Sandy DeLuca
Danny Cartello
tenía una gran voz, y tenía presencia. Ya conocen el tipo: buen cabello, buen
cuerpo y mucho atractivo sexual, vestido con chaqueta y pantalones de cuero,
tres brillantes de diamante en el lóbulo izquierdo y un rubí y una esmeralda en
el derecho. Cantaba en clubes locales, en el Bohemian Lounge, porque pertenecía
a su padre. Cantaba en bodas y fiestas. Nunca llegó a las grandes ligas. Quizá
porque su música no era original, ya que su banda siempre interpretaba temas
popularizados por artistas de R&B, soul y funk. Quizá porque en el fondo
era un muchacho de pueblo, demasiado asustado para ir más allá de la ciudad en
la que vivíamos. Y a pesar de todas las chicas, de las aventuras de una noche,
de las admiradoras locales... a pesar de todo eso, nunca hubo una mujer
especial a su lado. Creo que Mamá Coca y Azúcar Morena eran dueñas de su
corazón... de su cuerpo... de su vida. Creo que el alcohol y las drogas también
ocupaban gran parte de su tiempo.
Danny era mayor que yo y que los
chicos con los que me juntaba. No me conocía de nada, ni a mí ni a ninguno de
nosotros al principio. Yo me decía que nadie podía distinguirme entre una
multitud, que era una persona común. Pero mi padre solía compararme con
estrellas de cine; me decía que mi rostro podía abrirme puertas. Yo lo
ignoraba. Él me veía de una manera diferente a la de los demás. Además, yo solo
quería ser una chica común, una muchacha a la que alguien como Danny Cartello
jamás prestaría atención.
De todos modos, para los demás fue
un gran acontecimiento cuando una noche me señaló entre la multitud mientras
interpretaba Shout, un homenaje a los Isley Brothers, una canción que
encendía al público y lo lanzaba a la pista de baile. Danny lo hacía de
maravilla, moviendo las caderas mientras su voz resonaba por todo el club... y
de pronto se detuvo, me señaló y dijo:
—Que todos griten... incluso tú, la
del suéter azul.
Mi amiga Lilly me dedicó una
sonrisa rápida, me dio un codazo juguetón y susurró:
—Vaya, Carla. Mira a tu alrededor,
todo el mundo te está mirando. A ti. A ti. Podrías ser como Sable Starr o
Connie Hamzy, viajar con él...
—Déjalo ya —me reí.
—Lo sé, lo sé. Pero no te das
cuenta de lo que tienes a tu favor.
—Supongo que soy una bomba —me reí.
Por un impulso, detuve a Danny
cuando salía del club, con el estuche de la guitarra colgado del brazo y un
abrigo de lana sobre los hombros. Sonrió cuando le pregunté:
—¿Un autógrafo?
Le tendí papel y bolígrafo, y me
preguntó mi nombre mientras decía:
—Me voy de la ciudad, pero espero
verte por aquí cuando llegue el verano.
Lo observé escribir y me fijé en el
anillo que llevaba en el meñique de la mano derecha, de plata y oro, salpicado
de rubíes.
Me pregunté si Danny iba otra vez a
rehabilitación o si estaba huyendo de algún traficante al que le debía dinero.
—Nos vemos —dijo, guiñándome un ojo
rápidamente—. Me voy esta noche. Tengo una actuación en Nueva York. Tributo a
los Beatles.
Susurré:
—Genial.
Y lo observé alejarse con paso
despreocupado. Aquella fría noche de invierno tuve un mal presentimiento.
El fin de semana siguiente la
policía encontró su cuerpo en un hotel de Manhattan. Le habían disparado en la
cabeza. Supongo que no logró alejarse lo suficiente de aquel traficante.
Supongo que, después de todo, era inevitable.
Después de tantos años, sigo
pensando en él... en cómo las cosas podrían haber sido diferentes si hubiera
elegido otro camino. ¿Acaso no deseamos todos poder cambiar el pasado? Cómo
desearía que una máquina del tiempo mágica pudiera llevarnos de regreso para
corregir los errores de juicio... para reorganizar el destino.
Lloré la muerte de Danny, aunque
nuestro encuentro fue breve. Y a veces todavía lo oigo cantar, como aquella
noche lejana, con mi suéter azul tendido sobre la cama y el papel que firmó
para mí junto a él.
Nunca llegó a las grandes ligas...
pero sigue cantando para mí. Cuando termina su canción, unos labios fantasmales
se posan sobre los míos y me pregunta:
—¿Te vienes conmigo esta noche?
Otra copa de vino, y sigo a Danny
hacia la noche del rock and roll.
Sandy DeLuca es una novelista, poeta
y pintora estadounidense cuya obra fusiona el surrealismo gótico, el simbolismo
oculto y el horror de la decadencia urbana. Con décadas de presencia en el
underground literario oscuro y dos veces nominada al premio Bram Stoker, es
autora de numerosas novelas y colecciones —entre ellas Incantations,
Midnight Town, Hell’s Door, Darkness Conjured y A Box Full of Darkness—
y es ampliamente reconocida por su atmosférica mezcla de lo sobrenatural y lo
psicológicamente íntimo. Su ficción a menudo se centra en mujeres atormentadas,
magia ritual y espacios liminales, temas que se reflejan en su arte visual,
presente en portadas de libros, revistas y galerías de arte. En 2024, DeLuca
colaboró con Alex S. Johnson y Alea Celeste Williams (Pickles) en la
colección de poesía oscura Thunderstruck, una obra de versos eróticos, míticos
y con tintes de brujería. El libro recibió una crítica entusiasta en Cemetery
Dance Publications, donde el crítico Joshua Gage elogió su fusión de imágenes
paganas, sensualidad y terror, y destacó los poemas colaborativos como una
característica sobresaliente de la colección.
