Rebecca Behar
Hay que hacer el
blanco, algún día. Ese toque que borra la pantalla, esa mirada sobre cifras,
matrices, cuadros, curvas que aíslan, que rodean, garabatos. Todo revela una
falta, un grito silencioso. No solo un día, un buen día, allí, enmarcado, y
otras máculas, en negro, blanco, noche, día. No sabemos que nuestro sucedáneo
de relato, nuestro toque de fantasía, está en lo maravilloso de ese día, ese
día de eternidad, en alguna página, allí, toda limpia, esa virginidad
codiciada. Sí, y podría ser la eternidad como la muerte, todo depende de quién
la nombre: ¿el destino, la suerte o la gracia?
Un pequeño cuaderno, un concentrado
de deseos renunciados, frustrados. Imposible soportar ese tiempo muerto, la
carencia gris: todo lo que no está lleno debe llenarse. Gastar el tiempo,
consumirlo –spend your time– no vivirlo, pasarlo sin contar. Y vamos a
transformar lo que ustedes llaman “cotidiano”, ese rumiar en círculo cerrado;
será su elección, sí, solo depende de ustedes.
Las páginas en blanco son labios,
aberturas femeninas, promesas de goce; captan, cantan, sirenas del tiempo.
No saben de dónde viene esta joya,
dónde la encontraron; no, ¿es un regalo, una herencia? Es realmente una
maravilla técnica y, sin embargo, se habla del gran consenso de los relojes,
ellos que tienen tantas dificultades para dialogar en el inmenso universo.
Una joya, un poco obsoleta: ya no
se lee el tiempo así, la hora suena en el teléfono, se señala con un pequeño
lápiz magnético, sin tinta, todo es limpio, nítido.
La Agenda monolito no designa más
que una fecha.
Ah, ustedes la tenían, la fecha
imposible, la del otro tiempo. Los calendarios de los pueblos, adornados con
nombres de santos y colmados de presagios, perpetuaban un gran sacrificio al
Dios antiguo, Cronos o Saturno el devorador, en un culto a la precisión.
Invención de cazador, de asesino. Y ustedes eran los guardianes de esos
extraños juguetes confiados por azar a oscuros factótums. Ministros, hombres de
finanzas, VIP, todos desnudados ante los domésticos encargados de sus asuntos,
como aquellas mujeres que no sabían hacer un solo movimiento sin su doncella.
En sus manos de gigante, sostienen
así el tiempo y la vida de seres de los que no saben nada; accionan un botón,
rozan un comando, la pantalla se colorea, y de ella brota una multitud de
pequeños seres holográficos: minutos y segundos hormiguean, desbordados,
signos, garabatos, líneas nítidas. Todavía se llama agenda o planning,
pero está lejos de las pesadas máquinas administrativas; no, son máquinas
infernales, siderales, que poseen la paciencia de la materia hecha de ciclos,
de lentas descomposiciones, de abrazos alquímicos. Los antiguos soberanos de
los astros y del calendario están desterrados para siempre.
Basta una caricia leve sobre la
proyección virtual, como tocar una gasa suave, el velo del deseo y de la vida,
y quizá un imponderable, un comodín, un capricho de la temporalidad aleatoria,
y entre ese océano matemático, algo o alguien pasaría.
Así ocurre con los personajes en la
calle que refleja la lluvia, bajo las franjas amarillas y rojas, incapaces de
rasgar el telón donde se esconden los recuerdos. Pequeños seres ateridos,
asustados.
Algunas notas: es el llamado
tentador, hay un pasaje, un puente, un río como en los misterios antiguos; un
pálido joven largo y azul, a la luz de la luna, se inclina e invita; como en
los papiros, hay que decir su nombre al barquero triste que habla de eternidad.
Ustedes vuelven al objeto, a sus
páginas transparentes tan finas que el libro entero de la humanidad cabría en
ellas; los días giran y giran en el insomnio del tiempo, sin encontrar jamás el
reposo; aventurándose en el silencio se perciben gemidos, pero el mensajero va
y viene corriendo más rápido que su mensaje para que no se queme, huyendo del
aliento de los infiernos y del eco de las maldiciones; atraviesa las arenas
ardientes, el fuego no lo consume.
Palabras pobres, frases pobres,
silencio del genio que vela esas sombras alargadas sobre la escena, en letras
muertas, barreras o filtros, apagavelas. Así se apaga el aliento de los días,
el jadeo, y ustedes avanzan hacia la silueta danzante, consagrada, corriendo
hacia la otra orilla, mientras los signos se deshacen, las páginas se exfolian,
y se levanta el viento de ceniza cuando llama la música silenciosa, y los días
de vida, los días de muerte, se mezclan en aspiraciones semejantes y vanas.
Quien no puede vivir la belleza
espera cada día la cita del azar, con su pasado que está allí, presente en la
Agenda: las citas del viejo campamento y de la bruma, de los veranos
fulgurantes. Y ustedes hacen brillar el pequeño sésamo mágico hacia los laberintos
de las vidas fallidas.
Casandra, realeza del devenir,
ustedes la invocan, la solitaria recluida enfrentada a la luz terrible; se
acercan a sus secretos. Ella dice que se transformaron en piedra y que aún se
ve su cónclave buscar su estrella de nacimiento, y en su tumba anterior a los
tiempos esperar el retorno de un ciclo.
Y ya no pueden ocultar su saber,
ignorarlo, volverlo inofensivo, como si nada, pero es preciso preservar el
enigma.
Crean en mi amor o no, qué importa:
este es mi aviso de silencio.
Rebecca Behar es una poeta y
escritora francesa. Su obra abarca poesía escrita y oral, así como ficción y
cuentos. Recibió la influencia de la radio underground y del movimiento
feminista. Libros publicados: Poèmes
urbains (poesía); Le Faune (cuentos); Conférences et articles;
4 gamins dans le cosmos; Bulle d'Ozer y l'Enchanteur. Sus
poemas y artículos se han publicado en diversas revistas como Poetic Bond,
Escaner Cultural, World Poetry Yearbook y Ancrages.
