Víctor Lowenstein
Echó las redes antes que el sol asomara por Oriente y se
sentó a esperar. Suya era la paciencia del añejo pescador. Luego encendió su
pipa de marlo con su mano buena; la otra la había perdido en Tannenberg
combatiendo contra los alemanes en la Segunda Guerra. Tras la primera pitada
suspiró largamente y se quedó mirando el horizonte azul y eterno.
En la aldea le decían "Lobo de mar". Él sonreía
con esa sonrisa triste que todos le conocían y corregía a sus compadres:
"Chacal de barco… ¡llámenme así!" Veterano de la marina mercante de
las costas Occidentales, pasado a retiro luego de dar parte de sí en el bando
de los aliados, invirtió su pensión en la compra del bote de pesca que le daba
sustento y refugio en la soledad del mar.
Vivía en una modesta choza de la ribera, algo lejos de la
aldea, junto a una joven indonesa que le compró a unos gitanos en la ruta del
cobre. Ella sabía hacer guisos y sonreír mansamente. Él no la amó nunca pero
jamás la trató como a una esclava. Amila; así la llamó en recuerdo a una
querida prostituta.
La mañana en que Samuel Méndez apareció en la playa, el
viejo se afanaba por empujar con el pecho y su mano buena el bote semihundido
en un banco de arena a la orilla del mar. El par de brazos recios del joven le
auxiliaron, su voz le confió una historia: venía escapando de un terrible
padrastro; no tenía dinero ni lugar donde vivir. El viejo pescador no le creyó,
mas lo invitó a subir al bote y compartir la pesca. Se quedaría con un décimo
de sus ganancias, y le daría refugio en una casamata abandonada en la playa.
—Amila te dará mantas y velas para que te quedes allí —le
dijo.
—¿Quién? —preguntó el joven.
A ambos les convino el arreglo: Samuel tendría un humilde
sueldo, suficiente para vivir, y hasta un techo bajo el que dormir cada noche.
Al viejo le venía bien una mano y hasta pensó en aquel muchacho como el hijo
que siempre quiso tener. Al menos llegaron a ser amigos.
Lo llevaba a su choza a menudo, para que el muchacho tuviera
una buena comida de vez en cuando. Por encima del vapor de la sopa, el anciano
creyó ver cómo la mirada del joven se volvía hacia su esposa quien, inclinada
sobre los bártulos de cocina, dejaba ver su cuerpo sano y moreno.
Los sábados del hombre de mar se han hecho para descansar,
beber y divertirse. El viejo pescador solía ir a una taberna donde encontraba a
sus compañeros más queridos: el sueco Lars y el polaco Kolchak. Bebían hasta la
madrugada y reían con las historias marineras de su vida. Samuel, adecentado
como un mozo y hecho a la vida aldeana, iba a las cantinas para bailar con
muchachas y hacer amistades. Al verlo pasar de casualidad frente a la taberna,
el viejo pesador lo señaló como su ayudante y los otros dos se miraron entre
sí, preocupados.
—Es joven, y como todos los jóvenes de hoy, es arrogante.
Miren cómo camina.
—Ten cuidado, chacal —susurró el polaco Kolchak.
El viejo los miró por entre el humo de tabaco, pero no dijo
nada.
Por la mañana del lunes, ya en alta mar, el viejo pescador
descargó de la red tres cangrejos que dejó caer al fondo de una cubeta de
madera sobre cubierta.
—Míralos —le sugirió a Samuel.
—No veo nada –dijo el joven.
—Ya verás, pero muy poco. Cuando uno de los cangrejos
intente salir, los otros lo arrastrarán al fondo de la cubeta. Estos animales
se comportan de esa manera.
Así ocurrió, y ambos observaron el curioso espectáculo dos
veces seguidas. Cada ocasión en que uno de los animalejos elevaba sus pinzas
con la intención de trepar al borde de la cubeta, los otros lo sujetaban por
los flancos.
—¿Entiendes la lección que nos enseñan? —dijo el viejo.
—¡Estás loco! —exclamó Samuel, ahogándose de risa.
—Ríete, muchacho, ríete todo lo que quieras. Un sabio
entendería que los hombres somos como los cangrejos; hay reglas que deben
respetarse, aunque no nos gusten.
El joven poseía la fuerza; el viejo bien lo sabía. Pero el
viejo contaba con la paciencia que el joven confundía con senilidad. Pasaron
muchas mañanas, tardes de pesca, sábados de jarana. Los viejos marinos no miden
el tiempo en horas. Lo hacen en oleajes de pensamientos que abarcan días
enteros, semanas y meses; a menudo años… el viejo pescador oteaba el horizonte
con ojos entrecerrados. Escuchaba el ruido del mar y el del viento. Y pensaba.
Escuchaba a Lars y a Kolchak sin decirles nada. Y pensaba.
Un atardecer, el viejo asomó su mano buena fuera de la
embarcación y hundió los dedos en el agua. La notó más fría que de costumbre.
Conocía lo que traen las corrientes mediterráneas. El viento del oeste le traía
en gritos de aire su anuncio salado.
—Lloverá mañana —dijo.
El joven miró el cielo límpido, sin una nube, y soltó la
carcajada. “Viejo loco…”
La noche fue singularmente fresca. El viejo pescador le
ordenó a Amila llevar mantas hasta la casamata de Samuel. Tardó en regresar. El
vio la cabellera revuelta; su premura por acomodarse la falda al entrar y el
rubor de sus mejillas. No dijo nada.
En la mañana…
—¿Embarcaremos hoy, anciano?
Jamás lo había llamado de esa manera. Esa mañana, cuando el
viejo pescador echó los aparejos sobre cubierta, sus ojos se encontraron con
los de Méndez. Era cierto lo de su arrogancia; juventud y fuerza se lo
permitían. Miraba al mundo, y lo miraba a él como se mira a un extraño. A él,
pescador y veterano de guerra, que había depositado esperanzas en el forastero,
un hijo traído por la vida. Se atrevió a mirarlo también así; como se mira a un
joven recio, amante de la vida e impaciente por vivirla. Mal compañero para un
viejo solitario.
A media mañana estalló la lluvia. Tenue al principio, con
nubes de tormenta asomando en la línea nublosa del horizonte. El viento agitó
todo el maderamen de la vieja barca.
—¡Vámonos! —gritó Samuel, que ya comenzaba a arriar la
velas. Le horrorizaba la idea de una tormenta en alta mar. De nuevo sus ojos
encontraron los del viejo pescador y le dieron escalofríos. Lo miraba con
piedad, casi con lástima. El joven volvió a gritar. El viejo no respondía, ni
se movía de su lugar.
—¡Estás loco de remate! —gritó, por encima de las ráfagas de
vientos que sacudían la embarcación. Al recoger las redes, fue cuando vio al
viejo sacando un revolver del bolsillo de su abrigo.
—Pero… ¿qué te propones?
En medio del mar sonó un disparo. El cuerpo de Samuel cayó
al agua con un corto chapoteo. Los vientos empezaron a calmar su furia y cesó
la lluvia. El viejo y el mar sabían de temporales y no les sorprendió ver el
cielo teñirse de nuevo de azul. El pescador guardó su revólver, secándose las
lágrimas. Terminó de arriar las velas, juntar sus aparejos, y puso rumbo al
puerto de la aldea.
Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

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