Kalpna Kulshreshtha
En la ardiente
tarde del mes de junio, vestido con mi toga negra, estaba sentado en el sillón
de mi oficina. Frente a mí se encontraba la señora Satya Tiwari, sosteniendo un
vaso de mango shake frío entre sus manos. Sobre la gran mesa de madera de sisam
que nos separaba se acumulaban, de manera desordenada, la computadora, el
teléfono y los expedientes. El aire acondicionado, alimentado por energía
solar, había enfriado suficientemente la habitación.
En el hermoso rostro de la señora
Tiwari se reflejaba la tristeza. Su sari blanco, su frente sin el punto rojo y
la raya del cabello vacía me inquietaban.
—No fue una muerte normal, señor
abogado —decía ella.
—Pero el informe de la autopsia
deja claro, señora, que su esposo, el profesor Abhishek Tiwari, murió de un
ataque cardíaco —intenté explicarle.
—Hace apenas un mes se había hecho
un chequeo completo. Estaba perfectamente sano. Sin embargo, unos días antes de
su muerte comenzó a mostrarse muy preocupado. Sentía que algo funesto iba a
ocurrir. Usted es un abogado reconocido en la ciudad, señor Omkar Nath. Quiero
que investigue este caso —dijo la señora Tiwari con la voz entrecortada.
—Está bien. Veré qué puede hacerse
—asentí con la cabeza, inflándome de orgullo en silencio. Había llegado a mí
por medio de un familiar, así que de todos modos no podía negarme.
Después de que se marchó, aflojé mi
corbata y me recosté con las piernas estiradas. Mi asistente personal, Ruby,
estaba preparando café frío. En realidad, era un androide con apariencia humana.
A petición especial mía, la empresa le había dado la apariencia de la célebre
actriz de antaño Priyanka Chopra.
—Nadie en el mundo prepara café
mejor que tú, cariño. Dan ganas de besarte las manos —la provoqué
deliberadamente.
—Por supuesto, señor abogado
—respondió Ruby, extendiendo las manos.
En cuanto las toqué, una fuerte
descarga eléctrica me devolvió a la realidad. La programación que le había
hecho la empresa era realmente formidable.
—El micrófono que llevo incorporado
está conectado directamente al teléfono inteligente de su esposa, señor —dijo
Ruby con una sonrisa.
Oh… así que todo era obra de mi
mujer, que sentía celos de Ruby. Me limité a suspirar profundamente.
Reanimado por el café, me puse a
trabajar. Registré el caso en mi computadora con el nombre clave “Operación
Muerte”. Era un asunto de alto perfil. La “Universal Bioinformatics Company”,
donde trabajaba el profesor Abhishek Tiwari, no era una empresa cualquiera.
Numerosas figuras influyentes poseían acciones allí. Debía investigar con suma
cautela.
Habían pasado aproximadamente diez
días. Lo que había descubierto comenzaba a inquietarme. Algo extraño había
ocurrido con la prestigiosa empresa, conocida como UBC, y fundada en años
recientes. La compañía había contratado a destacados expertos en informática y
biología con paquetes salariales extraordinarios. Sin embargo, al poco tiempo,
la mayoría de los empleados había muerto de causas aparentemente naturales o
accidentales. Algunos empezaron a considerar a UBC una empresa maldita. Otros
afirmaban que se trataba de una conspiración de compañías rivales. En las
investigaciones realizadas hasta el momento no había surgido nada sospechoso.
De pronto, una paloma revoloteó
contra la ventana de mi oficina. En este mundo electrónico era casi imposible
mantener algo en secreto, por lo que en este caso había recurrido a un método
de comunicación no electrónico, tan antiguo como los siglos. Tomé la paloma y
desaté la carta atada a su pata.
“Dicen que el trabajo de la empresa
se realiza mediante un método 3D. Pero aquí hay algo que no encaja. Reúnase
mañana en UBC City. —Milind.”
Quedé pensativo. Aquella carta
confirmaba las sospechas de mi clienta. Era de mi asistente Milind, a quien
había infiltrado diez días antes en UBC como empleado de oficina. Con gran
dificultad y usando mis contactos, había logrado colocarle allí. Sin duda había
encontrado una pista importante.
Horas más tarde, mi aerocoche de
alta velocidad aterrizaba en el estacionamiento aéreo de UBC City. Bajé en el
ascensor y me senté en la recepción, observando a la recepcionista Kangana,
cuya sonrisa permanente revelaba que, al igual que Ruby, era un androide. A mi
alrededor había grandes vitrinas de cristal donde se exhibían los productos de
la empresa: animales bioelectrónicos como ratones, mangostas, gatos y
mariposas, todos con neurochips implantados. Podían ser controlados mediante un
control remoto o un teléfono inteligente para que realizaran cualquier tarea
deseada. En vez de entrenar a sus mascotas, muchas personas preferían este
método para manejarlas a su antojo. Pulsé un botón del control expuesto y la
mangosta comenzó a girar en círculos.
Me presenté como un cliente
adinerado interesado en convertir a mi perro chihuahua en un animal controlado
a distancia. La empresa ofrecía también otros productos: sistemas capaces de
alertar a una mujer embarazada si surgía alguna anomalía en el feto; computadoras
con inteligencia artificial que podían diseñar el ADN de un bebé con
características deseadas.
El empleado que me trajo el café
deslizó discretamente algo en mi bolsillo. Era Milind. Me mantuve alerta. Tras
recopilar información general, regresé. Ya en el coche, saqué el papel.
“Lo que he descubierto es tan
terrible que cuesta creerlo. Esta gente… Para atraparlos en flagrancia habrá
que organizar una redada en el laboratorio secreto de UBC con la célula
especial de ciberdelitos.” Debajo había un mapa.
Me puse en acción de inmediato.
Informé a las autoridades administrativas superiores sobre la gravedad de la
situación. Se activaron sin demora. Era esencial elegir el momento y el lugar
adecuados y trazar una estrategia precisa. Todo el operativo, con el nombre
clave “Operación Muerte”, comenzó a prepararse con absoluta discreción.
Cinco días después, los medios
impresos, electrónicos y las redes sociales difundían repentinamente la noticia
de una “super intervención quirúrgica”. La “Operación Muerte” había sido un
éxito. En una conferencia de prensa celebrada en un lugar secreto de Nueva
Delhi, los criminales estaban sentados con la cabeza baja ante periodistas
selectos y altos funcionarios.
—¿Cuál era su plan? —preguntó un
periodista.
—Habíamos dominado la técnica de
transformar organismos normales en criaturas bioelectrónicas —explicó el señor
Rajat director técnico de la empresa—. Luego nuestro equipo técnico empezó a
experimentar con seres humanos. Durante esos experimentos pensamos: ¿por qué no
intentar digitalizar el cerebro humano? Escanear las neuronas y sus conexiones,
junto con los recuerdos. Después crear una copia digital exacta en la
computadora cuántica desarrollada por la empresa. Gracias a nuestros empleados
talentosos, lo logramos.
En la sala reinó el silencio.
—Desarrollamos un software que
permitía que la forma digital del cerebro funcionara exactamente como un
cerebro vivo real. Era tan avanzado que reaccionaba al placer, al dolor, a las
emociones y sensaciones. Podía ser controlado y dirigido a voluntad. Incluso se
podían introducir o borrar recuerdos.
Todos estaban atónitos.
—En cierto modo, conseguimos
esclavizar el cerebro humano. Decidimos utilizarlo para beneficio de la
empresa. ¿Qué sentido tenía contratar expertos por millones cuando podíamos
obtener el mismo trabajo gratuitamente? Para el mundo, todos ellos están muertos.
Pero en nuestras computadoras siguen presentes, investigando y desarrollando
nuevos productos. La mayoría de nuestros productos actuales son obra de estos
“trabajadores digitales muertos” —declaró con frialdad el fundador de UBC, el
señor Samuel Dayal.
—¿Y qué relación tenía eso con sus
muertes? Después de copiar el cerebro podrían haberlos despedido —insistieron
los periodistas.
—Había un obstáculo técnico. No era
posible crear la copia digital mientras el cerebro recibía sangre y oxígeno.
Por eso, mediante ciertos métodos especiales, les provocábamos muertes que
parecían naturales. Les mostraré un ejemplo.
Encendió la computadora. En la
pantalla apareció el rostro sonriente del profesor Abhishek Tiwari.
—Buenos días. ¿Cómo está? —preguntó
Samuel.
—Bien. Aunque anoche me acosté
tarde. Estuve revisando el diseño del biocomputador. Hay mucha gente aquí. ¿Es
una reunión de la empresa? No me informaron —respondió el profesor con tono de
queja.
—Nuestro software escanea esta
escena y envía señales a su cerebro digital. Él cree estar presente aquí. No
sabe que ha muerto porque hemos borrado el recuerdo de su muerte. Al fin y al
cabo, la existencia del cuerpo es experimentada por el cerebro. La conciencia,
las emociones, las sensaciones… todo es obra del cerebro.
Samuel introdujo un comando. De
inmediato, el profesor se llevó la mano a la cabeza.
—Disculpe. Me ha empezado un fuerte
dolor de cabeza. Me iré a casa a tomar un medicamento y descansar.
El dolor se reflejaba claramente en
sus ojos humedecidos.
¿Qué clase de ilusión era aquella?
¿Qué red de engaño habían tejido? ¿Qué clase de creadores eran esos, capaces de
hacer que el ser humano olvidara la diferencia entre vida y muerte?
El espantoso juego de UBC había
quedado al descubierto. Los culpables fueron arrestados y la empresa, sellada.
Tres días después, en mi oficina,
mientras tomaba café preparado por Ruby y le relataba toda la historia para que
la registrara, apareció la señora Tiwari. Llevaba una gran marca roja en la
frente, la raya del cabello llena de sindur, un sari de Banaras de colores
vivos y brazaletes en las muñecas. Sonreía radiante.
—Gracias a su sospecha, se salvaron
muchas vidas. De lo contrario, este terrible juego habría continuado —le dije
mientras preparaba café para ella.
—Quiero agradecerle, señor abogado.
Gracias a usted he recuperado a mi esposo —sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Qué está diciendo? Él está
muerto… —me sobresalté.
—No. Ese es su punto de vista. Yo
no lo veo así. El cuerpo es perecedero; puede dañarse por enfermedad o
accidente. Ayer me reuní con él. Lo recuerda todo: nuestros años juntos, cada
momento compartido, nuestros recuerdos felices. —Desde el punto de vista legal
y médico, se considera muerto a quien tiene muerte cerebral. Pero su cerebro
funciona perfectamente. Según esa definición, ¿no está vivo? Si él mismo se
considera vivo, ¿cómo puedo aceptarlo como muerto?
Las lágrimas corrían por sus
mejillas.
—Hasta donde entiendo, señora,
ahora todo el software de UBC será destruido. Esa vida en la computadora no es
real, sino virtual; es una ilusión —dije suavemente.
—Eso nunca ocurrirá. Aunque no
tenga cuerpo, sigue siendo mi esposo. Además, en su forma digital será
inmortal. Yo sigo siendo una esposa cuyo marido vive. Savitri le devolvió la
vida a su esposo enfrentándose a Yama. Yo también estoy dispuesta a luchar legalmente
hasta mi último aliento para recuperarlo. Tendrá que ayudarme. ¿Lo hará? Por
favor.
Juntó las manos frente a mí.
¿Qué era todo aquello? ¡Qué extraño
es el corazón humano! No sabía qué responder. La miré atentamente. Un
resplandor singular brillaba en su rostro, como la llama de una lámpara,
dispuesto a devorar cualquier duda.
Entonces comprendí lo que debía
hacer.
Kalpana Kulshrestha nació el 11 de
mayo de 1966 en Aligarh, Uttar Pradesh. Es Licenciada en Educación, estudios
que coronó con una Maestría. Publicó cinco libros de ciencia ficción. Fue la
primera mujer escritora de ciencia ficción en hindi. Su artículo de
investigación, "Elementos esenciales de la ciencia ficción infantil",
se publicó en la prestigiosa revista india Scientific Temper en 2020.
Numerosos cuentos científicos infantiles se incluyeron en libros de texto y se
tradujeron a otros idiomas. Recibió los premios Vigyan Kathashree, C.V. Raman
Technical Writing Award y Jagpati Chaturvedi Children's Science Writing Award,
otorgados por Uttar Pradesh Hindi Sansthan. El número de enero-marzo de 2017 de
la revista digital Vigyan Katha se publicó como un número especial
dedicado a Kalpana Kulshrestha. Actualmente se dedica a la docencia y la
escritura.
