sábado, 9 de mayo de 2026

POLVO ESTELAR

Jasmina Blažić

 

—No me gusta el color de este mar —le digo a Žu.

Estoy sentado en la orilla poco profunda; las cálidas olas rojas me salpican y parezco un herido cubierto de sangre aguada.

Él me alcanza un vaso y unas gafas.

—Cristales complementarios.

La combinación de las gafas y la bebida fría me anima de inmediato. A través de los cristales veo el mar verde, igual que en aquel mundo del que acabamos de regresar. Fue un viaje largo y un largo sueño.

—Mar verde… si tuviera un poco de azul sería como en… Geja —comenta mientras se sienta a mi lado con sus propias gafas y su vaso.

Sí, era hermoso. Pero la hibernación deja huella. Mi piel parece la de una lombriz albina a través de la cual se transparentan venas verdosas, aunque las gafas hacen que se vean rojas. De algún modo eso me parece más natural, porque por nuestras venas corre sangre roja.

—Kon, con las gafas pareces un drakariano —dice Žu, como si me leyera el pensamiento—. Repleto de sangre, se nota enseguida. Y sin ellas, parece que estuvieras cubierto de espinaca y crema de cocina.

—¡No menciones a esos vampiros! Además, ¿cómo sabes tú siquiera qué aspecto tienen la espinaca y esa… crema?

—Mira, Konrad, yo leo lo que dice en los envases de las tabletas que tomamos antes de la hibernación. También hay fotos, pero para ti eso es perder el tiempo. A mí no me da igual lo que me trago.

—Todos tragamos lo mismo, solo que los dibujitos cambian cada vez. Por cierto, ¿dónde estuviste tanto tiempo?

—Tomé algo con los hermanos Karamázov. Me los encontré en el bar. Están celebrando.

—Hace cien años que no los vemos. Literalmente. ¿Qué celebran?

—Obtuvieron permiso para descender a Heltarij.

¡Descender a Heltarij! Esa mole cuyo origen nadie conoce, en el borde de la galaxia, el sueño de todos los vagabundos, piratas y ladrones. Solo se permite aterrizar allí con autorización galáctica, por poco tiempo y en una zona estrictamente delimitada, y aun así es algo raro.

—¡Vaya! ¿Compraron el permiso o lo consiguieron en el sorteo anual de afortunados? Qué lástima que no nos inscribimos; podríamos estar en su lugar.

—Ya es tarde para lamentarse. Y sí, exactamente, fueron los afortunados del sorteo. De todos modos no tienen dinero para comprarlo, seguro. Aunque, para decirte la verdad, a mí no me interesa. Pero nos hicieron una propuesta. Y creo que no es mala.

Heltarij está casi tan lejos como Geja. Otro viaje agotador en tan poco tiempo no me entusiasma demasiado.

—Nunca conocí a un ganador de lotería. Ni oí que alguien se hubiera hecho rico con un viaje premio a Heltarij.

—No son idiotas como para revelarse. Ya no existirían ni ellos ni su heltarium.

A Žu es fácil entusiasmarlo. Le gustan el riesgo y todo lo desconocido. Aun así, Geja no sale de su memoria ni de su corazón. Todos los días la menciona varias veces. Y cada dos veces dice que podría vivir allí, en vez de andar vagando continuamente en busca de cualquier cosa para ganar dinero y seguir vagando.

—Entonces, Kon, ¿vamos con ellos? —pregunta, como si se tratara de ir hasta el bar.

—¿Para cuántas personas es el permiso?

—Pues justamente para cuatro.

—¿Cuántas cámaras de hibernación tienen?

—Eeeeh… ahí está el problema —dice Žu arrastrando las palabras mientras se estira y mira su vaso como si lo hipnotizara. A través de las gafas veo rojas sus pupilas verdes, así que aparto la mirada—. No tienen cámaras.

—Entonces ¿venderían los permisos?

—No, subirían con nosotros.

—¿Por qué? ¿No tienen dinero para conseguir cámaras nuevas? ¿O se les averió la nave?

—Nooo… Mmm… la perdieron jugando a las cartas y por eso vendrían con nosotros. Les gusta viajar con nosotros. Eso dicen. Porque sabemos jugar bien. Y sin hacer trampas. Y todos podríamos hacernos ricos. Completamente legal. Eso lo digo yo.

En Heltarij no hay nada que hacer salvo buscar heltarium entre el polvo al atardecer. El heltarium a veces aparece en la superficie, insignificante como una piedra cualquiera que alguien hubiera arrojado o perdido al azar. Pequeños grumos aparecen aquí y allá, difíciles de distinguir entre el polvo parecido al hollín.

El heltarium es un cristal extraño, el más valioso que existe, diría yo. Supuestamente alguna vez fue diamante, pero esto está muy lejos de serlo. O quizá los diamantes no fueron estudiados lo suficiente.

Unos pocos cristales diminutos fusionados bastan… para todo. Pueden triturarse o molerse mediante aparatos especiales y una habilidad que, dicen, recuerda a la alquimia. Si introduces ese polvo en el cuerpo, se convierte en una panacea: un remedio que cura cualquier cosa. Lo llaman el antídoto contra la muerte. Su nombre oficial es Polvo Estelar.

En Heltarij aparece rara vez, de la nada. Los datos indican que las sondas que enviaron insistentemente al principio no pudieron determinar si existe en las profundidades. Las expediciones mineras con robots que dejaban de funcionar rápidamente sobre el suelo de Heltarij tampoco lograron comprender de qué ni cómo se forma. Después de eso se prohibió descender por cuenta propia a Heltarij y excavar su superficie. Ya se utiliza como componente en sofisticados dispositivos y equipos. Las expediciones oficiales a Heltarij a veces tienen éxito y regresan con algo de heltarium. El fragmento más pequeño basta para garantizar una vida cómoda a diez generaciones, así que probablemente al volver siempre se oculta algo. En el mercado negro a veces aparece un grano de heltarium. Y en la galaxia hay demasiados enriquecimientos inexplicables.

El pueblo, por su parte, cuenta que el heltarium crece igual que las plantas en otros lugares. Que necesita luz viva, una luz que atraiga algo hacia abajo para fusionarse en una nueva sustancia y emerger luego a la superficie. Pero eso de la luz nunca funcionó. Además, allí arriba nunca reina una oscuridad absoluta. De las estrellas y planetas cercanos llega una iluminación fantasmal demasiado débil para proyectar sombras sobre el aburrido paisaje de Heltarij.

—Con una piedrita de heltarium puedes comprarte un pequeño planeta y todas las mujeres que haya en él —solía decir Žu.

Él, tan pequeño y rechoncho, de cabello amarillento –de ahí su apodo–, no resulta atractivo para las mujeres. En cambio, ellas se pegan a mí: alto, de pelo largo, cuerpo ágil y edad difícil de determinar. Žu es divertido y educado; yo, callado y taciturno, a menudo sarcástico. Cuando estamos juntos, las mujeres notan menos nuestros defectos o nuestros malos detalles. Con un poco de heltarium seríamos ricos y sin defectos.

Y así, ahora viajamos hacia Heltarij con los hermanos Karamázov, provistos de permisos legales, libres del temor a que los guardianes galácticos nos intercepten y detengan.

Dormimos un poco y luego todos despertamos durante un tiempo para jugar a las cartas. Los Karamázov, adictos a un viejo juego galáctico, habían perdido su nave apostándola, pero la suerte volvió a sonreírles trayéndoles los permisos para Heltarij. Nos entregamos al juego en el pequeño pero cómodo Čunak, que nos arrastra a través del tejido invisible del universo. En hibernación probablemente soñamos con los mundos a los que iremos cuando encontremos heltarium. Cuando despertamos ya no lo recordamos. Ni siquiera es seguro que hayamos soñado. El tiempo no transcurre; nosotros atravesamos el tiempo. Los resultados del juego ni siquiera importan, porque las apuestas con las que contamos en el futuro cercano todavía son inaccesibles.

En algún punto del último tercio del viaje, una alarma nos arranca de la hibernación. Resulta que la cámara donde estaba Karamázov Jr. se averió. Por desgracia no conseguimos arrancarlo del abrazo hermético de la cápsula y exhaló el alma empañando la pantalla transparente. A veces pasa con los modelos viejos.

En medio de un malestar silencioso y un respeto sincero, expulsamos al espacio la cámara con Karamázov. Sucede; los viajes largos son arriesgados, aunque nadie quiera admitirlo. Karamázov Sr. quedó destrozado y triste durante un par de ciclos completos, pero la siguiente partida entre tres logró animarlo un poco. Hasta llegar a Heltarij ya no volvimos a entrar en las cámaras.

El descenso a Heltarij fue preciso y polvoriento.

—Imagínate que apenas aterricemos caigamos encima de una montaña de heltarium —murmura Žu mientras nos ponemos los trajes espaciales.

—¡Quédense quietos! —grita Karamázov Sr.—. Estoy ajustando la gravedad. Espero que todo esté bien asegurado.

Enrosco el guante de la mano izquierda.

—Todo bien de mi lado. Uniforme.

El traje está atravesado en una de sus capas por hilos que generan impulso. El cuerpo no lo percibe gracias al aislamiento gravitacional múltiple de las capas internas. El impulso disminuye o aumenta la atracción respecto de los factores externos. Gravedad artificial. Y el motor de ese ajuste programado son los hilos de la capa aislante, previamente impregnados con polvo de heltarium. Si quieres viajar, necesitas endeudarte casi de por vida para comprar estos trajes. Corrían rumores de que algunos ejemplares vendidos eran falsificaciones. Ahora no quiero pensar en las consecuencias de eso, aunque tampoco me deja indiferente.

Afuera reina el semioscuro. Camino entre un polvo parecido a diminutos fragmentos afilados de vidrio roto, impaciente y nervioso, apresurándome cuanto puedo para descubrir aunque sea una migaja de heltarium.

—Kon, más despacio —oigo decir a Žu—. Si sigues pateando así, todo este vidrio que levantaste flotará alrededor nuestro durante años. No veremos nada. Ni encontraremos nada.

Cuando examinamos el permiso y leímos el área autorizada para inspección, todavía al comienzo del viaje, acordamos que los Karamázov irían hacia los bordes y que Žu y yo permaneceríamos cerca de la nave. De todos modos, el tiempo de permanencia afuera es limitado debido al equipo que llevamos.

Ahora Karamázov Sr. tiene el código para entrar al Čunak y nosotros el código de arranque. Nosotros debemos esperarlo o ir a buscarlo si le sucede algo, y él no puede partir sin nosotros. Así es la costumbre. Nadie puede regresar sin el otro. Nada de trampas: juego limpio. Igual que en las cartas. El ochenta por ciento del heltarium, si se encuentra, pertenece al descubridor; el veinte por ciento se reparte entre los demás. Durante el regreso no se interrumpe la hibernación. Tras una verificación conjunta de todos los parámetros y órdenes, todos saltan a las cámaras exactamente al mismo tiempo.

—¿Cuánto tiempo nos queda? —me pregunta Žu.

Veo a Karamázov Sr. como un punto brillante que desaparece de vez en cuando dentro de una nube oscura. Evidentemente él también está removiendo el polvo vítreo con las piernas.

—Bastante. Pero temo que no encontremos nada. Esa linterna tuya no sirve de nada. Si hubiera algo, ya habría brillado un poco. O nos habríamos tropezado con ello.

Algunos granos de polvo, cuando se elevan impulsados por nuestras botas, centellean, y algunos son transparentes. A nuestro alrededor realmente parece estar cayendo polvo estelar.

No encontramos heltarium. Y, dado el entorno, podríamos haber pasado junto a él sin siquiera advertirlo.

El otro nombre de Heltarij es Fortuna Engañosa. Ahora sé por qué. Eres afortunado y decepcionado al mismo tiempo: la mejor prueba de la inutilidad de explicar el concepto del tiempo; todo es ahora y todo es inútil.

—No quería decírtelo —dice de pronto Žu, tímidamente—. Capté una señal de una nave drakariana allá arriba. Están cerca. A ellos no les importan los permisos.

—¡Esos sanguinarios! ¡Nos beberían la sangre y nos quitarían el heltarium! ¡Ni hablar!

—Entonces cállate y mira dónde pisas. Maldición, esto es agotador; me dijeron que así es recoger hongos en Geja.

Caminamos separados unos diez metros. Pero no encontramos nada.

—Escucha —me pregunta Žu—. ¿Qué dicen sobre cómo se forma este heltarium?

Podría haberlo preguntado arriba, en el Čunak, pero como siempre, me desconcentra en el peor momento.

—Crece gracias a la luz viva —cito de mala gana la vieja tradición popular.

—Pues ya debería haber crecido un bosque entero con toda la luz que emitimos —protesta.

Luego se hace el silencio. Žu permanece inmóvil. Está perdiendo tiempo innecesariamente.

—Espera, espera… ¿qué acabas de decir? ¿Crece gracias a la luz viva?

—Luz, simplemente. Aquí nunca hay oscuridad total. De vez en cuando se formará algún fragmento. ¿Cómo? De algún modo… ¡Y tú justo ahora te pones a pensar!

—¿Pero luz viva? —por el sonido noto que redujo el alcance del transmisor. Karamázov Sr. no puede oírnos.

—¿Recuerdas cuando estuvimos en Detir, ese agujero perdido al final de la galaxia, con aquel chamán que parecía una mazorca de maíz?

—¿Y tú cómo sabes cómo es una mazorca? ¿Dónde la viste?

—En el museo de posibles juguetes sexuales, en Geja.

—Siempre tienes a Geja en la cabeza.

—¿Y eso es un problema? ¿Recuerdas que el viejo te dijo que tenías el hígado enfermo?

Enseguida recuerdo el tratamiento agotador y todas las dietas que vinieron después. Pero valió la pena; otra vez puedo beber cantidades moderadas sin consecuencias.

—Te puso frente a él, en aquella cueva oscura que tenía, y te observó eternamente. Luego dijo: “La luz que emites es dorada y temblorosa, viva como un arroyo de montaña. Pero aquí, donde está tu hígado, no hay luz viva. Solo una mancha espesa y marrón”.

—Sí, lo recuerdo, pero eso ya es pasado.

—¡Pero no se trata de eso! ¡Luz viva! ¿Cómo no entiendes? ¡El aura! Somos nosotros. Ninguna luz atraviesa este traje hacia afuera. El heltarium necesita, para crecer o formarse, la luz de una criatura viva. O específicamente la nuestra, nuestras frecuencias. No me preguntes por qué, no lo sé.

—¿Quieres decir que hay que quitarse el traje?

—¡Pero tú estás loco! ¡Morirías congelado antes de salir arrastrándote ahí fuera!

Pienso. En esa posibilidad, en esa probabilidad, en el acto y el riesgo. Si lo hago rápido, quizá lo peor sea que algún grano afilado de este vidrio flotante se me incruste en la piel. En el peor de los casos podría perder la mano, pero incluso para eso existen reemplazos.

—Me quitaré el guante.

—No estás bien de la cabeza.

—Bloquearé al máximo la abertura hacia el antebrazo. Todo durará muy poco. Como mucho se me entumecerá la mano, podría tener hematomas, fractura de muñeca o congelación.

—Repíteme el código de arranque del Čunak, por si te mueres.

Aprieto el aro alrededor de la muñeca derecha. Enseguida comienza el hormigueo. Ya no siento ni la diferencia de temperatura sobre la piel ni la presión en los tejidos de la mano y el ajuste del aro alrededor de la muñeca. Me inclino lentamente, me arrodillo sobre una pierna y hundo la mano en el polvo.

Žu permanece inmóvil, en silencio. Intento olvidar el dolor y el malestar que me invaden y miro su visor. Parece una máscara con la boca abierta por el asombro. Pronto desaparece toda sensación en mi mano. Quizá ya ni siquiera tenga mano.

Como en otra realidad, veo a Karamázov Sr. regresar, y en el horizonte la luz de la nave drakariana.

Tan rápido como me es posible, levanto la mano y la observo. Los gritos de Karamázov y la respiración ruidosa de Žu me sostienen para que no me desmaye.

Fusionado con mi mano, ahora hay allí un bloque de heltarium del mismo tamaño y forma que ella, grisáceo y cubierto de polvo entre las grietas de los cristales acumulados. Con cada movimiento brilla tenuemente, pero sé que debajo resplandece, el más brillante y maravilloso de todo el universo.

Huimos de los drakarianos. Esos presumidos llevan en el frente de sus naves el relieve de una cabeza de dragón. Así asustan a la víctima a primera vista. Pero el Čunak es pequeño y rápido, y desapareció enseguida frente a las narices –o mejor dicho, las fosas– del depredador.

—Así que eso era la luz viva. Tu luz. También podría haber sido la mía —dice Žu, casi lamentándose.

—Podría, si los drakarianos no hubieran estado cerca. Incluso Karamázov Sr. apenas logró regresar.

Karamázov Sr., agotado por la caminata sobre Heltarij, ya está acostado cómodamente en la cámara esperando que la activemos.

Le mostramos rápidamente el bloque de heltarium. Disimulé de algún modo mi mano con tela para que no viera que los cristales estaban fusionados con lo que quedaba de ella. Estaba satisfecho y cansado, así que no comentó ni preguntó nada más.

—Me siento rico —dijo mientras se acomodaba en la cámara—. Hermano, lamento que ya no estés con nosotros. Tendré que buscar un nuevo compañero de cartas.

—¿Te duele? —pregunta Žu preocupado mientras se mete en su cámara—. ¿Qué harás cuando regresemos?

—No siento nada. Tendré que hacer que me amputen esta parte.

—¡Te cuidaré todo el tiempo que haga falta! ¡Y te conseguiré un gancho de pirata! —bromea Žu, aunque veo que está preocupado—. ¿Y por qué los drakarianos no hacen lo mismo? Al fin y al cabo hacen lo que quieren.

—Quizá no lo entendieron. Y para empezar, incluso si lo entendieran, no funcionaría. Sabes que son vampiros.

Žu reflexiona un instante y luego asiente.

—Sí. Entiendo. No tienen luz viva.

Al regresar, para empezar, Žu me consiguió rápidamente un guante negro. Parezco un veterano que perdió la mano en algún combate feroz.

Una semana después encontramos el taller del Maestro Cortador. Oculto en un sótano atestado de equipos y aparatos, allí corta y muele cristales de heltarium. La tecnología me pareció primitiva, pero guardé silencio por miedo a lo que pudiera venir después.

—Tendré que cauterizar el tejido de la mano después del corte. Sangrará durante un tiempo —me advirtió.

—Puedo explicarle… —balbuceé; trataba de narrar aquel fenómeno, pero solo pude pronunciar una sarta de incoherencias.

—¡No necesita decirme nada! Ese es mi acuerdo con los descubridores de heltarium —me interrumpió el Maestro Cortador—. Es justo. De todos modos, me pagarán bien. Con un grano de heltarium.

—No me interesa nada de lo que está diciendo. Me basta con lo que me dejarán. Y cuando terminemos el trabajo, yo los olvidaré y ustedes me olvidarán a mí.

Me preocupaba el trauma de la intervención.

—¿Y si lo dejamos así? Podría cortar solo una parte. Lo suficiente para mí, para usted y para mis compañeros. Siempre podría volver más adelante.

El Maestro, que resultaba ridículo con aquel delantal de cirujano y una gorra de joyero con lupa y luz incorporadas, permaneció callado un rato.

—Debo decirle algo. Algunos cristales crecen cuando están sobre una base adecuada. Y estos suyos tienen de dónde crecer: están dentro de la misma luz viva.

El viejo lo sabe todo. Alguien ya había descubierto aquello de la luz viva, pero evidentemente el secreto se guarda celosamente. De ahí, probablemente, las prohibiciones de aterrizar en Heltarij; para los afortunados, una estancia limitada y zonas restringidas de exploración. Una protección feroz del mercado. Y el Maestro Cortador, casi con seguridad, era de esos hombres para quienes la vida no tiene sentido sin trabajo. No le interesan la riqueza ni el poder, nada que vaya más allá del trabajo mismo. Aunque quizá, además del heltarium, también le guste cortar partes del cuerpo.

—Entonces esto seguirá creciendo.

—Sí. Se extenderá por su brazo; perderá también esa parte. Y si deja algo, continuará avanzando.

—Me convertirá en heltarium. Moriré. ¿Existe alguna posibilidad… de impedirlo?

El Maestro Cortador reflexionó un poco, se quitó la gorra y limpió la lupa.

—Parece ridículo, pero sí —dijo finalmente—. Mientras tome el medicamento, los cristales no avanzarán.

—¿El medicamento? ¿Cómo se llama?

—Tiene de sobra. Solo hay que prepararlo. Se llama Polvo Estelar.

Por un instante me quedo mudo y luego le tiendo la mano.

—Sierre. Triture. Muela. ¿Con qué se toma, agua o puede ser con alcohol?

Afuera me esperaban Žu y Karamázov Sr. Les di su parte. Nadie preguntó nada. Cuando consigues una riqueza así, al principio no necesitas ni una pizca más. Y después… después cada uno estará ya por su lado.

—¿Te cortó o qué…? —preguntó Žu cautelosamente cuando nos separamos de Karamázov Sr. Vio que todavía llevaba el guante negro.

—Me serró y trató el índice y el pulgar, y dejó el resto tal como estaba. Dice que los cristales siguen creciendo dentro de mi cuerpo, pero que puedo impedirlo tomando Polvo Estelar —y saqué un pequeño envoltorio insignificante del bolsillo.

—Uf, eso da escalofríos. ¿Qué? ¿También tu corazón se volvería cristalino?

—Todo.

Y ambos imaginamos lo mismo, así que nos echamos a reír.

 

Estoy sentado en la barra, en el mismo lugar desde donde partimos hacia Heltarij. Espero a Žu. Planea irse a Geja, que tanto le gustó. Parte del trayecto lo haremos juntos y luego, en el Cruce de Contrabandistas, venderemos el Čunak, compraremos nuevas identidades y naves; nos separaremos. Yo aún no sé a dónde iré… por los caminos hacia los que me empujen los vientos interestelares y la inspiración del momento.

La muchacha detrás de la barra se vuelve hacia mí y lo primero que veo son sus ojos. Me estremezco. Una exvampira. Tomó una dosis de Polvo Estelar para engañar al destino por un tiempo. Quién sabe qué habrá hecho para conseguirlo.

Mientras prepara mi bebida, la observo atentamente. Es hermosa. Si se exceptúan los ojos rojos.

—Oye, ¿cómo te llamas? —le pregunto. He notado que mantiene la mirada fija en mí un segundo más de lo necesario.

—Miskara —responde bajando la vista.

Saco las gafas de cristales complementarios.

—¿Drakariana?

—Ex drakariana. Mientras dure el efecto del poco Polvo Estelar que he ingerido.

—¿Por qué abandonaste a… los tuyos?

—Escapé.

—¿Hacia una vida mejor?

Ahora, a través de las gafas, sus iris parecen verdes. No puedo dejar de mirarlos. Recuerdo que los de su especie saben hipnotizar con la mirada, pero también las historias que cuentan que los drakarianos, rechazados en todas partes, cuando escasea el alimento organizan banquetes internos. Un escalofrío recorre mi cuerpo, incluso la antigua mano izquierda. Pienso en lo que harían si supieran toda la verdad sobre el heltarium y la luz viva. Me imagino derramamientos de sangre de víctimas semivivas o cuerpos enterrados vivos en el suelo de Heltarij, a cambio de una riqueza por la cual probablemente toda la galaxia aceptaría ponerse de su lado. ¿Y si los afortunados elegidos para aterrizar en Heltarij no fueran más que una farsa? ¿Una prueba destinada al pueblo para demostrar que el heltarium es difícil o casi imposible de encontrar?

¿Y a quién le importa ahora?

Estoy asegurado. Todo lo que deseo y puede comprarse está a mi alcance. No soy ningún luchador ni un justiciero. Solo un vagabundo que recibió su oportunidad y la aprovechó sin perjudicar a nadie.

Por la mañana había ido a buscar el taller del Maestro Cortador, pero encontré el sótano vacío. Era evidente que había sido utilizado, pero no quedaban rastros de equipos ni aparatos. Pensé en cómo el día anterior habíamos dejado a Karamázov Sr. esperándonos en una taberna miserable, mientras Žu permanecía cerca del taller por si yo necesitaba ayuda. Pero quizá Karamázov Sr. nos había seguido en secreto. Cuando después le entregué su parte, acordamos no volver a vernos y nos separamos. Así se hacen las cosas cuando se reparte el botín. Por muy honesto que pareciera jugando a las cartas, tal vez no lo fuera en la vida normal. Y quizá yo lo subestimé.

En estos mundos puede esperarse cualquier cosa. Hay que cuidarse.

Pienso en ello mientras bebo lentamente y observo a la vampira que por el momento no lo es. Žu aparece a mi lado.

—¿Qué pasa, conquistándola? —Me golpea con el codo. La chica se vuelve—. Uy, una drakariana —susurra junto a mi oído.

—Ahora no es peligrosa. Tomó Polvo Estelar. Ahora es casi como nosotros: una escoria galáctica común y corriente.

—Ten cuidado. Los vampiros nunca renuncian del todo a su naturaleza.

Yo mismo había llegado a esa conclusión poco antes.

—Por cierto, ¿conseguiste el permiso para atracar en el Cruce de Contrabandistas?

—Sí. Las tasas aumentaron muchísimo. El Cruce de Contrabandistas les molesta. Supuestamente. Porque así los peces gordos se enriquecen sin esfuerzo. Pero que se vayan al demonio… —y levanta el dedo medio.

—Sí, ahora eso ya nos da igual.

Žu se pone sus gafas y examina a la muchacha.

—Una belleza. ¿Cómo se llama?

—Miskara.

—Oiga, señora Kara, yo tomaría lo mismo —dice señalando mi vaso.

—Žu, ya tienes el alma en Geja. Adaptaste el nombre, ja, ja.

Él entendió. Y ella también. Le sonríe y asiente mientras él se lleva la mano al corazón e inclina ligeramente la cabeza. Es su manera de pedir disculpas y el modo en que Žu encanta a las mujeres.

—Escuché mal entonces. Invítala a cenar —me susurra—. Una cena normal, sin filetes sangrientos. Supongo que el Polvo Estelar todavía hace efecto.

—Podría hacerlo.

—Y también puedes llevarla a arreglarse los ojos. Supongo que puedes pagarlo. Que le cambien los iris y así no tendrás que perseguirla siempre con esas gafas anticuadas. Tendrás que darle el medicamento de vez en cuando, si siguen juntos mucho tiempo. Espolvorearla un poco. —Me guiña un ojo.

Miskara deja el vaso frente a Žu, pero me mira a mí y sonríe.

—Tengo suficiente polvo para cien de sus vidas —digo—. Y aún más.

—Creo que te enamoraste —dice Žu—. ¡Salud, héroe de la mano negra!

Jasmina Blažić nació en Zagreb, Croacia, en 1954. Actualmente está jubilada y vive en Zagreb con sus dos hijos. Se graduó en Ingeniería Civil por la Universidad de Zagreb y trabajó como ingeniera de diseño estructural y arquitectónico, además de experta en ingeniería civil, principalmente en estructuras de soporte para servicios de control de tráfico aéreo. Ahora pinta y escribe, sobre todo ficción especulativa y realista. Ha publicado numerosos relatos en antologías y revistas, y ha recibido varios premios por algunos de ellos. Anteriormente publicó una novela titulada «La maldición de Elizabeth», una historia de misterio. El año pasado publicó una novela romántica, «El árbol en el balcón». También se publicó el año pasado una colección de relatos titulada «Lovecraft contra Poe», que contiene catorce historias sobre personajes históricos en momentos posibles pero desconocidos de sus vidas, escritas como ficción especulativa.

 

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