Alexis Díaz Pimienta
Emilio tenía examen de Cálculo I. Se había preparado
concienzudamente: tres largas noches de repaso individual y dos largas tardes
estudiando con Roberto. Pero no quería, no podía, no lo tenía claro: la desidia
lo empujaba hacia otra parte. Bajó de la ruta 101 y caminó lentamente hacia la
puerta de la CUJAE, con la mochila tras la espalda, el paso lento, la mirada
perdida en el vacío. Cálculo I. Logaritmos, infinito, Pi al cuadrado, cocientes
de los polinomios. Hacía meses que se aburría en clases, que dibujaba
caricaturas de los profesores, que pensaba en otras cosas durante las
conferencias. Mientras la profesora de Inglés debatía cognadas y semicognadas,
él pensaba en el último partido de básquet en el barrio, en los treinta y seis
puntos que había metido, ocho de tres, soy un bárbaro, el rey del pívot, el
astro del drible, y sonreía tontamente.
—Cuál es el chiste, Emilio Portuondo. —La
profesora de inglés lo mira fijamente—. What is the joke,
Emilio?
—No, nada, profe, nothing.
Entonces todos los demás se ríen, mientras ella
se acerca y le pregunta, a él, pero ya sin mirarlo, dando paseítos cortos al
lado del asiento:
—Can you describe me now three students in
the class, according to their character?
Emilio la mira, contempla su espalda enfundada
en una chaqueta color ocre, y lanza el imaginario balón de básquet, que pasa
dando saltos entre las piernas de la profesora.
—Can you describe them?
La pelota choca contra la pared, bajo la
pizarra, y pasa otra vez entre las piernas de la profesora, que se vuelve de
frente a él y le dice:
—Well?
Emilio sabe que tiene una sola oportunidad para
tirar, vale tres puntos encestar desde esa distancia, toma el balón y se
levanta, dribla con elegancia, se pasa a sí mismo la bola por la espalda,
sonríe.
—Well? —repite ella.
Emilio avanza tres pasos, cuatro, levanta el
balón y lanza con estilo Michael Jordan, mientras todos los ojos siguen la
parábola de la pelota, su golpe contra el aro, sus saltitos indecisos, y por
último su encestamiento de tres puntos, ¡bien!, pero nadie en el aula lo
vitorea, nadie lo felicita.
—Well? —por tercera vez.
Ahora Emilio se levanta, cierra su libreta de
inglés, recoge la mochila y mira a los ojos de la profesora. No dice nada. Le
tiende la mano y ella se queda boquiabierta pensando que lo que ve it is not
true, no puede ser true.
Emilio Recoge el balón imaginario, no dice nada,
y sale por la puerta, se olvida ya para siempre de su aula, de sus compañeros,
del eventual título de Ingeniero en Construcción de Maquinarias, adiós, bye
bye, teacher, ni siquiera se detuvo a pensarlo, ni siquiera lo comentó con
el profesor de Cálculo I, que se lo encontró en la cafetería de la Facultad de
Química tomándose un batido, y lo invitó, le vio la cara de feliz anotador de
canastas de tres puntos.
—¿Quieres un batido, Emilio? —le dijo.
Él simplemente dijo que sí con la cabeza, le dio
la mano y se tomó el batido de mamey más rico de su vida, y escuchó al profesor
de Cálculo I hablar vaguedades durante tres minutos, sólo tres minutos, una
conversación intrascendente de la que sólo recordaría las últimas palabras:
—Prepárate para el examen.
El profesor de Cálculo I no sospechaba que
Emilio había lanzado una de tres en el último instante, por encima de la
profesora de Inglés, y que dicha canasta lo consagraba como un prodigio del
básquet cubano, un joven digno de Mundiales y Olimpiadas, disputado por los
clubes profesionales europeos, pero renuente a abandonar Cuba, el Novato del
Año, el Deportista del Mes, Medalla de Oro y Líder Anotador de la Liga, en fin,
que el profesor pagó los dos batidos sin sospechar que hablaba con el ex alumno
de Construcción de Maquinarias Emilio Portuondo, con Portuondo, porque desde
que había entrado en la Facultad muy poca gente le decía Emilio, otra de las
cosas que diferenciaba a la Universidad del Pre era que la mayoría de los
alumnos perdían sus nombres propios, los universitarios sólo tenían apellidos,
Portuondo, Grave de Peralta, Ríos, Guillén, Sardiñas, Pozo, Socas, sobre todo
los varones, a las hembras, no sabía por qué, siempre se las llamaba por sus
nombres, e incluso, entre los varones, sólo perdían el nombre propio aquellos
que no tenían la desgracia de un apellido pobre, de un apellido «tostenemos»,
como esos tenis que sacan en las tiendas y luego todo el mundo lleva puestos,
un Díaz, un Martínez, un Hernández, un Pérez, un Álvarez, no, no valía la pena,
eran apellidos sin personalidad, apellidos sin rostros, así que Portuondo dio
las gracias al profesor de Cálculo y se marchó pensando que nunca más oiría su
cantinela algebraica, nunca más lo vería rayar en la pizarra ecuaciones
enrevesadas y larguísimas.
—Adiós, bye bye —se despidió, y luego
pensó, aunque no lo dijo—: Nos vemos en la cancha.
En la cancha, antes de entrar en ella,
justamente en la reja que tiene un hueco enorme por donde cuando niños se
colaban a practicar de noche, quien lo esperaba era Roberto, su amigo Roberto,
no el profesor de Cálculo. Emilio llegó con el balón bajo el brazo, un balón de
verdad, y en cuanto vio a Roberto supo a lo que venía, supo que lo sermonearía
porque se había ido de la Facultad, esta vez para siempre, según palabras de la
madre de Emilio, porque su hijo estaba decidido a no perder el tiempo en algo
que no le interesaba (“que ya yo tengo diecisiete años, mamá, ya sé lo que me
gusta y lo que no me gusta”), y la madre esgrimió argumentos de gran fortaleza
social y ética, pero Emilio ante cada argumento driblaba más y mejor, pasaba el
balón, hacía un pívot, encestaba, y la madre lo dejó por incorregible, lo vio
alejarse para su cuarto, cambiarse de ropa, ponerse un short y una
camiseta con el número 12, coger el balón y salir hacia el patio. Fue entonces
cuando su madre aprovechó y llamó a Roberto por teléfono, pero como no estaba
habló con su tía Margot y le dejó el recado.
—Dile a Robertico que me ayude, que hable con
Emilito, por favor.
Y la tía Margot puso el grito en el cielo
pensando que Emilito se había separado otra vez del camino correcto, que iba a
matar de un disgusto a su madre, y así mismo se lo contó a su hermana Luisa, a
su hermana Flor, a Evelín cuando vino de la calle.
—No exageres.
—¿Cómo que no exagere?
—A lo mejor es un tremendo deportista.
—No seas tonta, mujer, los grandes deportistas
ya lo son cuando tienen diecisiete años.
Y estas mismas palabras le dijo tía Margot a
Roberto, y éste se lo repitió a su amigo recostado en la cerca de la cancha, un
argumento final, definitivo, y Emilio se quedó callado, con el balón bajo el
brazo derecho, con cara de Portuondo débil, pensativo.
—Los grandes deportistas ya lo son cuando tienen
diecisiete años.
Gol, jonrón, jaque mate, canasta de tres puntos
en el último instante. Emilio tiene diecisiete años. Portuondo tiene diecisiete
años. Emilio Portuondo tiene diecisiete años, ergo, no es un gran deportista,
ergo, no es Novato del Año, Deportista del Mes, Medallista de Oro y Líder
Anotador de la Liga Nacional de Baloncesto.
—No seas tonto, Emilio.
—Tienes razón, Roberto.
—No seas tonto, mi hermano.
Y Emilio vislumbró la cara de felicidad de la
profesora de inglés cuando él volviera al aula, y vio el abrazo entusiasta del
profesor de Cálculo pagándole un nuevo batido. Una vez más Roberto tenía razón,
una vez más tenía que volver al redil del estudio y la vida ordenada.
—Bueno, vamos a echar una guerrita —y le pasó el
balón.
Estuvieron saltando, corriendo y lanzando
balones hasta las siete de la tarde, hora del baño y la comida y la televisión,
hora de prepararse para estudiar para el examen de Cálculo I, y hoy Roberto no
puede venir, así que debe estudiar solo, y mañana también, y pasado mañana,
porque hasta el fin de semana Robertico, el filtro, el erudito, el sabio, no
puede dedicarle dos o tres horas a su amigo, dos o tres horas decisivas para
que Emilio Portuondo se sienta fuerte en esa asignatura tan compleja, se sienta
seguro de que logrará un 5, y si no un 5, un 4, un 4 coma y pico, una nota
digna de felicitaciones de su madre. Okey, hoy es el día, pensó en
cuanto se levantó, vistiéndose, aseándose. Okey, hoy es el día, saliendo
hacia la parada de la 101, y dentro de la guagua, y bajando de la guagua, y
caminando hacia la puerta de la CUJAE con la mochila tras la espalda, el paso
lento, la mirada perdida en el vacío.
Cálculo I. Logaritmo, infinito, Pi al cuadrado, cocientes de los polinomios. No conocía a nadie. La entrada a la CUJAE, por las mañanas, se parecía a esas imágenes panorámicas de las grandes ciudades en las que la gente camina apurada, sin mirar a la cámara, sin saludar a nadie, como autómatas. Todos eran animales de la cotidianidad, en este caso jóvenes, en este caso cargados de libros y ejercicios mnemotécnicos, cargados de juventud, que era la peor carga, jóvenes ojerosos de tanto estudiar, y perfumados, bien peinados, apurados, decididos a buscar un 5 por encima de todas las cosas, y allí estaba él, helo ahí, uno más, otro joven estibador de fórmulas, problemas, preguntas, teoremas, incisos, epígrafes, zozobras, otro joven cargado del estúpido temor a suspender, a no ser nadie, a vivir estigmatizado por la palabra «repitiente», los índices de todos señalándolo, ¡repitiente!, los ojos acusándolo, ¡repitiente!, las paredes de la CUJAE y las paredes de las guaguas y las espaldas de los estudiantes con una sola palabrota escrita, ¡repitiente!, las vendedoras de batido, las limpiadoras, los peces rojos del estanque de la Facultad de Electrónica, todos diciendo a coro, ¡repitiente, repitiente!, y ya ese coro no lo soportaría, tan afinado, con tan alta tesitura, con la coreografía de la burla tan bien ensayada, no, no aguanto, y ya no supo en qué momento exacto cruzó la calle, corrió hacia la parada, montó en otra ruta 101 y dio la vuelta; ya no supo cuándo comenzó el mayor, el último, el definitivo error de Cálculo en su vida.
Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, Cuba, 1966). Ha publicado hasta la
fecha 37 libros en varios géneros (novela, relato corto, ensayo, poesía, LIJ) y
su obra ha sido traducida al inglés, francés, alemán, portugués, italiano, búlgaro,
finés y farsi (en revistas y antologías). De su vasta obra merecen destacarse Huitzel
y Quetzal (1989), Los visitantes del sábado (1994), Prisionero
del agua (1998); Maldita danza (2004) Salvador Golomón (2005),
Batido de chocolate y otros cuentos de sabor amargo (2012), El crimen perfecto de
Pedrito Mendrugo (2014), Blancanieves
(2017), Diario erótico de Robinson Crusoe (2017), Traficantes de
oxígeno (2017), Deseo sexual de las estatuas (2018), El huracán anónimo (2020).

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