miércoles, 4 de febrero de 2026

EL PECIO

Iván Bojtor

 

¿Cómo me encontró? Ya veo. El nombre del barco me delató. Lo sé, fue una mala idea bautizarlo Argos III. Pero, ¿sabe?, son nostalgias de viejo. A esta edad uno ya se aferra a paisajes, ciudades, nombres. ¡Sujétese! Arranco el motor, salimos de la bahía y luego, ya mar adentro, lejos de la costa, nos detenemos y se lo cuento todo. ¿Nos vio alguien? ¿Lo sabe? Por aquí no quieren a los periodistas fisgones. ¿Quién se lo contó? ¿Torre? ¿Antes de morir se jactó de haber encontrado el Argos? Debí imaginarlo. Así que va a escribirlo. Bien. Puede que tenga razón. Ahora, después de tantos años, yo también me arrepiento de no haberlo hecho público, pero entonces esa nos pareció la única salida posible. ¿Qué podríamos haber dicho? ¿Y quién nos habría creído? Al fin y al cabo, solo Torre y yo conocíamos todos los detalles del asunto. Tal vez Papadakis sospechó algo, pero aceptó –o fingió aceptar– nuestras explicaciones.

¡Lo sé! Digo que lo sé. ¡Sí! Podría haber sido una sensación mundial. La idea fue mía, el dinero para la investigación lo puso Torre, y el barco de exploración, Papadakis. Yo iba tras el dinero; Torre, que ya tenía suficiente, buscaba la fama; y Papadakis soñaba con una flota propia. No salió nada de eso. A nosotros dos solo nos quedaron el silencio y el remordimiento; a Papadakis, esa vieja barcaza oxidada.

¡No me estoy lamentando! Si ahora saliera ante el mundo y lo contara todo, se burlarían de mí, me tomarían por loco. No podría probar nada. Torre ya murió. Papadakis finge no recordar nada. Calla porque tiene miedo. ¿Por qué? Piénselo. Qué cosa tan jodida sería que a los ochenta y tantos años lo metieran en la cárcel.

¿Que cómo lo encontramos?

Yo estaba seguro de que estaba allí, porque varios habían mencionado esa tradición. Y las tradiciones son cosas testarudas: pueden durar siglos.

Sobre la destrucción del barco escribieron lo siguiente. Lea.

Que Jasón murió junto con el Argos, ya sea porque una de las vigas podridas del barco le cayó encima (¡ridículo!), o por un hechizo de Medea. En cuanto a cuál fue ese hechizo, los relatos no se ponen de acuerdo. Cada historia dice algo distinto. Algunos afirman que lo durmió con una pócima venenosa; otros, que le prometió rejuvenecerlo mediante una transfusión de sangre, pero que tras desangrarlo lo dejó morir en el barco; y hay incluso una versión según la cual congeló el aire en el Argos, sumiendo a Jasón en un sueño profundo. En las tres variantes, Medea hunde el barco en algún lugar cerca de Corinto.

¿Y ahora por qué pone esa cara? Exactamente la misma que puso Torre cuando se lo mostré por primera vez. ¡Claro que solo le mostré eso! No iba a jugar todas mis cartas de entrada. Lo primero es la desconfianza. Pero Torre resultó ser un buen tipo. Papadakis respondió a nuestro anuncio. Hubo unos veinte candidatos más, pero lo elegimos a él. ¿Sabe por qué? No, no fue por el dinero. No era el más barato. Fue por el nombre de su barco. Por cábala. Ese destartalado barco a motor se llamaba Argos. ¿Bueno, no? Con el Argos buscamos al Argos. ¿Empiezo desde el principio? De acuerdo.

En todos los libros se dice que el barco con el que Jasón y sus compañeros partieron en busca del vellocino de oro recibió su nombre por su rapidez, y que era una nave de remos hecha de madera. ¡Y una mierda!

La palabra argo tiene otro significado: brillante. Así llamaban también a la plata. Entonces, ¿cómo era ese barco? Brillante, plateado, de color plata. ¿Usted cree que eso se logra con madera? ¡De ninguna manera! Era de metal. Cuando la gente lo veía, ni siquiera sabía que era un barco: creían que se trataba de algún monstruo. Y si en aquella época, cerca de Corinto, hundieron un barco de metal… bueno, algo tenía que haber quedado.

Los arqueólogos y los buscadores de tesoros siempre se centraron en los restos de barcos de madera. En esa zona, durante la guerra, se hundieron varios barcos que atravesaban el canal de Corinto. Los pescadores sabían perfectamente dónde estaban, pero a nadie le importaban: todo lo que podía sacarse ya había sido desmontado y robado.
¿Y si el Argos se escondía allí, en ese cementerio de chatarra?

Claro que con eso no terminé de convencer a Torre. Empezó a entusiasmarse de verdad cuando le hablé del santuario de Dodona.¿La relación entre el Argos y Dodona? ¡El mástil! Todos los autores que escribieron sobre el Argos destacaron que el mástil incorporado al barco podía hablar, respondía a las preguntas que le hacían, advertía cuando se acercaba una gran tormenta y, a veces, incluso indicaba el rumbo. También escribieron que ese mástil provenía de Dodona.

Le dije a Torre que, en mi opinión, se trataba de una antena de radio. Y él, que se había hecho rico vendiendo todo tipo de aparatos eléctricos, empezó a pensarlo seriamente. Cuando además le mostré mis dibujos del santuario de Dodona, mordió el anzuelo y abrió la cartera.

Aunque los autores antiguos no entendían nada de aquello, describieron con bastante precisión muchos detalles técnicos, cada uno a su manera. Yo solo tuve que encajar las piezas. Las excavaciones arqueológicas demostraron que el santuario de Dodona no era un gran templo, sino apenas una pequeña capilla. Las descripciones antiguas mencionaban dos columnas: sobre una había una estatua de un muchacho que sostenía en la mano derecha un látigo trenzado de alambre; sobre la otra, una especie de recipiente metálico. Cuando soplaba la brisa o el viento, el látigo golpeaba el recipiente de bronce, que emitía un sonido. Algunos creían que los sacerdotes interpretaban los oráculos a partir de ese sonido; otros, que lo hacían por el tintineo de los numerosos objetos metálicos colgados del roble sagrado; e incluso se decía que eran los trípodes de bronce que rodeaban el árbol los que sonaban. Pero todo eso es una tontería.

Como se demostró después, aquel dispositivo funcionaba. Lo reconstruimos. ¿Electricidad estática? ¡Ni hablar! Es gracioso que lo diga, porque Torre pensó lo mismo al principio. Habría sido demasiado simple.

También había una “fuente sagrada” que brotaba de una cueva. Decían que solo manaba agua de manera periódica, por la mañana, únicamente por la mañana. Es fácil darse cuenta de que, si siempre se secaba al mediodía, no era la naturaleza la que la regulaba, sino algún mecanismo. Una pequeña central hidroeléctrica generaba electricidad hasta que se cargaban las baterías disponibles. Y esas baterías no podían ser otras que los misteriosos trípodes, los artilugios de tres patas cuya cadena formaba la valla del santuario. Los objetos metálicos colocados sobre las columnas y fijados al roble sagrado funcionaban como antenas. Algo muy parecido se había instalado también en el Argos. Y además, trípodes de bronce. ¿Para qué demonios querría alguien pesados trípodes de bronce en un barco de madera?

¿Por qué me mira así? Funcionaba. Le digo que funcionaba. Lo construimos. Es cierto que a escala reducida. Ojalá no lo hubiéramos hecho, porque…

En fin. En algún momento de marzo, después de las tormentas primaverales, comenzamos la búsqueda. Escaneamos toda la costa con radar, pero solo volvimos a identificar restos ya conocidos. Papadakis sugirió que el nivel del mar había subido en los últimos tres mil años y que, además, había corrientes submarinas, por lo que lo que buscábamos podía estar incluso un kilómetro más adentro. Tenía razón. Al día siguiente lo encontramos.

¿Y bien? No parecía un barco. Se asemejaba más a un depósito de petróleo o, mejor aún, a un submarino partido por la mitad. Al ver la imagen del radar, Papadakis primero soltó una risa forzada y luego empezó a asustarnos diciendo que allí dentro podría haber incluso algún tipo de veneno peligroso. (Él debía saber bien lo que ocurría por las noches en la bahía en aquellos tiempos).

¡Era el Argos! Claro que lo era, aunque eso solo se confirmó más tarde.

Bajamos unas diez veces, nadamos a su alrededor, lo palpamos, lo golpeamos, pero entonces todavía no encontramos nada que indicara una entrada. Era como si todo hubiese sido fundido de una sola pieza.

Papadakis estaba muy preocupado y trajo todo tipo de aparatos: un contador de radiación, un detector rápido para gases de combate y no sé cuántas cosas más. De dónde las había conseguido, preferimos no preguntarlo.

Al día siguiente (esa noche casi no dormimos de la excitación) encontramos pequeños orificios azulados en el costado del pecio. Estaban alineados con regularidad, lo que nos llevó a pensar que antaño había allí remaches de cobre que mantenían unidas las planchas de hierro, pero que el agua salada se los había comido hacía mucho tiempo.

—¿Lo ve? ¡Se lo dije! Solo es un maldito tanque —rio aliviado Papadakis cuando le contamos lo que habíamos visto.

Ya estaba anocheciendo, pero Torre y yo decidimos bajar una vez más. Por más que Papadakis suplicó.

—Chicos, esto es una locura. Dejémoslo para mañana. —No le hicimos caso.

Torre encontró la entrada. No estaba en la cubierta, arriba, sino en el costado, apenas sobresalía del lodo. Por un instante creyó ver la luz de mi linterna a lo lejos, pero al acercarse descubrió un pequeño punto luminoso de color verde. La luz venía de dentro, del interior del barco; era tan débil que de día quizá ni la habríamos notado. Lo raspó con el cuchillo y…

Era como una claraboya de camarote. Más tarde encontramos un fragmento: estaba tallada en cristal de roca. Yo vi la luz desde lejos y nadé hacia allí. Torre la palpó hasta que esa lente transparente simplemente se salió de su sitio; el anclaje debía de haberse soltado con el agua salada a lo largo de los siglos.

Aquella especie de cámara de esclusa por la que entramos era en realidad solo una bolsa de aire. Un mecanismo increíblemente simple, pero que aún funcionaba. Con las aletas de buceo, a duras penas logramos trepar por unos troncos de madera podrida que sobresalían de la pared metálica. Tres se rompieron bajo mi peso. Luego avanzamos por un túnel estrecho, envueltos en esa luz verde fosforescente y fantasmal que emanaba de las paredes, y pensé que, después de todo, deberíamos haber traído el maldito contador de radiación. Pero ya daba igual: había que llegar hasta el final, pasara lo que pasara, después de haber invertido tanto tiempo y dinero en aquello.

Al principio creí que era la presión arterial lo que me hacía zumbar los oídos, pero por los gestos de Torre –no nos atrevimos a quitarnos los respiradores– entendí que él también lo oía. A medida que avanzábamos, ese ruido sordo se hacía cada vez más fuerte.

Mirándolo ahora en retrospectiva, el lugar por el que entramos debió de ser una especie de conducto de mantenimiento, no la entrada principal. Tras unos ocho metros, el pasaje giró a la derecha y de pronto nos detuvimos: una maraña de cables y tubitos finos, como una telaraña, bloqueaba el camino.

Torre iba delante. Se lanzó, doblando y apartando los cables, intentando pasar por debajo, pero sin querer rompió varios. ¿Qué podía hacer yo? Lo seguí.

Ya casi habíamos atravesado aquella jungla de cables cuando la pared del conducto se resquebrajó con un fuerte crujido y el agua fangosa irrumpió de golpe. A Torre lo arrastró hacia atrás; a mí me aplastó contra la pared y apenas podía respirar. Todo el armatoste crujía y se deshacía. No veía ni mi propia nariz. En aquella masa negra, la linterna no servía de nada. Manoteaba, palpaba a ciegas, apartaba objetos que flotaban hacia mí, y también algo blando que me golpeó unas tres veces y que creí que era un pez grande. De algún modo logré salir por la abertura por la que habíamos entrado.

Torre ya estaba afuera, esperándome.

Al día siguiente, cuando regresamos, toda la estructura se había derrumbado. Por más que levantamos planchas con el cabrestante del barco, no encontramos nada debajo que pudiera confirmar mi teoría.

Salvo, claro, aquellos pequeños objetos dorados que al principio, por su forma, creí que eran cilindros de sellos. Pero entonces aún no sabíamos qué eran.

No, no eran de oro. Al verlos, incluso a Papadakis se le iluminaron los ojos, pero cuando tomó uno en la mano y lo palpó, la capa dorada se desprendió, y quiso arrojarlo al agua.

—¡Esto no es más que una maldita piedra!

Torre los examinó con una lupa y descubrió finísimas estrías. Me miró y…

¿Voy al grano?

¿Qué? ¡Vamos, no me venga con ese cuento de los ovnis! ¿Que lo dejaron aquí los extraterrestres? Ya le dije que reconstruimos todo el sistema. Todos los materiales que usamos ya se conocían en aquella época. Era tecnología terrestre, aunque solo unos pocos la dominaban. En mi opinión, cada templo, cada lugar sagrado tenía sus pequeños secretos. Incluso los sacerdotes se los ocultaban entre sí. Toda la literatura de la Antigüedad está llena de referencias a rituales y misterios que aún hoy desconocemos. Algunos, claro, estaban destinados a las masas. Ahí tiene, por ejemplo, Eleusis: cientos de miles de personas fueron iniciadas y, sin embargo, no sabemos nada. Guardaron silencio. Todos callaron, incluso quienes más tarde abrazaron el cristianismo. Y ese conocimiento secreto se fue perdiendo poco a poco. ¡Pero nosotros lo encontramos! Y bien encontrado.

Escuche esto. Aquí y allá chisporrotea, pero se entiende.

¿Y bien, qué le parece? ¿Suena como una grabación de gramófono? Claro que sí, porque lo es, o al menos se hizo con un método muy similar. Ese era el secreto de aquellos cilindros. Cuando por fin logramos reproducirlos, solo este quedó intacto; los demás, por desgracia, los arruinamos.

¿Quiere que lo traduzca?

¿Sabe qué? Mejor leo lo que conseguimos extraer.

Sigo vivo. Creo que sigo vivo. Y todavía estoy aquí.

“Anaku sem dartra inoba menting.” ¿Hay alguien ahí? ¡Dodona, responde! ¿Hay alguien? Mientras dormía, Medea me conectó al morfator y me dejó aquí. ¡Libérenme!
Estoy débil, no puedo levantarme. Ni siquiera puedo moverme. “Anaku sem dartra inoba menting.”

¿Qué es ese texto sin sentido? No tengo ni idea de lo que significa. Debe de ser algún tipo de señal de llamada. Cuando construimos la réplica del dispositivo de Dodona, también oímos exactamente eso. Solo eso. Se transmitía continuamente, como si todavía existiera un emisor en algún lugar. No pudimos responder: aún no estábamos preparados. Torre propuso usar el viejo método de triangulación de radio para localizar el origen de la señal, pero cuando reunimos todo el equipo necesario, se apagó.

Luego un barco pesquero sacó del agua aquel cadáver. Creyeron que debía de ser algún actor, porque llevaba un atuendo antiguo, como los de la Antigüedad.

Borramos todas las huellas, rompimos y destruimos todo y salimos corriendo. A Torre incluso se le pasó por la cabeza comprarle el Argos a Papadakis por buen dinero y hundirlo también, pero el griego no quiso saber nada: estaba apegado a su barcaza.

Eso es todo.

¿Todavía no lo entiende? Era ese pobre desgraciado de Jasón. Llevaba miles de años pudriéndose allí. Medea lo había hibernado o conservado de algún modo. Nosotros lo matamos cuando arrancamos los cables que lo mantenían con vida.

Lo mire como lo mire, fue un asesinato. Pero que quede entre nosotros dos.

¿Y ahora por qué me mira así? ¿Esa historia sensacional ya es suya? ¿Va a escribirla? No lo hará. Sabe que aquí el asesinato no prescribe. ¡Levante las manos! ¡Despacio! Digo: ¡despacio!

Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

 

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