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sábado, 15 de agosto de 2026

OPORTO RANCIO

Oscar De Los Ríos

 

08:00 am

Al despertar, aún antes de abrir los ojos, la primera sensación no vino del recuerdo ni de la culpa; fue un dolor punzante en la rodilla izquierda.

​Las sábanas eran las mismas del Día A; pero el viejo sentía su cuerpo como un saco de arena húmeda. Se miró las manos. La piel del dorso tenía esa palidez translúcida y moteada que solo otorgan el encierro y el tiempo.

​Su rodilla le pedía quedarse un rato más en la cama, pero hoy nada lo podía retrasar.

​En la mesita de luz, el cronómetro digital marcaba el avance del Día B.

​Se calzó las pantuflas y fue al baño, donde alivió una urgencia propia de la edad.

​La atmósfera del departamento era asfixiante. Las ventanas estaban siempre cerradas y pesadas cortinas relegaban el sol al exterior; pero ya se habían acostumbrado.

​De camino a la cocina para preparar el desayuno, cruzó el comedor. En el rincón más oscuro, su hermano ya estaba sentado en una silla de madera; sus manos descansaban en los apoyabrazos. Tenía la cabeza colgando y lo miraba con una mueca torcida, como si encontrara el asunto vagamente divertido.

​—Buenos días —le dijo el viejo, mientras se acomodaba los anteojos—. A partir de hoy continuarás con tu vida, ya no te voy a retener. No podés reprocharme nada; te cuidé y nunca estuviste solo. Por favor recordá que el éxito de nuestra misión exige que te mantengas en tu lugar.

​Su hermano no respondió; fue precisamente ese silencio terco el que le devolvió la tranquilidad de que la simetría sería perfecta.

 

12:00 pm

El viejo realizó La Contabilidad del Cosmos. Arrastró los pies hasta el gran salón donde se encontraba la consola central, un altar de pantallas de monitoreo que él mismo había ensamblado.

​Revisó los gráficos de cascada y los códigos que titilaban en los monitores; los valores eran exactos. El puente temporal estaba tendido. En las interfaces gráficas, las variables de la materia del Día B reflejaban una superposición matemática casi perfecta con los registros del Día A. La espera estaba terminando. El cosmos, con su monumental indiferencia de gigante ciego, parecía ignorar las arrugas de su rostro. En el flujo luminoso de los algoritmos, la brecha temporal quedaría reducida, al final del Día A, a dos fotogramas idénticos, cancelándose en el filtro de la probabilidad.

​El viejo sonrió. Luego miró a su hermano, que seguía sentado al fondo del salón, observándolo indiferente.

​—Hoy voy a saldar mi deuda con el Cosmos. Seré su administrador de sistemas.

​Sin embargo, cuando intentó levantarse de la silla ergonómica, un fuerte dolor de espalda le recordó que el administrador de sistemas tenía el disco duro dañado por el tiempo. El Universo estaba a punto de saltarse la última década, pero sus vértebras la habían contabilizado con precisión fiscal.

 

04:00 pm

El guion original –el que el programa había decretado– exigía que a las cuatro de la tarde se sirviera el oporto.

​El pico de la botella chocó el borde de la copa con un tintineo nervioso, mientras el licor espeso se derramaba.

​Sin moverse de su lugar, vestido con un traje de lino beige y el gesto cansado del que ya nada espera, su hermano lo observaba acercarse. Habían estado discutiendo desde el mediodía por las patentes del software de la matriz cuántica y, al no llegar a un acuerdo, la situación escaló.

​—¡No vas a poner la investigación, otra vez, solo a tu nombre. El algoritmo cuántico es mío! Igual que el reconocimiento de nuestros pares —amenazó su hermano, quien se rebeló por primera vez en su vida—. Si mañana intentás subirlo a la página de registro de patentes, presento la demanda y te hundo. A las ocho me voy para siempre, a empezar una nueva vida.

​Las copas quedaron sobre la mesa.

​Horas después volvieron a cruzarse en el comedor. Aún había tensión entre ellos, pero hicieron una tregua. Y con el correr de los días, el encierro dictó que el éxito y el reconocimiento solo tenían valor en relación con la manera de interactuar con los demás; poco a poco se fueron aislando de la sociedad. Un nuevo proyecto, capaz de borrar un evento del devenir del cosmos, los mantuvo unidos en la sala de computación.

​ Para asegurar que todo transcurriera sin la interferencia de la realidad exterior, el viejo, compró uno a uno, los cuatro departamentos del sexto piso del complejo. El dinero de las patentes de software se había ido en ofertas ridículas a vecinos ruidosos, hasta dejar el pasillo en un silencio de tumba.

​La única variable humana era un sargento retirado de la policía local que llevaba ya un largo tiempo cobrando un sueldo generoso por vigilar la entrada del 6B. Dejaba las compras junto a la puerta cerrada, convencido de que custodiaba el encierro voluntario de un millonario excéntrico.

​Su único día libre era el domingo. Entregado a la fe desde su retiro del servicio, oficiaba como diácono de la parroquia del barrio.

​El viejo, a pesar de las diferencias, comprendió que aún eran familia y le ofreció una copa de oporto; su hermano la rechazó. Pero él insistió, su hermano vaciló; tomándole la mano con infinita dulzura, le ayudó a cerrar los dedos alrededor del cristal.

​Brindaron.

​Lo único que el programa no podía solapar era el sabor del oporto: espeso y vibrante en el Día A; rancio y amargo en sus papilas envejecidas, en el Día B.

 

08:00 pm

El reloj del sistema emitió un pitido sordo sacándolo de sus divagaciones.

​El viejo tomó el cuchillo de caza con mango de asta de ciervo. El acero estaba tan pulido como la primera vez, pero su brazo no tenía la fuerza del rencor; solo lo animaba la culpa.

​—Es hora.

​Levantó el brazo para asestar el golpe que iba a reiniciar el cosmos.

​El impacto no fue blando. No hubo la resistencia cálida de la carne que su memoria había ensayado durante diez años. El metal chocó con algo seco, calcáreo, un muro de tiza dura que rechazó el acero. El golpe vibró a través del mango y la hoja, irradiando un dolor agudo hasta su codo.

​La fuerza del impacto hizo que el cuerpo se tambaleara en la silla. Un hombro se desmoronó. Jirones de lino se hundieron en la caja torácica, pelada por el tiempo y el formol. La copa de oporto se volcó, tiñendo restos de tela de un color púrpura oscuro que corrió sobre el polvo de los restos, tratando en vano de imitar la sangre. El golpe desprendió la mandíbula del cráneo, que colgaba ahora de un hilo de cartílago seco, revelando el vacío negro e infinito de la muerte.

​El viejo miró la palma de su mano acalambrada. En el suelo, entre astillas de hueso amarillento, quedó el puñal.

​Giró la cabeza, aterrorizado, hacia la consola. Las pantallas seguían brillando en verde, estables, impasibles, marcando una fluctuación cuántica perfecta. El software decía que el Universo estaba borrando el Día A. Pero el dolor en su codo era real y la muerte de su hermano aún permanecía inmutable.

 

11:55 pm

​Una ansiedad insoportable, ante el inminente borrado del día, llevó al viejo a dejar la puerta principal del departamento entornada. Buscaba desesperado una bocanada de aire fresco.

​Hacia el final de su ronda, el sargento se detuvo extrañado frente al 6 B. Llevado por el presentimiento, entró al departamento en el momento mismo en que las pantallas mostraban los últimos datos. Se paralizó en el umbral, retrocediendo un paso mientras su mano derecha bajaba instintivamente hacia la cartuchera abierta del cinturón. El brillo en sus ojos pasó del horror al asco. Miró al anciano cubierto de sudor y polvo de hueso, cayendo de rodillas, y luego miró al esqueleto apuñalado, rodeado por una mancha oscura y pegajosa sobre la alfombra. Conteniendo una arcada, tragó saliva con dificultad y retiró la mano del arma.

​Se llevó la mano al pecho y se persignó.

​El viejo abrió la boca para gritarle que había corregido el cosmos; que los últimos diez años se perdieron en el vacío de la existencia; que la rodilla le dolía por la entropía biológica y no por el castigo divino; que Dios había mirado para otro lado. ¡Que él… él! era el artífice del milagro que iba a presenciar.

​El cronómetro llegó a 00:00.

​La luz de las pantallas se extinguió. En la oscuridad del salón, solo quedó el viejo llorando sobre un montón de huesos amarillos, mientras el sargento rezaba un padrenuestro para agradecer el perfecto y previsible decreto del Altísimo.



Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

 

sábado, 25 de julio de 2026

LA CASITA PROPIA

Oscar De Los Ríos

 

El sol de febrero de 2027 castigaba la ciudad. En un departamento alquilado en el centro de Rosario, Mateo y Sofía estaban frente a la pantalla de la notebook, el único objeto de la casa que parecía recibir toda la atención de la familia.

​Hacía apenas una hora que el gobierno nacional había anunciado por cadena nacional el nuevo Plan de Vivienda: "Cimientos de Libertad", un crédito del Banco Hipotecario Nacional diseñado para "gente de bien". Inmersos en una realidad de sueldos mínimos y horas extras, Mateo y Sofía sentían que la vida se les iba en un goteo incesante de contratos de alquiler y expensas extraordinarias.

​—Dale, Mateo, cargá de nuevo —rogó Sofía, con los ojos rojos de tanto tener la vista fija en la pantalla, como si apartarlos fuera renunciar a sus sueños.

​—El portal oficial colapsa cada vez que llego al campo del CUIL —respondió Mateo, con los dedos entumecidos.

​De repente, la pantalla cambió. Lograron ingresar al sitio web donde se realizaba la inscripción; el dato que les pasó un amigo por WhatsApp, de usar una VPN con sede en Israel, había hecho la magia. Pero el sistema no se rendía; parecía una carrera de obstáculos. En un arranque de eficiencia inesperada, les pidió un documento que no figuraba en ninguna guía previa: el “Certificado de Validación de Optimismo”. Mateo buscó frenéticamente en otras pestañas. Nadie sabía dónde se tramitaba, pero un hilo de una red social sugería que se obtenía tras responder un cuestionario psicotécnico donde el usuario debía marcar "Verdadero" a afirmaciones como "Los Cucas se robaron todo", “El León devoró la casta” o “En 40 años seremos potencia”.

​Por fin, luego del último clic, dio la confirmación y pudo avanzar a la siguiente pantalla, donde lo esperaba el captcha que determinaría que aún era un ser humano. No debieron clickear sobre semáforos en rojo ni bocas de incendio. El sistema les obligaba a identificar "tramos de rutas nacionales en condiciones de transitabilidad" sobre un mapa satelital. Mateo pasó cuarenta minutos haciendo clic sobre manchones grises y banquinas desmoronadas hasta que, finalmente, el círculo verde de aprobación apareció en pantalla.

​Cuando el correo electrónico de confirmación llegó a la bandeja de entrada, sintieron el alivio de la euforia. Habían calificado. Mateo y Sofía miraron a los chicos con esa chispa de esperanza contagiosa que solo tienen los que pagan alquiler en 2027. Se sintieron, por fin, parte de ese 1% que lograba ganarle al sistema, los elegidos para abandonar la precariedad del inquilino.

​Esa noche no se habló de deudas. Sofía, sentada en la cama, ya se imaginaba con una cinta metálica midiendo la pared al fondo del living.

​—Acá va a ir la biblioteca de madera maciza —decía, imaginando el olor del roble.

​Mateo, por su parte, había entrado en YouTube y veía tutoriales sobre cómo cuidar un césped que todavía no había plantado. Aprendía sobre el pH del suelo y el riego por aspersión mientras miraba el balcón de dos metros por uno, donde en cuatro macetas plásticas tenía todo su patrimonio botánico.

 

La sede de calle Santa Fe era un hormiguero de personas con carpetas bajo el brazo y esperanzas por realizar. Tras tres horas de cola fueron derivados a una oficina en el último piso: el despacho del Escribano.

​El lugar era aséptico, con un ventanal que miraba hacia el río Paraná. La vista le pareció a Sofía de buen augurio. El Escribano, un hombre de gestos medidos y traje gris impecable, tenía sobre el escritorio el contrato del crédito hipotecario y unos anteojos de cartón prensado con lentes de realidad aumentada. Se los extendió como quien entrega la llave de la puerta de entrada.

​—Pruébenlo, por favor. Aquí pueden visualizar cómo la casita propia se va haciendo realidad.

​Mateo se colocó el visor. De repente, el despacho desapareció. En su lugar surgió un living inmenso, de techos altos y pisos de porcelanato. Era una vivienda de tres ambientes, impecable, con patio y asador.

​—Es escalable según el ancho de banda que contraten —explicó el Escribano desde algún lugar de la realidad física.

​—Pero... ¿cuándo nos mudamos? —preguntó Sofía, que ya le había arrebatado los anteojos a su marido y giraba sobre su propio eje maravillada por la cocina de mármol virtual.

​—La entrega física será por sorteo —respondió el funcionario con una sonrisa profesional—. El último sorteo está programado para hacerse en treinta años; son muchas las casas a entregar. Mientras tanto, ustedes ya son propietarios. Pueden entrar y recorrer su casa cuando quieran, desde cualquier lugar con conexión.

​Desde un rincón de la oficina, otro funcionario le susurró al Escribano, pero lo suficientemente fuerte para que Mateo y Sofía oyeran:

​—¿Y si se atrasan en alguna cuota? ¿Aún van a tener el beneficio de ingresar al sitio web o los van a bloquear?

​—Por supuesto que van a poder seguir soñando. Con el tiempo, el sueño va a ser tan importante como la casita propia. Y los mantendrá contentos. La tranquilidad es el verdadero bien de mercado aquí.

​Los meses siguientes fueron una lenta agonía financiera. La cuota del crédito, ajustada por el “Índice de Inflación” empezó a devorar los ingresos de la familia. Primero fueron las salidas a comer; luego, el ajuste llegó a las necesidades básicas; no se compraron zapatillas nuevas para Enzo, mientras Mateo remendaba las viejas con pegamento; Emma escondió la nota de la maestra pidiendo un libro de lectura nuevo; se cancelaron los festejos de cumpleaños.

​Pero cuando los invitaban a alguno y alguien les preguntaba: “¿Cuándo se mudan a la casa propia?”, ellos respondían con una fe dogmática:

​—Hay que darles tiempo.

​Una frase que funcionaba como un escudo contra la angustia. Se convencían de que el sacrificio físico de hoy era el cimiento de la casita propia de mañana.

​La crisis final llegó cuando el dueño del departamento que alquilaban les comunicó que no renovaría el contrato. Necesitaban mudarse. Desesperado, Mateo volvió al Banco Hipotecario. Buscó al funcionario que lo había atendido antes, el que hablaba con el Escribano.

​—Comprendo la urgencia, Mateo —le dijo el hombre con un tono paternal—. Pero deben darse tiempo. El sorteo mensual los puede hacer propietarios físicos en cualquier momento. Solo es cuestión de no perder la fe en el sistema.

​Mateo volvió a la casa con los hombros caídos. Las cajas de cartón ya estaban apiladas en el living, listas para un desalojo que tenía como destino la casa de sus padres. Después  de un rato de incertidumbre, se animó a contarle a Sofía la charla con el funcionario del banco, esperando que ella estallara en llanto o en furia. Pero Sofía, que sostenía los anteojos de cartón como si fueran un rosario, lo miró con una serenidad que le infundió ánimos.

​—Es cierto, Mateo —dijo ella con una voz suave, casi mística—. Debemos darnos tiempo.

 

La última noche en el departamento fue una comunión familiar con fe en el futuro. Solo quedaban muebles vacíos. Todo lo demás había sido embalado; sobre la mesa estaban los lentes de realidad aumentada.

​En medio de la penumbra, Mateo, Sofía y los dos chicos se sentaron en círculo en el sillón a mirar el televisor. En un programa de noticias la realidad trascendía la pantalla:

​—Pasando al ámbito gubernamental, el jefe de Gabinete deberá mañana comparecer en Comodoro Py por…

​—Pónganselos —ordenó Mateo.

​Cada uno se colocó sus anteojos de cartón. Al instante, las paredes del departamento vacío desaparecieron. Se encontraron de nuevo en su salón de techos altos, frente a la biblioteca de madera maciza cargada de clásicos y el ventanal que daba a un césped verde esmeralda.

​—Debemos darnos tiempo —susurró Mateo, mientras Sofía acariciaba la cabeza de sus hijos.

Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

domingo, 28 de junio de 2026

EL DIARIO DE LOS SORIA

Oscar De Los Ríos

Esa noche nos encontrábamos en el bar Central festejando con una cena que al fin, luego de varias tentativas fallidas, había logrado que el bibliotecario, José Zgarbick, diera una simultánea de quince tableros a ciegas: catorce ganadas y una tablas. En la sobremesa, luego de que José se retirara, los comentarios recayeron sobre las partidas jugadas.

—Realmente una demostración de memoria e inteligencia colosal —dijo Mariscal.

—Cuando me dijo “jaque mate”, hasta me puse contento. ¡Un genio! —se emocionaba el Osito.

—Acaso hablan de esa demostración de trucos de feria que vimos hace un rato. —La voz llegó desde un rincón en sombras, que ocultaban al interlocutor, aunque a pesar de eso lo reconocí.

—Mire, Maestro —le retruqué, molesto por su intento de sabotear mi éxito como organizador—; usted abandonó en veinte jugadas.

—Tenía una jaqueca terrible, por eso dejé una partida ganada, no lo dije antes porque no quise ofender a nuestro invitado, pero no creo que sea un prodigio comparable a las partidas literalmente a ciegas disputadas por un antepasado mío —agregó mirando a la concurrencia a los ojos—. Tal vez haya en esta reunión alguno que quizás aún no lo sepa, pero hace unos años heredé por parte de mi tío paterno, Antonio Márquez Heredia Ponce de Soria, un diario redactado durante varias generaciones de los Soria, donde se puede ver como la historia familiar está atravesada por el ajedrez desde el 1500 Anno Domini, hasta la fecha. En el mismo se puede leer…

—¡Vamos, Soria!, ¿acaso pretende que creamos que ese diario existe? —La voz de Sam interrumpió el relato.

Sin decir palabra, el Maestro, esbozando una sonrisa cómplice, como diciendo “gracias, Sam”, salió del bar y regresó cinco minutos después trayendo un libro muy viejo, con cubierta de cuero y hojas apergaminadas, encuadernado artesanalmente.

—Esta reliquia familiar —continuó Soria—, fue comenzada a escribir por el clérigo Héctor Soria, quien recibió la tonsura de manos del abad del monasterio de San Pedro de Montes, refundado por San Genadio, que terminó sus días viviendo en penitencia en las cuevas de Santiago Peñalba, donde se encontraron cinco piezas del juego de ajedrez más antiguo de Europa, al cual se le atribuyen cualidades milagrosas. La historia a la que me refiero está escrita en este diario y, para que después ninguno me trate de mentiroso, lo ofrezco al que quiera leerla.

Se hizo un largo silencio y nadie se atrevió a agarrar el diario de los Soria, hasta que, dando un paso adelante, Manuel De Pauli casi lo arrancó de manos del Maestro, lo hojeó y se lo devolvió.

—Ya me parecía que viniendo de Soria algo raro surgiría de ese diario.

—¿Acaso duda usted que este libro lo escribió un Soria? —protestó el Maestro con aire indignado.

—Allí se lee el nombre de un tal Héctor Joao Soria, pero… el resto del libro está escrito en latín —le respondió Manuel.

—Lógico —dijo Soria— fue escrito por un monje de la regla de San Benito en la edad media. Bueno viendo que nadie lee latín lo haré yo.

‹‹Hodie Anno Domini 1550, venit ad monasterium, tertio puer non Joao de Soria, est specialis filius, qui fuerit natus, cum gratia Dei, et baptizatus in Spiritu sancto.

Los muchachos de la barra ni siquiera se molestaron en protestar y dándole la espalda empezaron a charlar de otros temas. Con una sonrisa en los labios miraba al Maestro que estaba a punto de estallar en insultos

—Estás leyendo en latín, Héctor —le dije, colocándole una mano en el hombro.

—¡Ah, perdón! Es que me embarga la emoción; no todos los días se lee a un antepasado de varios siglos —y continuó en castellano.

«Hoy, 1501 Anno Domini, ha llegado al monasterio el tercer hijo de don Felipe de Soria. Es un niño especial que ha nacido con la gracia de Dios y fue bautizado en el Espíritu Santo. Cuenta a la sazón con cinco años y es ciego de nacimiento. Su educación me ha sido confiada por ser primo directo por parte de padre. Haremos lo posible por dar a esta alma una vida en el seno de la Santa Iglesia. —Saltando varias páginas, Soria continuó con la lectura—. A Máximo Soria, tal era el nombre de esta desgraciada criatura, se lo asignó a la cocina del convento, lugar que prefería a cualquier otro, convirtiéndose en un ayudante eficaz. De su vida espiritual e intelectual me ocupé personalmente y demostró ser un niño despierto e inteligente en grado sumo. Aprendió a contar, sumar y restar; a pesar de ser ciego quiso conocer el abecedario y las palabras. Para ello le tallé las letras en corteza de abedul y, combinándolas, aprendió a leer y a escribir. Hubiera pasado toda la vida en la cocina del convento de no ser que Dios –algunos dicen que fue el ajedrez de San Genadio–, tenía otros planes para él. Contaba con la edad de quince años cuando aconteció la muerte del hermano Benito, que redujo a trece la cantidad de comensales en las cenas del convento; situación que llevó a sentar a Máximo a la mesa del abad, quien además de ser un sibarita, era un amante del ajedrez. Por eso, una vez concluida la cena, con otros dos de los hermanos nos poníamos a jugar olvidados de la presencia de Máximo, quietito en su silla, escuchando nuestras blasfemias al perder una partida; quedándonos hasta altas horas de la madrugada. No pasó demasiado tiempo hasta que, cierto día, Máximo me preguntó que hacíamos en la sala después de la cena que era tan divertido. Le conté del ajedrez: de sus torres, caballeros, obispos, reyes, reinas y vasallos; de su tablero y casillas... de la magia de las partidas. Quedó fascinado y su espíritu inquieto quiso aprender a jugar. Cada vez que nos encontrábamos me obligaba a contarle sobre el movimiento de una pieza, la captura de un herrero, un paje, o el jaque mate. Aprendió todas las reglas de juego. Más de una vez lo sorprendí en la sala recorriendo con dedos trémulos los relieves de las piezas, o dibujando el contorno del tablero emocionado hasta las lágrimas. Por todo esto, cuando me pidió de jugar una partida no me sentí sorprendido sino conmovido. ¡Era apenas un niño! ¡¿Cómo explicarle que siendo ciego nunca podría mover las piezas?! Antes de que llegara a comunicarle mis pensamientos, Máximo, tomó la caja, volcó las piezas sobre la mesa y las acomodó en el orden correcto sobre el tablero, luego me dijo “el herrero avanza una casilla”.

«Lo mire con una sonrisa condescendiente en los labios, sin darme cuenta de lo banal de mi reacción. Y no atiné a hacer nada. El esperó unos minutos y repitió la misma frase.

«“El herrero avanza una casilla” —y agregó a guisa de explicación—. “El herrero avanza una casilla por delante del caballero, en el flanco del rey”.»

—Pero… ¿ese no es el sistema descriptivo de ajedrez, Maestro? —lo interrumpió otra vez Sam.

—Sí, muy parecido —le contestó muy serio el Maestro —. Si se lo estudia con atención tiene algunas variantes con respecto a este. Les muestro las anotaciones que están en el diario y ustedes mismos verán las diferencias.

De más está decir que ni siquiera Manuel tomó la posta esta vez, solo el Chacho Rasuf hizo una acotada observación.

—Ese sistema, si no me equivoco, fue inventado varios siglos después, por lo tanto, ¿cómo es posible que su antepasado usara una versión primitiva del mismo, sin que quedara ningún registro histórico, Soria?

—¡Claro! ¿Y ahora también me van a decir que el primero que llegó a América fue Colón! Máximo Soria, hubiera revolucionado la historia del ajedrez de no haber caído en desgracia, y yo hoy no tendría que dar tantas explicaciones. Si me dejan llegar al final de mi lectura todas las dudas quedaran satisfechas.

Se hizo un profundo silencio y el Maestro continuó con su relato.

—Luego de esta primera partida, que por supuesto perdí, Máximo se convirtió en un jugador único, de un talento excepcional y muy pronto, no tuvo rival en el convento. Su fama traspuso los muros de esta insigne institución y comenzaron a llegar jugadores de todas partes para medirse con el cieguito que jugaba al ajedrez. A pesar de esto, la vida continuó su ritmo normal y así pasaron cinco años, hasta que el Papa Julio II oyó hablar de él. Sabida es la afición del Santo Padre por este juego, en cuya lid se cree imbatible, por lo cual no pudo evitar el deseo de medirse con Máximo en un encuentro, tablero de por medio. A medida que aumentaba la nombradía del jugador ciego, el deseo de Julio II se transformó en obsesión; trasladándose finalmente al convento con el fin de jugar una partida. De la llegada del Santo Padre, nos enteramos cuando el aposentador golpeó a nuestras puertas con el objeto de que hiciéramos los preparativos para recibirlo con su séquito. Conocedores del sorpresivo e inminente arribo, advertimos a Máximo de las ventajas que supondría para nuestra orden que se dejase ganar. Estábamos escasos de dinero y cada vez costaba más conseguir las provisiones. Sabíamos que, si se iba contento, el papa sería generoso. En un principio logramos convencerlo pero… luego de la primera partida, Julio II, pecó de soberbia y dijo: “realmente lo único que tiene de maravilloso es que siendo ciego juegue al ajedrez. Por lo demás es un jugador mediocre”. ¡Imposible contener a Máximo, herido mortalmente en su orgullo! Armando de nuevo el juego retó al Santo Padre a un match a cuatro partidas. El resultado fue funesto. Aplastó sobre el tablero a Julio II y al terminar le dijo: “Tal vez sea un buen papa, pero lo que sí es seguro es que es un mediocre jugador”.

«Al escuchar semejante blasfemia caímos todos de rodillas frente a su Santidad y fue el hermano Pedro quien sugirió que Máximo debía estar poseído para obrar de esa manera. Esto fue suficiente para el Santo Padre: mandó a detener a Máximo y lo hizo trasladar a Roma para juzgarlo por hereje, excomulgando latae sententiae, a todo aquel que volviese a pronunciar su nombre. En cuanto al juego utilizado se le debía arrojar a la hoguera. Estábamos aun tratando de asimilar las desgracias que lloverían sobre nuestras cabezas, cuando de repente las puertas del salón principal del convento se abrieron de par en par sin que nadie las tocara y, el propio San Genadio, traspuso el umbral. Sus pies no tocaban el suelo, sus ojos echaban chispas y su voz sonó profunda y cavernosa, como si estuviera en una cueva. “¡Qué posesión ni mil demonios! El muchacho viene conmigo a las cuevas de Santiago Peñalba”. Dicho esto, lo tomó de la mano y Máximo se dejó guiar por el Santo Varón, más allá de los muros del convento. Esa fue la última vez que lo vi.

 «Tardamos dos días en recobrarnos de este milagroso suceso, en los que el Santo Padre se quedó con nosotros, para dedicarse a un asunto menor: a poner sitio a Florencia, con el fin de que Miguel Ángel regresara a terminar su tumba. Antes de irse dejo dos órdenes a seguir bajo pena, ya no de excomunión, sino de muerte.

«Primero: Que no se volviese a jugar ajedrez en el convento.

«Segundo: Que no se volviese a mencionar el nombre de Máximo y que se lo quitara de los libros de registro.

«De más está decir que nunca volvimos a nombrar a Máximo. Es por eso por lo que comencé a escribir este cuaderno, para que algún día la verdad salga a luz».

Llegado a este punto del relato la voz de Soria murió. Todos en el bar estábamos bajo los efectos del místico relato y fue el propio Manuel de Pauli, quien, tras persignarse, comenzó a rezar un padrenuestro, oración a la que nos unimos todos.

 A la semana de este suceso pasé por la biblioteca Homero a agradecerle a José por haber dado la simultánea en la academia; jugamos unas partidas, charlamos y cuando me iba me dijo.

—Un rato antes de que llegaras estuvo Soria, casi te lo cruzás; vino a devolverme un misal con tapas de cuero escrito en latín; se lo presté el día que di la simultánea en el bar. Dude mucho en hacerlo, es un ejemplar único, un verdadero incunable, que data de la edad media; pero el esgrimió como argumento que quería leer el libro porque su nombre era el mismo que el del autor. Al final, cedí. Solo tengo una duda ¿vos sabés si Soria lee en latín medieval?

—No solo lo lee, mi querido bibliotecario, sino que lo traduce como el mejor de los latinistas.

 Tras decir esto lo miré a los ojos, esboce una sonrisa, le di la mano y me fui.


Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

domingo, 26 de abril de 2026

ATAÚLFO

Oscar De Los Ríos

 

Al nacer parecía esculpido en mármol blanco níveo veteado de azul; los médicos que asistieron el parto recién se dieron cuenta de que era de carne y huesos cuando lloró. Su madre, al tenerlo en brazos, experimentó una sensación tan extraña que pensó en la muerte y el más allá; aunque, lejos de inquietarse o intimidarse ante tan extraños pensamientos, sintió tanta paz y bienestar que no lo quería soltar. Todo el que alzaba al recién nacido salía de la habitación con una sonrisa en los labios y una actitud nueva ante la vida.

Tuvo una infancia hermosa. Era un niño dulce, inquieto y travieso; siempre correteando por la casa y el pueblo. Cuando ingresó en la escuela primaria se reveló como un alumno ejemplar, y los demás chicos buscaban su compañía.

—¡Ay, doña María! Su hijo será un gran médico —aseguraba su actual maestra de quinto grado.

—¡No… no… no…! —decía la que fue su maestra en segundo—. ¡Será un gran actor! ¿Qué otra cosa? Con esa belleza de ángel y ese don, ese carisma que tiene con la gente.

—¡Por favor, no les haga caso, doña María! Estas dos están completamente equivocadas. Su hijo será un gran Ministro de la Iglesia —terciaba su maestra de cuarto grado.

Ninguno de estos vaticinios se cumplió; el oficio de Ataúlfo resultaría tan extraño y raro como su nombre, al cual parecía atado.

Con el paso de los años, un día, mientras acompañaba a su abuelo al cementerio al entierro de un amigo, Ataúlfo quedó fascinado por la solemnidad del ambiente, el respeto de las personas y las palabras de consuelo del sacerdote. Sintió una profunda curiosidad por el misterio de la muerte y el más allá, y comenzó a observar con atención los rituales funerarios.

Este interés, que fue creciendo con el tiempo, lo llevó a que, cuando internaron al abuelo, iba a visitarlo al hospital; su presencia transmitía paz y consuelo a los enfermos. Al fallecer el anciano, sus hábitos cambiaron. Ahora, en vez de salir a corretear con sus amigos o a jugar un partido de fútbol, asistía a cuanto velorio había en el pueblo; en los cuales era siempre bien recibido y agasajado. Hasta había quienes mandaban a comunicarle del fallecimiento de tal o cual, como si se tratase de un pariente cercano que no podía faltar en las exequias.

El pueblo de Ataúlfo era pequeño y pintoresco, pero crecía y prosperaba a pasos agigantados. Es por eso que, de tener una sola empresa de Pompas Fúnebres, pasó a tener dos. Ese hecho inquietó muchísimo al señor Raúl Pérez, dueño de la funeraria La Tradicional. Hombre sensible y culto, se había vuelto muy ducho en su oficio y no dejó de notar que, cuando Ataúlfo asistía a un velorio, en su funeraria se duplicaba la cantidad de asistentes, los ánimos se relajaban y los ancianos le pedían: “¡Por favor, hijo, no dejes de asistir a mi velorio!”. Habiendo escuchado ésta y otras frases del mismo tenor, Raúl Pérez, dedujo con gran inteligencia que, quién tuviera a su servicio a Ataúlfo, realizaría la gran mayoría de los funerales del pueblo. “¡Sino todos!”, expresó en voz alta esbozando una enorme sonrisa, al tiempo que restregaba sus manos como felicitándose ante tan gran idea. Ataúlfo cumplió los quince años y Raúl Pérez decidió que ya era tiempo de contratarlo; la competencia ofrecía un servicio más barato y moderno y su negocio se iba a pique.

La familia de Ataúlfo era modesta y, desde que el padre se había accidentado en el tambo en el cual hacía changas, la economía del hogar andaba a los tumbos; por eso se alegró doña María.

—¡El mismísimo dueño de La Tradicional! ¡Don Raúl Pérez en persona! Vino a buscar al nene para ofrecerle trabajo. Habló de un sueldo y comisiones por cada servicio contratado —le dijo a su marido—. Tendría que atender a la gente en el local de la tradicional y ofrecer los servicios fúnebres.

El padre de Ataúlfo, un hombre de pocas palabras y pragmático como pocos, asintió con la cabeza. La situación económica de la familia era apremiante, y la oferta de don Raúl Pérez era un salvavidas.

—Que vaya nomás —sentenció, sin darle más vueltas al asunto.

Doña María, con el corazón henchido de orgullo y preocupación a partes iguales, fue en busca de Ataúlfo; que era poco más que un niño, en muchos aspectos. No sabía si tenía la madurez suficiente para enfrentar la responsabilidad de un trabajo.

Lo encontró en su habitación, cambiándose para ir a un velorio en La Tradicional.

Luego de contarle la propuesta de Raúl Pérez, le hizo una pregunta fundamental.

—¿Crees que estás preparado para asumir esta responsabilidad, hijo? —Y al decir esto, con su mirada dulce de madre, le decía que aceptara únicamente si deseaba el trabajo.

Ataúlfo, con esa sensibilidad que le era tan propia, comprendió lo que su madre le transmitía, con la palabra y con la mirada.

—No te preocupes mamá —al decir esto, su voz sonó adulta y cariñosa—. Como ya te habrás dado cuenta, y te han comentado también, ya paso varias horas al día yendo al local de La Tradicional, cuando hay un velorio. Después de casa, es mi lugar en el mundo. Siento que puedo dar paz y consuelo al que lo necesita.

La madre de Ataúlfo lo abrazó y lo besó en la frente, dándole su bendición.

Y así, Ataúlfo, ingresó a la empresa de don Raúl Pérez. ¡Qué maravilloso efecto producían en su ocasional interlocutor, el traje y zapatos negros, en contraste con la blancura nívea de su piel y los ojos azules! Parecía un enviado del Señor abriendo las puertas del Paraíso. Atendía a los deudos siempre correcto, atento, con una palabra de consuelo. Jamás se aprovechaba de los más desesperados, que a consejo suyo hubieran vendido la casa para brindarle a su padre, madre, hijo o hermano, un servicio digno de un rey. Le daba a cada uno, aquello que habían venido a buscar y podían pagar.

Pasaron unos años y prosperó tanto La Tradicional, que el dueño de La Moderna, un empresario de Pompas Fúnebres de la capital, decidió ir en persona a controlar el negocio. No comprendía cómo, ofreciendo un servicio de primera a un precio un treinta por ciento más barato que su único competidor, éste no solo no se hubiera fundido.

—… sino que soy yo quien deberá cerrar la sucursal —comentaba confundido en una reunión de directorio.

Llegó al pueblo por sorpresa un sábado a la mañana y comprobó que la empresa y sus empleados estaban en orden. Por la tarde se encaminó a La Tradicional, quería conocer el secreto de su éxito. Lo recibió Ataúlfo y, luego de una extensa charla, el dueño de la Moderna se retiró.

La gente del pueblo sonreía al verlo pasar, lo seguían con la mirada y, cuando el extraño visitante de la capital se perdía de vista, lo señalaban al tiempo que se llevaban el dedo a la sien y lo hacían girar.

El semblante del dueño de La Moderna denotaba confusión, estando a mitad de camino entre demostrar una inmensa alegría o un gran estupor. Por un lado, como con miedo a perderlo, apretaba entre sus manos un contrato en el cual constaba, entre otras cláusulas, que Ataúlfo asistiría a su velorio en La Tradicional; por el otro no podía entender que Ataúlfo no aceptara el ofrecimiento que le había hecho para asociarse con él al cincuenta por ciento de las ganancias de todas las sucursales de su empresa.

—Estos capitalinos creen que todo se puede comprar con dinero —comentaban los vecinos, cuando se enteraban del suceso. Ni un momento dudaron de que Ataúlfo los traicionase ante tan tentadora propuesta y se marchara del pueblo.

Todo continuó en su cauce normal hasta que un día, Ataúlfo, no pudo resistir la tentación de probar un féretro que había llegado a La Tradicional para el funeral de un eminente ciudadano del pueblo. Una pieza de ebanistería de una belleza extraterrenal: de caoba laqueada, realizado todo con encastres artesanales sin aporte de clavos, con un interior acolchado y tapizado en seda y encajes. Se acomodó en el interior del ataúd y se sintió tan cómodo y en paz que supo, en ese instante, que no podría descansar en otro lecho. Bastó una indicación suya para que los deudos consideraran el ataúd como inadecuado y optaran por otro. No comunicó a nadie su extravagante decisión, no fuera que su patrón no la aprobara. Desde entonces, los días en que no había servicios, se adjudicó la tarea de cerrar las puertas del establecimiento y, una vez retirado todo el personal, al encontrarse solo en el local se dirigía al depósito y preparaba el féretro para dormir. ¡Morfeo mismo lo esperaba junto al ataúd!

Una mañana de verano Raúl Pérez entró en La Tradicional más temprano de lo habitual y lo encontró durmiendo. La emoción que lo embargó fue tan grande que estuvo contemplándolo durante más de media hora. Antes de que despertara se retiró del depósito y, a media mañana, hizo trasladar el féretro a una sala vacía al fondo del establecimiento; para que nadie molestara a Ataúlfo cuando quisiera descansar o tal vez hacer una siesta.

Pasaron algunos años más con total calma y paz, hasta que, cierto día amaneció el pueblo de Ataúlfo con la triste noticia de la muerte del hijo mayor de Raúl Pérez. El desconsuelo de este era terrible, aún no había terminado el duelo de su mujer, fallecida un año antes, y la muerte le arrebataba a su único hijo. Ni siquiera podría velarlo: el cuerpo nunca fue devuelto por el mar. La tristeza y la impotencia de no tener el consuelo de un velorio, y luego los funerales, justamente él, que les había ofrecido ese sosiego a todos los habitantes del pueblo. Enterado del penoso suceso, Ataúlfo se sintió en la obligación de hacer algo por quien consideraba su amigo y benefactor. Le dijo que se encargaría de todos los preparativos y que esa misma noche darían comienzo las exequias. Raúl Pérez, a pesar de hallarse confundido y sin poder comprender, se dirigió al anochecer a la cochería. Para sorpresa suya en el local se hallaba más gente de la que recordara jamás. El salón mortuorio estaba más iluminado que nunca por ardientes cirios, y en el medio se hallaba el ataúd majestuoso en que dormía Ataúlfo. La gente del pueblo pasaba frente al cajón con lágrimas en los ojos, se persignaba, y salía del recinto con paz de espíritu.

Parado junto al féretro donde Ataúlfo parecía descansar en los brazos de Dios, Raúl Pérez, recibió como un regalo divino el consuelo que estaba buscando y se halló en paz con Dios y en consecuencia con sí mismo y sus semejantes.

Desde entonces, cada vez que alguien muere en este pueblo ¡bendito de Dios!, Ataúlfo toma el lugar del difunto, cuyo cuerpo es llevado a un depósito donde se lo deja en un cajón cerrado a la espera de los funerales. Todos los habitantes asisten y se llevan a cabo los velorios más fabulosos que pueblo alguno haya celebrado jamás.


Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

jueves, 19 de marzo de 2026

EVOLUCIÓN

Oscar De Los Ríos

 

No puedo definir dónde me encuentro, tampoco puedo recordar cómo llegué. Por más que abro los ojos no veo; por más que corro no llego a ningún lado, el espacio parece desplazarse conmigo; no hay suelo, pero no caigo ni floto. La noción de tiempo y espacio carece de lógica. Aun así me siento cómodo, cuidado, protegido; es como volver a estar en el útero materno. ¿Será esto la muerte? ¿Naceré a una nueva forma de vida? ¿Qué pasará con todo lo que fui? Tal vez la vida se sienta de alguna forma después de la muerte, como la sensación de miembro fantasma; mejor dicho de cuerpo fantasma.

Han pasado diez años desde que, mi mentor y amigo, el doctor Andrés Kepler, antropólogo, se ha introducido de manera voluntaria, provisto de sensores, en donde él cree que se introdujo (y de lo que a mí me convenció, para secundarlo en su investigación). Hace treinta millones de años ingresó por primera vez un antepasado de homo sapiens y quedó atrapado en una suspensión temporal siendo, durante su estadía, como una pupa de insecto antes de la metamorfosis, para luego pasar al estado de imago y al fin salir al mundo exterior; al completar su ciclo, como un ser completamente evolucionado, que al no encontrar una semejante con quien reproducirse, inseminó a hembras salvajes en el primer estadio evolutivo, dejando una descendencia híbrida que continuó su ciclo de reproducción, (evolucionando e involucionando a un mismo tiempo, según de donde se lo mire), hasta la aparición del hombre. Llegó a esta conclusión luego de dar con un cráneo de un homorevolución (como llamó a este ser mucho más evolucionado que el ser humano actual), de treinta millones de años de antigüedad. Redefiniendo la teoría evolutiva de Darwin, infirió que la humanidad es una degeneración del verdadero estadio evolutivo que debemos alcanzar.

Luego de recorrer durante cinco años el África central, en la zona donde encontró el cráneo de homorevolución, a la que denominó “Alfa-Omega”, dio con la tribu Nontuhaaí. Tras convivir con ellos un año, recogió una leyenda que pasó de generación en generación desde tiempos ancestrales. La misma cuenta que existe una cueva muy adentro de la montaña, en la que no pueden ingresar ni el viento, ni los rayos de luna o de sol; en la cual descansa el espíritu que creó el mundo y que, solo cuando el hombre entre en esta zona, estará completo. Luego de oír el relato del brujo de la tribu, en las palabras del traductor que lo acompañaba, empezó a sentir una especie de júbilo. La historia, lejos de parecerle inverosímil, venía a reforzar su teoría, cuya tesis sostiene que: “En el centro mismo de Alfa-Omega existe lo que denominó un “Ojo del Tiempo”, en donde se manifiesta una desaceleración temporal, partiendo del futuro más lejano y, en forma simultánea, se produce una aceleración desde el origen de los tiempos, hacia el presente. Resultando de esto una tensión constante de ondas armónicas temporales, que hacen que, quien entre en ella, pueda evolucionar a su mayor estadio debido a que el futuro y el pasado avanzarán hacia él”. Tal distorsión temporal convertiría en obsoletos nuestros más precisos sensores y cronómetros al punto de que no solo no podrían medir o registrar este fenómeno, sino tan siquiera detectarlo. Para probar su teoría, luego de recorrer con guías nativos el territorio Nontuhaaí, trazó un mapa de la zona ubicando su centro. Se dirigió a ese lugar hallando la entrada a una cueva. A pesar del nerviosismo y la euforia, por dar con el sitio que buscaba hacía tantos años, tuvo la suficiente cordura como para no penetrar en la misma y solo introdujo la mano hasta la muñeca, de manera que el reloj de pulsera quedara dentro. Al retirarla, tras calcular que había pasado un par de minutos, comprobó que el reloj no había registrado el tiempo transcurrido en la zona Alfa-Omega. Repitió el experimento metiendo y sacando la mano rápidamente y el reloj adelantó dos minutos. “En este lugar existe una pulsión de fuerzas, que mantienen circulando el flujo temporal, pensó… sorprendiéndose a sí mismo al pensar que tal vez el tiempo podía ser una partícula. “Y, al adentrarnos en la cueva, este fenómeno se seguiría manifestando cada vez con más fuerza, hasta encontrar el equilibrio en su centro”. Este razonamiento lo llevó a tomar una decisión que cambiaría su vida para siempre: debía llegar hasta el Ojo del Tiempo, en el centro mismo de la cueva, aunque en ello le fuera la vida. Sin decir una palabra a los nativos que lo acompañaban, volvieron a la aldea y a la semana partió rumbo a la Argentina. Ya regresaría con el equipo adecuado.

Apenas arribo al país me contactó, para ponerme al tanto de las nuevas buenas. Únicamente a mí me confió sus propósitos, agregando que temía que lo encerraran por loco; se había puesto un tanto paranoico. Recuerdo el día en que lo hizo.

—Me resulta imposible vivir en esta incertidumbre, Héctor —me dijo luego de ponerme al tanto de su proyecto y de cómo lo había elaborado—. Ingresaré en el Ojo del tiempo y tú me secundarás desde el exterior. Tu misión será la de crear los dispositivos que permitan monitorear mis funciones corporales y mi actividad cerebral mientras me halle en la cueva. Si no llegaras a registrar datos de los monitoreos se puede deber a una de dos razones: a que estoy muerto o a que estoy en lo cierto y el tiempo no corre allí de la misma manera en que lo hace en nuestro hábitat. Debes prometérmelo, aunque me creas en peligro, no ingresarás a la zona Alfa-Omega, sino que esperarás, estoy seguro de que en algún momento lograré mandarte alguna señal. Estamos tan inmersos en el devenir temporal, en la sucesión de hechos determinados por un lógico devenir: pasado-presente-futuro, que no hemos podido percibir que las arenas del tiempo avanzan en ambos sentidos. Por otro lado, si logro mandar un impulso cerebral desde el interior de Alfa-Omega al mundo, el pasado, el presente y el futuro se fusionaran y el tiempo como lo conocemos dejará de existir. —Yo lo escuchaba en un estado que oscilaba entre el asombro y la admiración—. Te he elegido para que me secundes —continuó con voz trémula—, porque desde el primer día en que nos conocimos, durante la conferencia que diste, en la facultad de Ciencias Exactas de La Plata, sobre “Diferencia entre nanoparches sensitivos y nanoparches intuitivos, y su relación con la Tecno-Matemática-Cuántica en la transmisión de datos”, supe que eras el indicado. Además, al conocer mi trabajo sobre el Ojo del Tiempo, has manifestado, en más de una ocasión, que seguirías mis pasos adónde fuera que estos te lleven.

Utilizando de manera clandestina el laboratorio de la facultad, meses después, durante la prueba de los Nano chips corporales, pudimos determinar, en simulaciones virtuales (nos fue imposible reproducir las condiciones temporales de la cueva), que para captar un pulso cerebral desde el exterior necesitábamos una longitud de onda que se moviera a una velocidad próxima o superior a la de la luz, para romper la barrera atemporal del Ojo del Tiempo. Así, si se producía algún cambio, podríamos enviarlo a mi computador. De ninguna manera yo podía ingresar para verificar el estado de los sensores; de hacerlo quedaríamos los dos suspendidos en el tiempo. El principal problema al que nos enfrentábamos era que el cuerpo y el cerebro humano eran demasiado lentos en registrar un cambio en sus funciones. De nada nos servía que lográramos que los nanosensores tuvieran una velocidad de procesamiento de datos cercana a la de la luz. Debido a esto realizamos cientos de ensayos virtuales que fueron un fracaso, hasta que en uno de ellos observé, al desprenderse un sensor del cuerpo, que este logro enviar un dato que no pudimos decodificar, pues no era una variación corporal. Este accidente me llevó a investigar las ondas de energía que se manifiestan alrededor del cuerpo humano, conocidas como Aura. A Partir de esta nueva rama que se abrió en la investigación me dediqué hasta la obsesión a diseñar un algoritmo que usaríamos para la transferencia de datos desde los parches que llevaría Andrés, no ya en el cuerpo, bajo la piel, sino alrededor de este. Los microsensores reaccionarían a cualquier tipo de cambio en el estado del cerebro, enviando los datos a partir de las variaciones producidas en el Aura. Al hacer las primeras pruebas nos encontramos con el hecho de que, este barrunto áurico, se manifestaría a través de la variación de partículas (iones positivos y negativos), presentes en los neutrones que conforman el campo energético de cada persona; a los que llamé Auféris. A través de ellos logré que el cuerpo liberara nano-porciones de energía. A los que tienen carga negativa les atribuí un efecto de proyección temporal con tendencia al futuro y, a los de carga positiva un efecto de proyección temporal con tendencia al pasado. Estos iones van a una velocidad superior a la de la luz y, por esto, registraríamos un cambio en las funciones corporales y principalmente en las neuronales, en el momento mismo de producirse. Haciendo un escaneo constante del cerebro, y un mapa neuronal, pude diseñar un algoritmo que relaciona, la variación energética en el campo áurico con el área del cerebro donde se va a manifestar el cambio. Tomando esto en una relación recíprocamente inversa, podría extraer y decodificar un pensamiento, en función de la variación producida en el aura humana. ¡Al fin estábamos listos!

Como ya manifesté antes, han pasado diez años y no estoy seguro de cuánto tiempo transcurrirá antes de que Andrés pueda abandonar la zona Alfa-Omega; tampoco si lo hará en el futuro o, tal vez, en el pasado. Paradójicamente, a pesar de haber realizado complejos cálculos matemáticos y de física cuántica (las ecuaciones que utilicé respondían tanto a valores positivos como negativos), me es imposible determinar si el cambio evolutivo que debería estar sufriendo se halla en sus orígenes o en su etapa final. De lo que sí estoy seguro es de poder extraer los registros, si se producen variaciones, y enviarlos alrededor del mundo a cualquier dispositivo inteligente, utilizando los agujeros negros de internet. De esta manera podría infiltrar un virus, a través del tráfico perdido de la web, el cual contendría una dirección IP que se guardaría en la memoria del ordenador y, a una hora programada, redireccionaría a los navegadores al sitio web adonde enviaría el mensaje. Desde el momento en que Andrés entró al ojo del tiempo, pusimos al mundo en un conteo regresivo y, en algún momento, la aceleración-desaceleración-temporal, que sufre esa zona, podría alcanzar nuestro presente, y los cambios en el planeta serán tan grandes que el tiempo dejará de correr hasta casi desaparecer como noción que perciben nuestros sentidos y la humanidad pasará a una etapa de crisálida, de la cuál surgirá evolucionada. En mis manos queda la decisión de crear una forma de vida de vida que nuestros sentidos actuales no pueden describir, ni comprender.

El momento crucial ha llegado, he recibido la señal tan largamente esperada y la he transmitido a todo tipo de aparato electrónico que esté conectado a internet. En las pantallas de los dispositivos lo último que algunos pueden leer es: “Mañana es hoy y hoy es ayer”. Por todo el mundo se produce un impulso áurico-crono-magnético que sumerge a la humanidad en un punto de fusión temporal, a partir del cual pasado y futuro comienzan a alejarse para instaurar el presente. Un presente que llegará dentro de millones de años y del cual surgiremos evolucionados en una forma de vida, que tal vez nunca comprenda lo que fue antes de salir de la crisálida.


Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

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