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viernes, 29 de mayo de 2026

LA NOVIA DE CHOCOLATE

Goran Ćurčić

 

Era una de las más hermosas de su generación, pero demasiado seria y estricta. Sí, era arrogante y pagada de sí misma. ¡Furiosa! Con los muchachos fingía ser intocable y miraba a todos sus amigos desde arriba. En realidad, ni siquiera tenía verdaderos amigos. Se llamaba Marija, pero odiaba que la llamaran así. Exigía que la llamaran Mari. Era atractiva; hacía ya tres años que practicaba vóley. Sin embargo, aquello por lo que más llamaba la atención era su rostro. Tenía el mentón apenas prominente, labios proporcionados detrás de los cuales se escondían dientes perfectamente blancos. Ojos marrones inquietos y una frente apenas unos milímetros más alta de lo habitual, que casi siempre cubría con un flequillo castaño. Era la mejor alumna del segundo año de secundaria, cuando recién comenzó a salir seriamente por las noches. Entonces Zoran reparó en ella. Era amigo de Milica, la hermana mayor de Mari.

No tenía la mejor relación con su hermana. Milica era su opuesto total: morena, de cabello largo y lacio, a menudo con mechones rojos. No ocultaba su frente alta y, a diferencia de Mari, se vestía de manera sencilla, con jeans y camisetas con nombres de bandas musicales. Zoran asistía como invitado al cumpleaños número diecinueve de Milica cuando advirtió la presencia de Marija. La hermana mayor comprendió enseguida que su amigo había quedado prendado de su aburrida y perfecta hermanita. Los presentó.

Desde entonces, Zoran comenzó a aparecer de distintos modos cerca de Marija. Se hicieron amigos, aunque él esperaba mucho más de aquella amistad. Ella se relacionaba con él por conveniencia. La ayudaba con las tareas de matemática y química, materias que ella odiaba a pesar de sus buenas notas. No podía permitir que alguien de su curso fuera mejor que ella. Zoran le explicaba fórmulas tediosas, la ayudaba con ejercicios y exámenes, le enseñaba trigonometría y programación. También lo llamaba para ir a la ciudad cuando sus amigas no podían salir. A veces incluso le pedía que la acompañara a casa después de salir de noche. Él le hacía cumplidos, ante los cuales ella soltaba risitas. Le regalaba pequeñas cosas, la invitaba con helados y bebidas. Ella aceptaba todo, pero cuando él intentaba besarla o abrazarla, siempre lo apartaba con brusquedad.

Poco después, cuando Zoran ingresó en la universidad de una gran ciudad, regresaba regularmente los fines de semana para verla.

Al comenzar el segundo año de facultad tuvo cada vez más obligaciones, así que pudo volver menos a su ciudad natal. Pasaron tres fines de semana sin que regresara. Se acercaba el veintiuno de noviembre, su vigésimo cumpleaños. Lo esperaba con ansiedad. Confiaba en que ella asistiría. Siguiendo el consejo de su compañero de habitación, se preparó para hablar seriamente con ella durante la fiesta, pasara lo que pasara.

Organizó una celebración en un café local. Invitó a mucha gente. Tres días antes habló con ella y Mari le dijo que iría. La esperó impaciente. Sin embargo, la fiesta avanzaba y ella no aparecía. Poco antes de medianoche llegó Milica. Él le preguntó dónde estaba su hermana. Milica le explicó que Mari había comenzado a salir con Boris, el capitán del equipo local de básquetbol, y que esa noche había ido a ver uno de sus partidos en una ciudad vecina.

Aquella noche consiguió contenerse para no llorar ni emborracharse.

Después de eso casi dejó de volver a casa. Muy pronto desapareció por completo de la vida de Marija. Ya ni siquiera hablaba con Milica.

Pasaron los años.

Mari olvidó a Zoran, y todavía más rápido a Boris. Ingresó en la universidad, donde siguió siendo la mejor. Estudiaba y trabajaba con empeño. Debido a las obligaciones académicas ya no podía practicar vóley, pero utilizaba su tiempo libre para ejercitarse, correr y mantener su cuerpo saludable. Acumulaba éxitos, diplomas, becas y premios. Con todas las recomendaciones que obtuvo en la universidad consiguió fácilmente empleo en el departamento de recursos humanos de una gran corporación.

Su carrera progresaba: reuniones, seminarios, consejos directivos. Defendía los intereses de la empresa, y esos intereses a menudo perjudicaban a los trabajadores. No tenía piedad cuando repartía despidos. Era capaz de echar a toda una línea de producción si durante algunos días no cumplían la cuota prevista. Cada vez la convocaban más a reuniones de la cúpula de la corporación.

También conoció al propietario, un viejo zorro astuto que había amasado una enorme fortuna en tiempos de crisis y que ahora dirigía, como un respetable empresario, una de las compañías más grandes del país y, podría decirse, de toda la región. Con sus posturas frías y muchas veces crueles, Mari llamó rápidamente la atención de aquel antiguo contrabandista de combustible convertido en el hombre con más capital líquido del país. Se convirtió en la máxima responsable de todo el departamento de recursos humanos de la compañía.

Tan exitosa era en su carrera profesional como en rechazar pretendientes. Incluido el propio dueño de la empresa. Sabía defenderse. Probablemente resultara decisivo el hecho de que el viejo embaucador obtenía más beneficios de ella como empleada que los placeres que podría haber obtenido de su joven cuerpo; por eso, después de algunos cumplidos ambiguos, él mismo se retiraba de aquel juego.

Por otro lado, Mari casi no tenía vida social. Unas pocas conocidas con las que se veía apenas lo suficiente como para tener ante quién presumir de sus éxitos. Hombres sí hubo algunos: empresarios exitosos, deportistas, actores, un político, pero ninguno logró permanecer mucho tiempo en su vida.

Un día, mientras revisaba documentación recién llegada, su asistente le entregó un sobre recargadamente decorado con el logo de la corporación. Dentro había una invitación escrita con letras barrocas para una cena de gala por el aniversario de la compañía. En el folleto adjunto figuraba también la distribución de las mesas. Su lugar estaba en la mesa central, reservada para el propietario, su familia y algunas personas de máxima confianza.

Como no tenía a quién más recurrir, llamó a su hermana para que la ayudara a prepararse para la velada. Eligieron un vestido rojo carmín, bastante discreto por delante, pero profundamente escotado en la espalda. Los zapatos abiertos color piel casi se confundían con sus pies, y las joyas plateadas eran extremadamente discretas y elegantes. La peluquera le arregló el cabello el día de la celebración, y las uñas de manos y pies las pintó con un esmalte rojo intenso del mismo color que el vestido, con apenas un borde negro casi imperceptible. Se puso un perfume seductor y carísimo de orquídeas nocturnas con una leve nota de lavanda.

Llegó sin acompañante.

La esperaba un asiento en la mesa principal, en el centro de la parte elevada del salón. Frente a ella se sentaba el dueño de la compañía junto a su nueva esposa, veinte años más joven. En la mesa también estaban tres directores de los sectores más importantes de la corporación con sus esposas, el contador familiar y empresarial, el abogado de la firma y el director financiero con sus acompañantes.

La velada avanzaba en un ambiente agradable. Las bebidas eran las más caras y la comida excelente y abundante. El dueño llevaba la voz cantante y los demás intervenían cortésmente en el diálogo con él.

Mientras hablaba, Mari observaba su mano, adornada con un enorme reloj de oro, junto al cual comenzaban a aparecer manchas de vejez. Con aquella mano tocaba demasiado a menudo y demasiado abiertamente a su joven esposa.

Rara vez bebía alcohol, pero esa noche el propietario insistió en que todos brindaran. El champán era realmente excelente. Después sirvieron la torta. Deliciosa, con abundantes nueces y chocolate, seducía ya con su apariencia, y más aún con su sabor.

Cuando tomó el tercer bocado, algo crujió con fuerza en su boca.

Al principio solo oyó el sonido y luego sintió algo duro, como un grano de arroz, rodando entre sus dientes. Pasó la lengua por ellos. Tocó una superficie afilada como un cuchillo allí donde antes había habido un diente blanco e intacto. Se había roto. Las nueces de la torta no habían sido limpiadas correctamente. Al pastelero se le había escapado un trozo de cáscara.

Se asustó, no tanto por tener que ir al dentista como por cómo iba a sonreír ahora. Esperó el momento adecuado para ir al baño. Sonrió ante el espejo y vio el desastre: en el incisivo superior derecho faltaba un pedazo considerable. El resto del diente sobresalía como una estalactita rota.

Tendría que arreglar aquello cuanto antes. No sonreiría en el resto de la cena.

Apenas salió del restaurante llamó a su asistente para que le consiguiera cita con un dentista a la mañana siguiente. No le importó que se acercara la medianoche y que quizás su secretaria ya estuviera en la cama… Nunca sabía ahorrarles exigencias a los demás.

Furiosa, cometió un error en el departamento. En vez de no tocar nada, tomó el cepillo de dientes, le puso pasta y comenzó a cepillarse los dientes con energía. Como si así fuera a volver a crecer la parte rota. Pasó varias veces la punta del cepillo sobre el diente quebrado y entonces sintió de pronto un dolor intensísimo, casi insoportable. Como si alguien le hubiera clavado una aguja de acero a través del diente y la mandíbula hasta el cerebro. Una cerda del cepillo había encontrado camino hasta el nervio. Retiró la mano de golpe, pero el dolor no disminuyó. Sintió en la boca el sabor metálico de su propia sangre. Escupió y sobre el lavabo se extendió una mezcla roja de sangre y saliva. Tomó un sorbo de agua tibia, pero eso solo empeoró las cosas. Cuando el calor tocó el diente abierto, el dolor se volvió todavía más intenso. Le parecía que se extendía por toda la mandíbula e incluso el paladar. Abrió el grifo del agua fría y eso ayudó un poco. Mientras mantuviera agua fría en la boca, el dolor disminuía.

En su botiquín encontró analgésicos. Tomó una dosis doble. Aun así, pasaron más de cuarenta minutos antes de que el medicamento comenzara a hacer efecto; hasta entonces sostuvo agua fría en la boca. Sacó un cubo de hielo del refrigerador y se hizo una compresa fría. Ya comenzaba a amanecer cuando logró dormirse.

El dolor la despertó antes de que sonara la alarma. Volvió a llamar de inmediato a su secretaria. Tenía turno en una nueva clínica odontológica llamada “Zora”.

El taxi la llevó hasta un edificio de tres pisos recién construido, cerca de la sede de su empresa. Sobre las grandes puertas de vidrio podía leerse: CENTRO DE MEDICINA DENTAL ZO RA, y debajo del logotipo solar aparecía un letrero más pequeño: propietario, Prof. Dr. Especialista… Zoran Radić.

El nombre le resultó conocido, pero no recordó a su amigo y pretendiente de los tiempos de secundaria.

Él, sin embargo, jamás la había olvidado.

La esperaba en la recepción de la clínica.

—¡Mari! —extendió la mano con alegría y sinceridad.

—¿Zoran…? —dijo ella sorprendida al reconocerlo—. ¿Qué haces aquí?

—Regresé de Estados Unidos y abrí esta clínica —respondió sonriendo.

—¿Una clínica? ¡Pero esto es prácticamente un hospital! —dijo mientras su mirada recorría el amplio vestíbulo y la escalera de mármol.

—No es nada —sonrió Zoran y la condujo al consultorio—. Yo mismo voy a revisarte…

Mientras le mostraba dónde sentarse, ella le contó cómo se había roto el diente la noche anterior.

Abrió la boca y sintió el leve contacto de los dedos de él sobre sus labios. Con la punta del índice recorrió suavemente su labio inferior. Sería deshonesta si dijera que aquel contacto no le provocó un agradable escalofrío en la espalda, aunque también estaba segura de que semejante gesto no formaba parte de un procedimiento odontológico habitual.

Ya estaba preparándose para protestar, incluso para marcharse, cuando su mirada cayó sobre la mano de Zoran. Sobre ella brillaba un enorme reloj de oro. Recordó que había visto uno idéntico la noche anterior en la muñeca del dueño de su empresa. Recorrió con la vista el consultorio, impecablemente limpio y nuevo. El mobiliario era perfecto, las pinturas y la decoración de gran refinamiento artístico, y el equipamiento de última generación.

Decidió no protestar. Es más: quiso sonreír, aunque no era fácil con los dedos de Zoran y varios instrumentos dentales dentro de su boca.

Zoran sabía que podía reparar aquel diente en unos pocos minutos. Pero ahora que la tenía frente a él, decidió que no iba a perderla otra vez tan fácilmente.

Tomó la sonda y comenzó a limpiar el borde quebrado. Le advirtió que dolería un poco y aumentó deliberadamente la velocidad de la fresa. Con una presión más intensa le provocó un dolor adicional, y aunque ella mostraba incomodidad, él le pidió que resistiera un momento más, tras lo cual apartó el instrumento.

—¿Ves? No fue tan terrible —sonrió—. Ahora pondremos una medicación en el diente, lo cerraremos y dentro de dos días limpiaremos y modelaremos todo. Nadie notará que estuvo roto.

Podía haber terminado el trabajo de inmediato, pero quería verla otra vez.

Le tocó suavemente el mentón y le dijo que se relajara, porque la próxima vez no dolería nada.

Pasó dos días inmersa en sus obligaciones laborales, pero cada vez que recorría el diente con la lengua pensaba en Zoran. Encargó a su secretaria averiguar todo sobre él, sobre todo de dónde había sacado el dinero para abrir por sí solo semejante clínica.

Descubrió que Zoran había partido a Estados Unidos inmediatamente después de graduarse y que allí se había convertido rápidamente en uno de los principales cirujanos dentales. Trabajó en el equipo del célebre cirujano plástico Martin Key y casi se transformó en su mano derecha. Sin embargo, algo lo arrastraba de regreso a su tierra natal, por lo que abandonó de improviso el sueño americano y regresó.

Tenía turno a las siete de la tarde y pasó todo el día pensando qué ponerse. Finalmente eligió un vestido ligero y colorido, con un pronunciado escote sobre el que roció aquel costoso perfume floral.

Tal como él había prometido, esta intervención resultó indolora. Volvió a tocarle los labios con la punta del dedo, de aquella manera suave. Esta vez ella se abandonó a ese contacto; incluso deseó que se repitiera. Lo observó todo el tiempo mientras trabajaba dentro de su boca. Sentía su mirada como si la acariciara. Sabía cada vez que él miraba hacia sus pechos o hacia sus ojos.

Al final, cuando retiró los instrumentos, le dijo que abriera un poco más la boca y entonces apoyó delicadamente el dedo medio sobre su lengua, muy adentro, deslizando lentamente la yema hasta la punta. Dijo que había encontrado un pequeño resto de empaste, aunque ambos sabían que mentía.

Ella sintió aquel contacto con todo su ser. Por extraño y retorcido que fuera, aquel gesto despertó en ella otros instintos.

Se levantó de la silla ligeramente conmocionada, mientras él se quitaba la bata blanca.

—Puedes comer enseguida. De hecho, para asegurarme de que todo quedó bien ajustado, voy a llevarte a cenar.

Ella no tuvo ninguna objeción.

La sorpresa llegó después: la llevó exactamente al mismo restaurante donde su empresa había celebrado el aniversario. Cenaron en un reservado discreto y, de postre, él pidió la misma torta con la que se había roto el diente. Le aseguró que, aunque ahora encontrara un trozo de cáscara, eso no supondría ningún problema para el nuevo empaste.

Así comenzaron a verse.

Tres meses después, ella trasladó su cepillo de dientes al departamento de Zoran.

Poco a poco, primero en broma y luego cada vez más en serio, comenzaron a hablar de boda. Marija quería una celebración de la que hablara toda la ciudad. Todo tenía que ser perfecto. Un restaurante fuera de la ciudad, con vistas al lago. Comida de todo el mundo, tres tipos de música para todos los invitados, vinos de las bodegas francesas más exclusivas, whisky irlandés, café de Brasil. Había decidido no ahorrar en nada.

Zoran estaba satisfecho. Tenía a la mujer con la que había soñado desde los días de escuela, y sus exigencias, a menudo irracionales, no le molestaban en absoluto.

Unos días antes de la boda programada, tuvo que viajar a Londres para dar una serie de conferencias. Regresaría la noche anterior al casamiento. Quedaron en que ella se ocuparía de todo. Después de todo, siempre tenía la última palabra en los preparativos.

Era el primer fin de semana desde que estaban juntos que pasaría sin él. Y por mucho que siempre hubiera corrido detrás del trabajo, por primera vez sintió aburrimiento.

Deambuló por el gran departamento y, sin saber bien cómo, terminó sentándose ante el escritorio donde estaba la computadora de Zoran. Abrió un cajón y encontró varias memorias USB cuidadosamente ordenadas dentro de una caja. Por aburrimiento y curiosidad comenzó a revisarlas, para ver qué guardaba allí su futuro marido.

Además de algunas carpetas con congresos y conferencias, todos los demás archivos estaban llenos de imágenes de dientes y grabaciones de diversas intervenciones quirúrgicas.

Entonces conectó una memoria USB roja.

La carpeta principal llevaba el nombre: NIKOL.

En aquel instante sintió como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago.

Zoran le había dicho una vez que en Estados Unidos había tenido una novia con ese nombre, pero que ella había muerto y que, después de eso, él regresó a casa. Eso era todo lo que Mari sabía sobre su pasado amoroso.

Abrió la carpeta.

Dentro había una serie de carpetas menores, organizadas meticulosamente por fechas y lugares. Eran carpetas de viajes, salidas, algunas cenas. Encontró también cuatro carpetas de contenido muy explícito, con su futuro esposo y su exnovia como protagonistas. Incluso le resultó gracioso observarlo en aquellos videos.

Finalmente apareció una carpeta con fotografías del funeral de la muchacha.

Nikol se parecía de manera irreal a Marija: misma altura, misma frente alta, el mismo mentón apenas prominente. Era su copia exacta. Aquello despertó en Mari orgullo y vanidad, porque comprendió que Zoran, en realidad, había estado buscándola a ella todo el tiempo en aquella Nikol.

Sin embargo…

Había una diferencia esencial entre ella y su doble estadounidense.

Nikol era negra. Y Mari tenía una piel extremadamente blanca.

Pasó la noche en vela.

Revolvía en su cabeza todas las imágenes y grabaciones de Zoran con su novia fallecida. Y comenzó a idear una nueva sorpresa para su futuro esposo.

Llamó a su cosmetóloga y le pidió que encontrara el mejor salón de belleza de la ciudad, uno con las cabinas de bronceado más potentes.

Las empleadas del salón no quisieron aceptar su pedido, así que llamaron al gerente para que hablara con ella. Mari quería obtener, en apenas cinco días, un tono de piel intensamente chocolate. El gerente se opuso, diciendo que era una locura y que lo que ella pretendía era imposible.

Pero Mari insistió y le explicó que el dinero no era problema.

El hombre cedió, con la condición de que firmara un documento asumiendo toda responsabilidad por posibles consecuencias indeseadas.

Aceptó.

Ya al día siguiente pasó una hora y media dentro de la cabina. Al día siguiente repitió la sesión, esta vez permaneciendo dos horas expuesta a las lámparas.

Dormía desnuda. Desde la cama fue directamente al baño y admiró su nueva piel. Observó sus brazos, piernas, espalda e incluso el pubis. Verdaderamente se había vuelto color chocolate. Pensó si Zoran reconocería que era ella o si creería estar viendo a la difunta Nikol.

Zoran debía llegar esa misma noche. Pero Mari le explicó que no se verían, que dormiría en casa de su hermana porque todavía quedaban cientos de cosas por preparar para la boda.

Amaneció el día de su casamiento.

Zoran, el juez y todos los invitados ya estaban en el restaurante. Una multitud de periodistas y fotógrafos había acudido para cubrir la boda más costosa del año.

Finalmente, una limusina blanca se detuvo frente al restaurante.

La puerta se abrió y de ella salió, doblada sobre sí misma, Milica, la hermana de Marija. Ante el asombro de todos, comenzó a vomitar de inmediato. Uno de los presentes corrió a ayudarla.

Mari aguardó a que su hermana se apartara de la puerta del vehículo y luego descendió orgullosamente, vestida con un traje de novia blanco.

Los flashes comenzaron a estallar.

Todos se sorprendieron por el color de su piel.

Zoran quedó rígido.

Susurró algo.

Una sola palabra, tan bajo que apenas se oyó la primera letra:

—N…

Los niños comenzaron a correr hacia ella, pero se detuvieron de pronto. Empezaron a alejarse.

Los invitados se apartaban, aunque no para abrirle paso, sino debido al insoportable olor que se expandía a su alrededor.

Era perfectamente hermosa, una reina de chocolate con vestido de novia blanco, pero…

Confundido por la reacción de los demás, Zoran avanzó hacia su futura esposa. De pronto él mismo se detuvo. No pudo dar un paso más.

Un hedor a carne podrida mezclado con notas de excremento humano emanaba de ella… desde dentro de ella.

Dio un paso. Luego otro. Se obligó a acercarse. El olor se volvía cada vez más intenso. Quería abrazarla. Besar al amor de su vida. Era su Mari… Se esforzaba por ignorar aquel hedor repugnante. Extendió los brazos para abrazarla y acercó los labios para besarla. Pero cuando sintió el olor de su aliento cálido frente a su rostro, no resistió más. Un instante antes de que sus labios se tocaran, se dobló y comenzó a vomitar. Salpicó el vestido de novia.

Ella murió aquella misma noche.

Como médico, a Zoran le permitieron asistir a la autopsia. Aquel era el día en que debían comenzar su luna de miel.

Delante de él abrieron el cuerpo de la mujer que amaba…

Mari, con aquel bronceado ilegal e insensato, había cocinado sus músculos y órganos, que ya habían comenzado a descomponerse dentro de ella mientras aún seguía viva.


Goran Ćurčić nació en Zrenjanin, Serbia, en 1984. Es miembro de la asociación de aficionados a la ciencia ficción SCI&FI de Belgrado. Autor de las novelas Potomstvo (2012), Ratnik i Kudrava (2020), por la que recibió el premio "Raskrsća" 2020, y Gozba (2025). Sus relatos se han publicado en numerosas colecciones regionales de fantasía.

  

jueves, 18 de diciembre de 2025

EL VESTIDO NEGRO

Goran Ćurčić

 

Recibió una llamada extraña… Pensó que sería otro día aburrido más, con otra clase aburrida de la aún más aburrida profesora de sociología. Cuando salió a fumar un cigarrillo durante el receso de la clase, alguien le dejó una invitación dentro de su cuaderno. Un sobre negro. No tenía nada que hacer allí, entre las páginas de sus apuntes. Dentro del sobre había también un trozo de papel negro, escrito con letras caligráficas de color rojo. Era una entrada de regalo para una fiesta esa misma noche, con la dirección del evento. En el reverso del papel había una nota que decía que debía ponerse un vestido negro.

Mientras hacía girar ese pedazo de papel entre los dedos, sorprendida, recordó que justamente la semana anterior había comprado un vestido negro, largo y ajustado. Sabía que en él se veía perfecta. Como si hubiera sido cosido a medida solo para ella. El vestido seguía a la perfección cada curva de su cuerpo. De ese vestido solo sabía su hermana… Pensó que se trataba de una simple coincidencia.

Miró alrededor del anfiteatro y se dio cuenta de que solo ella había recibido una invitación. Volvió a recorrer con la mirada el aula enorme y recién entonces notó que, desde el otro extremo, la observaba un muchacho al que veía por primera vez en esas clases. Estaba segura de no haberlo visto nunca antes. Cuando lo miró, él le asintió con la cabeza. Lo habría recordado: los zapatos tipo Lennon con lentes grises y la campera de cuero gastada le habrían llamado la atención si lo hubiera visto en la facultad aunque fuera solo una vez. La entrada de la profesora y la continuación de la “interesante” lección interrumpida por el recreo la sacaron de sus pensamientos.

Su concentración y la toma de apuntes volvieron a interrumpirse por ese mismo chico del otro lado del anfiteatro… Se levantó de su asiento, bajó lentamente entre las filas de bancos, pasó frente al estrado, llegó a la puerta, la miró y salió. Lo extraño fue que solo ella notó que había salido del aula.

No, es imposible que nadie más lo haya visto, pensó. Y que además hubiera pasado tan fácilmente junto a la profesora sin que ella le dijera nada… no, imposible. Tal vez con otros docentes, pero no con esa vieja socióloga.

Cansada, volvió a su departamento. Casi había olvidado al extraño muchacho del anfiteatro cuando empezó a sacar el maquillaje y el teléfono de la cartera, y volvió a encontrarse con la invitación. La hizo girar entre los dedos, sonriendo. Podía elegir: ir a esa fiesta o pasar toda la noche escuchando las quejas de su mimada compañera de piso. No lo pensó demasiado; además, tenía el vestido negro…

Se alisó el largo cabello negro. Alrededor del cuello se puso un gran collar de plata con un medallón de ámbar en el que, desde hacía varios millones de años, había quedado atrapado un extraño insecto alado. Había gastado dos becas estudiantiles completas en ese collar. No le gustaba usar lápiz labial, pero resaltó sus ojos con una sombra oscura. Adornó su muñeca izquierda con una pulsera ancha y se calzó unos zapatos negros de tacos altos, sobre los cuales caía el final de su vestido.

Partió hacia la dirección indicada. De pronto se encontró en un laberinto de callejuelas estrechas, completamente opuestas a los bloques de edificios modernos y al centro estudiantil contemporáneo. Ni siquiera sabía que existía esa parte tan peculiar de la ciudad, una zona que parecía olvidada: pequeñas casas bajas, con ventanas salientes decoradas e incluso algún que otro techo de paja… Finalmente encontró la casa de la dirección. Entró…

En el pasillo reinaba una extraña luz neón azulada, como si proviniera de esas bombillas chinas baratas de bajo consumo. No había nadie; se oía música al final del pasillo. Este conducía a un patio amplio. Dio un paso hacia el patio, iluminado por la luna y por una extraña luz neón cuyo origen no lograba ver. Con esa iluminación tan rara, solo podía distinguir las siluetas de algunas personas al otro extremo del patio, de pie bajo un gran roble.

Avanzó lentamente hacia ellas, tratando de distinguir los rostros. A cada paso, la música se hacía más fuerte. Lo extraño era que las canciones eran justamente las que más le gustaban. Le resultaba placentero el sonido tan familiar de sus bandas favoritas. Como si alguien hubiera elegido la música solo para ella. Como si alguien le hubiera robado su lista de reproducción.

Con cada paso comprendía que el patio estaba cada vez más lleno de gente que bailaba al ritmo de sus melodías favoritas. Aún no podía distinguir los rostros a su alrededor. La luz se lo impedía. Parecía como si alguien hubiera encendido innecesariamente una máquina de humo; todo estaba envuelto en niebla. La gente se apretujaba a su alrededor. De repente, el patio estaba repleto.

Se dejó llevar por la música: bailaba, saltaba, gritaba como nunca antes. La multitud la arrastraba; no conocía a nadie, no podía reconocer el rostro de nadie. La luz se volvía cada vez más oscura: azul profundo, índigo, azul noche, si es que ese color podía emitir luz.

En uno de sus saltos notó que entre dos sauces llorones había un balcón, desde donde provenía esa extraña luz. Se detuvo un instante en medio del baile, los gritos y los saltos. Forzó la vista para ver quién estaba allí. Primero distinguió una silueta y luego reconoció claramente la campera del chico del anfiteatro que le había dejado la invitación. Estaba solo en el balcón, con un vaso en la mano. Estaba segura de que la observaba solo a ella y, mientras lo miraba, vio cómo levantaba el vaso y brindaba en su dirección. Sonrió.

Pensó en intentar abrirse paso hasta el balcón para conocer por fin al desconocido. En ese momento, la multitud la empujó, perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer, pero logró enderezarse a tiempo. Cuando volvió a mirar hacia el balcón, estaba vacío. Tal vez había bajado hacia ella, pensó, y luego volvió a entregarse a la música, esperando que el extraño se le acercara.

Nadie se le acercaba, pero la masa de desconocidos crecía cada vez más y su cuerpo era una gota en la ola de un mar embravecido, envuelto en el mejor sonido que había escuchado jamás. Disfrutaba sola, rodeada de cientos de personas que ni siquiera la notaban. No existía una diversión mejor… No entendía dónde estaba... Disfrutaba... Todo lo demás era irrelevante... Su voz se perdía en un coro de gritos, sus pies apenas tocaban el suelo... Flotaba, relajada en el éxtasis del sonido y el movimiento... Por un momento pensaba en un joven desconocido, y esperaba que finalmente se acercara a ella, o que él también se perdiera en ese mar. Sintió que el cansancio la vencía, pero siguió bailando, saltando, gritando, hasta que cayó exhausta sobre el suelo húmedo y embarrado.

Sabía que despertó cuando el sol ya estaba bastante alto. Yacía sola en medio del patio fangoso, junto a una fuente de agua antigua. Nada en el patio indicaba que allí hubiera habido una fiesta la noche anterior, que cientos de personas hubieran bailado en trance.

Miró hacia los sauces llorones, buscando el balcón desde el cual el desconocido la había saludado la noche anterior. El balcón no existía: detrás de los árboles solo había un muro plano de ladrillos toscos. Se miró a sí misma: su vestido negro estaba impecablemente limpio, pero en el borde inferior faltaba un pedazo desgarrado de tela, no más grande que una mano humana… No recordaba haberlo enganchado; sí, lo habían pisado y tironeado varias veces, pero perder un trozo de tela así, seguro que no…

Asustada, corrió por el pasillo hasta la calle. Pronto se encontró rodeada de edificios de varios pisos y de calles y bloques que conocía bien. Volvió a su departamento; por suerte su compañera ya se había ido a clases, así que no la molestaría preguntándole dónde había pasado la noche.

Se duchó, comió y se recostó con la intención de dormir, pero el sueño no llegaba. Llamó a varios amigos por teléfono, aquellos de los que sabía que nunca se perdían fiestas así, pero nadie sabía nada ni había oído hablar de lo ocurrido la noche anterior. Dejó de pensar en eso. Después de todo, se había divertido muchísimo, fuera donde fuese donde había estado.

Decidió que por la tarde iría, después de todo, a la aburrida clase que siempre se salteaba. Entró al anfiteatro, donde había unos veinte estudiantes perseverantes. Vio que nadie de su grupo había asistido. Se dirigió a un asiento en la esquina superior del aula, pensando que allí podría dormitar si el sueño finalmente la vencía.

Mientras caminaba hacia el lugar elegido, le llamó la atención una campera de cuero colgada en un perchero junto a la puerta del anfiteatro. Era idéntica a la del extraño muchacho, pero él no estaba allí ese día. Miró por las dudas a los estudiantes aplicados y se aseguró de no equivocarse: no estaba.

Antes de sentarse, notó un pedazo de tela. Era el trozo que le faltaba a su vestido. Lo tomó en sus manos y vio un bordado con hilo rojo sobre la tela negra: letras ornamentadas. Le llevó un momento reconocerlas. Leyó el mensaje bordado con caligrafía:

“ESPERO QUE HAYAS DISFRUTADO DE MI REGALO…”

Instintivamente se dio vuelta hacia la campera del perchero. Ya no estaba allí.



Goran Ćurčić nació en Zrenjanin, Serbia, en 1984. Es miembro de la asociación de aficionados a la ciencia ficción SCI&FI de Belgrado. Autor de las novelas Potomstvo (2012), Ratnik i Kudrava (2020), por la que recibió el premio "Raskrsća" 2020, y Gozba (2025). Sus relatos se han publicado en numerosas colecciones regionales de fantasía.

EL SILENCIO