viernes, 8 de mayo de 2026

UN CORAZÓN PARA UN CEREBRO ELECTRÓNICO

Mariano Buscaglia

 

Estaba seguro de que ese era el camino habitual: el atajo a través de la calle Reconquista. Sabía también que algo lo esperaba unas cuadras más arriba. ¿Su trabajo? ¿Su casa? ¿Su verdugo? Tenía la certeza que su nombre era Osvaldo. Y dedujo, por el anillo que llevaba en su mano derecha, que estaba casado. Todos esos recuerdos, sin embargo, eran brumosos y no había duda de que algo iba mal. Muy mal.

Pero lo peor era observar a los coches magnéticos, esos enormes carromatos negros con farolas rojas, que se detenían a su lado. Observar las cabezas de los conductores que lo miraban con expresión conturbada desde el interior de las ventanillas de sus vehículos.

“¿Qué ocurre? ¿Qué ven en mí?”

Se detuvo en una esquina, dos mujeres que caminaban tomadas del brazo, emperifolladlas en unos vestidos tubulares con sombreros cubiertos de flores artificiales, se separaron y dejaron escapar un grito, mirándolo con expresión de espanto.

Osvaldo observó sus manos, miró su vestimenta… Todo parecía estar en orden.

—Pero, ¿qué pasa?

Siguió cuesta arriba por la estrecha callejuela ensombrecida por los rascacielos. Echó una mirada hacia lo alto. Los coches aéreos no parecían detenerse ante la singularidad que tanto llamaba la atención de los transeúntes.

—Me llamo Osvaldo…

Recordaba su nombre, pero no lograba deducir cómo había llegado a esa calle. Insistió: “Algo sucedió… ¿Un accidente?”

El estruendo de un caño de escape aturdió sus sentidos. Una motocohete se atravesó en la calle y un policía enfundado en un traje de cuero oscuro, en el que brillaba una placa enchapada en plata, le hizo una seña.

—¡Alto ahí! —le gritó.

Osvaldo intentó alzar sus cejas, pero no pudo. Llevó las manos a su rostro y vaciló. Sus dedos tantearon una superficie metalizada, dura, cubierta de protuberancias que semejaban botones o rejillas. No recordaba haberse colocado un casco sobre la cabeza, empero... Quiso encontrar la perilla o la cintilla que debía cruzar su mentón, pero no halló ninguna abertura entre su cuello y su cabeza. No había nada. La epidermis de su cogote parecía adherirse o fusionarse con esa caja.

—¡Doctor Osvaldo Platter! ¡Deténgase ahí! —gritó el policía.

Un sonido eléctrico emergió de una especie de parlante que ocupaba el lugar de su boca. El policía desabotonó la cartuchera donde colgaba su pistola atómica y su mano permaneció presta para alzar el arma.

Osvaldo o ese tal “doctor Osvaldo Platter” intentó explicarse, porque, sin lugar a duda, había una equivocación. No recordaba ese apellido… Pero del parlante solo emergió un sonido irritante, a dial de radio sucio, a señal perdida. Alzó sus brazos e hizo algunas señas, pero el policía comenzó a ponerse nervioso. La gente se detuvo e hizo un corro alrededor del hombre de la ley. Incluso los coches aéreos disminuyeron su marcha para observar el escándalo, alterando el tráfico celestial.

El hombre se sintió frustrado y agotado. No sabía qué ocurría, ni por qué tenía ese trozo romboide de metal ocupando el espacio de su cabeza, porque ya casi no le quedaba duda de que alguien le había trasplantado ese televisor en el lugar del cráneo. No quería dejarse llevar por la desesperación, pero la situación era alarmante.

—¡No me obligue a disparar, doctor!

“¿Dispararle?” “¿Por qué haría algo así?” Platter, porque sin duda era ese tal Platter, dio un paso hacia adelante. El policía alzó su pistola atómica. Y fue lo último que hizo. Un haz de rayos emergió de la esfera esmerilada y cubierta por una telilla enrejada que cumplía la función de sus ojos. Los rayos carbonizaron al hombre de la ley. El viento se encargó de esparcir una nube de cenizas oscuras y ascuas incandescentes.

La turba se dispersó lanzando alaridos y los coches aceleraron su marcha. El espectáculo había adquirido un matiz circense demasiado sangriento para sus paladares. Osvaldo no sabía cómo había sucedido aquello, pero comprendió que otra voluntad lo dominaba. La voluntad que convivía dentro de él, dentro de ese romboide que había remplazado su cabeza.

Desesperado, echó a correr. Atravesó las calles en dirección al Bajo. Muy pronto dejó atrás las vías más pobladas y entró en esa zona fronteriza del puerto donde deambulaba la resaca de la sociedad. Se coló en un callejón y caminó por entre unas casuchas hasta encontrar la puerta de un bar de mala muerte. Tiró del picaporte y entró.

Una rápida mirada le indicó que el establecimiento estaba poblado por unos pocos borrachos consuetudinarios y semi comatosos. El barman, un gorila de casi dos metros de altura, secaba sobre el mostrador unas diminutas copitas de whisky.

—¡Aquí no atendemos marcianos! ¡Fuera!

—¡No soy ningún marciano! Soy el doctor Osvaldo Platter

Más que la confesión, le asombró la voz ¡Su voz! Emergiendo de su garganta hasta ese parlante que tenía adosado por boca. El sonido era metálico y rechinante, pero audible. El barman frunció su entrecejo y pasó de un extremo a otro de sus labios el mondadientes reblandecido que mordisqueaba.

—¿Qué quiere beber?

—Una ginebra Bols, por favor

El camarero se agachó y tomó una vieja botella de ginebra, la repasó con un trapo y luego vertió un dedo sobre un vaso. Deslizó el vaso sobre el humedecido mostrador y aguardó. Osvaldo se acercó y cerró su mano sobre la consumición. Se preguntó si tendría sentido llevar ese líquido hasta el parlante que ahora le oficiaba de boca. No lo sabía, por lo que alzó la mano. En ese momento, escuchó un pitido en el interior de su cabeza y, como cuando lo atacó el policía, actuó sin meditación alguna. Giró sobre sus pies, dejó caer el vaso y un haz de fuego emergió de su único ojo artificial. Dos policías se cubrieron de llamas, vacilaron un instante y luego atravesaron el bar como si fuesen antorchas humanas, hasta que cayeron sobre las baldosas. Uno de los borrachos tuvo suficiente presencia de ánimo para tomar un matafuego y apagar las llamas que cubrían a los hombres de la ley. Cuando el vapor artificial se disipó un poco, Osvaldo descubrió que los dos policías se habían transformados en carbones.

—Usted…

—Lo siento mucho… Pagaré los daños… No sé qué me sucede… Es esta cabeza…

Otro rayo emergió de su ojo y vaporizó la mitad del cuerpo del comerciante que se desplomó junto a las entrañas humeantes que emergieron del interior de su cuerpo. En su mano llevaba una pistola de rayos lista para disparar.

Osvaldo buscó la salida trasera a través de la cocina y escapó acompañado de los gritos de los borrachos. Sobre mostrador dejó el dinero que supuso había costado esa ginebra que no pudo beber.

Se alejó tropezando con cirujas y opiómanos selenitas que yacían tirados entre la basura y buscó refugio debajo de una escalera de metal. Arriba, las patrullas policiales batían en su busca todos los rincones de la ciudad.

En esa zona, las luces de la metrópolis apenas llegaban como una lejana fosforescencia. Solo los desclasados se aventuraban a esas orillas que eran dominadas por los anfibios del Riachuelo. Los que se habían adaptado a la vida subacuática tras las consecuencias radioactivas de la bomba del 32.

Pero Osvaldo comprendió que ya no debía temerle a nada. Se acomodó entre un manojo de papeles mugrientos e intentó dormitar. Pero no sabía cómo cerrar ese ojo sin párpado ni hacer descansar el procesador que había remplazado su materia gris. Hurgó su cabeza en busca de alguna perilla, pero se preguntó que de encontrarla, por puro azar, si existiera, sería como suicidarse, porque nunca podría volver a encenderse a sí mismo. Por lo que dejó el rombo metálico en paz y trató de reflexionar acerca de su contrariedad.

El cansancio físico sumado a esa especie de trance en que cayó tras echarse a dormitar bajo el rincón de la escalera, provocó que los circuitos de su cabeza electrónica, de alguna manera, se relajaran y dejaran libre la información que, hasta ese momento, había estado encriptada.

El doctor Osvaldo Platter recordó. Rememoró sus trabajos en el laboratorio, la búsqueda de una inteligencia mecánica perfecta. Un cerebro artificial que procesara la información más rápido que cualquier humano, una máquina que sirviera, también, de repositorio de inteligencias humanas. Un híbrido mediante el cual la humanidad pudiese jugar con la inmortalidad.

Esa noche había bebido de más. Había trasuntado más botellas de ginebra de las que su hígado podía digerir. Los vómitos y el llanto no ayudaron a liberar la angustia que lo dominaba. Por lo que, vacilante, en zigzag y trastabillando, regresó a su laboratorio bajo la lluvia helada de la madrugada.

Su robot cirujano salió del estado latente y lo recibió como si fuese un nuevo día. El doctor no lo corrigió. Le dijo que ya había encontrado su cobayo, que dispusiera la mesa de operaciones, que esa noche harían el trasplante en un cuerpo humano; quería dejar de sentir dolor.

El robot era eficiente, lo había programado para realizar esa delicada operación. Fueron diez horas en el quirófano que había preparado en el sótano de su sala de experimentos. El cirujano electrónico transfirió sus recuerdos a las bombas cristalizadas en sulfato de zinc de la memoria que había adosado dentro de la caja que le serviría de cabeza y cerebro. Una computadora que además era capaz de defenderlo de casi cualquier amenaza.

Antes de echarse sobre el camastro, le hizo un pedido al cirujano.

—Envía la cabeza por correo a mi casa, a nombre de mi esposa, dile que la cuelgue en la sala de estar, junto a los trofeos que fue acumulando en vida. Dile que ya no soporto sus engaños y, también, dile que todavía la amo.

El hombre mecánico tomó nota en una pequeña libreta de papel que dejó sobre una mesita ratona donde había dispuestos todas las sierras y escalpelos con los que decapitaría al doctor.

Cuando su recuerdo se disipó, Osvaldo aguardó el tiempo necesario en que una lágrima imaginaria se hubiese deslizado por su mejilla. Luego alzó su mano y buscó la perilla. Ya recordaba dónde estaba.

Tiró hacia abajo y el mundo se apagó.

Mariano Buscaglia nació en Buenos Aires, Argentina, en 1976. En 2015 creó el sello Ediciones Ignotas que rescata literatura policial y fantástica argentina relegada al olvido. Editó para la Biblioteca Nacional los libros policiales de la colección “Disparos en la Biblioteca”. Participó como guionista en la segunda etapa de Fierro y fue jefe de redacción de la revista en su etapa web. Publicó novelas, cuentos y artículos con las editoriales InterZona, La Otra Gemela, Fan Ediciones y Borde Perdido y en revistas como Salvaje Sur, Cineficción, Sensacional, Cuaderno de la Biblioteca, entre otras.

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