Iván Bojtor
(Un epígono de
Lovecraft)
Me encontré con Randolph Carter en
el camino hacia Narath, la de las cúpulas de calcedonia. Cuando me vio, me
observó con desconcierto. En lugar de saludarme, me preguntó algo, y luego dijo
algo más, una noticia espantosa, algo tan terrible que desperté sobresaltado
por el horror.
El corazón me latía en las sienes y
jadeaba en busca de aire. Cuando me calmé –tal vez incluso me había vuelto a
dormir mientras tanto– intenté recordar sus palabras, pero por más que forcé mi
mente, no conseguí evocarlas. Por la mañana quise llamar a mi trabajo para
pedir unos días libres, pero aquel maldito aparato no funcionaba por alguna
razón, y más tarde terminé olvidándolo. Pasé todo el día caminando de un lado a
otro por la habitación o quedándome frente a la ventana contemplando la niebla,
mientras evocaba el camino revestido de mármol verde azulado y a Carter
acercándose hacia mí, mirándome fijamente y preguntando algo… pero fue inútil.
No me rendí. Recorrí una y otra vez el camino de mi sueño en mi pensamiento.
Había partido desde la cascada de
Morana, de aguas negras como la noche, donde contemplé durante largo tiempo el
juego de luces brillando sobre las gotas y escuché el rugido amenazante hasta
que un grito resonó en el aire. La balsa fue soltada de la orilla y la
corriente nos arrastró consigo. Corríamos entre las espumas negras, entre
riscos verde oliva que se alzaban a ambos lados, internándonos en una inmensa
selva cargada de aromas desconocidos. Anochecía. Entre las ramas retorcidas de
árboles centenarios, aves de plumas doradas despedían el día con sus cantos. En
la luz menguante, el río cobraba vida. Desde las profundidades, bancos de peces
de resplandor azul ascendían cerca de la superficie para atraer hacia el agua,
con su luz, a las mariposas incoloras de la noche.
Hasta el amanecer escuché las
desgarradoras canciones del temerario pueblo de balseros. Para cuando el sol
tiñó de rojo la cima azul hielo de la lejana montaña Harien, el Morana también
se había calmado y serpenteaba lentamente por una llanura arenosa que parecía
infinita.
En la desembocadura del Oukranos,
que vierte sus aguas en el Morana, me despedí de mis compañeros y subí a una
galera ricamente tallada para remontar el río. Todos los pasajeros se dirigían
hacia Thran, la de las torres doradas, para continuar desde allí a pie hacia
Narath, la de las cúpulas de calcedonia, donde se celebraría la fiesta. Venían
de Ulthar, del otro lado del río Skai; venían de Ghram, de la tierra de Shantay
eternamente cubierta por una niebla violeta; y de Ilek-Vad, que se alza sobre
peñascos de cristal. Venían para bailar y festejar durante tres días y tres
noches, y para escuchar el canto de desconocidos bardos que navegaban sobre el
azul del cielo… Y entonces, allí, en el camino que atravesaba el bosque cargado
de aromas especiados, vi a Carter. Vi el horror en su rostro, vi moverse sus
labios, pero no logré comprender lo que decía.
Me tranquilicé pensando que en mi
sueño, durante la fiesta, terminaría enterándome de todo. Pero aquella
esperanza también se desvaneció durante la noche, porque no logré dormir ni un
instante.
Antes del amanecer, mientras
avanzaba tambaleándome por la calle desierta rumbo al trabajo, me invadió la
sensación de que alguien me observaba. Miré nerviosamente a mi alrededor, pero
no vi a nadie. De pronto, desde algún lugar –quizá desde uno de los portales
oscuros– surgió una figura con aspecto de vagabundo. Su abrigo le llegaba casi
hasta los tobillos. La escarcha se había congelado sobre su larga barba gris y
sucia; debía de llevar mucho tiempo esperando allí. Me detuve un instante y
traté de rodearlo.
—Traigo una carta —dijo detrás de
mí con voz ronca. No me detuve. Tal vez no hablaba conmigo, pensé. Pero volvió
a gritarme—: ¡Eh! Traigo una carta para usted, de Carter. De Randolph Carter. —Me
di vuelta. Sacó de un bolsillo de su abrigo mugriento una hoja que brillaba
tenuemente con un resplandor verdoso—. Carter dijo que esperara la respuesta y
que se la llevara. Pero yo ya no volveré allí. Así que haga lo que quiera
—gruñó con odio, mientras me ponía la carta en la mano.
Antes de que pudiera preguntarle
nada, echó a correr. Quise gritarle, pero al verlo desvanecerse en medio de la
calle como si se hubiera convertido en niebla, ningún sonido salió de mi boca.
Guardé la carta en mi bolso y
emprendí el regreso a casa bajo la luz de las lámparas color pergamino.
No comprendía cómo aquel vagabundo
había conseguido sacar la carta de ese otro mundo. Yo mismo lo había intentado
algunas veces con los pétalos iridiscentes y espinosos de la flor del árbol
satia, pero por más que los ocultara en mi palma, al despertar y abrir el puño
cerrado, siempre encontraba únicamente el dolor.
Ya en casa examiné la carta. Apenas
brillaba y su color también se había apagado; en los bordes se desdibujaban los
elegantes signos thranianos trazados con tinta roja. Aun así, conseguí
descifrar que en Ilek-Vad el trono de ópalo se había resquebrajado y que sobre
los muros de Thran, la de las torres doradas, una mano invisible había pintado
enormes signos oscuros.
Eso era todo lo que decía.
Al observar con más atención la
hoja, vi que le habían arrancado un fragmento de la parte inferior. Seguramente
Carter había copiado allí la espantosa inscripción, pero por alguna razón esa
parte nunca llegó hasta mí. Cuando intenté leerla de nuevo buscando algún
significado oculto en aquellos signos, la escritura desapareció y lentamente
también se extinguió la luz de la carta.
Sentado en el sillón observé
durante mucho tiempo la ventana negra. Aún no amanecía. Poco a poco el sueño me
envolvió y finalmente crucé flotando hacia aquel otro mundo.
La cascada del Morana rugía con
furia. Las aguas antaño negras como la noche descendían ahora como una masa
gris. El canto de las aves de plumas doradas sonaba apenas como graznidos, y
las canciones de los balseros parecían alaridos. Apenas podía esperar el
momento de desembarcar y subir a una fastuosa galera de proa dorada, pero en la
desembocadura del Oukranos no encontré ni una sola embarcación. Emprendí a pie
el camino hacia Thran, la de las mil torres. No me crucé con un alma en todo el
trayecto. Apenas reconocí la ciudad: sus torres se desmoronaban, las enormes
puertas de metal yacían en el polvo y el brillo de sus pulidos muros de
alabastro se había apagado. Solo resplandecían en medio de la grisura los
signos de aquella espantosa pintura. La inscripción estaba dirigida a mí. En
cuanto la vi, las palabras de Carter regresaron de inmediato a mi memoria:
—¿Qué haces aquí? ¡Tú ya estás
muerto!

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