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martes, 30 de diciembre de 2025

CANASTA DE TRES

Alexis Díaz Pimienta

 

Emilio tenía examen de Cálculo I. Se había preparado concienzudamente: tres largas noches de repaso individual y dos largas tardes estudiando con Roberto. Pero no quería, no podía, no lo tenía claro: la desidia lo empujaba hacia otra parte. Bajó de la ruta 101 y caminó lentamente hacia la puerta de la CUJAE, con la mochila tras la espalda, el paso lento, la mirada perdida en el vacío. Cálculo I. Logaritmos, infinito, Pi al cuadrado, cocientes de los polinomios. Hacía meses que se aburría en clases, que dibujaba caricaturas de los profesores, que pensaba en otras cosas durante las conferencias. Mientras la profesora de Inglés debatía cognadas y semicognadas, él pensaba en el último partido de básquet en el barrio, en los treinta y seis puntos que había metido, ocho de tres, soy un bárbaro, el rey del pívot, el astro del drible, y sonreía tontamente.

—Cuál es el chiste, Emilio Portuondo. —La profesora de inglés lo mira fijamente—. What is the joke, Emilio?

—No, nada, profe, nothing.

Entonces todos los demás se ríen, mientras ella se acerca y le pregunta, a él, pero ya sin mirarlo, dando paseítos cortos al lado del asiento:

Can you describe me now three students in the class, according to their character?

Emilio la mira, contempla su espalda enfundada en una chaqueta color ocre, y lanza el imaginario balón de básquet, que pasa dando saltos entre las piernas de la profesora.

Can you describe them?

La pelota choca contra la pared, bajo la pizarra, y pasa otra vez entre las piernas de la profesora, que se vuelve de frente a él y le dice:

Well?

Emilio sabe que tiene una sola oportunidad para tirar, vale tres puntos encestar desde esa distancia, toma el balón y se levanta, dribla con elegancia, se pasa a sí mismo la bola por la espalda, sonríe.

Well? —repite ella.

Emilio avanza tres pasos, cuatro, levanta el balón y lanza con estilo Michael Jordan, mientras todos los ojos siguen la parábola de la pelota, su golpe contra el aro, sus saltitos indecisos, y por último su encestamiento de tres puntos, ¡bien!, pero nadie en el aula lo vitorea, nadie lo felicita.

Well? —por tercera vez.

Ahora Emilio se levanta, cierra su libreta de inglés, recoge la mochila y mira a los ojos de la profesora. No dice nada. Le tiende la mano y ella se queda boquiabierta pensando que lo que ve it is not true, no puede ser true.

Emilio Recoge el balón imaginario, no dice nada, y sale por la puerta, se olvida ya para siempre de su aula, de sus compañeros, del eventual título de Ingeniero en Construcción de Maquinarias, adiós, bye bye, teacher, ni siquiera se detuvo a pensarlo, ni siquiera lo comentó con el profesor de Cálculo I, que se lo encontró en la cafetería de la Facultad de Química tomándose un batido, y lo invitó, le vio la cara de feliz anotador de canastas de tres puntos.

—¿Quieres un batido, Emilio? —le dijo.

Él simplemente dijo que sí con la cabeza, le dio la mano y se tomó el batido de mamey más rico de su vida, y escuchó al profesor de Cálculo I hablar vaguedades durante tres minutos, sólo tres minutos, una conversación intrascendente de la que sólo recordaría las últimas palabras:

—Prepárate para el examen.

El profesor de Cálculo I no sospechaba que Emilio había lanzado una de tres en el último instante, por encima de la profesora de Inglés, y que dicha canasta lo consagraba como un prodigio del básquet cubano, un joven digno de Mundiales y Olimpiadas, disputado por los clubes profesionales europeos, pero renuente a abandonar Cuba, el Novato del Año, el Deportista del Mes, Medalla de Oro y Líder Anotador de la Liga, en fin, que el profesor pagó los dos batidos sin sospechar que hablaba con el ex alumno de Construcción de Maquinarias Emilio Portuondo, con Portuondo, porque desde que había entrado en la Facultad muy poca gente le decía Emilio, otra de las cosas que diferenciaba a la Universidad del Pre era que la mayoría de los alumnos perdían sus nombres propios, los universitarios sólo tenían apellidos, Portuondo, Grave de Peralta, Ríos, Guillén, Sardiñas, Pozo, Socas, sobre todo los varones, a las hembras, no sabía por qué, siempre se las llamaba por sus nombres, e incluso, entre los varones, sólo perdían el nombre propio aquellos que no tenían la desgracia de un apellido pobre, de un apellido «tostenemos», como esos tenis que sacan en las tiendas y luego todo el mundo lleva puestos, un Díaz, un Martínez, un Hernández, un Pérez, un Álvarez, no, no valía la pena, eran apellidos sin personalidad, apellidos sin rostros, así que Portuondo dio las gracias al profesor de Cálculo y se marchó pensando que nunca más oiría su cantinela algebraica, nunca más lo vería rayar en la pizarra ecuaciones enrevesadas y larguísimas.

—Adiós, bye bye —se despidió, y luego pensó, aunque no lo dijo—: Nos vemos en la cancha.

En la cancha, antes de entrar en ella, justamente en la reja que tiene un hueco enorme por donde cuando niños se colaban a practicar de noche, quien lo esperaba era Roberto, su amigo Roberto, no el profesor de Cálculo. Emilio llegó con el balón bajo el brazo, un balón de verdad, y en cuanto vio a Roberto supo a lo que venía, supo que lo sermonearía porque se había ido de la Facultad, esta vez para siempre, según palabras de la madre de Emilio, porque su hijo estaba decidido a no perder el tiempo en algo que no le interesaba (“que ya yo tengo diecisiete años, mamá, ya sé lo que me gusta y lo que no me gusta”), y la madre esgrimió argumentos de gran fortaleza social y ética, pero Emilio ante cada argumento driblaba más y mejor, pasaba el balón, hacía un pívot, encestaba, y la madre lo dejó por incorregible, lo vio alejarse para su cuarto, cambiarse de ropa, ponerse un short y una camiseta con el número 12, coger el balón y salir hacia el patio. Fue entonces cuando su madre aprovechó y llamó a Roberto por teléfono, pero como no estaba habló con su tía Margot y le dejó el recado.

—Dile a Robertico que me ayude, que hable con Emilito, por favor.

Y la tía Margot puso el grito en el cielo pensando que Emilito se había separado otra vez del camino correcto, que iba a matar de un disgusto a su madre, y así mismo se lo contó a su hermana Luisa, a su hermana Flor, a Evelín cuando vino de la calle.

—No exageres.

—¿Cómo que no exagere?

—A lo mejor es un tremendo deportista.

—No seas tonta, mujer, los grandes deportistas ya lo son cuando tienen diecisiete años.

Y estas mismas palabras le dijo tía Margot a Roberto, y éste se lo repitió a su amigo recostado en la cerca de la cancha, un argumento final, definitivo, y Emilio se quedó callado, con el balón bajo el brazo derecho, con cara de Portuondo débil, pensativo.

—Los grandes deportistas ya lo son cuando tienen diecisiete años.

Gol, jonrón, jaque mate, canasta de tres puntos en el último instante. Emilio tiene diecisiete años. Portuondo tiene diecisiete años. Emilio Portuondo tiene diecisiete años, ergo, no es un gran deportista, ergo, no es Novato del Año, Deportista del Mes, Medallista de Oro y Líder Anotador de la Liga Nacional de Baloncesto.

—No seas tonto, Emilio.

—Tienes razón, Roberto.

—No seas tonto, mi hermano.

Y Emilio vislumbró la cara de felicidad de la profesora de inglés cuando él volviera al aula, y vio el abrazo entusiasta del profesor de Cálculo pagándole un nuevo batido. Una vez más Roberto tenía razón, una vez más tenía que volver al redil del estudio y la vida ordenada.

—Bueno, vamos a echar una guerrita —y le pasó el balón.

Estuvieron saltando, corriendo y lanzando balones hasta las siete de la tarde, hora del baño y la comida y la televisión, hora de prepararse para estudiar para el examen de Cálculo I, y hoy Roberto no puede venir, así que debe estudiar solo, y mañana también, y pasado mañana, porque hasta el fin de semana Robertico, el filtro, el erudito, el sabio, no puede dedicarle dos o tres horas a su amigo, dos o tres horas decisivas para que Emilio Portuondo se sienta fuerte en esa asignatura tan compleja, se sienta seguro de que logrará un 5, y si no un 5, un 4, un 4 coma y pico, una nota digna de felicitaciones de su madre. Okey, hoy es el día, pensó en cuanto se levantó, vistiéndose, aseándose. Okey, hoy es el día, saliendo hacia la parada de la 101, y dentro de la guagua, y bajando de la guagua, y caminando hacia la puerta de la CUJAE con la mochila tras la espalda, el paso lento, la mirada perdida en el vacío.

Cálculo I. Logaritmo, infinito, Pi al cuadrado, cocientes de los polinomios. No conocía a nadie. La entrada a la CUJAE, por las mañanas, se parecía a esas imágenes panorámicas de las grandes ciudades en las que la gente camina apurada, sin mirar a la cámara, sin saludar a nadie, como autómatas. Todos eran animales de la cotidianidad, en este caso jóvenes, en este caso cargados de libros y ejercicios mnemotécnicos, cargados de juventud, que era la peor carga, jóvenes ojerosos de tanto estudiar, y perfumados, bien peinados, apurados, decididos a buscar un 5 por encima de todas las cosas, y allí estaba él, helo ahí, uno más, otro joven estibador de fórmulas, problemas, preguntas, teoremas, incisos, epígrafes, zozobras, otro joven cargado del estúpido temor a suspender, a no ser nadie, a vivir estigmatizado por la palabra «repitiente», los índices de todos señalándolo, ¡repitiente!, los ojos acusándolo, ¡repitiente!, las paredes de la CUJAE y las paredes de las guaguas y las espaldas de los estudiantes con una sola palabrota escrita, ¡repitiente!, las vendedoras de batido, las limpiadoras, los peces rojos del estanque de la Facultad de Electrónica, todos diciendo a coro, ¡repitiente, repitiente!, y ya ese coro no lo soportaría, tan afinado, con tan alta tesitura, con la coreografía de la burla tan bien ensayada, no, no aguanto, y ya no supo en qué momento exacto cruzó la calle, corrió hacia la parada, montó en otra ruta 101 y dio la vuelta; ya no supo cuándo comenzó el mayor, el último, el definitivo error de Cálculo en su vida.

Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, Cuba, 1966). Ha publicado hasta la fecha 37 libros en varios géneros (novela, relato corto, ensayo, poesía, LIJ) y su obra ha sido traducida al inglés, francés, alemán, portugués, italiano, búlgaro, finés y farsi (en revistas y antologías). De su vasta obra merecen destacarse Huitzel y Quetzal (1989), Los visitantes del sábado (1994), Prisionero del agua (1998); Maldita danza (2004) Salvador Golomón (2005), Batido de chocolate y otros cuentos de sabor amargo (2012), El crimen perfecto de Pedrito Mendrugo (2014), Blancanieves (2017), Diario erótico de Robinson Crusoe (2017), Traficantes de oxígeno (2017), Deseo sexual de las estatuas (2018), El huracán anónimo (2020).

 

TRES VENTANAS