Eliana Soza Martínez
La anciana estaba segura de que algo había cambiado
cuando comenzaron a repetirse, noche tras noche, las pesadillas. Su cuerpo se
fue transformando, sentía cómo sus intestinos y su vejiga se movían hacia un
lado para dar lugar a aquel bulto que se hinchaba sin medida. Por su edad, era
imposible haber engendrado vida. Su nieta, prostituta, de belleza extraña,
creía que se trataba de gordura o en el peor de los casos un tumor. La abuela
sabía que era una transformación maldita; sentía movimientos de una criatura
que crecía en su interior, cada día se hacía más fuerte y ella más débil. El
resto de su organismo moría lentamente. Los médicos no acertaban en un
diagnóstico.
La joven, por la pobreza y su oficio,
a pesar de su belleza natural, parecía una flor a punto de marchitarse. No
tenía paciencia para los malestares de su abuela; por lo que la internó en un
centro de salud público. En las ecografías el bulto salía limpio, la anciana estaba
segura de que algo vivo allí había comenzado a controlar su mente. Pensamientos
oscuros fueron apoderándose de sus días, recordaba su juventud y odiaba a su
nieta que ahora tenía a los hombres a sus pies y que heredó su oficio. Si bien
no había conseguido alguien que la sacara del prostíbulo con una vieja
acuestas, si ella dejara de existir, seguro que la joven sería feliz.
Pensó en morir, pero los doctores no
lo permitirían, tampoco el parásito que la absorbía; aún era necesaria. Pidió
que viniera un sacerdote a darle la comunión; la cosa en su cuerpo deseaba
divertirse. Llegó un religioso delgado y asustadizo, que cuando confesó a la
mujer tembló y se fue casi corriendo del sanatorio, para luego dejar su
parroquia y perderse en un pueblo alejado.
Entretanto, el engendro obligó a la
anciana a escapar del hospital; salió como un fantasma en medio de la noche.
Llegó a su casucha. Una vecina que la vio débil la ayudó a acostarse, pero sin
previo aviso, la anciana le cortó el cuello, bebiendo su sangre, le abrió el
pecho y sacó el corazón aun palpitante y se lo comió. Este festín le dio tiempo
de esperar a su nieta, de quien deseaba vengarse por tener una vida más larga y
belleza para disfrutarla.
La joven entró cansada de su trabajo,
vio el cuerpo de la vecina y se espantó, mas cuando se encontró frente a su
abuela, con la cara y las sábanas bañadas de rojo, supuso que también estaba
herida. Le preguntó si se encontraba bien; la vieja negó con la cabeza, estiró la
mano como pidiendo ayuda, pero a la chica le dio asco tocarla. Quiso salir a
pedir auxilio, aunque no pudo hacerlo por el grito desgarrador que sonó detrás
de ella. Se acercó y vio el cuchillo en la mano arrugada. Le dijo a la anciana que
le traería un vaso de agua, pero además tomó un martillo. Cuando estuvo a unos
centímetros le arrojó el líquido y la golpeó en la cabeza y el vientre,
dejándola moribunda.
—Acepta lo que te proponga —susurró la
abuela con voz temblorosa—, no mueras como yo, en la pobreza.
—Estás alucinando, vieja de mierda,
querías matarme.
—Recuerda que Dios nunca estuvo para
nosotros.
Ni una lágrima cayó por el bello y triste
rostro. El vestido carmín pegado a su esbelto cuerpo, todavía olía a cigarrillo
y alcohol. Sintió una débil náusea que se le pasó de inmediato. Mientras
imaginaba la vida sin la abuela, pudo contemplar cómo un humillo salía de la
boca de la muerta y su estómago abultado bajaba hasta ser normal. El repugnante
demonio observaba victorioso el siguiente instrumento, perfecto para seguir
torturando almas; la desmayó. En medio de una pesadilla, un ser hermoso, igual
a un ángel, pero con cuernos en la cabeza y vestido de negro, le ofrecía su
mano; la muchacha, algo asustada, dudó en tomarla, pero recordó las palabras de
su abuela.
Horas después despertó con la certeza
de que algo había cambiado en ella y que una fuerza extraña crecía en su interior,
no como un bulto. Su belleza floreció, la piel lozana y el cabello ensortijado
chispearon; sus senos y glúteos erectos se insinuaban más que nunca debajo del
vestido. La seguridad de ser irresistible entre hombres y mujeres le daba la
potestad de castigar a quien no se arrodillara frente a su poder. Tomó su
cartera, su mejor abrigo y salió del cuartucho jurando que nunca más volvería a
ese infierno.

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