jueves, 2 de abril de 2026

EMBRIAGADA POR LOS MASAJES

Pooja Anil

 

Katia, es decir, Katiayini, había llegado a la India desde Alemania para aprender yoga, meditación, pranayama y masajes. Durante su aprendizaje, quedó tan cautivada por la cultura india que decidió establecerse en la India definitivamente. Su gurú le dio el nombre de Katiayani, y a ella le encantó.

Katia estableció un centro de masajes y yoga de cerca de la casa de Madhuri. Madhuri y Katia se hicieron amigas el mismo día de la inauguración cuando Madhuri fue a decorar el lugar con flores de su establecimiento. En cuanto la vio por primera vez, Katia supo que debía elegirla para que fuera su modelo. Así, cada vez que aprendía una nueva técnica de masaje, llamaba a Madhuri para aplicar la nueva técnica en ella y Madhuri también se hacía un tiempo para acudir. Su físico resultaba ideal para quienes aprendían masaje: no era ni demasiado alta ni demasiado corpulenta. De este modo, quienes practicaban encontraban en ella un modelo de tamaño perfecto, fácil de manejar. Por otro lado, Madhuri recibía masajes gratuitos que le aliviaban el cansancio del día. De esta manera, el acuerdo era beneficioso y sencillo para ambas. Poco a poco, se convirtieron en muy buenas amigas.

Un día, mientras le administraba el masaje, Katiayani susurró al oído de su amiga.

—¡Alex te ama!

Madhuri, que estaba casi adormecida por el placer del masaje, se sobresaltó al oír aquello. Intentó moverse, pero Katia la sostuvo suavemente y no la dejó interrumpir el masaje.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Madhuri.

—Él te espera todos los días. Incluso ahora está allí enfrente, en la tienda de enfrente, mirando hacia aquí —respondió Katia.

—¿Ah, sí? Con razón… Yo también lo he notado. Últimamente viene a mi tienda a comprar flores para la iglesia.

—Entonces debes hacerte amiga de él. Alex es un chico muy amable y sensato.

—Tú ya sabes, Katia, que en nuestra sociedad no se pueden formar relaciones así, como ocurre en Alemania.

—¡Oh, no te preocupes! Yo estoy contigo. Hablaré con tu familia por ustedes.

—¡Dios mío! ¡Has pensado en todo, Katia!

 

—¿Y por qué no? He visto que juntos se ven muy bien.

Madhuri se sintió algo cohibida al oír esto.

—Bueno… lo pensaré —dijo, tratando de disimular.

Pero Katia ya los había imaginado a los dos juntos e incluso dio un paso más.

—¿Pensar qué? Ya he reservado para ustedes una cita para mañana en una mesa de café. Es tu cita con Alex. Ve al Big Café bien arreglada por la tarde. Además, te haré un maquillaje precioso.

Al escuchar esto, Madhuri sintió como si la recorriera una corriente eléctrica. Aunque ya había percibido claramente los sentimientos de Alex hacia ella, no quería admitirlo. Le agradaba mucho que él visitara su tienda en busca de flores. Mientras conversaban, le preguntó acerca de su profesión y así se enteró de que era ingeniero. Sentía una atracción indefinida hacia él, algo que no lograba comprender del todo. Pero, de repente, las palabras de Katia disiparon la confusión de su mente, como si le hubieran revelado una imagen clara y luminosa de ambos juntos.

Se sintió inesperadamente feliz y pasó toda la tarde imaginando cómo hacer realidad esa escena que Katia había dibujado ante ella.

 

A la mañana siguiente, Katia la llamó temprano para recordarle la cita. Madhuri también estaba ansiosa, pero respondió con serenidad. Por la tarde, se vistió con unos vaqueros azules y un top rosa y fue a ver a Katia para que la maquillara. Al verla, Katia frunció el ceño y le pidió que se pusiera un hermoso sari. Le explicó que a Alex le encantaban los saris. Madhuri se resistió, puso excusas, pero Katia no cedió. Finalmente la hizo ponerse el sari y luego la maquilló.

Cuando Madhuri llegó al Big Café, Alex ya la estaba esperando. Se saludaron con una sonrisa y entraron. Tras pedir café, comenzaron a conversar. Después de mucho tiempo charlando, cuando estaban a punto de irse, apareció Katia con un sobre en la mano y se lo entregó a Madhuri. Al abrirlo, encontró varias fotografías: eran de los dos, tomadas por Katia mientras conversaban. Ella había ido a revelarlas a una tienda cercana. Al verlas, Madhuri y Alex se sintieron muy felices.

A partir de entonces, comenzaron a verse todos los días. Disfrutaban mucho de la compañía mutua y empezaron a hacer planes para el futuro. Los sueños compartidos se convirtieron en el eje de sus conversaciones.

Pasaron seis meses. Un día, mientras Madhuri recibía un masaje en el centro de Katia, esta le habló en voz muy baja.

—Alex se ha ido. Se va a casar… pero no contigo.

Madhuri se quedó dura como una piedra. Esta vez, Katia le permitió levantarse a mitad del masaje. Madhuri se sentó en la camilla; su rostro estaba lleno de preguntas.

—¿Se fue así sin más? —preguntó asombrada.

—Ayer por la tarde vino a verme —dijo Katia—. Me contó que su familia ha arreglado su matrimonio y que debe ir inmediatamente al pueblo. Intenté convencerlo de que tú lo amas y de que debería casarse contigo, pero dijo que su familia no lo aceptaría y que no puede hacerlos cambiar de opinión.

Madhuri no respondió. Sus ojos se llenaron de lágrimas reflejando claramente el dolor de un amor roto; pero permaneció en silencio.

Katia se sentía muy mal. Había sido ella quien impulsó la relación, y ahora esa misma relación se había convertido en causa de dolor para su amiga.

—No te pongas triste —dijo—. Vamos, llamemos a Alex. Tú también habla con él y yo volveré a insistirle.

Pero Madhuri se negó con firmeza.

—No es necesario, Katia. Seguro que es un cobarde. Si hubiera tenido el valor, me lo habría dicho antes de irse. No tiene coraje. Y piénsalo: si realmente quisiera quedarse, ¿por qué se habría ido? Sé que no ganaré nada llamándolo. Tal vez ni siquiera conteste. Lo más triste es que en estos seis meses nunca me habló de esto, sino que fingió amor aprovechándose de mis sentimientos.

Katia recordó demasiado tarde que Madhuri ya le había dicho que en la sociedad india las relaciones no se forman de la misma manera que en Alemania.

Al día siguiente, Katia recibió una carta. Madhuri la había dejado para ella. En ella decía que había aprendido una lección de esa experiencia y que no quería seguir viviendo allí, por lo que regresaba al pueblo con sus padres. Pedía disculpas por no haber podido despedirse, ya que su tren salía temprano, pero le aseguraba que siempre la recordaría. También escribió que seguiría adelante con fortaleza y haría su vida más hermosa.

Junto con la carta, estaban las fotografías de Madhuri y Alex que había tomado Katia.

Al enterarse de la partida de su amiga, Katia se llenó de tristeza; sentía el dolor de Madhuri como propio.

—¡Alex, de corazón feo! —dijo mirando una de las fotos; le dio una fuerte bofetada a la imagen del joven y agregó—: No solo eres un cobarde, sino también egoísta e irresponsable. ¡Lamento no haber sabido reconocerte!

Pooja Anil, fundadora de 'Hindi Gurukul Spain', es licenciada en Zoología. Nació y creció en Udaipur, Rajastán. Reside en Madrid, España, desde 1999 y desde 2008 imparte clases de hindi en la capital española. Ha contribuido a la enseñanza del hindi a estudiantes extranjeros y a su promoción fuera de la India. Su colección de relatos, "Tum Namazboor", fue publicada por el Instituto Central de Hindi. Fue coeditora de la colección colectiva "Fungiyon Par Dera", publicada por Shvetvarna Prakashan. Trabaja en diversos géneros de la literatura en hindi. Sus relatos, poemas y artículos se han publicado en numerosos periódicos y revistas indias de renombre. Escribe poesía y traduce entre hindi y español. Produce obras de teatro radiofónicas, poesía y podcasts de cuentos, y ha participado en varios seminarios web y actividades en línea en hindi en India y en el extranjero. Su blog es: https://poojanil.blogspot.com/

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