Karel Smolders
Escuche, creo que
será mejor que se marche. Sí, todavía queda algo de tiempo, pero aun así,
cuando se desate el infierno no querrá estar aquí, créame.
¿Qué dice? ¿Que si no tengo miedo?
No, claro que no, ¿por qué habría de tenerlo? ¿Porque dentro de un rato
probablemente estaré muerto? Buen punto, pero no, no tengo miedo. Después de
todo llevo mucho tiempo esperando este momento. Es, por usar un cliché, mi
destino. ¿Perdón? ¿Cómo terminé así? Vaya, probablemente sea complicado, y la
verdad es que no lo sé muy bien. La memoria es algo molesto y, por suerte, la
mía es difusa.
Hay una cosa segura: al principio,
con un solo e insensible trazo de pluma, vendí mi vida. Desde ese instante
conocí mi destino. Está expresado literalmente en el contrato. Un contrato que
solo puedo romper de una manera: muriendo.
¿Mi nombre, pregunta? Es
irrelevante. Siguiendo una vieja tradición, mi nombre es nadie. No tengo
familia, amantes, amigos ni pasado. En el tiempo anterior a aquella firma yo no
existía, ¿entiende? No tuve infancia, ni padres que me guiaran durante mi niñez
y se preocuparan si no regresaba a casa a tiempo. Buscará inútilmente maestros
que me hayan tenido en sus clases, o compañeros con quienes recorrí borracho
las calles, o novias –o novios, quizá– que me arrancaran un beso o la
virginidad. Nunca existieron. Y no podría ser de otro modo. ¿Cómo se puede
aspirar a este trabajo si le rompe el corazón al amor de tu vida, o a tu madre
llorosa, o, Dios nos libre, a tus hijos? Tolerancia cero en ese sentido.
Y sin embargo somos muchos.
Cientos. Miles. Siempre.
No, tiene razón: entre aquel
entonces y ahora he recorrido un largo camino. Primero vino el entrenamiento.
Duro, porque el objetivo no es solo tu preparación física. También debes
aceptar tu propia inutilidad. Debes comprender que solo sirves para una cosa y
que la sociedad puede prescindir perfectamente de ti. Y por lo tanto también
debes dejar de lado el miedo a la muerte inevitable, sumergiéndolo en un baño
de violencia. Sabes que ese día llegará: una bala en la cabeza y tus sesos
convertidos en una pintura abstracta roja sobre la pared. O un proyectil en el
pecho o un lavabo arrancado y estampado contra tu cráneo, algo por el estilo.
Sí, lo que dice impresiona por un momento, pero no se equivoque. Para entonces
yo ya me había reconciliado con lo que habría de venir.
En fin, así que hubo maratones,
durante días enteros, con la mochila al hombro, vacía de vida pero llena de
inutilidad. Endurecerte bajo lluvias de balas, viendo caer a tus compañeros,
tan prescindibles y anónimos como tú, en fuentes de sangre. Un jueguito tonto,
en ese caso, por supuesto. Podemos ser desechables, pero la sincronización es
esencial para la carne de cañón.
No, no tengo idea de cuánto duró el
entrenamiento. ¿Un mes o dos años? Da igual. Pasó como una neblina. No recuerdo
detalles. ¿Detalles? ¿Qué digo? Los recuerdos en general están sobrevalorados.
¿Qué dice? Ah, sí. Sí, lo entiendo. A usted le gusta poder sacar algunos
fragmentos de conversación cuando vuelve a casa después de una larga jornada
laboral. Conserva recuerdos para poder evocarlos algún día en un café con
viejos amigos. Para bromear y reír y luego contárselos a sus nietos. ¿Pero yo?
No hay absolutamente nadie con quien compartir esos recuerdos, así que tampoco
necesito cargar con ellos. ¡No me mire con tanta tristeza! ¡Es la libertad
definitiva! Nadie se preocupa por mí, nadie me espera, es más: nadie sabe que
existo. ¿Ve? Después del entrenamiento estaba plenamente convencido de mi
propia redundancia. Y de una manera furtiva, con la promesa de morir en
combate, eso me proporcionó una extraña sensación. No sé cuánto tiempo tardé en
reconocerla como felicidad, pero me daba paz. Tiene razón: soy un humilde
engranaje en una máquina inmensa. Pero también uno indispensable. Porque, si
no, ¿quién lo haría? ¿Usted, tal vez? No, ya imaginaba que no. He hablado de
esto con otras personas. Todos se hacen las mismas preguntas, usted no es una
excepción. Pero cuando les lanzo esta pregunta a la cara, cuando les pregunto
directamente: “¿Quiere hacerlo usted?”, todos retroceden un paso, como si los
estuviera atacando. ¿Pero sabe cuál es el problema? Usted cree que puede marcar
la diferencia. Se considera demasiado importante.
Ah, bueno, es lo que hay. Después
del entrenamiento finalmente nos dieron un arma. Un arma de guerra cuya
fabricación desconocía, al igual que sus posibilidades. No hacía falta saberlo.
Solo tenía que aprender a apretar el gatillo sin que me destrozara el hombro.
Eso, y cargar la munición. ¿Perdón? No, ahí se equivoca. Esa arma no está
destinada a defenderme. No salvará mi miserable pellejo. No sirve para eso en
absoluto. Claro que voy a dispararla. Muchísimo incluso, espero, antes de que
me maten. Pero la intención no es que acierte nada. ¿Cómo que no lo entiende?
Pues claro que sí, ¿no? Bien, sí, sí, a usted no le gusta la idea, pero ¿qué
pensaría si a mí tampoco me gustara? ¿A dónde iríamos a parar entonces?
¿Después? Después vino la espera.
Tarde o temprano llega la misión. Cuándo, no lo sabes. De vez en cuando
entrenas, sí, pero por lo demás: el gran vacío. Por si se lo pregunta: no es
realmente un problema, me pongo a mí mismo en modo de espera. Así funciona con
los prescindibles.
Cuando llegó el momento de entrar
en acción, estaba preparado. La primera vez se trató de un brote en una
estación espacial, no importa dónde ni cuándo. Recuerdo poco de aquel día,
porque regresé sano y salvo. Principalmente porque no entré en combate. Siempre
hay un montón de drones como yo disponibles y, quizá porque era un novato,
estaba al final de la fila. En las primeras líneas se moría en abundancia. Los
héroes de turno, tan certeros como siempre, lograban alcanzarnos de maravilla.
Los nuestros caían elegantemente al suelo o se desplomaban por encima de las
barandillas hacia el final de sus vidas, perseguidos por un largo estertor de
muerte. Vi a varios desde la distancia. Era hermoso. Como una coreografía
asesina, un ballet de violencia acompañado por una sinfonía de ametralladoras
crepitantes. Los héroes hacían honor a nuestras filas. Aquello era la cumbre
absoluta. Así quería morir yo también.
Claro que siempre hay pequeños
defectos. Por ejemplo, aquel grupo minoritario de héroes no parecía preocuparse
de que sus balas, además de abatir con precisión a mis compañeros, también
abrieran agujeros letales en la pared exterior de la estación espacial. Y
aparentemente eso tampoco les molestaba. Así son los héroes. Como siempre,
salieron ilesos, pese a incontables caídas, explosiones y otros golpes
brutales. Y varios cientos de disparos que producían mucho ruido y chispas. Más
algunos daños colaterales. Una estación espacial, naturalmente, tiene personal
y a veces ese personal se cruza en medio de un tiroteo. Mala suerte, pero a
nadie le importa.
No, yo mismo no entré en acción.
Salvo para arrojar después los cadáveres de mis compañeros fuera de la esclusa
de aire. Después de todo, una vez terminada la operación la estación espacial
debe volver a funcionar.
¿Si he vivido algo más? Otros dos
ataques, sí. Siempre pueden llamarte y nunca sabes dónde ni cuándo. La primera
vez formamos parte del ejército mercenario de un dictador en algún país
inexistente de África. La segunda vez lanzamos un asalto contra un planeta
helado en quién sabe qué galaxia. Siglo XXVII o algo así. En aquella segunda
ocasión la batalla estaba terminando cuando me enviaron al frente. Incluso me
habían dado otro rifle, uno de esos láser. No llegué a usarlo, pero ya sabe lo
que eso significa: esta vez estoy en la primera oleada, así que mis días
realmente están contados.
¿Por qué mueve la cabeza? ¿De dónde
sale ese suspiro? ¿No estará triste? ¿No por mí? Eso es lo último que quisiera.
¿Acaso no le acabo de explicar cómo son las cosas? Mire, esta vez trabajamos
para una especie de jefe mafioso en un mundo distópico. Aunque a mí me da
igual. ¿Ve esto? Un casco, sí. Bonito diseño, ¿verdad? Tiene un aspecto
maligno. Y lo genial es que, cuando me lo coloque dentro de un momento, el
visor bajará y ya no verá mi rostro. A partir de entonces seré invisible: ya no
un ser humano, sino el dron perfecto. Sin rostro, sin carácter, sin
sentimientos y sin alma. Estoy listo para saltar a la línea de fuego, disparar
a lo loco y luego morir de forma espantosa. Ya lo verá: será hermoso. ¡Adiós y
disfrútelo! Y… si de todos modos lo mira, tal vez vuelva a pensar en mí alguna
vez.

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