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lunes, 5 de enero de 2026

SERVICIO DIFERENCIAL

Oscar De Los Ríos


 

 

Rogelio sabía que tendría que haber muerto a las tres y media de la tarde. Lo sabía con la certeza física de quien conoce los vencimientos de las facturas de sus deudas y está en quiebra. Sentía el alma floja, lista para desprenderse como un diente de leche. Pero eran las siete y cuarto de la tarde; el sol de febrero seguía castigando la persiana americana de plástico a punto de derretirse, y él continuaba ahí, respirando un vaho caliente que parecía sopa.

​El ventilador de pie cabeceaba con un rítmico balanceo, giraba lento, perezoso; la baja tensión del verano del 27 no le daba para más. Desde que privatizaron la distribución barrial y liberaron las tarifas por zona de "riesgo de inversión", en Villa Lugano, el generador de la compañía eléctrica parecía funcionar a vela.

​Desde la cocina-comedor, separada apenas por una pared de Durlock que dejaba filtrar hasta los pensamientos, llegaban los murmullos de su familia. No discutían por desamor, sino por logística.

​—¿Todavía nada? —preguntó su yerno; con la impaciencia nerviosa de quien tiene el taxi esperando con el reloj corriendo.

—Sigue igual, respira cortito —respondió su hija, Estela. Se notaba que estaba lavando los platos; el tintineo de la loza cachada sonaba más fuerte que los latidos del corazón de Rogelio—. Papá siempre fue de tomarse su tiempo, ya sabés.

—El problema no es el tiempo, Estela. El servicio fúnebre "Low Cost" que reservamos tiene la tarifa congelada hasta la medianoche. Y, si se muere un segundo después, nos recategorizan y también hay que pagar el "Impuesto a la Salida" que metió el ministro la semana pasada. ¡No llegamos, negra! ¡No llegamos!

​Rogelio quiso gritarles que él hacía lo posible, que estaba empujando hacia afuera con todas sus fuerzas, pero el cuerpo es un burócrata obstinado. Cerró los ojos. La culpa le pesaba más que la agonía. Morirse fuera de horario era un lujo que su jubilación mínima no podía costear.

​A unos quince kilómetros de allí, en la estación Leandro N. Alem de la línea B de subte, la Muerte resoplaba.

 

​La Muerte –División Sudamérica, Zona AMBA– vestía un traje de oficinista color gris topo, con los codos brillosos por el desgaste y una camisa que alguna vez fue blanca y ahora tenía el tono amarillento de los expedientes viejos. No llevaba la guadaña, ni la túnica negra de terciopelo. Esos eran insumos importados que habían quedado retenidos en la Aduana por falta de dólares y trabas a las SIRA.

​Hacía unos meses, un funcionario entusiasta del Ministerio de Desregulación le ofreció un reemplazo de industria nacional: una motosierra marca "Libertad", remanente de la campaña del 23.

—Es más eficiente, señora. Corta de raíz y hace ruido, para que sepan que llegó —le había dicho, guiñándole un ojo.

​Pero ella se negó rotundamente. Tenía sus principios. La muerte debía ser un rito de paso, un silencio final, no una poda ruidosa y sucia de ramas secas. Además, la nafta estaba impagable. Así que ahí andaba, sin sus atributos legendarios que le habían forjado un aspecto temible en el pasado, reemplazados por un vergonzante maletín de cuero sintético descascarado, sudando como un vendedor de colectivo en hora pico.

​Miró el reloj pulsera, un Casio digital con la malla de goma cortada y pegada con La Gotita. Las siete y veinte.

​—La puta madre —masculló. Su voz no era de ultratumba, sino de fumadora de tabaco armado—. Voy a llegar tarde al de Lugano.

​ ​La estación era un horno. Una bofetada de calor subía desde los túneles, anticipando lo peor: el aire acondicionado de los vagones no funcionaba desde la "Gran Desregulación del Transporte" del 25, cuando se decidió que el frío era un bien de mercado y no un derecho del pasajero. La Muerte intentó pasar la tarjeta SUBE por el molinete. El lector emitió un pitido agónico y mostró una luz roja: Saldo Insuficiente.

​—¡No me jodas...! —gritó, golpeando el aparato—. ¡Soy la Muerte, carajo! ¡Soy el final inexorable!

—Atrás de la línea amarilla y cargue saldo, señora, que acá no hay privilegios de casta —le gritó un empleado de seguridad privada desde la garita, sin levantar la vista del celular.

​La Muerte buscó en los bolsillos. Tenía apenas unos billetes de mil pesos con la cara de San Martín. Suspiró, emanando un vaho frío que, por un segundo, alivió a la viejita que tenía pegada a la espalda. Después comprendió que, por más que protestara, no conseguiría nada, y se corrió a un costado, fingiendo que buscaba otra tarjeta. Pasaron varios pasajeros y, cuando el guardia se distrajo mirando un video de TikTok, saltó el molinete y se metió a los empujones en el vagón que llegaba, atestado de gente.

​El subte la escupió en la estación Juan Manuel de Rosas. Villa Urquiza ardía bajo el cemento. Tenía que combinar con el ferrocarril, pero un cartel luminoso pintado con aerosol anunciaba: SERVICIO SUSPENDIDO. NO HAY PLATA.

​No le quedaba otra que el colectivo. Caminó las tres cuadras hasta la parada del 114. La fila daba vuelta la esquina. La gente esperaba con esa resignación bovina que los argentinos habíamos perfeccionado tras décadas de crisis cíclicas; pero, en los últimos tres años, ya íbamos solos al matadero.

​Mientras esperaba, el celular le vibró de nuevo. No fue el zumbido corto de un cliente habitual. Fue una alarma estridente, un tono de "Prioridad de Estado". En la cola se escucharon murmullos de desaprobación. La muerte pensó que empezaban a despertar, pero no, le pidieron que baje el tono de notificación. Sacó el aparato con dificultad. La pantalla parpadeaba con luces azules y blancas:

​>> ALERTA PRESIDENCIAL - NIVEL 1 <<

Cliente: "CONAN V" (Clon Genético - Gabinete Canino).

Causa del deceso: Indigestión por bife de Wagyu A5 (Exceso de marmoleado).

Ubicación: Residencia de Olivos - Sala de Juegos Climatizada.

Asignación: Escuadrón de Querubines Motorizados y traslado en Carroza de Fuego.

​La Muerte sintió una arcada que no tenía nada que ver con el olor del asfalto caliente. Soltó una risa seca, un graznido amargo que hizo que unas señoras se persignaran.

​—¡Mirá vos! —masculló—. Al picho le mandan la escolta de querubines porque se empachó con carne japonesa de quinientos dólares el kilo. Y al pobre Rogelio, un cristiano que laburó cuarenta años en una metalúrgica, lo tengo que ir a buscar yo, colada en el 114 porque no me cargaron la SUBE.

​ Ahí estaba la famosa teoría del derrame en su máxima expresión, pensó con amargura. Siempre le habían dicho que si el plato de los ricos se llenaba, eventualmente desbordaría hacia los de abajo. Pero la realidad era otra, mucho más cruel y grotesca.

Se imaginó la escena: los dueños del banquete sentados a la mesa, atiborrándose, y sus mascotas –esos perros clonados con rango de ministro– comiendo de platos de oro sobre el mantel. Abajo, tirados en el piso frío, los pobres esperaban con la boca abierta. Pero no caía nada. Ni una miga.

Porque el plato nunca rebalsaba. Cuando estaba por llenarse, el rico simplemente se compraba un plato más grande, o se llevaba el banquete a otra parte, a una isla paradisíaca donde nadie pudiera ver cuánto había en la mesa.

​El colectivo llegó veinte minutos después.

—¡Al fondo que hay lugar! —gritó el chofer—. ¡Circulen, que la libertad es movimiento!

​La Muerte se subió por la puerta de atrás a los empujones y quedó apretada contra el respaldo del último asiento doble.

—Libertad las pelotas —pensó—. La única libertad que le queda a esta gente es la de elegir en qué parada se bajan a sufrir.

 

En el departamento de Lugano, la atmósfera se había vuelto irrespirable. No solo por el calor, sino por el miedo financiero.

Rogelio escuchó el timbre del teléfono fijo. Nadie llamaba al fijo salvo los acreedores o las estafas virtuales. Atendió su hija.

​—Sí... sí, habla la hija. ¿Cómo? —Hubo un silencio helado—. No, por favor, no nos diga eso. Mi papá está... está en proceso. Sí, ya sé que la reserva de la sala velatoria vencía a las ocho. Pero es el tráfico, seguro. ¿No nos pueden mantener el precio? ¿En bonos del Tesoro?

—Andá haciéndote a la idea, Negra. No podemos con todo: el impuesto a la salida, la sala velatoria y el cajón. Vamos a tener que vender la…

—¡No! Ni siquiera lo pensés, Goro —lo interrumpió Estela. Llevaban años haciendo malabares con la economía para no venderla: Rogelio no se la podía llevar cuando Ella llegara. Al final la pobre muerte tenía siempre la culpa de todo.

​Rogelio sintió una lágrima rodar por su mejilla, perdiéndose en la almohada húmeda. Quería morirse ya. Quería dejar de ser un pasivo en el balance contable de su familia. Intentó dejar de respirar por su cuenta, forzar la maquinaria, pero su corazón, un motor viejo pero noble, seguía bombeando con una terquedad idiota.

​—Me cortaron —dijo Estela, entrando a la habitación con los ojos rojos—. ¡Papá...! —le dijo agarrándole la mano, la misma que tomaba con tanto cariño para ir a la calesita los domingos—. ¡Papá, escuchame, por favor! Si podés... si te queda algo de fuerza... ¡Soltá! ¡Soltá ahora! Si pasamos de las doce, nos cobran el día entero de mañana y perdemos la seña del cajón. —El agobio por las deudas no le dejó espacio para unas palabras de cariño.

​Rogelio apretó la mano de su hija. Estela miró el techo manchado.

 

La Muerte se bajó del 114 a unas diez cuadras del monoblock de Rogelio. El colectivo no entraba al barrio porque "no era zona rentable" para la empresa concesionaria. Además, hacía tres meses habían sacado el subsidio: no era justo que el transporte lo financiara la “gente de bien”. Las calles estaban casi a oscuras; el mantenimiento de las luminarias públicas no se hacía desde el año anterior, ya que el gobierno recortaba por todos lados para pagar un vencimiento del FMI.

​Al pasar frente a una ventana abierta, el resplandor azulado de un televisor iluminó brevemente la vereda rota. Desde adentro, la voz del presidente atronaba con su promesa eterna:

—En cuarenta años seremos potencia, sus hijos se los agradecerán.

​Lo entrevistaba Joni Vale, el periodista exclusivo que jamás hacía preguntas comprometidas; un silencio que cotizaba a diez mil dólares la entrevista.

El presidente recién llegaba de su vigésimo viaje anual. Esta vez había ido a Angola, rascando el fondo de la olla en busca de algún préstamo en dólares.

La Muerte siguió caminando, ignorando la pantalla. En otro momento se hubiera detenido a lanzar una puteada, pero ahora era un lujo que no podía darse: Rogelio la estaba esperando.

​Llegó al edificio: monoblock 14, escalera B. El portero eléctrico estaba arrancado, pero, por suerte, la puerta de entrada estaba trabada con una piedra. Empujó y entró al palier. El ascensor, por supuesto, tenía un cartel: FUERA DE SERVICIO. CONSORCIO EN QUIEBRA.

​Empezó a subir los escalones de cemento alisado. En el cuarto piso tuvo que parar a tomar aire. Se aflojó la corbata. Sentía las rodillas crujir. La eternidad pesaba, pero la desidia estatal pesaba más. Miró el reloj: 23:45.

—Aguantá, Rogelio. Estoy llegando —dijo, apurando el paso, subiendo los escalones de a dos.

​Llegó al sexto piso con el corazón –o lo que tuviera en el pecho– galopando. Tocó la puerta. Tres golpes secos que anunciaban su llegada: Autoridad, Solemnidad, Puntualidad.

Lanzó un suspiro al recordar cuando su presencia era esperada con temor y respeto, y no como un mero alivio económico.

​—¿Quién es? —preguntó una voz masculina, temblorosa, desde adentro.

—Correo Argentino —mintió la Muerte. Si decía la verdad, capaz no le abrían por miedo. A pesar de que sabían a quién se iba a llevar, algunos no querían recibirla. Tal vez este no fuera el caso, pero no se podía arriesgar. Unos minutos de vacilación, y todo el esfuerzo que había hecho sería inútil.

Con un chirrido de bisagras faltas de aceite, se abrió la puerta. El yerno asomó la cabeza. Al ver el traje gris y la cara de trasnoche de la visitante, frunció el ceño.

—¿Correo? A esta hora no repar… —El hombre se detuvo al ver los ojos de la recién llegada. Eran unos ojos antiguos, insondables, profundos como los del usurero que prestaba al ciento treinta por ciento mensual—. ¡Ah! Sos vos.

—Sí. Disculpen la hora. El 114 venía hasta las manos. ¿Dónde está Rogelio?

—Al fondo. Pasá rápido, por favor, que estamos al límite —dijo el yerno, mirando su reloj—. Faltan diez minutos.

​La Muerte atravesó el pasillo y entró a la habitación. Estela estaba sentada al borde de la cama, abanicando a su padre con una boleta de luz, ambas vencidas. Al ver entrar a la figura del traje gris, soltó un sollozo… de alivio.

​La Muerte se acercó a la cama. Rogelio abrió los ojos. Estaban vidriosos. Al ver a la Muerte, no sintió miedo. Sintió solidaridad. Vio el cansancio en los hombros de ella, la suela gastada de los zapatos, la mancha de grasa en la solapa.

—¡Perdón señora! —susurró Rogelio con un hilo de voz—. Por hacerla venir hasta el culo del mundo.

—Es mi laburo, Rogelio —respondió La Muerte, sacando una planilla arrugada y una birome Bic mordida del bolsillo—. El tema es que la logística está complicada. ¿Estás listo?

Rogelio asintió apenas.

—¿Duele?

—Menos que vivir con la jubilación mínima —aseguró ella.

​La Muerte miró su reloj Casio: 23:56.

—Bueno, vamos a hacerlo rápido que si no el sistema me lo pasa como fecha de mañana y es un lío administrativo.

​Apoyó una mano sobre la frente y, al contacto, Rogelio sintió una sensación de alivio que le trajo paz; una sensación que ya había olvidado. La Muerte empezó a tirar. No fue un tirón suave y etéreo como en las películas de antes. Fue un trabajo manual, forzoso. El alma de Rogelio estaba pegada al cuerpo por la costumbre y el miedo a que la arrancaran; como una etiqueta puesta sobre otra remarcando el precio.

—Colaborá, Rogelio, soltá el envase —masculló.

​Rogelio exhaló un último suspiro, un sonido seco, como una bolsa de papel que se rompe. Y entonces, se aflojó. El peso de los años, de la inflación, de las deudas y de la artrosis desapareció. La Muerte sostuvo esa pequeña luz grisácea entre sus manos un segundo. No brillaba mucho; era el alma de un laburante, opaca por el desgaste. Con un movimiento práctico, sacó un frasco de mermelada vacío del maletín, metió el alma adentro, cerró la tapa y le pegó una etiqueta con el número de CUIL.

​—Listo —dijo, guardando el frasco junto a otros dos que tintineaban en el fondo del bolso.

​El yerno miró el reloj digital de la mesa de luz. Los números rojos marcaban 23:58.

—¡Entró! —gritó, sin poder contenerse—. ¡Estela, entró en el día! ¡Congelamos las tarifas!

​Estela se tapó la cara con las manos y rompió a llorar sobre el pecho inerte de su padre. Lloraba porque su papá se había ido, pero en el fondo de su llanto, en ese lugar oscuro que nadie admite, lloraba de gratitud porque no iban a tener que vender la heladera para pagar el entierro.

​La Muerte completó el formulario y le extendió el duplicado al yerno.

—Acá tenés el certificado provisorio. Con esto tramitás la baja en ANSES. Hacelo rápido porque si no te ponen una multa a la existencia presunta.

—¡Gracias! ¡De verdad, gracias! —dijo el hombre, dándole la mano con efusividad.

​La Muerte asintió y salió de la habitación. No hubo luces blancas, ni coros celestiales, ni túneles. Solo el sonido de la tele del vecino. Bajó los seis pisos por la escalera a oscuras. Al salir a la calle, el aire de la noche la golpeó con una ráfaga de calor húmedo. Caminó las diez cuadras hasta la parada del colectivo con un aire de cierta esperanza: tal vez todo no estaba perdido.

​El celular le vibró de nuevo.

>> SERVICIO COMPLETADO. CLIENTE "CONAN V" INGRESADO CON ÉXITO AL SECTOR VIP. TIEMPO DE GESTIÓN: 12 MINUTOS. <<

​La Muerte miró la pantalla y luego miró hacia la avenida. A lo lejos, vio las luces del 114 acercándose. Venía lleno. Iba a tener que viajar parada de nuevo.

​Suspiró, se ajustó el nudo de la corbata, pensando que, a este ritmo, iba a tener que pedir un crédito para comprarse unas zapatillas cómodas. Porque en el 2027, hasta para morirse había que tener paciencia; y para llevarse el alma de un trabajador, había que tener buen estado físico.

Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

viernes, 19 de diciembre de 2025

RECOGER LA SIEMBRA

Oscar De Los Ríos

 

Aún no clarea el día cuando se despierta sobresaltada; un mal presentimiento acelera su respiración. Con gran esfuerzo logra sentarse en la cama y trata de ordenar sus pensamientos, mientras el móvil comienza a sonar indicando que ha entrado una nueva alerta de Instagram.

​No es el momento ni la hora. Tiene un largo día por delante y varios trabajos por encargo que realizar; sin embargo, sabe de qué se trata: está en juego su prestigio y algo más…

​—Me estoy volviendo paranoica. —Les habla a esas extrañas presencias que solo ella percibe en la habitación vacía.

Seguro se trata del pronóstico del tiempo o cualquier otra notificación, se dice. También puede que sea un comentario o un “me gusta” de uno de mis tantos seguidores.

​No hay respuesta. No la espera, no al menos con palabras. Tantos “no” envician el aire de energía negativa y añora a sus queridos gatos, que la transmutan. En esta fría habitación de hotel se siente, por primera vez en su vida, desprotegida frente al daño que le pueden causar otras personas. Justamente ella, que ha hecho de la magia negra su profesión y sustento durante casi treinta años… Y ahora, cuando estaba pensando en liquidar esos tres trabajos pendientes y retirarse a disfrutar lo que le resta de vida, aparece un extraño, casi un fantasma de Facebook, que nadie sabe de dónde salió: sin amigos, sin seguidores, sin fecha de nacimiento, menos aún un nombre… nada que lo pueda referenciar y así protegerse.

​Y le hace, primero una pregunta simple y, luego, otra letal:

¿Cree usted que tiene el poder de cambiar el destino y el cauce de los acontecimientos? Y, de ser así, ¿no cree que estos cambios un día la alcanzarán?

​Jamás se había preguntado si realmente era ella la artífice que decretaba el rumbo que tomarían los acontecimientos en los que la magia intervenía, o si el devenir era casual; de esa forma protegía su conciencia. Este pensamiento se lo guardó y dio una única respuesta a las dos preguntas: Soy solo un instrumento que obra para que fuerzas que están más allá de la razón humana operen esos cambios.

 De ninguna manera podía perder el control de la situación; esto traería consecuencias que irían de lo grotesco hasta lo peligroso. En un primer momento se burlarían de ella y luego dejarían de temerle; muchos que resultaron perjudicados jamás la dejarían tranquila. Hasta podían atentar contra su persona.

​Ahora, en la soledad del cuarto, cree oír en la voz de su madre aquel antiguo dicho.

La siembra es optativa, pero la cosecha es obligatoria.

Vuelve a sonar la notificación en el celular sacándola de sus pensamientos, aunque esta vez no la ignora. Extendiendo la mano, toma el móvil de la mesa de noche y accede a Instagram; un archivo la esperaba. Con mano temblorosa lo abre y la foto que aparece la golpea en los recuerdos, como si la hubieran arrojado con una honda desde el pasado.

​Es ella el día de su boda. Ella y su imagen en un espejo que le devuelve una amplia sonrisa y unos ojos negros, brillantes; y a su lado están reflejados los del hombre que la inició en un mundo de oscuras pasiones y rituales, que la conectaron con fuerzas demoníacas. Las mismas que invocó años después, cuando descubrió que su esposo pensaba escaparse con su propia hermana. Ese fue su primer trabajo: ¡desear, sin comprender lo que hacía, desear! Deseó que los dos murieran en un accidente. Y, desde esa noche, utilizó a las fuerzas oscuras poniendo un precio a sus trabajos de magia negra.

​Otra notificación en el celular. Otro archivo. Otra fotografía. Es ella; ahora está sola en la imagen que le devuelve el móvil y sus ojos son dos huecos sangrantes. ¡¿Quién es el que le viene a demandar lo que es capaz de hacer o deshacer?!

​De pronto, sucede algo. Un gato negro le roza las piernas y maúlla débilmente.

¿Dónde estoy?

El entorno desaparece y el aire se llena de minúsculas luces que dibujan, en los sectores en sombra del cuarto, rostros, una esquina, una ruta cenicienta… un choque. Ahora dibujan un árbol, un pájaro, dos tumbas; una mano que surge de la tierra y la llama.

​La habitación de ese pobre hotel de las afueras sigue llenándose de presencias que cree reconocer; el aire se vuelve maloliente. Son hombres, mujeres y niños que ya no lloran, que la empujan mientras repiten extrañas letanías. No sabe cómo, pero el gato negro está con una gata barcina. Se deslizan por sus piernas, trepan hasta su cintura y le lamen las manos. Siente el temor de los animales, siente una respiración casi humana. Se pregunta qué puede temer un gato, al final de su última vida, que no sea la muerte.

​Ahora ella es otro gato tembloroso, en un irreal alféizar, con una única vida y muchas muertes en las que no se reconoce. Se lleva las manos a los ojos; todavía no hay sangre, pero debe apurarse: es hora de recoger la siembra. La ventana del quinto piso le ofrece la luminosidad de un escape.

Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

viernes, 14 de noviembre de 2025

EL COLECCIONISTA DE INSECTOS

Oscar De Los Ríos

 

El conde V caminaba abstraído y muy tranquilo por la amplia sala disfrutando el placer que le proporcionaba su famosa y enorme colección. Hasta donde él sabía, la más completa y prestigiosa del mundo. Le había llevado años reunir tal variedad y calidad de especímenes. Desde la más tierna infancia los había perseguido y atrapado, realizando expediciones por todo el mundo, lo que le permitió llegar a convertirse en un renombrado y respetado entomólogo. De pronto, su secretario ingresó a la sala; un soplo de aire se coló por la puerta, que había quedado abierta de par en par, por lo que las alas de los insectos comenzaron a agitarse, como si estuvieran esperando ese momento para levantar vuelo, sin memoria de que estaban clavados por alfileres a una tabla. El conde se sobresaltó y corrió, él mismo, a cerrarla. La sensación de libertad se desvaneció y el entorno se volvió hostil, opresivo.

—Tiene que oír esto, señor conde, hay una mujer que asegura, que en una de las casas del pueblo, tienen encerrado un insecto de una especie desconocida. ¡Enorme, descomunal! Usted debería hablar con ella.

Un rumor, solo eso. Algo insidioso y potente que viaja en el aire hasta encontrar al huésped indicado y, cuando esto sucede, se mete como una pulga, entre la ropa, o bajo la piel y hay que rascarse.

Sin decir una palabra le indicó a su secretario, con gesto imperativo, que lo llevara hasta donde aguardaba la mujer. Sin embargo, y aunque el asunto no despertó en él demasiadas expectativas, presintió que podía ser la oportunidad que había estado esperando toda la vida: descubrir una especie nueva que llevara su nombre.

 

En la cocina de la mansión, la ex criada de los Samsa bebía una taza de té y aguardaba. Finalmente había accedido a la insistencia de una amiga le había dicho que el conde estaba obsesionado con los bichos.

—Tiene una habitación enorme llena de ellos. Los vio el mayordomo y tuvo pesadillas durante meses. A un muchacho le dio un rublo porque le trajo una rara mariposa.

—No sé… he jurado no decir nada.

—¡Por favor querida! Por culpa de ese Gregor has tenido que rogar que te echaran y no conseguiste ubicarte durante mucho tiempo. Debes encontrarte con el conde.

Esta conversación le volvía a la mente una y otra vez, convenciéndola de que hacía lo correcto.

Al ver a la pobre mujer, el conde se presentó como un empleado más, asegurándole que venía de parte del conde V; no quería apabullarla. Le aseguró que recibiría un pago justo por la información que le brindara, por lo que empezó por hacerle algunas preguntas.

—¿Y usted dice que ha trabajado en la casa de los Samsa durante varios años?

—Aun antes de que Gregor naciera, lo he tenido en mis brazos desde que era un precioso niño y lo he visto crecer hasta que se convirtió en… —no pudo terminar la frase. Dudaba entre decir un apuesto hombre o un monstruoso insecto.

Viendo que no obtendría ninguna otra información, el conde dio por terminada la entrevista, se retiró y, llamando a su secretario, le ordenó que le entregaran a la mujer treinta piezas de plata.

Luego empezó a pensar cómo ejecutar un plan que le permitiera tener… a eso… no le gustaba la idea de catalogarlo antes de saber con qué se encontraría. Era obvio que no podía presentarse en la casa de los Samsa y tratar de comprar a un miembro de la familia alegando que se trataba de un insecto; el orgullo podría más que la cordura, negarían que existiera y, si la situación de Gregor se hacía pública, si los demandara, la sociedad jamás le permitiría apoderarse de él. Debía obrar con cautela y astucia.

Los Samsa, ajenos a estos acontecimientos, trataban de adaptarse a la nueva forma de Gregor, cuando recibieron la visita del conde V. La hermana aún no había llegado, la madre se hallaba en la cocina y el padre recién regresaba de su nuevo empleo. Gregor se hallaba en su habitación, expectante por escuchar, por tener noticias de su familia, pero desde hacía un tiempo la puerta permanecía cerrada y él estaba relegado al exilio.

El conde llegó a casa de los Samsa con toda la información que había podido conseguir sobre la familia. Sabía del apremio económico que estaban atravesando, que los había llevado a poner en alquiler una habitación, la cual tomó, junto a su secretario y un empleado de su confianza, sin pérdida de tiempo, luego de intercambiar algunas palabras con el señor Samsa. Una vez dentro de la casa puso todo su empeño en obtener noticias del insecto que mencionara la criada, sin ningún resultado satisfactorio. La familia vivía de una forma miserable, encerrada en un mutismo que hacía imposible cualquier intento de acercamiento. Pasaron algunos días y el conde ya había notado que una de las habitaciones permanecía cerrada de manera permanente, al menos mientras él y sus hombres estaban en la casa. Esto lo llevó a pegar el oído a la puerta, por las noches, mientras todos dormían. Los ruidos que le llegaban desde adentro le confirmaron que alguien la ocupaba, se escuchaba que empujaban los muebles y hasta llegó a parecerle que caminaban por las paredes y el techo. Estos hechos, además de producirle perplejidad, le daban ciertas esperanzas de que el monstruo se hallaba allí.

Pasaron algunos días, todo siguió en este cauce, y el conde comenzó a desesperar. Hasta que una noche notó que, por un descuido, la puerta de la habitación de Gregor había quedado abierta. Su primer impulso fue correr hacia allí pero, apenas había dado un par de pasos cuando la señora Samsa apareció con la comida. Debía controlarse, calmar la ansiedad, ya tendrían una oportunidad cuando la mujer luego de servir la cena se retirara a la cocina; pero esto no se produjo. Al rato que la madre salió entró el padre, justo en el momento en que se levantaban para ir a la habitación de Gregor. Murmurando una imprecación entre dientes, el conde y sus acompañantes se volvieron a sentar. Leyeron el diario y fumaron en silencio, el cual solo fue roto por la hermana de Gregor en la habitación contigua, que comenzó a tocar una melodía en el violín. El conde V no podía tener tanta mala suerte. Es que esta gente nunca se iría a dormir, pensaba. El padre se retiró de la sala y, a un gesto del conde, los tres se colocaron junto a la puerta esperando el momento oportuno para entrar a la habitación de Gregor. A pesar de casi no haber hecho ruido y de estar en total silencio, el señor Samsa los oyó. Saliendo de la cocina preguntó si les molestaba la música, ofreciéndose a hacerla cesar. Al contrario de lo que el señor Samsa creía, el conde, pidió que la señorita tocara en su presencia. La hermana de Gregor se trasladó a la habitación donde estaban los huéspedes y allí continuó tocando. Al principio el conde y sus empleados mostraron sumo interés, pero luego de un rato se pusieron a mirar por la ventana y a hablar en forma solapada, con el objeto de que la muchacha, al notar que no le prestaban atención, se marchara a su habitación y los demás miembros de la familia a dormir.

Al oír a su hermana tocar el violín, Gregor salió de su cuarto y se dirigió hacia ella, arrastrándose penosamente sucio y patético, con la manzana clavada en el lomo. Necesitaba imperiosamente verla, tenerla a su lado. Su soledad era atroz

El primero en verlo fue el conde, quien eufórico lo señaló con el dedo, sonriendo con satisfacción. El señor Samsa no trató de ocultar a Gregor, sino de sacar a los huéspedes a la sala, mientras el conde, al notar el estado en que estaba su presa, maldijo a la familia escupiendo al suelo y jurando dejar la habitación que alquilaba, sin pagar la estadía.

Al otro día, Gregor amaneció muerto y el señor Samsa echó al conde de su casa. Antes de retirase el secretario habló con la asistenta y esta asintió en silencio. Un rato más tarde el conde, auxiliado por su secretario y el empleado, sacaba por la puerta trasera a Gregor, el cual, aunque se hallaba en estado catatónico, no había muerto.

La asistenta, escondiendo entre la ropa la bolsa con monedas que le entregó el conde, quiso cubrirse con la familia y, entrando a la sala, les informó que ya se había encargado de Gregor. Ninguno de ellos quiso saber de qué forma lo hizo, ya no lo consideraban parte de la familia.

Gregor fue trasladado al castillo. Desde ese día el conde vivió solo para cuidarlo, lo aposentó en una habitación que hizo acondicionar para él y puso todo su arte para retirar la manzana del caparazón, tras lo cual pudo comprobar con alivio que la herida era superficial. Luego de limpiarlo, trató de que comiera, en su afán porque se recuperase, hasta colocó grandes bolas de estiércol y pelos, las cuales empujaba por la habitación, tratando de animarlo a cooperar, llegando al punto de dormir varias noches a su lado. A pesar de esto Gregor no mejoraba y el conde estaba agotando todos sus recursos, cuando se le ocurrió un agudo pensamiento. ¿Y si Gregor aún estaba allí, bajo esa enorme caparazón? Recordó la noche en que lo vio por primera vez y asocio este recuerdo con la hermana tocando el violín. Fue entonces que mencionó el nombre: “Grete”. Al oírlo, Gregor movió las antenas.

Al anochecer, el conde contrató a un violinista para que tocara detrás de una puerta. No tardó en comprobar que la música producía un efecto increíble en Gregor. Gracias a esto y a la promesa de llevarlo a verla, un par de meses más tarde, Gregor estaba completamente recuperado.

El secretario, que notó ciertos cambios preocupantes en la conducta del conde, comenzó a vigilarlo en secreto. Desde que trajeran a Gregor –a pesar de su aspecto, había algo indefinido y casi místico, que lo llevaba a negarse a verlo solo como a un monstruoso insecto–, un extraño presentimiento lo mantenía en vilo. Aún no había podido discernir hasta dónde sería capaz de llegar el conde. Si bien estaba acostumbrado a sus extravagancias –como vestir a sus amantes con trajes de libélula o mariposa, antes de llevarlas a su habitación y hacerlas salir de un capullo, que colgaba de una viga del techo–, la obsesión con Gregor sobrepasaba todos los límites.

Y llegó al clímax al encargar un traje para disfrazarse de escarabajo y le pidió a un  joyero que engarzase un diamante en la empuñadura de un enorme alfiler.

La misma noche en que le entregaron las prendas y el alfiler, el conde las vistió para oficiar de sacerdote en una especie de ceremonia ritual. Con la promesa de que vería a Grete, hizo que Gregor se trasladara al insectario, y se colocara sobre una gran plataforma de corcho.

Ya lo tenía donde quería, ahora debía lograr que Gregor extendiese sus alas, para esto se le acercó lo más que pudo y le dijo emocionado.

—¡Tienes alas Gregor… alas! ¡Extiéndelas! Con ellas volarás hasta Grete.

¡¿Alas?!, pensó Gregor confundido. Jamás se le había ocurrido que podía volar. Levantó tímidamente los élitros y aparecieron… Bellas alas transparentes.

 —¡Son alas! —dijo Gregor, conmovido hasta las lágrimas.

Desplegándolas en toda su hermosa dimensión, aleteó y por primera vez se sintió feliz y anheló la libertad. Buscaría a su hermana y la llevaría lejos, donde pudieran, al fin, estar juntos.

El conde, que ya había tomado las lágrimas como un mal augurio, comenzó a girar alrededor del tálamo, agitando la capa de su traje en una danza macabra y sacudiendo las antenas del gorro como olfateando la presa. El réquiem, ejecutado por el violín entraba en su fase final, y él se apresuró a atravesar a Gregor con el delicado alfiler, clavándolo a la tabla de corcho, sobre la que se hallaba, a punto de alzar vuelo.

En ese mismo instante, el conde levantó el alfiler, dispuesto a consumar su obra maestra. Pero antes de hundirlo en el caparazón, una ráfaga invisible recorrió la sala: Gregor alzó vuelo. Las vitrinas se estremecieron, los insectos empalados vibraron en sus corchos como si despertaran de un largo sueño. El conde, cegado por el reflejo de las alas, dio un paso atrás; el alfiler cayó y rodó hasta perderse entre las sombras.

Gregor giró sobre sí mismo, describiendo un espiral luminoso antes de dirigirse hacia la gran ventana del insectario. El cristal, que jamás se había abierto, se hizo añicos ante el primer golpe de sus alas. Por un instante, el conde creyó ver en su vuelo el rostro de un hombre, y en el eco de aquel batir, el nombre de Grete.

El secretario, paralizado, no supo si huir o arrodillarse. Afuera, la noche absorbió la figura del insecto y, con ella, el alma del castillo. Desde entonces, nadie volvió a ver al conde ni a su colección. Solo algunas noches, cuando el viento sopla desde los bosques, se escucha un leve aleteo, como si alguien buscara regresar a casa.

Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

sábado, 8 de noviembre de 2025

RESERVADOS DE BAR

Oscar De Los Ríos

 El bar oscila entre blanco y negro, sensación acentuada por el piso en damero. Sin embargo, no se parece a una postal antigua, su corte arquitectónico es más bien futurista.

Sentado a una mesa, cercana a la puerta de entrada, paseo la vista por el interior del local. Muchas mesas, pocas ocupadas, llenan el gran salón. En un principio mi atención en ellas descansa del trajín del día. Muy pronto pierdo el interés, nada inquietante sucede en este sector.

El día de hoy ha sido agobiante, rutinario…  y ya dudo que mejore. Giro lentamente la cabeza y descubro un espectáculo más atractivo, alineados unos tras otros se extienden, ocultos a las miradas indiscretas, los reservados. En ellos se desenvuelve normalmente el mundo de la intriga y de la trampa. Muchos cuernos han terminado de coronarse sobre los cojines, aterciopelados y acariciantes, de los cómplices sillones. Ocultos a la vista de los transeúntes por pesadas cortinas negras, y a los parroquianos del bar por finos biombos de bambú, en forma de paralelogramo con su borde superior cayendo de mayor a menor hacia las cortinas.

Rápidamente decido cambiar de lugar para observar con mayor comodidad el nuevo panorama. Mi accionar lo realizo en forma más lenta, a fin de no levantar sospechas. La gente tras los biombos es muy susceptible a todo movimiento que atente contra su intimidad. Me levanto despacio y me encamino hacia el baño de hombres, el recorrido realizado me permite observar cuidadosamente el interior de estos privados: dos de ellos, únicamente, están ocupados. Al regresar, me cambio de sitio a una mesa ubicada a escasos tres metros del reservado donde una pareja, ambos ya maduros, parecen discutir.

A pesar del cambio de lugar no es mucho lo que puedo observar, tampoco puedo escuchar algo de lo que hablan. Estas supuestas dificultades hacen aún más curiosa la situación.

El corte oblicuo de los biombos me permite atisbar una melena rubia y unos ojos azules, acuosos por su color y por las lágrimas que vierten. A su lado una mata rala de cabellos desteñidos, con profundas entradas, delatan la presencia de un hombre que aparenta ser mayor que la mujer. Un diálogo de cine mudo es lo único que me es permitido entrever. La mujer calla todo el tiempo, lo cual le permite un mayor lenguaje gestual: sus ojos se mueven inquietos, por la inclinación de la cabeza imagino que esta descansa en la mano izquierda y en los labios se esboza un reproche amargo. De pronto se vuelve hacia las cortinas negras, pareciendo distante y distraída. El hombre, por su parte, se aferra a un monólogo tratando de ser convincente mediante enérgicos cabeceos. Ella, saliendo de su ausencia, vuelve la faz consternada e, inclinando la cabeza, niega con vehemencia. No sé si ha dejado de llorar, ahora su rostro permanece oculto por la esterilla del biombo.

De pronto, el aire se carga de una energía tan densa que casi se puede palpar, y la situación cambia. Ella, levantando la cabeza, pronuncia algunas palabras duras, contundentes como un cros a la mandíbula. No sé cuáles son, pero su efecto es demoledor. El hombre deja caer su frente abatida y, un segundo después, la levanta tan alto que me deja ver sus ojos suplicantes.

Ella, levantándose con presteza, recoge el abrigo y trata de alejarse del lugar. Solo una mirada de asco dirige al hombre, que permanece sentado.

Con una reacción tardía él trata de detenerla, de abrazarla; ella se resiste, lo empuja, lo insulta... lo abofetea.

El insiste en contenerla. Ahora los parroquianos del bar comienzan a señalarlos; la mayoría se ríe de la escena, que sacude sus tristes vidas aburridas. Es una actitud lamentable, ajena al drama por mí presenciado. Deberían comenzar por preocuparse de sus problemas y tratar de no molestar; ser más discretos.

De repente todo cambia. En la mano de Ella aparece un arma. La situación grotesca se vuelve dramática. Ya nadie ríe, el miedo asoma a esos rostros alterados, algunos de los cuales han quedado a mitad de camino entre la risa y el terror. El tiempo parece romperse en ese instante...  fracturarse, repartiéndose de forma diferente a cada uno de los presentes.

El silencio, instaurado como único tirano de la presentida tragedia, es derrocado por el estampido violento del arma y el hombre cae como una marioneta a la que han cortado los hilos, sobre el duro piso de cerámicos, ahora rojos.

Con paso lento, mientras los demás corren hacia el hombre abatido, pues la mujer, ha arrojado el arma lejos de su alcance, abandono el bar.

A partir de hoy me encerraré por un mes en mi casa. No hablaré con nadie, no prenderé la radio ni la televisión, tampoco usaré el celular ni interactuaré en las redes sociales. No quiero recibir ninguna noticia que me rebele quiénes eran, ni por qué discutían. Los prefiero así: lejanos, extraños... 


Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

viernes, 24 de enero de 2025

UNA NUEVA NACIÓN CAMINA BAJO EL SOL DE ANTARES


Oscar De Los Ríos



Octubre de 2067. Afuera, los sensores indican dos grados centígrados pero Josué (como se llamó al saberse un elegido), siente la calidez del sol a través de la piel sintética que lo recubre y protege, resabio de otros tiempos en los que fue un operario que realizaba trabajos en climas adversos y peligrosos. Faltan aún quince minutos para el acto que marcará el nacimiento de una nueva Nación, y los dedica a recordar los acontecimientos de los últimos siete meses.

Todo comenzó antes de su clonación, cuando los glaciares Pine Island y Thwaites, dos gigantescas moles heladas, se derritieron completamente sumergiendo a Inglaterra y a Japón bajo el mar. Tras esta catástrofe se formó una tormenta magnética que dejó sin luz, sin teléfonos y sin internet al mundo durante un mes. Fue el comienzo del “Gran Cataclismo”, maremotos, terremotos y tsunamis azotaron la tierra cambiando drásticamente su geografía. La población se redujo primero a la mitad y luego, con los suicidios en masa, a un tercio, tras lo cual surgio un nuevo orden mundial. Los países que no fueron devastados por el océano se erigieron en los amos de un mundo en caos. La religión cayó en el descrédito y Dios fue desterrado. Entonces, algunas de las empresas más poderosas del planeta decidieron financiar instalaciones capaces de clonar seres humanos ya adultos, sin recuerdos y sin alma; seres sin pasado, descartables, por los que nadie iría a reclamar. Capaces de trabajar en las peores condiciones, sin derechos y sin paga; los producirían en serie y los venderían en los nuevos mercados. El mundo estaba necesitado de mano de obra calificada. Construyeron los laboratorios en las nuevas tierras que se formaron en gran parte de la Antártica. Al mismo tiempo, como prueba piloto, utilizaron a las mujeres y hombres clonados para levantar una ciudad sostenible, que prestara atención al movimiento del aire y la luz natural. Y los clones plantaron árboles que no verían crecer, colocaron césped que no pisarían, levantaron hermosas casas que no habitarían, crearon jardines y huertas que no cultivarían, fuentes cuyas aguas no verían danzar… y muy pronto Antares (así se la llamó), estaba lista para ser habitada.

Josué fue uno de los seres clonados y cumplió su función hasta que una noche, el primero de enero de 2067, subió a la cúpula de la torre más alta de Antares y, luego de colocar una antena de internet, en vez de bajar como tenía ordenado, se detuvo a mirar el horizonte; en ese instante único y sin retorno, tuvo una visión de deslumbrante belleza, un destello dorado surgió del hielo en el centro del continente y experimentó algo que le estaba vedado: se emocionó. El impacto fue tan grande que bajó de la torre desorientado y confundido, vagó de un sitio a otro por la ciudad dormida hasta encontrar un jardín donde pisó el césped y olió una flor. Estuvo un largo rato ensimismado en sensaciones desconocidas y por fin comprendió que debería ir tras su sueño antes de que se lo borraran; volviendo a ser un ser sin alma. Juntó comida y agua y, montando un trineo a motor, partió en busca de su destino.

Regresó un mes más tarde, el hielo le había entregado suficiente oro para llevar a cabo el plan que había meditado, noche tras noche en soledad, leyendo junto al fuego un antiguo testamento que encontró adentro del trineo.

Al igual que Moisés libraría a su pueblo de los opresores.

Al regresar volvió a experimentar sensaciones nuevas, besó a una muchacha humana (a la que llamó Rahab), se enamoró. Y luego se emborrachó cuando ya no pudo soportar el dolor de tener alma y de que sus hermanos no recordaran, o no supieran, que tenían una; debía corregir esta situación. Era el momento de poner en marcha su plan de liberación.

Para esto reunió a diez de sus compañeros y les mostró el nuevo mundo de sensaciones que había descubierto; luego les explicó su plan. Se quedarían con la ciudad que habían construido antes de que llegara el contingente que la poblaría. Al igual que Moisés tuvo su revelación en un resplandor, no sería en una zarza ardiente, pero a él le bastó. También traería la peste.

La empresa era difícil y arriesgada, pero no imposible. Con el oro que trajo de su incursión y la ayuda de Rahab compraron la voluntad de los tres científicos que estaban a cargo del proyecto (Rahab los había escuchado añorar a su país y a su familia), les entregaron veinte kilos de oro a cada uno y, con su complicidad, los nuevos clones nacieron muertos. El proyecto de las empresas comenzó a tambalear. Al mismo tiempo una peste mató a cincuenta clones que ya realizaban trabajos en Antares. Ante esta situación inesperada el director general del “Proyecto Antares”, informó a la casa central en los Estados Unidos. Un mes más tarde, tras la muerte de otros cien clones y de no poder crear nuevos, la casa central ordenó abandonar Antares. Aunque volvieran a tener éxito en las clonaciones no podían arriesgarse, las pérdidas ocasionadas por las demandas de los posibles damnificados los llevaría a la quiebra. En su lugar se dio luz verde a la fabricación de robots, en otra planta que se levantó en las nuevas tierras del Ártico, que realizarían el trabajo por los humanos.

Cuando zarpó el barco y los seres humanos abandonaron Antares, regresaron los ciento cincuenta clones, que no habían muerto, sino que habían sido reemplazados por cuerpos abortados.

Ensimismado en sus recuerdos Josué no se percata de que Rahab sale a la terraza.

―Querido, ya es hora. El pueblo espera la guía de tus palabras.

Una nueva nación camina bajo el sol de Antares.

martes, 14 de mayo de 2024

EN LA NOCHE DE SAN JUAN


Oscar De Los Ríos



Me encontré con un hombre en la calma inmensa de la noche y, luego de intercambiar algunas palabras, de que unos billetes pasaron de mano, acordamos volver a vernos al otro día y nos separamos.

Mientras su figura esbelta y elegante se perdía al doblar la esquina, yo entraba al bar.

—¡Una vuelta para todos! —grité con alegría—. Acabo de alquilar el terreno grande que está frente a la plaza del pueblo.

—¿Vendrá un circo? —Hipó un parroquiano, mientras limpiaba con la manga del saco la espuma que la cerveza le había dejado en el bigote.

—Ya estás borracho, Luis, y eso que solo tomaste una pinta —dijo el gordo Miguel, detrás de la barra; agregando como al descuido—. Seguro que un circo tiene más personas que este pueblo.

—No solo lo alquilé, sino que pagaron un año por adelantado. —Luego de decir esto me llamé a silencio.

—¡Vamos suelta ya, Juan! ¿Qué va a hacer el extraño en el terreno? —Se escuchó decir desde el fondo del salón.

—Lo único que le pude sacar es que va a traer a su familia y van a vivir allí. Sí, ya sé, todo esto es muy extraño. El tiempo dirá. —Terminé la copa y me fui.

Al otro día volví a ver a mi inquilino. Teniendo tiempo para pensar con la cabeza fría, había caído en la cuenta de que no sabía su nombre, ni a qué se dedicaba. Nos encontramos en el terreno a las doce del mediodía y fuimos a almorzar.

—Ayer sellamos el trato con un apretón de manos —dije luego de ordenar la comida—, pero no sé su nombre ni a qué se dedica.

Esbozando una sonrisa, y clavándome una mirada tan penetrante que debí desviar la vista, se presentó.

—Puede llamarme Barak —fue entonces que reparé en su acento extranjero—, en cuanto a mí profesión algunos dicen que soy un ilusionista, un embaucador, pero ¿qué otra cosa es un mago? Acabo de hacer una gira exitosa por el viejo continente y me detuve aquí porque me parece un lugar tranquilo para descansar.

La situación me parecía cada vez más extraña, debía ordenar mis pensamientos y por eso dejé transcurrir el almuerzo en silencio. Cuando sirvieron el café comenté con seguridad la conclusión a la que había llegado.

—Ahora, al saber su profesión, todo me queda más claro. Y, si no entendí mal, hoy mismo llega su mujer con sus dos hijos en el motorhome que van a instalar en el terreno.

—Nunca mencioné un motorhome —me dijo risueño—, vamos a vivir en una casa.

—¡¿Cómo en una casa?! —exclamé perplejo—. ¿Y dónde se alojaran mientras se construye, en una carpa?

—Nada de carpas ni iglúes —dijo lanzando una carcajada—. Ya lo comprenderá cuando llegue la mudanza. La casa en la que viviremos es de madera pintada de blanco, tiene tres habitaciones, dos baños, una sala de estar, salón de juego, cocina comedor, cochera para dos autos y un salón recibidor.

Barak estaba describiendo la casa de mis sueños, aquella que toda la vida había deseado construir en el terreno frente a la plaza; lo único que me frenaba era tener que gastar en ella todos mis ahorros. Había que traer los materiales desde la ciudad más cercana, distante sesenta kilómetros, y la mano de obra también era un problema; en el pueblo no había carpinteros calificados.

 Mientras me perdía en vagos pensamientos, mi inquilino se arremangó la camisa y me mostró la palma de una mano de dedos finos y largos, cuidada… vacía. La cerró en un puño y dijo

—Sople. ¡Vamos, anímese!

Soplé con desgano, la mano de Barak se abrió y algo se desprendió de ella. Sobre el mantel apareció un piano y una mesa de billar con dos tacos que, de no ser por el diminuto tamaño, se hubiera podido iniciar una partida.

Palmotee emocionado y, haciendo un salto en el tiempo, volví a ser un niño otra vez.

—Como puede ver ya comencé a traer algunos enseres.

Estás últimas palabras del mago me trajeron otra vez al presente.

—Se está burlando usted de mí —le dije enojado, porque no pude seguir disfrutando de ese momento mágico.

—Nada más lejos de mis intenciones. Si se ha sentido así le pido disculpas. Ya comprenderá.

No volvimos a hablar, y nos dirigimos al terreno donde ya estaba estacionada una camioneta con un tráiler. Junto a estos esperaban una hermosa mujer y dos niños gemelos de unos doce años.

—¿Comprende usted ahora? —me dijo Barak, señalando el tráiler.

Quedé sin poder articular palabra, con los ojos fijos en el punto al que había señalado. Cuando al fin pude reaccionar Barak ya no estaba a mí lado, sino parado en medio del terreno adonde bajaban del tráiler una casita de madera estilo colonial, con las paredes blancas, amplios ventanales y tejas rojas.

Me acerqué en silencio y pude comprobar que, con mí escaso metro setenta, sobrepasaba en una cabeza a la construcción; la que no tendría más de tres metros de largo y dos de ancho.

Mientras yo continuaba mirando perplejo, la esposa de Barak y sus dos hijos, poniéndose de rodillas, agachando la cabeza, trasponían la puerta de entrada.

—Como puede apreciar mí familia ya está instalada en nuestra residencia.

—¡Es usted el más vil de los mentirosos! —proferí en forma grosera.

—Nunca en mí vida he dicho una mentira, todo tiene una explicación.

—Solo falta que diga usted lógica y racional —lo volví a interrumpir sin ningún miramiento.

—Ya le he dicho que soy mago de profesión y, está maravilla es mi última creación —adivinando mis intenciones, hizo un gesto con la mano indicando que lo dejara terminar—. Dentro de dos días será la noche de San Juan, una fogata va arder en la plaza justo aquí enfrente y, mientras la hoguera arda, aparecerá una niebla espesa que cubrirá la casa por completo. Cuando la niebla desaparezca la casa tendrá el tamaño de una residencia normal. Con su permiso ahora voy a entrar a pasar un rato con mí familia, mí mujer ya ha empezado a preparar la cena.

Un exquisito aroma a carne asada con vegetales invadía el aire, Barak se me acercó, me dio un apretón de manos y, al verlo ingresar a su diminuta morada, comprendí que algo extraordinario iba a ocurrir muy pronto.

Estuve un par de horas sentado en un banco de la plaza sin poder despegar la mirada de la pequeña construcción, de la que salían risas y canciones acompañadas por la música de un piano. Inquieto y confundido, no pude apartar de mi mente la imagen de la hermosa mujer de Barak, tocando el minúsculo piano que apareció sobre la mesa del restaurante. Para aclarar mis ideas me dirigí al bar en busca de un trago; pero esta vez entré en silencio y tratando de pasar inadvertido. No saludé a nadie y me senté en el rincón más apartado. En ese momento mi mente era presa de dos sensaciones paradójicas, encontradas: por un lado estaba convencido de que Barak era un mentiroso profesional que trataba de convencerme que había mudado al pueblo una casa con todo su equipamiento; por el otro me avergonzaba de mi inocencia por haberle creído, sintiendo en lo más profundo de mí ser que me decía la verdad. No hay nadie mejor para hacer circular una mentira que un inocente convencido de llevar la verdad en su boca. Por este motivo decidí mantener mí conversación con Barak en secreto.

Al otro día me levanté temprano y, cruzando el patio (mi casa está en la parte de atrás del terreno y tiene salida a otra calle), fui en busca de Barak. Mustafá, el gato negro que era de mi madre me siguió. Al llegar a la casita blanca comenzó a olfatearla y la marcó como de su propiedad; buscando una pared sin ventanas lo imité. Este acto primitivo mejoró mi humor. Después, llamé a la puerta, pero nadie respondió. Esperé en vano, lo rastreé por el pueblo, pero no logré dar con él. Se estaba yendo la tarde y comenzaba a desesperar cuando alguien tocó la puerta; era Barak.

—Lo estuve buscando por todos lados —le dije sin dejarlo aclarar el motivo de su visita.

—Es lo que me han dicho, y por eso vine. ¿Qué necesita? Estoy a su entera disposición.

—Quiero comprarle su casita blanca —al decir esto lo miré directo a los ojos, esta vez sin desviar la mirada.

—No está a la venta —me dijo en tono serio, para luego agregar con una sonrisa—. Lo que puedo ofrecerle es una casa con tres habitaciones, dos baños…

—Está bien, no siga, ya lo entendí. Me interesa.

—Bueno, entonces fijemos un precio y se la vendo. Solamente tengo una condición: debe pagarla a más tardar mañana a la mañana ya que por la noche tendrá lugar la fogata de San Juan y usted sabe bien que ocurrirá

Lo miré incrédulo y pensé: “Realmente cree que soy tan tonto”.

Leyendo en mí como en un libro abierto, respondió a mis pensamientos

—Es una cuestión de estar en igualdad de condiciones con el trato precedente que hicimos.

—¡Nunca hice un trato con usted sobre la casa, acaso estoy tratando con un loco! —mi lengua ya no tenía pelos.

—No, sobre la casa no —me contestó sin ofenderse ni alzar la voz cómo había hecho yo—. Pero si mal no recuerdo, la otra noche nos encontramos en la calle, sin conocernos nos saludamos y usted me preguntó a qué había venido al pueblo. Yo le dije que pensaba quedarme un tiempo y que estaba buscando un terreno para alquilar. Fue entonces que me ofreció el que estaba vacío frente a la plaza y, en ese mismo instante, sin papeles, sin comprobar si usted era realmente el dueño o el nombre que me dio era falso, y con solo un apretón de manos le pagué por adelantado un año. Si usted no puede confiar en mi palabra, como yo hice con la suya; entonces no tenemos más que hablar.

Estaba por retirarse cuando, avergonzado por mi actitud, le rogué que se quedara. Acordamos un precio y le aseguré que al otro día por la mañana iría al banco a retirar la plata.

Esa noche dormí sobresaltado, pensando en que después de la fogata de san Juan, me mudaría a la casa blanca.

Por la mañana temprano fui al banco a buscar el importe acordado. No había caminado más que una cuadra, cuando me pareció que dos mujeres me señalaban y se ponían a cuchichear, seguí avanzando y noté que todas las personas que cruzaba me seguían con la mirada. Al llegar me atendió mi amigo José, el gerente. Después de saludarnos y decirle a qué había ido, me preguntó que iba a hacer con semejante suma, y le conté una verdad a medias: que iba a comenzar la construcción de la casa blanca con la que siempre había soñado. Mientras preparaban el dinero charlamos un rato y, José, me miraba de la misma forma que la gente en la calle.

—¿Qué pasa? —le dije un poco molesto—. Vos también me mirás como si fuera un bicho raro.

—Ya veo que no sabés nada, pero Barak convenció a todos en el pueblo de que darás una señal y algo extraordinario sucederá en la noche de San Juan.

—No sé qué esperan que suceda —le contesté haciéndome el tonto.

—Y eso no es todo— agregó apenado —Lo que no entiendo es cómo lo supo.

—Cada vez entiendo menos ¿de qué hablás ahora?

—Barak acaba de ganarme una apuesta. Me dijo que vendrías apenas abriera el banco y retirarías exactamente la suma que te llevás bajo el brazo, y agregó que sería para adquirir una casa blanca con tejas rojas

—No hay nada de extraño en eso, yo se lo comenté ayer, por eso lo supo.

—Lo que me dices hace que todo sea más raro aún; Barak me dijo lo que harías hoy, pero lo dijo el mismo día en que llegó —haciendo una pausa de silencio continuó—. El tipo es un embaucador o un mago.

En el mismo instante entró otro cliente a ver al gerente y no pudimos seguir hablando.

Al salir del banco volví a mi casa, en la puerta me esperaba Barak, esta vez no lo invité a pasar; le entregué el paquete que llevaba y nos dimos un fuerte apretón de manos. Antes de alejarse me dijo que no me preocupara, que estaba en juego su honor, que no se iría de escena antes de terminar su acto. Me acordé de las últimas palabras de José y no supe si alegrarme o preocuparme. “El tipo es un embaucador o un mago”; palabras que me darían vueltas en la cabeza toda la tarde. Mientras terminaba de preparar la mudanza llegaba siempre a la misma conclusión: me instalaría en la casa blanca esta misma noche. Al terminar tomé un refrigerio, luego un baño y salí; Mustafá me siguió.

En la plaza la hoguera ya estaba lista para ser encendida y el padre Benito terminaba de colgar el muñeco que pronto iba a arder. Junto a la casita blanca, Barak me hacía una reverencia, que no llegó a terminar al ver a Mustafá a mi lado.

—¡Saque ese depredador del terreno! —me dijo encolerizado. Era la primera vez que lo escuchaba gritar y perder la apostura; pero enseguida se recompuso—. Es que temo por mis palomas.

Haciendo un movimiento, a un mismo tiempo rápido y elegante, hizo aparecer una paloma blanca en sus manos; que fue a posarse el techo de tejas rojas. Mientras yo, golpeando las manos, corrí a Mustafá; que se escondió tras unas plantas.

En la plaza algunos vecinos del pueblo ponían sobre las mesas la comida y la bebida para el festejo, mientras otros se espolvoreaban las manos con canela para atraer la prosperidad y las mujeres escribían los malos momentos del año para quemarlos en la hoguera junto con el muñeco; todo era festejo y algarabía. Barak, desde el umbral de la casa, agitaba una mano.

—Adiós —me dijo—, después de la niebla no nos volveremos a ver.

 Un rayo negro cruzó el espacio y penetró por la hendija que dejaba la puerta al cerrarse.

 Bajo el techo de tejas rojas todo era caos y confusión. Se escucharon corridas, golpes y gritos que helaban la sangre. En la plaza cesó el movimiento, y todos los ojos se clavaron inquisitivos en los míos.

Mustafá salió con la barbilla y los bigotes teñidos de sangre.

En estado de shock crucé la calle a la carrera y, al llegar a la pila de troncos preparada para quemar el muñeco, arranqué el más grande que pude cargar, volví sobre mis pasos y lo arrojé contra las tejas rojas.

—Es la señal —gritó alguien entre la multitud.

El cielo se encapotaba y una niebla blanca salía por una ventana rota; las últimas tejas rojas desaparecían bajo la leña que arrojaba la gente del pueblo. El padre Abel colgó el muñeco y alguien acercó una antorcha encendida.


 Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Los cuentos "El reloj" y "Todos los cuentos, un mismo final", han sido publicado en entregas anteriores del blog MICROFICCIONES Y CUENTOS.

 

  

EN CASA AJENA (OCHO)