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martes, 25 de agosto de 2026

SOILE GRIM

Tanya Tynjälä

 

La costa de la Isla siempre ha sido famosa por sus pejerreyes. Algunos prefieren una caña de acción 5 o 6, eso permite sentir mejor la pelea que los peces te ofrecen, otros prefieren unas cañas más delgadas con una línea más larga. Yo prefiero la línea española, ¿recuerdas cómo te enseñé a hacerla?, ¿cómo me dejaste usar las perlitas de tu collar para poder separar el esmerillón de los nudos corredizos? Esos que se hacen con hilo de seda y que sirven para regular el largo de la brazolada, ¿recuerdas?… ¡Huy!

El viejo calló pues algo tiraba del hilo que tenía en sus manos. Una sonrisa iluminó su rostro surcado por las arrugas que el sol implacable le dejara de recuerdo de sus años de pescador. Tiró una vez más y una botella plástica siguió su movimiento. Suspiró descorazonado. Había estado en ese espigón desde muy temprano y todo lo que había conseguido era una botella enganchada en el anzuelo.

Cerró los ojos para evitar que una lágrima corriera por su mejilla. La niña le tomó la mano, él la miró y volvió a sonreír. Ella le devolvió una sonrisa luminosa como sus ojos grises que resaltaban aún más por su piel bronceada.

 —Es culpa del hilo, como no había de seda usé uno de nylon que encontré en los desechos. Así no se pueden hacer buenos nudos corredizos y sin ellos…

 —Sí Tata, mañana tendremos más suerte, seguro que regresan los pejerreyes.

El camino a casa era largo y pesado bajo el sol, ni siquiera los grandes sombreros de cartón los protegían por completo y los gastados zapatos no los defendían lo suficiente del árido camino. Constantemente debían detenerse para quitar alguna piedra que fácilmente se metiera por los huecos de los zapatos. El viejo sufría por la niña; él ya tenía tantos callos en los pies que el dolor causado por las piedrillas no le causaban mayor molestia… pero ella, tan tierna, sus piececitos… Si por lo menos no hiciera tanto calor…

Sin embargo ella no se quejaba y caminaba cantando y solo se detenía para hacer dibujos en la tierra… y quitarse disimuladamente las piedras del zapato; lo que menos quería era que el Tata se preocupara. Cruzaron el “centro” del pueblo, si así se podía llamar a ese montón de casuchas agrupadas frente al pozo. No había ni un solo árbol en donde protegerse del calor, no había ni un solo perro jugando con la basura. Todo había desaparecido hace tanto que ya nadie recordaba y por lo tanto no extrañaban. Todos menos el Tata. 

Antes de la hecatombe, él había sido pescador, uno de los mejores. En ese entonces la isla ere un popular punto turístico, lleno de hoteles de todas las categorías, restaurantes que servían los cangrejos más grandes del mundo (o eso decían) y otras delicias que ofrecía el mar, calles con palmeras, pájaros exóticos y jóvenes ligeros de ropas buscando algún turista solitario para ofrecerles su compañía. Ahora los pocos hoteles que seguían de pié eran refugios en donde vivían los pocos que no pudieron irse y que no deseaban vivir en sus “casas”. Los hoteles de lujo habían sido construidos con materiales más sólidos y por eso se conservaban en mejor estado que los baratos o las casas particulares. Éstas se habían convertido en casuchas derruidas que apenas si protegían del calor.

Era verdad que con los años la pesca se iba haciendo cada vez más escasa, pero cuando pescó esos pejerreyes espantosamente deformes, él supo que algo malo estaba pasando. Poco a poco las cosas fueron cambiando. Los turistas se hacían raros, algunos hoteles y restaurantes de lujo cerraron y cuando llegaban extranjeros a la isla, ellos hablaban de guerras y otras cosas que el Tata no entendía por más que su hija tratase de explicarle. ¿Cómo podía haber una guerra en el mundo? ¿Acaso ellos no eran parte del mundo? ¡Y era claro que a parte de menos turistas, todo estaba en paz! Ella trataba de explicarle que se encontraban muy lejos de los países en conflicto, que no eran un punto militarmente estratégico y cuando perdía la paciencia, lo ponía frente a la televisión. Eso no daba resultado pues escuchaba tantas palabras incomprensibles para él, que las noticias no tenían sentido. Pronto ella perdió su trabajo pues el hotel en donde laboraba también se vio forzado a cerrar. Las palmeras empezaron a secarse, los pájaros a morirse y él seguía pescando más animales deformes que no se atrevía a comer. De guerras no sabía, pero de que algo malo le pasaba al mundo, de eso no le quedaba la más mínima duda y poco importaba si eso era culpa de la guerra o no. Lo que le preocupaba es que llegaría el momento que no tendrían nada que llevarse a la boca.

Cuando se fueron los últimos turistas, llegaron los soldados, nunca dijeron de qué país venían y el tata nunca se preocupó por preguntar qué idioma hablaban entre ellos; seguro su hija sabía pero, ¿qué más daba? Mucho menos explicaron qué había pasado, quién había ganado la guerra o porqué habían desaparecido todas las plantas y animales. Solo se limitaron a explicarles cortantemente las nuevas reglas del juego: debían recoger esa arcilla roja con la que los loros –cuando había loros en la isla– se alimentaban, y a cambio recibirían una ración suficiente de comida. Así es como todos se dedicaron a recoger la arcilla, adultos y niños mayores de diez años. Al principio algunos quisieron exigir explicaciones, pero pronto se acostumbraron al nuevo régimen, un poco obligados por las cortantes miradas que les lanzaban los soldados a modo de explicación, un poco por temor a no recibir la ración que les correspondía. Era evidente que las cosas estaban muy mal en todas partes, que no solo era allí que faltaba la comida y que aceptar la propuesta de esos soldados evitaba los conflictos que aparecieron los meses antes de que ellos llegaran: la gente defendiendo frenéticamente lo poco de víveres que habían guardado, llegando a la más grande violencia por robar una lata de sardinas. Por lo menos así se asegurarían una ración de comida sin tener que pelear.  El Tata no necesitaba trabajar recolectando, debido a su edad. Él, junto con los otros ancianos, se encargaba de recibir las raciones de comida y bebida que mensualmente traían los soldados y de distribuirla equitativamente. La niña el próximo año formaría parte del equipo de trabajo, mientras tanto él la cuidaba y le enseñaba a pescar. Él confiaba en el mar, pensaba que mientras hubiera mar los peces volverían algún día, que quizá se habían asustado con la guerra, que se habían escondido en las profundidades, que cuando se dieran cuenta que todo había terminado, ellos regresarían.

Ese día llegaba el helicóptero con los víveres. Cuando escuchó el familiar sonido, el Tata tomó a la niña en sus brazos y apresuró el paso. Llegó jadeando hacia lo que había sido el hotel más caro de la región. Ahora era el lugar de almacenamiento, solo algunos cuartos eran utilizados por los soldados. Ellos pasaban una noche en la isla, revisaban la cantidad y calidad de la arcilla y luego partían con su cargamento. Casi no se comunicaban con los aledaños, ni siquiera con los que hablaban su idioma.

Al ver entrar al Tata, los otros ancianos empezaron a murmurar y sonreír, para él era obvio que se burlaban. Algunas frases entrecortadas llegaban a sus oídos: perdiendo el tiempo, enseñándole fantasías a la niña… Él estaba acostumbrado a ello, sin embargo eso no lo desanimaba de repetir incansablemente: “mientras haya mar, la vida tiene una segunda oportunidad sobre la tierra, en algún momento los peces volverían a aparecer y luego las aves y luego”… Por supuesto nadie lo respetaba y se burlaban de él sin siquiera tomarse la molestia de hacerlo a sus espaldas. Eso solo le molestaba por la niña. Se sentía obligado a preservar sus esperanzas e ilusiones, eso que antes era algo que hasta los niños más pobres poseyeran. No importaba no tener juguetes, ellos siempre se las ingeniaban para agenciarse uno de la basura. Y es que ante la imaginación de un niño, no hay lata que se resista y que se convierta automáticamente en el más hermoso auto de carrera. ¿Por qué quitarle a una niña la ilusión de un futuro mejor? ¿Acaso no era en momentos como el que vivían que mantener la ilusión era lo único que los seguía haciendo humanos? Veía a esos niños sin brillo en los ojos, pegados a una silla, esperando su ración de comida, ya ni siquiera jugaban. Y al llegar a los diez años, se dedicaban a cumplir con su parte del trabajo con una mecánica apatía. Eso le causaba mucha tristeza. Su nieta seguiría esperando los peces y las aves, por lo menos eso nadie se lo quitaría.

Los soldados lo sacaron de sus pensamientos. Bajaron las pesadas cajas y se dirigieron hacia sus aposentos, al día siguiente se dedicarían a revisar la arcilla recolectada.

Las cajas se abrieron y se sacaron las latas. Siguiendo una estricta lista separaron las latas en montones según familias o personas viviendo solas. Pasaron unas horas antes que llegara la gente. La cola se formó sin problemas, nadie parecía tener prisa, todos sabían que había suficiente comida. A nadie parecía importarle lo que en realidad había en las latas.

El Tata recuerda bien el día en que el antiguo profesor de la escuela dijo que las latas venían de Soile Grin. Alguien dijo:

—¿Soile? ¿Qué Soile? ¿Qué clase de nombre es ese? ¿No será más bien Zoila?

—Soile es un nombre finlandés. —Y al ver la cara de extrañeza de su interlocutor, explicó —Es uno de esos países que existían antes. Pero yo no dije Soile, dije Soylent Green. Es una película en donde la comida se hacía… —el profesor miró a todos y suspiro. —No tiene importancia. De todas maneras está claro que la comida se hace de la arcilla. Si era bueno para los loros ¿por qué no para nosotros?

El nombre quedó dando vueltas por la cabeza del anciano, así pues cuando su hija dio a luz a la niña, luego de un embarazo del que nadie supo el nombre del causante, el Tata insistió para que la niña se llamase Soile. Su hija no protestó, le importaba poco el nombre de la niña cuya concepción se debió a la promesa de recibir uno de esos antiguos detergentes con los que antes de la hecatombe la gente se lavaba el pelo. Ya no recordaba cómo se llamaba, pero sabía que el pelo quedaba suave y perfumado.  Y es así como hizo lo que nunca antes había hecho a pesar de las promesas de ricos turistas. Eran pobres, pero no morían de hambre gracias a que a ella no le faltaba trabajo en el hotel. No necesitaba acostarse con algún asqueroso gringo viejo y gordo para comprarse linda ropa y cosméticos y aunque no eran de la mejor calidad ella podía lucir su bella cabellera negra con el orgullo de saberse honrada… ahora, si no fuera por las latas. En realidad más que la ilusión por el producto de limpieza, fue su temor a que el soldado dejara de darles víveres en represalia por su negativa. Eso nunca había pasado, pero ella prefirió no correr el riesgo.

Por suerte la gente estaba tan preocupada en sobrevivir que nadie la criticó cuando quedó embarazada. Todos tenían sus propios problemas, sus propias angustias, sus propias maneras de seguir viviendo. Por otro lado la pequeña Soile siempre fue una niña tranquila y feliz. Solo con mirarla jugar, a ella se le olvidaban los problemas. Le molestaba un poco que su padre metiera ilusiones tontas en la cabeza de su hija. El mundo era un desierto, todos se alimentaban de arcilla y no había nada que hacer, ¿para qué obsesionarse con que todo volvería a ser como antes? Sin embargo ella, como todos en edad, debía trabajar y su padre era la única opción de cuidado para Soile. Es así como debía soportar las historias de cómo casi pescan pejerreyes o que les pareció ver una gaviota a lo lejos (que seguro no se acerca a la costa, de miedo que la atrapen para comérsela).

Así transcurría la vida en la isla, monótona y opaca como la arcilla que recogían y gracias a la cual no habían sido exterminados: los necesitaban para recoger esa arcilla de vital importancia para el mundo. Solo quedaba rogar que no se acabara eso también. En cuanto a la vida en el resto del mundo… pues preferían no enterarse. Al parecer todavía existían los países, por lo menos algunos de ellos. Los soldados evidentemente se llevaban la arcilla a algún lado, porque luego regresaba en las latas, transformada en una suerte de puré ligeramente salado. En algún rincón del mundo había una fábrica que se encargaba de la producción, con obreros que se alimentaban del mismo puré. ¿Cuántos? Eso no lo sabían y poco les importaba. Seguro que “allá” tampoco se preocupaban por los que recogían la arcilla.

A Soile le faltaban unos meses para formar parte del cuerpo de trabajo cuando el abuelo se enfermó. La niña, sin perder su sonrisa, le aseguró a la madre que se ocuparía bien de todo hasta que ella regresase. ¡Total! no era tan difícil mantener el orden en el cuarto que les servía de vivienda. Ella recordaba bien que cuando trabajaba en ese mismo hotel, el cuarto llevaba el pomposo nombre de “junior suite”. Ahora casi no tenía muebles y en los pocos que había, apenas si se guardaba la escasa ropa y los contados utensilios que les quedaban.

Tres días duró la enfermedad del viejo o mejor dicho su agonía. No tenía nada, dijo el doctor, era solo la edad que ya le pesaba. Y es que sin medicinas o por lo menos vitaminas, ¿cómo no esperar que un anciano dure poco? Soile lo cuidó durante tres días, descansando solo para ir un par de horas al espigón, para regresar con las manos vacías, pero la mente llena de historias que contar: que le pareció ver un extraño movimiento en el agua, que seguro era un cardumen… El viejo la miraba y sonreía.

Esa tarde el viejo se sintió muy débil, con ganas solo de dormir y olvidarlo todo. Su cuerpo estaba dejando de funcionar, los ojos se le cerraban y a penas si podía mover la cabeza para evitar ese impertinente rayo de sol que insistía en lamerle las mejillas. Supo que estaba muriendo y lamentó tener que dejar a la pequeña Soile en ese mundo tan viejo y agonizante como él. Sintió una lágrima que se resistía a salir. Una suave mano le hizo abrir los ojos. Soile le acariciaba tiernamente el cabello.

—¿Estás despierto Tatita? —murmuró—. No quería molestarte pero mira —dijo levantando un pejerrey fresco a la altura de los ojos del anciano. Él se estremeció y le pareció que era el pescado más hermoso que había visto en su vida—. Tenías razón Tata, los pejerreyes volvieron y pronto volverán también las aves.

La lágrima salió. Lo que no logró la tristeza lo había logrado la felicidad. Volvió a cerrar los ojos y decidió que era tiempo de morir, pero que ya no temía dejar a Soile, ella sabía muy bien qué hacer.

 

Tanya Tynjälä ha seguido estudios de pedagogía en el Instituto Superior Pedagógico de Lima y en la Universidad de Grenoble Francia. Actualmente realiza su doctorado en filología francesa en la Universidad de Helsinki. Ha publicado la novela de ciencia - ficción La Ciudad de los Nictálopes y el libro de cuentos de hadas Cuentos de la princesa Malva con la editorial NORMA. Poemas suyos han sido incluidos en la antología Canto a un prisionero de la Editorial Poetas Antiimperialistas de América 2005, Ottawa, Canadá. En 2003 fue nominada escritora del año para la colección Torre de Papel Amarilla por la misma editorial Norma. En 2007 ganó el primer premio en la categoría de monólogo teatral hiperbreve del Concurso Internacional de Microficción «Garzón Céspedes».

      

 

jueves, 18 de junio de 2026

LEYENDA URBANA

Tanya Tynjälä

 

Cuando el tercer hombre apareció muerto, la policía empezó a considerar la posibilidad de una conexión entre los asesinatos. De pronto eso dejó de ser “cosa de gringos”, o de sofisticadas series policiales. Sin embargo, había los que aún negaban la idea. Si bien los crímenes mostraban semejanzas, nada indicaba algún patrón en cuanto a las víctimas: un profesor de secundaria, un sacerdote y un obrero de construcción.

Los cuerpos aparecían invariablemente en un callejón oscuro, atacados por lo que se supuso al principio algún tipo de animal salvaje. Cuando el médico forense indicó que las heridas causadas provenían de dentaduras y uñas humanas… además de individuos muy pequeños y jóvenes, algunos policías no pudieron evitar un escalofrío recorrerles la espalda. ¿Una persona era capaz de hacer eso? Y si era pequeña, ¿cómo así las víctimas no lograban defenderse?

Luego apareció la niña y si quedaban dudas éstas se desvanecieron ante las evidencias: En Lima había un asesino en serie… o algo similar.

 

Ese día se entretuvo jugando con su teléfono móvil y se le pasó el paradero de su casa. Sin pensarlo se bajó del autobús. Luego se dio cuenta que se encontraba no solo lejos de su domicilio… sino también en un barrio desconocido y por el estado de las casas a su alrededor, no muy “bueno”. Cruzó la calle para esperar el autobús que la llevaría hacia su destino. Un hombre se encontraba ya en ese paradero. Ella trató de no acercársele mucho. Él le sonrió. El hombre estaba bien vestido y parecía simpático, pero ella era una niña muy precavida y decidió ignorar lo que señor le decía y rogaba que el autobús llegara lo más pronto posible. Muy pocas personas pasaban por la calle, la mayoría parecía muy pobre. Tampoco había mucho tráfico en esa calle. De pronto, en un momento en que nadie transitaba por allí, el hombre saltó sobre ella y tapándole la boca, la llevó hacia un callejón cercano. La pobre niña se quedó helada.

—Te crees muy lista, ¿no? Te crees muy obediente y no hablas con extraños, ¿no? ¡Yo te voy a enseñar!

La amable sonrisa se convirtió en una mueca de odio. El hombre le hacía bajar por una escalera que llevaba a un sótano oscuro, ella lo mordió y trató de escapar. El hombre la atrapó de la pierna y la niña cayó, golpeándose la cabeza con uno de los escalones. Se encontraba aturdida, le dolía el corte que se había hecho en la frente, la sangre le impedía ver bien. El hombre estaba furioso, decidió no esperar más y empezó allí mismo a abrirle la blusa. De pronto se escucharon unas risas infantiles. El hombre se detuvo.

—¿Quién está aquí? Estoy tratando de ayudarla. Parece que se cayó.

“Se cayó, dice que se cayó”, repetían burlonamente las voces. Al parecer se trataba de niños, quizá cinco, probablemente no mayores de diez años. Rápidamente las risas y burlas se convirtieron en insultos hacia el hombre en cuestión. Él buscaba nervioso a los niños, que parecían ser invisibles. Inclusive cuando empezaron a atacarlo a arañazos y mordiscones, nunca pudo verlos claramente. Se movían con una rapidez felina.

La niña solo escuchaba los gritos del hombre y apenas si podía distinguir esas pequeñas sombras moviéndose alrededor de él. Por los alaridos que lanzaba era claro que el hombre estaba siendo golpeado brutalmente. El sujeto empezó a llorar, les rogaba que lo dejasen ir, y prometía no volver a hacerle daño a nadie, nunca más en la vida. Su voz se escuchaba cada vez más débil. La niña pensó horrorizada que el hombre estaba muriendo mientras las voces seguían burlándose de él. Una se acercó a ella y le preguntó.

—¿No quieres divertirte con nosotros?

     Pero primero por lo aturdida que se encontraba y también porque la sola idea de matar a un hombre la aterraba, desistió. Su candor le impedía ser agresiva, inclusive con alguien que la había atacado.

El “niño” se burló de ella. “¡Qué gallina!”

Todos empezaron a corear “¡Gallina, gallina!”, mientras seguían atacando el hombre. Cuando éste dejó de moverse, dos de los atacantes ayudaron a la niña a ponerse de pie. Ella no podía distinguir bien dónde la llevaban y tuvo tanto miedo como cuando el hombre la empujó hacia el callejón. Se detuvieron en un parque, donde jugaban otros niños. Estos, al ver el estado de la niña pararon el juego.

—Les dejamos a esta gallina —dijo uno de los victimarios—. ¿Se dan cuenta? La ayudamos y no quiere jugar con nosotros. —Tras esto, se marcharon. Uno de los niños del parque corrió a llamar a su mamá y ella llamó a la policía. La policía los interrogó de inmediato, sorprendidos ante la historia pero las descripciones que dieron de los “niños” resultaron más que contradictorias, nada se pudo sacar en claro. Ni siquiera la víctima podía decir realmente cómo lucían esos “niños” que la salvaron y que le quitaron la vida a su atacante.

La prensa aprovechó la ocasión. Una noticia así no se da todos los días. Un periodista que pensó ser muy original, los llamó “los gallinazos sin plumas”, nombre de un conocido cuento del célebre escritor peruano Julio Ramón Ribeyro. El público encontró que el nombre era justo. También consideró que si la policía no podía hacer nada contra los pedófilos (pues muchas veces se esconden tras una máscara de decencia), la presencia de esos “gallinazos” podía ser aceptada, tal y como lo es la presencia de las verdaderas aves en el paisaje limeño.

Muchos aseguran que la policía ya sabe quiénes son y que prefiere hacer la vista gorda. Las viejas comadres dicen que son los fantasmas de antiguas víctimas de violación. Y, mientras tanto, los pedófilos no pueden dormir, y hay cada vez menos casos de abuso sexual infantil…


Tanya Tynjälä ha seguido estudios de pedagogía en el Instituto Superior Pedagógico de Lima y en la Universidad de Grenoble Francia. Actualmente realiza su doctorado en filología francesa en la Universidad de Helsinki. Ha publicado la novela de ciencia - ficción La Ciudad de los Nictálopes y el libro de cuentos de hadas Cuentos de la princesa Malva con la editorial NORMA. Poemas suyos han sido incluidos en la antología Canto a un prisionero de la Editorial Poetas Antiimperialistas de América 2005, Ottawa, Canadá. En 2003 fue nominada escritora del año para la colección Torre de Papel Amarilla por la misma editorial Norma. En 2007 ganó el primer premio en la categoría de monólogo teatral hiperbreve del Concurso Internacional de Microficción «Garzón Céspedes».

      

 

domingo, 29 de marzo de 2026

LA COLECCIONISTA

Tanya Tynjälä

 

Julián se dirigía presuroso a su cita. Hacía ya dos meses que conoció a la mujer más hermosa del mundo. Todos sus amigos envidiarían su suerte, sino fuera por el detalle de no poder contarle a nadie sobre la relación. Esa era una de las tantas condiciones que Diana le pondría. Otra era negarse a pasar la noche con él. Nunca le explicó por qué, pero todo hacía suponer fuertes convicciones religiosas. Así pues, todavía no disfrutaba de relaciones íntimas con la joven. Pero eso poco le importaba. Ella era tan bella que solo al mirarla se sentía satisfecho y, por otro lado, congeniaban a la perfección, les gustaba la misma música, los mismos escritores, las mismas películas. Eso justamente había hecho que en los últimos tiempos se cuestionara la relación. ¿No sería mejor estar con alguien que ofreciera algo de desafío? ¿Cuánto tiempo más sobreviviría una relación tan “perfecta”? Es que a veces es tan aburrido estar de acuerdo en absolutamente todo... No es que deseara una relación tormentosa, las había tenido en el pasado y sabía que eran destructivas a final de cuentas. Disfrutaba de la paz que sentía con Diana pero. de cuando en cuando, una pequeña escenilla de celos, solo para sazonar un poco la relación no hubiera venido del todo mal.

Como si intuyera lo que pensaba, Diana decidió de un día para otro acceder a pasar un fin de semana completo con él. Ante la propuesta, Julián decidió dejar sus dudas para más tarde. Misteriosa como siempre, ella le pidió que la recogiera en una cafetería en plena carretera. De allí irían a un lugar que ella conocía bien y que, de seguro, a él le encantaría.

Desde que la conoció, Diana se mostró más que misteriosa, secreta sería la palabra correcta. Ni siquiera sabía a ciencia cierta en qué trabajaba. Ella le había dicho que era coleccionista profesional y que el carácter de su actividad le exigía la más absoluta discreción. Descartando que una mujer tan dulce e inteligente pudiera estar involucrada en un negocio ilícito, Julián llegó a la conclusión de que Diana compraba en subastas piezas de índole diverso para millonarios que no querían ser identificados. Y esa explicación lo dejó satisfecho. ¿Porqué darle más vueltas al asunto?

Julián llegó media hora antes de la convenida al lugar de la cita. La cafetería estaba lógicamente ubicada cerca de una gasolinera. Ésta se encontraba más que destartalada. La atendían dos ancianos que Julián se preguntaba cómo podían seguir trabajando; lucían cansados, decrépitos.

Detuvo el auto y pidió que le llenaran el tanque. Uno de los ancianos lo miró divertido y empezó a reírse como loco. Meneando la cabeza, entró al desordenado cuarto que les servía de oficina. El otro se acercó lentamente.

—No le haga caso, a ése le falta un tornillo de tanto estar aquí.

—Bueno… fue un poco rudo, ¿no?

El anciano empezó a llenar el tanque sin decir nada. Parecía estar al acecho de algo, lanzaba disimuladas miradas a la cafetería, temeroso; a Julián le dio la impresión de que era alguien que está siendo vigilado.

—¿Llega mucha gente por aquí?

—Llegan los que tiene que llegar. Si no se tiene una cita, no vale la pena venir hasta aquí. Eso fue lo que me trajo y aquí me quedé.

A Julián le pareció más que extraña la coincidencia de que hablara de una cita. Pero no dijo nada, solo sonrió.

—¿Cuánto le debo? —preguntó cuando el anciano terminó su trabajo.

—Pagará luego, a la salida. Porque seguro entra a la cafetería, ¿no?

Julián no pudo más que sentirse incómodo con lo que decía el anciano. Primero la referencia a la cita, luego a la cafetería. Era como si supiera exactamente lo que iba a hacer. Podía ser solo una casualidad, al final de cuentas si el lugar del que le había hablado Diana quedaba cerca, seguro muchas parejas pasaban por la gasolinera antes de llegar a su destino. Por otro lado, el viaje desde la ciudad hasta ese lugar era largo, resultaba pues normal que, después de tanto viajar, uno decidiera tomarse un café en el único sitio disponible a la vista. Sin embargo, en el fondo Julián sentía cierto malestar que le indicaba que algo no estaba bien.

—Tome, aquí tengo apuntado cuánto debe. No se olvide de revisarlo antes de entrar, por favor. —dijo el anciano tomándole desesperadamente la mano y mirando hacia todos lados.

Julián retiró su mano nervioso. El otro anciano salió de la oficina.

—¡No olvide probar la tarta! —gritó entre risas. El que atendió a Julián miró a su compañero con ojos desorbitados, mientras le decía que no con la cabeza.

Julián a penas su pudo evitar correr hacia la cafetería. No quería pasar más tiempo con esos ancianos, evidentemente perturbados. Mientras se alejaba pudo escuchar que ambos discutían cuchicheando.

Ya dentro de la cafetería se sorprendió al ver que el lugar contrastaba con el estado de la gasolinera. Todo se encontraba inmaculadamente limpio y ordenado. Había algunos hombres allí, de diversas edades, todos como si fueran a pasar un fin de semana en el campo: maleta de mano, ropa cómoda. Al parecer el lugar del que hablaba Diana era muy popular. Se sentó a la barra.

—¿Qué le puedo servir? —La que atendía era una mujer de mediana edad, ni bonita ni fea, bastante amable y pulcra.

—Solo un café, por favor.

—¿Seguro no desea probar mi tarta de manzana? Lo hago yo misma todas las mañanas. Es muy popular.

—Eso parece, en la gasolinera me recomendaron probarlo.

—Así es, aquí a todos les gusta mi tarta.

—Pero no, gracias. No tengo mucha hambre, otro día será. Me quedaré por la zona durante el fin de semana.

La mujer le sirvió el café y se retiró con una sonrisa.

Julián miró su reloj. Todavía faltaban unos minutos para la hora convenida. Tomó un sorbo del café, que resultó bastante bueno y fresco. Miró a su alrededor. Remarcó que todos los clientes eran hombres. Le pareció curioso. De pronto remarcó no haber visto autos estacionados fuera y se preguntó si serían más bien locales. Pero todos llevaban un maletín de mano…

La mujer se le acercó con un pedazo de tarta.

—A cuenta de la casa. No me lo desaire, mire que le he servido muy poco, no se arrepentirá.

Julián pensó que seguro se trataba de esas mujeres que se sienten orgullosas de lo único que les sale bien e insisten en hacerlo probar a todos. Por cortesía tomó un bocado. La tarta se derretía en su boca, tenía justo el punto de azúcar perfecto. Se dice que aún el pueblito más insignificante esconde una joya escondida, el de éste era la tarta de la gasolinera.

—¡Está realmente delicioso!

—Se lo dije, hace olvidar las penas, ya verá.

Julián tomó otro bocado goloso. De pronto notó que no había nadie en la cocina.

—¿No tiene cocinero?

—No lo necesito, yo preparo todo por la mañana muy temprano, antes de abrir.

—Pues la felicito, el café está más que fresco, la tarta es un manjar…

—Muchas gracias —dijo ella volviendo a sonreír.

Siguió comiendo esa magnífica tarta. Miró su reloj, Diana llegaría en cualquier comento. Quiso pedir la cuenta, pero la mujer no estaba, seguro habría entrado a la cocina. Tomó su billetera y abrió el papel que le diera el anciano para ver cuánto tenía que pagar. No había ni una sola cifra en él, solo garrapateado con una letra nerviosa: “Salga de aquí, por lo que más quiera. Y no coma la tarta”.

Julián se paralizó. Miró a su alrededor. Todos hombres, todos con una maleta de mano, como quien va a un fin de semana, todos comiendo la misma tarta que él. Quiso prestar atención a las conversaciones, todos hablaban de la maravillosa mujer que habían conocido. Las descripciones variaban, para alguien era rubia, para otro morena, más allá alta y delgada, y para su vecino pequeña y regordeta, pero para todos era la mujer perfecta. Todos se encontraban allí esperándola, pues les había dado cita en ese remoto lugar.

Julián pensó en levantarse, pero ya era muy tarde. De pronto solo deseaba seguir allí, comiendo esa deliciosa tarta, además debía esperar a Diana, seguro que pronto llegaría.

La mujer se le volvió a acercar al ver su plato vacío.

—Aquí tiene otra tajada, seguro que la quiere, ¿no es cierto Julián?

Él la miró a los ojo y se encontró con la mirada de Diana.


Tanya Tynjälä ha seguido estudios de pedagogía en el Instituto Superior Pedagógico de Lima y en la Universidad de Grenoble Francia. Actualmente realiza su doctorado en filología francesa en la Universidad de Helsinki. Ha publicado la novela de ciencia - ficción La Ciudad de los Nictálopes y el libro de cuentos de hadas Cuentos de la princesa Malva con la editorial NORMA. Poemas suyos han sido incluidos en la antología Canto a un prisionero de la Editorial Poetas Antiimperialistas de América 2005, Ottawa, Canadá. En 2003 fue nominada escritora del año para la colección Torre de Papel Amarilla por la misma editorial Norma. En 2007 ganó el primer premio en la categoría de monólogo teatral hiperbreve del Concurso Internacional de Microficción «Garzón Céspedes».

      

sábado, 6 de diciembre de 2025

LA CONSPIRACION

Tanya Tynjälä

 

Al llegar ante la presencia de Padre, Wzn se sintió orgulloso. No era habitual que Él llamase específicamente a un miembro de la Sociedad. Sabía que algún gran honor le estaba reservado.

—Wzn —dijo padre con el rostro grave—. Debes cumplir una importante misión.

Padre era el único en poseer rasgos faciales reconocibles en la Sociedad. Quizá se debía a que era solo un gran rostro o quizá era por algo más que los otros seres no llegaban a comprender. En Wzn y los otros miembros de la Sociedad apenas si se adivinaba una boca o una nariz en el semblante. Pero a ellos, al igual que a Padre, los envolvía un halo luminoso que expresaba sus sentimientos.

—He logrado descifrar un mensaje proveniente del tercer planeta —continuó Padre y su rostro se opacó ligeramente. Wzn sabía que eso significaba malas noticias—. Por algún motivo, incomprensible para nuestras mentes, han decidido invadir nuestro planeta y destruirnos. Sabes muy bien que ellos poseen el extraño concepto de guerra y que eso los induce a invadir territorios ajenos para apropiarse de sus riquezas. Esto es causado por la necesidad de satisfacer otro concepto: Poder. Al parecer ellos consideran que tener más riquezas, acrecienta su poder. —Yo sé que esto resulta inimaginable para los miembros de nuestra Sociedad. Nuestra evolución intelectual nos coloca muy lejos de cualquier sentimiento beligerante. Nuestra Sociedad se encuentra basada en la paz y el equilibrio. Sin embargo, esto no nos impide defendernos si es necesario—. He construido una nave transportadora —continuó Padre—. En ella viajarás junto con un arma que al ser lanzada contra el tercer planeta lo destruirá por completo. Debemos realizar esta misión antes de que ellos lleguen. Prepárate para tu gran viaje.

—Jamás he estado en una nave transportadora. ¿Qué es? No necesitamos transportarnos en naves. Basta con pensar en el lugar al que queremos ir para encontrarnos de inmediato allí.

—Sin embargo, resultaría imposible hacerlo para llegar al tercer planeta. La distancia es muy grande. Por otro lado, no seríamos capaces de transportar el arma.

—¿Cómo utilizar la nave transportadora? ¿Qué hacer con el arma?

—Sabes muy bien que tengo la capacidad de grabar en tu memoria cualquier tipo de conocimiento. ¿Qué temes?

Wzn se sintió ligeramente ofuscado.

—Es mucha la responsabilidad.

—Por eso confío en ti. Sé que eres el más adecuado para esta misión. Ahora, mírame fijamente a los ojos.

Wzn lo miró y de inmediato todo lo que necesitaba saber para cumplir con su cometido formaba parte de sus conocimientos.

—Mañana partirás.

El rostro de Padre se esfumó rápidamente, dejando a Wzn solo en el Salón de las Estrellas. Este se quedó unos segundos inmóvil, sin saber adónde ir; luego se dirigió preocupado a su cubículo.

 

Durante el trayecto no dejaba de pensar en la mejor manera de informarle a su compañera. Era un gran honor, sin duda… pero también un trabajo peligroso.

Mzx se encontraba preparando los alimentos. Buscó el envase de drosófilas cantarinas para terminar de sazonar la ensalada de lianas algodonosas (la favorita de Wzn) y encontró que apenas si había unas pocas. Debo pasar por el abastecimiento para comprar más drosófilas, se dijo.

En ese momento oyó ingresar a Wzn. La luz de Mzx se acentuó por la felicidad y se dirigió al encuentro de su compañero; tenía una importante noticia que comunicarle. Sin embargo, la intensidad de su luz bajó al ver que Wzn tenía un ligero tinte azul, indicio de preocupación.

—Preparé lianas —dijo, controlando sus ganas de preguntarle por la razón de su color. Prefería no parecer entrometida. Por otro lado, no existían secretos entre ellos. Sabía que él terminaría por contarle el motivo de su preocupación.

—Padre me recibió hoy.

Ella sabía que eso significaba algo importante, y en su Sociedad importante era sinónimo de positivo. ¿Por qué entonces Wzn estaba azul?

Él se acercó suavemente y enlazó sus extremidades con las de ella.

—Tengo una grave misión que cumplir. Muy arriesgada pero vital para todos nosotros.

Y le contó todo.

La luz de Mzx también adquirió un tono azuloso, inclusive más intenso que el de Wzn. El jamás había salido de la Sociedad, menos había visitado otro planeta (al igual que los otros miembros por cierto). ¿Cómo sería capaz de viajar en una nave? No obstante ella confiaba en que las decisiones de Padre siempre eran las más idóneas. Él se veía forzado a actuar de manera tan radical debido a la desagradable situación creada por los crueles seres del tercer planeta.

—¿Por qué quieren destruirnos los seres del tercer planeta?

Era más una queja que una pregunta. Desde niños, todos los seres de la Sociedad sabían lo peligroso que era el tercer planeta, lleno de seres extraños e irracionales. Se le consideraba un sub-mundo en el cual se nacía como castigo. ¿Por qué deseaban destruirlos los seres del tercer planeta? Porque simplemente eran los seres del tercer planeta. Nada bueno emanaba de ellos.

Comieron en silencio, Mzx se disculpó por las pocas drosófilas en la ensalada. Wzn contestó que estaba bien, que como todo lo que ella hacía obviamente estaba bien. Fueron a dormir sin que ella le contase que esa mañana había recibido la autorización para encargar un hijo, su primer hijo.

 

El sueño de Mzx fue interrumpido por la extraña sensación de ser vigilada. Una débil tercera luz le indicó la presencia de alguien más en la habitación. Sin tratar de hacer mucho ruido, despertó a su marido. Wzn se levantó de un salto al ver a ese otro ser en su cuarto.

—No teman, no les haré daño.

Por el tono amarillento de su luz, se podía ver que era un anciano.

—Me he atrevido a entrar aquí pues tengo algo muy trascendental que decir en cuanto a la supuesta misión de Padre.

El halo del anciano creció hasta envolver a Wzn y a Mzx. De inmediato todos fueron trasladados a otro lugar. Era una habitación extraña, llena de innumerables instrumentos que jamás antes habían visto y de una inmensa pantalla al fondo.

—¿Dónde estamos? – Preguntó Mzx

—Es una parte de nuestra Sociedad de la cual nadie solo conocemos la existencia Padre y yo. Se podría decir que aquí se inició la… “vida” de la Sociedad. Déjenme mostrarles lo que se conoce como una película.

El anciano pasó su mano sobre algunos de los instrumentos y la pantalla se iluminó. En ella se vio a seres que, como Padre, tenían rasgos faciales reconocibles y como los otros seres, tenían cuerpos. Sin embargo, los individuos de la pantalla no brillaban.

—¿Quiénes son? —volvió a preguntar Mzx.

—Son humanos, los seres del tercer planeta.

Los humanos vestían trajes que parecían muy pesados, una especie de material transparente cubría sus rostros. Realmente son irracionales, pensó Wzn. ¿Para qué visten esos trajes que al parecer les impide moverse con facilidad?

Se encontraban en constante actividad, moviendo pesadas cajas de lo que parecía ser un inmenso cubículo hacia un lugar árido y polvoriento. Luego abrieron las cajas en las cuales había piezas de metal de diversos tamaños y empezaron a unirlas.

—Y lo que están haciendo —dijo el anciano— es ensamblar a Padre.

—No comprendo —dijo Wzn.

—Padre es lo que ellos llaman una máquina de inteligencia artificial. Fue instalado aquí para estudiar este planeta. Su misión era poner en funcionamiento cuerpos mecánicos llamados robots y recoger con la ayuda de ellos muestras de terreno, con propósitos que no soy capaz de comprender. No puedo negar que padre tiene razón al decir que los humanos son ilógicos y belicosos. Una guerra entre ellos se inició poco tiempo después de dejar a Padre aquí. De pronto este planeta ya no les era de interés y por algunos años olvidaron a Padre. Quizá debido a lo que ellos llaman aburrimiento, Padre empezó a crear un mundo en donde él era el líder, algunos humanos objetarán que esto es imposible que ocurra con una máquina, lo cierto es que Padre creó esta sociedad virtual en la que ahora nos encontramos.

—¿Sociedad virtual? ¡Es lo más absurdo que he escuchado en toda mi existencia! —reaccionó Mzx—. ¡Somos reales! ¡Nacemos, envejecemos, morimos! ¿Cómo puedes decir algo así? ¡Tú no estarías aquí si eso fuera cierto! ¡Padre no puede haberte creado! ¡Eres solo un anciano que ha perdido la razón!

—Soy lo que los humanos llaman el sistema de seguridad de la máquina de inteligencia artificial. Padre no puede nada contra mí. He sido creado para que pase lo que pase, yo defienda a los humanos.

—No es posible, no es posible —murmuró Mzx.

—Quiéranlo o no, ustedes son él y él está en todos los miembros de la sociedad. No tenemos cuerpo, no somos seres vivos, apenas un reflejo de Padre. —Wzn durante todo ese tiempo permaneció en silencio, pensando que muchas cosas que nunca comprendió sobre el funcionamiento de la Sociedad ahora cobraban sentido—. La guerra ha terminado —prosiguió el anciano—. Hay paz en el tercer planeta, sus sociedades vuelven a trabajar en conjunto y han decidido volver por el material que olvidaran hace años. Pronto vendrán a desconectar a padre.

—¿Qué significa eso? —preguntó Wzn, rompiendo su silencio.

—Que las piezas de Padre serán desconectadas, así él dejará de funcionar.

—¿Y qué pasará con nosotros? —agregó Mzx alarmada.

—Al dejar de funcionar Padre, no existiremos más. —Un pesado silencio se instaló en la habitación—. Padre ha interceptado el mensaje proveniente del tercer planeta, en donde por cierto se han asombrado al comprobar que después de todo este tiempo él aún muestre signos de funcionamiento. Él realmente ha creado un arma y una nave transportadora. Los robots funcionan aún. Te programará dentro de la nave para que destruyas el tercer planeta. Mi deber es impedirlo, pero no puedo hacer nada más que plantearte el problema y dejarte elegir lo que harás. Pero recuerda, nosotros solo existimos virtualmente, mientras que los humanos tienen realmente vida.

—Pero existimos —susurró Mzx tímidamente.

—Pero no estamos vivos —dijo el anciano.

—¡Qué significa estar vivo! ¿Acaso no pienso, acaso no dudo, no temo? —agregó Mzx, asombrada al descubrir, por primera vez, una faceta agresiva en sí misma.

—Quizá podamos explicarles a los humanos quienes somos —intervino Wzn.

—Es verdad, es una opción. Entonces ellos podrían utilizar nuestros conocimientos para su beneficio.

—Y seguiríamos siendo individuos —dijo alegremente Wzn.

—No, solo seríamos lo que ellos llaman información. Solo información a su servicio. La sociedad desaparecería.

Todos volvieron a quedar en silencio.

—Debes decidir, Wzn.

Él buscó las manos de su esposa. Ella lo miró como nunca antes lo había hecho, con una mirada tan penetrante que casi fue capaz de ver sus ojos.

—Destrúyelos —dijo ella firmemente—, y salva nuestra Sociedad; ellos harían lo mismo.

—Gracias —murmuró el anciano.

Tanya Tynjälä ha seguido estudios de pedagogía en el Instituto Superior Pedagógico de Lima y en la Universidad de Grenoble Francia. Actualmente realiza su doctorado en filología francesa en la Universidad de Helsinki. Ha publicado la novela de ciencia - ficción La Ciudad de los Nictálopes y el libro de cuentos de hadas Cuentos de la princesa Malva con la editorial NORMA. Poemas suyos han sido incluidos en la antología Canto a un prisionero de la Editorial Poetas Antiimperialistas de América 2005, Ottawa, Canadá. En 2003 fue nominada escritora del año para la colección Torre de Papel Amarilla por la misma editorial Norma. En 2007 ganó el primer premio en la categoría de monólogo teatral hiperbreve del Concurso Internacional de Microficción «Garzón Céspedes».

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