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lunes, 7 de septiembre de 2026

GLOTÓN

Jasmina Blažić

 

Llevo dos años terrestres con Josh a bordo de nuestro Devorador. En este momento, el Devorador se encuentra en el perigeo, lo que significa que nuestro servicio en el recolector de basura espacial está llegando a su fin. El Devorador ha absorbido todos los restos inservibles que se encontraban al alcance de su trayectoria y los ha almacenado en dos torres. Nuestra última orden activará la energía residual acumulada en los desechos recogidos, liberará el transbordador y enviará al Devorador hacia las profundidades del espacio, al encuentro de su propia destrucción. Del recolector y de sus dos torres repletas de cadáveres mecánicos solo quedará entonces una nebulosa atómica.

A nuestros ojos, apenas parecerá un tenue espectáculo de fuegos artificiales para celebrar el regreso a casa.

Sin duda extrañaremos esta tranquilidad del Devorador. Allá abajo se libran batallas y guerras, pero aquí no hay acusaciones por los estragos causados por la caída de algún fragmento de un artefacto abandonado o de residuos procedentes de cualquier clase de órbita. La basura orbital se ha acumulado durante siglos. Y los viejos cacharros atrapados en el limbo de las leyes gravitatorias no eligen hacia qué lado caer.

Informamos al Control Terrestre que estamos listos para abandonar el Devorador. Está casi lleno y ya no queda nada más en nuestra trayectoria.

—Tengo un último paquetito para ustedes; se dirige hacia ahí desde una órbita inferior. C0307NN —nos responden—. Carguen eso y suban al transbordador.

Los mensajes llegan con retraso, pero lo comprobamos de inmediato: C0307 es un satélite de comunicaciones. Por sus características, ocupará el espacio restante de la torre justo hasta alcanzar la masa crítica de la carga embarcada. Cualquier cantidad superior provocaría una avería catastrófica en el Devorador.

—¿Qué significa esta N? —pregunta Josh—. No aparece en los datos.

Busco en la información complementaria.

—Nuevo modelo. La segunda N significa inservible. No tardaron mucho en descartarlo.

Josh introduce las órdenes. Mucho tiempo atrás habría sido campeón de Tetris. C0307 es la coronación del aprovechamiento de un Devorador.

En cuanto carguemos el objeto, nos marcharemos. El Devorador también se irá. Hacia el otro lado, muy lejos, y se convertirá en una nebulosa atómica que algún día será aprovechada por una tecnología más avanzada.

Lo vemos en la pantalla. Es un modelo de satélite completamente nuevo. Algún error debe de haberlo expulsado de la órbita geoestacionaria.

—¿Todo bien? —pregunta Josh.

Asiento.

—Confirmo la recepción y bloqueo el Devorador.

Nos dirigimos hacia el transbordador. El Devorador absorberá la máquina y nos expulsará a nosotros. Todos los parámetros han sido configurados y confirmados, gramo por gramo y segundo por segundo. Ya no es posible realizar modificaciones.

Un sonido estridente irrumpe desde la cabina de mando. Miro el dispositivo de aviso que llevo en la muñeca.

—¿Estás oyendo esto? —Josh me mira y sus ojos pierden el enfoque. Repasa mentalmente qué puede haber salido mal.

—Sobrecarga de masa —dice la pantalla—. Se ha detectado materia viva en C0307.

—Maldita sea —dice Josh—. Malditos mensajes que llegan tarde. Malditos idiotas que no informan de todo desde el principio. O lo hicieron deliberadamente o no sabían nada.

Seguramente el Control también disponía de datos exactos sobre nuestra carga. Por alguna razón nos ocultaron esa información. Si lo hubiéramos sabido, habríamos rechazado la recepción y que ellos se las arreglaran.

Las órdenes ya están bloqueadas. Sabemos lo que eso significa: se nos ha acabado el tiempo, tanto a nosotros como al Devorador.

No podemos abandonar la nave antes de que el Devorador se trague el último bocado. Y si ese bocado es demasiado grande para él… Todo se acabará.

Ahora ya da lo mismo. Las malas intenciones no siempre tienen que terminar mal. Y los errores ocurren, aunque en el Devorador solo pueden ocurrir tres veces: la primera, la última y nunca más.

Los fuegos artificiales arrasaron la Tierra y trastornaron el sistema solar. El caos resultante cambiará sus leyes y provocará nuevas destrucciones en el sistema.

—¿Dónde estoy? —oigo decir a Josh. No lo veo. No veo nada. Ni a mí mismo ni nada a mi alrededor.

—Estoy aquí… en alguna parte —respondo—. ¿Me oyes?

—Sí.

—¡Vaya, muchachos! —interviene una tercera voz. A juzgar por su dicción lenta y teatral, no parece preocupada—. ¿Ustedes también están aquí?

—¿Aquí dónde? —pregunta Josh.

—En todas partes —responde la voz—. Ni siquiera sé si estoy hablando ni qué clase de comunicación es esta. Siempre me pregunté qué queda después de que nos desintegran en átomos.

—¿Y qué queda?

—Partículas de Dios. No una, sino tres, por lo visto. Si es que los números todavía significan algo.

—¿Y tú quién demonios eres? —pregunto.

—El que estaba dentro de C0307.

—La materia viva que hizo que todo se fuera al demonio —dice Josh con furia. Si es que una partícula de Dios puede enfurecerse.

—¿Cómo llegaste hasta allí?

—Secuestré el satélite. Tenía la intención de interrumpir algunas comunicaciones, pero enseguida me declararon terrorista y anunciaron que quería provocar una explosión y un impacto allá abajo, cerca de la superficie. Fijaron mi trayectoria hacia su Devorador; era lo único que podían hacer.

—¿Y tú quién eres?

—El capitán Hieronimus.

—De cualquier modo, estabas participando en una operación estratégica. ¿De qué bando eres?

—Ahora ya no pertenece a ninguno —interviene Josh—. Eso ha dejado de importar. Allá abajo ya no existe nada. Solo una nebulosa atómica inútil, a diferencia de nosotros.

—¿Y qué haremos ahora?

—¡Empezar de nuevo! —exclama Hieronimus—. Hay injusticias en todas partes. ¡Tantas cosas están, mmm… en nuestras manos! ¡Viva la revolución!

Jasmina Blažić nació en Zagreb, Croacia, en 1954. Actualmente está jubilada y vive en Zagreb con sus dos hijos. Se graduó en Ingeniería Civil por la Universidad de Zagreb y trabajó como ingeniera de diseño estructural y arquitectónico, además de experta en ingeniería civil, principalmente en estructuras de soporte para servicios de control de tráfico aéreo. Ahora pinta y escribe, sobre todo ficción especulativa y realista. Ha publicado numerosos relatos en antologías y revistas, y ha recibido varios premios por algunos de ellos. Anteriormente publicó una novela titulada «La maldición de Elizabeth», una historia de misterio. El año pasado publicó una novela romántica, «El árbol en el balcón». También se publicó el año pasado una colección de relatos titulada «Lovecraft contra Poe», que contiene catorce historias sobre personajes históricos en momentos posibles pero desconocidos de sus vidas, escritas como ficción especulativa.


 

lunes, 13 de julio de 2026

VINO CONTRA SANGRE

Jasmina Blažić

 

Darija estuvo a punto de morir de miedo.

Detrás de un muro semiderruido, como si hubiera permanecido emparedada y siguiera viva, apareció una mujer apartando piedras con las manos cubiertas de polvo blanco, con una expresión a la vez furiosa y desesperada. Pero enseguida, Darija comprendió que aquello que tanto la había sobresaltado no era otra cosa que su propio reflejo en un espejo colocado detrás del hueco abierto en el muro que se desmoronaba.

Le sorprendió encontrar un espejo en un lugar donde, con toda probabilidad, antes había habido una puerta, y eso la impulsó a ensanchar todavía más la abertura.

Mientras golpeaba con cuidado los restos del revoque para no romper el espejo, que se balanceaba suavemente de un alambre sujeto al viejo dintel de madera, su reflejo aparecía cada vez más cubierto de polvo, con el cabello enredado y lleno de telarañas que brotaban de las grietas y una mirada hambrienta. Parecía desesperada. De un modo u otro, no era extraño: solo había desayunado y ya eran las seis de la tarde.

Y todo por culpa de una mochila demasiado pesada para su espalda cansada. Apenas había logrado subirla por la escalera. Estaba llena de delicadas herramientas arqueológicas que pensaba lavar. De forma inesperada, la mochila la desequilibró y fue a estrellarse contra la pared del pasillo con un estrépito metálico. Inmediatamente después del golpe se oyó el crujido seco del fino revoque.

Además, la primera piedra que se desprendió le cayó sobre el empeine. Por suerte seguía usando botas de montaña, porque desde hacía varios días limpiaba el piso de piedra de una antigua villa romana. Las ruinas habían sido descubiertas entre zarzamoras llenas de espinas secas, en el lugar donde debía continuar el muro de piedra seca más largo de Istria.

La segunda piedra rodó hasta la puerta de su habitación. Enseguida las grietas comenzaron a extenderse en todas direcciones, los pequeños guijarros saltaban de las juntas y, frente a ella, apareció aquel rostro: ¡el rostro de una mujer emparedada!

—¡Y resulta que era yo, la malvada reina del espejo! —le cuenta Darija a Tomislav hacia el final de esta historia, mientras ambos beben vino en la terraza de un café—. Después de ensanchar cuidadosamente el hueco con el martillo, apareció una habitación oscura. Un pedazo podrido del marco de la puerta estuvo a punto de matarme al caer.

—Te dije que dejaras las herramientas en mi coche. Ya ves: casi derribas media casa.

Darija se había quedado sin transporte cuando Jopa regresó a Zagreb para hacerse cargo del período de exámenes de primavera. Con él también se marcharon los tres estudiantes de tercer año de arqueología, mientras ella permanecía trabajando entre las ruinas de una casa que probablemente había pertenecido al antiguo propietario de aquellas tierras. Tomislav la ayudaba con los suministros: todas las mañanas la recogía en coche y la llevaba de regreso al terminar la jornada, casi siempre haciendo una pausa para tomar una copa de vino en El Vampiro, el café del pueblo.

—Les pagaré los daños a los propietarios —dijo Darija—. Cuando los conozca. Me alquilaron la casa y ni siquiera los he visto. Dejaron la llave en la taberna, al cuidado de la camarera.

La casa era una antigua construcción de dos plantas. Ramilletes marchitos de siempreviva y salvia, ya descoloridos, se amontonaban en los rincones del suelo. En la planta baja todavía se adivinaba el olor del estiércol seco, por lo que supuso que antiguamente había funcionado allí un establo. Dormía en una habitación del piso superior, con la ventana abierta por las noches, tranquila, porque nadie podría asomarse hasta allí.

La primera vez que vio la casa quedó fascinada por el amplio arco que se elevaba sobre el pasaje hacia el patio. Encima del arco había advertido un sector donde las piedras estaban colocadas de una manera diferente. Entonces pensó que se trataba de una abertura tapiada, pero solo ahora comprendía que en otro tiempo había sido la ventana de aquella habitación oculta.

—¿Sabes? —dijo Tomislav—. Voy a contarte algo, pero tienes que prometerme que no te asustarás. Después de todo, siempre puedes mudarte a mi casa.

—Después de la mujer emparedada, ya no creo que haya nada que pueda asustarme. Gracias por la invitación; nunca se sabe.

Tomislav señaló una puerta situada a poca distancia del café.

El Museo de Jure Grando, el legendario vampiro.

Después de morir, golpeaba las puertas de las casas de sus vecinos para anunciarles la muerte y no dejaba en paz a su viuda. Hasta que ella se cansó y lo denunció ante las autoridades del pueblo. Tras pasarse todo un día dándose ánimo con vino, los hombres fueron a abrir ceremoniosamente la tumba. Intentaron varias veces inutilizar al vampiro, huyendo y regresando una y otra vez entre rezos. Al final, todo terminó con la decapitación del vampiro, para alegría de los vecinos, del dueño del café y de los turistas, que durante las noches de verano se quedaban allí hasta muy tarde bebiendo cócteles vampíricos.

—Ese ser maligno anduvo por aquí hace unos trescientos cincuenta años.

—Lo sé —respondió Darija.

Ya habían visitado el museo varias veces. La primera estuvo a punto de darle una bofetada a Jopa cuando, oculto detrás de una cortina de tela, la agarró de la pierna en plena oscuridad. Porque sabía que era él o alguno de los estudiantes. Y porque no existía ningún Jure Grando, o al menos ella estaba convencida de que nunca había existido tal como lo presentaba el museo.

—Y allí está su tumba —continuó Tomislav, señalando hacia el cementerio del pueblo, donde la lápida desaparecía discretamente bajo líquenes, musgo y hierba, sin permitir que un visitante desprevenido sospechara todo el misterio que la rodeaba.

—Entonces en algún lugar también tuvo que nacer.

—Exactamente. Y la casa donde ahora vives... según cuentan, allí nació Jure Grando. Dicen que la habitación donde vino al mundo fue tapiada para borrar cualquier recuerdo suyo. O por miedo a que allí volviera a engendrarse algún mal.

Darija recordó cómo había entrado en la habitación atravesando un montón de listones de madera rotos, iluminando con su linterna los rincones llenos de telarañas. Con gran esfuerzo había descolgado el espejo, temiendo que se desplomara sobre ella y la decapitara.

En el centro de la habitación había una mesa cubierta por una extraña capa de polvo y una botella de cerámica rechoncha, tan cubierta de suciedad que, apenas Darija se acercó, el polvo comenzó a desprenderse en gruesas escamas.

—Todo eso estaba dispuesto para impedir que el mal pudiera entrar —explicó Tomislav—. Sobre la mesa seguramente hubo alguna vez un crucifijo y una hostia. Y dentro de aquella botella debía de haber vino bendito. Ya sabes: la sangre y el cuerpo de Cristo. Ningún vampiro querría permanecer allí. Ni mucho menos volver a nacer en ese lugar.

—Uf... —exhaló Darija, a medio camino entre la risa y el llanto.

Bebió un sorbo del vino. A la luz del crepúsculo era casi negro, espeso y áspero, y de pronto creyó percibir en él un sabor salado y metálico, como a sangre.

—Me parece que he cometido un grave error. —Tomislav la miró, sorprendido—. Esta mañana limpié toda la habitación. Barrí el polvo, quité las telarañas, tiré toda aquella basura... incluida la botella de vino. Y el espejo...

—¡No me digas! —exclamó él. A Darija le pareció que, pese al grito, estaba conteniendo una sonrisa.

—No lo rompí ni lo tiré. Es bonito, antiguo. Pero ¿qué hacía allí, justo donde antes había estado la puerta, mirando hacia la entrada?

—Antes los espejos llevaban una fina capa de plata, y a los vampiros eso no les gusta demasiado. Así que cualquier recién llegado podía desistir de entrar en la habitación con solo verse reflejado.

—Pues ahora el espejo está cuidadosamente embalado en una caja de cartón... y las demás... bueno... las demás protecciones ya no existen.

—En ese caso —dijo Tomislav—, creo que lo mejor será que te mudes a mi casa.

—No lo sé —respondió Darija.

Lo cierto era que ella ya tenía unos cuantos años, pero Tomislav también. Y nunca se había casado; eso era lo que le habían contado en el pueblo. Había terminado la universidad y regresado a Tinjan. Se dedicaba al turismo y llevaba una vida tranquila, sin estrés. Tal vez valiera la pena conocerlo mejor...

Del vaso de Tomislav ascendía el aroma del moscatel de Momjan, el mejor vino para las damas. Eso era lo que ella debería haber pedido. Siempre le habían enseñado que una mujer debía beber lo mismo que el hombre: así ambos se dejaban llevar al mismo ritmo y a la mañana siguiente despertaban con la misma clase de resaca.

—Quizá mañana. Esta noche dormiré en mi habitación.

—Ya sabes mi número. Y no tardes mucho en cambiar de idea.

 

Darija se acostó sin leer, con la ventana abierta porque ya habían aparecido los mosquitos sedientos de sangre. No quería pasarse la noche persiguiéndolos por la habitación.

Abajo cerró con llave la puerta de entrada y, casi sin darse cuenta, también la puerta de su cuarto.

Acostada, escuchó el paso de un automóvil; luego el zumbido de un ciclomotor que siguió oyéndose durante mucho tiempo desde el valle; después, un rebaño de cabras que regresaba tarde a casa. Desde algún lugar llegaba un sonido como surgido del centro de la tierra: el roer impaciente y furioso de un ratón o de algún otro roedor de campo.

Parecía haber silencio, pero en realidad el ruido de la naturaleza y de las criaturas nocturnas que abandonaban sus escondites llenaba el aire. En cualquier momento podría oír el golpeteo de las pezuñas de los ciervos, el deslizarse de un zorro por los túneles del matorral o los empujones de los jabalíes sobre las hojas podridas del otoño anterior.

Se levantó y miró por la ventana.

Entre las frondosas ramas del almez se filtraba una débil luz de luna. Desde aquella altura, la hierba nueva bajo la ventana parecía, bajo el escaso resplandor lunar, un campo de briznas de cristal rotas.

—Como si alguien hubiera caminado por aquí —pensó—. Quizá Jure Grando. De visita en la casa donde nació.

Se miró a sí misma, con su pijama de franela. No era precisamente el prototipo de una doncella victoriana. Además, Dios era testigo de que, desde la primera hora de sus prácticas universitarias, en algún lugar de Zagorje, había excavado esqueletos, hueso por hueso, falange por falange. Nada relacionado con lo humano, ni siquiera con los muertos, le resultaba extraño. Tenía edad suficiente para no temer ni a la muerte, ni a los ladrones, ni a los secuestradores, ni siquiera a sí misma. Y, por si acaso, junto a la cama tenía un rosario de madera de abedul.

A la mañana siguiente, cuando se encontró con Tomislav para tomar un café en El Vampiro, un vecino se acercó a la barra y, con gesto preocupado, pidió una copa de biska.

Alguien había avisado de que en el cementerio había aparecido un charco poco profundo, justo al lado de la tumba de Jure, y que se estaba extendiendo por los alrededores. Ya revoloteaban mosquitas sobre él y, antes del mediodía, aquello podría empezar a despedir un olor insoportable.

Porque, al parecer, se trataba de sangre.

 

Aquella tarde, en el yacimiento, quitó cuidadosamente el polvo de un mosaico que representaba algo parecido a un macho cabrío negro.

Mientras hacía un boceto en su cuaderno, una creciente inquietud le impedía concentrarse. Decidió interrumpir el trabajo, cubrió el mosaico con ramas secas, se echó al hombro la mochila, ahora medio vacía, y dejó las herramientas escondidas en un hueco al pie del gran muro de piedra seca. Entre aquellas piedras había una que ella misma había colocado años atrás. Luego emprendió a pie el camino hacia Kringa.

El pueblo estaba extrañamente animado.

Algunos turistas madrugadores recorrían las calles dando vueltas en círculo y reaparecían una y otra vez frente al café. Allí había varios grupos de jugadores de cartas, aunque nadie estaba jugando. Todos cuchicheaban, exagerando los gestos con bruscos movimientos de las manos, como si discutieran en silencio.

—Pronto anochecerá —dijo Darija, sentándose junto a Tomislav.

Aquel día había trabajado bastante más de lo habitual. Al mediodía solo había pasado por la taberna para comer šurle con espárragos y había regresado enseguida al yacimiento, intrigada por el mosaico.

—Creo que esta noche te mudarás a mi casa —dijo Tomislav—. Lo que apareció en el cementerio, ese desagradable charco... es sangre.

—Vamos, no digas tonterías —lo reprendió Darija—. ¿Sangre de quién? ¿De dónde iba a salir tanta sangre? ¿Y cómo saben que es sangre?

—Ive recogió una muestra y se la llevó a su hija. Ya sabes que trabaja en el laboratorio del consultorio. No le dijo de dónde la había sacado; solo le pidió que la analizara. Y sí: es sangre.

De pronto, Darija sintió que no podía pensar. Se pellizcó el muslo a través de los gruesos pantalones vaqueros. «¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando? ¿De qué estamos hablando?» Los vellos de sus antebrazos se erizaron. Aquello le ocurría siempre que la asaltaba un presentimiento imposible de nombrar. «Pero esto no deja de ser una historia», pensó. «Quizá todo sea un invento para atraer turistas antes de que empiece la temporada.»

—Puede que todo coincida con tu... "limpieza" de aquella habitación —dijo Tomislav, inclinándose hacia ella con aire conspirativo.

Era un hombre ya algo calvo, pero conservaba unos ojos muy bien dibujados y una nariz fina, pese a los años. No sabía muy bien por qué ese detalle acudía ahora a su mente. Y, sin embargo, volvió a sentirse capaz de pensar con claridad.

—Esta tarde unas ancianas han estado hablando junto a la verja. Dicen que Jure ha regresado. Y que ahora todas las mujeres del pueblo están en peligro: las jóvenes, las viudas mayores, las dependientas, las camareras... incluso las propias ancianas.

Darija soltó una carcajada.

En las demás mesas se hizo el silencio. Todos se volvieron hacia ella con gesto de reproche, incluso un joven que bebía solo un cóctel de un color extraño mientras examinaba con gran atención una enorme cámara fotográfica. «Seguro que es periodista», pensó, sintiendo lástima por él.

—Mañana abrirán la tumba —dijo Tomislav—. Al amanecer. ¿Te interesa verlo?

—Claro que sí. —Los arqueólogos tenían fama de profanar tumbas y, además, ella había estudiado etnología durante tres años. Era una buena oportunidad para cerrar el círculo—. Iré, por supuesto.

Aquella noche durmió muy poco. Y podía decirse que tenía miedo. El viento golpeaba los postigos y silbaba de una forma extraña al colarse entre las cortinas, de modo que decidió cerrar la ventana. El silencio que siguió resultó todavía más inquietante. En algún momento, medio dormida, le pareció oír pasos en el pasillo y volvió a despertarse. Pensó en encender la luz, salir de la habitación e iluminar toda la casa. En bajar a la cocina y encerrarse allí. En el peor de los casos, siempre podría escapar por la ventana, aunque afuera quizá la situación fuera aún peor. Tuvo que levantarse tres veces para ir al baño, pero fue aplazándolo hasta el último instante. Abrió el neceser y se quedó mirando las pastillas para los nervios. Al final decidió no tomarlas. Los vellos de sus antebrazos permanecían constantemente erizados y la piel ya comenzaba a escocerle. En su cabeza nacían ideas angustiosas, lentas pero muy precisas. No eran precisamente inocentes; parecían pensamientos que pertenecían a otra persona. Al final cayó rendida sobre la cama y se quedó dormida, agotada por el cansancio y los nervios.

Poco antes del amanecer soñó con Jure Grando.

Vestía una capa negra y lucía un fino bigote de dandi. Bajo el brazo llevaba una botella de cerámica cubierta de un brillante esmalte, y del bolsillo de la chaqueta asomaba una hostia.

Le sonreía, enseñándole los colmillos, chasqueaba los labios rojizos.

—Ay, Darija... Darija... —la reprendía—: Has limpiado muy bien la habitación. La botella estaba vacía; el vino ya se lo habían bebido los albañiles antes de tapiarla. Y esa hostia tuya tampoco vale gran cosa.

En ese instante la hostia comenzó a deshacerse en polvo.

Darija abrió los ojos, cegada por los remolinos de polvo que giraban dentro de los rayos del sol de la mañana, mientras el teléfono móvil, sobre la mesilla, sonaba con insistencia. Era Jopa.

—Tomislav me pidió que te llamara. Dice que intenta localizarte desde las seis de la mañana y no contestas. Está preocupado.

Miró el reloj. ¡Ya era bastante tarde! ¡Tendría que haber estado hacía rato en el cementerio!

—Darija, ¿qué hiciste anoche? —preguntó Jopa al oír su voz ronca y entrecortada—. Suenas como si no hubieras dormido. ¿No habrás encontrado algún novio?

«A mi edad ya no se dice "novio"; se dice "novio abuelo"», pensó.

Y sí, Jopa, su amigo desde la juventud, compañero de trabajo durante tantos años, seguía siendo celoso y continuaba insinuándosele. Pero, por muchas historias pasadas y futuras que compartieran, sabía que entre ellos nunca ocurriría nada.

—Sí, tengo un nuevo novio —respondió—. Ya te hablaré de él cuando vuelvas.

 

En el cementerio, un pequeño grupo de personas permanecía sobre el terreno empapado observando a dos hombres que excavaban la tumba. Con cada palada brotaba más barro. No muy lejos, un perro bebía agua de un charco turbio. Por la carretera cercana pasaban automóviles rumbo al trabajo; de vez en cuando alguien tocaba la bocina al ver a los hombres cavando. Poco después pasó una furgoneta decorada con dibujos de panes y luego el reparto de periódicos camino del quiosco junto a la escuela.

Mientras tanto, el barro del fondo de la fosa adquiría un color cada vez más rojo. Dos hombres permanecían cerca sosteniendo largas estacas afiladas. A su lado, un muchacho grababa la escena con el teléfono móvil.

Los presentes se santiguaron cuando resonó un golpe de la pala contra la madera. Al menos, eso fue lo que pareció. Tomislav caminó delante de Darija, abriéndole paso. Pronto se levantó un murmullo de excitación. Era evidente que habían encontrado el ataúd. Ahora lo estaban abriendo.

—Ahí está... Es Jure...

Darija se acercó al borde. Abajo distinguió los restos bastante bien conservados de un esqueleto, empapados por aquella sustancia roja. Recordó que la leyenda decía que, cuando abrieron la tumba por primera vez siglos atrás, también había brotado sangre por todas partes, mientras el vampiro yacía con las mejillas sonrosadas y una sonrisa burlona.

En ese instante lamentó no tener una estaca en la mano.

Medio hundido en el barro, el esqueleto parecía reírse de ella e invitarla a comprobar cuál de los dos vencería esta vez.

De pronto, un potente chorro de líquido surgió de la tierra justo bajo el cráneo y lo lanzó violentamente... ¡directamente a los brazos de Darija!

El mismo reflejo instintivo que hace subir de un salto a una silla cuando entra un ratón en la habitación actuó ahora con toda su fuerza.

Arrojó el cráneo de vuelta a la fosa como si fuera una pelota, con una expresión de repugnancia impropia de alguien acostumbrada a manipular restos humanos de siglos de antigüedad. Se limpió desesperadamente las manos en el jersey. Ahora estaban teñidas de un rosa intenso, igual que los ciclámenes que florecían tras el muro, aunque todo su cuerpo ya estaba cubierto de barro. Aquella masa era más roja que la tierra rojiza de Istria, como si una riada hubiera arrastrado polvo de ladrillo. Solo que aquello era pegajoso, olía mal y...

Entonces recordó el análisis realizado por la hija de Ive. Y gritó, aterrorizada:

—¡Tapen la tumba! ¡Rápido, tápenla!

Los hombres la obedecieron sin discutir. Cubrieron la fosa apresuradamente, casi aliviados de que alguien hubiera expresado en voz alta el miedo que todos compartían.

 

Más tarde, naturalmente, estaban otra vez en El Vampiro, tomando el café de media mañana.

—No hemos solucionado nada —dijo Tomislav con preocupación—. Y el cráneo... ¿viste dónde cayó?

—Donde había estado siempre. Justo donde debía ir la cabeza.

—Eso no está bien. Tendríamos que haberlo colocado entre las piernas de Jure. Quién sabe... Tal vez todo esto siga un orden perfectamente lógico. Primero tú irrumpes en la habitación de la casa donde nació; después la dejas impecablemente limpia para que cualquiera pueda entrar; al día siguiente este muerto viviente decide regresar porque, digamos, su cabeza sigue en su sitio. ¿Por qué te ríes? El barro sigue brotando en el cementerio, sea sangre o lo que sea.

Darija comprendió que tenía razón. Hubiera sido Jure Grando o no el origen de todo aquello, el problema seguía allí. Los vecinos se preguntaban cómo iban a permitir que los turistas pasearan durante el verano junto a semejante hedor y aquellas nubes de insectos. Quizá incluso tuvieran que trasladar el cementerio. Y, en ese caso, también el museo y el café podrían verse obligados a abandonar Kringa. Ya no tendrían dónde jugar a las cartas cuando llegaran las lluvias otoñales y la niebla volviera a adueñarse de los valles. Solo les quedaría reunirse por las noches en sus casas para beber vino y pensar en aquel barro que se extendía por Kringa, por toda Istria y por el mundo entero como una mancha de maldad.

Darija recordó el sabor del espeso teran, de color rubí, que en otro tiempo había simbolizado la fuerza de la vida, hasta que poco a poco cedió su lugar al vino blanco como símbolo de la pureza de esa misma fuerza en el sacramento de la eucaristía.

De pronto se animó. «¿Por qué no? ¿Por qué no intentarlo?» Si todos estaban convencidos de que aquello era sangre y de que guardaba relación con el vampiro, ¿por qué no creerlo también ella?

Los vellos de sus antebrazos volvieron a erizarse al instante, como confirmándole que estaba en lo cierto.

—Tomislav... ¿Conoces a algún sacerdote en quien se pueda confiar?

—Bueno...

Ella le explicó su plan.

—La verdad —admitió Tomislav de mala gana— es que conozco a más personas que tienen una cisterna de cinco mil litros que curas discretos. Pero haré lo posible.

 

A la mañana siguiente una cisterna azul se detuvo junto al cementerio.

El conductor bajó, desenrolló una larga manguera y, con ayuda de Tomislav, la pasó por encima del muro.

Comenzó entonces el riego del cementerio.

El potente chorro de líquido rojo golpeaba con fuerza las lápidas y salpicaba la hierba, mezclándose con el barro de los senderos.

Desde cierta distancia observaban la escena varias ancianas y algunos vecinos, con evidente preocupación.

—¡Qué desperdicio... qué desperdicio! —repetía el conductor, resignado.

Cuando la cisterna quedó vacía, él y Tomislav subieron a la cabina y regresaron hacia Tinjan.

Detrás de ellos pasó Darija al volante del Fiat Punto de Tomislav. Tomó el camino de tierra que discurría junto al muro de piedra seca hacia el yacimiento arqueológico, dejando atrás, por aquella mañana, todos los sucesos y todas las conjeturas.

—Así que sobreviviste —dijo Jopa.

Había regresado de Zagreb el día anterior. También había ayudado a Darija a trasladarse a casa de Tomislav y, de paso, él mismo se instaló en la habitación contigua.

—Devolví la llave a la taberna. Me dijeron que los propietarios vuelven este fin de semana.

—¿Y cómo vas a explicarles que derribaste media pared del pasillo y limpiaste aquella habitación?

—No pienso explicarles nada. Ellos también podrían haberme contado por teléfono, cuando alquilé la casa, quién había nacido en esa habitación. ¡Podrían haber hecho un museo!

—Bueno, dos museos dedicados al mismo vampiro tan cerca uno del otro quizá habrían sido demasiados. Por cierto, dicen que poco después de vaciar la cisterna desaparecieron el charco y las moscas, y que ahora junto a la tumba crecen margaritas. Un paisaje idílico.

—Sí. Ya no queda ningún rastro.

—¿Y con qué llenaron la cisterna? ¿Algún desinfectante? ¿Algo contra las ratas? ¿Insecticida?

—Nada de eso. Pero, si te lo digo, prométeme que no te reirás.

—Me conoces. No puedo prometer semejante cosa —respondió Jopa muy serio.

—Al principio yo tampoco creía en toda aquella historia. Pero luego pensé: «Cree, y todo se resolverá».

—¿Qué había dentro de la cisterna?

Darija recordó al sacerdote que, al amanecer, antes del primer toque de campanas, había celebrado la misa detrás de la iglesia y bendecido una cisterna llena del mejor y más espeso vino teran.

Se vio a sí misma y a Tomislav repasando mentalmente la lista de patrocinadores que habían donado semejante cantidad de vino. Recordó también al conductor de la cisterna, escuchando la oración con las manos entrelazadas y expresión afligida.

—La sangre de Cristo. Vino transformado en la sangre de Cristo.

—Sangre contra sangre —dijo Jopa en voz baja—. Una infección contra otra, al menos en teoría.

—¿Sabes? Creo que durante mucho tiempo voy a beber solo cerveza.

Jasmina Blažić nació en Zagreb, Croacia, en 1954. Actualmente está jubilada y vive en Zagreb con sus dos hijos. Se graduó en Ingeniería Civil por la Universidad de Zagreb y trabajó como ingeniera de diseño estructural y arquitectónico, además de experta en ingeniería civil, principalmente en estructuras de soporte para servicios de control de tráfico aéreo. Ahora pinta y escribe, sobre todo ficción especulativa y realista. Ha publicado numerosos relatos en antologías y revistas, y ha recibido varios premios por algunos de ellos. Anteriormente publicó una novela titulada «La maldición de Elizabeth», una historia de misterio. El año pasado publicó una novela romántica, «El árbol en el balcón». También se publicó el año pasado una colección de relatos titulada «Lovecraft contra Poe», que contiene catorce historias sobre personajes históricos en momentos posibles pero desconocidos de sus vidas, escritas como ficción especulativa.

 

 

sábado, 9 de mayo de 2026

POLVO ESTELAR

Jasmina Blažić

 

—No me gusta el color de este mar —le digo a Žu.

Estoy sentado en la orilla poco profunda; las cálidas olas rojas me salpican y parezco un herido cubierto de sangre aguada.

Él me alcanza un vaso y unas gafas.

—Cristales complementarios.

La combinación de las gafas y la bebida fría me anima de inmediato. A través de los cristales veo el mar verde, igual que en aquel mundo del que acabamos de regresar. Fue un viaje largo y un largo sueño.

—Mar verde… si tuviera un poco de azul sería como en… Geja —comenta mientras se sienta a mi lado con sus propias gafas y su vaso.

Sí, era hermoso. Pero la hibernación deja huella. Mi piel parece la de una lombriz albina a través de la cual se transparentan venas verdosas, aunque las gafas hacen que se vean rojas. De algún modo eso me parece más natural, porque por nuestras venas corre sangre roja.

—Kon, con las gafas pareces un drakariano —dice Žu, como si me leyera el pensamiento—. Repleto de sangre, se nota enseguida. Y sin ellas, parece que estuvieras cubierto de espinaca y crema de cocina.

—¡No menciones a esos vampiros! Además, ¿cómo sabes tú siquiera qué aspecto tienen la espinaca y esa… crema?

—Mira, Konrad, yo leo lo que dice en los envases de las tabletas que tomamos antes de la hibernación. También hay fotos, pero para ti eso es perder el tiempo. A mí no me da igual lo que me trago.

—Todos tragamos lo mismo, solo que los dibujitos cambian cada vez. Por cierto, ¿dónde estuviste tanto tiempo?

—Tomé algo con los hermanos Karamázov. Me los encontré en el bar. Están celebrando.

—Hace cien años que no los vemos. Literalmente. ¿Qué celebran?

—Obtuvieron permiso para descender a Heltarij.

¡Descender a Heltarij! Esa mole cuyo origen nadie conoce, en el borde de la galaxia, el sueño de todos los vagabundos, piratas y ladrones. Solo se permite aterrizar allí con autorización galáctica, por poco tiempo y en una zona estrictamente delimitada, y aun así es algo raro.

—¡Vaya! ¿Compraron el permiso o lo consiguieron en el sorteo anual de afortunados? Qué lástima que no nos inscribimos; podríamos estar en su lugar.

—Ya es tarde para lamentarse. Y sí, exactamente, fueron los afortunados del sorteo. De todos modos no tienen dinero para comprarlo, seguro. Aunque, para decirte la verdad, a mí no me interesa. Pero nos hicieron una propuesta. Y creo que no es mala.

Heltarij está casi tan lejos como Geja. Otro viaje agotador en tan poco tiempo no me entusiasma demasiado.

—Nunca conocí a un ganador de lotería. Ni oí que alguien se hubiera hecho rico con un viaje premio a Heltarij.

—No son idiotas como para revelarse. Ya no existirían ni ellos ni su heltarium.

A Žu es fácil entusiasmarlo. Le gustan el riesgo y todo lo desconocido. Aun así, Geja no sale de su memoria ni de su corazón. Todos los días la menciona varias veces. Y cada dos veces dice que podría vivir allí, en vez de andar vagando continuamente en busca de cualquier cosa para ganar dinero y seguir vagando.

—Entonces, Kon, ¿vamos con ellos? —pregunta, como si se tratara de ir hasta el bar.

—¿Para cuántas personas es el permiso?

—Pues justamente para cuatro.

—¿Cuántas cámaras de hibernación tienen?

—Eeeeh… ahí está el problema —dice Žu arrastrando las palabras mientras se estira y mira su vaso como si lo hipnotizara. A través de las gafas veo rojas sus pupilas verdes, así que aparto la mirada—. No tienen cámaras.

—Entonces ¿venderían los permisos?

—No, subirían con nosotros.

—¿Por qué? ¿No tienen dinero para conseguir cámaras nuevas? ¿O se les averió la nave?

—Nooo… Mmm… la perdieron jugando a las cartas y por eso vendrían con nosotros. Les gusta viajar con nosotros. Eso dicen. Porque sabemos jugar bien. Y sin hacer trampas. Y todos podríamos hacernos ricos. Completamente legal. Eso lo digo yo.

En Heltarij no hay nada que hacer salvo buscar heltarium entre el polvo al atardecer. El heltarium a veces aparece en la superficie, insignificante como una piedra cualquiera que alguien hubiera arrojado o perdido al azar. Pequeños grumos aparecen aquí y allá, difíciles de distinguir entre el polvo parecido al hollín.

El heltarium es un cristal extraño, el más valioso que existe, diría yo. Supuestamente alguna vez fue diamante, pero esto está muy lejos de serlo. O quizá los diamantes no fueron estudiados lo suficiente.

Unos pocos cristales diminutos fusionados bastan… para todo. Pueden triturarse o molerse mediante aparatos especiales y una habilidad que, dicen, recuerda a la alquimia. Si introduces ese polvo en el cuerpo, se convierte en una panacea: un remedio que cura cualquier cosa. Lo llaman el antídoto contra la muerte. Su nombre oficial es Polvo Estelar.

En Heltarij aparece rara vez, de la nada. Los datos indican que las sondas que enviaron insistentemente al principio no pudieron determinar si existe en las profundidades. Las expediciones mineras con robots que dejaban de funcionar rápidamente sobre el suelo de Heltarij tampoco lograron comprender de qué ni cómo se forma. Después de eso se prohibió descender por cuenta propia a Heltarij y excavar su superficie. Ya se utiliza como componente en sofisticados dispositivos y equipos. Las expediciones oficiales a Heltarij a veces tienen éxito y regresan con algo de heltarium. El fragmento más pequeño basta para garantizar una vida cómoda a diez generaciones, así que probablemente al volver siempre se oculta algo. En el mercado negro a veces aparece un grano de heltarium. Y en la galaxia hay demasiados enriquecimientos inexplicables.

El pueblo, por su parte, cuenta que el heltarium crece igual que las plantas en otros lugares. Que necesita luz viva, una luz que atraiga algo hacia abajo para fusionarse en una nueva sustancia y emerger luego a la superficie. Pero eso de la luz nunca funcionó. Además, allí arriba nunca reina una oscuridad absoluta. De las estrellas y planetas cercanos llega una iluminación fantasmal demasiado débil para proyectar sombras sobre el aburrido paisaje de Heltarij.

—Con una piedrita de heltarium puedes comprarte un pequeño planeta y todas las mujeres que haya en él —solía decir Žu.

Él, tan pequeño y rechoncho, de cabello amarillento –de ahí su apodo–, no resulta atractivo para las mujeres. En cambio, ellas se pegan a mí: alto, de pelo largo, cuerpo ágil y edad difícil de determinar. Žu es divertido y educado; yo, callado y taciturno, a menudo sarcástico. Cuando estamos juntos, las mujeres notan menos nuestros defectos o nuestros malos detalles. Con un poco de heltarium seríamos ricos y sin defectos.

Y así, ahora viajamos hacia Heltarij con los hermanos Karamázov, provistos de permisos legales, libres del temor a que los guardianes galácticos nos intercepten y detengan.

Dormimos un poco y luego todos despertamos durante un tiempo para jugar a las cartas. Los Karamázov, adictos a un viejo juego galáctico, habían perdido su nave apostándola, pero la suerte volvió a sonreírles trayéndoles los permisos para Heltarij. Nos entregamos al juego en el pequeño pero cómodo Čunak, que nos arrastra a través del tejido invisible del universo. En hibernación probablemente soñamos con los mundos a los que iremos cuando encontremos heltarium. Cuando despertamos ya no lo recordamos. Ni siquiera es seguro que hayamos soñado. El tiempo no transcurre; nosotros atravesamos el tiempo. Los resultados del juego ni siquiera importan, porque las apuestas con las que contamos en el futuro cercano todavía son inaccesibles.

En algún punto del último tercio del viaje, una alarma nos arranca de la hibernación. Resulta que la cámara donde estaba Karamázov Jr. se averió. Por desgracia no conseguimos arrancarlo del abrazo hermético de la cápsula y exhaló el alma empañando la pantalla transparente. A veces pasa con los modelos viejos.

En medio de un malestar silencioso y un respeto sincero, expulsamos al espacio la cámara con Karamázov. Sucede; los viajes largos son arriesgados, aunque nadie quiera admitirlo. Karamázov Sr. quedó destrozado y triste durante un par de ciclos completos, pero la siguiente partida entre tres logró animarlo un poco. Hasta llegar a Heltarij ya no volvimos a entrar en las cámaras.

El descenso a Heltarij fue preciso y polvoriento.

—Imagínate que apenas aterricemos caigamos encima de una montaña de heltarium —murmura Žu mientras nos ponemos los trajes espaciales.

—¡Quédense quietos! —grita Karamázov Sr.—. Estoy ajustando la gravedad. Espero que todo esté bien asegurado.

Enrosco el guante de la mano izquierda.

—Todo bien de mi lado. Uniforme.

El traje está atravesado en una de sus capas por hilos que generan impulso. El cuerpo no lo percibe gracias al aislamiento gravitacional múltiple de las capas internas. El impulso disminuye o aumenta la atracción respecto de los factores externos. Gravedad artificial. Y el motor de ese ajuste programado son los hilos de la capa aislante, previamente impregnados con polvo de heltarium. Si quieres viajar, necesitas endeudarte casi de por vida para comprar estos trajes. Corrían rumores de que algunos ejemplares vendidos eran falsificaciones. Ahora no quiero pensar en las consecuencias de eso, aunque tampoco me deja indiferente.

Afuera reina el semioscuro. Camino entre un polvo parecido a diminutos fragmentos afilados de vidrio roto, impaciente y nervioso, apresurándome cuanto puedo para descubrir aunque sea una migaja de heltarium.

—Kon, más despacio —oigo decir a Žu—. Si sigues pateando así, todo este vidrio que levantaste flotará alrededor nuestro durante años. No veremos nada. Ni encontraremos nada.

Cuando examinamos el permiso y leímos el área autorizada para inspección, todavía al comienzo del viaje, acordamos que los Karamázov irían hacia los bordes y que Žu y yo permaneceríamos cerca de la nave. De todos modos, el tiempo de permanencia afuera es limitado debido al equipo que llevamos.

Ahora Karamázov Sr. tiene el código para entrar al Čunak y nosotros el código de arranque. Nosotros debemos esperarlo o ir a buscarlo si le sucede algo, y él no puede partir sin nosotros. Así es la costumbre. Nadie puede regresar sin el otro. Nada de trampas: juego limpio. Igual que en las cartas. El ochenta por ciento del heltarium, si se encuentra, pertenece al descubridor; el veinte por ciento se reparte entre los demás. Durante el regreso no se interrumpe la hibernación. Tras una verificación conjunta de todos los parámetros y órdenes, todos saltan a las cámaras exactamente al mismo tiempo.

—¿Cuánto tiempo nos queda? —me pregunta Žu.

Veo a Karamázov Sr. como un punto brillante que desaparece de vez en cuando dentro de una nube oscura. Evidentemente él también está removiendo el polvo vítreo con las piernas.

—Bastante. Pero temo que no encontremos nada. Esa linterna tuya no sirve de nada. Si hubiera algo, ya habría brillado un poco. O nos habríamos tropezado con ello.

Algunos granos de polvo, cuando se elevan impulsados por nuestras botas, centellean, y algunos son transparentes. A nuestro alrededor realmente parece estar cayendo polvo estelar.

No encontramos heltarium. Y, dado el entorno, podríamos haber pasado junto a él sin siquiera advertirlo.

El otro nombre de Heltarij es Fortuna Engañosa. Ahora sé por qué. Eres afortunado y decepcionado al mismo tiempo: la mejor prueba de la inutilidad de explicar el concepto del tiempo; todo es ahora y todo es inútil.

—No quería decírtelo —dice de pronto Žu, tímidamente—. Capté una señal de una nave drakariana allá arriba. Están cerca. A ellos no les importan los permisos.

—¡Esos sanguinarios! ¡Nos beberían la sangre y nos quitarían el heltarium! ¡Ni hablar!

—Entonces cállate y mira dónde pisas. Maldición, esto es agotador; me dijeron que así es recoger hongos en Geja.

Caminamos separados unos diez metros. Pero no encontramos nada.

—Escucha —me pregunta Žu—. ¿Qué dicen sobre cómo se forma este heltarium?

Podría haberlo preguntado arriba, en el Čunak, pero como siempre, me desconcentra en el peor momento.

—Crece gracias a la luz viva —cito de mala gana la vieja tradición popular.

—Pues ya debería haber crecido un bosque entero con toda la luz que emitimos —protesta.

Luego se hace el silencio. Žu permanece inmóvil. Está perdiendo tiempo innecesariamente.

—Espera, espera… ¿qué acabas de decir? ¿Crece gracias a la luz viva?

—Luz, simplemente. Aquí nunca hay oscuridad total. De vez en cuando se formará algún fragmento. ¿Cómo? De algún modo… ¡Y tú justo ahora te pones a pensar!

—¿Pero luz viva? —por el sonido noto que redujo el alcance del transmisor. Karamázov Sr. no puede oírnos.

—¿Recuerdas cuando estuvimos en Detir, ese agujero perdido al final de la galaxia, con aquel chamán que parecía una mazorca de maíz?

—¿Y tú cómo sabes cómo es una mazorca? ¿Dónde la viste?

—En el museo de posibles juguetes sexuales, en Geja.

—Siempre tienes a Geja en la cabeza.

—¿Y eso es un problema? ¿Recuerdas que el viejo te dijo que tenías el hígado enfermo?

Enseguida recuerdo el tratamiento agotador y todas las dietas que vinieron después. Pero valió la pena; otra vez puedo beber cantidades moderadas sin consecuencias.

—Te puso frente a él, en aquella cueva oscura que tenía, y te observó eternamente. Luego dijo: “La luz que emites es dorada y temblorosa, viva como un arroyo de montaña. Pero aquí, donde está tu hígado, no hay luz viva. Solo una mancha espesa y marrón”.

—Sí, lo recuerdo, pero eso ya es pasado.

—¡Pero no se trata de eso! ¡Luz viva! ¿Cómo no entiendes? ¡El aura! Somos nosotros. Ninguna luz atraviesa este traje hacia afuera. El heltarium necesita, para crecer o formarse, la luz de una criatura viva. O específicamente la nuestra, nuestras frecuencias. No me preguntes por qué, no lo sé.

—¿Quieres decir que hay que quitarse el traje?

—¡Pero tú estás loco! ¡Morirías congelado antes de salir arrastrándote ahí fuera!

Pienso. En esa posibilidad, en esa probabilidad, en el acto y el riesgo. Si lo hago rápido, quizá lo peor sea que algún grano afilado de este vidrio flotante se me incruste en la piel. En el peor de los casos podría perder la mano, pero incluso para eso existen reemplazos.

—Me quitaré el guante.

—No estás bien de la cabeza.

—Bloquearé al máximo la abertura hacia el antebrazo. Todo durará muy poco. Como mucho se me entumecerá la mano, podría tener hematomas, fractura de muñeca o congelación.

—Repíteme el código de arranque del Čunak, por si te mueres.

Aprieto el aro alrededor de la muñeca derecha. Enseguida comienza el hormigueo. Ya no siento ni la diferencia de temperatura sobre la piel ni la presión en los tejidos de la mano y el ajuste del aro alrededor de la muñeca. Me inclino lentamente, me arrodillo sobre una pierna y hundo la mano en el polvo.

Žu permanece inmóvil, en silencio. Intento olvidar el dolor y el malestar que me invaden y miro su visor. Parece una máscara con la boca abierta por el asombro. Pronto desaparece toda sensación en mi mano. Quizá ya ni siquiera tenga mano.

Como en otra realidad, veo a Karamázov Sr. regresar, y en el horizonte la luz de la nave drakariana.

Tan rápido como me es posible, levanto la mano y la observo. Los gritos de Karamázov y la respiración ruidosa de Žu me sostienen para que no me desmaye.

Fusionado con mi mano, ahora hay allí un bloque de heltarium del mismo tamaño y forma que ella, grisáceo y cubierto de polvo entre las grietas de los cristales acumulados. Con cada movimiento brilla tenuemente, pero sé que debajo resplandece, el más brillante y maravilloso de todo el universo.

Huimos de los drakarianos. Esos presumidos llevan en el frente de sus naves el relieve de una cabeza de dragón. Así asustan a la víctima a primera vista. Pero el Čunak es pequeño y rápido, y desapareció enseguida frente a las narices –o mejor dicho, las fosas– del depredador.

—Así que eso era la luz viva. Tu luz. También podría haber sido la mía —dice Žu, casi lamentándose.

—Podría, si los drakarianos no hubieran estado cerca. Incluso Karamázov Sr. apenas logró regresar.

Karamázov Sr., agotado por la caminata sobre Heltarij, ya está acostado cómodamente en la cámara esperando que la activemos.

Le mostramos rápidamente el bloque de heltarium. Disimulé de algún modo mi mano con tela para que no viera que los cristales estaban fusionados con lo que quedaba de ella. Estaba satisfecho y cansado, así que no comentó ni preguntó nada más.

—Me siento rico —dijo mientras se acomodaba en la cámara—. Hermano, lamento que ya no estés con nosotros. Tendré que buscar un nuevo compañero de cartas.

—¿Te duele? —pregunta Žu preocupado mientras se mete en su cámara—. ¿Qué harás cuando regresemos?

—No siento nada. Tendré que hacer que me amputen esta parte.

—¡Te cuidaré todo el tiempo que haga falta! ¡Y te conseguiré un gancho de pirata! —bromea Žu, aunque veo que está preocupado—. ¿Y por qué los drakarianos no hacen lo mismo? Al fin y al cabo hacen lo que quieren.

—Quizá no lo entendieron. Y para empezar, incluso si lo entendieran, no funcionaría. Sabes que son vampiros.

Žu reflexiona un instante y luego asiente.

—Sí. Entiendo. No tienen luz viva.

Al regresar, para empezar, Žu me consiguió rápidamente un guante negro. Parezco un veterano que perdió la mano en algún combate feroz.

Una semana después encontramos el taller del Maestro Cortador. Oculto en un sótano atestado de equipos y aparatos, allí corta y muele cristales de heltarium. La tecnología me pareció primitiva, pero guardé silencio por miedo a lo que pudiera venir después.

—Tendré que cauterizar el tejido de la mano después del corte. Sangrará durante un tiempo —me advirtió.

—Puedo explicarle… —balbuceé; trataba de narrar aquel fenómeno, pero solo pude pronunciar una sarta de incoherencias.

—¡No necesita decirme nada! Ese es mi acuerdo con los descubridores de heltarium —me interrumpió el Maestro Cortador—. Es justo. De todos modos, me pagarán bien. Con un grano de heltarium.

—No me interesa nada de lo que está diciendo. Me basta con lo que me dejarán. Y cuando terminemos el trabajo, yo los olvidaré y ustedes me olvidarán a mí.

Me preocupaba el trauma de la intervención.

—¿Y si lo dejamos así? Podría cortar solo una parte. Lo suficiente para mí, para usted y para mis compañeros. Siempre podría volver más adelante.

El Maestro, que resultaba ridículo con aquel delantal de cirujano y una gorra de joyero con lupa y luz incorporadas, permaneció callado un rato.

—Debo decirle algo. Algunos cristales crecen cuando están sobre una base adecuada. Y estos suyos tienen de dónde crecer: están dentro de la misma luz viva.

El viejo lo sabe todo. Alguien ya había descubierto aquello de la luz viva, pero evidentemente el secreto se guarda celosamente. De ahí, probablemente, las prohibiciones de aterrizar en Heltarij; para los afortunados, una estancia limitada y zonas restringidas de exploración. Una protección feroz del mercado. Y el Maestro Cortador, casi con seguridad, era de esos hombres para quienes la vida no tiene sentido sin trabajo. No le interesan la riqueza ni el poder, nada que vaya más allá del trabajo mismo. Aunque quizá, además del heltarium, también le guste cortar partes del cuerpo.

—Entonces esto seguirá creciendo.

—Sí. Se extenderá por su brazo; perderá también esa parte. Y si deja algo, continuará avanzando.

—Me convertirá en heltarium. Moriré. ¿Existe alguna posibilidad… de impedirlo?

El Maestro Cortador reflexionó un poco, se quitó la gorra y limpió la lupa.

—Parece ridículo, pero sí —dijo finalmente—. Mientras tome el medicamento, los cristales no avanzarán.

—¿El medicamento? ¿Cómo se llama?

—Tiene de sobra. Solo hay que prepararlo. Se llama Polvo Estelar.

Por un instante me quedo mudo y luego le tiendo la mano.

—Sierre. Triture. Muela. ¿Con qué se toma, agua o puede ser con alcohol?

Afuera me esperaban Žu y Karamázov Sr. Les di su parte. Nadie preguntó nada. Cuando consigues una riqueza así, al principio no necesitas ni una pizca más. Y después… después cada uno estará ya por su lado.

—¿Te cortó o qué…? —preguntó Žu cautelosamente cuando nos separamos de Karamázov Sr. Vio que todavía llevaba el guante negro.

—Me serró y trató el índice y el pulgar, y dejó el resto tal como estaba. Dice que los cristales siguen creciendo dentro de mi cuerpo, pero que puedo impedirlo tomando Polvo Estelar —y saqué un pequeño envoltorio insignificante del bolsillo.

—Uf, eso da escalofríos. ¿Qué? ¿También tu corazón se volvería cristalino?

—Todo.

Y ambos imaginamos lo mismo, así que nos echamos a reír.

 

Estoy sentado en la barra, en el mismo lugar desde donde partimos hacia Heltarij. Espero a Žu. Planea irse a Geja, que tanto le gustó. Parte del trayecto lo haremos juntos y luego, en el Cruce de Contrabandistas, venderemos el Čunak, compraremos nuevas identidades y naves; nos separaremos. Yo aún no sé a dónde iré… por los caminos hacia los que me empujen los vientos interestelares y la inspiración del momento.

La muchacha detrás de la barra se vuelve hacia mí y lo primero que veo son sus ojos. Me estremezco. Una exvampira. Tomó una dosis de Polvo Estelar para engañar al destino por un tiempo. Quién sabe qué habrá hecho para conseguirlo.

Mientras prepara mi bebida, la observo atentamente. Es hermosa. Si se exceptúan los ojos rojos.

—Oye, ¿cómo te llamas? —le pregunto. He notado que mantiene la mirada fija en mí un segundo más de lo necesario.

—Miskara —responde bajando la vista.

Saco las gafas de cristales complementarios.

—¿Drakariana?

—Ex drakariana. Mientras dure el efecto del poco Polvo Estelar que he ingerido.

—¿Por qué abandonaste a… los tuyos?

—Escapé.

—¿Hacia una vida mejor?

Ahora, a través de las gafas, sus iris parecen verdes. No puedo dejar de mirarlos. Recuerdo que los de su especie saben hipnotizar con la mirada, pero también las historias que cuentan que los drakarianos, rechazados en todas partes, cuando escasea el alimento organizan banquetes internos. Un escalofrío recorre mi cuerpo, incluso la antigua mano izquierda. Pienso en lo que harían si supieran toda la verdad sobre el heltarium y la luz viva. Me imagino derramamientos de sangre de víctimas semivivas o cuerpos enterrados vivos en el suelo de Heltarij, a cambio de una riqueza por la cual probablemente toda la galaxia aceptaría ponerse de su lado. ¿Y si los afortunados elegidos para aterrizar en Heltarij no fueran más que una farsa? ¿Una prueba destinada al pueblo para demostrar que el heltarium es difícil o casi imposible de encontrar?

¿Y a quién le importa ahora?

Estoy asegurado. Todo lo que deseo y puede comprarse está a mi alcance. No soy ningún luchador ni un justiciero. Solo un vagabundo que recibió su oportunidad y la aprovechó sin perjudicar a nadie.

Por la mañana había ido a buscar el taller del Maestro Cortador, pero encontré el sótano vacío. Era evidente que había sido utilizado, pero no quedaban rastros de equipos ni aparatos. Pensé en cómo el día anterior habíamos dejado a Karamázov Sr. esperándonos en una taberna miserable, mientras Žu permanecía cerca del taller por si yo necesitaba ayuda. Pero quizá Karamázov Sr. nos había seguido en secreto. Cuando después le entregué su parte, acordamos no volver a vernos y nos separamos. Así se hacen las cosas cuando se reparte el botín. Por muy honesto que pareciera jugando a las cartas, tal vez no lo fuera en la vida normal. Y quizá yo lo subestimé.

En estos mundos puede esperarse cualquier cosa. Hay que cuidarse.

Pienso en ello mientras bebo lentamente y observo a la vampira que por el momento no lo es. Žu aparece a mi lado.

—¿Qué pasa, conquistándola? —Me golpea con el codo. La chica se vuelve—. Uy, una drakariana —susurra junto a mi oído.

—Ahora no es peligrosa. Tomó Polvo Estelar. Ahora es casi como nosotros: una escoria galáctica común y corriente.

—Ten cuidado. Los vampiros nunca renuncian del todo a su naturaleza.

Yo mismo había llegado a esa conclusión poco antes.

—Por cierto, ¿conseguiste el permiso para atracar en el Cruce de Contrabandistas?

—Sí. Las tasas aumentaron muchísimo. El Cruce de Contrabandistas les molesta. Supuestamente. Porque así los peces gordos se enriquecen sin esfuerzo. Pero que se vayan al demonio… —y levanta el dedo medio.

—Sí, ahora eso ya nos da igual.

Žu se pone sus gafas y examina a la muchacha.

—Una belleza. ¿Cómo se llama?

—Miskara.

—Oiga, señora Kara, yo tomaría lo mismo —dice señalando mi vaso.

—Žu, ya tienes el alma en Geja. Adaptaste el nombre, ja, ja.

Él entendió. Y ella también. Le sonríe y asiente mientras él se lleva la mano al corazón e inclina ligeramente la cabeza. Es su manera de pedir disculpas y el modo en que Žu encanta a las mujeres.

—Escuché mal entonces. Invítala a cenar —me susurra—. Una cena normal, sin filetes sangrientos. Supongo que el Polvo Estelar todavía hace efecto.

—Podría hacerlo.

—Y también puedes llevarla a arreglarse los ojos. Supongo que puedes pagarlo. Que le cambien los iris y así no tendrás que perseguirla siempre con esas gafas anticuadas. Tendrás que darle el medicamento de vez en cuando, si siguen juntos mucho tiempo. Espolvorearla un poco. —Me guiña un ojo.

Miskara deja el vaso frente a Žu, pero me mira a mí y sonríe.

—Tengo suficiente polvo para cien de sus vidas —digo—. Y aún más.

—Creo que te enamoraste —dice Žu—. ¡Salud, héroe de la mano negra!

Jasmina Blažić nació en Zagreb, Croacia, en 1954. Actualmente está jubilada y vive en Zagreb con sus dos hijos. Se graduó en Ingeniería Civil por la Universidad de Zagreb y trabajó como ingeniera de diseño estructural y arquitectónico, además de experta en ingeniería civil, principalmente en estructuras de soporte para servicios de control de tráfico aéreo. Ahora pinta y escribe, sobre todo ficción especulativa y realista. Ha publicado numerosos relatos en antologías y revistas, y ha recibido varios premios por algunos de ellos. Anteriormente publicó una novela titulada «La maldición de Elizabeth», una historia de misterio. El año pasado publicó una novela romántica, «El árbol en el balcón». También se publicó el año pasado una colección de relatos titulada «Lovecraft contra Poe», que contiene catorce historias sobre personajes históricos en momentos posibles pero desconocidos de sus vidas, escritas como ficción especulativa.

 

REAL COMO LA VIDA