Abrahan David Zaracho A.
Los ojos cansados
de los observadores vieron acercarse a Jaima a la puerta del negocio, pasar
frente a la promotora, recibir el panfleto, bosquejar una sonrisa, deslizar la
mirada sobre el escote de la muchacha y proseguir por la calle como si el
producto inducido jamás hubiese figurado en su mente y ni siquiera dentro del
panfleto.
—Es inútil señor.
—Ya van más de cuatro años.
Ese fue el comentario de los
observadores, y los técnicos de apoyo giraron hacia la figura que reposaba tras
las sombras del cubículo superior en la sala de investigaciones.
—Confirmen la detención. Creo que
ya es hora de que veamos cual es la raíz de su problema.
En poco más de diez minutos un
vehículo de recolección lo interceptó antes de que lograse cruzar la avenida. Lo
tomaron desprevenido, como toda su vida. La maniobra del chofer lo asustó. El
gas que le arrojaron lo desvaneció.
La celda que se le asignó estaba
tapizada de espejos. Allí se despertaron al unísono sus infinitas imágenes como
en una caja de clonación gráfica.
—Hemos hecho los estudios
preliminares. Los electroencefalogramas denuncian una actividad levemente
irregular. Pero nada que sea determinante.
El psiquiatra guardaba silencio.
El oficial superior se acercó al
monitor número ocho.
—Veo que despierta. ¿Tienen listo
el gabinete psicológico?
—Sí, señor.
—Llámenme cuando los especialistas
puedan hacer un primer informe de la situación.
Uno de los espejos emitió un fino
silbido. Partes del infinito, que esta pared reflejaba, fueron remplazados por
un oscuro rectángulo vertical del cual se desprendieron un par de siluetas
marciales. Esta vez su desesperación fue notoria. El pánico había hecho mella
en su ignorancia. Lo levantaron por los brazos y lo arrastraron hasta el
pasillo. Cuando su resistencia cansó a los guardias, apoyaron las armas sobre las
costillas y él se resignó a caminar escoltado hasta una sección dos pisos por
debajo de donde lo habían alojado. Salió, con la misma compañía tétrica, a un
pasillo mejor iluminado. Un escuadrón de barbudos, de amplias frentes y escasas
cabelleras, asumió su custodia. Mientras el taconeo de los milicianos aún
resonaba sobre las pulcras dependencias, fue conducido con más respeto hacia el
interior de una sala confortable.
—El informe psicológico está sobre
su mesa, señor.
—Llamen a los médicos y a los psicólogos.
Quiero una reunión en veinte minutos en la sala de conferencias.
—Sí, señor.
Media hora después terminaba de
llegar el último psicólogo. Los médicos ya tenían sus proyecciones en el panel
de exhibiciones.
—Doctor Amnis, nos honra con su
presencia.
—Lo lamento, señor...
—Lamenta que nos honre su
presencia? ¿Puedo considerar eso como un insulto?
—No, señor, por favor...
—Entonces es usted quien se
insulta?
—No, señor, tuve que rever mi
grabación.
El coronel hizo un gesto al médico
y fijó su mirada en el recién llegado.
—¿Grabaciones de qué? Se supone que
debe estar trabajando en este anormal y no estar viendo grabaciones de ningún
tipo, ¿o usted realizó grabaciones de vídeo de esta sección?
—No, señor. No tengo autorización
para realizarlas. Pero tengo grabaciones sonoras. Usted sabe...
—Grabaciones que no pueden ser
vistas sino oídas.
Una suerte de risa burlona recorrió
la sala. Los interlocutores por su parte mantuvieron silencio.
—Debo insistir en que me permita
explicarle algo...
—Si es “la razón por la cual
nuestro sujeto no responde a las estimulaciones subliminales” pues bien,
nuestra audición queda a su disposición.
—No exactamente.
—¡¿Entonces por qué se obstina en
perturbar?!
—He visto lo que el sujeto ignora.
Todos los presentes se inclinaron a
escuchar al doctor Amnis.
—Y eso es...
—Todo lo que el mensaje subliminal
nos obliga a ver.
—Ignora el mensaje. Eso es lo que
hace. ¡Y eso es lo que sabemos! ¡Queremos conocer el porqué de esa ignorancia!
—No, señor. No ignora el mensaje.
He visto y luego, en la grabación, volví a escuchar que el sujeto no ignora el
mensaje. Ese es el problema. El sujeto conoce el mensaje en su totalidad. Lo
puede identificar. No importa la velocidad o la frecuencia en la cual se
transmita el mensaje, el sujeto siempre lo percibe de forma consciente. Fíjese
que muchas veces durante la conversación utilizó las muletillas de los mensajes
subliminales más importantes que maneja la red estatal, e inclusive, identifica
otro centenar de los que son difundidos por las corporaciones privadas. Es más,
creo que es capaz de identificar hasta los mensajes subliminales de los cuales
somos víctimas.
—¿Nosotros, víctimas?
—Bien, yo. No sé ustedes. Pero yo
acepto la posibilidad de que, durante gran parte de mi vida, esté decidiendo en
virtud de mensajes subliminales. De hecho no me crea grandes conflictos. Pero,
a nuestro amigo, estos mensajes no lo condicionan. ¿Entienden? No es un
defecto. Es un don...
—Y es su teoría.
—Puedo demostrarla si me dan tiempo
y recursos.
—¿Cómo cuáles?
—Ah, bien... Me imaginé que lo
preguntarían... Esta es la lista
Nuevamente, el
zumbido tras el mismo espejo y, luego, el mismo rectángulo quebrando la armonía
glacial del mundo refractario. Esta vez no se resistió. Temía por las próximas
pruebas, pero sabía que no se librarían de él en forma instantánea. Este último
pensamiento lo empapó en sudor frío. Pensó que tal vez llegaba el momento de
los test con electroshock. Seguramente era la hora de ver a los psiquiatras. Quizás
ahora probarían con barbitúricos. Quizás con agujas. Muchas cosas parecían casi
virtuales, pero sus cuatro custodios eran reales. Sus pasos eran reales. Su
severidad era tangible. El pasillo era tan concreto como la celda de los espejos.
Tras estos espejos seguro estaban los monitores. Tras los monitores debería
estar el grupo taciturno de científicos. Tal vez los mismos que estuvieron en
esa larga sesión. Inclusive el tipo inquisitivo. Ese de la barba enrulada.
Parecía que le quería arrancar el hígado... Quiso retroceder. Lo empujaron.
Nuevamente desenfundaron y retomó el paso normal.
Lo llevaron a una sala de espera.
Como un consultorio médico. Inclusive había varios tipos sentados con caras
algo indiferentes. Miró una revista, a la recepcionista detrás del mostrador.
Luego la puerta se cerró a sus espaldas. La puerta era marrón. Los mensajes de
las revista y de los cuadros, así como el que se dejaba escuchar, en medio de
la música melódica que ambientaba el lugar, se referían a una puerta azul. Miró
un poco tras el mostrador. Detrás de la recepcionista recién encontró la puerta
azul. A la derecha de la puerta azul no había ninguna pared. Tampoco había un
letrero que dijese “Salida” sobre la puerta azul.
Pasó por entre el espacio dejado
por las sillas de los demás pacientes, y se aproximó a la recepcionista. Esta
lo miró de reojo y le señaló la puerta azul. Él golpeó la puerta y algunas
miradas se levantaron a contemplarlo. Esperó un rato y, como la respuesta fue
nula, decidió pasar por el espacio que estaba al costado derecho de la puerta
azul... entonces brotó la histeria.
Se dio vuelta, y contempló cómo
inclusive la recepcionista se agarraba de los pelos. Un par de jóvenes
intentaron repetir su movimiento y no pudieron. Golpearon la pared una y otra
vez. Mejor dicho, golpearon el aire como si allí hubiese una pared. Cuando
intentaron abrir la puerta, él lanzó una carcajada leve e irónica. El mensaje
también les decía que la puerta estaba trabada.
De entre las sombras, detrás del
espacio por el cual había salido, apareció otro grupo de milicianos. Fue
nuevamente escoltado hasta el mismo pasillo donde se hallaba su celda.
—No, no lo lleven a su celda.
—Lo lamento doctor Amnis, son órdenes
del coronel.
—Pero ¡si la experiencia fue
exitosa!
—Lo sigue considerando peligroso.
Dice que continúa siendo una anormalidad y que el problema será ahora un asunto
de los psiquiatras.
—¿Es por si existen otras paredes
falsas, de las cuales no somos conscientes? ¿Es por eso, coronel? —dijo Amnis
levantando la vista hacia los monitores
—A mi oficina, doctor Amnis. —La
orden se extendió por las paredes.
El prisionero arqueó las cejas y se
encogió de hombros. El psicólogo corrió como una bestia hacia la oficina del
coronel.
—Señor me niego a continuar tomando
parte en este crimen. Se trata de un prodigio.
—Se trata de un hombre cuya
conducta es indeterminable.
—Es un sujeto libre.
—Esos sujetos libres hundieron a la
humanidad en la barbarie, de la cual la estamos sacando con muchísimos
esfuerzos.
—Esa es la doctrina del gobierno.
Pero yo creo...
—Usted no tiene por qué creer. Es
un psicólogo del estado. Tiene la obligación de saber y de informar todo lo que
descubra que ignoramos y en lo que a este tema se refiere ha hecho un buen
trabajo. Conténtese con no recibir sanción alguna.
—¿No quiere escuchar lo que este
hombre tiene que revelarle?
—¿Sobre qué?
—Sobre aquello que solamente existe
en nuestras mentes gracias a los mensajes subliminales. Piense en cuantas
paredes falsas, como la que creamos en esa sala, deben existir en este mundo.
Piense en la cantidad de cosas y productos que ni siquiera consumimos.
—En ese caso, es probable que este
hombre me revele, inclusive, que los manjares que como y de lo que bebo ni
siquiera existen. Y que sacio mi hambre gracias a la ficción inducida a mis
sentidos. ¿Le parece a usted que tal conocimiento me sería grato o útil?
—Sí, señor.
Un timbre y luego un gesto severo a
los guardias que ingresaron a la oficina
—Retiren al doctor de las
instalaciones. Será pasado a otra planta en cuanto consiga comunicarme con mis
superiores.
—Señor...
—¡Retírenlo!
En la sala de monitores los cuatro
observadores se detuvieron frente a las pantallas cinco y siete. Era la hora de
recambio y los que ingresaban recibían el resumen de las grabaciones hechas por
quieres se retiraban.
—Esto no está bien.
—Si nos escuchan recibiremos el
mismo trato que Amnis.
—Lo que has dicho en voz alta hace
que tengamos que precipitarnos. Si hay alguien vigilándonos la información ya
debe estar llegando a nuestros superiores.
—Yo quiero saber lo que él puede
ver distinto a lo que nosotros vemos.
—Yo también.
Los otros dos observadores también
consintieron y al mismo tiempo se reubicaron sobre los paneles de control.
—¡El coronel ordena la presentación
de todos los efectivos en la sala de conferencias en menos quince y contando! ¡Sin
excepciones! ¡Prioridad uno!
La orden fue transmitida en todas
las instalaciones. Inclusive los efectivos puestos frente a la celda principal
se vieron obligados a obedecer.
Las compuertas fueron cerradas, de
tal modo que tan sólo quedo la vía liberada desde la sala de observaciones
hasta la celda espejada. Pero el coronel también escuchó el mensaje.
—Demonios. Yo no dije nada.
Los milicianos más próximos al
coronel formaron un pelotón y corrieron tras él por entre los pasillos que
llevaban a la sala de observación.
Los códigos de las compuertas
fueron digitados y estas fueron abiertas.
El cuarteto despavorido comenzó a
improvisar sobre los comandos. Un zumbido surgió desde atrás del espejo que el
prisionero ya había individualizado como puerta. La misma franja negra
reemplazó a los mismos reflejos pero esta vez no ingresó ningún miliciano para
arrastrarlo hacia ningún laboratorio. El tiempo pasó en medio de numerosas
sirenas y un sonido cada vez más intenso de los borceguíes latiendo en algún
remoto punto del edificio. El pelotón marchaba de forma audible hacia la puerta
de acceso de la celda.
De hecho, la marcha del coronel se
había dirigido al punto intermedio entre la celda y la cabina de observación.
Había seleccionado un grupo de soldados para que luego se quedasen a vigilar al
prisionero. Jaime abandonó su celda hexagonal y se encontró con el pasillo
truncado por las compuertas. Una serie de códigos y una de las compuertas se
abrió. Las luces se encendieron y las sirenas también. El pánico ahogó los
movimientos de Jaime hasta que éste descubrió el mismo mensaje que antes había
percibido en las transmisiones de los discursos presidenciales. El sistema más
complejo y fascinante de mensajes subliminales le dio la certeza de que estaba
frente a su salvación.
—¡Sí, señor! —gritaron al unísono
seis milicianos y se lanzaron ordenadamente, en dos filas de a tres, en
dirección a Jaime; quien corrió en dirección a ellos y se arrojó por el espacio
que dejaban entre sus filas. Fue detenido por la masa compacta que venía atrás
de ellos. Pero estos soldados habían devenido en estatuas insensibles luego de
que él hubo cruzado, como un espectro, por el interior de la furiosa figura del
coronel. La pausa se extendió hasta el expectante cuarteto que había originado
el conflicto. Solamente uno de los soldados atinó a capturar a Jaime pero, más
que nada, había intentado comprobar que aquel hombre que había detenido existía
de verdad. Ninguno de los presentes estaba preparado para el fenómeno. El
coronel llegó a gesticular una serie de órdenes, e inclusive golpeó el rostro
de uno de sus hombres. Jaime solamente pudo ver a un soldado dar un cabeceo en
el aire, y luego vio como brotaba sangre desde la comisuras de su boca. Se
arrojó frente al soldado y caminó delante de él una y otra vez... Sin saberlo
con precisión, estaba traspasando una y otra vez al coronel. Ante los demás
ojos, era un fenómeno casi fantasmagórico.
Para los observadores que habían
presenciado la totalidad de los experimentos y el desarrollo de la
investigación, esto era la revelación decisiva. Liberaron el gas somnífero a lo
largo de todo el pasillo y se colocaron las máscaras. Descendieron hacia el
pasillo y de entre los cuerpos tumbados sacaron a Jaime. Podría decirse que
vieron al coronel desenfundar y apuntarles con su arma reglamentaria. Podría
decirse también que vieron como este les disparaba. Pero es mejor afirmar que
no creyeron en sus sentidos, ni en sus heridas y ni siquiera creyeron que, a
poco más de unos pasos, existía una compuerta, o una pared, o siquiera cercos,
o alambrados que les impidiesen salir de las instalaciones militares llevándose
a cuestas a su Mesías.
Abrahan David Zaracho Ávalos. (Corrientes, Argentina 1979). Abogado y narrador. Sus principales publicaciones se encuentran en los libros Ozinix edición unipersonal del año 2001; Anuario de la SADE Seccional Corrientes Capital, 2002/2003; Narradores Correntinos y Valencianos, Corrientes Capital, 2005; Especial Philp K. Dick , Homenaje de Libro Andrómeda, España 2005; Antología del Círculo de Escritores del MERCOSUR, Paso de los Libres, Corrientes, 2006 y Todo el país en un libro, Desde la Gente, 2014. Sus cuentos y ensayos sobre Ciencia Ficción y Literatura Fantástica también se pueden encontrar en los principales sitios electrónicos hispanos del género y en los catálogos de la Asociación Española de Fantasía, Terror y Ciencia Ficción. Es integrante activo de la SADE Seccional Corrientes, del Círculo de Escritores del MERCOSUR y del grupo Nueva Literatura Correntina.

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