientras estudio diseño gráfico y tal vez compre una nueva máquina de picar la carne.


Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.

jueves, 6 de marzo de 2025

ESTÚPIDA, ESTÚPIDA


Dora Gómez Q



Levántate, estúpida, que es tardísimo, ya va a llegar el plomero, dijo el fantasma de Marcos, un fantasma que fue construyendo con el pasar de los años. Conocía de memoria lo que le diría, sus inflexiones de voz cuando estaba enojado, sus juicios implacables, su ceño fruncido.

Se levantó arrastrando el cuerpo que parecía pesar cien kilos, dispuesta a tomar un té y darse una ducha en el chalet ahora silencioso, después que se deshizo de los inquilinos del taller de arte. Aunque eso significaba un ingreso menos, dejaría de encontrarlos usando su cafetera, interviniendo sus paredes y hasta desconociendo que ella era la propietaria. Susurraban a sus espaldas, creía que hablaban de ella. Traían gente desconocida que la miraban de un modo extraño, y caminaban por el jardín, a pesar de que les había prohibido pisar el césped. Y no solo estaba molesta, sino que comenzó a tenerles miedo, así que les pidió que se fueran apenas se venciera el contrato.

Vamos, vamos, junta agua, que el plomero la va a cortar, le ordenó el fantasma.

Dejó la taza de té por la mitad, y juntó agua en bidones de plástico. La interrumpió el timbre. Abrió la puerta. El plomero había llegado.

 

La vida lleva a transitar caminos sinuosos entre la oscuridad y la felicidad, entre la rutina y lo inesperado. Eso fue lo que ocurrió cuando concurrió a la exposición de muebles; quería estar al tanto de las novedades para cuando tuviera que vestir la vieja casa que acababa de comprar. A su lado, un hombre comentó sobre la nobleza de los materiales y Ana sobre lo bien que quedarían esos muebles en la vieja casa. La conversación se tornó amena, y quién sabe por qué, ella anotó el número del hombre y prometió llamarlo.

 La excusa para un encuentro sería el hecho de que él era arquitecto y la podía asesorar en su proyecto. Así que lo llamó una tarde lluviosa, en la que el agua se filtraba desde las tejas hacia la mitad de la cocina.

—Hola, soy Ana, nos conocimos en la exposición de muebles, ¿me recuerda?

—Sinceramente, no. Y no recuerdo haber ido a ninguna exposición de muebles.

—Discúlpame, debo haber anotado mal el número —le contestó desconcertada.

—No, no corte. También puedo asesorarla. Si estuvo en una exposición de muebles, y necesita consejos para la decoración de los ambientes, yo me dedico a eso, así que si puedo ayudarla…

Le dio la dirección del chalet, sin preguntar si también él era arquitecto.

Llegó puntual, y efectivamente no era el arquitecto que conoció en la exposición, era solo un seductor que aprovechó el equívoco. Así fue como conoció a Marcos. Tan amable y atento al principio que creyó haber encontrado su alma gemela. Rápidamente se fueron a vivir juntos, para lo que debieron superar obstáculos. Marcos había dejado a su esposa después de muchos años de matrimonio, y ella pudo superar el hecho de relacionarse con un hombre que estaba casado, de no considerarse una “rompe hogares”, a callar la voz de su madre juzgándola por renunciar a los valores éticos y religiosos inculcados.

 Los hijos de ambos era adultos. Los de Ana eran indiferentes a la decisión de rehacer su vida, ella estaba divorciada hacía muchos años, y sus hijos se sintieron aliviados de que ella ya no estuviera sola. Por el contrario, los hijos de él la odiaban.

 

—Llegó temprano —le dijo al plomero, que se encogió de hombros y se fue a cortar el agua, desde la llave de paso que estaba en la pared baja del jardín, junto a la canilla.

Ana se resignó ante el hecho de no haberse podido bañar, dándose ánimo en la creencia de que terminaría pronto.

 

Había estado llamando a Marcos todo el día. Quería saber dónde estaba y por qué no había regresado a la casa. Tuvo la intención de llamar a la policía, pero se detuvo, considerando que no era la primera vez que desaparecía, sobre todo después de un periodo de contacto romántico, como de luna de miel, lo cual la dejaba perpleja, como cada vez que de la nada cortaba toda comunicación y desaparecía. Había períodos en que se convertía en un hombre de hielo, que contestaba de mal humor y con monosílabos. La llevaba del paraíso al infierno en una montaña rusa de emociones, que hacía que ella, en vez de dejarlo, se desvivía por complacerlo, esperando recuperar aquel hombre que conoció por haber marcado mal un número de teléfono, aquel romántico y amable, al que llegó a considerar su alma gemela.

Quizá se fue a buscar admiradoras o fans, pensó Ana, ya que Marcos se aburría rápido y nunca tenía suficiente.

Él era adicto a la admiración, y ella era adicta a él, tanto que estaba dispuesta a olvidar sus infidelidades, a perdonar todas las cosas humillantes que le había dicho, cuando usaba su lengua como un látigo para lastimarla mucho.

Ella lo justificaba, creyendo que su inflada autoestima era una máscara para ocultar heridas más profundas. Dispuesta a perdonar más embustes, y desesperada por conocer su paradero, revisó los papeles en su escritorio, buscando alguna pista para saber de él, encontró un documento que decía que la casa, que había comprado con los ahorros de su vida, y que había puesto a nombre de Marcos cuando decidieron irse a vivir juntos, estaba hipotecada.

Miró al plomero por la ventana. Estaba cavando una zanja para encontrar el caño roto. Hacía un calor insoportable.

Estúpida, supongo que habrás comprado el tramo de caño para reemplazar el que se rompió, el pegamento, la cinta de teflón.

—Callate, ya estoy de bastante mal humor, por el calor, porque no pude bañarme, y por el plomero que trabaja en cámara lenta.

Tendrías que haberte levantado más temprano, pachorrienta, estúpida.

A las tres de la tarde aún seguía sin agua, con el plomero trabajando en el jardín. Corrió las cortinas del ventanal y vio al plomero apoyado en la pala, mirando el teléfono, tal vez viendo una película de Netflix o chateando con la novia. La invadió una gran sensación de impotencia, tuvo la fantasía de golpearlo en la cabeza con la pala y enterrarlo en la misma zanja, con la pala como lápida.

Puedo saber lo que estás pensando estúpida, siempre supe que eras una mujer siniestra.

Golpeó el vidrio de la ventana para llamar la atención del plomero, golpeteó con su índice derecho su muñeca izquierda, para indicarle la hora avanzada. él levantó la mano en una señal que no comprendió.

¿Seis horas para cambiar un pedazo de caño? ¿De dónde salió este tipo? A vos cualquiera te engaña, te ven la cara de estúpida,

Siguió mirando por la ventana. El plomero estaba cavando más allá. Más cerca del árbol. ¿Pero por qué cava ahí? No, por ahí no está el caño. ¿Qué hace? Voy a salir, ¡tiene que detenerse ahora mismo! Miró otra vez por la ventana y quedó petrificada El plomero, después de dejar el teléfono, había punteado con la pala algo duro, que colocó sobre el césped. Retrocedió asustado, buscando el teléfono que había dejado a unos metros.

Va a llamar a la policía, supuso Ana, mientras el albañil, mirando hacia la ventana le señalaba el hallazgo. Sobre el césped brillaban los restos óseos de Marcos.

Ana solo lamentó el no haberse podido bañar, mientras el fantasma de Marcos reía, y no dejaba de decirle: ¡estúpida, estúpida!


Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga  social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.


domingo, 12 de mayo de 2024

ANGELITA

Dora Gómez Q

 

Juan y Elena vivían juntos, o acollarados como se dice en el norte, y eran pobres como todos los habitantes de la Puna.

La venta de artesanías y las changas ya no alcanzaban para la subsistencia por lo que consideraban la posibilidad de marcharse del lugar, como ya lo habían hecho otros de sus paisanos

Así que un día decidieron dejar la humilde casa de adobe, la cabra y la mula, que eran todas sus posesiones, y con apenas un par de bolsas de ropa y los documentos de identidad subieron al camión de Pedro que venía desde Bolivia con destino a Buenos Aires.

En la cabina no había lugar para tres, así que se turnaban para ir en el lugar del acompañante, un trecho iba Juan y otro Elena.

Se conocían con Pedro desde que Juan le ayudó a reparar el camión, un día que se había averiado cerca de Jujuy. Después hicieron amistad y cada vez que Pedro andaba de paso a Bolivia pasaba la noche en el rancho de la pareja, más cómodo que dormir en el camión, y recibía también de parte de ellos un poco de comida antes de continuar el viaje.

Después de un día y medio de viaje incómodo en el viejo camión llegaron a la ciudad. Pedro los dejó en una zona ignota de la provincia de Buenos Aires.

 Aturdidos por el ruido y abrumados por el movimiento caótico del lugar al que habían arribado, caminaron con la dirección de unos paisanos anotada en un papel. Juan iba preguntando a los transeúntes como llegar a esa calle. Así, preguntando a unos y a otros, llegaron a un rancherío formado por algunas casillas de madera y baldíos dónde había basura, perros, niños, y muchachos jugando a la pelota.

Nunca encontraron a sus paisanos, pero un hombre allí les ofreció un terreno donde podían construirse algo y les dio algunas maderas y unas chapas que sirvieron de techo.

—Ya me van a pagar cuando consigan trabajoles dijo.

Y efectivamente les cobró un porcentaje de lo que ganaron por siempre, por haberles permitido instalarse en un terreno que pertenecía al Estado.

 Elena puso por dentro de la casilla un papel floreado para cubrir las aberturas entre madera y madera, cuando tuvo dinero para comprarlo.

En poco tiempo consiguieron trabajo. Ella, limpiando casas y cobrando por horas; en esos mismos edificios Juan hacía changuitas de albañilería.

Al poco tiempo Elena quedó embarazada, y eso complicó la entrada de dinero, que apenas alcanzaba para comer y viajar.

Había sido muy difícil adaptarse a viajar en la ciudad, usar una tarjeta, subir a colectivos, hacer combinaciones de un subte a otro. Pero Elena lo había logrado

 Cuando empezó a sentir nauseas por las mañanas una de las patronas le dijo:

—Vos estás embarazada. —Y le compró un test que dio resultado positivo.

 No era una buena noticia en ese momento, pero siguió trabajando hasta que el embarazo estuvo muy avanzado.

Para colmo Juan, fascinado con la ciudad, había cambiado mucho su comportamiento. Llegaba tarde o directamente no llegaba a dormir a la casa. También su carácter había cambiado. Era una persona muy diferente de la que partió de la Puna en el camión de Pedro.

Cuando se enteró del embarazo de Elena, todo empeoró. Llegaba agresivo y por cualquier nimiedad perdía los estribos. De los insultos pasó a la violencia física, sin importarle el embarazo de ella.

Las vecinas la ayudaron en la última etapa del embarazo y algunas con más experiencia le explicaban que algunos hombres se ponían celosos con los embarazos porque significaba que un tercero ya estaba allí entre ambos y no era extraño que se pusieran violentos.

Elena, a pesar de su estado, se sentía fortalecida en su carácter, ella tampoco era la mujer tímida y obediente que había llegado desde el norte.

Así que un día juntó todas las cosas de Juan en un bolso y lo echó del rancho con ayuda de las vecinas que la alentaron a hacer la denuncia a la policía.

En la comisaría le tomaron la denuncia y la mandaron a un hospital público donde se verificaron los moretones de brazos, espalda y demás partes del cuerpo, y el estado del bebé próximo a nacer, que por suerte no había sido afectado por los golpes. Ese mismo día se hizo presente la policía con una orden de restricción para impedirle a Juan que volviera a acercarse a la casa.

 Las vecinas la ayudaron mucho durante los primeros meses después del nacimiento de la niña, a la que Elena llamó Ángela. Todas eran muy solidarias al verla sola y las mujeres se apiadaron de ella. Y también porque algunas habían pasado por situaciones parecidas lo que las llevó a formar como una gran hermandad.

Elena era humilde, callada y más fuerte de lo que aparentaba. Cuando se pudo reintegrar a sus labores, Elena dejaba a la beba con una prostituta que llegaba de su trabajo cuando ella salía para el suyo. Unos pesos más le venían bien a la devenida en niñera.

Juan no regresó. Elena supo que había se había marchado a Córdoba con una mucama que trabajaba en uno de los edificios dónde él hacía reparaciones.

Ella y la niña nunca más supieron de él. Y pasaron ocho años.

La niña no había podido empezar la escuela, ya que Elena se marchaba a las seis de la mañana y no tenía quien la llevara al colegio o fuera a buscarla. Cuando llovía, el barro impedía salir del lugar y a veces Angelita tampoco tenía zapatillas.

Su madre le dejaba una taza de leche sobre la mesa con unas galletas o un pan antes de irse al trabajo mientras la niña dormía en la única cama del rancho que compartían.

Al mediodía la niña iba sola al comedor comunitario del barrio.

A Elena ya no le faltaba mucho para completar el dinero que ahorraba mes tras mes para alquilar una pieza fuera del barrio, y estar más cerca de sus trabajos y poder llevar a su hija al colegio.

Lamentaba mucho estar sola en esta situación, sin parientes cercanos. A veces extrañaba la puna. Y estaba triste la mayor parte del tiempo, aunque esperanzada en que su hija tendría una vida y un futuro mejor que en el norte.

Ángela, al contrario de su madre era muy sociable y parlanchina e iba adquiriendo costumbres y modos del entorno.

Permanecía sola casi todo el día, jugaba con otros niños, y deambulaba por el barrio, por los pasillos y laberintos que conocía bien. Tenía amigos de su edad que tenían armas de verdad, y otros que tenían mucho dinero que ganaban “vigilando” le decían, aunque ella no sabía lo que eso significaba.

—¿Qué vigilan?

—Chiflamos cuando viene la gorra

—¿Eso no ma’? Uhhh… Para tener plata mi mamá tiene que ir a trabajar.

Los niños se reían y Ángela se iba andar por ahí, esperando la hora de ir al comedor comunitario, para alivio de Elena, que no hacía a tiempo de volver a darle de comer a su hija.

A pesar de su edad cronológica Angelita parecía tener seis años, era muy delgada y menuda. Se había hecho amiga de un muchachón que tendría unos veinte años. Llamaba la atención y destacaba allí porque era rubio y corpulento. Era de origen polaco. Al menos eso decía él. Siempre andaba solo y lo llamaban por un sobrenombre: Pule. Solía cargar a Angelita sobre los hombros y la llevaba de paseo por el barrio y sus alrededores. A ella le encantaba mirar todo desde tan arriba y tocaba el cabello del Pule, mientras él la sostenía de las piernitas flacas.

Tené el pelo amariyo, vo.

—Sí —se reía Pule.

Cuando llovía y el barro hacía intransitable el camino, la pasaba a buscar por el comedor y la llevaba de vuelta a su casa. Ángelita no tenía zapatillas por lo que se hacía más difícil caminar por el barro.

—Pule, cuando sea grande voy a ser tu novia, ¿queré?

—¡Si, Angelita, como no voy a querer!

Y también la llevaba a jugar a la plaza que habían hecho los vecinos en el baldío con tachos y cadenas un improvisado columpio.

La madre estaba agradecida y aliviada con cualquier ayuda que le dieran. Y Pule oficiaba como un hermano mayor, aunque era un joven violento.

No sabía Elena dónde ni de qué vivía el polaco. Nunca lo había visto drogado, ni juntarse con la gente que andaba en los negocios narcos que todos conocían, por lo que interpretó que no era delincuente sino un muchacho solo no más, que se peleaba con otros, como todos.

Un día lo vieron pelear con cuatro muchachitos a la vez.

Pule revoleaba una gruesa cadena sobre su cabeza que hacía que mantenía alejados a los agresores. Al final se fueron prometiendo volver y darle un “cuetazo”.

—¿Qué es un “cuetazo”, ma? —preguntó Ángela, que veía escenas de violencia callejeras a diario.

—Son como los cuetes de navidad —le contestó Elena, rogando que pronto pudieran mudarse de allí.

Dejando de lado la gente que se ocupaba de kioscos narcos, o los que peleaban a veces a tiros por abarcar más territorio para distribuir droga, los que salían a trabajar temprano por magros salarios eran más, una especie de gran familia que se ayudaba y protegía mutuamente. Y eran los mismos traficantes de droga los que los ayudaban cuando algunos vecinos pasaban por dificultades económicas. Después, el favor se devolvía haciendo silencio cuando alguna autoridad policial venía a investigar. Pero la policía rara vez se metía en el barrio. Se llevaban algunos niños que a los días ya estaban de regreso.

 Todas eran madres de todos los chicos para cuidar, reprender o alimentar.

Con el comedor colaboraban casi todos los habitantes del lugar con lo que podían. Esa papa que no estaba de más, pero no alcanzaba para una comida completa, se llevaba al comedor. Cualquier otra cosa que fuera comida o materia prima para cocinar era bienvenida porque allí donde comían veinticinco chicos de distintas edades. Los comercios vecinos fuera del barrio, también colaboraban con mercadería. Ya fuera el pan de ayer que el panadero no pudo vender o las facturas. La carnicería y la fiambrería tenían el negocio totalmente enrejado y atendían por una pequeña ventanita debido a los robos reiterados, ellos también colaboraban con dinero o mercadería.

También Elena separaba de su salario una parte para el comedor y otra para el señor que les había dado el terreno cuando llegaron con Juan.

A los supermercados había que presionarlos un poco para que donaran Los más ricos de vez en cuando dejaban en la parroquia grandes bolsas de ropa usada para donar. Para la gente del barrio los ricos era la gente que vivía fuera del barrio y tenía casa de material.

Angelita iba a la parroquia los sábados, donde jóvenes de la Acción Católica daban clases de catequesis. Pero como Angelita no sabía leer, solo jugaba. Allí, una mañana le dieron un par de zapatillas. Estaba feliz ese día y ansiosa por mostrárselas al Pule.

El polaco estaba cerca de la casilla donde funcionaba el comedor. Era la hora que los chicos estaban comiendo. Hablaba con un tipo obeso de pelo grasiento que parecía de baja estatura al lado del polaco que medía un metro noventa.

—Es chiquita la nena —le decía el polaco—, parece de seis o siete años, y es muy tranquila, no vas a tener problemas. Te traje las pastillas, son cuatro. Le das dos durante el viaje. Una ahora, y otra más tarde, y antes del cruce dos juntas.

El gordo guardó las pastillas en el bolsillo de su pantalón, se subió a un auto y le entregó un paquete al polaco.

—Tomá Pule. Son quince ahora y quince después del cruce.

—¿Ahí ya está arreglado con la aduana?

—¿Qué aduana, polaco? La cruzan por abajo, en la espalda de una cholita. Llevan unos bultos enormes. Si la nena es chiquita, dormida entre unos trapos, la cholita la pasa sin problemas. Pasan debajo del puente. Nadie mira ni dice nada. La gilada es la que va por arriba y hace cola en la Aduana.

—¿Y después para dónde la llevan?

—Una vez en Bolivia ya no sé. Ni vos, ni yo sabemos más. Yo la llevo hasta donde está el señor Berny que maneja a las cholitas.

—Ya viene la nena.

Saliendo del comedor Angelita corrió a los brazos del polaco.

—¡Pule, Pule… mirá mis zapatillas nuevas!

—¡Ah, qué lindas, Angelita! Ahora nos vamos a pasear. ¿Querés?

Sí, Pule, ¡vamo a paseá!

—Pero esta vez vamos a ir en auto.

—¿En auto?

—Sí, en una camioneta con un señor que se llama papá.

—¿Se yama papá? —preguntó Angelita riendo.

—Sí, se llama papá. Y vos tenés que ir atrás porque “la gorra” no quiere que los chicos viajen adelante.

—¡Ufa, Pule! Yo una vez fui en el auto de el Ramón y me yevó adelante.

—No, Angelita, no se puede. Tenés que ir atrás. Por el camino fíjate en otros autos y vas a ver como todos los chicos viajan atrás —le dijo mientras le colocaba el cinturón de seguridad—. Mirá que es muy largo el viaje Angelita. Saludá al señor.

—Hola, señor.

—No, decile “hola” por su nombre, acordate que se llama papá.

Hola, papá. ¿Vo no vení Pule?

—Sí, Angelita, más tarde, ahora. Voy a esperar a tu mamá que vuelva del trabajo para avisarle que nos vamos a pasear en auto y a estrenar las zapatillas.

—Güeno, Pule, ¡metele!

—Sí, ya voy. ¡Dale, gordo, arrancá! Chau, Angelita.

Chau, Pule.

 

Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga  social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.

TESTIMONIOS DE UN ÉXODO