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lunes, 2 de febrero de 2026

EL GRAN TRUEQUE

Oscar De Los Ríos

 

Año 2030. Nuuk, Groenlandia.

​La independencia de Groenlandia fue sencilla pero lenta. En cambio, conseguir un nuevo patrocinador —las cuentas no cerraban— duró exactamente lo que tarda un cubito de hielo en derretirse dentro de un vaso de whisky barato. Pero antes de la firma oficial, hubo tres reuniones privadas. Tres visitas de cortesía que sellaron su destino.

​Los primeros en llegar fueron los chinos. Su delegación no aterrizó sobre el hielo azul, se “materializó”. El jet al que nadie oyó ni vio llegar descendió verticalmente sobre el puerto de Nuuk. El embajador Li invitó al Primer Ministro Malik a una ceremonia de té dentro de una cápsula estéril y blanca.

Li sirvió un té que humeaba en código binario.

—Honorable Malik —dijo Li, sin mover los labios; hablaba por un traductor implantado en su garganta—. Dinamarca les da migajas. Nosotros ofrecemos armonía. Si se nos unen, triplicaremos el subsidio de esos europeos pálidos.

—¿Cómo? —preguntó Malik, desconfiado.

—Con eficiencia —sonrió Li—. Nunca volverán a sentir frío. Convertiremos su nieve en vapor productivo. Solo firmen aquí.

​Dos horas después, llegó el general Ivanovich. No hubo té. Hubo un banquete de carne cruda y vodka destilado con isótopos de Chernóbil sobre el capó de un tanque anfibio estacionado ilegalmente en la plaza central.

Ivanovich abrazó a Malik con tanta fuerza que casi le disloca una costilla.

—¡Camarada del Norte! —rugió, con la cara roja por el frío y el alcohol—. Olvida a los chinos y sus juguetes. Rusia ofrece fuerza. Triplicaremos lo que les da Finlandia...

—Dinamarca —corrigió Malik, tosiendo.

—¡Da igual! Noruega, Finlandia, todos son lo mismo. Nosotros les daremos calor nuclear. Energía infinita. Seremos hermanos de sangre y uranio.

A Malik se le cruzaron los ojos inuit, tan chiquitos y negros como carozos de aceitunas.

​Finalmente, llegó Él. El Air Force One, ahora pintado completamente de dorado, aterrizó aplastando accidentalmente el único huerto de tomates de la isla. Donald Trump bajó por la escalerilla lanzando fotos de su propia postulación a "Primer Ministro Supremo" de la isla ante la multitud (que constaba de tres pescadores y un perro).

Llevó a Malik a una carpa con aire acondicionado puesto a la temperatura ambiente y le sirvió una hamburguesa de carne de ballena procesada y regada con whisky.

—Mike, escúchame —dijo Trump, masticando con la boca abierta—. Antes que nada, deberías cambiar tu nombre, Malik suena a perdedor. Me encantan los iglús. Son fantásticos. Pero son pequeños. Conmigo, tendrán el triple. El triple de diversión, el triple de alegría, el triple de todo. Haremos de Groenlandia el estado 52, o 53, perdí la cuenta después de comprar Alberta. Será "Huge".

​Las promesas eran enormes, pero vagas. "El triple", decían todos. Pero nadie sacaba la chequera. Fue gracias a eso que se le ocurrió una idea brillante: haría una subasta. Convocó a los tres al día siguiente para concretar. Nada de "quizás". Quería ver los bienes.

​Se reunieron en El Gran Salón del Pueblo (el gimnasio de la escuela primaria). Afuera, los Tupilaq golpeaban las ventanas, presintiendo el desastre, pero los guardias pensaban que era granizo.

Malik se sentó mirando al público. De frente, a su izquierda, el chino Li con sus implantes bursátiles. A su derecha, el ruso Ivanovich con su abrigo de piel viva. Y en el centro, Donald, revisando su maquillaje naranja en el reflejo de una cuchara.

—Señores —dijo Malik—. Ayer prometieron el paraíso. Hoy quiero ver el contrato. ¿Quién da más?

​Li se puso de pie, ante la protesta de Ivanovich, que quería hablar primero. Donald los miró como diciendo: "Mátense. La última palabra la diré yo".

—Nuestra promesa de "no más frío" es literal. China ofrece la construcción de la Cúpula de Jade. Un domo de cristal policromado que cubrirá toda la isla. Calefacción centralizada a 25 grados constantes. Cultivaremos arroz en los fiordos. La isla entera será habitable.

Malik dudó. Apenas tenían una pequeña franja para vivir, el resto de la isla era inhabitable; pero un "tupper gigante" no sonaba tentador.

​Ivanovich golpeó la mesa.

—¡Estupideces! Rusia ofrece LIBERTAD, en esto somos especialistas. Instalaremos motores atómicos en la costa sur y, literalmente, remolcaremos Groenlandia hasta el Caribe Ruso (omitiendo mencionar que se refería al Mar Negro). ¡Tendrán sol de verdad, no lucecitas chinas de colores!

Malik suspiró. Este ruso loco es capaz de hacerlo.

​Trump se levantó, mirando a todos con suficiencia.

—Terribles ofertas —dijo—. Muy tristes. Yo ofrezco alegría, ofrezco “Bienes Raíces Premium”.

A una señal suya, un asistente desplegó un mapa holográfico.

—Olviden el dinero. Les doy tierras. Tierras calientes. —Señaló una isla en el mapa—. Les doy... La Habana.

Hubo un silencio.

—¡¿Cuba?! —preguntó Malik desconcertado.

—La capital. Es vuestra. Música, tabaco, coches antiguos. La cambiamos pelo a pelo. Ustedes me dan el hielo, yo les doy la salsa.

​El chino Li soltó una risa metálica.

—Objeción —dijo con voz robótica—. Estados Unidos ocupa Cuba, pero no la controla. Hay células rebeldes en cada esquina. Si los inuits se mudan allí, serán vistos como invasores yanquis.

—¡Exacto! —gritó el ruso Ivanovich—. ¡Los cubanos los usarán para hacer mojitos! En dos semanas, los inuits serán expulsados al mar en balsas. No tendrán patria. Es una trampa mortal.

​Trump, furioso por ser interrumpido, se deslizó en el mapa hacia abajo, como si estuviera esquiando.

—¡Vale, vale! Son muy exigentes. Entonces... ¿Qué les parece esto? —Desplegando su vieja sonrisa de vendedor de autos usados, señaló Venezuela—. Les doy una franja de 500 kilómetros. Salida al mar. Petróleo infinito. Arepas. Es un trato increíble.

—Imposible —interrumpió el ruso—. La "Resistencia Bolivariana" está armada hasta los dientes con misiles que... bueno, que yo les vendí. Si mueven a su gente a la costa venezolana, estarán atrapados entre la selva y el mar. Será una masacre.

—China coincide —añadió Li—. Venezuela es inestable. Perderían su soberanía en un mes. Serían refugiados sin hogar.

​Malik cerró su carpeta.

—Tienen razón —dijo el líder inuit—. Mis chamanes me dicen que esas tierras están malditas por la guerra. No aceptamos. Queremos tierras seguras. Tierras americanas de verdad. O no hay trato.

El ojo biónico de Li proyectó un holograma de fuegos artificiales silenciosos sobre la mesa.

—El declive americano es estadísticamente irreversible —zumbó el chino, mientras su maletín comenzaba a imprimir el contrato final—. La Cúpula de Jade es su único destino lógico. Firme aquí antes de que el estadounidense ofrezca venderles la Luna.

El ruso, por su parte, soltó una carcajada que hizo vibrar las ventanas. Mientras destapaba una botella de vodka con los dientes para celebrar la victoria inminente, empujó a Trump con el hombro, haciéndolo tambalear y caer.

Trump estaba acorralado. El sudor le corría por las sienes, derritiendo el autobronceador. Estaba perdiendo la isla más grande del mundo (y su tono naranja) frente a un comunista y un cíborg. Apoyándose en una mano para levantarse, notó que estaba sobre el mapa de Estados Unidos. Unas letras pequeñas parecían parpadear en uno de los estados: Florida.

—¡Miami! —gritó.

Todos se dieron vuelta a mirarlol, desconcertados.

Una sonrisa malévola y desesperada cruzó su rostro. Mataba dos pájaros de un tiro. También se sacaba de encima a los malditos hispanos que ya eran más del setenta por ciento de la población. ¿Cuánto pasaría antes de que pidieran la autonomía y fueran un país independiente?

​—Mike, amigo mío... tengo la solución final. —Trump se inclinó sobre la mesa, con los ojos brillando con la locura del "Art of the Deal"—. ¿Qué te parece si hacemos un intercambio de población?

—¿Intercambio? —preguntó Malik. Sus pequeños ojos se abrieron hasta parecer dos platos insertados en su rostro.

—Tú me das Groenlandia. Yo te doy... Miami.

—¿Toda la ciudad?

—Llave en mano. Mis votantes de allí se están quejando del calor. Tu gente se queja del frío. ¡Es la sinergia perfecta! Los de Miami vendrán aquí a refrescarse. Los inuits irán a South Beach a... bueno, a lo que sea que hagan. ¿Trato?

​Malik miró a sus consejeros. Miami. La tierra prometida de la televisión. Sin guerras civiles, sin cúpulas de cristal. Solo sol.

Obnubilado por una visión donde se veía surfeando en un mar con playas de arena blanca lejos del hielo frío, y sin leer la letra pequeña (donde Trump se eximía de responsabilidad por huracanes, inundaciones y plagas de pitones), Malik extendió la mano.

—Trato hecho.

Y estampó su rúbrica junto a la de Trump, quien se apuró a guardar el contrato en una caja fuerte de titanio.

Los espíritus Tupilaq, que habían logrado entrar a la reunión, rompieron las ventanas y huyeron aullando hacia el Polo Norte, temerosos de que los incluyeran en el contrato.

​La operación logística se bautizó, con la típica sutileza americana, como “Operación Hot & Cold”.

Fue el mayor puente aéreo de la historia. En el cielo del Atlántico, dos flotas de aviones gigantescos se cruzaron. Hacia el sur, transportes militares cargados con cincuenta y seis mil inuits envueltos en pieles de foca, soñando con el paraíso tropical que les vendieron en los folletos. Hacia el norte, jets de lujo y aviones comerciales repletos de jubilados de Florida, influencers de Instagram y promotores inmobiliarios, todos vestidos con bermudas, camisas de lino y un exceso de loción autobronceadora.

Se saludaron por las ventanillas. Cada uno pensando en el "mal trato" que habían hecho los otros.

​Los inuits bajaron del avión con los abrigos puestos; la temperatura a la sombra era de 42 grados, y la humedad del 98%. Al pisar la pista del Aeropuerto Internacional, tres ancianos venerables se desmayaron por golpe de calor antes de poder decir "Tierra". Venían ensayando un pasito para TikTok; hasta los mayores estaban perdiendo la identidad.

La adaptación fue rápida, brutal y grotesca.

Al darse cuenta de que los hoteles de lujo no tenían electricidad y que al quedar la ciudad vacía era tierra de nadie, los yanquis de otros estados saquearon hasta el agua de los inodoros.

​Los inuits intentaron aplicar su sabiduría ancestral al entorno urbano. Fue un espectáculo dantesco, que ni los grandes directores de Hollywood se hubieran atrevido a soñar. Inundaron la avenida Brickell, con medio metro de agua estancada y caliente, donde se veía a los cazadores inuits navegando en kayaks y umiaks improvisados, hechos con techos de descapotables oxidados.

—¡Qalupalik! —gritaban, confundiendo a los caimanes con monstruos marinos mitológicos.

Intentaban arponear a los reptiles usando palos de golf afilados que encontraron en los clubes abandonados. Pero la carne de caimán era dura y sabía a neumático.

Lo peor no era el hambre, sino el sancochado. Los inuits, biológicamente adaptados al frío extremo, empezaron a cocerse en sus propios jugos. Sus cuerpos no sabían sudar lo suficiente. Se refugiaban en los congeladores de los supermercados Walmart saqueados, durmiendo hacinados sobre bolsas de guisantes descongelados, rezando a dioses de hielo que no podían oírlos en esa latitud.

​El Primer Ministro Malik, sentado en la terraza del ático de una torre de lujo, miraba el horizonte distorsionado por el vapor, mientras se abanicaba con el contrato firmado.

—Al menos hay sol —susurró, antes de deshidratarse y convertirse en la primera momia inuit del trópico.

​Si en Miami la tragedia era húmeda, en Groenlandia era cristalina como el hielo.

Los "Miamenses" aterrizaron esperando un resort de esquí con servicio de habitaciones. Lo que encontraron fue una oscuridad eterna y un viento que les cortaba la delicada piel tratada con cremas humectantes.

—¿Dónde está el buffet? —preguntó una señora con el pelo teñido y demasiada laca, justo antes de que su cabello se congelara y se partiera en mil pedazos como cristal.

​El horror fue estético y funcional.

El bótox, tan popular entre la población de Miami, reaccionó mal al frío polar. A los diez minutos de estar a la intemperie, las caras de miles de personas se congelaron en una mueca de sorpresa permanente. Parecían un ejército de maniquíes de cera abandonados en la nieve.

Intentaron construir refugios contra el frío, pero solo contaban con la inútil nieve, que únicamente servía para hacer muñecos. Los iglús eran cosas de películas. Lo único real que conocían eran las maletas Louis Vuitton y pilas de dinero en efectivo, con las que hicieron refugios muy cool.

Encendieron hogueras quemando millones de dólares, bonos del tesoro y acciones de Apple. Se acurrucaban alrededor del fuego, intentando calentarse con la combustión de su propia riqueza, pero el papel moneda ardía demasiado rápido.

Un grupo de influencers intentó transmitir en vivo la aurora boreal.

—¡Hola, chicos, unboxing del Polo Norte! —gritó un joven. Se quedó así, frizado, con el teléfono en la mano y la sonrisa congelada, convertido en una escultura de hielo moderna que los osos polares olfatearon con curiosidad y luego ignoraron por falta de valor nutricional.

​En Washington D.C., la cosa venía distinta. Donald Trump salió al balcón de la Casa Blanca. Los fuegos artificiales iluminaban el cielo. Había ganado la reelección con el 99% de los votos.

Se ajustó la corbata roja y se acercó al micrófono.

—¡Amada América! ¡Lo logramos! Me decían: "Donald, no se puede arreglar el problema de inmigración". No solo lo hicimos, sino que, además, agregamos una nueva estrella a nuestra bandera. —Al decir esto recordó su mano apoyada sobre el Estado de Florida. Fue una señal. Indudablemente Dios estaba de su lado.

​La multitud aplaudía fervorosa. Pero nadie mencionó a los muertos. Nadie mencionó el genocidio por incompetencia climática. Solo veían el mapa. Estados Unidos era ahora más grande. Las generaciones perdidas se reponen de manera natural.

Trump esbozó una sonrisa naranja y triunfal.

En Groenlandia, un espíritu Tupilaq se paseaba entre las estatuas de hielo de los turistas, robándoles los relojes Rolex de las muñecas congeladas, preguntándose qué hora sería en el infierno.

Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

lunes, 5 de enero de 2026

SERVICIO DIFERENCIAL

Oscar De Los Ríos


 

 

Rogelio sabía que tendría que haber muerto a las tres y media de la tarde. Lo sabía con la certeza física de quien conoce los vencimientos de las facturas de sus deudas y está en quiebra. Sentía el alma floja, lista para desprenderse como un diente de leche. Pero eran las siete y cuarto de la tarde; el sol de febrero seguía castigando la persiana americana de plástico a punto de derretirse, y él continuaba ahí, respirando un vaho caliente que parecía sopa.

​El ventilador de pie cabeceaba con un rítmico balanceo, giraba lento, perezoso; la baja tensión del verano del 27 no le daba para más. Desde que privatizaron la distribución barrial y liberaron las tarifas por zona de "riesgo de inversión", en Villa Lugano, el generador de la compañía eléctrica parecía funcionar a vela.

​Desde la cocina-comedor, separada apenas por una pared de Durlock que dejaba filtrar hasta los pensamientos, llegaban los murmullos de su familia. No discutían por desamor, sino por logística.

​—¿Todavía nada? —preguntó su yerno; con la impaciencia nerviosa de quien tiene el taxi esperando con el reloj corriendo.

—Sigue igual, respira cortito —respondió su hija, Estela. Se notaba que estaba lavando los platos; el tintineo de la loza cachada sonaba más fuerte que los latidos del corazón de Rogelio—. Papá siempre fue de tomarse su tiempo, ya sabés.

—El problema no es el tiempo, Estela. El servicio fúnebre "Low Cost" que reservamos tiene la tarifa congelada hasta la medianoche. Y, si se muere un segundo después, nos recategorizan y también hay que pagar el "Impuesto a la Salida" que metió el ministro la semana pasada. ¡No llegamos, negra! ¡No llegamos!

​Rogelio quiso gritarles que él hacía lo posible, que estaba empujando hacia afuera con todas sus fuerzas, pero el cuerpo es un burócrata obstinado. Cerró los ojos. La culpa le pesaba más que la agonía. Morirse fuera de horario era un lujo que su jubilación mínima no podía costear.

​A unos quince kilómetros de allí, en la estación Leandro N. Alem de la línea B de subte, la Muerte resoplaba.

 

​La Muerte –División Sudamérica, Zona AMBA– vestía un traje de oficinista color gris topo, con los codos brillosos por el desgaste y una camisa que alguna vez fue blanca y ahora tenía el tono amarillento de los expedientes viejos. No llevaba la guadaña, ni la túnica negra de terciopelo. Esos eran insumos importados que habían quedado retenidos en la Aduana por falta de dólares y trabas a las SIRA.

​Hacía unos meses, un funcionario entusiasta del Ministerio de Desregulación le ofreció un reemplazo de industria nacional: una motosierra marca "Libertad", remanente de la campaña del 23.

—Es más eficiente, señora. Corta de raíz y hace ruido, para que sepan que llegó —le había dicho, guiñándole un ojo.

​Pero ella se negó rotundamente. Tenía sus principios. La muerte debía ser un rito de paso, un silencio final, no una poda ruidosa y sucia de ramas secas. Además, la nafta estaba impagable. Así que ahí andaba, sin sus atributos legendarios que le habían forjado un aspecto temible en el pasado, reemplazados por un vergonzante maletín de cuero sintético descascarado, sudando como un vendedor de colectivo en hora pico.

​Miró el reloj pulsera, un Casio digital con la malla de goma cortada y pegada con La Gotita. Las siete y veinte.

​—La puta madre —masculló. Su voz no era de ultratumba, sino de fumadora de tabaco armado—. Voy a llegar tarde al de Lugano.

​ ​La estación era un horno. Una bofetada de calor subía desde los túneles, anticipando lo peor: el aire acondicionado de los vagones no funcionaba desde la "Gran Desregulación del Transporte" del 25, cuando se decidió que el frío era un bien de mercado y no un derecho del pasajero. La Muerte intentó pasar la tarjeta SUBE por el molinete. El lector emitió un pitido agónico y mostró una luz roja: Saldo Insuficiente.

​—¡No me jodas...! —gritó, golpeando el aparato—. ¡Soy la Muerte, carajo! ¡Soy el final inexorable!

—Atrás de la línea amarilla y cargue saldo, señora, que acá no hay privilegios de casta —le gritó un empleado de seguridad privada desde la garita, sin levantar la vista del celular.

​La Muerte buscó en los bolsillos. Tenía apenas unos billetes de mil pesos con la cara de San Martín. Suspiró, emanando un vaho frío que, por un segundo, alivió a la viejita que tenía pegada a la espalda. Después comprendió que, por más que protestara, no conseguiría nada, y se corrió a un costado, fingiendo que buscaba otra tarjeta. Pasaron varios pasajeros y, cuando el guardia se distrajo mirando un video de TikTok, saltó el molinete y se metió a los empujones en el vagón que llegaba, atestado de gente.

​El subte la escupió en la estación Juan Manuel de Rosas. Villa Urquiza ardía bajo el cemento. Tenía que combinar con el ferrocarril, pero un cartel luminoso pintado con aerosol anunciaba: SERVICIO SUSPENDIDO. NO HAY PLATA.

​No le quedaba otra que el colectivo. Caminó las tres cuadras hasta la parada del 114. La fila daba vuelta la esquina. La gente esperaba con esa resignación bovina que los argentinos habíamos perfeccionado tras décadas de crisis cíclicas; pero, en los últimos tres años, ya íbamos solos al matadero.

​Mientras esperaba, el celular le vibró de nuevo. No fue el zumbido corto de un cliente habitual. Fue una alarma estridente, un tono de "Prioridad de Estado". En la cola se escucharon murmullos de desaprobación. La muerte pensó que empezaban a despertar, pero no, le pidieron que baje el tono de notificación. Sacó el aparato con dificultad. La pantalla parpadeaba con luces azules y blancas:

​>> ALERTA PRESIDENCIAL - NIVEL 1 <<

Cliente: "CONAN V" (Clon Genético - Gabinete Canino).

Causa del deceso: Indigestión por bife de Wagyu A5 (Exceso de marmoleado).

Ubicación: Residencia de Olivos - Sala de Juegos Climatizada.

Asignación: Escuadrón de Querubines Motorizados y traslado en Carroza de Fuego.

​La Muerte sintió una arcada que no tenía nada que ver con el olor del asfalto caliente. Soltó una risa seca, un graznido amargo que hizo que unas señoras se persignaran.

​—¡Mirá vos! —masculló—. Al picho le mandan la escolta de querubines porque se empachó con carne japonesa de quinientos dólares el kilo. Y al pobre Rogelio, un cristiano que laburó cuarenta años en una metalúrgica, lo tengo que ir a buscar yo, colada en el 114 porque no me cargaron la SUBE.

​ Ahí estaba la famosa teoría del derrame en su máxima expresión, pensó con amargura. Siempre le habían dicho que si el plato de los ricos se llenaba, eventualmente desbordaría hacia los de abajo. Pero la realidad era otra, mucho más cruel y grotesca.

Se imaginó la escena: los dueños del banquete sentados a la mesa, atiborrándose, y sus mascotas –esos perros clonados con rango de ministro– comiendo de platos de oro sobre el mantel. Abajo, tirados en el piso frío, los pobres esperaban con la boca abierta. Pero no caía nada. Ni una miga.

Porque el plato nunca rebalsaba. Cuando estaba por llenarse, el rico simplemente se compraba un plato más grande, o se llevaba el banquete a otra parte, a una isla paradisíaca donde nadie pudiera ver cuánto había en la mesa.

​El colectivo llegó veinte minutos después.

—¡Al fondo que hay lugar! —gritó el chofer—. ¡Circulen, que la libertad es movimiento!

​La Muerte se subió por la puerta de atrás a los empujones y quedó apretada contra el respaldo del último asiento doble.

—Libertad las pelotas —pensó—. La única libertad que le queda a esta gente es la de elegir en qué parada se bajan a sufrir.

 

En el departamento de Lugano, la atmósfera se había vuelto irrespirable. No solo por el calor, sino por el miedo financiero.

Rogelio escuchó el timbre del teléfono fijo. Nadie llamaba al fijo salvo los acreedores o las estafas virtuales. Atendió su hija.

​—Sí... sí, habla la hija. ¿Cómo? —Hubo un silencio helado—. No, por favor, no nos diga eso. Mi papá está... está en proceso. Sí, ya sé que la reserva de la sala velatoria vencía a las ocho. Pero es el tráfico, seguro. ¿No nos pueden mantener el precio? ¿En bonos del Tesoro?

—Andá haciéndote a la idea, Negra. No podemos con todo: el impuesto a la salida, la sala velatoria y el cajón. Vamos a tener que vender la…

—¡No! Ni siquiera lo pensés, Goro —lo interrumpió Estela. Llevaban años haciendo malabares con la economía para no venderla: Rogelio no se la podía llevar cuando Ella llegara. Al final la pobre muerte tenía siempre la culpa de todo.

​Rogelio sintió una lágrima rodar por su mejilla, perdiéndose en la almohada húmeda. Quería morirse ya. Quería dejar de ser un pasivo en el balance contable de su familia. Intentó dejar de respirar por su cuenta, forzar la maquinaria, pero su corazón, un motor viejo pero noble, seguía bombeando con una terquedad idiota.

​—Me cortaron —dijo Estela, entrando a la habitación con los ojos rojos—. ¡Papá...! —le dijo agarrándole la mano, la misma que tomaba con tanto cariño para ir a la calesita los domingos—. ¡Papá, escuchame, por favor! Si podés... si te queda algo de fuerza... ¡Soltá! ¡Soltá ahora! Si pasamos de las doce, nos cobran el día entero de mañana y perdemos la seña del cajón. —El agobio por las deudas no le dejó espacio para unas palabras de cariño.

​Rogelio apretó la mano de su hija. Estela miró el techo manchado.

 

La Muerte se bajó del 114 a unas diez cuadras del monoblock de Rogelio. El colectivo no entraba al barrio porque "no era zona rentable" para la empresa concesionaria. Además, hacía tres meses habían sacado el subsidio: no era justo que el transporte lo financiara la “gente de bien”. Las calles estaban casi a oscuras; el mantenimiento de las luminarias públicas no se hacía desde el año anterior, ya que el gobierno recortaba por todos lados para pagar un vencimiento del FMI.

​Al pasar frente a una ventana abierta, el resplandor azulado de un televisor iluminó brevemente la vereda rota. Desde adentro, la voz del presidente atronaba con su promesa eterna:

—En cuarenta años seremos potencia, sus hijos se los agradecerán.

​Lo entrevistaba Joni Vale, el periodista exclusivo que jamás hacía preguntas comprometidas; un silencio que cotizaba a diez mil dólares la entrevista.

El presidente recién llegaba de su vigésimo viaje anual. Esta vez había ido a Angola, rascando el fondo de la olla en busca de algún préstamo en dólares.

La Muerte siguió caminando, ignorando la pantalla. En otro momento se hubiera detenido a lanzar una puteada, pero ahora era un lujo que no podía darse: Rogelio la estaba esperando.

​Llegó al edificio: monoblock 14, escalera B. El portero eléctrico estaba arrancado, pero, por suerte, la puerta de entrada estaba trabada con una piedra. Empujó y entró al palier. El ascensor, por supuesto, tenía un cartel: FUERA DE SERVICIO. CONSORCIO EN QUIEBRA.

​Empezó a subir los escalones de cemento alisado. En el cuarto piso tuvo que parar a tomar aire. Se aflojó la corbata. Sentía las rodillas crujir. La eternidad pesaba, pero la desidia estatal pesaba más. Miró el reloj: 23:45.

—Aguantá, Rogelio. Estoy llegando —dijo, apurando el paso, subiendo los escalones de a dos.

​Llegó al sexto piso con el corazón –o lo que tuviera en el pecho– galopando. Tocó la puerta. Tres golpes secos que anunciaban su llegada: Autoridad, Solemnidad, Puntualidad.

Lanzó un suspiro al recordar cuando su presencia era esperada con temor y respeto, y no como un mero alivio económico.

​—¿Quién es? —preguntó una voz masculina, temblorosa, desde adentro.

—Correo Argentino —mintió la Muerte. Si decía la verdad, capaz no le abrían por miedo. A pesar de que sabían a quién se iba a llevar, algunos no querían recibirla. Tal vez este no fuera el caso, pero no se podía arriesgar. Unos minutos de vacilación, y todo el esfuerzo que había hecho sería inútil.

Con un chirrido de bisagras faltas de aceite, se abrió la puerta. El yerno asomó la cabeza. Al ver el traje gris y la cara de trasnoche de la visitante, frunció el ceño.

—¿Correo? A esta hora no repar… —El hombre se detuvo al ver los ojos de la recién llegada. Eran unos ojos antiguos, insondables, profundos como los del usurero que prestaba al ciento treinta por ciento mensual—. ¡Ah! Sos vos.

—Sí. Disculpen la hora. El 114 venía hasta las manos. ¿Dónde está Rogelio?

—Al fondo. Pasá rápido, por favor, que estamos al límite —dijo el yerno, mirando su reloj—. Faltan diez minutos.

​La Muerte atravesó el pasillo y entró a la habitación. Estela estaba sentada al borde de la cama, abanicando a su padre con una boleta de luz, ambas vencidas. Al ver entrar a la figura del traje gris, soltó un sollozo… de alivio.

​La Muerte se acercó a la cama. Rogelio abrió los ojos. Estaban vidriosos. Al ver a la Muerte, no sintió miedo. Sintió solidaridad. Vio el cansancio en los hombros de ella, la suela gastada de los zapatos, la mancha de grasa en la solapa.

—¡Perdón señora! —susurró Rogelio con un hilo de voz—. Por hacerla venir hasta el culo del mundo.

—Es mi laburo, Rogelio —respondió La Muerte, sacando una planilla arrugada y una birome Bic mordida del bolsillo—. El tema es que la logística está complicada. ¿Estás listo?

Rogelio asintió apenas.

—¿Duele?

—Menos que vivir con la jubilación mínima —aseguró ella.

​La Muerte miró su reloj Casio: 23:56.

—Bueno, vamos a hacerlo rápido que si no el sistema me lo pasa como fecha de mañana y es un lío administrativo.

​Apoyó una mano sobre la frente y, al contacto, Rogelio sintió una sensación de alivio que le trajo paz; una sensación que ya había olvidado. La Muerte empezó a tirar. No fue un tirón suave y etéreo como en las películas de antes. Fue un trabajo manual, forzoso. El alma de Rogelio estaba pegada al cuerpo por la costumbre y el miedo a que la arrancaran; como una etiqueta puesta sobre otra remarcando el precio.

—Colaborá, Rogelio, soltá el envase —masculló.

​Rogelio exhaló un último suspiro, un sonido seco, como una bolsa de papel que se rompe. Y entonces, se aflojó. El peso de los años, de la inflación, de las deudas y de la artrosis desapareció. La Muerte sostuvo esa pequeña luz grisácea entre sus manos un segundo. No brillaba mucho; era el alma de un laburante, opaca por el desgaste. Con un movimiento práctico, sacó un frasco de mermelada vacío del maletín, metió el alma adentro, cerró la tapa y le pegó una etiqueta con el número de CUIL.

​—Listo —dijo, guardando el frasco junto a otros dos que tintineaban en el fondo del bolso.

​El yerno miró el reloj digital de la mesa de luz. Los números rojos marcaban 23:58.

—¡Entró! —gritó, sin poder contenerse—. ¡Estela, entró en el día! ¡Congelamos las tarifas!

​Estela se tapó la cara con las manos y rompió a llorar sobre el pecho inerte de su padre. Lloraba porque su papá se había ido, pero en el fondo de su llanto, en ese lugar oscuro que nadie admite, lloraba de gratitud porque no iban a tener que vender la heladera para pagar el entierro.

​La Muerte completó el formulario y le extendió el duplicado al yerno.

—Acá tenés el certificado provisorio. Con esto tramitás la baja en ANSES. Hacelo rápido porque si no te ponen una multa a la existencia presunta.

—¡Gracias! ¡De verdad, gracias! —dijo el hombre, dándole la mano con efusividad.

​La Muerte asintió y salió de la habitación. No hubo luces blancas, ni coros celestiales, ni túneles. Solo el sonido de la tele del vecino. Bajó los seis pisos por la escalera a oscuras. Al salir a la calle, el aire de la noche la golpeó con una ráfaga de calor húmedo. Caminó las diez cuadras hasta la parada del colectivo con un aire de cierta esperanza: tal vez todo no estaba perdido.

​El celular le vibró de nuevo.

>> SERVICIO COMPLETADO. CLIENTE "CONAN V" INGRESADO CON ÉXITO AL SECTOR VIP. TIEMPO DE GESTIÓN: 12 MINUTOS. <<

​La Muerte miró la pantalla y luego miró hacia la avenida. A lo lejos, vio las luces del 114 acercándose. Venía lleno. Iba a tener que viajar parada de nuevo.

​Suspiró, se ajustó el nudo de la corbata, pensando que, a este ritmo, iba a tener que pedir un crédito para comprarse unas zapatillas cómodas. Porque en el 2027, hasta para morirse había que tener paciencia; y para llevarse el alma de un trabajador, había que tener buen estado físico.

Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

viernes, 19 de diciembre de 2025

RECOGER LA SIEMBRA

Oscar De Los Ríos

 

Aún no clarea el día cuando se despierta sobresaltada; un mal presentimiento acelera su respiración. Con gran esfuerzo logra sentarse en la cama y trata de ordenar sus pensamientos, mientras el móvil comienza a sonar indicando que ha entrado una nueva alerta de Instagram.

​No es el momento ni la hora. Tiene un largo día por delante y varios trabajos por encargo que realizar; sin embargo, sabe de qué se trata: está en juego su prestigio y algo más…

​—Me estoy volviendo paranoica. —Les habla a esas extrañas presencias que solo ella percibe en la habitación vacía.

Seguro se trata del pronóstico del tiempo o cualquier otra notificación, se dice. También puede que sea un comentario o un “me gusta” de uno de mis tantos seguidores.

​No hay respuesta. No la espera, no al menos con palabras. Tantos “no” envician el aire de energía negativa y añora a sus queridos gatos, que la transmutan. En esta fría habitación de hotel se siente, por primera vez en su vida, desprotegida frente al daño que le pueden causar otras personas. Justamente ella, que ha hecho de la magia negra su profesión y sustento durante casi treinta años… Y ahora, cuando estaba pensando en liquidar esos tres trabajos pendientes y retirarse a disfrutar lo que le resta de vida, aparece un extraño, casi un fantasma de Facebook, que nadie sabe de dónde salió: sin amigos, sin seguidores, sin fecha de nacimiento, menos aún un nombre… nada que lo pueda referenciar y así protegerse.

​Y le hace, primero una pregunta simple y, luego, otra letal:

¿Cree usted que tiene el poder de cambiar el destino y el cauce de los acontecimientos? Y, de ser así, ¿no cree que estos cambios un día la alcanzarán?

​Jamás se había preguntado si realmente era ella la artífice que decretaba el rumbo que tomarían los acontecimientos en los que la magia intervenía, o si el devenir era casual; de esa forma protegía su conciencia. Este pensamiento se lo guardó y dio una única respuesta a las dos preguntas: Soy solo un instrumento que obra para que fuerzas que están más allá de la razón humana operen esos cambios.

 De ninguna manera podía perder el control de la situación; esto traería consecuencias que irían de lo grotesco hasta lo peligroso. En un primer momento se burlarían de ella y luego dejarían de temerle; muchos que resultaron perjudicados jamás la dejarían tranquila. Hasta podían atentar contra su persona.

​Ahora, en la soledad del cuarto, cree oír en la voz de su madre aquel antiguo dicho.

La siembra es optativa, pero la cosecha es obligatoria.

Vuelve a sonar la notificación en el celular sacándola de sus pensamientos, aunque esta vez no la ignora. Extendiendo la mano, toma el móvil de la mesa de noche y accede a Instagram; un archivo la esperaba. Con mano temblorosa lo abre y la foto que aparece la golpea en los recuerdos, como si la hubieran arrojado con una honda desde el pasado.

​Es ella el día de su boda. Ella y su imagen en un espejo que le devuelve una amplia sonrisa y unos ojos negros, brillantes; y a su lado están reflejados los del hombre que la inició en un mundo de oscuras pasiones y rituales, que la conectaron con fuerzas demoníacas. Las mismas que invocó años después, cuando descubrió que su esposo pensaba escaparse con su propia hermana. Ese fue su primer trabajo: ¡desear, sin comprender lo que hacía, desear! Deseó que los dos murieran en un accidente. Y, desde esa noche, utilizó a las fuerzas oscuras poniendo un precio a sus trabajos de magia negra.

​Otra notificación en el celular. Otro archivo. Otra fotografía. Es ella; ahora está sola en la imagen que le devuelve el móvil y sus ojos son dos huecos sangrantes. ¡¿Quién es el que le viene a demandar lo que es capaz de hacer o deshacer?!

​De pronto, sucede algo. Un gato negro le roza las piernas y maúlla débilmente.

¿Dónde estoy?

El entorno desaparece y el aire se llena de minúsculas luces que dibujan, en los sectores en sombra del cuarto, rostros, una esquina, una ruta cenicienta… un choque. Ahora dibujan un árbol, un pájaro, dos tumbas; una mano que surge de la tierra y la llama.

​La habitación de ese pobre hotel de las afueras sigue llenándose de presencias que cree reconocer; el aire se vuelve maloliente. Son hombres, mujeres y niños que ya no lloran, que la empujan mientras repiten extrañas letanías. No sabe cómo, pero el gato negro está con una gata barcina. Se deslizan por sus piernas, trepan hasta su cintura y le lamen las manos. Siente el temor de los animales, siente una respiración casi humana. Se pregunta qué puede temer un gato, al final de su última vida, que no sea la muerte.

​Ahora ella es otro gato tembloroso, en un irreal alféizar, con una única vida y muchas muertes en las que no se reconoce. Se lleva las manos a los ojos; todavía no hay sangre, pero debe apurarse: es hora de recoger la siembra. La ventana del quinto piso le ofrece la luminosidad de un escape.

Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

viernes, 14 de noviembre de 2025

EL COLECCIONISTA DE INSECTOS

Oscar De Los Ríos

 

El conde V caminaba abstraído y muy tranquilo por la amplia sala disfrutando el placer que le proporcionaba su famosa y enorme colección. Hasta donde él sabía, la más completa y prestigiosa del mundo. Le había llevado años reunir tal variedad y calidad de especímenes. Desde la más tierna infancia los había perseguido y atrapado, realizando expediciones por todo el mundo, lo que le permitió llegar a convertirse en un renombrado y respetado entomólogo. De pronto, su secretario ingresó a la sala; un soplo de aire se coló por la puerta, que había quedado abierta de par en par, por lo que las alas de los insectos comenzaron a agitarse, como si estuvieran esperando ese momento para levantar vuelo, sin memoria de que estaban clavados por alfileres a una tabla. El conde se sobresaltó y corrió, él mismo, a cerrarla. La sensación de libertad se desvaneció y el entorno se volvió hostil, opresivo.

—Tiene que oír esto, señor conde, hay una mujer que asegura, que en una de las casas del pueblo, tienen encerrado un insecto de una especie desconocida. ¡Enorme, descomunal! Usted debería hablar con ella.

Un rumor, solo eso. Algo insidioso y potente que viaja en el aire hasta encontrar al huésped indicado y, cuando esto sucede, se mete como una pulga, entre la ropa, o bajo la piel y hay que rascarse.

Sin decir una palabra le indicó a su secretario, con gesto imperativo, que lo llevara hasta donde aguardaba la mujer. Sin embargo, y aunque el asunto no despertó en él demasiadas expectativas, presintió que podía ser la oportunidad que había estado esperando toda la vida: descubrir una especie nueva que llevara su nombre.

 

En la cocina de la mansión, la ex criada de los Samsa bebía una taza de té y aguardaba. Finalmente había accedido a la insistencia de una amiga le había dicho que el conde estaba obsesionado con los bichos.

—Tiene una habitación enorme llena de ellos. Los vio el mayordomo y tuvo pesadillas durante meses. A un muchacho le dio un rublo porque le trajo una rara mariposa.

—No sé… he jurado no decir nada.

—¡Por favor querida! Por culpa de ese Gregor has tenido que rogar que te echaran y no conseguiste ubicarte durante mucho tiempo. Debes encontrarte con el conde.

Esta conversación le volvía a la mente una y otra vez, convenciéndola de que hacía lo correcto.

Al ver a la pobre mujer, el conde se presentó como un empleado más, asegurándole que venía de parte del conde V; no quería apabullarla. Le aseguró que recibiría un pago justo por la información que le brindara, por lo que empezó por hacerle algunas preguntas.

—¿Y usted dice que ha trabajado en la casa de los Samsa durante varios años?

—Aun antes de que Gregor naciera, lo he tenido en mis brazos desde que era un precioso niño y lo he visto crecer hasta que se convirtió en… —no pudo terminar la frase. Dudaba entre decir un apuesto hombre o un monstruoso insecto.

Viendo que no obtendría ninguna otra información, el conde dio por terminada la entrevista, se retiró y, llamando a su secretario, le ordenó que le entregaran a la mujer treinta piezas de plata.

Luego empezó a pensar cómo ejecutar un plan que le permitiera tener… a eso… no le gustaba la idea de catalogarlo antes de saber con qué se encontraría. Era obvio que no podía presentarse en la casa de los Samsa y tratar de comprar a un miembro de la familia alegando que se trataba de un insecto; el orgullo podría más que la cordura, negarían que existiera y, si la situación de Gregor se hacía pública, si los demandara, la sociedad jamás le permitiría apoderarse de él. Debía obrar con cautela y astucia.

Los Samsa, ajenos a estos acontecimientos, trataban de adaptarse a la nueva forma de Gregor, cuando recibieron la visita del conde V. La hermana aún no había llegado, la madre se hallaba en la cocina y el padre recién regresaba de su nuevo empleo. Gregor se hallaba en su habitación, expectante por escuchar, por tener noticias de su familia, pero desde hacía un tiempo la puerta permanecía cerrada y él estaba relegado al exilio.

El conde llegó a casa de los Samsa con toda la información que había podido conseguir sobre la familia. Sabía del apremio económico que estaban atravesando, que los había llevado a poner en alquiler una habitación, la cual tomó, junto a su secretario y un empleado de su confianza, sin pérdida de tiempo, luego de intercambiar algunas palabras con el señor Samsa. Una vez dentro de la casa puso todo su empeño en obtener noticias del insecto que mencionara la criada, sin ningún resultado satisfactorio. La familia vivía de una forma miserable, encerrada en un mutismo que hacía imposible cualquier intento de acercamiento. Pasaron algunos días y el conde ya había notado que una de las habitaciones permanecía cerrada de manera permanente, al menos mientras él y sus hombres estaban en la casa. Esto lo llevó a pegar el oído a la puerta, por las noches, mientras todos dormían. Los ruidos que le llegaban desde adentro le confirmaron que alguien la ocupaba, se escuchaba que empujaban los muebles y hasta llegó a parecerle que caminaban por las paredes y el techo. Estos hechos, además de producirle perplejidad, le daban ciertas esperanzas de que el monstruo se hallaba allí.

Pasaron algunos días, todo siguió en este cauce, y el conde comenzó a desesperar. Hasta que una noche notó que, por un descuido, la puerta de la habitación de Gregor había quedado abierta. Su primer impulso fue correr hacia allí pero, apenas había dado un par de pasos cuando la señora Samsa apareció con la comida. Debía controlarse, calmar la ansiedad, ya tendrían una oportunidad cuando la mujer luego de servir la cena se retirara a la cocina; pero esto no se produjo. Al rato que la madre salió entró el padre, justo en el momento en que se levantaban para ir a la habitación de Gregor. Murmurando una imprecación entre dientes, el conde y sus acompañantes se volvieron a sentar. Leyeron el diario y fumaron en silencio, el cual solo fue roto por la hermana de Gregor en la habitación contigua, que comenzó a tocar una melodía en el violín. El conde V no podía tener tanta mala suerte. Es que esta gente nunca se iría a dormir, pensaba. El padre se retiró de la sala y, a un gesto del conde, los tres se colocaron junto a la puerta esperando el momento oportuno para entrar a la habitación de Gregor. A pesar de casi no haber hecho ruido y de estar en total silencio, el señor Samsa los oyó. Saliendo de la cocina preguntó si les molestaba la música, ofreciéndose a hacerla cesar. Al contrario de lo que el señor Samsa creía, el conde, pidió que la señorita tocara en su presencia. La hermana de Gregor se trasladó a la habitación donde estaban los huéspedes y allí continuó tocando. Al principio el conde y sus empleados mostraron sumo interés, pero luego de un rato se pusieron a mirar por la ventana y a hablar en forma solapada, con el objeto de que la muchacha, al notar que no le prestaban atención, se marchara a su habitación y los demás miembros de la familia a dormir.

Al oír a su hermana tocar el violín, Gregor salió de su cuarto y se dirigió hacia ella, arrastrándose penosamente sucio y patético, con la manzana clavada en el lomo. Necesitaba imperiosamente verla, tenerla a su lado. Su soledad era atroz

El primero en verlo fue el conde, quien eufórico lo señaló con el dedo, sonriendo con satisfacción. El señor Samsa no trató de ocultar a Gregor, sino de sacar a los huéspedes a la sala, mientras el conde, al notar el estado en que estaba su presa, maldijo a la familia escupiendo al suelo y jurando dejar la habitación que alquilaba, sin pagar la estadía.

Al otro día, Gregor amaneció muerto y el señor Samsa echó al conde de su casa. Antes de retirase el secretario habló con la asistenta y esta asintió en silencio. Un rato más tarde el conde, auxiliado por su secretario y el empleado, sacaba por la puerta trasera a Gregor, el cual, aunque se hallaba en estado catatónico, no había muerto.

La asistenta, escondiendo entre la ropa la bolsa con monedas que le entregó el conde, quiso cubrirse con la familia y, entrando a la sala, les informó que ya se había encargado de Gregor. Ninguno de ellos quiso saber de qué forma lo hizo, ya no lo consideraban parte de la familia.

Gregor fue trasladado al castillo. Desde ese día el conde vivió solo para cuidarlo, lo aposentó en una habitación que hizo acondicionar para él y puso todo su arte para retirar la manzana del caparazón, tras lo cual pudo comprobar con alivio que la herida era superficial. Luego de limpiarlo, trató de que comiera, en su afán porque se recuperase, hasta colocó grandes bolas de estiércol y pelos, las cuales empujaba por la habitación, tratando de animarlo a cooperar, llegando al punto de dormir varias noches a su lado. A pesar de esto Gregor no mejoraba y el conde estaba agotando todos sus recursos, cuando se le ocurrió un agudo pensamiento. ¿Y si Gregor aún estaba allí, bajo esa enorme caparazón? Recordó la noche en que lo vio por primera vez y asocio este recuerdo con la hermana tocando el violín. Fue entonces que mencionó el nombre: “Grete”. Al oírlo, Gregor movió las antenas.

Al anochecer, el conde contrató a un violinista para que tocara detrás de una puerta. No tardó en comprobar que la música producía un efecto increíble en Gregor. Gracias a esto y a la promesa de llevarlo a verla, un par de meses más tarde, Gregor estaba completamente recuperado.

El secretario, que notó ciertos cambios preocupantes en la conducta del conde, comenzó a vigilarlo en secreto. Desde que trajeran a Gregor –a pesar de su aspecto, había algo indefinido y casi místico, que lo llevaba a negarse a verlo solo como a un monstruoso insecto–, un extraño presentimiento lo mantenía en vilo. Aún no había podido discernir hasta dónde sería capaz de llegar el conde. Si bien estaba acostumbrado a sus extravagancias –como vestir a sus amantes con trajes de libélula o mariposa, antes de llevarlas a su habitación y hacerlas salir de un capullo, que colgaba de una viga del techo–, la obsesión con Gregor sobrepasaba todos los límites.

Y llegó al clímax al encargar un traje para disfrazarse de escarabajo y le pidió a un  joyero que engarzase un diamante en la empuñadura de un enorme alfiler.

La misma noche en que le entregaron las prendas y el alfiler, el conde las vistió para oficiar de sacerdote en una especie de ceremonia ritual. Con la promesa de que vería a Grete, hizo que Gregor se trasladara al insectario, y se colocara sobre una gran plataforma de corcho.

Ya lo tenía donde quería, ahora debía lograr que Gregor extendiese sus alas, para esto se le acercó lo más que pudo y le dijo emocionado.

—¡Tienes alas Gregor… alas! ¡Extiéndelas! Con ellas volarás hasta Grete.

¡¿Alas?!, pensó Gregor confundido. Jamás se le había ocurrido que podía volar. Levantó tímidamente los élitros y aparecieron… Bellas alas transparentes.

 —¡Son alas! —dijo Gregor, conmovido hasta las lágrimas.

Desplegándolas en toda su hermosa dimensión, aleteó y por primera vez se sintió feliz y anheló la libertad. Buscaría a su hermana y la llevaría lejos, donde pudieran, al fin, estar juntos.

El conde, que ya había tomado las lágrimas como un mal augurio, comenzó a girar alrededor del tálamo, agitando la capa de su traje en una danza macabra y sacudiendo las antenas del gorro como olfateando la presa. El réquiem, ejecutado por el violín entraba en su fase final, y él se apresuró a atravesar a Gregor con el delicado alfiler, clavándolo a la tabla de corcho, sobre la que se hallaba, a punto de alzar vuelo.

En ese mismo instante, el conde levantó el alfiler, dispuesto a consumar su obra maestra. Pero antes de hundirlo en el caparazón, una ráfaga invisible recorrió la sala: Gregor alzó vuelo. Las vitrinas se estremecieron, los insectos empalados vibraron en sus corchos como si despertaran de un largo sueño. El conde, cegado por el reflejo de las alas, dio un paso atrás; el alfiler cayó y rodó hasta perderse entre las sombras.

Gregor giró sobre sí mismo, describiendo un espiral luminoso antes de dirigirse hacia la gran ventana del insectario. El cristal, que jamás se había abierto, se hizo añicos ante el primer golpe de sus alas. Por un instante, el conde creyó ver en su vuelo el rostro de un hombre, y en el eco de aquel batir, el nombre de Grete.

El secretario, paralizado, no supo si huir o arrodillarse. Afuera, la noche absorbió la figura del insecto y, con ella, el alma del castillo. Desde entonces, nadie volvió a ver al conde ni a su colección. Solo algunas noches, cuando el viento sopla desde los bosques, se escucha un leve aleteo, como si alguien buscara regresar a casa.

Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

FATA MORGANA