lunes, 25 de mayo de 2026

AQUELLOS QUE VAN A MORIR

Karel Smolders

 

Escuche, creo que será mejor que se marche. Sí, todavía queda algo de tiempo, pero aun así, cuando se desate el infierno no querrá estar aquí, créame.

¿Qué dice? ¿Que si no tengo miedo? No, claro que no, ¿por qué habría de tenerlo? ¿Porque dentro de un rato probablemente estaré muerto? Buen punto, pero no, no tengo miedo. Después de todo llevo mucho tiempo esperando este momento. Es, por usar un cliché, mi destino. ¿Perdón? ¿Cómo terminé así? Vaya, probablemente sea complicado, y la verdad es que no lo sé muy bien. La memoria es algo molesto y, por suerte, la mía es difusa.

Hay una cosa segura: al principio, con un solo e insensible trazo de pluma, vendí mi vida. Desde ese instante conocí mi destino. Está expresado literalmente en el contrato. Un contrato que solo puedo romper de una manera: muriendo.

¿Mi nombre, pregunta? Es irrelevante. Siguiendo una vieja tradición, mi nombre es nadie. No tengo familia, amantes, amigos ni pasado. En el tiempo anterior a aquella firma yo no existía, ¿entiende? No tuve infancia, ni padres que me guiaran durante mi niñez y se preocuparan si no regresaba a casa a tiempo. Buscará inútilmente maestros que me hayan tenido en sus clases, o compañeros con quienes recorrí borracho las calles, o novias –o novios, quizá– que me arrancaran un beso o la virginidad. Nunca existieron. Y no podría ser de otro modo. ¿Cómo se puede aspirar a este trabajo si le rompe el corazón al amor de tu vida, o a tu madre llorosa, o, Dios nos libre, a tus hijos? Tolerancia cero en ese sentido.

Y sin embargo somos muchos. Cientos. Miles. Siempre.

No, tiene razón: entre aquel entonces y ahora he recorrido un largo camino. Primero vino el entrenamiento. Duro, porque el objetivo no es solo tu preparación física. También debes aceptar tu propia inutilidad. Debes comprender que solo sirves para una cosa y que la sociedad puede prescindir perfectamente de ti. Y por lo tanto también debes dejar de lado el miedo a la muerte inevitable, sumergiéndolo en un baño de violencia. Sabes que ese día llegará: una bala en la cabeza y tus sesos convertidos en una pintura abstracta roja sobre la pared. O un proyectil en el pecho o un lavabo arrancado y estampado contra tu cráneo, algo por el estilo. Sí, lo que dice impresiona por un momento, pero no se equivoque. Para entonces yo ya me había reconciliado con lo que habría de venir.

En fin, así que hubo maratones, durante días enteros, con la mochila al hombro, vacía de vida pero llena de inutilidad. Endurecerte bajo lluvias de balas, viendo caer a tus compañeros, tan prescindibles y anónimos como tú, en fuentes de sangre. Un jueguito tonto, en ese caso, por supuesto. Podemos ser desechables, pero la sincronización es esencial para la carne de cañón.

No, no tengo idea de cuánto duró el entrenamiento. ¿Un mes o dos años? Da igual. Pasó como una neblina. No recuerdo detalles. ¿Detalles? ¿Qué digo? Los recuerdos en general están sobrevalorados. ¿Qué dice? Ah, sí. Sí, lo entiendo. A usted le gusta poder sacar algunos fragmentos de conversación cuando vuelve a casa después de una larga jornada laboral. Conserva recuerdos para poder evocarlos algún día en un café con viejos amigos. Para bromear y reír y luego contárselos a sus nietos. ¿Pero yo? No hay absolutamente nadie con quien compartir esos recuerdos, así que tampoco necesito cargar con ellos. ¡No me mire con tanta tristeza! ¡Es la libertad definitiva! Nadie se preocupa por mí, nadie me espera, es más: nadie sabe que existo. ¿Ve? Después del entrenamiento estaba plenamente convencido de mi propia redundancia. Y de una manera furtiva, con la promesa de morir en combate, eso me proporcionó una extraña sensación. No sé cuánto tiempo tardé en reconocerla como felicidad, pero me daba paz. Tiene razón: soy un humilde engranaje en una máquina inmensa. Pero también uno indispensable. Porque, si no, ¿quién lo haría? ¿Usted, tal vez? No, ya imaginaba que no. He hablado de esto con otras personas. Todos se hacen las mismas preguntas, usted no es una excepción. Pero cuando les lanzo esta pregunta a la cara, cuando les pregunto directamente: “¿Quiere hacerlo usted?”, todos retroceden un paso, como si los estuviera atacando. ¿Pero sabe cuál es el problema? Usted cree que puede marcar la diferencia. Se considera demasiado importante.

Ah, bueno, es lo que hay. Después del entrenamiento finalmente nos dieron un arma. Un arma de guerra cuya fabricación desconocía, al igual que sus posibilidades. No hacía falta saberlo. Solo tenía que aprender a apretar el gatillo sin que me destrozara el hombro. Eso, y cargar la munición. ¿Perdón? No, ahí se equivoca. Esa arma no está destinada a defenderme. No salvará mi miserable pellejo. No sirve para eso en absoluto. Claro que voy a dispararla. Muchísimo incluso, espero, antes de que me maten. Pero la intención no es que acierte nada. ¿Cómo que no lo entiende? Pues claro que sí, ¿no? Bien, sí, sí, a usted no le gusta la idea, pero ¿qué pensaría si a mí tampoco me gustara? ¿A dónde iríamos a parar entonces?

¿Después? Después vino la espera. Tarde o temprano llega la misión. Cuándo, no lo sabes. De vez en cuando entrenas, sí, pero por lo demás: el gran vacío. Por si se lo pregunta: no es realmente un problema, me pongo a mí mismo en modo de espera. Así funciona con los prescindibles.

Cuando llegó el momento de entrar en acción, estaba preparado. La primera vez se trató de un brote en una estación espacial, no importa dónde ni cuándo. Recuerdo poco de aquel día, porque regresé sano y salvo. Principalmente porque no entré en combate. Siempre hay un montón de drones como yo disponibles y, quizá porque era un novato, estaba al final de la fila. En las primeras líneas se moría en abundancia. Los héroes de turno, tan certeros como siempre, lograban alcanzarnos de maravilla. Los nuestros caían elegantemente al suelo o se desplomaban por encima de las barandillas hacia el final de sus vidas, perseguidos por un largo estertor de muerte. Vi a varios desde la distancia. Era hermoso. Como una coreografía asesina, un ballet de violencia acompañado por una sinfonía de ametralladoras crepitantes. Los héroes hacían honor a nuestras filas. Aquello era la cumbre absoluta. Así quería morir yo también.

Claro que siempre hay pequeños defectos. Por ejemplo, aquel grupo minoritario de héroes no parecía preocuparse de que sus balas, además de abatir con precisión a mis compañeros, también abrieran agujeros letales en la pared exterior de la estación espacial. Y aparentemente eso tampoco les molestaba. Así son los héroes. Como siempre, salieron ilesos, pese a incontables caídas, explosiones y otros golpes brutales. Y varios cientos de disparos que producían mucho ruido y chispas. Más algunos daños colaterales. Una estación espacial, naturalmente, tiene personal y a veces ese personal se cruza en medio de un tiroteo. Mala suerte, pero a nadie le importa.

No, yo mismo no entré en acción. Salvo para arrojar después los cadáveres de mis compañeros fuera de la esclusa de aire. Después de todo, una vez terminada la operación la estación espacial debe volver a funcionar.

¿Si he vivido algo más? Otros dos ataques, sí. Siempre pueden llamarte y nunca sabes dónde ni cuándo. La primera vez formamos parte del ejército mercenario de un dictador en algún país inexistente de África. La segunda vez lanzamos un asalto contra un planeta helado en quién sabe qué galaxia. Siglo XXVII o algo así. En aquella segunda ocasión la batalla estaba terminando cuando me enviaron al frente. Incluso me habían dado otro rifle, uno de esos láser. No llegué a usarlo, pero ya sabe lo que eso significa: esta vez estoy en la primera oleada, así que mis días realmente están contados.

¿Por qué mueve la cabeza? ¿De dónde sale ese suspiro? ¿No estará triste? ¿No por mí? Eso es lo último que quisiera. ¿Acaso no le acabo de explicar cómo son las cosas? Mire, esta vez trabajamos para una especie de jefe mafioso en un mundo distópico. Aunque a mí me da igual. ¿Ve esto? Un casco, sí. Bonito diseño, ¿verdad? Tiene un aspecto maligno. Y lo genial es que, cuando me lo coloque dentro de un momento, el visor bajará y ya no verá mi rostro. A partir de entonces seré invisible: ya no un ser humano, sino el dron perfecto. Sin rostro, sin carácter, sin sentimientos y sin alma. Estoy listo para saltar a la línea de fuego, disparar a lo loco y luego morir de forma espantosa. Ya lo verá: será hermoso. ¡Adiós y disfrútelo! Y… si de todos modos lo mira, tal vez vuelva a pensar en mí alguna vez.

Karel Smolders publicó su primer relato en los años ochenta. Posteriormente, convenció a una editorial belga, a través de más de media docena de libros infantiles, para que se adentrara en el género de la ciencia ficción. A esto le siguieron ocho libros para jóvenes adultos con diversas editoriales. Su inspiración entró en letargo durante algunos años, pero ha resurgido en la última década. Esto ha dado como resultado relatos —ya no dirigidos a jóvenes— que aparecen en diversas antologías y publicaciones. Una novela de ciencia ficción espacial se publicará en 2026.

 

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