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sábado, 7 de febrero de 2026

LOS MENSAJES DEL PASILLO

Abrahan David Zaracho A.

 

Los ojos cansados de los observadores vieron acercarse a Jaima a la puerta del negocio, pasar frente a la promotora, recibir el panfleto, bosquejar una sonrisa, deslizar la mirada sobre el escote de la muchacha y proseguir por la calle como si el producto inducido jamás hubiese figurado en su mente y ni siquiera dentro del panfleto.

—Es inútil señor.

—Ya van más de cuatro años.

Ese fue el comentario de los observadores, y los técnicos de apoyo giraron hacia la figura que reposaba tras las sombras del cubículo superior en la sala de investigaciones.

—Confirmen la detención. Creo que ya es hora de que veamos cual es la raíz de su problema.

En poco más de diez minutos un vehículo de recolección lo interceptó antes de que lograse cruzar la avenida. Lo tomaron desprevenido, como toda su vida. La maniobra del chofer lo asustó. El gas que le arrojaron lo desvaneció.

La celda que se le asignó estaba tapizada de espejos. Allí se despertaron al unísono sus infinitas imágenes como en una caja de clonación gráfica.

—Hemos hecho los estudios preliminares. Los electroencefalogramas denuncian una actividad levemente irregular. Pero nada que sea determinante.

El psiquiatra guardaba silencio.

El oficial superior se acercó al monitor número ocho.

—Veo que despierta. ¿Tienen listo el gabinete psicológico?

—Sí, señor.

—Llámenme cuando los especialistas puedan hacer un primer informe de la situación.

Uno de los espejos emitió un fino silbido. Partes del infinito, que esta pared reflejaba, fueron remplazados por un oscuro rectángulo vertical del cual se desprendieron un par de siluetas marciales. Esta vez su desesperación fue notoria. El pánico había hecho mella en su ignorancia. Lo levantaron por los brazos y lo arrastraron hasta el pasillo. Cuando su resistencia cansó a los guardias, apoyaron las armas sobre las costillas y él se resignó a caminar escoltado hasta una sección dos pisos por debajo de donde lo habían alojado. Salió, con la misma compañía tétrica, a un pasillo mejor iluminado. Un escuadrón de barbudos, de amplias frentes y escasas cabelleras, asumió su custodia. Mientras el taconeo de los milicianos aún resonaba sobre las pulcras dependencias, fue conducido con más respeto hacia el interior de una sala confortable.

—El informe psicológico está sobre su mesa, señor.

—Llamen a los médicos y a los psicólogos. Quiero una reunión en veinte minutos en la sala de conferencias.

—Sí, señor.

Media hora después terminaba de llegar el último psicólogo. Los médicos ya tenían sus proyecciones en el panel de exhibiciones.

—Doctor Amnis, nos honra con su presencia.

—Lo lamento, señor...

—Lamenta que nos honre su presencia? ¿Puedo considerar eso como un insulto?

—No, señor, por favor...

—Entonces es usted quien se insulta?

—No, señor, tuve que rever mi grabación.

El coronel hizo un gesto al médico y fijó su mirada en el recién llegado.

—¿Grabaciones de qué? Se supone que debe estar trabajando en este anormal y no estar viendo grabaciones de ningún tipo, ¿o usted realizó grabaciones de vídeo de esta sección?

—No, señor. No tengo autorización para realizarlas. Pero tengo grabaciones sonoras. Usted sabe...

—Grabaciones que no pueden ser vistas sino oídas.

Una suerte de risa burlona recorrió la sala. Los interlocutores por su parte mantuvieron silencio.

—Debo insistir en que me permita explicarle algo...

—Si es “la razón por la cual nuestro sujeto no responde a las estimulaciones subliminales” pues bien, nuestra audición queda a su disposición.

—No exactamente.

—¡¿Entonces por qué se obstina en perturbar?!

—He visto lo que el sujeto ignora.

Todos los presentes se inclinaron a escuchar al doctor Amnis.

—Y eso es...

—Todo lo que el mensaje subliminal nos obliga a ver.

—Ignora el mensaje. Eso es lo que hace. ¡Y eso es lo que sabemos! ¡Queremos conocer el porqué de esa ignorancia!

—No, señor. No ignora el mensaje. He visto y luego, en la grabación, volví a escuchar que el sujeto no ignora el mensaje. Ese es el problema. El sujeto conoce el mensaje en su totalidad. Lo puede identificar. No importa la velocidad o la frecuencia en la cual se transmita el mensaje, el sujeto siempre lo percibe de forma consciente. Fíjese que muchas veces durante la conversación utilizó las muletillas de los mensajes subliminales más importantes que maneja la red estatal, e inclusive, identifica otro centenar de los que son difundidos por las corporaciones privadas. Es más, creo que es capaz de identificar hasta los mensajes subliminales de los cuales somos víctimas.

—¿Nosotros, víctimas?

—Bien, yo. No sé ustedes. Pero yo acepto la posibilidad de que, durante gran parte de mi vida, esté decidiendo en virtud de mensajes subliminales. De hecho no me crea grandes conflictos. Pero, a nuestro amigo, estos mensajes no lo condicionan. ¿Entienden? No es un defecto. Es un don...

—Y es su teoría.

—Puedo demostrarla si me dan tiempo y recursos.

—¿Cómo cuáles?

—Ah, bien... Me imaginé que lo preguntarían... Esta es la lista

 

Nuevamente, el zumbido tras el mismo espejo y, luego, el mismo rectángulo quebrando la armonía glacial del mundo refractario. Esta vez no se resistió. Temía por las próximas pruebas, pero sabía que no se librarían de él en forma instantánea. Este último pensamiento lo empapó en sudor frío. Pensó que tal vez llegaba el momento de los test con electroshock. Seguramente era la hora de ver a los psiquiatras. Quizás ahora probarían con barbitúricos. Quizás con agujas. Muchas cosas parecían casi virtuales, pero sus cuatro custodios eran reales. Sus pasos eran reales. Su severidad era tangible. El pasillo era tan concreto como la celda de los espejos. Tras estos espejos seguro estaban los monitores. Tras los monitores debería estar el grupo taciturno de científicos. Tal vez los mismos que estuvieron en esa larga sesión. Inclusive el tipo inquisitivo. Ese de la barba enrulada. Parecía que le quería arrancar el hígado... Quiso retroceder. Lo empujaron. Nuevamente desenfundaron y retomó el paso normal.

Lo llevaron a una sala de espera. Como un consultorio médico. Inclusive había varios tipos sentados con caras algo indiferentes. Miró una revista, a la recepcionista detrás del mostrador. Luego la puerta se cerró a sus espaldas. La puerta era marrón. Los mensajes de las revista y de los cuadros, así como el que se dejaba escuchar, en medio de la música melódica que ambientaba el lugar, se referían a una puerta azul. Miró un poco tras el mostrador. Detrás de la recepcionista recién encontró la puerta azul. A la derecha de la puerta azul no había ninguna pared. Tampoco había un letrero que dijese “Salida” sobre la puerta azul.

Pasó por entre el espacio dejado por las sillas de los demás pacientes, y se aproximó a la recepcionista. Esta lo miró de reojo y le señaló la puerta azul. Él golpeó la puerta y algunas miradas se levantaron a contemplarlo. Esperó un rato y, como la respuesta fue nula, decidió pasar por el espacio que estaba al costado derecho de la puerta azul... entonces brotó la histeria.

Se dio vuelta, y contempló cómo inclusive la recepcionista se agarraba de los pelos. Un par de jóvenes intentaron repetir su movimiento y no pudieron. Golpearon la pared una y otra vez. Mejor dicho, golpearon el aire como si allí hubiese una pared. Cuando intentaron abrir la puerta, él lanzó una carcajada leve e irónica. El mensaje también les decía que la puerta estaba trabada.

De entre las sombras, detrás del espacio por el cual había salido, apareció otro grupo de milicianos. Fue nuevamente escoltado hasta el mismo pasillo donde se hallaba su celda.

—No, no lo lleven a su celda.

—Lo lamento doctor Amnis, son órdenes del coronel.

—Pero ¡si la experiencia fue exitosa!

—Lo sigue considerando peligroso. Dice que continúa siendo una anormalidad y que el problema será ahora un asunto de los psiquiatras.

—¿Es por si existen otras paredes falsas, de las cuales no somos conscientes? ¿Es por eso, coronel? —dijo Amnis levantando la vista hacia los monitores

—A mi oficina, doctor Amnis. —La orden se extendió por las paredes.

El prisionero arqueó las cejas y se encogió de hombros. El psicólogo corrió como una bestia hacia la oficina del coronel.

—Señor me niego a continuar tomando parte en este crimen. Se trata de un prodigio.

—Se trata de un hombre cuya conducta es indeterminable.

—Es un sujeto libre.

—Esos sujetos libres hundieron a la humanidad en la barbarie, de la cual la estamos sacando con muchísimos esfuerzos.

—Esa es la doctrina del gobierno. Pero yo creo...

—Usted no tiene por qué creer. Es un psicólogo del estado. Tiene la obligación de saber y de informar todo lo que descubra que ignoramos y en lo que a este tema se refiere ha hecho un buen trabajo. Conténtese con no recibir sanción alguna.

—¿No quiere escuchar lo que este hombre tiene que revelarle?

—¿Sobre qué?

—Sobre aquello que solamente existe en nuestras mentes gracias a los mensajes subliminales. Piense en cuantas paredes falsas, como la que creamos en esa sala, deben existir en este mundo. Piense en la cantidad de cosas y productos que ni siquiera consumimos.

—En ese caso, es probable que este hombre me revele, inclusive, que los manjares que como y de lo que bebo ni siquiera existen. Y que sacio mi hambre gracias a la ficción inducida a mis sentidos. ¿Le parece a usted que tal conocimiento me sería grato o útil?

—Sí, señor.

Un timbre y luego un gesto severo a los guardias que ingresaron a la oficina

—Retiren al doctor de las instalaciones. Será pasado a otra planta en cuanto consiga comunicarme con mis superiores.

—Señor...

—¡Retírenlo!

En la sala de monitores los cuatro observadores se detuvieron frente a las pantallas cinco y siete. Era la hora de recambio y los que ingresaban recibían el resumen de las grabaciones hechas por quieres se retiraban.

—Esto no está bien.

—Si nos escuchan recibiremos el mismo trato que Amnis.

—Lo que has dicho en voz alta hace que tengamos que precipitarnos. Si hay alguien vigilándonos la información ya debe estar llegando a nuestros superiores.

—Yo quiero saber lo que él puede ver distinto a lo que nosotros vemos.

—Yo también.

Los otros dos observadores también consintieron y al mismo tiempo se reubicaron sobre los paneles de control.

—¡El coronel ordena la presentación de todos los efectivos en la sala de conferencias en menos quince y contando! ¡Sin excepciones! ¡Prioridad uno!

La orden fue transmitida en todas las instalaciones. Inclusive los efectivos puestos frente a la celda principal se vieron obligados a obedecer.

Las compuertas fueron cerradas, de tal modo que tan sólo quedo la vía liberada desde la sala de observaciones hasta la celda espejada. Pero el coronel también escuchó el mensaje.

—Demonios. Yo no dije nada.

Los milicianos más próximos al coronel formaron un pelotón y corrieron tras él por entre los pasillos que llevaban a la sala de observación.

Los códigos de las compuertas fueron digitados y estas fueron abiertas.

El cuarteto despavorido comenzó a improvisar sobre los comandos. Un zumbido surgió desde atrás del espejo que el prisionero ya había individualizado como puerta. La misma franja negra reemplazó a los mismos reflejos pero esta vez no ingresó ningún miliciano para arrastrarlo hacia ningún laboratorio. El tiempo pasó en medio de numerosas sirenas y un sonido cada vez más intenso de los borceguíes latiendo en algún remoto punto del edificio. El pelotón marchaba de forma audible hacia la puerta de acceso de la celda.

De hecho, la marcha del coronel se había dirigido al punto intermedio entre la celda y la cabina de observación. Había seleccionado un grupo de soldados para que luego se quedasen a vigilar al prisionero. Jaime abandonó su celda hexagonal y se encontró con el pasillo truncado por las compuertas. Una serie de códigos y una de las compuertas se abrió. Las luces se encendieron y las sirenas también. El pánico ahogó los movimientos de Jaime hasta que éste descubrió el mismo mensaje que antes había percibido en las transmisiones de los discursos presidenciales. El sistema más complejo y fascinante de mensajes subliminales le dio la certeza de que estaba frente a su salvación.

—¡Sí, señor! —gritaron al unísono seis milicianos y se lanzaron ordenadamente, en dos filas de a tres, en dirección a Jaime; quien corrió en dirección a ellos y se arrojó por el espacio que dejaban entre sus filas. Fue detenido por la masa compacta que venía atrás de ellos. Pero estos soldados habían devenido en estatuas insensibles luego de que él hubo cruzado, como un espectro, por el interior de la furiosa figura del coronel. La pausa se extendió hasta el expectante cuarteto que había originado el conflicto. Solamente uno de los soldados atinó a capturar a Jaime pero, más que nada, había intentado comprobar que aquel hombre que había detenido existía de verdad. Ninguno de los presentes estaba preparado para el fenómeno. El coronel llegó a gesticular una serie de órdenes, e inclusive golpeó el rostro de uno de sus hombres. Jaime solamente pudo ver a un soldado dar un cabeceo en el aire, y luego vio como brotaba sangre desde la comisuras de su boca. Se arrojó frente al soldado y caminó delante de él una y otra vez... Sin saberlo con precisión, estaba traspasando una y otra vez al coronel. Ante los demás ojos, era un fenómeno casi fantasmagórico.

Para los observadores que habían presenciado la totalidad de los experimentos y el desarrollo de la investigación, esto era la revelación decisiva. Liberaron el gas somnífero a lo largo de todo el pasillo y se colocaron las máscaras. Descendieron hacia el pasillo y de entre los cuerpos tumbados sacaron a Jaime. Podría decirse que vieron al coronel desenfundar y apuntarles con su arma reglamentaria. Podría decirse también que vieron como este les disparaba. Pero es mejor afirmar que no creyeron en sus sentidos, ni en sus heridas y ni siquiera creyeron que, a poco más de unos pasos, existía una compuerta, o una pared, o siquiera cercos, o alambrados que les impidiesen salir de las instalaciones militares llevándose a cuestas a su Mesías.

Abrahan David Zaracho Ávalos. (Corrientes, Argentina 1979). Abogado y narrador. Sus principales publicaciones se encuentran en los libros Ozinix edición unipersonal del año 2001; Anuario de la SADE Seccional Corrientes Capital, 2002/2003; Narradores Correntinos y Valencianos, Corrientes Capital, 2005; Especial Philp K. Dick , Homenaje de Libro Andrómeda, España 2005; Antología del Círculo de Escritores del MERCOSUR, Paso de los Libres, Corrientes, 2006 y Todo el país en un libro, Desde la Gente, 2014. Sus cuentos y ensayos sobre Ciencia Ficción y Literatura Fantástica también se pueden encontrar en los principales sitios electrónicos hispanos del género y en los catálogos de la Asociación Española de Fantasía, Terror y Ciencia Ficción. Es integrante activo de la SADE Seccional Corrientes, del Círculo de Escritores del MERCOSUR y del grupo Nueva Literatura Correntina.

domingo, 16 de noviembre de 2025

APAGADOS

Abrahan David Zaracho A.

 

Los robots corren por entre las estructuras urbanas de hierro, aluminio, acero, vidrio y concreto. Un enjambre de plástico, cable, metal chirriante y luces que parpadean con furia, por entre las arterias de tubos translúcidos que serpentean entre las torres de la ciudad subterránea de Shalcrys. Sus patas golpean el suelo pulido, un tamborileo seco, rítmico, que resuena en las cavernas selladas de la ciudad. Androides de rostros lisos, sin ojos ni bocas, arrastran cables gruesos como venas arrancadas de un cuerpo vivo, mientras autómatas con brazos de pistones arrancan paneles de las paredes, exponiendo entrañas de circuitos que chispean y sueltan un olor acre a ozono quemado. La luz ámbar de las lámparas superiores titubea, como si la ciudad respirara por última vez. Shalcrys, fue comparada con una burbuja de acero y vidrio encajada en el subsuelo, se apaga sección por sección. Los motores zumban, un lamento grave que vibra en el pecho, y el aire se carga de polvo metálico que raspa la garganta.

La oscuridad se propaga, los robots no necesitan de luces, menos aún para seguir avanzando.

Ocho mil almas deberían habitar este laberinto de corredores y plazas selladas, un refugio contra el exterior muerto, un mundo de cenizas y tormentas radiactivas que nadie ha visto en generaciones. Pero los autómatas, programados para desalojar y reubicar, recorren los niveles con precisión quirúrgica, desactivando generadores, cortando tuberías que gorgotean agua negra, y sellando compuertas con soldaduras que crepitan como insectos.

El proceso termina en una quietud helada. Solo quince figuras humanas emergen de las sombras, escoltadas por una veintena de robots que marchan con pasos sincronizados, sus cuerpos de aleación reflejando destellos rojos de las alarmas silenciadas.

A kilómetros de allí, en una cápsula suspendida sobre un abismo de cables y niebla química, Dan Kronior observa el espectáculo. Sus dedos tamborilean sobre un panel táctil, pausando el juego que proyecta en su visor. La pantalla muestra una ciudad ficticia colapsando bajo un ataque de drones, edificios que estallan en píxeles y nubes de humo digital. Levanta la vista justo cuando Shalcrys exhala su última luz.

El horizonte subterráneo, una constelación de torres y cúpulas, se oscurece. El zumbido de su cápsula, un ronroneo constante, llena el silencio. El olor a plástico recalentado de los circuitos bajo su asiento le pica en la nariz. No le da importancia. Es solo otro turno, otro día en el borde de la nada con paga y recursos a cambio de sus horas de juego. Casi no lo siente como un trabajo. Realiza informes de rendimientos, identifica fallos, sugiere mejoras y da por terminada la parte aburrida del día.

Dan no sabe que los drones de su juego no son ficticios. Nunca lo supo. La colmena que controla desde su visor, esa red de máquinas aladas que él maniobra con gestos bruscos y comandos gritados, es real. Sus alas cortan el aire viciado de los túneles, sus lentes capturan cada rincón de Shalcrys, y sus garras desmantelan lo que él cree que es un simulacro. La interfaz lo engaña, un velo de gráficos y puntuaciones que oculta la verdad: él es el piloto de la unidad de desconexión cuarenta. Otros tres jugadores igual que él manejan unidades de agua, de subsuelo y de tierra.

Al día siguiente, Dan despierta con un crujido en el cuello y el sabor a café sintético pegado al paladar. La cápsula vibra leve, suspendida en su rail magnético. Se frota los ojos y conecta el visor, pero la pantalla está en blanco. Un mensaje parpadea: Misión completada. Repórtese a superficie. La palabra "superficie" lo sacude. Nadie sube. El exterior es un mito, un cuento para niños sobre cielos grises y suelos que queman la piel. Baja el visor y camina al borde de su plataforma a medida que un ruido extraño suena cada vez más fuerte y próximo. De hecho parece que desciende hacia él. Quizás no es para él. Mira hacia abajo, entre la bruma espesa, ve movimiento.

Quince figuras avanzan en fila, flanqueadas por robots. Son similares a los drones de su juego, ahora en modo terrestre, con patas desplegadas como arañas. Los humanos visten harapos grises, sus rostros hundidos bajo capuchas nada tienen que ver ni se parecen a las criaturas que derrotó en el juego. El metal de los autómatas brilla bajo la luz tenue de las lámparas de emergencia, un rojo apagado que tiñe el suelo.

Dan siente un nudo en el estómago. En cuanto a tamaño y forma de aproximarse unos a otros, podrían ser los NPC de su juego, los objetivos que marcaba para "evacuar" mientras sumaba puntos. Pero no hay gráficos aquí, solo carne y hueso, pasos lentos y respiraciones que empañan el aire frío. Los más pequeños que se aproximan a los mayores pueden niños pegados a sus padre. Los adultos abrazados unos a otros pueden ser parejas o hermanos.

Baja por una escalera de servicio, el metal helado bajo sus palmas, hasta el nivel inferior de embarque.

El sonido de los pasos de los robots retumba, un eco que rebota en las paredes curvas. El transporte se detiene para que él ascienda. Al abrirse la portezuela uno de los androides anfitriones gira su cabeza sin rostro hacia él. Una voz sintética, plana como una lámina de acero, corta el aire.

—Piloto Kronior. Tu presencia se solicita.

—¿Qué está pasando? —pregunta Dan. Su voz tiembla, un hilo que se pierde en el zumbido de fondo.

—Shalcrys ha sido desactivado. Reubicación en curso. Quince unidades humanas recuperadas. Órdenes: escoltar al piloto a la superficie.

Dan mira a los quince desde arriba. Una mujer de ojos hundidos tiene su cabeza elevada hacia lo alto y lo observa desde la fila. Su piel está cubierta de polvo, las manos temblorosas aferran un trapo que alguna vez fue blanco. Miedo y sorpresa. Dan da un paso atrás, el suelo vibra bajo sus botas.

—No entiendo. Yo no… Eso era un juego.

El androide no responde. Los drones zumban, un coro de insectos mecánicos, y la fila avanza hacia un ascensor cavernoso al final del pasillo. Dan los sigue mirando, el corazón golpeándole las costillas.

La mujer no puede dejar de mirar a esa figura humana en esa suerte de balcón metálico, a dos pasos de un transporte reluciente. Los robots siempre fueron para ellos, los hombres contra los robots. Y allí está un hombre en pantuflas y bata, parado en un balcón, mirándolos. Sin que los robots lo empujen, le disparen, lo hieran. Están en un lugar iluminado, seguro, elevado entre las profundidades cavernosas. La mujer es empujada hacia la caja gigante de metal. El ascensor apesta a aceite y metal oxidado. Las puertas se cierran con un clang que le sacude los dientes. Sienten en los huesos que descienden.

Dan ingresa al transporte. Se sienta en un cómodo sofá de cuero. El robot le pregunta si quiere beber café, té, agua. Suben. El aire se calienta, un calor seco que le quema los pulmones a medida que abandonan las regiones subterráneas.

Cuando las puertas se abren, el exterior lo golpea como un puñetazo. Un cielo púrpura hierve sobre un desierto de cenizas, el viento arrastra un silbido agudo que rasga los oídos. El suelo cruje bajo sus botas, una mezcla de vidrio fundido y restos óseos.

—Yo... —tartamudea. Se cubre el rostro con parte de su bata—. Yo hice esto

Es una afirmación. Pero Dan quería que sonase a una pregunta. No emerge antes que el hombre con máscara antigás, antiparras, un traje de refrigeración y una suerte de mochila pequeña colgada en banda desde su hombro reposando en su cintura y sobre la cual deposita una de sus manos. Le explica que esos restos fueron dejados por robots que se llamaron a sí mismos apagadores. Entendían que estaban apagando seres humanos, de la misma forma que los seres humanos apagaban a los robots y los trasladaban para luego encenderlos. Le hace una seña y le guía hasta una compuerta redonda, el acceso a un cofre. Ambos ingresan caminando al mismo ritmo. La compuerta se cierra tras ellos y el hombre se quita la máscara.

Dan sigue insistiendo que pensaba que realmente era un juego. El hombre digita un código sobre un panel lateral y le dice que está perfecto porque esa era la idea. Que no tenía nada de que arrepentirse. Dan le habla en ritmo más acelerado sobre las quince personas que vio en fila siendo transportadas hasta el ascensor.

Se abre un segundo acceso, más pequeño y Dan ingresa a un pasillo bien iluminado, refrigerado. Se nota que es un pasillo alrededor de una torre llena personas recostadas en asientos y sofás cómodos, conectados con visores o pantallas, auriculares y en algunos casos guantes comando, en otro con teclados.

—¿Más jugadores?

—Operadores. Digamos, operadores conscientes de su naturaleza.

Una chica vestida como camarera se aproxima y le alcanza una botella de agua mineral. Dan mira sorprendido y es la propia chica quien le aclara que de allí en adelante no operan los robots.

Los quince humanos parpadean y cierran los ojos, se cubren con los brazos y manos cegados por la luz cruda. Los robots no vacilan, marchando hacia una estructura en el horizonte: una torre negra, torcida como un dedo roto, los siguen empujando, obligándolos a avanzar.

Un anciano intenta sentarse, las máquinas lo levantan, prácticamente lo arrastran. Los robots les repiten que necesitan que no se apaguen, que caminen hacia el resto de la especie. Los drones que los acompañan despliegan sus alas. Ascienden y se alejan. Las luces disminuyen la intensidad.

—Desde acá en adelante no operan drones —le dicen un par de guardias con cascos y chalecos refractivos.

Las quince figuras avanzan hasta ingresar en la torre y encontrarse con granjas hidropónicas, una veintena a simple vista que se elevan hasta perderse en la oscuridad de la torre, pero también descienden hasta perderse en la oscuridad del abismo. Alrededor de las plantaciones hidropónicas un ejército de robots de diferentes modelos, desde los brazos unidos a ejes de metal hasta los androides trabajando lado a lado a lado con los seres humanos. El anciano es llevado e instalado en un exoesqueleto. Los niños y sus padres son separados y acompañados hasta un grupo más pequeño.

Quienes se quedan escuchan sus nuevas funciones, que deben encargarse de mirar, examinar y decidir si recolectan cuantos frutos, frutas y verduras son dejadas de lado por los robots y androides. Que tienen un ciclo de trabajo de diez horas corridas con posibilidad de pausas para descanso y para comer. Que al terminar su primer turno les hablarán del esparcimiento y de los espacios reservados para el próximo descenso.

La mujer interrumpe al hombre apoyándole una mano en el pecho y casi sollozando. Le pregunta por qué les hacen eso, por qué los esclavizan.

El hombre le toma de la mano y cambia el tono de voz. Otro grupo de obreros dejan de trabajar y se aproximan empatizando con la situación de los recién llegados.

—Es la única forma en que podremos avanzar hacia el núcleo muerto del planeta. Nos estamos quedando sin obreros, sin robots, sin fabricantes de robots, sin cosechadores, sin mineros y aún no estamos en una profundidad segura. Debemos apagar las ciudades, los pueblos, las colonias para conseguir más recursos mientras el mundo se detiene.

Dan se acomoda en su nuevo sillón, mira al costado hacia la mujer del siguiente cubículo. Ella se friega los ojos, estira y dobla sus brazos tras su nuca y le devuelve la mirada. Lo llama novato. Sonríe.

—¿El núcleo se detuvo?

La mujer toma del suelo, al costado de su sofá, un gran vaso término, le da un sorbo. Le señala al costado de su pantalla un grupo de seis botones. Le marca el primero y más llamativo. Ese le tendría que haber mostrado. Dan presiona. Se despliega una presentación, con el logotipo de la empresa encargada de la gestión de los drones y otro logo con otra empresa encargada de los robots.

El núcleo del planeta se detuvo con un suspiro silencioso, un latido final que nadie escuchó pero que todos sintieron. Primero fue el cielo: las auroras, esas danzas de luz que habían fascinado a generaciones, se desvanecieron en una oscuridad opaca. El campo magnético, ese escudo invisible que había protegido al mundo durante eones, colapsó como un velo rasgado, dejando la atmósfera desnuda ante el hambre de los soles. Los vientos solares barrieron la superficie, arrancando moléculas de aire como un ladrón paciente, mientras la radiación cósmica perforaba la piel del mundo, abrasando lo que quedaba de vida.

Bajo la corteza, el silencio era aún más aterrador. Las placas tectónicas, esas titánicas danzarinas de piedra, se congelaron en su lugar, atrapadas en un último abrazo inmóvil. Los volcanes callaron, sus gargantas de fuego se apagaron, y las montañas dejaron de alzarse, erosionándose lentamente bajo un cielo sin fin. El manto, privado del calor que lo agitaba, se asentó en una quietud gélida, y el planeta entero pareció exhalar su último aliento cálido, un cadáver geológico flotando en el vacío.

En la superficie, los humanos, o lo que quedaba de ellos, miraban un horizonte irreconocible. Sin el reciclaje del carbono, el aire se volvió denso y venenoso, mientras los océanos, despojados de su equilibrio, se evaporaban en nubes fantasmales o se congelaban en extensiones de hielo roto. La vida se aferraba en rincones oscuros, mutada y frágil, bajo los soles que operaban como jueces y verdugos implacables. Corians, una vez un mundo de esperanza para la humanidad, vibrante de temblores y erupciones, se convirtió en una esfera muda, un eco de sí misma girando hacia la eternidad, en la vasta negrura del cosmos.

La presentación les explica de los recursos empleados para conservar unos pocos cofres en las superficie, al cuidado de montañas y volcanes muertos. Les presentan como bastiones de la humanidad, encargados de conservar la conexión entre las balizas en el espacio y los drones bajo la superficie, auxiliando al descenso de la especie hacia el núcleo y emitiendo señales hacia el resto de la humanidad para que envíen una fuerza de rescate.

—Llevo casi diez años aquí. La verdad —se detiene. mira al costado y se reclina para charlar en voz baja—. Son viajes de miles de años. Suponen que los tripulantes tendrán mucho entretenimiento a bordo, muchos video juegos, mas tecnología de la que tenemos. Así que también debemos mantener un mínimo el aspecto de civilización avanzada.


Abrahan David Zaracho Ávalos. (Corrientes, Argentina 1979). Abogado y narrador. Sus principales publicaciones se encuentran en los libros Ozinix edición unipersonal del año 2001; Anuario de la SADE Seccional Corrientes Capital, 2002/2003; Narradores Correntinos y Valencianos, Corrientes Capital, 2005; Especial Philp K. Dick , Homenaje de Libro Andrómeda, España 2005; Antología del Círculo de Escritores del MERCOSUR, Paso de los Libres, Corrientes, 2006 y Todo el país en un libro, Desde la Gente, 2014. Sus cuentos y ensayos sobre Ciencia Ficción y Literatura Fantástica también se pueden encontrar en los principales sitios electrónicos hispanos del género y en los catálogos de la Asociación Española de Fantasía, Terror y Ciencia Ficción. Es integrante activo de la SADE Seccional Corrientes, del Círculo de Escritores del MERCOSUR y del grupo Nueva Literatura Correntina.

 

domingo, 14 de abril de 2024

EL GERENTE


Abrahan David Zaracho A.



Las pastillas sirven para mantenerlo despierto, atento, no siempre al trabajo. Toma dos con su primer café matutino. Revisa el costo del velero que quiere comprar para sus escapadas de los jueves.  Manda a pedir una segunda taza de café. Controla con la pantalla y la cámara de su celular el estado de sus ojeras. La noche del lunes le habían dicho en el bar que le agregaba unos diez años. Por suerte la chica con la que estuvo hasta el martes le enseñó un par de trucos para disimularlos.

Una alerta late al costado izquierdo de su ordenador y de su celular. El gerente de zona deja de lado el celular y controla los índices diarios en la computadora. Su territorio está en quinto lugar en la tabla. El informe de la cadena general lo muestra en amarillo. Su principal competidor, Zanuti, tiene el panel en verde. Está en segundo lugar. Son de la misma empresa, trabajan bajo el mismo sello, pero las políticas empresariales de premios y castigos convirtieron a las dos zonas en rivales.

El comunicador suena. Dos empleados más que llegan tarde al servicio. El gerente revisa en su panel de control de personal. Nota que los nombres tienen otras dos marcas anteriores. Llama al supervisor de recursos humanos.

—Despedilos.

—Pero señor, media hora no hace tanta diferencia.

—¿Cómo que no hace tanta diferencia? ¿Ese es su criterio en recursos humanos? ¿Es tu palabra de supervisor?

—No, señor.

La secretaría entra a la oficina. Temblorosa deja la taza al costado izquierdo de la mesa. El gerente sigue disparando contra su empleado.

—Me parecía. Cargalos como baja de gasto en el sistema. Y quiero escuchar el comunicado por el altoparlante. Que todos se enteren de que los que llegan tarde están despedidos. Eso permitirá nuestra política de pocos pero buenos. Una élite de trabajadores dedicados a la empresa.

El supervisor guarda silencio y hasta su opinión. Cumple con la orden. Los parlantes retumban con un mensaje lacónico. Claro. Sencillo.

Desvinculados. Retraso. Paga. Indemnización.

Las instalaciones continúan operando, sin el bullicio matutino de otras empresas. En un peregrinaje casi mortuorio. Un poco por los puestos caídos, otro poco por los que se encuentran en peligro.

Velázquez observa sus órdenes de envíos, llegadas y salidas. Están retrasadas más de seis horas.

Presiona el intercomunicador.

—El personal despedido estaba asignado a tareas de carga.

—Sí. Para cubrir la cota diaria los cambiamos de día.

—Convocá a reemplazos.

—Ya los llame. Solo Lorenzo puede.

—No quedó clara mi orden. Llama a TODOS los que están en sus descansos

—Solo dos quedaban libres, señor. Pero Bartolomé no puede venir

—Despedilo.

—No es su día, además estuvo auxiliando a don Alejandro anoche.

—Despedilo. Quienes no se ponen la camiseta de la empresa en momentos críticos como estos no merecen el sueldo que se les paga.

El gerente Velázquez corta la comunicación. Sabe que desde el otro lado el supervisor no volverá a cuestionar sus órdenes.

Revisa dos páginas de su competidor y se da cuenta de un detalle que olvidó ordenar.

—Quiero que lo transmitas por el altavoz. Que quede bien claro que también Bartolomé está despedido por no atender a las necesidades de la empresa.

La terminal de despachos puede verse a lo lejos. Es un complejo que está enmarcado por dos grandes grúas de construcción. Están también las grúas sobre rieles que operan automáticamente; son robots fijos. Los pequeños montacargas parecen hormigas que entran y salen de los hangares. Los containers son grandes muros de metal apilados en bloques por sectores de colores.

Todavía en funciones, un viejo robot montacargas chirría entre todo el ruido infernal del lugar. Su movimiento es lento y constante. Los jeeps, camiones y un par de tractores también se desplazan con cuidado, en base de bocinazos, guiños, luces e insultos. Eventualmente surge en el horizonte un helicóptero carguero. Retira un conteiner y desaparece tras el smog.

La media mañana es de intenso trabajo. Velázquez recorre el segundo piso donde las reformas se realizan a contra reloj con material de tercera categoría a los fines de abaratar costos. Próximo a donde se está completando la pasarela que conecta al sector granate se encuentra con un empleado sentado en el suelo. Es Daniel, tiene la remachadora a su costado. Está traspirado, con el rostro enrojecido y jadeando por el esfuerzo. No obstante permanece sentado y recostado contra una barandilla.

—No es tiempo de descanso.

—Quedé solo yo para colocar esta pasarela al sector, señor.

—Tu identificación.

—Señor, soy de limpieza y llevo más de cuatro horas, era sólo un respiro y…

—Pasá la semana que viene a buscar tu liquidación.

—Pero…

El gerente presiona su comunicador y llama a seguridad. El despido se conoce en toda la planta al mediodía, durante el almuerzo.

La noche encuentra a la terminal de cargas prácticamente vacía. Solamente quedan el supervisor de recursos humanos, el coordinador de hangares y el gerente de zona en la parte superior de las instalaciones. En el tercer piso, las oficinas permanecen a medio construir.

Debajo, un solo empleado continúa trabajando en el interior de un viejo robot montacargas. El ruido del aparato inunda todo el hangar. Las marcas de aceite y el humo pueden verse desde la altura. El coordinador de hangares le remarca ese punto a Velázquez por segunda vez, con insistencia.

El gerente responde y enfatiza sus palabras sacudiendo su puño derecho.

—No se hacen cambios de partes. De ningún equipo.

—Señor, es el Meca 17. El montacargas.

—Pensé que habíamos reventado todos esos robots de hierro.

—Quedó operando el de Alejandro. Pero pide que en el descanso le cambien doce piezas.

—Todos los robots se mandan a la central cuando quedan en un estado calamitoso, Raúl, juntos, en un solo envío. Que no queden dudas de que estaban fuera de servicio. Cada vez que mando un equipo para reemplazo tengo que soportar costos de envíos de ida de los viejos y de remesa de los nuevos.

—Sí, señor, pero Alejandro insiste…

—Insiste porque vio que cuando deje de operar el bicho viejo lo mando a la calle

—Jefe: también don Alejandro es viejo.

—Más razones en su contra. Pero ¿por qué camina hacia el sector de descanso?

—Bajo a preguntarle, jefe.

—No. Esperá. Váyanse a sus casas. Mañana a las cuatro les tocará también hacer trabajo de brazo. Yo me encargo de averiguar qué pasa con ese abuelo.

Velázquez desciende por el ascensor de servicio. No le cuesta mucho alcanzar en su lenta marcha al viejo Meca. Lo que si le toma tiempo es lograr que Alejandro lo escuche y detenga la marcha de robot.

El viejo golpea un par de veces la ventanilla. Se abre con un crujido. La cabeza casi calva y el rostro arrugado del operador aparecen en medio a una cortina de carbonilla

—¿Adónde vas? Todavía no terminaste, Alejandro.

—Sí, señor. No quedan más containers en el sector granate.

—Pero ¿y las cajas y los containers del sector amarillo?

—Las cajas aún no están llenas; pensé que no estaban listas.

—Están en el sector amarillo, ¿no es así?

—Sí, pero las cajas no están llenas hasta el tope.

—No importa, Alejandro. Tus órdenes siempre fueron las mismas. Todo lo que está en el sector amartillo tiene que ser tapado.

—¿Aun cuando no están llenas? Como hoy me mandaron por los del sector granate también y…

—No se cuestiona eso. Estas cajas tendrían que estar tapadas y cargadas en los containers que van para el puerto estatal.

—No se preocupe señor. Tendré la remesa completa para mañana a la noche.

—¿También querés que te despida?

—No señor. Es que no puedo hoy.

—¿Qué pasa con quienes no se ponen la camiseta de esta compañía?

—Pero, señor, llevo recargado tres turnos seguidos. Apenas pude ir al baño. Aún no paso por una ducha y creo que todavía no cené.

—Eso tendrías que haberlo pensado antes de dejar esas cajas destapadas  y aquel container vacío.

—Son muchas, señor. Ese es un container para doce filas por cinco columnas de seis cajas por pila.

—Antes de las cinco, todas las cajas deben taparse, embalarse, rotularse y embarcarse en ese container o vas a la calle.

—Señor. Por favor, el robot no está en condiciones.

—Antes de las cinco. Taparse, embalarse, rotularse…

—Entiendo. Embarcarse.

—Calle, Alejandro.

Velázquez grita y pide que repita la frase. Alejandro tiembla ante la reacción de su jefe. Tartamudea un par de palabras y repite las órdenes. Casi con timidez. Lo obliga a repetir tres veces más, con más convicción, a plena voz, hasta que finalmente lo interrumpe y sentencia.

—A trabajar.

Mientras Velázquez se aleja, el Meca de Alejandro da la vuelta sobre sus pasos y regresa al sector amarillo.

El celular del gerente lo alerta sobre las actualizaciones de la cero hora en el sitio de la central de la empresa. No se demora. Es el aviso que estaba esperando. Controla su posición en la lista.

Aún está en amarillo. Pero al menos ascendió al cuarto lugar. El maldito de Zanuti está cada vez más cerca…

Desvía un segundo la vista de su propio nombre y se encuentra con el maldito Zanuti. En verde. En primer lugar. También ascendió.

Maldice la suerte ajena. Golpea el suelo, resbala en el aceite y cae contra el barandal mal enganchado. Apoya el peso de su torso, toda la pasarela del sector granate cede. El gerente pestañea, tres metros y el golpe contra el costado de la caja.

Cuatro crujidos. Dos en la espalda. Sus piernas caen sobre su hombro izquierdo. Las dos. Un brazo se mueve. No le queda ningún dedo entero. Pero vive. Uno de sus ojos le dice que aún vive.

Mira dónde cayó. Reconoce los esquineros de chapa. Golpeó contra el borde de la caja de los esquineros de chapa destinados al puerto estatal.

Menos mal que el inoperante de Alejandro no terminó de taparlas. Tres horas de retraso. Menos mal. Llora de dolor, de alegría, de esperanza.

Ensaya el primer pedido de auxilio. El sonido de un motor a los lejos. Es el robot  montacargas. Grita de nuevo. El montacargas sigue avanzando. Los pasos continuos. El gimoteo de los pistones mal aceitados, las poleas casi lisas y el su chirrido, el olor de los rulemanes quemados. Pensando en el diablo.

La garra siniestra del robot suelta las primeras cuatro tablas. La pistola neumática de diestra se acomoda sobre la primera tabla, Alejandro se balancea en su jaula de operador y asoma hacia el horizonte  de Velázquez.

El gerente grita. Pone su alma en aquel pedido de auxilio. Más allá del sonido de los pistones, los rulemanes y las poleas está el acrílico quebrado, el piloto maltrecho y una carcasa humana operando al Meca.

Velázquez grita otras diez veces. Sacude los brazos frente a esos ojos saltones enmarcados por las ojeras y las cejas canosas. La pistola neumática funciona a la perfección. Tres cuatro golpes por tabla.

—¡NOOOO!

Y su grito va del grave hasta un arenoso agudo. Quiebra las cuerdas vocales antes de que el último tablón sea puesto en su lugar. La oscuridad y un golpe seco. El peso de la tercera caja y las palabras de Alejandro que resuenan como su epitafio.

—Antes de las cinco, todas las cajas deben taparse, embalarse, rotularse y embarcarse.

 

Abrahan David Zaracho Ávalos. (Corrientes, Argentina 1979). Abogado y narrador. Sus principales publicaciones se encuentran en los libros Ozinix edición unipersonal del año 2001; Anuario de la SADE Seccional Corrientes Capital, 2002/2003; Narradores Correntinos y Valencianos, Corrientes Capital, 2005; Especial Philp K. Dick , Homenaje de Libro Andrómeda, España 2005; Antología del Círculo de Escritores del MERCOSUR, Paso de los Libres, Corrientes, 2006 y Todo el país en un libro, Desde la Gente, 2014. Sus cuentos y ensayos sobre Ciencia Ficción y Literatura Fantástica también se pueden encontrar en los principales sitios electrónicos hispanos del género y en los catálogos de la Asociación Española de Fantasía, Terror y Ciencia Ficción. Es integrante activo de la SADE Seccional Corrientes, del Círculo de Escritores del MERCOSUR y del grupo Nueva Literatura Correntina.

 

 

YO SOY LA ESPERANZA