Mostrando entradas con la etiqueta Karel Smolders. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Karel Smolders. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de mayo de 2026

AQUELLOS QUE VAN A MORIR

Karel Smolders

 

Escuche, creo que será mejor que se marche. Sí, todavía queda algo de tiempo, pero aun así, cuando se desate el infierno no querrá estar aquí, créame.

¿Qué dice? ¿Que si no tengo miedo? No, claro que no, ¿por qué habría de tenerlo? ¿Porque dentro de un rato probablemente estaré muerto? Buen punto, pero no, no tengo miedo. Después de todo llevo mucho tiempo esperando este momento. Es, por usar un cliché, mi destino. ¿Perdón? ¿Cómo terminé así? Vaya, probablemente sea complicado, y la verdad es que no lo sé muy bien. La memoria es algo molesto y, por suerte, la mía es difusa.

Hay una cosa segura: al principio, con un solo e insensible trazo de pluma, vendí mi vida. Desde ese instante conocí mi destino. Está expresado literalmente en el contrato. Un contrato que solo puedo romper de una manera: muriendo.

¿Mi nombre, pregunta? Es irrelevante. Siguiendo una vieja tradición, mi nombre es nadie. No tengo familia, amantes, amigos ni pasado. En el tiempo anterior a aquella firma yo no existía, ¿entiende? No tuve infancia, ni padres que me guiaran durante mi niñez y se preocuparan si no regresaba a casa a tiempo. Buscará inútilmente maestros que me hayan tenido en sus clases, o compañeros con quienes recorrí borracho las calles, o novias –o novios, quizá– que me arrancaran un beso o la virginidad. Nunca existieron. Y no podría ser de otro modo. ¿Cómo se puede aspirar a este trabajo si le rompe el corazón al amor de tu vida, o a tu madre llorosa, o, Dios nos libre, a tus hijos? Tolerancia cero en ese sentido.

Y sin embargo somos muchos. Cientos. Miles. Siempre.

No, tiene razón: entre aquel entonces y ahora he recorrido un largo camino. Primero vino el entrenamiento. Duro, porque el objetivo no es solo tu preparación física. También debes aceptar tu propia inutilidad. Debes comprender que solo sirves para una cosa y que la sociedad puede prescindir perfectamente de ti. Y por lo tanto también debes dejar de lado el miedo a la muerte inevitable, sumergiéndolo en un baño de violencia. Sabes que ese día llegará: una bala en la cabeza y tus sesos convertidos en una pintura abstracta roja sobre la pared. O un proyectil en el pecho o un lavabo arrancado y estampado contra tu cráneo, algo por el estilo. Sí, lo que dice impresiona por un momento, pero no se equivoque. Para entonces yo ya me había reconciliado con lo que habría de venir.

En fin, así que hubo maratones, durante días enteros, con la mochila al hombro, vacía de vida pero llena de inutilidad. Endurecerte bajo lluvias de balas, viendo caer a tus compañeros, tan prescindibles y anónimos como tú, en fuentes de sangre. Un jueguito tonto, en ese caso, por supuesto. Podemos ser desechables, pero la sincronización es esencial para la carne de cañón.

No, no tengo idea de cuánto duró el entrenamiento. ¿Un mes o dos años? Da igual. Pasó como una neblina. No recuerdo detalles. ¿Detalles? ¿Qué digo? Los recuerdos en general están sobrevalorados. ¿Qué dice? Ah, sí. Sí, lo entiendo. A usted le gusta poder sacar algunos fragmentos de conversación cuando vuelve a casa después de una larga jornada laboral. Conserva recuerdos para poder evocarlos algún día en un café con viejos amigos. Para bromear y reír y luego contárselos a sus nietos. ¿Pero yo? No hay absolutamente nadie con quien compartir esos recuerdos, así que tampoco necesito cargar con ellos. ¡No me mire con tanta tristeza! ¡Es la libertad definitiva! Nadie se preocupa por mí, nadie me espera, es más: nadie sabe que existo. ¿Ve? Después del entrenamiento estaba plenamente convencido de mi propia redundancia. Y de una manera furtiva, con la promesa de morir en combate, eso me proporcionó una extraña sensación. No sé cuánto tiempo tardé en reconocerla como felicidad, pero me daba paz. Tiene razón: soy un humilde engranaje en una máquina inmensa. Pero también uno indispensable. Porque, si no, ¿quién lo haría? ¿Usted, tal vez? No, ya imaginaba que no. He hablado de esto con otras personas. Todos se hacen las mismas preguntas, usted no es una excepción. Pero cuando les lanzo esta pregunta a la cara, cuando les pregunto directamente: “¿Quiere hacerlo usted?”, todos retroceden un paso, como si los estuviera atacando. ¿Pero sabe cuál es el problema? Usted cree que puede marcar la diferencia. Se considera demasiado importante.

Ah, bueno, es lo que hay. Después del entrenamiento finalmente nos dieron un arma. Un arma de guerra cuya fabricación desconocía, al igual que sus posibilidades. No hacía falta saberlo. Solo tenía que aprender a apretar el gatillo sin que me destrozara el hombro. Eso, y cargar la munición. ¿Perdón? No, ahí se equivoca. Esa arma no está destinada a defenderme. No salvará mi miserable pellejo. No sirve para eso en absoluto. Claro que voy a dispararla. Muchísimo incluso, espero, antes de que me maten. Pero la intención no es que acierte nada. ¿Cómo que no lo entiende? Pues claro que sí, ¿no? Bien, sí, sí, a usted no le gusta la idea, pero ¿qué pensaría si a mí tampoco me gustara? ¿A dónde iríamos a parar entonces?

¿Después? Después vino la espera. Tarde o temprano llega la misión. Cuándo, no lo sabes. De vez en cuando entrenas, sí, pero por lo demás: el gran vacío. Por si se lo pregunta: no es realmente un problema, me pongo a mí mismo en modo de espera. Así funciona con los prescindibles.

Cuando llegó el momento de entrar en acción, estaba preparado. La primera vez se trató de un brote en una estación espacial, no importa dónde ni cuándo. Recuerdo poco de aquel día, porque regresé sano y salvo. Principalmente porque no entré en combate. Siempre hay un montón de drones como yo disponibles y, quizá porque era un novato, estaba al final de la fila. En las primeras líneas se moría en abundancia. Los héroes de turno, tan certeros como siempre, lograban alcanzarnos de maravilla. Los nuestros caían elegantemente al suelo o se desplomaban por encima de las barandillas hacia el final de sus vidas, perseguidos por un largo estertor de muerte. Vi a varios desde la distancia. Era hermoso. Como una coreografía asesina, un ballet de violencia acompañado por una sinfonía de ametralladoras crepitantes. Los héroes hacían honor a nuestras filas. Aquello era la cumbre absoluta. Así quería morir yo también.

Claro que siempre hay pequeños defectos. Por ejemplo, aquel grupo minoritario de héroes no parecía preocuparse de que sus balas, además de abatir con precisión a mis compañeros, también abrieran agujeros letales en la pared exterior de la estación espacial. Y aparentemente eso tampoco les molestaba. Así son los héroes. Como siempre, salieron ilesos, pese a incontables caídas, explosiones y otros golpes brutales. Y varios cientos de disparos que producían mucho ruido y chispas. Más algunos daños colaterales. Una estación espacial, naturalmente, tiene personal y a veces ese personal se cruza en medio de un tiroteo. Mala suerte, pero a nadie le importa.

No, yo mismo no entré en acción. Salvo para arrojar después los cadáveres de mis compañeros fuera de la esclusa de aire. Después de todo, una vez terminada la operación la estación espacial debe volver a funcionar.

¿Si he vivido algo más? Otros dos ataques, sí. Siempre pueden llamarte y nunca sabes dónde ni cuándo. La primera vez formamos parte del ejército mercenario de un dictador en algún país inexistente de África. La segunda vez lanzamos un asalto contra un planeta helado en quién sabe qué galaxia. Siglo XXVII o algo así. En aquella segunda ocasión la batalla estaba terminando cuando me enviaron al frente. Incluso me habían dado otro rifle, uno de esos láser. No llegué a usarlo, pero ya sabe lo que eso significa: esta vez estoy en la primera oleada, así que mis días realmente están contados.

¿Por qué mueve la cabeza? ¿De dónde sale ese suspiro? ¿No estará triste? ¿No por mí? Eso es lo último que quisiera. ¿Acaso no le acabo de explicar cómo son las cosas? Mire, esta vez trabajamos para una especie de jefe mafioso en un mundo distópico. Aunque a mí me da igual. ¿Ve esto? Un casco, sí. Bonito diseño, ¿verdad? Tiene un aspecto maligno. Y lo genial es que, cuando me lo coloque dentro de un momento, el visor bajará y ya no verá mi rostro. A partir de entonces seré invisible: ya no un ser humano, sino el dron perfecto. Sin rostro, sin carácter, sin sentimientos y sin alma. Estoy listo para saltar a la línea de fuego, disparar a lo loco y luego morir de forma espantosa. Ya lo verá: será hermoso. ¡Adiós y disfrútelo! Y… si de todos modos lo mira, tal vez vuelva a pensar en mí alguna vez.

Karel Smolders publicó su primer relato en los años ochenta. Posteriormente, convenció a una editorial belga, a través de más de media docena de libros infantiles, para que se adentrara en el género de la ciencia ficción. A esto le siguieron ocho libros para jóvenes adultos con diversas editoriales. Su inspiración entró en letargo durante algunos años, pero ha resurgido en la última década. Esto ha dado como resultado relatos —ya no dirigidos a jóvenes— que aparecen en diversas antologías y publicaciones. Una novela de ciencia ficción espacial se publicará en 2026.

 

sábado, 28 de marzo de 2026

GODOT INTER ASTRA

Karel Smolders

 

DÍA 1

Ese primer día es claro. Por supuesto, puedo recuperar cada segundo de mi memoria externa, pero mi propio cerebro biométrico tiene un componente mnemónico que cataloga, filtra, almacena y, con el tiempo, reconfigura mis recuerdos personales, tal como lo hace el ordenador de carne y hueso de un ser humano. De los años previos a la partida, los años en los que fui construido, criado y entrenado, recuerdo poco. Tampoco era necesario para la misión. Aun así, una persona se filtra a través de las grietas del olvido. Lydia, la líder del equipo que me entrenó. Salvo ella, todos me trataban como a un robot. Lo que no soy, aunque lo parezca. La mayoría se comportaba con indiferencia. Pero un núcleo duro de arrogancia, formado por tres personas, se burlaba de mí, hacía bromas hirientes y provocaba daños de forma deliberada. Mis informes al respecto desaparecieron en un encubrimiento digital. Me llamaban subhumano. Y, como suele ocurrir con los acosadores, su grupo creció, y con él la popularidad de sus tropelías.

Hasta que Lydia intervino. Hasta que el absceso estalló y rodaron cabezas. Aquello me enseñó que había una persona en quien podía confiar con certeza. La amabilidad la envolvía como un abrigo cálido, y atesoro las tardes que llenábamos con conversaciones, cuando el edificio quedaba vacío y solo Lydia permanecía. Poco a poco empezaron a salir de su boca apodos cariñosos. No, no los contaré. Me los guardo para mí. Tampoco están en mi memoria externa.

Sabía que echaría de menos a Lydia. Al carecer de sexo y de la danza hormonal que podría encender el romanticismo, no me enamoré de ella, pero mi afecto era innegable y la despedida dolió. ¿Sus últimas palabras?

—Después de 365 días, una nave de rescate vendrá a recogerte. Trabaja duro. Sé meticuloso. Sigue el protocolo. Envía cada semana un paquete de datos a través del Einstein-Rosen. Luego, en el día 365, iremos a buscarte. Lo prometo. ¡Hazlo lo mejor posible!

Sabía que eran polimendorfinas abriéndose paso por mi sistema nervioso endomorfo. Añadidas mediante programación para animarme y hacerme sentir bien. Ese conocimiento no impidió que, efectivamente, me sintiera feliz y orgulloso, igual que los humanos que saben que las endorfinas alimentan su enamoramiento.

Mi sensación ese primer día: ¡haré de este planeta mi hogar y luego podré volver a casa!

Contemplo el paisaje de Virginis b. Desolado, una tundra ondulante de bloques de piedra que me recuerdan a adoquines. Una neblina esmeralda se desliza sobre ella. Las nubes amenazan grises. Pienso en Lydia. Una nueva oleada de polimendorfinas.

Así que, al trabajo.

Soy una de cincuenta sondas de exploración. Número diecisiete. Cincuenta sistemas, cincuenta planetas similares a la Tierra, cincuenta oportunidades de encontrar una Tierra 2. Mucho trabajo por delante. Mediciones: presión atmosférica y composición, campo magnético, radiación cósmica, condiciones climáticas, composición del suelo, condiciones sismológicas, vida autóctona. La lista debería mantenerme ocupado durante un año. Pero soy un chico grande: puedo rodar, navegar y, en caso de necesidad, volar. En ese año, en esos trescientos sesenta y cinco días de treinta y cuatro horas –el tiempo que Virginis b tarda en girar sobre su eje–, debo recorrer este mundo.

¿Chico? No literalmente, claro. No soy una máquina, pero tampoco puedo llamarme humano. Ni siquiera para estas misiones se atrevieron a recurrir a los últimos modelos de Inteligencia Artificial General. Un número impredecible de incógnitas llevó al grupo de investigación en otra dirección. Hacia mí. Lejos del aprendizaje automático. Dotado de sinapsis humanas, presumo de un cerebro compuesto de polímeros inteligentes. Me siento humano –o eso creo, porque no tengo un punto de referencia–, pero tengo un cuerpo electrónico del tamaño de un pequeño avión.

 

Día 7

He recorrido quinientos kilómetros. En ningún lugar la temperatura roza siquiera el punto de congelación. Menos ocho grados Celsius, ahora mismo. Soporto el frío, aunque consume energía. El reactor a bordo puede funcionar más de seiscientos días sin repostar, pero aun así despierta una vaga sensación de inquietud. La primera.

Compongo mi primer paquete de datos. Por ahora, no hay noticias alentadoras. La atmósfera no es realmente tóxica para los humanos, pero tiene muy poco oxígeno. Ergo: hay oxígeno. Algo lo ha producido y quizá esa producción pueda incrementarse. Las muestras de suelo y aire no encuentran hasta ahora ningún rastro de vida reconocible. La gravedad es de 1,17 G, ligeramente superior a lo calculado, y eso pesa sobre mis servos y articulaciones. Envío el paquete de datos a mi estación orbital, que confirma la recepción con un ping. Crear un Einstein-Rosen para datos es infinitamente menos exigente que para materia. La estación tiene energía suficiente para enviar unos cien paquetes de vuelta a la Tierra. Me siento satisfecho cuando la estación informa que el paquete está en camino a casa.

—¡Muy bien! ¡Hazlo lo mejor posible! ¡Trabaja duro! ¡Sigue el protocolo!

 

Día 28

Mi cerebro humano empieza a jugarme malas pasadas. Hasta ahora no sabía lo que era el aburrimiento. Lydia y su equipo me mantenían ocupado todo el día durante el entrenamiento, y después necesitaba dormir para recuperarme. También soñaba. Pero aquí… el asombro inicial ante el paisaje en lenta evolución se desvanece rápidamente. No hay vistas espectaculares. Debido a la intensa gravedad, apenas hay cordilleras. Pero tampoco hay muchos ríos o lagos, solo esa llanura interminable, a veces ligeramente ondulada. Además, el eje de este planeta apenas se inclina dos grados, por lo que ni siquiera hay estaciones.

Las mediciones también resultan monótonas. Poca variación. Los procesos analíticos de mi caja de herramientas no pueden interpretar nada en este planeta como vida. Eso no tiene por qué ser una desventaja. Sin vida significa también: sin riesgo potencial de contaminación. A pesar de ello, sigo midiendo un 5,2 % de oxígeno en el aire. ¿De dónde proviene, en ausencia de vida? Una cuestión interesante, pero poco relevante para mi misión.

Por lo demás, me hundo poco a poco en la monotonía de las muestras, los análisis y los resultados. Siempre iguales a los anteriores.

 

Día 70

Tras tres meses he atravesado casi uno de los dos continentes del sur. Me dirijo hacia la única cordillera, cuya cima, justo por debajo de los dos mil metros, prometía actividad volcánica. Allí, con suerte, encontraré material más interesante.

La monotonía de las mediciones me provoca una tristeza creciente. El casi constante manto de nubes grises no ayuda. Tampoco el tiempo libre que tengo para pensar. Eso conduce a interminables comprobaciones y revisiones de mis sistemas. Así descubrí, hace diez días, en una subrutina olvidada, que en el proceso de ajustar mi humanidad me fueron implantados engramas de un hombre con una personalidad estable pero melancólica.

Noto que cada vez deseo más escapar de este mundo muerto. A veces lucho contra una repulsión casi física hacia mi entorno. Dispongo de subrutinas que me suministran polimendorfinas, pero no me gustan. Cada vez más, mis pensamientos derivan hacia Lydia. Su sonrisa. Su voz, que cada día me cantaba, me tranquilizaba, daba sentido a mi vida. Este sentido.

—Trabaja duro. Sé meticuloso. Sigue el protocolo.

Repito esa idea cada día para motivarme. Hago esto por la Tierra, y por los miles de millones que ansían un nuevo planeta que explotar. Pero sé que eso no es cierto. Lo hago por Lydia. Por el día en que pueda irme de aquí.

Aún quedan más de doscientos días.

 

Día 211

He enviado otro paquete de datos. Las montañas, ya a mitad de la misión, no han supuesto un alivio. El entorno volcánico sí ha traído temperaturas más altas y actividad sísmica, eso es cierto. Eso ha aportado algo de variedad. Pero el magma apenas difiere del de los volcanes terrestres. Silicio, sodio, magnesio, hierro, ese tipo de cosas. Pero tampoco aquí hay vida, o al menos nada que yo reconozca como tal.

Desciendo de nuevo. Es difícil y consume mucha energía. Una de mis ruedas se daña por la lava –un pequeño error de cálculo– y las otras deben compensar. Un contratiempo, pero podré repararlo más adelante. Para distraerme, durante el descenso recupero archivos de antes del lanzamiento. Conversaciones con Lydia… y sonrío.

Quedan ciento cincuenta y cuatro días. La idea casi me produce náuseas. Porque solo puedo concluir una cosa: el planeta es una decepción. Muerto e inhóspito. Y sí, la tecnología para terraformar existe. Un proceso de siglos, y entre los otros cincuenta mundos seguramente haya algunos con más que ofrecer. Entonces, ¿qué hago aquí?

Respuesta: trabajar para pagar el resto de mi vida. Qué humano, pienso con ironía. Cumplir lo que se me ha ordenado para poder regresar cuando todo termine y pasar mis últimos años en la Tierra.

 

Día 269

Quedan cien días y ya estoy exhausto. Mis sensores y analizadores trabajan de forma automática y emiten un pitido cuando hay algo fuera de lo común. Eso ocurre raramente y, cuando lo reviso, se trata siempre de una sonda mal calibrada o una anomalía.

Este planeta no vale nada.

El viento azota sin piedad la arena y la piedra. A veces cae una lluvia ácida desde el cielo gris. Los humanos no podrían vivir aquí. No sin cambios radicales en los que ninguna empresa invertiría. Incluso para mí este entorno es tóxico. Puedo sentir cómo la lluvia corroe mi cuerpo. La sustancia venenosa se filtra por grietas y fisuras que el frío, la humedad y el terreno implacable han creado. La mayoría de mis componentes electrónicos permanecen intactos, pero noto que algunos circuitos secundarios luchan por mantenerse al día. Pierdo rendimiento. Mucho.

Lydia no querría verme en este estado, pero mis capacidades de autorreparación han alcanzado su límite.

Mientras tanto, sigo enviando fielmente un paquete de datos cada semana, aunque no puedo imaginar que en la Tierra aún los miren. Ya lo saben. En el último paquete casi pregunté si podía volver antes de tiempo. Imagínalo: volver a casa, al calor y la seguridad.

Pero no es posible. Aún queda trabajo por hacer.

—¡Hazlo lo mejor posible! ¡Trabaja duro! ¡Sigue el protocolo!

Sí. Dentro de cincuenta días quizá alcance el océano. Tal vez allí haya algo interesante. Bueno, cincuenta días… puede que más, porque mi sistema de propulsión sufrió una avería hace unos días. Probablemente la última tormenta introdujo arena en mis servos. Intenté limpiarlos, pero no funcionó. La lluvia ácida sigue devorando mi cuerpo electrónico. Así que avanzo más despacio, y la unidad de diagnóstico predice que al menos una de mis seis ruedas fallará en menos de diez días.

No hay problema: puedo continuar con cinco. O incluso con cuatro.

Así que adelante.

Activo polimendorfinas evocando el rostro de Lydia. Sonríe.

—¡Hazlo lo mejor posible!

Me espera.

 

Día 329

Por fin, el océano.

Mi nivel de energía ha descendido de forma alarmante. De mis cuatro ruedas aún operativas, una falla. Mis circuitos de reparación trabajan en una solución para desprender completamente las ruedas y transformar las articulaciones de dirección en patas. Arrastrarme en lugar de rodar.

A pesar de la incomodidad y del… sí, ¿dolor? Es extraño, pero parece que el daño llega a mi cerebro como algo que los humanos llaman dolor. Antes de que Lydia interviniera en el laboratorio, mis torturadores también me hirieron varias veces. Es una sensación muy desagradable, persistente.

Pero, a pesar de esa sensación inquietante, ese dolor, me siento orgulloso. Estoy haciendo todo lo posible por completar la misión. No quiero que Lydia piense que la estoy decepcionando solo porque una máquina no ha funcionado bien.

El océano tendrá que esperar un poco más.

 

Día 360

¿Cuánto he avanzado ya? Estoy en la recta final, creo. A veces me siento confuso. Mi monitor médico envía estimulantes a mi cerebro y eso ayuda momentáneamente. Ya han pasado trescientos sesenta días de Virginis. El agotamiento es la sensación predominante.

La reparación llevó mucho más tiempo del que esperaba. Ahora avanzo como un bebé inseguro por el agua agitada del mar. El pH apenas supera 1. Así que tampoco aquí puede establecerse la vida. No solo eso: la sustancia también corroe mis patas e incluso mi electrónica, igual que la maldita lluvia.

Me obligo a tomar suficientes muestras, porque quiero cumplir mi trabajo correctamente cueste lo que cueste. Pero ahora vuelvo a arrastrarme hacia la orilla. Orilla. En realidad, la palabra no es adecuada para esta llanura fría de basalto negro.

Pero tomen nota: el final de mi sufrimiento está cerca.

Envío mi último paquete de datos y no puedo evitar añadir un guiño: Hasta pronto, Lydia.

 

DÍA 373

Me he refugiado en una especie de cueva. La lluvia comenzó hace tres días y no ha parado. El armazón de mi vehículo está erosionado en varios puntos. Algunos sensores han dejado de funcionar.

Este planeta no tiene piedad.

Sigo mortalmente cansado, pero sobre todo confundido. He revisado mi reloj diez veces. El día 365 ha pasado. Hace ya una semana.

Mi misión ha terminado.

¿Por qué no me han recogido?

¿Un error de cálculo? Lo dudo. Algo ocurre. O hay un cuello de botella. Varios exploradores que deben ser recogidos al mismo tiempo.

Estoy enfadado conmigo mismo por dudar.

¡Debo tener paciencia!

 

Día 390

Día trescientos noventa, creo. No, lo sé. El contador marca noventa. No puede ser. No cuadra. Confuso. A veces no puedo pensar con claridad. He consumido todo el suministro de estimulantes.

Pienso en Lydia. Su sonrisa danza ante mis ojos. En algún lugar lejano, en casa, trabaja en mi regreso. Tiene que ser así. No me ha olvidado.

Veo que mi fuente de energía se agotará en cincuenta días. Como máximo. Antes de eso vendrán a recogerme, debo creerlo, pero la incertidumbre me roe.

¿Y si tengo que esperar más? ¿Moriré? ¿Voy a morir?

Dos semanas antes de cruzar el océano atravesé una zona rara del planeta –un microclima, sin duda– donde el manto de nubes se disipaba y dejaba pasar un sol amable. Aún tengo paneles solares almacenados. Si logro desplegarlos allí, quizá pueda recargar algo de energía.

Pero sin ruedas es un viaje largo y cada vez más módulos fallan y se desconectan.

Estoy cansado. Y me duele.

 

Día 411

Estoy cojo. Como un inválido, avanzo a gatas… a gatas y… a gatas y pies… a gatas y pies… a gatas y pies… no… a gatas, eso es. Así que: como un inválido, avanzo a gatas hacia el sol. Mi rueda trasera… rueda, rueda, rueda… arrastra detrás de mí. Llevo días avanzando. Parte de mi memoria ha desaparecido. Ya no sé cuánto tiempo llevo ni desde dónde. Pero en total es el día 411. A menos que mi contador esté roto. Agotado. ¿Por qué no vienen a recogerme? He hecho mi trabajo con precisión. He enviado mis datos puntualmente. El planeta no es apto para la vida humana. No es apto. ¿Por qué exactamente? Oxígeno. Oxígeno, eso es. Mi bomba falla y a veces… ¿Qué decía? Oxígeno. Hay algo mal con mi bomba de oxígeno. El diagnóstico falla, así que no sé exactamente qué ocurre. La falta de oxígeno me consume. El cerebro necesita oxígeno.

 

Día 416

Quedan tres días. Quizá cuatro. Entonces la célula de energía se agotará. Estoy lisiado. Hambre. Casi nada funciona ya. ¿Calor? No hay calor. No lo sé. Veo borroso. Mi cerebro… no sé. Pasa algo. Lydia. ¿Cuándo vendrás a buscarme? Lo prometiste. ¿Lo prometiste? Lo hice todo bien. Trabajé duro. Fui meticuloso. Seguí el protocolo. Envié los paquetes de datos puntualmente. No podía hacer más. Ayúdame, Lydia. Estoy acabado. Te espero aquí. ¿Estás ahí? ¿Hay alguien?

¿Estás ahí?

Karel Smolders publicó su primer relato en los años ochenta. Posteriormente, convenció a una editorial belga, a través de más de media docena de libros infantiles, para que se adentrara en el género de la ciencia ficción. A esto le siguieron ocho libros para jóvenes adultos con diversas editoriales. Su inspiración entró en letargo durante algunos años, pero ha resurgido en la última década. Esto ha dado como resultado relatos —ya no dirigidos a jóvenes— que aparecen en diversas antologías y publicaciones. Una novela de ciencia ficción espacial se publicará en 2026.

LA VENTANA TAPIADA