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lunes, 26 de enero de 2026

LA FAMILIA DEL ESPEJO

Mia Myllymäki

 


Me apresuré a vaciar las bolsas de la compra. Dejé una sobre la silla de la cocina con el cortavientos todavía puesto y los zapatos en los pies. Me apuré tanto que casi se me cayó de las manos el paquete de margarina. El reloj marcaba las cinco y media. Jaakko llegaría en media hora de recoger a Riina del entrenamiento de patinaje. Intenté tomar aire y calmarme. Puse las manzanas en el frutero y caminé hacia el recibidor. No perdí tiempo quitándome el abrigo. Frente al espejo me pasé la mano por un par de gotas de sudor de la frente y de debajo de la nariz. El pelo estaba un poco revuelto por el viento, pero no importaba. De todos modos, las cosas siempre se reflejaban un poco distintas de lo que eran.

 

En el recibidor teníamos un espejo. Uno normal, de esos que se compran en cualquier tienda grande. Estaba fijado a la pared, sobre una cómoda. Cuando, después de la mudanza, lo miré por primera vez, me llevé una verdadera sorpresa. No me vi a mí ni al recibidor abierto a mi espalda, sino el recibidor de otra persona. Al principio me quedé helada, mirando aquella habitación extraña. Papel pintado de flores y parqué oscuro. Cosas que yo jamás habría puesto en mi casa. Luego apareció movimiento al otro lado y, por un instante, esa mujer me miró. No sé si me vio, pero se detuvo un segundo a observar, quizá solo su propio reflejo. Asustada, me aparté y durante muchos días no me atreví a mirar. Teníamos otros espejos, sí, pero en ellos no se reflejaba nada “de más”.

Era difícil evitar mirar el espejo si uno pasaba por delante varias veces al día. Sobre todo porque era grande y lo habíamos colocado en un lugar central. La tensión me quedó grabada y traté de no mirarlo, porque temía ver de nuevo algo distinto de lo que debía.

Durante un tiempo observé el comportamiento de Riina y de Jaakko delante del espejo y no vi nada raro en ellos. Así que empecé a convencerme poco a poco de que había imaginado lo que vi, de que el estrés me estaba jugando una mala pasada y había visto cosas.

Al final me animé a mirarlo otra vez. El corazón se me saltó uno o varios latidos, pero por fin pude respirar cuando comprendí que estaba mirando mi propio reflejo asustado. Detrás se veía nuestro recibidor, con sus paneles y el papel pintado claro. En la pared de enfrente colgaba un tapiz tejido por mi abuela y en el techo había un plafón con motivos de rosas.

Cuando incliné la cabeza apenas un poco hacia un lado, el ángulo cambió. En el reflejo, el papel pintado se transformó y el color de la luz se volvió más oscuro. Entonces la mujer entró en el campo de visión: miró en dirección a mí sin verme, se apartó el pelo y se secó la frente.

 

Con las semanas empecé a atreverme más, aunque había algo en nuestro espejo extraño que me erizaba la piel. Sin embargo, lo que mostraba no era más extraordinario que las tareas cotidianas. Por las mañanas la mujer iba y venía nerviosa igual que yo. Vestir a Riina para ir a la escuela, preparar la vianda de Jaakko para el trabajo y arreglarme yo misma me consumían un tiempo y unos nervios terribles. Cuando aprendí a mirar desde el ángulo correcto, en medio de todo aquel ajetreo podía ver a la mujer repitiendo las mismas rutinas.

Noté que ella siempre echaba un vistazo de pasada, distraída, como si no le importara observarse en el espejo. Seguramente no me veía: nada en su comportamiento indicaba que hubiera notado alguna vez mi mirada fija.

La mujer tendría unos cuarenta años. Exhibía unas ojeras oscuras y el pelo algo ondulado. A veces, rara vez, se detenía un rato a enredarse el cabello a ambos lados de la cara. Al final siempre se lo recogía con gesto relajado en una coleta. Por lo que pude seguirla mientras hacía mis cosas, deduje que llevaba un ritmo de vida bastante parecido al mío.

Nuestros días de limpieza coincidían a menudo: entonces sacábamos las alfombras afuera, aspirábamos, fregábamos y al final volvíamos a meterlas ya aireadas. A veces ella pasaba con una regadera por el borde del espejo, así que debía de tener plantas en algún lugar fuera de mi campo de visión. Yo también. A Jaakko no le gustaban, pero logré negociar asilo para una dracena y una cinta en el living.

 

Ayer Jaakko se molestó por el espejo. O más bien, se molestó conmigo por mirarlo tanto. No le hizo ninguna gracia mi comentario de que a la mayoría de la gente, de hecho, le recomiendan mirarse al espejo. Fue una discusión pequeña, de palabras. Claro que se frustraba: él no sabía mirar del modo correcto. Lo hacía mal, miraba demasiado de frente y solo veía su reflejo y nuestro recibidor. El asunto funcionaba solo si uno miraba desde el punto exacto. Excepto un par de veces, no me molesté en decírselo, porque Jaakko tenía la paciencia al límite. Por lo que entendía, había problemas en el trabajo. Por el mal humor de Jaakko, yo misma había empezado a llevar a Riina a los entrenamientos de patinaje.

A veces Jaakko parecía olvidar que yo también trabajaba y sostenía la vida familiar. Aunque fuera a tiempo parcial en la caja de un supermercado, algo de dinero entraba. Jaakko llevaba casi dos meses trabajando sin parar. Eso significaba una barbaridad de horas extra, pero ni un centavo había llegado todavía. Yo ya no creía que fueran a pagárselas. Sospechaba que su jefe se aprovechaba de él sin pudor.

Era difícil hacer planes cuando de pronto a Jaakko le salía un viaje de trabajo. Por lo general esos viajes caían en fines de semana. Para colmo, ahora que la situación económica se había puesto floja, Riina se había entusiasmado de golpe con los caballos. Las clases de equitación eran caras y quería irse a un campamento de invierno a Muhos. No podíamos permitírnoslo, de ninguna manera.

No sé en qué momento el otoño se volvió invierno, pero de pronto me di cuenta de que la familia del espejo se vestía con camperas de plumas, gorros y mitones que parecían bien abrigados. Quizá estaba viviendo, en cierta medida, más su vida que la mía, pero comprenderlo no fue razón suficiente para despegarme por completo de ellos. Necesitaba asomarme de vez en cuando para ver qué les pasaba a la mujer y a su hija.

La mayoría de las veces del otro lado no ocurría nada especial. Como era un espejo de recibidor, no me reflejaba su vida entera: solo lo que sucedía dentro del campo del espejo. La gente normal pasaba el tiempo en otras habitaciones; el recibidor era una zona de tránsito. Para todos menos para mí, que arrastré una de las sillas antiguas que me había regalado mi abuela hasta al lado del espejo para poder sentarme a espiar ese mundo que me parecía más interesante que el mío. La idea me entristecía, pero era cierto: ver los problemas cotidianos de otro era más agradable que enfrentar los propios.

Pensaba mucho en quién era ella en realidad. Parecía forzadamente tranquila, serena. Tal vez había tenido una infancia difícil en una familia de alcohólicos o un padre violento. Entre su correo se veían muchas revistas de decoración. A veces traía libros de la biblioteca, y solían ser novelas o autoayuda. Esas cosas componían la imagen de una persona completamente corriente. También se vestía en tonos crudos o pasteles. No tenía nada de llamativo o audaz. Y, para terminar de rematar la normalidad, me impactó enterarme de que tenía marido. La niña tenía un padre real, presente.

Un día el hombre simplemente apareció del lado de ellos. Tenía la frente alta y los pómulos estrechos. Era bastante atractivo, pero parecía un poco apagado. Casi no hablaba con su esposa. Por lo que yo podía interpretar, entre ellos había algo que andaba mal. Se esquivaban en el recibidor sin mirarse.

También me llamó la atención que la hija casi siempre volvía sola de la escuela. Riina, en cambio, traía casi todos los días a alguna amiga, a veces varias. Hacían la tarea juntas y yo les preparaba cacao. Para mí era normal, pero la niña del espejo casi nunca llevaba amigas a casa y, cuando llegaba, se la veía claramente fastidiada con su madre. Eso también me hizo pensar de nuevo que en esa familia algo no andaba bien. Me pregunté si quizá el hombre trabajaba viajando o por turnos. Eso explicaría por qué no lo había visto antes. Si se movía de noche y muy temprano, yo no estaba frente al espejo para verlo pasar.

 

Riina consiguió ir al campamento de invierno del club ecuestre. Jaakko no aceptó el de Muhos, pero por suerte encontramos una opción más barata cerca. Seguíamos justos de dinero, Jaakko trabajaba muchísimo y estaba poco en casa. Me habían recortado horas en la caja, aunque pedí más. Fui incluso a la oficina de empleo, pero no había vacantes ni suplencias. Jaakko decía que si cerraba un negocio con África, le daban un bono grande. Su empleador también había prometido pagar todos los sueldos atrasados. Entonces ya no tendríamos apuros, con tal de aguantar unas semanas más.

Me quedó rondando lo rara que estuvo Riina antes de irse. Siempre había sido una niña buena, pero ahora se irritaba y casi no quería ir al campamento que había esperado con ilusión todo el otoño y el comienzo del invierno. Quizá había percibido que la situación se nos tensaba, aunque intentáramos ocultarlo. Los niños no deberían preocuparse por el dinero; esa era tarea de los padres. Aun así, las lágrimas de Riina se me quedaron clavadas. Lo que dijo: que supuestamente la molestaban y que los demás no la aceptaban. Qué cosas se le pueden ocurrir a una nena de nueve años. Decidí preguntarle a su maestra si la molestaban en la escuela. De algún lado tenían que venir esos síntomas.

 

Yo estaba sola: Riina en el campamento, Jaakko de viaje de trabajo a Helsinki. Volvería en dos días y, con suerte, trayendo buenas noticias. Pero no valía la pena obsesionarse, y menos yo. Ahora tenía un tiempo precioso para mí, para usarlo como quisiera.

Arrastré la silla desde la pared hasta el espejo, un poco ladeada hacia la izquierda, y me senté. Al principio me estudié la cara cansada, me pasé detrás de la oreja unos mechones que se me caían sobre los ojos. Me veía envejecida y triste.

La imagen cambió y mi mirada encontró a la mujer detenida en el umbral del recibidor. Se apoyaba en el marco de la puerta y lloraba en silencio, temblando. De pronto se sobresaltó y se secó las lágrimas con la manga. Yo no podía oír sonidos de su casa, pero por su reacción deduje que alguien venía. En el campo del espejo apareció su hija: tiró la mochila al piso, le gritó algo a la madre y salió corriendo fuera de la vista. La mujer levantó la mochila, mordiéndose el labio inferior, y desapareció. Me dolía verla así. Algo estaba realmente mal.

Algo había cambiado, y tardé un momento en entender qué era. La mujer había empapelado el recibidor. El papel de flores había sido reemplazado por uno caro, con relieve, en tonos blanco y rosa viejo. La lámpara del techo había cambiado por un plafón. El recibidor se parecía más… a nuestro recibidor. Al mío.

La imagen se desvaneció cuando sonó el teléfono. Era Riina, que contó que todo iba bien. Le habían asignado como pony del campamento a un shetland llamado Morse, y al parecer las otras chicas eran bastante simpáticas. Me alivié y se notó en mi voz cuando le deseé que siguiera bien y tuviera días felices con los caballos. Cuando colgué, volví al espejo, dudando.

Nunca antes se me había ocurrido esa idea. Ahora estaba alerta, mientras el reflejo empezaba a dibujar ante mí ese otro recibidor. La mujer limpiaba algo del piso con un trapo. Tenía los labios apretados como si estuviera silbando. De pronto parecía de mejor humor. ¿Me había engañado todo el tiempo? ¿Sabía de mí? Tenía que haber visto hacia nuestro lado. No había duda. Aunque su casa pareciera diferente, demasiados detalles empezaban a ser sospechosamente similares. Antes, en su pared había un cuadro barato de un paisaje de pradera. Ahora, en ese lugar colgaba un tapiz tejido, como en nuestro recibidor.

Me enfurecí y arranqué nuestro tapiz de la pared. Tal vez ella fingía no verme, pero yo le saqué la lengua como una niña y fui, moviendo el cuello con rabia, a vaciar el lavavajillas.

Qué infantil se vuelve uno cuando está demasiado cansado. Mi irritación bajó durante la noche y, después del café de la mañana, volví con decisión al espejo. El tapiz había desaparecido de su pared, pero tampoco había vuelto a colgar el cuadro.

En el espejo se veía muy poca vida. Quizá la niña estaba afuera, incluso en un campamento de invierno, igual que Riina. Los campamentos de invierno eran increíblemente populares hoy en día: no lo habría creído cuando reservamos el de Riina.

Pasó el día. La mujer cruzó el espejo algunas veces: con la aspiradora, con un canasto de ropa y un par de veces sin nada. La niña no aparecía, y el hombre tampoco.

De pronto me cayó la ficha. ¡Eso era! Había visto tantas veces a la niña correr a abrazar al padre cuando este llegaba con su bolso. El hombre y la mujer, en cambio, apenas se miraban por obligación. Se decían algo y discutían al cabo de dos frases. La mujer solía irse primero, con la cabeza baja, quizá a la cocina. Ahí era donde las mujeres siempre se escondían.

¿Cómo no lo había entendido antes? Todo el tiempo pensé que la mujer tenía “algo mal”, que por eso el hombre estaba siempre fuera y que por eso la niña tampoco parecía querer a su madre. Cuanto más los seguía, más me convencía de que el problema era el hombre. Era atractivo, estaba en buena forma, y seguro otras mujeres opinaban lo mismo. Si la relación se había enfriado, era por algo. Y si uno pensaba quién pasaba más tiempo fuera de casa, mi mirada acusadora se iba directo al hombre.

¡Tenía que haber otra mujer! No había otra explicación. Se notaba en sus gestos y en su forma de mirarse; en la manera en que se encontraban entre ellos y con su hija; en cómo caminaban y movían la boca y los ojos; en las manos que se frotaban, en el toque inútil del pelo. Todos esos detalles gritaban una sola verdad: el hombre había arruinado su vida familiar al conocer a otra mujer y, de algún modo, había conseguido poner a la hija de su lado. De ahí venía todo ese dolor en la mujer del espejo. Entenderlo me dejó una sensación insoportable.

 

Por suerte Jaakko volvió de su viaje, aunque no con tan buenas noticias como yo esperaba. La operación, dijo, estaba muy cerca de cerrarse, pero todavía no nos animábamos a festejar. Hace un rato salió a buscar a Riina al micro, así que pronto mi familia estaría completa otra vez. Me alegraba, porque vivir con la mujer del espejo empezaba a resultarme asfixiante. Volví a colgar nuestro tapiz, pero la pared de la mujer del espejo seguía vacía. Aun así, su comportamiento y el cambio del recibidor me estaban inquietando. Del otro lado el ambiente se volvía cada vez más tenso, y en realidad ya no tenía ganas de mirar. Pero tenía que hacerlo.

Escuché en el patio el golpe de la puerta del auto. Ahí venían: padre e hija. Oí la voz entusiasmada de Riina antes de que siquiera subieran los escalones. Quise creer que el campamento había ido bien. Por teléfono Riina se había mostrado mucho más animada. Había hecho amigas nuevas y ganado confianza. Ojalá también se le hubieran pasado esas ideas de que la molestaban.

Jaakko entró arrastrando el bolso tubular de Riina. La puerta de entrada quedó abierta un momento y dejó entrar aire frío. Cuando Jaakko fue a cerrarla, Riina vino a abrazarme, pero la sonrisa se le apagó en la cara. La inseguridad le llenó los ojos. Se le endurecieron los brazos, se le congeló el movimiento. Apretó las muelas como conteniendo un estremecimiento de asco.

Me asusté porque se parecía demasiado a lo que yo ya estaba acostumbrada a ver en el espejo. De pronto Riina se parecía muchísimo a la hija de la mujer del espejo, a la niña a la que yo había empezado a despreciar. Yo ya no era su madre: yo era un monstruo. Jaakko estaba en el umbral con expresión reacia, mirándome con el ceño fruncido y la boca tensa. En sus ojos había una mirada como de odio. Todo ocurrió en un instante brevísimo.

De a poco, la naturaleza de la crueldad me golpeó la conciencia. Empecé a entender.

 

El hombre llevaba un abrigo negro de lana. Muy elegante. Se veía más pálido que antes, y más agotado de lo que debería verse alguien de su edad y tan atractivo. El hombre y la mujer discutían. Horrible. Se gritaban, y era tan injusto porque su hija de cabello blanquecino estaba parada en la puerta de la cocina mirando. Lo veía y lo oía todo, y solo podía imaginar lo que se decían con la cara roja de furia. La mujer caminó a paso firme hacia la cocina y, al volver, traía un cuchillo de carne en la mano.

Intenté golpear el espejo, pero no podían oírme. Me escuché gritar. Alguien me sujetó, quizá Jaakko o Riina, o los dos. Tal vez ellos también gritaban. La niña del espejo estaba aterrada cuando la mujer clavó el cuchillo en el brazo del hombre, que la miraba sin creerlo. Él debería haber podido defenderse, pero ella estaba fuera de sí: golpeó otra vez y la sangre manchó el papel pintado nuevo. Apreté los ojos para no ver. Cuando los abrí, la niña había desaparecido del espejo. En el suelo quedaban mechones de pelo blanco. La mujer apuñalaba una y otra vez al hombre ya desplomado.

Como con las últimas fuerzas, el hombre alzó la vista. Me vio. Extendió la mano hacia el espejo, suplicando ayuda. Quise ayudarlo, pero no podía hacer nada. El hombre se estaba muriendo. Entonces él también desapareció. La mujer se levantó del suelo desnudo, se limpió las manos en el frente de la camisa, pero la sangre ya no estaba.

Avanzó hacia mí. Levantó la mano y golpeó. El espejo estalló en mil pedazos contra mi cara. La imagen se extinguió y solo quedó el cartón del fondo. Los fragmentos cayeron sobre la cómoda y el piso. Tenía la cara llena de sangre. Las manos llenas de sangre. El cuchillo se me soltó de los dedos y, después del último golpe seco, quedó un silencio absoluto.

 

En prisión preventiva no hay espejos. No los necesito ni los quiero. La mujer del espejo mató a mi familia para conseguir una vida buena. Me pregunto si yo, en su lugar, habría hecho lo mismo. Me pregunto si esa mujer no era, después de todo, más que un reflejo conjurado por mi mente de mi propia vida imperfecta. La mujer que yo quise ser. La mujer que logró librarse de sus dificultades.

Me llevan entre dos hombres hacia la sala del tribunal. El pasillo es largo y vacío, y resuena. Contra el gris del mundo exterior se dibuja el vidrio de una ventana mojada por la lluvia. Las luces del techo proyectan reflejos sobre él. Antes de alcanzar a apartar la vista, la veo. Su sonrisa triunfal y astuta.

Decido que en la sala del tribunal lo contaré todo exactamente tal como sucedió.

Mia Myllymäki es una escritora finlandesa. Ha publicado cuatro novelas y cerca de una veintena de relatos. Su cuarta novela, Huomistarhuri (Gummerus, 2023), fue finalista del premio Tähtivaeltaja en 2024. En mayo de 2026 publicará la novela Kutsumustaiat, inicio de la trilogía fantástica Loitsumestari, que trata el agotamiento vinculado a los estudios.

 

 

EN CASA AJENA (OCHO)