Mike Jansen
—Qué amable de tu
parte venir a visitarme. Gracias por los chocolates. Probablemente te estés
preguntando qué hace un viejo como yo en un lugar como este, porque por eso has
venido, ¿no es cierto?
—Pero ya sabes algo de mí, ¿verdad?
Has estado hurgando en los archivos, te encontraste mi nombre. Y te dio
curiosidad.
—Claro que lo sé. Les pasa a todos
los directores nuevos. Noté el patrón. No eres el primero. Tampoco serás el
último. O quizá sí...
—Así que me encontraste. Un tipo
duro como yo pasando la vida en un manicomio. Con el cerebro tan partido que
podrías estacionar un coche entre los hemisferios.
—Es una pena, ya viste cómo
aparezco en el balance: cien años y sin parecer mayor de cuarenta. Eso te hizo
pensar, ¿verdad? Por eso viniste a hablar. Bien. Porque estoy listo para
hablar.
—¿Alguna vez te preguntaste si
existía otro mundo además de este?
—Yo sí. Antes. También creía en
Dios entonces. Ah, la ignorancia.
—Nací en los años ochenta, del
siglo pasado. Buena época para crecer.
—No, entonces estaba perfectamente
sano. Física y mentalmente. Infancia normal, padres agradables. Tenía un perro.
Quería mucho a ese perro. Me destrozó cuando un coche lo atropelló. Me enfurecí
con el conductor. Aunque fuera mi padre.
—Como dije, siempre me pregunté si
había otros mundos, como mundos paralelos.
—Pero también solía creer en Dios.
Eso ya lo hice. Era joven. Era época de cometer errores y aprender.
—Me uní a un grupo de extrema
derecha cuando tenía veinticinco años. Las diferencias entre ricos y pobres
eran abismales; todos nosotros mendigos. Parecía una elección sensata en aquel
momento.
—Sí, ya sé que la depresión terminó
y la economía ComSen hizo feliz a todo el mundo.
—Pero no fue así. Y tú no sabes
nada de eso. Llegaré a ello.
—Así que llevaba el uniforme negro
y marchábamos por la causa.
—La gente hace esas cosas, sí,
cuando está lo bastante desesperada... o hambrienta. Lo bastante enfadada. Como
yo. Y por eso debería permanecer encerrado otro siglo.
—Cuando dije que ya no creía en
mundos paralelos, es porque no los hay. El nombre es incorrecto de todos modos.
—Sé que suena contradictorio. Lo
que intento decirte es que son divergentes.
—No, no hay infinitos mundos
divergentes. No funciona así.
—Hay dos en este momento, de los
que tengo conocimiento. No me pongas esa cara. Sé cuándo se te dispara el
escepticismo. Seguro que puede haber más, simplemente no los conozco.
—Nuestro movimiento creció mucho,
muchos adeptos. Yo ascendí en los rangos. Material universitario, no dejes que
tu educación se desperdicie.
—Maté por ellos. Por el movimiento.
No a uno, ni a dos. A docenas.
—Eso no está en tu registro,
¿verdad? No crees que pudiera ser un asesino. Fue fácil. Solo tenía que pintar
en sus caras la de mi padre, en el instante en que dijo: “ya conseguiremos
otro”.
—Así que sí puedo matar. Podría
hacerte sentir un dolor que nunca has imaginado. Silenciarte en un segundo.
—Me asignaron un objetivo. Un
hombre influyente llamado Gerhard Streuer, extremadamente rico. Posiciones
elevadas en las grandes industrias. Streuer, el mago de ComSen.
—Hacía semanas que tenía dudas
sobre la causa.
—Con Streuer en mi punto de mira,
pensé en todo su trabajo de los últimos meses. Buenas palabras. Hechos acordes.
Dudé. Esperé. Su rostro no cambió.
—No sé qué ocurrió después, pero
por un instante el mundo parpadeó.
—Y entonces disparé una bala de
alta velocidad a través de su cerebro. ¡Le volé la maldita cabeza casi por
completo!
—Pareces confundido. Igual que yo
entonces.
—Porque él seguía allí, dispuesto a
entrar en su coche.
—Pero yo sabía que lo había matado.
—Ahí ocurrió la divergencia. El
mundo, sí, el universo mismo vaciló. Y se abrió en dos.
—Por cómo asientes, supongo que
leíste en mis archivos lo de delirios de grandeza. Claro que he leído mis
archivos. Tu predecesor pensó que sería buena terapia.
—Verás, yo también me partí. Por
desgracia fui quien apretó el gatillo. Yo, el punto focal. La mente es algo
curioso. En aquella carretera vi los mundos deslizarse uno del otro. Las mentes
no soportan bien eso.
—Streuer vivió, por supuesto. Pero
¿y si hubiera muerto ese día?
—Sin economía ComSen; en su lugar
un mundo sin corazón que no se preocupa por el medio ambiente ni por las
personas. Solo dinero frío y duro, y una amargada autoindulgencia.
—Vi cómo evolucionaba. De verdad
creí que acabaría hace unos treinta años. Hubo un cambio climático. Los
casquetes polares crecieron, la gente fue desplazada, hubo intercambio de fuego
nuclear que solo añadió más frío.
—Estuve allí todo ese tiempo, igual
que estuve aquí. El otro yo se volvió más frío con los años. Se convirtió en lo
que más despreciaba. Esclavo corporativo. Ejecutivo. Asesino, siempre.
—¿Notas cómo se está poniendo el
sol? La brisa de otoño en las hojas, los rojos, los marrones y los verdes. En
ese otro mundo no. El aire en este mismo lugar está muy por debajo de cero. No
hay asilo. Hay torres como espadas, construidas sobre ciudades subterráneas.
Sombras afiladas recorren ese mundo; el cielo casi siempre está despejado,
salvo cuando nieva. Las estrellas son puntos de luz crueles.
—¿Mis palabras te inquietan? ¿Sueno
como algún lunático que grita y se arranca el pelo? No, siéntate. Querías
escuchar esto. Así que escucha.
—Somos conscientes el uno del otro,
como gemelos. Los pensamientos se filtran. Tus predecesores diagnosticaron
esquizofrenia. Incurable por alguna razón. La medicación no funciona.
—Ahora viene lo extraño.
—Aún sabes reír. Bien. Mantén la
mente abierta. La vas a necesitar.
—Es un mundo extraño el que ha ido
divergiendo más de ochenta años. Las corporaciones tienen más poder que los
gobiernos. La gente vive vidas duras. La mayoría se mata trabajando como
esclavos asalariados.
—Ya sé, parece una mala película de
ciencia ficción.
—Sé feliz de vivir en este mundo.
El otro yo a veces lo desea con tanta fuerza que puedo oírlo.
—Difícil de creer, sí. ¿Un producto
de mi mente? Ojalá pudiera creerlo.
—Pero a veces está la pesadilla
despierta, cuando el silencioso despierta. Eso no es producto de mi mente.
—Notaste que usé la palabra “eso”.
Ya sé que tu pantalla dice algo sobre trastorno de personalidad múltiple.
—Cuando ocurrió la divergencia,
ambos existimos en nuestros propios mundos. Pero la parte de nosotros que
apretó el gatillo quedó atrapada entre los mundos. Eso creo. Su furia es
increíble.
—No, no tiene nombre. Solo emoción
pura, furiosa, ira implacable. A veces ‘eso’ toma el control. ¿Crees que estoy
aquí por nada? Es fuerte. Muy fuerte. Pero irreflexivo. Aislado. En realidad
inofensivo.
—Algo está ocurriendo. El otro yo
también lo percibe. Teme al futuro. Mis teorías parecen sólidas. Él sabe del
silencioso. En su mundo es infame. Sus matanzas están en los libros de texto.
Pero teme morir. Usa cualquier técnica para mantenerse joven y sano. Supongo
que eso también se refleja en mí.
—Te dije que se pondría extraño.
Pero obviamente eres un joven educado. Educado y cortés. Buenos chocolates.
—El otro yo tiene contactos
extensos en su mundo. Habla con gente. Pero no tiene amigos. Triste, ¿no?
Descubrió entidades extrañas que habitan sus redes globales. Su tecnología es
mucho más avanzada. Tienen inteligencia artificial. Extraño saber que eso es
realmente posible, aunque se probó que las máquinas no podían alcanzar
conciencia. Pues la alcanzaron.
—Eso en sí no lo asusta. Su mente
paranoica le juega malas pasadas. A los dos. Si puede ver señales de entidades,
¿qué señales habrá pasado por alto? ¿Y si le han permitido ver esas señales?
—Sí, también paranoico. Tus ojos te
delatan. Toma, un chocolate.
—Hace poco el otro yo estaba
conectado a su Red cuando ‘eso’ tomó el control. Desde entonces siente que lo
observan. Constantemente. Pero nunca encuentra nada ni nadie observándolo.
¿Sabes qué es lo que realmente lo aterra? La ausencia total de dispositivos de
vigilancia. Solía encontrar algunos cada día. Desde entonces… nada.
—Sí, es triste tener que vivir así.
Aun así, supongo que al otro yo le dieron muchas oportunidades para redimirse.
Él eligió su propio camino.
—No creas que no siento compasión
por él. Siento su dolor, como él siente el mío.
—Incluso siento compasión por
“eso”. Atrapado entre nosotros, incapaz de comunicarse salvo con furia sin
sentido y violencia. Solo.
—Y por eso temo los acontecimientos
que quizá estén formándose. Piénsalo. Entidades con recursos computacionales
infinitos y todo el conocimiento humano. Y se encuentran con “eso”.
—¿Cómo sé que se encontraron? Soy
consciente de dos mundos. El otro yo recientemente se volvió consciente de un
tercer mundo, uno que ha estado cerrado a ambos desde hace eones. Llamémoslo el
Mundo Antiguo.
—Parte de lo que voy a decir es
especulación. No tengo todos los datos.
—Míralo así: si vives en un mundo
donde el poder lo es todo, por supuesto aspiras a obtener más poder. ¿Correcto?
Ser omnisciente sería una forma de poder, ¿cierto?
—Supongamos que tienes todos los
recursos necesarios y suficiente potencia de cálculo. ¿Qué encontrarás? ¿Qué
descubrirás?
—Tu cara es un libro abierto,
deberías trabajar en eso. Yo he tenido mucho tiempo para pensar en todo esto.
—Ese Mundo Antiguo, sí, oculto,
pero siempre presente en los rincones oscuros de nuestra mente. Conectado a
nuestro subconsciente. Nuestros deseos más profundos, nuestros temores más
oscuros...
—Lo encontraron. Lo exploraron.
Hablaron con él. Hallaron un poder como nunca antes. Lo explotarán sin piedad.
—Pero el conocimiento que hallaron
tiene un precio. Conocimiento de la muerte. La magia como otra forma de
matemáticas. Y hechiceros infalibles para manejarla. Poder sobre la vida y la
muerte.
—Sí, “eso” también encaja en la
historia. Algo debe romper las barreras entre mundos.
—Tienes razón. “Eso” existe entre
los mundos. Y las entidades del otro mundo lo saben.
—En realidad no te importan mis
archivos, ¿verdad? No hace falta que mientas. Cuando los gritos cesaron, de
repente, te preguntaste si había recuperado la cordura. Entonces me
encontraste, un anacronismo viviente. Tenías curiosidad. ¿Qué impulsa a un loco?
¿Qué lo mantiene con vida tanto tiempo?
—Tienes razón. He recuperado la
cordura. ‘Eso’ parece haber encontrado otros intereses y ya no acecha mis
sueños. Por eso he estado callado las últimas dos semanas.
—La lógica no tiene nada que ver.
Sé que ‘eso’ está esperando el recipiente adecuado. Necesita una voz, algo para
expresar su furia. Las entidades la proveerán. Guiarán lo que no puede ser
guiado. Domarán lo indomable. Puede que lo logren. No lo sé.
—Lo sabré en el instante en que
ocurra. ‘Eso’ es mi vínculo con el otro mundo, el punto focal de la
divergencia. Una vez que abandone su prisión, ya no será el punto focal; al
menos, eso creo.
—Toma, otro chocolate. Son buenos,
¿verdad?
—Bueno, no, no he pensado eso a
fondo. Muchas cosas podrían pasar. Supongo que, una vez que el mundo que habita
el otro yo converja con el Mundo Antiguo, ya no habrá necesidad de este.
—¿Cómo iba a saberlo? Solo he sido
testigo de la separación de mundos, no de la unión.
—O quizá sigan siendo divergentes y
ambos se reconecten con el Mundo Antiguo. Muy interesante.
—Si ocurre, ocurrirá pronto. No he
sentido a ‘eso’ en dos semanas.
—¿Otras señales? Sí, siento cierta
distancia entre el otro yo y yo mismo. A veces imagino altas construcciones en
forma de espada en la distancia y casi puedo ver sus luces.
—Ah, ¿ya es hora de irte? Está
oscureciendo afuera. El aire está frío. ¿Son copos de nieve?
—Solo una pregunta antes de que te
vayas. ¿Estás casado? Bueno, por si acaso… yo me quedaría en casa esta noche.
Mike Jansen escribe y publica relatos de SF/F/H desde 1991. Ganador de los premios King Kong 1992, Fantastels 2012, Literary Prize of Baarn, Godijn F/SF award 2020 y Mossy Statue lifetime award 2021. Organizador del Premio EdgeZero, editor de las antologías "En el pólder" de EdgeZero. Autor de varias novelas y antologías. Su sitio es: http://www.meznir.info.

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