Pooja Anil
Katia, es decir, Katiayini,
había llegado a la India desde Alemania para aprender yoga, meditación,
pranayama y masajes. Durante su aprendizaje, quedó tan cautivada por la cultura
india que decidió establecerse en la India definitivamente. Su gurú le dio el
nombre de Katiayani, y a ella le encantó.
Katia estableció un centro de
masajes y yoga de cerca de la casa de Madhuri. Madhuri y Katia se hicieron
amigas el mismo día de la inauguración cuando Madhuri fue a decorar el lugar
con flores de su establecimiento. En cuanto la vio por primera vez, Katia supo
que debía elegirla para que fuera su modelo. Así, cada vez que aprendía una
nueva técnica de masaje, llamaba a Madhuri para aplicar la nueva técnica en ella
y Madhuri también se hacía un tiempo para acudir. Su físico resultaba ideal
para quienes aprendían masaje: no era ni demasiado alta ni demasiado corpulenta.
De este modo, quienes practicaban encontraban en ella un modelo de tamaño
perfecto, fácil de manejar. Por otro lado, Madhuri recibía masajes gratuitos
que le aliviaban el cansancio del día. De esta manera, el acuerdo era
beneficioso y sencillo para ambas. Poco a poco, se convirtieron en muy buenas
amigas.
Un día, mientras le administraba el
masaje, Katiayani susurró al oído de su amiga.
—¡Alex te ama!
Madhuri, que estaba casi adormecida
por el placer del masaje, se sobresaltó al oír aquello. Intentó moverse, pero
Katia la sostuvo suavemente y no la dejó interrumpir el masaje.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Madhuri.
—Él te espera todos los días.
Incluso ahora está allí enfrente, en la tienda de enfrente, mirando hacia aquí
—respondió Katia.
—¿Ah, sí? Con razón… Yo también lo
he notado. Últimamente viene a mi tienda a comprar flores para la iglesia.
—Entonces debes hacerte amiga de
él. Alex es un chico muy amable y sensato.
—Tú ya sabes, Katia, que en nuestra
sociedad no se pueden formar relaciones así, como ocurre en Alemania.
—¡Oh, no te preocupes! Yo estoy
contigo. Hablaré con tu familia por ustedes.
—¡Dios mío! ¡Has pensado en todo, Katia!
—¿Y por qué no? He visto que juntos
se ven muy bien.
Madhuri se sintió algo cohibida al
oír esto.
—Bueno… lo pensaré —dijo, tratando
de disimular.
Pero Katia ya los había imaginado a
los dos juntos e incluso dio un paso más.
—¿Pensar qué? Ya he reservado para
ustedes una cita para mañana en una mesa de café. Es tu cita con Alex. Ve al Big
Café bien arreglada por la tarde. Además, te haré un maquillaje precioso.
Al escuchar esto, Madhuri sintió
como si la recorriera una corriente eléctrica. Aunque ya había percibido
claramente los sentimientos de Alex hacia ella, no quería admitirlo. Le
agradaba mucho que él visitara su tienda en busca de flores. Mientras
conversaban, le preguntó acerca de su profesión y así se enteró de que era
ingeniero. Sentía una atracción indefinida hacia él, algo que no lograba
comprender del todo. Pero, de repente, las palabras de Katia disiparon la
confusión de su mente, como si le hubieran revelado una imagen clara y luminosa
de ambos juntos.
Se sintió inesperadamente feliz y
pasó toda la tarde imaginando cómo hacer realidad esa escena que Katia había
dibujado ante ella.
A la mañana
siguiente, Katia la llamó temprano para recordarle la cita. Madhuri también
estaba ansiosa, pero respondió con serenidad. Por la tarde, se vistió con unos
vaqueros azules y un top rosa y fue a ver a Katia para que la maquillara. Al
verla, Katia frunció el ceño y le pidió que se pusiera un hermoso sari. Le
explicó que a Alex le encantaban los saris. Madhuri se resistió, puso excusas,
pero Katia no cedió. Finalmente la hizo ponerse el sari y luego la maquilló.
Cuando Madhuri llegó al Big Café,
Alex ya la estaba esperando. Se saludaron con una sonrisa y entraron. Tras
pedir café, comenzaron a conversar. Después de mucho tiempo charlando, cuando
estaban a punto de irse, apareció Katia con un sobre en la mano y se lo entregó
a Madhuri. Al abrirlo, encontró varias fotografías: eran de los dos, tomadas
por Katia mientras conversaban. Ella había ido a revelarlas a una tienda
cercana. Al verlas, Madhuri y Alex se sintieron muy felices.
A partir de entonces, comenzaron a
verse todos los días. Disfrutaban mucho de la compañía mutua y empezaron a
hacer planes para el futuro. Los sueños compartidos se convirtieron en el eje
de sus conversaciones.
Pasaron seis meses. Un día,
mientras Madhuri recibía un masaje en el centro de Katia, esta le habló en voz
muy baja.
—Alex se ha ido. Se va a casar…
pero no contigo.
Madhuri se quedó dura como una
piedra. Esta vez, Katia le permitió levantarse a mitad del masaje. Madhuri se
sentó en la camilla; su rostro estaba lleno de preguntas.
—¿Se fue así sin más? —preguntó asombrada.
—Ayer por la tarde vino a verme
—dijo Katia—. Me contó que su familia ha arreglado su matrimonio y que debe ir
inmediatamente al pueblo. Intenté convencerlo de que tú lo amas y de que
debería casarse contigo, pero dijo que su familia no lo aceptaría y que no
puede hacerlos cambiar de opinión.
Madhuri no respondió. Sus ojos se llenaron
de lágrimas reflejando claramente el dolor de un amor roto; pero permaneció en
silencio.
Katia se sentía muy mal. Había sido
ella quien impulsó la relación, y ahora esa misma relación se había convertido
en causa de dolor para su amiga.
—No te pongas triste —dijo—. Vamos,
llamemos a Alex. Tú también habla con él y yo volveré a insistirle.
Pero Madhuri se negó con firmeza.
—No es necesario, Katia. Seguro que
es un cobarde. Si hubiera tenido el valor, me lo habría dicho antes de irse. No
tiene coraje. Y piénsalo: si realmente quisiera quedarse, ¿por qué se habría
ido? Sé que no ganaré nada llamándolo. Tal vez ni siquiera conteste. Lo más
triste es que en estos seis meses nunca me habló de esto, sino que fingió amor
aprovechándose de mis sentimientos.
Katia recordó demasiado tarde que
Madhuri ya le había dicho que en la sociedad india las relaciones no se forman
de la misma manera que en Alemania.
Al día siguiente, Katia recibió una
carta. Madhuri la había dejado para ella. En ella decía que había aprendido una
lección de esa experiencia y que no quería seguir viviendo allí, por lo que
regresaba al pueblo con sus padres. Pedía disculpas por no haber podido
despedirse, ya que su tren salía temprano, pero le aseguraba que siempre la
recordaría. También escribió que seguiría adelante con fortaleza y haría su
vida más hermosa.
Junto con la carta, estaban las
fotografías de Madhuri y Alex que había tomado Katia.
Al enterarse de la partida de su
amiga, Katia se llenó de tristeza; sentía el dolor de Madhuri como propio.
—¡Alex, de corazón feo! —dijo mirando
una de las fotos; le dio una fuerte bofetada a la imagen del joven y agregó—: No
solo eres un cobarde, sino también egoísta e irresponsable. ¡Lamento no haber
sabido reconocerte!
