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domingo, 26 de abril de 2026

ATAÚLFO

Oscar De Los Ríos

 

Al nacer parecía esculpido en mármol blanco níveo veteado de azul; los médicos que asistieron el parto recién se dieron cuenta de que era de carne y huesos cuando lloró. Su madre, al tenerlo en brazos, experimentó una sensación tan extraña que pensó en la muerte y el más allá; aunque, lejos de inquietarse o intimidarse ante tan extraños pensamientos, sintió tanta paz y bienestar que no lo quería soltar. Todo el que alzaba al recién nacido salía de la habitación con una sonrisa en los labios y una actitud nueva ante la vida.

Tuvo una infancia hermosa. Era un niño dulce, inquieto y travieso; siempre correteando por la casa y el pueblo. Cuando ingresó en la escuela primaria se reveló como un alumno ejemplar, y los demás chicos buscaban su compañía.

—¡Ay, doña María! Su hijo será un gran médico —aseguraba su actual maestra de quinto grado.

—¡No… no… no…! —decía la que fue su maestra en segundo—. ¡Será un gran actor! ¿Qué otra cosa? Con esa belleza de ángel y ese don, ese carisma que tiene con la gente.

—¡Por favor, no les haga caso, doña María! Estas dos están completamente equivocadas. Su hijo será un gran Ministro de la Iglesia —terciaba su maestra de cuarto grado.

Ninguno de estos vaticinios se cumplió; el oficio de Ataúlfo resultaría tan extraño y raro como su nombre, al cual parecía atado.

Con el paso de los años, un día, mientras acompañaba a su abuelo al cementerio al entierro de un amigo, Ataúlfo quedó fascinado por la solemnidad del ambiente, el respeto de las personas y las palabras de consuelo del sacerdote. Sintió una profunda curiosidad por el misterio de la muerte y el más allá, y comenzó a observar con atención los rituales funerarios.

Este interés, que fue creciendo con el tiempo, lo llevó a que, cuando internaron al abuelo, iba a visitarlo al hospital; su presencia transmitía paz y consuelo a los enfermos. Al fallecer el anciano, sus hábitos cambiaron. Ahora, en vez de salir a corretear con sus amigos o a jugar un partido de fútbol, asistía a cuanto velorio había en el pueblo; en los cuales era siempre bien recibido y agasajado. Hasta había quienes mandaban a comunicarle del fallecimiento de tal o cual, como si se tratase de un pariente cercano que no podía faltar en las exequias.

El pueblo de Ataúlfo era pequeño y pintoresco, pero crecía y prosperaba a pasos agigantados. Es por eso que, de tener una sola empresa de Pompas Fúnebres, pasó a tener dos. Ese hecho inquietó muchísimo al señor Raúl Pérez, dueño de la funeraria La Tradicional. Hombre sensible y culto, se había vuelto muy ducho en su oficio y no dejó de notar que, cuando Ataúlfo asistía a un velorio, en su funeraria se duplicaba la cantidad de asistentes, los ánimos se relajaban y los ancianos le pedían: “¡Por favor, hijo, no dejes de asistir a mi velorio!”. Habiendo escuchado ésta y otras frases del mismo tenor, Raúl Pérez, dedujo con gran inteligencia que, quién tuviera a su servicio a Ataúlfo, realizaría la gran mayoría de los funerales del pueblo. “¡Sino todos!”, expresó en voz alta esbozando una enorme sonrisa, al tiempo que restregaba sus manos como felicitándose ante tan gran idea. Ataúlfo cumplió los quince años y Raúl Pérez decidió que ya era tiempo de contratarlo; la competencia ofrecía un servicio más barato y moderno y su negocio se iba a pique.

La familia de Ataúlfo era modesta y, desde que el padre se había accidentado en el tambo en el cual hacía changas, la economía del hogar andaba a los tumbos; por eso se alegró doña María.

—¡El mismísimo dueño de La Tradicional! ¡Don Raúl Pérez en persona! Vino a buscar al nene para ofrecerle trabajo. Habló de un sueldo y comisiones por cada servicio contratado —le dijo a su marido—. Tendría que atender a la gente en el local de la tradicional y ofrecer los servicios fúnebres.

El padre de Ataúlfo, un hombre de pocas palabras y pragmático como pocos, asintió con la cabeza. La situación económica de la familia era apremiante, y la oferta de don Raúl Pérez era un salvavidas.

—Que vaya nomás —sentenció, sin darle más vueltas al asunto.

Doña María, con el corazón henchido de orgullo y preocupación a partes iguales, fue en busca de Ataúlfo; que era poco más que un niño, en muchos aspectos. No sabía si tenía la madurez suficiente para enfrentar la responsabilidad de un trabajo.

Lo encontró en su habitación, cambiándose para ir a un velorio en La Tradicional.

Luego de contarle la propuesta de Raúl Pérez, le hizo una pregunta fundamental.

—¿Crees que estás preparado para asumir esta responsabilidad, hijo? —Y al decir esto, con su mirada dulce de madre, le decía que aceptara únicamente si deseaba el trabajo.

Ataúlfo, con esa sensibilidad que le era tan propia, comprendió lo que su madre le transmitía, con la palabra y con la mirada.

—No te preocupes mamá —al decir esto, su voz sonó adulta y cariñosa—. Como ya te habrás dado cuenta, y te han comentado también, ya paso varias horas al día yendo al local de La Tradicional, cuando hay un velorio. Después de casa, es mi lugar en el mundo. Siento que puedo dar paz y consuelo al que lo necesita.

La madre de Ataúlfo lo abrazó y lo besó en la frente, dándole su bendición.

Y así, Ataúlfo, ingresó a la empresa de don Raúl Pérez. ¡Qué maravilloso efecto producían en su ocasional interlocutor, el traje y zapatos negros, en contraste con la blancura nívea de su piel y los ojos azules! Parecía un enviado del Señor abriendo las puertas del Paraíso. Atendía a los deudos siempre correcto, atento, con una palabra de consuelo. Jamás se aprovechaba de los más desesperados, que a consejo suyo hubieran vendido la casa para brindarle a su padre, madre, hijo o hermano, un servicio digno de un rey. Le daba a cada uno, aquello que habían venido a buscar y podían pagar.

Pasaron unos años y prosperó tanto La Tradicional, que el dueño de La Moderna, un empresario de Pompas Fúnebres de la capital, decidió ir en persona a controlar el negocio. No comprendía cómo, ofreciendo un servicio de primera a un precio un treinta por ciento más barato que su único competidor, éste no solo no se hubiera fundido.

—… sino que soy yo quien deberá cerrar la sucursal —comentaba confundido en una reunión de directorio.

Llegó al pueblo por sorpresa un sábado a la mañana y comprobó que la empresa y sus empleados estaban en orden. Por la tarde se encaminó a La Tradicional, quería conocer el secreto de su éxito. Lo recibió Ataúlfo y, luego de una extensa charla, el dueño de la Moderna se retiró.

La gente del pueblo sonreía al verlo pasar, lo seguían con la mirada y, cuando el extraño visitante de la capital se perdía de vista, lo señalaban al tiempo que se llevaban el dedo a la sien y lo hacían girar.

El semblante del dueño de La Moderna denotaba confusión, estando a mitad de camino entre demostrar una inmensa alegría o un gran estupor. Por un lado, como con miedo a perderlo, apretaba entre sus manos un contrato en el cual constaba, entre otras cláusulas, que Ataúlfo asistiría a su velorio en La Tradicional; por el otro no podía entender que Ataúlfo no aceptara el ofrecimiento que le había hecho para asociarse con él al cincuenta por ciento de las ganancias de todas las sucursales de su empresa.

—Estos capitalinos creen que todo se puede comprar con dinero —comentaban los vecinos, cuando se enteraban del suceso. Ni un momento dudaron de que Ataúlfo los traicionase ante tan tentadora propuesta y se marchara del pueblo.

Todo continuó en su cauce normal hasta que un día, Ataúlfo, no pudo resistir la tentación de probar un féretro que había llegado a La Tradicional para el funeral de un eminente ciudadano del pueblo. Una pieza de ebanistería de una belleza extraterrenal: de caoba laqueada, realizado todo con encastres artesanales sin aporte de clavos, con un interior acolchado y tapizado en seda y encajes. Se acomodó en el interior del ataúd y se sintió tan cómodo y en paz que supo, en ese instante, que no podría descansar en otro lecho. Bastó una indicación suya para que los deudos consideraran el ataúd como inadecuado y optaran por otro. No comunicó a nadie su extravagante decisión, no fuera que su patrón no la aprobara. Desde entonces, los días en que no había servicios, se adjudicó la tarea de cerrar las puertas del establecimiento y, una vez retirado todo el personal, al encontrarse solo en el local se dirigía al depósito y preparaba el féretro para dormir. ¡Morfeo mismo lo esperaba junto al ataúd!

Una mañana de verano Raúl Pérez entró en La Tradicional más temprano de lo habitual y lo encontró durmiendo. La emoción que lo embargó fue tan grande que estuvo contemplándolo durante más de media hora. Antes de que despertara se retiró del depósito y, a media mañana, hizo trasladar el féretro a una sala vacía al fondo del establecimiento; para que nadie molestara a Ataúlfo cuando quisiera descansar o tal vez hacer una siesta.

Pasaron algunos años más con total calma y paz, hasta que, cierto día amaneció el pueblo de Ataúlfo con la triste noticia de la muerte del hijo mayor de Raúl Pérez. El desconsuelo de este era terrible, aún no había terminado el duelo de su mujer, fallecida un año antes, y la muerte le arrebataba a su único hijo. Ni siquiera podría velarlo: el cuerpo nunca fue devuelto por el mar. La tristeza y la impotencia de no tener el consuelo de un velorio, y luego los funerales, justamente él, que les había ofrecido ese sosiego a todos los habitantes del pueblo. Enterado del penoso suceso, Ataúlfo se sintió en la obligación de hacer algo por quien consideraba su amigo y benefactor. Le dijo que se encargaría de todos los preparativos y que esa misma noche darían comienzo las exequias. Raúl Pérez, a pesar de hallarse confundido y sin poder comprender, se dirigió al anochecer a la cochería. Para sorpresa suya en el local se hallaba más gente de la que recordara jamás. El salón mortuorio estaba más iluminado que nunca por ardientes cirios, y en el medio se hallaba el ataúd majestuoso en que dormía Ataúlfo. La gente del pueblo pasaba frente al cajón con lágrimas en los ojos, se persignaba, y salía del recinto con paz de espíritu.

Parado junto al féretro donde Ataúlfo parecía descansar en los brazos de Dios, Raúl Pérez, recibió como un regalo divino el consuelo que estaba buscando y se halló en paz con Dios y en consecuencia con sí mismo y sus semejantes.

Desde entonces, cada vez que alguien muere en este pueblo ¡bendito de Dios!, Ataúlfo toma el lugar del difunto, cuyo cuerpo es llevado a un depósito donde se lo deja en un cajón cerrado a la espera de los funerales. Todos los habitantes asisten y se llevan a cabo los velorios más fabulosos que pueblo alguno haya celebrado jamás.


Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

jueves, 19 de marzo de 2026

EVOLUCIÓN

Oscar De Los Ríos

 

No puedo definir dónde me encuentro, tampoco puedo recordar cómo llegué. Por más que abro los ojos no veo; por más que corro no llego a ningún lado, el espacio parece desplazarse conmigo; no hay suelo, pero no caigo ni floto. La noción de tiempo y espacio carece de lógica. Aun así me siento cómodo, cuidado, protegido; es como volver a estar en el útero materno. ¿Será esto la muerte? ¿Naceré a una nueva forma de vida? ¿Qué pasará con todo lo que fui? Tal vez la vida se sienta de alguna forma después de la muerte, como la sensación de miembro fantasma; mejor dicho de cuerpo fantasma.

Han pasado diez años desde que, mi mentor y amigo, el doctor Andrés Kepler, antropólogo, se ha introducido de manera voluntaria, provisto de sensores, en donde él cree que se introdujo (y de lo que a mí me convenció, para secundarlo en su investigación). Hace treinta millones de años ingresó por primera vez un antepasado de homo sapiens y quedó atrapado en una suspensión temporal siendo, durante su estadía, como una pupa de insecto antes de la metamorfosis, para luego pasar al estado de imago y al fin salir al mundo exterior; al completar su ciclo, como un ser completamente evolucionado, que al no encontrar una semejante con quien reproducirse, inseminó a hembras salvajes en el primer estadio evolutivo, dejando una descendencia híbrida que continuó su ciclo de reproducción, (evolucionando e involucionando a un mismo tiempo, según de donde se lo mire), hasta la aparición del hombre. Llegó a esta conclusión luego de dar con un cráneo de un homorevolución (como llamó a este ser mucho más evolucionado que el ser humano actual), de treinta millones de años de antigüedad. Redefiniendo la teoría evolutiva de Darwin, infirió que la humanidad es una degeneración del verdadero estadio evolutivo que debemos alcanzar.

Luego de recorrer durante cinco años el África central, en la zona donde encontró el cráneo de homorevolución, a la que denominó “Alfa-Omega”, dio con la tribu Nontuhaaí. Tras convivir con ellos un año, recogió una leyenda que pasó de generación en generación desde tiempos ancestrales. La misma cuenta que existe una cueva muy adentro de la montaña, en la que no pueden ingresar ni el viento, ni los rayos de luna o de sol; en la cual descansa el espíritu que creó el mundo y que, solo cuando el hombre entre en esta zona, estará completo. Luego de oír el relato del brujo de la tribu, en las palabras del traductor que lo acompañaba, empezó a sentir una especie de júbilo. La historia, lejos de parecerle inverosímil, venía a reforzar su teoría, cuya tesis sostiene que: “En el centro mismo de Alfa-Omega existe lo que denominó un “Ojo del Tiempo”, en donde se manifiesta una desaceleración temporal, partiendo del futuro más lejano y, en forma simultánea, se produce una aceleración desde el origen de los tiempos, hacia el presente. Resultando de esto una tensión constante de ondas armónicas temporales, que hacen que, quien entre en ella, pueda evolucionar a su mayor estadio debido a que el futuro y el pasado avanzarán hacia él”. Tal distorsión temporal convertiría en obsoletos nuestros más precisos sensores y cronómetros al punto de que no solo no podrían medir o registrar este fenómeno, sino tan siquiera detectarlo. Para probar su teoría, luego de recorrer con guías nativos el territorio Nontuhaaí, trazó un mapa de la zona ubicando su centro. Se dirigió a ese lugar hallando la entrada a una cueva. A pesar del nerviosismo y la euforia, por dar con el sitio que buscaba hacía tantos años, tuvo la suficiente cordura como para no penetrar en la misma y solo introdujo la mano hasta la muñeca, de manera que el reloj de pulsera quedara dentro. Al retirarla, tras calcular que había pasado un par de minutos, comprobó que el reloj no había registrado el tiempo transcurrido en la zona Alfa-Omega. Repitió el experimento metiendo y sacando la mano rápidamente y el reloj adelantó dos minutos. “En este lugar existe una pulsión de fuerzas, que mantienen circulando el flujo temporal, pensó… sorprendiéndose a sí mismo al pensar que tal vez el tiempo podía ser una partícula. “Y, al adentrarnos en la cueva, este fenómeno se seguiría manifestando cada vez con más fuerza, hasta encontrar el equilibrio en su centro”. Este razonamiento lo llevó a tomar una decisión que cambiaría su vida para siempre: debía llegar hasta el Ojo del Tiempo, en el centro mismo de la cueva, aunque en ello le fuera la vida. Sin decir una palabra a los nativos que lo acompañaban, volvieron a la aldea y a la semana partió rumbo a la Argentina. Ya regresaría con el equipo adecuado.

Apenas arribo al país me contactó, para ponerme al tanto de las nuevas buenas. Únicamente a mí me confió sus propósitos, agregando que temía que lo encerraran por loco; se había puesto un tanto paranoico. Recuerdo el día en que lo hizo.

—Me resulta imposible vivir en esta incertidumbre, Héctor —me dijo luego de ponerme al tanto de su proyecto y de cómo lo había elaborado—. Ingresaré en el Ojo del tiempo y tú me secundarás desde el exterior. Tu misión será la de crear los dispositivos que permitan monitorear mis funciones corporales y mi actividad cerebral mientras me halle en la cueva. Si no llegaras a registrar datos de los monitoreos se puede deber a una de dos razones: a que estoy muerto o a que estoy en lo cierto y el tiempo no corre allí de la misma manera en que lo hace en nuestro hábitat. Debes prometérmelo, aunque me creas en peligro, no ingresarás a la zona Alfa-Omega, sino que esperarás, estoy seguro de que en algún momento lograré mandarte alguna señal. Estamos tan inmersos en el devenir temporal, en la sucesión de hechos determinados por un lógico devenir: pasado-presente-futuro, que no hemos podido percibir que las arenas del tiempo avanzan en ambos sentidos. Por otro lado, si logro mandar un impulso cerebral desde el interior de Alfa-Omega al mundo, el pasado, el presente y el futuro se fusionaran y el tiempo como lo conocemos dejará de existir. —Yo lo escuchaba en un estado que oscilaba entre el asombro y la admiración—. Te he elegido para que me secundes —continuó con voz trémula—, porque desde el primer día en que nos conocimos, durante la conferencia que diste, en la facultad de Ciencias Exactas de La Plata, sobre “Diferencia entre nanoparches sensitivos y nanoparches intuitivos, y su relación con la Tecno-Matemática-Cuántica en la transmisión de datos”, supe que eras el indicado. Además, al conocer mi trabajo sobre el Ojo del Tiempo, has manifestado, en más de una ocasión, que seguirías mis pasos adónde fuera que estos te lleven.

Utilizando de manera clandestina el laboratorio de la facultad, meses después, durante la prueba de los Nano chips corporales, pudimos determinar, en simulaciones virtuales (nos fue imposible reproducir las condiciones temporales de la cueva), que para captar un pulso cerebral desde el exterior necesitábamos una longitud de onda que se moviera a una velocidad próxima o superior a la de la luz, para romper la barrera atemporal del Ojo del Tiempo. Así, si se producía algún cambio, podríamos enviarlo a mi computador. De ninguna manera yo podía ingresar para verificar el estado de los sensores; de hacerlo quedaríamos los dos suspendidos en el tiempo. El principal problema al que nos enfrentábamos era que el cuerpo y el cerebro humano eran demasiado lentos en registrar un cambio en sus funciones. De nada nos servía que lográramos que los nanosensores tuvieran una velocidad de procesamiento de datos cercana a la de la luz. Debido a esto realizamos cientos de ensayos virtuales que fueron un fracaso, hasta que en uno de ellos observé, al desprenderse un sensor del cuerpo, que este logro enviar un dato que no pudimos decodificar, pues no era una variación corporal. Este accidente me llevó a investigar las ondas de energía que se manifiestan alrededor del cuerpo humano, conocidas como Aura. A Partir de esta nueva rama que se abrió en la investigación me dediqué hasta la obsesión a diseñar un algoritmo que usaríamos para la transferencia de datos desde los parches que llevaría Andrés, no ya en el cuerpo, bajo la piel, sino alrededor de este. Los microsensores reaccionarían a cualquier tipo de cambio en el estado del cerebro, enviando los datos a partir de las variaciones producidas en el Aura. Al hacer las primeras pruebas nos encontramos con el hecho de que, este barrunto áurico, se manifestaría a través de la variación de partículas (iones positivos y negativos), presentes en los neutrones que conforman el campo energético de cada persona; a los que llamé Auféris. A través de ellos logré que el cuerpo liberara nano-porciones de energía. A los que tienen carga negativa les atribuí un efecto de proyección temporal con tendencia al futuro y, a los de carga positiva un efecto de proyección temporal con tendencia al pasado. Estos iones van a una velocidad superior a la de la luz y, por esto, registraríamos un cambio en las funciones corporales y principalmente en las neuronales, en el momento mismo de producirse. Haciendo un escaneo constante del cerebro, y un mapa neuronal, pude diseñar un algoritmo que relaciona, la variación energética en el campo áurico con el área del cerebro donde se va a manifestar el cambio. Tomando esto en una relación recíprocamente inversa, podría extraer y decodificar un pensamiento, en función de la variación producida en el aura humana. ¡Al fin estábamos listos!

Como ya manifesté antes, han pasado diez años y no estoy seguro de cuánto tiempo transcurrirá antes de que Andrés pueda abandonar la zona Alfa-Omega; tampoco si lo hará en el futuro o, tal vez, en el pasado. Paradójicamente, a pesar de haber realizado complejos cálculos matemáticos y de física cuántica (las ecuaciones que utilicé respondían tanto a valores positivos como negativos), me es imposible determinar si el cambio evolutivo que debería estar sufriendo se halla en sus orígenes o en su etapa final. De lo que sí estoy seguro es de poder extraer los registros, si se producen variaciones, y enviarlos alrededor del mundo a cualquier dispositivo inteligente, utilizando los agujeros negros de internet. De esta manera podría infiltrar un virus, a través del tráfico perdido de la web, el cual contendría una dirección IP que se guardaría en la memoria del ordenador y, a una hora programada, redireccionaría a los navegadores al sitio web adonde enviaría el mensaje. Desde el momento en que Andrés entró al ojo del tiempo, pusimos al mundo en un conteo regresivo y, en algún momento, la aceleración-desaceleración-temporal, que sufre esa zona, podría alcanzar nuestro presente, y los cambios en el planeta serán tan grandes que el tiempo dejará de correr hasta casi desaparecer como noción que perciben nuestros sentidos y la humanidad pasará a una etapa de crisálida, de la cuál surgirá evolucionada. En mis manos queda la decisión de crear una forma de vida de vida que nuestros sentidos actuales no pueden describir, ni comprender.

El momento crucial ha llegado, he recibido la señal tan largamente esperada y la he transmitido a todo tipo de aparato electrónico que esté conectado a internet. En las pantallas de los dispositivos lo último que algunos pueden leer es: “Mañana es hoy y hoy es ayer”. Por todo el mundo se produce un impulso áurico-crono-magnético que sumerge a la humanidad en un punto de fusión temporal, a partir del cual pasado y futuro comienzan a alejarse para instaurar el presente. Un presente que llegará dentro de millones de años y del cual surgiremos evolucionados en una forma de vida, que tal vez nunca comprenda lo que fue antes de salir de la crisálida.


Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

lunes, 2 de febrero de 2026

EL GRAN TRUEQUE

Oscar De Los Ríos

 

Año 2030. Nuuk, Groenlandia.

​La independencia de Groenlandia fue sencilla pero lenta. En cambio, conseguir un nuevo patrocinador —las cuentas no cerraban— duró exactamente lo que tarda un cubito de hielo en derretirse dentro de un vaso de whisky barato. Pero antes de la firma oficial, hubo tres reuniones privadas. Tres visitas de cortesía que sellaron su destino.

​Los primeros en llegar fueron los chinos. Su delegación no aterrizó sobre el hielo azul, se “materializó”. El jet al que nadie oyó ni vio llegar descendió verticalmente sobre el puerto de Nuuk. El embajador Li invitó al Primer Ministro Malik a una ceremonia de té dentro de una cápsula estéril y blanca.

Li sirvió un té que humeaba en código binario.

—Honorable Malik —dijo Li, sin mover los labios; hablaba por un traductor implantado en su garganta—. Dinamarca les da migajas. Nosotros ofrecemos armonía. Si se nos unen, triplicaremos el subsidio de esos europeos pálidos.

—¿Cómo? —preguntó Malik, desconfiado.

—Con eficiencia —sonrió Li—. Nunca volverán a sentir frío. Convertiremos su nieve en vapor productivo. Solo firmen aquí.

​Dos horas después, llegó el general Ivanovich. No hubo té. Hubo un banquete de carne cruda y vodka destilado con isótopos de Chernóbil sobre el capó de un tanque anfibio estacionado ilegalmente en la plaza central.

Ivanovich abrazó a Malik con tanta fuerza que casi le disloca una costilla.

—¡Camarada del Norte! —rugió, con la cara roja por el frío y el alcohol—. Olvida a los chinos y sus juguetes. Rusia ofrece fuerza. Triplicaremos lo que les da Finlandia...

—Dinamarca —corrigió Malik, tosiendo.

—¡Da igual! Noruega, Finlandia, todos son lo mismo. Nosotros les daremos calor nuclear. Energía infinita. Seremos hermanos de sangre y uranio.

A Malik se le cruzaron los ojos inuit, tan chiquitos y negros como carozos de aceitunas.

​Finalmente, llegó Él. El Air Force One, ahora pintado completamente de dorado, aterrizó aplastando accidentalmente el único huerto de tomates de la isla. Donald Trump bajó por la escalerilla lanzando fotos de su propia postulación a "Primer Ministro Supremo" de la isla ante la multitud (que constaba de tres pescadores y un perro).

Llevó a Malik a una carpa con aire acondicionado puesto a la temperatura ambiente y le sirvió una hamburguesa de carne de ballena procesada y regada con whisky.

—Mike, escúchame —dijo Trump, masticando con la boca abierta—. Antes que nada, deberías cambiar tu nombre, Malik suena a perdedor. Me encantan los iglús. Son fantásticos. Pero son pequeños. Conmigo, tendrán el triple. El triple de diversión, el triple de alegría, el triple de todo. Haremos de Groenlandia el estado 52, o 53, perdí la cuenta después de comprar Alberta. Será "Huge".

​Las promesas eran enormes, pero vagas. "El triple", decían todos. Pero nadie sacaba la chequera. Fue gracias a eso que se le ocurrió una idea brillante: haría una subasta. Convocó a los tres al día siguiente para concretar. Nada de "quizás". Quería ver los bienes.

​Se reunieron en El Gran Salón del Pueblo (el gimnasio de la escuela primaria). Afuera, los Tupilaq golpeaban las ventanas, presintiendo el desastre, pero los guardias pensaban que era granizo.

Malik se sentó mirando al público. De frente, a su izquierda, el chino Li con sus implantes bursátiles. A su derecha, el ruso Ivanovich con su abrigo de piel viva. Y en el centro, Donald, revisando su maquillaje naranja en el reflejo de una cuchara.

—Señores —dijo Malik—. Ayer prometieron el paraíso. Hoy quiero ver el contrato. ¿Quién da más?

​Li se puso de pie, ante la protesta de Ivanovich, que quería hablar primero. Donald los miró como diciendo: "Mátense. La última palabra la diré yo".

—Nuestra promesa de "no más frío" es literal. China ofrece la construcción de la Cúpula de Jade. Un domo de cristal policromado que cubrirá toda la isla. Calefacción centralizada a 25 grados constantes. Cultivaremos arroz en los fiordos. La isla entera será habitable.

Malik dudó. Apenas tenían una pequeña franja para vivir, el resto de la isla era inhabitable; pero un "tupper gigante" no sonaba tentador.

​Ivanovich golpeó la mesa.

—¡Estupideces! Rusia ofrece LIBERTAD, en esto somos especialistas. Instalaremos motores atómicos en la costa sur y, literalmente, remolcaremos Groenlandia hasta el Caribe Ruso (omitiendo mencionar que se refería al Mar Negro). ¡Tendrán sol de verdad, no lucecitas chinas de colores!

Malik suspiró. Este ruso loco es capaz de hacerlo.

​Trump se levantó, mirando a todos con suficiencia.

—Terribles ofertas —dijo—. Muy tristes. Yo ofrezco alegría, ofrezco “Bienes Raíces Premium”.

A una señal suya, un asistente desplegó un mapa holográfico.

—Olviden el dinero. Les doy tierras. Tierras calientes. —Señaló una isla en el mapa—. Les doy... La Habana.

Hubo un silencio.

—¡¿Cuba?! —preguntó Malik desconcertado.

—La capital. Es vuestra. Música, tabaco, coches antiguos. La cambiamos pelo a pelo. Ustedes me dan el hielo, yo les doy la salsa.

​El chino Li soltó una risa metálica.

—Objeción —dijo con voz robótica—. Estados Unidos ocupa Cuba, pero no la controla. Hay células rebeldes en cada esquina. Si los inuits se mudan allí, serán vistos como invasores yanquis.

—¡Exacto! —gritó el ruso Ivanovich—. ¡Los cubanos los usarán para hacer mojitos! En dos semanas, los inuits serán expulsados al mar en balsas. No tendrán patria. Es una trampa mortal.

​Trump, furioso por ser interrumpido, se deslizó en el mapa hacia abajo, como si estuviera esquiando.

—¡Vale, vale! Son muy exigentes. Entonces... ¿Qué les parece esto? —Desplegando su vieja sonrisa de vendedor de autos usados, señaló Venezuela—. Les doy una franja de 500 kilómetros. Salida al mar. Petróleo infinito. Arepas. Es un trato increíble.

—Imposible —interrumpió el ruso—. La "Resistencia Bolivariana" está armada hasta los dientes con misiles que... bueno, que yo les vendí. Si mueven a su gente a la costa venezolana, estarán atrapados entre la selva y el mar. Será una masacre.

—China coincide —añadió Li—. Venezuela es inestable. Perderían su soberanía en un mes. Serían refugiados sin hogar.

​Malik cerró su carpeta.

—Tienen razón —dijo el líder inuit—. Mis chamanes me dicen que esas tierras están malditas por la guerra. No aceptamos. Queremos tierras seguras. Tierras americanas de verdad. O no hay trato.

El ojo biónico de Li proyectó un holograma de fuegos artificiales silenciosos sobre la mesa.

—El declive americano es estadísticamente irreversible —zumbó el chino, mientras su maletín comenzaba a imprimir el contrato final—. La Cúpula de Jade es su único destino lógico. Firme aquí antes de que el estadounidense ofrezca venderles la Luna.

El ruso, por su parte, soltó una carcajada que hizo vibrar las ventanas. Mientras destapaba una botella de vodka con los dientes para celebrar la victoria inminente, empujó a Trump con el hombro, haciéndolo tambalear y caer.

Trump estaba acorralado. El sudor le corría por las sienes, derritiendo el autobronceador. Estaba perdiendo la isla más grande del mundo (y su tono naranja) frente a un comunista y un cíborg. Apoyándose en una mano para levantarse, notó que estaba sobre el mapa de Estados Unidos. Unas letras pequeñas parecían parpadear en uno de los estados: Florida.

—¡Miami! —gritó.

Todos se dieron vuelta a mirarlol, desconcertados.

Una sonrisa malévola y desesperada cruzó su rostro. Mataba dos pájaros de un tiro. También se sacaba de encima a los malditos hispanos que ya eran más del setenta por ciento de la población. ¿Cuánto pasaría antes de que pidieran la autonomía y fueran un país independiente?

​—Mike, amigo mío... tengo la solución final. —Trump se inclinó sobre la mesa, con los ojos brillando con la locura del "Art of the Deal"—. ¿Qué te parece si hacemos un intercambio de población?

—¿Intercambio? —preguntó Malik. Sus pequeños ojos se abrieron hasta parecer dos platos insertados en su rostro.

—Tú me das Groenlandia. Yo te doy... Miami.

—¿Toda la ciudad?

—Llave en mano. Mis votantes de allí se están quejando del calor. Tu gente se queja del frío. ¡Es la sinergia perfecta! Los de Miami vendrán aquí a refrescarse. Los inuits irán a South Beach a... bueno, a lo que sea que hagan. ¿Trato?

​Malik miró a sus consejeros. Miami. La tierra prometida de la televisión. Sin guerras civiles, sin cúpulas de cristal. Solo sol.

Obnubilado por una visión donde se veía surfeando en un mar con playas de arena blanca lejos del hielo frío, y sin leer la letra pequeña (donde Trump se eximía de responsabilidad por huracanes, inundaciones y plagas de pitones), Malik extendió la mano.

—Trato hecho.

Y estampó su rúbrica junto a la de Trump, quien se apuró a guardar el contrato en una caja fuerte de titanio.

Los espíritus Tupilaq, que habían logrado entrar a la reunión, rompieron las ventanas y huyeron aullando hacia el Polo Norte, temerosos de que los incluyeran en el contrato.

​La operación logística se bautizó, con la típica sutileza americana, como “Operación Hot & Cold”.

Fue el mayor puente aéreo de la historia. En el cielo del Atlántico, dos flotas de aviones gigantescos se cruzaron. Hacia el sur, transportes militares cargados con cincuenta y seis mil inuits envueltos en pieles de foca, soñando con el paraíso tropical que les vendieron en los folletos. Hacia el norte, jets de lujo y aviones comerciales repletos de jubilados de Florida, influencers de Instagram y promotores inmobiliarios, todos vestidos con bermudas, camisas de lino y un exceso de loción autobronceadora.

Se saludaron por las ventanillas. Cada uno pensando en el "mal trato" que habían hecho los otros.

​Los inuits bajaron del avión con los abrigos puestos; la temperatura a la sombra era de 42 grados, y la humedad del 98%. Al pisar la pista del Aeropuerto Internacional, tres ancianos venerables se desmayaron por golpe de calor antes de poder decir "Tierra". Venían ensayando un pasito para TikTok; hasta los mayores estaban perdiendo la identidad.

La adaptación fue rápida, brutal y grotesca.

Al darse cuenta de que los hoteles de lujo no tenían electricidad y que al quedar la ciudad vacía era tierra de nadie, los yanquis de otros estados saquearon hasta el agua de los inodoros.

​Los inuits intentaron aplicar su sabiduría ancestral al entorno urbano. Fue un espectáculo dantesco, que ni los grandes directores de Hollywood se hubieran atrevido a soñar. Inundaron la avenida Brickell, con medio metro de agua estancada y caliente, donde se veía a los cazadores inuits navegando en kayaks y umiaks improvisados, hechos con techos de descapotables oxidados.

—¡Qalupalik! —gritaban, confundiendo a los caimanes con monstruos marinos mitológicos.

Intentaban arponear a los reptiles usando palos de golf afilados que encontraron en los clubes abandonados. Pero la carne de caimán era dura y sabía a neumático.

Lo peor no era el hambre, sino el sancochado. Los inuits, biológicamente adaptados al frío extremo, empezaron a cocerse en sus propios jugos. Sus cuerpos no sabían sudar lo suficiente. Se refugiaban en los congeladores de los supermercados Walmart saqueados, durmiendo hacinados sobre bolsas de guisantes descongelados, rezando a dioses de hielo que no podían oírlos en esa latitud.

​El Primer Ministro Malik, sentado en la terraza del ático de una torre de lujo, miraba el horizonte distorsionado por el vapor, mientras se abanicaba con el contrato firmado.

—Al menos hay sol —susurró, antes de deshidratarse y convertirse en la primera momia inuit del trópico.

​Si en Miami la tragedia era húmeda, en Groenlandia era cristalina como el hielo.

Los "Miamenses" aterrizaron esperando un resort de esquí con servicio de habitaciones. Lo que encontraron fue una oscuridad eterna y un viento que les cortaba la delicada piel tratada con cremas humectantes.

—¿Dónde está el buffet? —preguntó una señora con el pelo teñido y demasiada laca, justo antes de que su cabello se congelara y se partiera en mil pedazos como cristal.

​El horror fue estético y funcional.

El bótox, tan popular entre la población de Miami, reaccionó mal al frío polar. A los diez minutos de estar a la intemperie, las caras de miles de personas se congelaron en una mueca de sorpresa permanente. Parecían un ejército de maniquíes de cera abandonados en la nieve.

Intentaron construir refugios contra el frío, pero solo contaban con la inútil nieve, que únicamente servía para hacer muñecos. Los iglús eran cosas de películas. Lo único real que conocían eran las maletas Louis Vuitton y pilas de dinero en efectivo, con las que hicieron refugios muy cool.

Encendieron hogueras quemando millones de dólares, bonos del tesoro y acciones de Apple. Se acurrucaban alrededor del fuego, intentando calentarse con la combustión de su propia riqueza, pero el papel moneda ardía demasiado rápido.

Un grupo de influencers intentó transmitir en vivo la aurora boreal.

—¡Hola, chicos, unboxing del Polo Norte! —gritó un joven. Se quedó así, frizado, con el teléfono en la mano y la sonrisa congelada, convertido en una escultura de hielo moderna que los osos polares olfatearon con curiosidad y luego ignoraron por falta de valor nutricional.

​En Washington D.C., la cosa venía distinta. Donald Trump salió al balcón de la Casa Blanca. Los fuegos artificiales iluminaban el cielo. Había ganado la reelección con el 99% de los votos.

Se ajustó la corbata roja y se acercó al micrófono.

—¡Amada América! ¡Lo logramos! Me decían: "Donald, no se puede arreglar el problema de inmigración". No solo lo hicimos, sino que, además, agregamos una nueva estrella a nuestra bandera. —Al decir esto recordó su mano apoyada sobre el Estado de Florida. Fue una señal. Indudablemente Dios estaba de su lado.

​La multitud aplaudía fervorosa. Pero nadie mencionó a los muertos. Nadie mencionó el genocidio por incompetencia climática. Solo veían el mapa. Estados Unidos era ahora más grande. Las generaciones perdidas se reponen de manera natural.

Trump esbozó una sonrisa naranja y triunfal.

En Groenlandia, un espíritu Tupilaq se paseaba entre las estatuas de hielo de los turistas, robándoles los relojes Rolex de las muñecas congeladas, preguntándose qué hora sería en el infierno.


Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

lunes, 5 de enero de 2026

SERVICIO DIFERENCIAL

Oscar De Los Ríos


 

 

Rogelio sabía que tendría que haber muerto a las tres y media de la tarde. Lo sabía con la certeza física de quien conoce los vencimientos de las facturas de sus deudas y está en quiebra. Sentía el alma floja, lista para desprenderse como un diente de leche. Pero eran las siete y cuarto de la tarde; el sol de febrero seguía castigando la persiana americana de plástico a punto de derretirse, y él continuaba ahí, respirando un vaho caliente que parecía sopa.

​El ventilador de pie cabeceaba con un rítmico balanceo, giraba lento, perezoso; la baja tensión del verano del 27 no le daba para más. Desde que privatizaron la distribución barrial y liberaron las tarifas por zona de "riesgo de inversión", en Villa Lugano, el generador de la compañía eléctrica parecía funcionar a vela.

​Desde la cocina-comedor, separada apenas por una pared de Durlock que dejaba filtrar hasta los pensamientos, llegaban los murmullos de su familia. No discutían por desamor, sino por logística.

​—¿Todavía nada? —preguntó su yerno; con la impaciencia nerviosa de quien tiene el taxi esperando con el reloj corriendo.

—Sigue igual, respira cortito —respondió su hija, Estela. Se notaba que estaba lavando los platos; el tintineo de la loza cachada sonaba más fuerte que los latidos del corazón de Rogelio—. Papá siempre fue de tomarse su tiempo, ya sabés.

—El problema no es el tiempo, Estela. El servicio fúnebre "Low Cost" que reservamos tiene la tarifa congelada hasta la medianoche. Y, si se muere un segundo después, nos recategorizan y también hay que pagar el "Impuesto a la Salida" que metió el ministro la semana pasada. ¡No llegamos, negra! ¡No llegamos!

​Rogelio quiso gritarles que él hacía lo posible, que estaba empujando hacia afuera con todas sus fuerzas, pero el cuerpo es un burócrata obstinado. Cerró los ojos. La culpa le pesaba más que la agonía. Morirse fuera de horario era un lujo que su jubilación mínima no podía costear.

​A unos quince kilómetros de allí, en la estación Leandro N. Alem de la línea B de subte, la Muerte resoplaba.

 

​La Muerte –División Sudamérica, Zona AMBA– vestía un traje de oficinista color gris topo, con los codos brillosos por el desgaste y una camisa que alguna vez fue blanca y ahora tenía el tono amarillento de los expedientes viejos. No llevaba la guadaña, ni la túnica negra de terciopelo. Esos eran insumos importados que habían quedado retenidos en la Aduana por falta de dólares y trabas a las SIRA.

​Hacía unos meses, un funcionario entusiasta del Ministerio de Desregulación le ofreció un reemplazo de industria nacional: una motosierra marca "Libertad", remanente de la campaña del 23.

—Es más eficiente, señora. Corta de raíz y hace ruido, para que sepan que llegó —le había dicho, guiñándole un ojo.

​Pero ella se negó rotundamente. Tenía sus principios. La muerte debía ser un rito de paso, un silencio final, no una poda ruidosa y sucia de ramas secas. Además, la nafta estaba impagable. Así que ahí andaba, sin sus atributos legendarios que le habían forjado un aspecto temible en el pasado, reemplazados por un vergonzante maletín de cuero sintético descascarado, sudando como un vendedor de colectivo en hora pico.

​Miró el reloj pulsera, un Casio digital con la malla de goma cortada y pegada con La Gotita. Las siete y veinte.

​—La puta madre —masculló. Su voz no era de ultratumba, sino de fumadora de tabaco armado—. Voy a llegar tarde al de Lugano.

​ ​La estación era un horno. Una bofetada de calor subía desde los túneles, anticipando lo peor: el aire acondicionado de los vagones no funcionaba desde la "Gran Desregulación del Transporte" del 25, cuando se decidió que el frío era un bien de mercado y no un derecho del pasajero. La Muerte intentó pasar la tarjeta SUBE por el molinete. El lector emitió un pitido agónico y mostró una luz roja: Saldo Insuficiente.

​—¡No me jodas...! —gritó, golpeando el aparato—. ¡Soy la Muerte, carajo! ¡Soy el final inexorable!

—Atrás de la línea amarilla y cargue saldo, señora, que acá no hay privilegios de casta —le gritó un empleado de seguridad privada desde la garita, sin levantar la vista del celular.

​La Muerte buscó en los bolsillos. Tenía apenas unos billetes de mil pesos con la cara de San Martín. Suspiró, emanando un vaho frío que, por un segundo, alivió a la viejita que tenía pegada a la espalda. Después comprendió que, por más que protestara, no conseguiría nada, y se corrió a un costado, fingiendo que buscaba otra tarjeta. Pasaron varios pasajeros y, cuando el guardia se distrajo mirando un video de TikTok, saltó el molinete y se metió a los empujones en el vagón que llegaba, atestado de gente.

​El subte la escupió en la estación Juan Manuel de Rosas. Villa Urquiza ardía bajo el cemento. Tenía que combinar con el ferrocarril, pero un cartel luminoso pintado con aerosol anunciaba: SERVICIO SUSPENDIDO. NO HAY PLATA.

​No le quedaba otra que el colectivo. Caminó las tres cuadras hasta la parada del 114. La fila daba vuelta la esquina. La gente esperaba con esa resignación bovina que los argentinos habíamos perfeccionado tras décadas de crisis cíclicas; pero, en los últimos tres años, ya íbamos solos al matadero.

​Mientras esperaba, el celular le vibró de nuevo. No fue el zumbido corto de un cliente habitual. Fue una alarma estridente, un tono de "Prioridad de Estado". En la cola se escucharon murmullos de desaprobación. La muerte pensó que empezaban a despertar, pero no, le pidieron que baje el tono de notificación. Sacó el aparato con dificultad. La pantalla parpadeaba con luces azules y blancas:

​>> ALERTA PRESIDENCIAL - NIVEL 1 <<

Cliente: "CONAN V" (Clon Genético - Gabinete Canino).

Causa del deceso: Indigestión por bife de Wagyu A5 (Exceso de marmoleado).

Ubicación: Residencia de Olivos - Sala de Juegos Climatizada.

Asignación: Escuadrón de Querubines Motorizados y traslado en Carroza de Fuego.

​La Muerte sintió una arcada que no tenía nada que ver con el olor del asfalto caliente. Soltó una risa seca, un graznido amargo que hizo que unas señoras se persignaran.

​—¡Mirá vos! —masculló—. Al picho le mandan la escolta de querubines porque se empachó con carne japonesa de quinientos dólares el kilo. Y al pobre Rogelio, un cristiano que laburó cuarenta años en una metalúrgica, lo tengo que ir a buscar yo, colada en el 114 porque no me cargaron la SUBE.

​ Ahí estaba la famosa teoría del derrame en su máxima expresión, pensó con amargura. Siempre le habían dicho que si el plato de los ricos se llenaba, eventualmente desbordaría hacia los de abajo. Pero la realidad era otra, mucho más cruel y grotesca.

Se imaginó la escena: los dueños del banquete sentados a la mesa, atiborrándose, y sus mascotas –esos perros clonados con rango de ministro– comiendo de platos de oro sobre el mantel. Abajo, tirados en el piso frío, los pobres esperaban con la boca abierta. Pero no caía nada. Ni una miga.

Porque el plato nunca rebalsaba. Cuando estaba por llenarse, el rico simplemente se compraba un plato más grande, o se llevaba el banquete a otra parte, a una isla paradisíaca donde nadie pudiera ver cuánto había en la mesa.

​El colectivo llegó veinte minutos después.

—¡Al fondo que hay lugar! —gritó el chofer—. ¡Circulen, que la libertad es movimiento!

​La Muerte se subió por la puerta de atrás a los empujones y quedó apretada contra el respaldo del último asiento doble.

—Libertad las pelotas —pensó—. La única libertad que le queda a esta gente es la de elegir en qué parada se bajan a sufrir.

 

En el departamento de Lugano, la atmósfera se había vuelto irrespirable. No solo por el calor, sino por el miedo financiero.

Rogelio escuchó el timbre del teléfono fijo. Nadie llamaba al fijo salvo los acreedores o las estafas virtuales. Atendió su hija.

​—Sí... sí, habla la hija. ¿Cómo? —Hubo un silencio helado—. No, por favor, no nos diga eso. Mi papá está... está en proceso. Sí, ya sé que la reserva de la sala velatoria vencía a las ocho. Pero es el tráfico, seguro. ¿No nos pueden mantener el precio? ¿En bonos del Tesoro?

—Andá haciéndote a la idea, Negra. No podemos con todo: el impuesto a la salida, la sala velatoria y el cajón. Vamos a tener que vender la…

—¡No! Ni siquiera lo pensés, Goro —lo interrumpió Estela. Llevaban años haciendo malabares con la economía para no venderla: Rogelio no se la podía llevar cuando Ella llegara. Al final la pobre muerte tenía siempre la culpa de todo.

​Rogelio sintió una lágrima rodar por su mejilla, perdiéndose en la almohada húmeda. Quería morirse ya. Quería dejar de ser un pasivo en el balance contable de su familia. Intentó dejar de respirar por su cuenta, forzar la maquinaria, pero su corazón, un motor viejo pero noble, seguía bombeando con una terquedad idiota.

​—Me cortaron —dijo Estela, entrando a la habitación con los ojos rojos—. ¡Papá...! —le dijo agarrándole la mano, la misma que tomaba con tanto cariño para ir a la calesita los domingos—. ¡Papá, escuchame, por favor! Si podés... si te queda algo de fuerza... ¡Soltá! ¡Soltá ahora! Si pasamos de las doce, nos cobran el día entero de mañana y perdemos la seña del cajón. —El agobio por las deudas no le dejó espacio para unas palabras de cariño.

​Rogelio apretó la mano de su hija. Estela miró el techo manchado.

 

La Muerte se bajó del 114 a unas diez cuadras del monoblock de Rogelio. El colectivo no entraba al barrio porque "no era zona rentable" para la empresa concesionaria. Además, hacía tres meses habían sacado el subsidio: no era justo que el transporte lo financiara la “gente de bien”. Las calles estaban casi a oscuras; el mantenimiento de las luminarias públicas no se hacía desde el año anterior, ya que el gobierno recortaba por todos lados para pagar un vencimiento del FMI.

​Al pasar frente a una ventana abierta, el resplandor azulado de un televisor iluminó brevemente la vereda rota. Desde adentro, la voz del presidente atronaba con su promesa eterna:

—En cuarenta años seremos potencia, sus hijos se los agradecerán.

​Lo entrevistaba Joni Vale, el periodista exclusivo que jamás hacía preguntas comprometidas; un silencio que cotizaba a diez mil dólares la entrevista.

El presidente recién llegaba de su vigésimo viaje anual. Esta vez había ido a Angola, rascando el fondo de la olla en busca de algún préstamo en dólares.

La Muerte siguió caminando, ignorando la pantalla. En otro momento se hubiera detenido a lanzar una puteada, pero ahora era un lujo que no podía darse: Rogelio la estaba esperando.

​Llegó al edificio: monoblock 14, escalera B. El portero eléctrico estaba arrancado, pero, por suerte, la puerta de entrada estaba trabada con una piedra. Empujó y entró al palier. El ascensor, por supuesto, tenía un cartel: FUERA DE SERVICIO. CONSORCIO EN QUIEBRA.

​Empezó a subir los escalones de cemento alisado. En el cuarto piso tuvo que parar a tomar aire. Se aflojó la corbata. Sentía las rodillas crujir. La eternidad pesaba, pero la desidia estatal pesaba más. Miró el reloj: 23:45.

—Aguantá, Rogelio. Estoy llegando —dijo, apurando el paso, subiendo los escalones de a dos.

​Llegó al sexto piso con el corazón –o lo que tuviera en el pecho– galopando. Tocó la puerta. Tres golpes secos que anunciaban su llegada: Autoridad, Solemnidad, Puntualidad.

Lanzó un suspiro al recordar cuando su presencia era esperada con temor y respeto, y no como un mero alivio económico.

​—¿Quién es? —preguntó una voz masculina, temblorosa, desde adentro.

—Correo Argentino —mintió la Muerte. Si decía la verdad, capaz no le abrían por miedo. A pesar de que sabían a quién se iba a llevar, algunos no querían recibirla. Tal vez este no fuera el caso, pero no se podía arriesgar. Unos minutos de vacilación, y todo el esfuerzo que había hecho sería inútil.

Con un chirrido de bisagras faltas de aceite, se abrió la puerta. El yerno asomó la cabeza. Al ver el traje gris y la cara de trasnoche de la visitante, frunció el ceño.

—¿Correo? A esta hora no repar… —El hombre se detuvo al ver los ojos de la recién llegada. Eran unos ojos antiguos, insondables, profundos como los del usurero que prestaba al ciento treinta por ciento mensual—. ¡Ah! Sos vos.

—Sí. Disculpen la hora. El 114 venía hasta las manos. ¿Dónde está Rogelio?

—Al fondo. Pasá rápido, por favor, que estamos al límite —dijo el yerno, mirando su reloj—. Faltan diez minutos.

​La Muerte atravesó el pasillo y entró a la habitación. Estela estaba sentada al borde de la cama, abanicando a su padre con una boleta de luz, ambas vencidas. Al ver entrar a la figura del traje gris, soltó un sollozo… de alivio.

​La Muerte se acercó a la cama. Rogelio abrió los ojos. Estaban vidriosos. Al ver a la Muerte, no sintió miedo. Sintió solidaridad. Vio el cansancio en los hombros de ella, la suela gastada de los zapatos, la mancha de grasa en la solapa.

—¡Perdón señora! —susurró Rogelio con un hilo de voz—. Por hacerla venir hasta el culo del mundo.

—Es mi laburo, Rogelio —respondió La Muerte, sacando una planilla arrugada y una birome Bic mordida del bolsillo—. El tema es que la logística está complicada. ¿Estás listo?

Rogelio asintió apenas.

—¿Duele?

—Menos que vivir con la jubilación mínima —aseguró ella.

​La Muerte miró su reloj Casio: 23:56.

—Bueno, vamos a hacerlo rápido que si no el sistema me lo pasa como fecha de mañana y es un lío administrativo.

​Apoyó una mano sobre la frente y, al contacto, Rogelio sintió una sensación de alivio que le trajo paz; una sensación que ya había olvidado. La Muerte empezó a tirar. No fue un tirón suave y etéreo como en las películas de antes. Fue un trabajo manual, forzoso. El alma de Rogelio estaba pegada al cuerpo por la costumbre y el miedo a que la arrancaran; como una etiqueta puesta sobre otra remarcando el precio.

—Colaborá, Rogelio, soltá el envase —masculló.

​Rogelio exhaló un último suspiro, un sonido seco, como una bolsa de papel que se rompe. Y entonces, se aflojó. El peso de los años, de la inflación, de las deudas y de la artrosis desapareció. La Muerte sostuvo esa pequeña luz grisácea entre sus manos un segundo. No brillaba mucho; era el alma de un laburante, opaca por el desgaste. Con un movimiento práctico, sacó un frasco de mermelada vacío del maletín, metió el alma adentro, cerró la tapa y le pegó una etiqueta con el número de CUIL.

​—Listo —dijo, guardando el frasco junto a otros dos que tintineaban en el fondo del bolso.

​El yerno miró el reloj digital de la mesa de luz. Los números rojos marcaban 23:58.

—¡Entró! —gritó, sin poder contenerse—. ¡Estela, entró en el día! ¡Congelamos las tarifas!

​Estela se tapó la cara con las manos y rompió a llorar sobre el pecho inerte de su padre. Lloraba porque su papá se había ido, pero en el fondo de su llanto, en ese lugar oscuro que nadie admite, lloraba de gratitud porque no iban a tener que vender la heladera para pagar el entierro.

​La Muerte completó el formulario y le extendió el duplicado al yerno.

—Acá tenés el certificado provisorio. Con esto tramitás la baja en ANSES. Hacelo rápido porque si no te ponen una multa a la existencia presunta.

—¡Gracias! ¡De verdad, gracias! —dijo el hombre, dándole la mano con efusividad.

​La Muerte asintió y salió de la habitación. No hubo luces blancas, ni coros celestiales, ni túneles. Solo el sonido de la tele del vecino. Bajó los seis pisos por la escalera a oscuras. Al salir a la calle, el aire de la noche la golpeó con una ráfaga de calor húmedo. Caminó las diez cuadras hasta la parada del colectivo con un aire de cierta esperanza: tal vez todo no estaba perdido.

​El celular le vibró de nuevo.

>> SERVICIO COMPLETADO. CLIENTE "CONAN V" INGRESADO CON ÉXITO AL SECTOR VIP. TIEMPO DE GESTIÓN: 12 MINUTOS. <<

​La Muerte miró la pantalla y luego miró hacia la avenida. A lo lejos, vio las luces del 114 acercándose. Venía lleno. Iba a tener que viajar parada de nuevo.

​Suspiró, se ajustó el nudo de la corbata, pensando que, a este ritmo, iba a tener que pedir un crédito para comprarse unas zapatillas cómodas. Porque en el 2027, hasta para morirse había que tener paciencia; y para llevarse el alma de un trabajador, había que tener buen estado físico.

Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

JULIA DREAM