Mariano Buscaglia
Estaba
seguro de que ese era el camino habitual: el atajo a través de la calle
Reconquista. Sabía también que algo lo esperaba unas cuadras más arriba. ¿Su
trabajo? ¿Su casa? ¿Su verdugo? Tenía la certeza que su nombre era Osvaldo. Y
dedujo, por el anillo que llevaba en su mano derecha, que estaba casado. Todos
esos recuerdos, sin embargo, eran brumosos y no había duda de que algo iba mal.
Muy mal.
Pero lo peor era observar a los coches
magnéticos, esos enormes carromatos negros con farolas rojas, que se detenían a
su lado. Observar las cabezas de los conductores que lo miraban con expresión
conturbada desde el interior de las ventanillas de sus vehículos.
“¿Qué ocurre? ¿Qué ven en mí?”
Se detuvo en una esquina, dos mujeres que
caminaban tomadas del brazo, emperifolladlas en unos vestidos tubulares con
sombreros cubiertos de flores artificiales, se separaron y dejaron escapar un
grito, mirándolo con expresión de espanto.
Osvaldo observó sus manos, miró su
vestimenta… Todo parecía estar en orden.
—Pero, ¿qué pasa?
Siguió cuesta arriba por la estrecha
callejuela ensombrecida por los rascacielos. Echó una mirada hacia lo alto. Los
coches aéreos no parecían detenerse ante la singularidad que tanto llamaba la
atención de los transeúntes.
—Me llamo Osvaldo…
Recordaba su nombre, pero no lograba
deducir cómo había llegado a esa calle. Insistió: “Algo sucedió… ¿Un
accidente?”
El estruendo de un caño de escape aturdió
sus sentidos. Una motocohete se atravesó en la calle y un policía enfundado en
un traje de cuero oscuro, en el que brillaba una placa enchapada en plata, le
hizo una seña.
—¡Alto ahí! —le gritó.
Osvaldo intentó alzar sus cejas, pero no
pudo. Llevó las manos a su rostro y vaciló. Sus dedos tantearon una superficie
metalizada, dura, cubierta de protuberancias que semejaban botones o rejillas.
No recordaba haberse colocado un casco sobre la cabeza, empero... Quiso
encontrar la perilla o la cintilla que debía cruzar su mentón, pero no halló
ninguna abertura entre su cuello y su cabeza. No había nada. La epidermis de su
cogote parecía adherirse o fusionarse con esa caja.
—¡Doctor Osvaldo Platter! ¡Deténgase ahí!
—gritó el policía.
Un sonido eléctrico emergió de una especie
de parlante que ocupaba el lugar de su boca. El policía desabotonó la
cartuchera donde colgaba su pistola atómica y su mano permaneció presta para
alzar el arma.
Osvaldo o ese tal “doctor Osvaldo Platter”
intentó explicarse, porque, sin lugar a duda, había una equivocación. No
recordaba ese apellido… Pero del parlante solo emergió un sonido irritante, a
dial de radio sucio, a señal perdida. Alzó sus brazos e hizo algunas señas,
pero el policía comenzó a ponerse nervioso. La gente se detuvo e hizo un corro
alrededor del hombre de la ley. Incluso los coches aéreos disminuyeron su
marcha para observar el escándalo, alterando el tráfico celestial.
El hombre se sintió frustrado y agotado.
No sabía qué ocurría, ni por qué tenía ese trozo romboide de metal ocupando el
espacio de su cabeza, porque ya casi no le quedaba duda de que alguien le había
trasplantado ese televisor en el lugar del cráneo. No quería dejarse llevar por
la desesperación, pero la situación era alarmante.
—¡No me obligue a disparar, doctor!
“¿Dispararle?” “¿Por qué haría algo así?”
Platter, porque sin duda era ese tal Platter, dio un paso hacia adelante. El
policía alzó su pistola atómica. Y fue lo último que hizo. Un haz de rayos
emergió de la esfera esmerilada y cubierta por una telilla enrejada que cumplía
la función de sus ojos. Los rayos carbonizaron al hombre de la ley. El viento
se encargó de esparcir una nube de cenizas oscuras y ascuas incandescentes.
La turba se dispersó lanzando alaridos y
los coches aceleraron su marcha. El espectáculo había adquirido un matiz
circense demasiado sangriento para sus paladares. Osvaldo no sabía cómo había
sucedido aquello, pero comprendió que otra voluntad lo dominaba. La voluntad
que convivía dentro de él, dentro de ese romboide que había remplazado su
cabeza.
Desesperado, echó a correr. Atravesó las
calles en dirección al Bajo. Muy pronto dejó atrás las vías más pobladas y
entró en esa zona fronteriza del puerto donde deambulaba la resaca de la
sociedad. Se coló en un callejón y caminó por entre unas casuchas hasta
encontrar la puerta de un bar de mala muerte. Tiró del picaporte y entró.
Una rápida mirada le indicó que el
establecimiento estaba poblado por unos pocos borrachos consuetudinarios y semi
comatosos. El barman, un gorila de casi dos metros de altura, secaba sobre el
mostrador unas diminutas copitas de whisky.
—¡Aquí no atendemos marcianos! ¡Fuera!
—¡No soy ningún marciano! Soy el doctor
Osvaldo Platter
Más que la confesión, le asombró la voz
¡Su voz! Emergiendo de su garganta hasta ese parlante que tenía adosado por
boca. El sonido era metálico y rechinante, pero audible. El barman frunció su
entrecejo y pasó de un extremo a otro de sus labios el mondadientes
reblandecido que mordisqueaba.
—¿Qué quiere beber?
—Una ginebra Bols, por favor
El camarero se agachó y tomó una vieja
botella de ginebra, la repasó con un trapo y luego vertió un dedo sobre un
vaso. Deslizó el vaso sobre el humedecido mostrador y aguardó. Osvaldo se
acercó y cerró su mano sobre la consumición. Se preguntó si tendría sentido
llevar ese líquido hasta el parlante que ahora le oficiaba de boca. No lo
sabía, por lo que alzó la mano. En ese momento, escuchó un pitido en el
interior de su cabeza y, como cuando lo atacó el policía, actuó sin meditación
alguna. Giró sobre sus pies, dejó caer el vaso y un haz de fuego emergió de su
único ojo artificial. Dos policías se cubrieron de llamas, vacilaron un
instante y luego atravesaron el bar como si fuesen antorchas humanas, hasta que
cayeron sobre las baldosas. Uno de los borrachos tuvo suficiente presencia de
ánimo para tomar un matafuego y apagar las llamas que cubrían a los hombres de
la ley. Cuando el vapor artificial se disipó un poco, Osvaldo descubrió que los
dos policías se habían transformados en carbones.
—Usted…
—Lo siento mucho… Pagaré los daños… No sé
qué me sucede… Es esta cabeza…
Otro rayo emergió de su ojo y vaporizó la
mitad del cuerpo del comerciante que se desplomó junto a las entrañas humeantes
que emergieron del interior de su cuerpo. En su mano llevaba una pistola de
rayos lista para disparar.
Osvaldo buscó la salida trasera a través
de la cocina y escapó acompañado de los gritos de los borrachos. Sobre
mostrador dejó el dinero que supuso había costado esa ginebra que no pudo
beber.
Se alejó tropezando con cirujas y
opiómanos selenitas que yacían tirados entre la basura y buscó refugio debajo
de una escalera de metal. Arriba, las patrullas policiales batían en su busca todos
los rincones de la ciudad.
En esa zona, las luces de la metrópolis
apenas llegaban como una lejana fosforescencia. Solo los desclasados se
aventuraban a esas orillas que eran dominadas por los anfibios del Riachuelo.
Los que se habían adaptado a la vida subacuática tras las consecuencias
radioactivas de la bomba del 32.
Pero Osvaldo comprendió que ya no debía
temerle a nada. Se acomodó entre un manojo de papeles mugrientos e intentó
dormitar. Pero no sabía cómo cerrar ese ojo sin párpado ni hacer descansar el
procesador que había remplazado su materia gris. Hurgó su cabeza en busca de
alguna perilla, pero se preguntó que de encontrarla, por puro azar, si
existiera, sería como suicidarse, porque nunca podría volver a encenderse a sí
mismo. Por lo que dejó el rombo metálico en paz y trató de reflexionar acerca
de su contrariedad.
El cansancio físico sumado a esa especie
de trance en que cayó tras echarse a dormitar bajo el rincón de la escalera,
provocó que los circuitos de su cabeza electrónica, de alguna manera, se
relajaran y dejaran libre la información que, hasta ese momento, había estado
encriptada.
El doctor Osvaldo Platter recordó.
Rememoró sus trabajos en el laboratorio, la búsqueda de una inteligencia
mecánica perfecta. Un cerebro artificial que procesara la información más
rápido que cualquier humano, una máquina que sirviera, también, de repositorio
de inteligencias humanas. Un híbrido mediante el cual la humanidad pudiese
jugar con la inmortalidad.
Esa noche había bebido de más. Había
trasuntado más botellas de ginebra de las que su hígado podía digerir. Los
vómitos y el llanto no ayudaron a liberar la angustia que lo dominaba. Por lo
que, vacilante, en zigzag y trastabillando, regresó a su laboratorio bajo la
lluvia helada de la madrugada.
Su robot cirujano salió del estado latente
y lo recibió como si fuese un nuevo día. El doctor no lo corrigió. Le dijo que
ya había encontrado su cobayo, que dispusiera la mesa de operaciones, que esa
noche harían el trasplante en un cuerpo humano; quería dejar de sentir dolor.
El robot era eficiente, lo había
programado para realizar esa delicada operación. Fueron diez horas en el
quirófano que había preparado en el sótano de su sala de experimentos. El
cirujano electrónico transfirió sus recuerdos a las bombas cristalizadas en
sulfato de zinc de la memoria que había adosado dentro de la caja que le
serviría de cabeza y cerebro. Una computadora que además era capaz de
defenderlo de casi cualquier amenaza.
Antes de echarse sobre el camastro, le hizo
un pedido al cirujano.
—Envía la cabeza por correo a mi casa, a
nombre de mi esposa, dile que la cuelgue en la sala de estar, junto a los
trofeos que fue acumulando en vida. Dile que ya no soporto sus engaños y,
también, dile que todavía la amo.
El hombre mecánico tomó nota en una
pequeña libreta de papel que dejó sobre una mesita ratona donde había
dispuestos todas las sierras y escalpelos con los que decapitaría al doctor.
Cuando su recuerdo se disipó, Osvaldo
aguardó el tiempo necesario en que una lágrima imaginaria se hubiese deslizado
por su mejilla. Luego alzó su mano y buscó la perilla. Ya recordaba dónde estaba.
Tiró hacia abajo y el mundo se apagó.
Mariano Buscaglia nació en Buenos Aires, Argentina, en 1976. En 2015 creó
el sello Ediciones Ignotas que rescata
literatura policial y fantástica argentina relegada al olvido. Editó para la
Biblioteca Nacional los libros policiales de la colección “Disparos en la
Biblioteca”. Participó como guionista en la segunda etapa de Fierro y fue jefe
de redacción de la revista en su etapa web. Publicó novelas, cuentos y
artículos con las editoriales InterZona, La Otra Gemela, Fan Ediciones y Borde Perdido
y en revistas como Salvaje Sur, Cineficción, Sensacional, Cuaderno de la
Biblioteca, entre otras.

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