viernes, 8 de mayo de 2026

IN MEMORIAM

Ángel Fuentes Balam

 

Frente al cuarteado espejo del baño, el excomandante Rangel analizaba la sangre que le había hinchado un ojo; una aguda presión tensaba su nuca, viajando por oreja, quijada y molares, asentándose bajo la nariz. Las feas muecas que cada reflejo le devolvía no lograban apaciguar el malestar. Con apenas un billete de cien en la cartera, rehusaba ir al matasanos; sin embargo, aquella dolencia comenzaba a nublarle la vista.

Ese punzón rítmico en la sien lo había despertado en madrugada, obligándolo a ingerir cuatro analgésicos: el sueño que mordisqueó su cerebro durante las horas siguientes fue dedicado al cuerpo de Aixa. Qué oportuno. Voces lejanas se escapaban del televisor encendido, recordándole su aniversario: treinta años habían pasado desde que los aterrados labios de la joven poeta cincelaron sus últimas palabras: revertar ad vos.

—No se olvida… —proclamó un desganado conductor del noticiero, cumpliendo la efeméride protocolaria.

El anciano caminó hasta la cocina. Dos cucarachas huyeron hacia la oscuridad con la fugacidad de un disparo. Bang. Aixa, moría, con lágrimas, sangre y mocos chorreándole por todo el rostro. Bang. Los pasos del militar retirado llegaron hasta la estufa. No se percató del temblor en sus manos hasta que sirvió el café aguado en una taza de metal. Entre la muñeca y los nudillos, sus venas se torcieron cual gusanos de tierra. Los dedos de Aixa así se habían movido en otra época, bien abiertos para enseñar la menuda palma, como si pudiese detener la bala en pleno en vuelo. En el puño contrario, la estudiante apretaba un manuscrito: el que hubiera sido el mejor libro de su generación.

El golpe del aluminio contra el suelo resonó en el caserón maltrecho. Rangel se agarró el cráneo, gimiendo. Vio sus pies, tambaleándose en las amarillentas losas, y no supo nombrarlos como parte de sí mismo. Lo mismo ocurrió al ojear la estancia: estaban ahí, pero los objetos perdieron su nombre en un instante. Era un maldito derrame cerebral.

El soldado arrastró los pasos, penetrando en la rancia alcoba, desesperado por tomar el frasquito de ibuprofeno. No obstante, sin saber en qué momento, se halló abriendo el cajón del buró, junto a su raído lecho. El palpitar de su cabeza era un gélido filo rebanando la tierna médula espinal. Sudoroso, extrajo unos papeles antiguos, revisándolos con furor.

—Si llega la muerte cabalgando en flamígero jamelgo… —leyó con un grito, aunque la voz que hubo surgido de su desdentada boca no era el acento cavernario de un viejo que lanzó a su batallón órdenes e improperios su vida entera, sino la fina coloratura de una niña.

El excomandante quiso romper aquellas hojas, pero una repentina parálisis lo detuvo. Soltó el manuscrito. El verso daba vueltas en su cerebro, como bailarina que practicase una y otra vez en un escenario vacío. Una lágrima de sangre descendió en trémolo desde su párpado, hidratando su enjuta máscara. Recordó otras lágrimas, treinta inviernos atrás, enjuagando una hermosa cara morena, compungida –igual que todo el cuerpo– por un hondo horror, aovillándose en aquel corredor del edificio Chihuahua. Rangel se burlaba de la mancha oscura que nacía entre las piernas de su víctima:

—Ya estás grandecita, chingao, ya estás grandecita… ¡Bang! —exclamó con sorna, para amedrentar a Aixa—. Lástima. Pero eso te pasa por pendeja, por protestar mamadas. —Rangel apuntó a la cabeza de la chica, y ella, sabiendo que la luz se apagaría, clavó los ojos en su asesino, para confesarle el título de su ópera prima.

Bang. Cansando de nadar en la materia gris del exmilitar, el teratoma se expandió de súbito, fracturando el hueso y formando un gran bulto que reventó el tímpano, sacó de la órbita el ojo afectado, y aflojó la mandíbula. Era un magnífico tumor: en su centro, los globos oculares, insertos en el pus, ya tenían iris y pupila, varios dientes sobresalían de la rosácea tumefacción, y el cabello que alrededor había brotado era de un castaño luminoso.

Rangel pegó un desgarrador alarido. 

—Si llega la muerte cabalgando en flamígero jamelgo… —repitió el cúmulo de células germinales, para volver a crecer.

El anciano sintió cómo un líquido caliente bañaba su pecho: era la sangre desbocada que resultaba de su piel rota; el pliegue de lo que fue su mejilla chocaba contra la canosa barba. Quiso tocar aquella monstruosidad que le había destrozado la cabeza, pero el teratoma volvió a expandirse.

—Si llega la muerte cabalgando en flamígero jamelgo…

Esta vez, todo el centro del cráneo fue destruido. Rangel vivía aún, bajo esa bola de carne apoderándose de su cerebro. El tumor abrió los ojos, mirando hacia el cielorraso, intentando acoplarse a la terrible luz. La mortecina consciencia del soldado volvió al frío pasaje de aquel octubre, para mirar a Aixa: antes de que la bala entrara en su materia gris, no fue miedo lo que sintió, sino un purísimo sentir de desafío.

La masa de carne que reventó el rostro de Rangel, siguió creciendo. Tuvo labios en pocos minutos, orejas, fosas nasales; escarbó en la columna del anciano y ahí hizo nacer sus pulmones, sus nervios, su nuevo esqueleto. Los tejidos del excomandante cayeron al suelo como ropajes inútiles; sus órganos fueron aplastados por otros, jóvenes y funcionales; sus fluidos, licuados hasta purificar otro cuerpo y ser genuina falta de humanidad.

Entre las vísceras del hombre, se había erguido una mujer completa. Ella, al despertar de un ominoso letargo, se limpió los párpados, observó sus manos, los senos frescos, las piernas fuertes, el corazón encendido. A sus pies, lo que una vez fue su victimario, comenzaba a atraer a las hormigas; los papeles versificados de otra época, se remojaban en fluidos cadavéricos.

La joven caminó hasta encontrar un espejo. A sus múltiples fragmentos, arribaba una sonrisa de incredulidad y gozo. Aixa se palpó la cara, lacrimosa de alegría, y abrió los labios para volver a oírse, soñadora y digna, como antaño:

—Revertar ad vos. 

Ángel Fuentes Balam. Mérida, Yucatán. 1988. Director de Teatro, escritor, actor. Egresado de la licenciatura en Teatro de la Universidad de las Artes de Yucatán. Profesor  y Director de Teatro en Centro Cultural Pinzón. Ha sido Profesor y Director de la Compañía-Escuela de Teatro del Centro Cultural El Claustro, Campeche. Diplomado en Creación Literaria por el INBAL. Ha publicado en diversas antologías, nacionales e internacionales entre las que destacan: La memoria de los días, Karst: escritores de la península yucateca, Pandemials, Insomniak, Colectivero, Mexafuturismo contemporáneo, Y se hizo el caos: antología de cuento hispanoamericano sobre mundos distópicos, Pyramid, Necroeroticón. Seleccionado para el libro: Lo mejor de la Ciencia Ficción Mexicana 2024”. Y ha sido colaborador en revistas y diarios como: Por Esto!, Delatripa, Círculo de Poesía, Mundo Tóxico (Aeternum), El nahual errante, Liriel, Bitácora de vuelos, Alas Blancas, El ahuehuete, Efecto Antabús, Grafógrafxs, A doble voz, El rizo robado, Página Salmón, Fanzine Delfos, Revista Sinfín, Marabunta, Sarape de Neón,  Poetómanos, Monolito, Pérgola de humo, entre otras.  Coordinó y produjo la Buqueic, del 2017 al 2019, presentación de lectura y acciones escénicas sobre literatura erótica, realizada por artistas mexicanos.  

 

 

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