Sue Burke
Justo antes de
entrar en el bosque, encontré el tipo de cosa que quería mostrarle a mi hijo.
—Roland, mira, hay un nido de
lagartos hoja que acaba de abrirse. Parecen hojitas de pasto, ¿verdad?
Primavera. Todo volvía a la vida
otra vez. Y apenas un poco más allá del alcance de mi brazo, vi lo que parecía
un helecho seco, aunque probablemente no lo fuera. Lo mantuve vigilado mientras
mi hijo y yo nos acuclillábamos para estudiar el suelo. Al principio era
difícil distinguir a los lagartos, pero al final él soltó una risita y señaló.
—Son muy pequeños, papá.
—Van a crecer. Pero ahora son tan
pequeños que no pueden hacerte daño. Puedes dejar que uno camine sobre tu mano.
Y eso hicimos: látigos verdes con
patas, apenas de la mitad del largo del dedo de un niño de cinco años. Le
expliqué cómo se esconden en el pasto, con la cabeza hacia abajo, esperando que
pasen animales todavía más pequeños; entonces saltan y se los comen. Por eso,
si dejábamos las manos colgando, los lagartos descendían hasta la punta de
nuestros dedos. Era su lugar natural.
Aquel supuesto helecho muerto que
estaba junto a nosotros tenía una corona de ojos. En efecto, era una araña de
montaña. La segunda que veía ya en nuestro pequeño paseo. ¿Por qué tantas esa
primavera? Como muchas cosas, tenían un nombre terrestre porque se parecían un
poco a la criatura de la Tierra. Por lo que había averiguado, las arañas en la
Tierra nunca eran más grandes que una mano, pero las nuestras eran más grandes
que una cabeza humana. Ambas tenían muchas patas y una mordedura venenosa. ¿Las
nuestras eran tan agresivas como las arañas terrestres, que a menudo mordían a
las personas? ¿Las arañas terrestres eran tan inteligentes como las nuestras?
—Vamos a dejar a los lagartos para
que sigan con sus vidas.
Apoyé la mano en el suelo y, con un
poco de insistencia, el lagarto bajó. Roland me imitó y observamos cómo
desaparecían entre la hierba.
Luego se volvió hacia mí,
preocupado.
—¿Los pisamos sin darnos cuenta?
Buena pregunta. Tal vez crecería
sintiendo por el bosque lo mismo que yo.
—Supongo que a veces sí. Somos
grandes, así que no podemos evitar equivocarnos. Creo que nunca deberíamos
intentar lastimar nada si no es necesario. Yo cazo, ya sabes, pero nunca mato
nada salvo para comer o para protegernos.
Pero no quería darle un sermón.
—Entremos al bosque ahora, ¿de
acuerdo?
No le señalé la araña. Su madre me
mataría –o haría que deseara que me matara, solo para que dejara de gritarme–
si supiera lo cerca que estábamos de las arañas. No solo la que estaba junto al
sendero, sino todas las demás. Había muchas en la orilla del río, aunque todo
el mundo lo sabía porque robaban peces. Estaban en los bosques. En los campos y
los huertos. Incluso había visto una en la ciudad, y la espanté hacia afuera.
La mayoría de la gente no se daba cuenta. Si no observas con atención, no ves
las cosas.
Y si no aprovechas las
oportunidades, las pierdes. Paso tiempo con Roland casi todos los días, pero
nunca es suficiente. La primavera solo llega una vez al año, y un niño tiene
cinco años solo una vez en la vida. Así que seguimos adelante. Solo tendría que
ser especialmente cuidadoso.
—¿Vamos de caza?
—No. Quiero decir, pensé en
mostrarte cosas. Hay mucho para ver.
—¿Cangrejos ciervo?
—Claro. Y pájaros, insectos y kats,
toda clase de cosas. Escucha. ¿Oyes eso?
—Pii, pii —repitió.
—Exacto. Es un lagarto voltedor.
—¡Más lagartos! No puedo recordar
tantos lagartos.
Lo vi cerca de un tocón.
—Lo sé, es difícil. Hay muchísimos
tipos. Shhh. ¿Lo ves? Es negro, blanco y marrón, con grandes rayas.
Me arrodillé y lo ayudé a
distinguirlo.
—Guau. Es un lagarto joya.
—No exactamente. No querrías
tenerlo en tu jardín. Desentierra las cosas. ¿Ves lo que hay junto a él? Ese
arbusto muerto se está acercando cada vez más...
El arbusto, por supuesto, era un
ave palo-pluma. De pronto atrapó al lagarto, le golpeó la cabeza contra el
tocón y empezó a arrancarle las patas para tragárselas. Roland se puso de pie
de un salto.
—Los animales se esconden en el
bosque —dijo—. A veces también las águilas. Mamá dice que el bosque es
peligroso. Por eso no puedo venir solo.
“Mamá dice”. Claro que sí.
—Nos aseguramos de mantener
alejadas a las águilas —respondí—. Hay cosas de las que hay que cuidarse, pero
la mayoría de las cosas que se esconden quieren esconderse de nosotros, no
hacernos daño.
La mayoría.
No quería asustarlo, así que
necesitaba encontrar rápido algo que no diera miedo.
—Sigamos caminando.
Pareció aliviado de alejarse del
ave. Caminamos un poco y entonces se me ocurrió algo.
—¿Puedes pensar en otras cosas que
se escondan?
—¿Esconderse?
Miró alrededor.
—¿Qué tal los kats? —sugerí—. ¿Por
qué su pelaje es verde?
—Mmm... son verdes para fingir que
son lagartos de hierba. Muchísimos lagartos.
Se echó a reír. Al parecer era una
broma. Así que yo también me reí.
Entonces vi un buen ejemplo.
—¿Qué te parece eso, ahí en el
tronco del árbol? Seguro que es excremento de lagarto, ¿verdad?
—No, papá. No lo es.
Ya me había descubierto.
—Exacto.
Lo toqué con un dedo. Salió
volando.
Él gritó de alegría.
—¡Un insecto caca!
—En realidad es una luciérnaga
azul.
—¿Eso es una luciérnaga? Son tan
bonitas. A todos les gusta mirarlas.
—Su luz es bonita. Pero cuando se
posan, parecen excremento para que las aves y los lagartos no se las coman. La
mayoría de la gente no sabe eso. Solo miran las luces que vuelan por la noche y
nunca averiguan qué produce esa luz. Pero ahora tú sí lo sabes.
Nuestras miradas se cruzaron,
compartiendo un secreto.
Entonces me di cuenta de que, justo
encima de nosotros en el árbol, había una araña lo bastante cerca como para
tocarme el hombro.
—Sigamos y veamos qué más
encontramos.
—¿Y si el excremento de kat en
realidad son bichitos? Quiero decir, bichitos que parecen excremento de kat.
—Te gustan mucho los kats, ¿verdad?
—La ciudad mantenía una colonia de kats domesticados—. ¿Qué es lo que te gusta
de ellos?
Empezó a contarme sobre el baile
que él y los otros niños estaban aprendiendo con los kats, e incluso mostró
algunos pasos. Traté de prestar atención, pero no dejaba de pensar en las
arañas.
Había demasiadas.
Por lo general vivían en las
montañas, justo debajo de la línea de árboles, y rara vez bajaban a nuestros
bosques. Tal vez habían tenido una explosión de población. Tal vez el clima,
fresco y seco para ser primavera, las hacía sentirse cómodas más abajo. Tal vez
nuestra colonia las atraía. O quizá algo las estaba empujando hacia abajo:
depredadores o hambre.
Vi algo que Roland necesitaba
conocer, y esperaba que no lo asustara. Intentaría hacerlo sonar bien.
—Te mostraré otra cosa que no es lo
que parece. ¿Ves esas flores? Son lirios. ¿Ves cómo brillan? Son muy bonitas.
Pero no las toques. Tienen diminutos fragmentos de vidrio y te cortarán. ¿Sabes
por qué? Porque les gusta la sangre. Es un buen fertilizante. Ahora no tengas
miedo. Solo debes saber lo que son y no tocarlas.
—Brillan mucho.
—Sí, brillan mucho.
No muy lejos, una araña estaba en
un árbol sobre un parche de musgo que en realidad era un kat aplastado contra
el suelo, escondido a plena vista. Di un paso para alejar a Roland antes de que
la araña lo descubriera, pero el niño no se movió.
—Son como lagartos joya —dijo—. Las
flores parecen lagartos rojos y lagartos amarillos.
—Tienes razón. Nunca me había dado
cuenta, pero sí se parecen mucho a los lagartos.
—Tal vez las flores atrapan cosas
que creen que van a atrapar lagartos.
—Apuesto a que es eso. Muy
inteligente de tu parte verlo.
¿Por qué yo no lo había notado
antes? Me quejo de que la gente no observa, y a veces yo tampoco observo.
—No pueden atraparme —dijo Roland—,
porque soy más inteligente que ellas.
—Exactamente. Vamos. ¿Sabes? Cuando
tengamos nuestra reunión de cazadores, deberías venir y contar eso, lo de las
flores. Siempre estamos intentando descubrir cosas. Bueno, eso es algo que tú
descubriste sobre los lirios.
—¿Yo? ¿Puedo hablar en la reunión
de cazadores? ¿De verdad, papá?
—Sí, claro. El descubridor recibe
los honores.
Lo vería hablar y me sentiría
orgulloso de mi hijo.
Estábamos desesperados por saber
más sobre las arañas. Su veneno podía matar a un kat u otro animal de tamaño
considerable. Nadie sabía qué podía hacerle a un humano y nadie se ofrecía
voluntario para averiguarlo. Tampoco nos atacaban nunca, aunque si uno se
acercaba demasiado a un nido, parloteaban, agitaban las patas y chasqueaban las
mandíbulas para ahuyentarte. También robaban. Las tripulaciones de pesca tenían
que mantenerse alerta. Se movían demasiado rápido para que pudiéramos
atraparlas y esquivaban las flechas como si fuera un juego. De hecho, habían
calculado el alcance de nuestras flechas y sabían quedarse justo más allá.
A menudo nos reuníamos para hablar
sobre las arañas, todos juntos: cazadores, agricultores, pescadores, incluso el
equipo de cocina, porque la basura podía atraerlas y no podía tirarse en
cualquier parte. En realidad nunca podíamos tirar basura en cualquier sitio,
pero las arañas tenían a la gente asustada. Tiffany, por ejemplo, la madre de
Roland, que durante un breve tiempo logró parecer la mujer perfecta para mí –aunque
esa es otra historia–, predicaba el exterminio. Yo temía que, si iniciábamos
una pelea, las arañas decidieran continuarla. Como jefe de los cazadores,
necesitaba ofrecer un plan propio.
Sinceramente, no sabía lo
suficiente sobre las arañas como para saber qué hacer.
—¿Qué es eso? —dijo Roland,
aferrándose a mi pierna y escondiéndose detrás de ella.
Algo avanzaba ruidosamente entre
los matorrales hacia nosotros. Lo supe enseguida.
—¿Allá?
Se movía rápido y ladraba con
fuerza.
—Es grande, papá.
Lo levanté en brazos.
—No, en realidad no lo es, y no nos
hará daño. Son solo aves, muchas aves. Pájaros azules. ¿Ves? —Se aferró con
fuerza, pero se inclinó para mirar mejor—. Pájaros azules. ¿Oyes cómo ladran?
Hay muchos ladridos, así que sabes que no es un animal grande, sino muchos
animales pequeños. Les gusta correr haciendo mucho ruido para asustar a las
cosas que se comen. Todos en fila, en zigzag. Mira, se están deteniendo. Tal
vez encontraron algo. Veamos qué.
Me acerqué despacio.
—Por lo general te dejan acercarte.
Cuando estás demasiado cerca, te lo hacen saber.
Estaba a menos de cinco pasos
cuando el ave alfa giró, me ladró y me miró fijamente. Retrocedí un paso.
Volvió a comer.
—Hasta ahí podemos acercarnos. No
quieren problemas, así que te advierten. No atacan si no tienen que hacerlo.
¿Qué crees que están comiendo?
Roland se inclinó con valentía. Yo
me incliné también. El ave se volvió y ladró de nuevo, casi distraídamente,
solo como recordatorio. Yo ya sabía qué estaban comiendo por la forma en que se
agrupaban alrededor, pero esperé a que Roland lo descubriera.
—¡Es morado! ¿Es una babosa?
—Sí, les gusta comer babosas. Por
eso nunca deberías dañar un arrecife de pájaros azules. Queremos que vivan
cerca de nosotros, así que respetamos sus hogares.
Babosas. Pedazos de limo ambulante
que disuelven la carne. Si había algo que mereciera ser exterminado, eran esas
criaturas. Pero nunca podríamos acabar con todas.
Donde hay una, hay más. Oí un
zumbido repentino demasiado cerca, a la izquierda... algo se movió rápido.
Retrocedí. Era una araña luchando con una babosa: patas marrones enredadas
alrededor de una masa púrpura. Hubo un forcejeo breve y la pelea terminó. La
araña levantó a la babosa con cuatro patas y se alejó apresuradamente usando
las otras cuatro, no tan rápida ni tan elegante como de costumbre, pero
parloteando de una manera que, juro, sonaba orgullosa.
Así que cazaban babosas, y además
les gustaba hacerlo. Eficientes también. Era una novedad para mí, y valía la
pena saberlo. Muy pocos animales podían hacer eso. Tal vez algún compuesto
químico las protegía, o quizá tenían una piel extraordinariamente resistente.
Sería muy útil contar con otro animal comedor de babosas. Especialmente si
resultaban no ser más aterradoras que los pájaros azules. Pero ¿Tiffany lo
creería?
Roland seguía observando las aves.
Bien. La araña en lucha con la babosa podría haberlo asustado, y su madre
quería que le tuviera miedo al bosque. Yo no. Otra diferencia entre ella y yo.
A ella le gustaban las cosas seguras, y a mí me gustaban las cosas vivas.
Cada noche soñaba con el bosque y
cada día despertaba ansioso por ir allí. No todos eran así, claro. A algunos
les gustaba fabricar cosas con las manos o hacer crecer los cultivos. Estaban
satisfechos, y quién podía culparlos. Pero el bosque... uno está allí, pero no
lo crea ni puede convencerlo de nada. Ni siquiera es un “eso”. Es un “tú”.
Quiero decir, el bosque está vivo y hace cosas, reacciona, observa, incluso
ataca. Está lleno de trucos y de belleza.
Esperaba haberle mostrado algo de
eso a Roland. Pero ya empezaba a inquietarse en mis brazos.
—¿Hora de volver a casa?
—Está bien, papá.
Había algo en su voz que me
inquietaba, e intenté descubrir qué era mientras tomaba el sendero que salía
del bosque. Parecía infeliz. ¿Conmigo? ¿Con el bosque? ¿Estaba aburrido? O peor
aún, ¿asustado?
Menos mal que no le había señalado
las arañas. Quién sabe qué cosas le habría contado Tiffany.
Seguimos hablando mientras
salíamos. Preguntaba “¿Qué es eso?” y “¿Qué es eso?” sobre árboles y ululatos
de lagartos, pero más como un juego que por curiosidad. Un par de veces noté
que miraba hacia un lado mientras preguntaba por algo del otro. Los niños
pequeños tenían poca capacidad de atención. Probablemente ya habíamos estado
allí demasiado tiempo.
Lo bajé cuando llegamos a los
campos, y señaló un árbol de lentejas cuyas hojas púrpuras contrastaban con los
campos reverdeciendo a su alrededor.
—Mamá dice que hay que plantarlos
muy separados para que, si uno tiene escorpiones, no contagie a todos los
árboles —dijo.
Yo ya lo sabía, pero no quería
desilusionarlo.
—¿Por eso están tan separados? Hay
uno aquí, otro allá y otro mucho más lejos.
—Y hay que podarlos. Todas las
primaveras.
—Con mucho cuidado, apuesto.
—Con muchísimo cuidado. Y no puedes
plantar vides de nieve demasiado juntas. Se pelean.
—¿Así?
Levanté los puños.
—No. Con las raíces y... solo con
las raíces. Es muy difícil mantener un huerto.
Esas eran exactamente las palabras
de Tiffany, incluso con la misma entonación. Claro, ella pasaba más tiempo con
el niño, así que tenía más influencia, y tal vez él crecería para cuidar
huertos o cultivos en lugar de cazar en el bosque. Perfectamente aceptable.
La ciudad se elevaba al otro lado
de los campos, rodeada por una muralla de ladrillo. Doscientas personas.
Después de cuatro generaciones, por fin teníamos suficiente comida, incluso
excedentes. Habíamos domesticado varias plantas y animales, y seguíamos
aprendiendo sobre otros. Cada año descubríamos nuevas sorpresas sobre el
planeta. Y se necesitaban todo tipo de oficios. Tal vez Roland se convertiría
en carpintero, médico o cocinero. Todos trabajos perfectamente respetables.
—¿Sabes? —dijo—. Nosotros no nos
escondemos. Me pregunto qué pensarán los animales. Nos ven y no nos importa. —Sonaba
como un adulto pequeño. Me pregunté a quién imitaba ahora—. Pensarán que no les
tenemos miedo. Si nosotros no les tenemos miedo, ¿ellos deberían tenernos
miedo?
—Esa es una buena pregunta.
—Esa es una buena pregunta
—repitió.
Bueno, tal vez lo había ayudado a
comprender que el mundo podía ser más grande que uno mismo, y que eso estaba
bien. Incluso si no entendías todo lo que había en él.
—Tenemos que cuidar nuestros
árboles —dijo Roland, sonando otra vez como él mismo—. Si son realmente
felices, tal vez puedan bailar. —Levantó la vista—. ¿Los árboles son felices en
el bosque?
—Creo que sí. Ahí es donde viven.
¿Te gustó el bosque?
Pasó un largo momento pensando.
—Sí. Vi muchas cosas.
Alzó la vista con una sonrisa
astuta.
—Papá, tú no las viste. Había
arañas por todas partes, y nos estaban observando.

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