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martes, 3 de marzo de 2026

ESPOSO DIGITAL

Kalpna Kulshreshtha

(Publicado el 6 de octubre de 2014 en el diario Dainik Jagran con el título “Juego terrible”)

 

En la ardiente tarde del mes de junio, vestido con mi toga negra, estaba sentado en el sillón de mi oficina. Frente a mí se encontraba la señora Satya Tiwari, sosteniendo un vaso de mango shake frío entre sus manos. Sobre la gran mesa de madera de sisam que nos separaba se acumulaban, de manera desordenada, la computadora, el teléfono y los expedientes. El aire acondicionado, alimentado por energía solar, había enfriado suficientemente la habitación.

En el hermoso rostro de la señora Tiwari se reflejaba la tristeza. Su sari blanco, su frente sin el punto rojo y la raya del cabello vacía me inquietaban.

—No fue una muerte normal, señor abogado —decía ella.

—Pero el informe de la autopsia deja claro, señora, que su esposo, el profesor Abhishek Tiwari, murió de un ataque cardíaco —intenté explicarle.

—Hace apenas un mes se había hecho un chequeo completo. Estaba perfectamente sano. Sin embargo, unos días antes de su muerte comenzó a mostrarse muy preocupado. Sentía que algo funesto iba a ocurrir. Usted es un abogado reconocido en la ciudad, señor Omkar Nath. Quiero que investigue este caso —dijo la señora Tiwari con la voz entrecortada.

—Está bien. Veré qué puede hacerse —asentí con la cabeza, inflándome de orgullo en silencio. Había llegado a mí por medio de un familiar, así que de todos modos no podía negarme.

Después de que se marchó, aflojé mi corbata y me recosté con las piernas estiradas. Mi asistente personal, Ruby, estaba preparando café frío. En realidad, era un androide con apariencia humana. A petición especial mía, la empresa le había dado la apariencia de la célebre actriz de antaño Priyanka Chopra.

—Nadie en el mundo prepara café mejor que tú, cariño. Dan ganas de besarte las manos —la provoqué deliberadamente.

—Por supuesto, señor abogado —respondió Ruby, extendiendo las manos.

En cuanto las toqué, una fuerte descarga eléctrica me devolvió a la realidad. La programación que le había hecho la empresa era realmente formidable.

—El micrófono que llevo incorporado está conectado directamente al teléfono inteligente de su esposa, señor —dijo Ruby con una sonrisa.

Oh… así que todo era obra de mi mujer, que sentía celos de Ruby. Me limité a suspirar profundamente.

Reanimado por el café, me puse a trabajar. Registré el caso en mi computadora con el nombre clave “Operación Muerte”. Era un asunto de alto perfil. La “Universal Bioinformatics Company”, donde trabajaba el profesor Abhishek Tiwari, no era una empresa cualquiera. Numerosas figuras influyentes poseían acciones allí. Debía investigar con suma cautela.

Habían pasado aproximadamente diez días. Lo que había descubierto comenzaba a inquietarme. Algo extraño había ocurrido con la prestigiosa empresa, conocida como UBC, y fundada en años recientes. La compañía había contratado a destacados expertos en informática y biología con paquetes salariales extraordinarios. Sin embargo, al poco tiempo, la mayoría de los empleados había muerto de causas aparentemente naturales o accidentales. Algunos empezaron a considerar a UBC una empresa maldita. Otros afirmaban que se trataba de una conspiración de compañías rivales. En las investigaciones realizadas hasta el momento no había surgido nada sospechoso.

De pronto, una paloma revoloteó contra la ventana de mi oficina. En este mundo electrónico era casi imposible mantener algo en secreto, por lo que en este caso había recurrido a un método de comunicación no electrónico, tan antiguo como los siglos. Tomé la paloma y desaté la carta atada a su pata.

“Dicen que el trabajo de la empresa se realiza mediante un método 3D. Pero aquí hay algo que no encaja. Reúnase mañana en UBC City. —Milind.”

Quedé pensativo. Aquella carta confirmaba las sospechas de mi clienta. Era de mi asistente Milind, a quien había infiltrado diez días antes en UBC como empleado de oficina. Con gran dificultad y usando mis contactos, había logrado colocarle allí. Sin duda había encontrado una pista importante.

Horas más tarde, mi aerocoche de alta velocidad aterrizaba en el estacionamiento aéreo de UBC City. Bajé en el ascensor y me senté en la recepción, observando a la recepcionista Kangana, cuya sonrisa permanente revelaba que, al igual que Ruby, era un androide. A mi alrededor había grandes vitrinas de cristal donde se exhibían los productos de la empresa: animales bioelectrónicos como ratones, mangostas, gatos y mariposas, todos con neurochips implantados. Podían ser controlados mediante un control remoto o un teléfono inteligente para que realizaran cualquier tarea deseada. En vez de entrenar a sus mascotas, muchas personas preferían este método para manejarlas a su antojo. Pulsé un botón del control expuesto y la mangosta comenzó a girar en círculos.

Me presenté como un cliente adinerado interesado en convertir a mi perro chihuahua en un animal controlado a distancia. La empresa ofrecía también otros productos: sistemas capaces de alertar a una mujer embarazada si surgía alguna anomalía en el feto; computadoras con inteligencia artificial que podían diseñar el ADN de un bebé con características deseadas.

El empleado que me trajo el café deslizó discretamente algo en mi bolsillo. Era Milind. Me mantuve alerta. Tras recopilar información general, regresé. Ya en el coche, saqué el papel.

“Lo que he descubierto es tan terrible que cuesta creerlo. Esta gente… Para atraparlos en flagrancia habrá que organizar una redada en el laboratorio secreto de UBC con la célula especial de ciberdelitos.” Debajo había un mapa.

Me puse en acción de inmediato. Informé a las autoridades administrativas superiores sobre la gravedad de la situación. Se activaron sin demora. Era esencial elegir el momento y el lugar adecuados y trazar una estrategia precisa. Todo el operativo, con el nombre clave “Operación Muerte”, comenzó a prepararse con absoluta discreción.

Cinco días después, los medios impresos, electrónicos y las redes sociales difundían repentinamente la noticia de una “super intervención quirúrgica”. La “Operación Muerte” había sido un éxito. En una conferencia de prensa celebrada en un lugar secreto de Nueva Delhi, los criminales estaban sentados con la cabeza baja ante periodistas selectos y altos funcionarios.

—¿Cuál era su plan? —preguntó un periodista.

—Habíamos dominado la técnica de transformar organismos normales en criaturas bioelectrónicas —explicó el señor Rajat director técnico de la empresa—. Luego nuestro equipo técnico empezó a experimentar con seres humanos. Durante esos experimentos pensamos: ¿por qué no intentar digitalizar el cerebro humano? Escanear las neuronas y sus conexiones, junto con los recuerdos. Después crear una copia digital exacta en la computadora cuántica desarrollada por la empresa. Gracias a nuestros empleados talentosos, lo logramos.

En la sala reinó el silencio.

—Desarrollamos un software que permitía que la forma digital del cerebro funcionara exactamente como un cerebro vivo real. Era tan avanzado que reaccionaba al placer, al dolor, a las emociones y sensaciones. Podía ser controlado y dirigido a voluntad. Incluso se podían introducir o borrar recuerdos.

Todos estaban atónitos.

—En cierto modo, conseguimos esclavizar el cerebro humano. Decidimos utilizarlo para beneficio de la empresa. ¿Qué sentido tenía contratar expertos por millones cuando podíamos obtener el mismo trabajo gratuitamente? Para el mundo, todos ellos están muertos. Pero en nuestras computadoras siguen presentes, investigando y desarrollando nuevos productos. La mayoría de nuestros productos actuales son obra de estos “trabajadores digitales muertos” —declaró con frialdad el fundador de UBC, el señor Samuel Dayal.

—¿Y qué relación tenía eso con sus muertes? Después de copiar el cerebro podrían haberlos despedido —insistieron los periodistas.

—Había un obstáculo técnico. No era posible crear la copia digital mientras el cerebro recibía sangre y oxígeno. Por eso, mediante ciertos métodos especiales, les provocábamos muertes que parecían naturales. Les mostraré un ejemplo.

Encendió la computadora. En la pantalla apareció el rostro sonriente del profesor Abhishek Tiwari.

—Buenos días. ¿Cómo está? —preguntó Samuel.

—Bien. Aunque anoche me acosté tarde. Estuve revisando el diseño del biocomputador. Hay mucha gente aquí. ¿Es una reunión de la empresa? No me informaron —respondió el profesor con tono de queja.

—Nuestro software escanea esta escena y envía señales a su cerebro digital. Él cree estar presente aquí. No sabe que ha muerto porque hemos borrado el recuerdo de su muerte. Al fin y al cabo, la existencia del cuerpo es experimentada por el cerebro. La conciencia, las emociones, las sensaciones… todo es obra del cerebro.

Samuel introdujo un comando. De inmediato, el profesor se llevó la mano a la cabeza.

—Disculpe. Me ha empezado un fuerte dolor de cabeza. Me iré a casa a tomar un medicamento y descansar.

El dolor se reflejaba claramente en sus ojos humedecidos.

¿Qué clase de ilusión era aquella? ¿Qué red de engaño habían tejido? ¿Qué clase de creadores eran esos, capaces de hacer que el ser humano olvidara la diferencia entre vida y muerte?

El espantoso juego de UBC había quedado al descubierto. Los culpables fueron arrestados y la empresa, sellada.

Tres días después, en mi oficina, mientras tomaba café preparado por Ruby y le relataba toda la historia para que la registrara, apareció la señora Tiwari. Llevaba una gran marca roja en la frente, la raya del cabello llena de sindur, un sari de Banaras de colores vivos y brazaletes en las muñecas. Sonreía radiante.

—Gracias a su sospecha, se salvaron muchas vidas. De lo contrario, este terrible juego habría continuado —le dije mientras preparaba café para ella.

—Quiero agradecerle, señor abogado. Gracias a usted he recuperado a mi esposo —sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Qué está diciendo? Él está muerto… —me sobresalté.

—No. Ese es su punto de vista. Yo no lo veo así. El cuerpo es perecedero; puede dañarse por enfermedad o accidente. Ayer me reuní con él. Lo recuerda todo: nuestros años juntos, cada momento compartido, nuestros recuerdos felices. —Desde el punto de vista legal y médico, se considera muerto a quien tiene muerte cerebral. Pero su cerebro funciona perfectamente. Según esa definición, ¿no está vivo? Si él mismo se considera vivo, ¿cómo puedo aceptarlo como muerto?

Las lágrimas corrían por sus mejillas.

—Hasta donde entiendo, señora, ahora todo el software de UBC será destruido. Esa vida en la computadora no es real, sino virtual; es una ilusión —dije suavemente.

—Eso nunca ocurrirá. Aunque no tenga cuerpo, sigue siendo mi esposo. Además, en su forma digital será inmortal. Yo sigo siendo una esposa cuyo marido vive. Savitri le devolvió la vida a su esposo enfrentándose a Yama. Yo también estoy dispuesta a luchar legalmente hasta mi último aliento para recuperarlo. Tendrá que ayudarme. ¿Lo hará? Por favor.

Juntó las manos frente a mí.

¿Qué era todo aquello? ¡Qué extraño es el corazón humano! No sabía qué responder. La miré atentamente. Un resplandor singular brillaba en su rostro, como la llama de una lámpara, dispuesto a devorar cualquier duda.

Entonces comprendí lo que debía hacer.

Kalpana Kulshrestha nació el 11 de mayo de 1966 en Aligarh, Uttar Pradesh. Es Licenciada en Educación, estudios que coronó con una Maestría. Publicó cinco libros de ciencia ficción. Fue la primera mujer escritora de ciencia ficción en hindi. Su artículo de investigación, "Elementos esenciales de la ciencia ficción infantil", se publicó en la prestigiosa revista india Scientific Temper en 2020. Numerosos cuentos científicos infantiles se incluyeron en libros de texto y se tradujeron a otros idiomas. Recibió los premios Vigyan Kathashree, C.V. Raman Technical Writing Award y Jagpati Chaturvedi Children's Science Writing Award, otorgados por Uttar Pradesh Hindi Sansthan. El número de enero-marzo de 2017 de la revista digital Vigyan Katha se publicó como un número especial dedicado a Kalpana Kulshrestha. Actualmente se dedica a la docencia y la escritura.

 

EL DESEO DEL PASADO