Massimo Citi
No era, desde
luego, la primera vez; al contrario. Era un verdadero rito, o algo semejante.
Ocurría los jueves por la noche, hacia las veinte horas.
Se sabe cómo funcionan estas cosas:
las compras del hogar tienden a concentrarse en un día específico de la semana
y, salvo alguna necesidad particular o algún artículo que rompe la rutina al
agotarse el martes o el miércoles, el noventa por ciento de lo que llega a
faltar en un refrigerador promedio puede reponerse en una sola excursión. Era
uno de los secretos de la vida doméstica que, casado desde hacía poco menos de
un lustro, había aprendido con la práctica.
No me molestaba y me había
acostumbrado a encargarme de todo yo solo: estacionar, hacer las compras a toda
prisa con una lista preconcebida e infringir ligeramente la rigidez del mandato
adquiriendo un par de productos fuera de la lista. Ambos trabajábamos y la
vivienda era un regalo de mis acaudalados suegros; por lo tanto, no teníamos
inconvenientes en permitirnos ciertos desvíos del presupuesto destinado a la
gestión del hogar. En realidad, casi nunca representaba un gasto gravoso. Al no
tener hijos y haber pospuesto bastante el momento «adecuado» para tenerlos,
bastaba con reunir lo necesario –por lo general productos precocinados y listos
en cinco minutos– para una pareja que, de todos modos, salía a cenar fuera al
menos una o dos veces por semana.
Justo esa noche debía haber algo
especial. Quizá la presentación de un comediante de moda o, más probablemente,
el estreno de alguna película muy esperada. O tal vez la coincidencia de dos
eventos imperdibles. El resultado era que incluso el estacionamiento
subterráneo reservado para el supermercado estaba completamente lleno. Tras un
breve recorrido, bajé al segundo nivel subterráneo. No me agradaba conducir en
aquel laberinto de columnas, flechas, letreros y rampas demasiado estrechas.
Tenía temor de rozar algún escalón o murete que se escapara del campo del
espejo retrovisor, sin contar la posibilidad de que el pie resbalara del
embrague justo durante una curva en bajada. No me gustaban las luces de sodio
del estacionamiento subterráneo, que creaban sombras anaranjadas cruzadas,
superpuestas y huidizas que confundían el perfil de las aceras y alteraban la
percepción de la profundidad.
En el segundo nivel subterráneo la
situación no era mejor. Había vehículos por todas partes, ordenadamente
alineados en una larga fila sin interrupción. No había lugares libres, ni
siquiera lejos de los ascensores. Deambulé un rato y terminé recorriendo los
pasillos en sentido contrario al indicado por las flechas –amarillas, por
supuesto– pintadas en el suelo. El hecho de que hubiera muy poco movimiento y
ningún carrito rondando confirmaba mi hipótesis de que quienes llenaban el
estacionamiento del supermercado eran, en primer lugar, los rezagados de
aquellos hipotéticos eventos, derivados allí desde otros estacionamientos
completos.
Comencé a preguntarme si me había
equivocado de estacionamiento. Me detuve en medio del pasillo principal para
verificar. El símbolo del supermercado, un rombo verde que inscribía las siglas
de la cadena en letras amablemente redondeadas, estaba fijado muy alto sobre mi
cabeza, confirmando que me encontraba en el lugar correcto. Pronuncié una
grosería en voz alta con la ventanilla abierta: a mi alrededor no se veía un
alma. ¿Qué debía hacer?
Tuve la tentación de desistir. La
noche siguiente habría menos multitud. Pero la noche siguiente sería viernes.
Nos reuniríamos con Gilda y Miki, como sucedía a menudo los viernes, o de todos
modos tendríamos algún compromiso previo al fin de semana. Imposible. Y el
sábado… ni hablar. Las compras del sábado son para la gente común.
Podía abandonar el vehículo en
algún rincón muerto. Ya lo había visto hacer. No era especialmente peligroso.
Mi compra solía ser rápida; se trataría de una media hora, no más. Sí… claro…
¿pero y si un camión de reparto…?
Automáticamente miré a mi
alrededor. Había un par de camiones. Seguramente elegirían marcharse en el
instante preciso en que yo abandonara el vehículo para subir al ascensor. Y
comenzarían a hacer sonar la bocina con la obstinación característica de los conductores
de camiones, atrayendo la atención de los vigilantes. Tal vez me irían a
buscar, o tal vez… La idea de tener que ir al depósito de vehículos incautados
al otro extremo de la ciudad, con las bolsas a cuestas para recuperar el
automóvil embargado, me pareció simplemente escalofriante.
Nunca me había percatado, pero el
estacionamiento continuaba. Existía un tercer nivel subterráneo. Las flechas
mostraban un claro «–3» verde. Volví a encender el motor y bajé aún más.
Si tuviera que jurar haber visto
realmente aquel «–3», sobre todo en mis condiciones actuales, no podría
hacerlo. Es posible que me haya equivocado o tal vez ilusionado. Desde luego,
llegado a este punto debo pensar que se trató de una alucinación. No puedo
creer verdaderamente que alguien… O tal vez el tercer nivel subterráneo existe
en verdad, al igual que el cuarto y… solo que se trata de algo normal,
ordinario. Luces de sodio, olor a gasolina y a gases de escape, humedad y
silencio.
Nada, ni un rincón libre. Golpee el
volante con enfado, repitiendo la misma maldición pronunciada no más de cinco
minutos atrás. ¿Pero era posible? ¿Era razonable? Las luces en esta parte del
estacionamiento eran distintas. Tubos de neón manchados por los gases de escape
y encerrados en rejillas metálicas grises como telarañas. Tenían un aspecto
viejo, casi decrépito. Ningún foco encendido bajo los letreros que repetían el
logotipo del supermercado. En su lugar, manchas en el suelo y en las paredes,
el lejano sonido de gotas y rincones profundamente sumergidos en la sombra. Un
lugar nada agradable. «Limpieza y modernidad» debía ser o haber sido el lema de
aquel supermercado o tal vez de otros, no lo recuerdo. «Fresh & Clean»,
como cantaba Tom Waits. Bueno, me hallaba en el extremo opuesto del espectro,
sumergido en el olor tenue pero nauseabundo de neumático quemado y diésel.
Recorrí el primer pasillo.
Pacientemente al principio; luego, cada vez más incrédulo. La fila de vehículos
ordenadamente estacionados no parecía tener fin: una interminable extensión de
carrocerías vueltas uniformemente grises por la luz incierta y débil. Aceleré.
El suelo del subterráneo había cambiado. El hormigón había dado paso a un
pavimento resquebrajado y deteriorado. Charcos, grietas, fragmentos de baldosas
color sangre de buey: los sentía bajo las ruedas, pero no me atrevía a
detenerme.
El tercer nivel estaba desierto, en
apariencia. ¿A quién pertenecían todos esos automóviles grises abandonados a
oxidarse bajo una luz blanquecina? No sacaba ninguna conclusión ni formulaba
hipótesis. Había resbalado en lo absurdo y me desplazaba por aquel mundo
mecánico y crepuscular aferrado al volante de mi vehículo, el único aún vivo en
un amenazante y grotesco cementerio de automóviles olvidados, a la espera de
una señal del retorno a la realidad.
Avanzaba ya a una velocidad
bastante elevada, marcada por la frecuencia con la que el reflejo de los tubos
de neón se encendía en mi parabrisas. Si alguien hubiese aparecido de pronto
entre un vehículo y otro, no habría logrado frenar ni esquivarlo. Pero no
ocurriría: ese nivel no formaba parte –aunque fuese solo provisionalmente– de
nuestro mundo. Con el rabillo del ojo seguía el movimiento invariable de las
columnas y de los automóviles a mi alrededor. Una hipótesis, aún más absurda
que las que se habían formado en mi mente desde que me hallaba en aquel lugar,
había comenzado a acompañarme y, aunque me aterrorizaba, también me sentía
atraído y fascinado por ella. Quizá mi trayecto no era realmente rectilíneo
como me parecía. Tal vez estaba recorriendo una curva tan amplia que resultaba
imperceptible, un arco infinito que me conduciría a otro lugar y a otro tiempo.
Me invadió una excitación
delirante, una sensación de poder y seguridad que me llevó a olvidar que me
encontraba a bordo de un vehículo impulsado por una cantidad finita de energía
y combustible, y que, aun si mi recorrido potencial hubiese sido infinito, no
lo era yo ni lo era mi automóvil. Con la mente nublada, probablemente
hipnotizada por el ritmo regular de las luces, los automóviles y las columnas,
me erguí para sentarme mejor, lancé una mirada de desafío a la oscuridad inerte
que se congregaba más allá de la última fila de tubos de neón encendidos y
aceleré aún más. Por primera vez intenté comprender de verdad la naturaleza de
aquel lugar y descifrar qué tipo de vehículos se hallaban reunidos en aquel
absurdo e imposible santuario del automóvil.
Las columnas de sección cuadrada
eran las mismas que formaban la estructura de la titánica fábrica de los años
treinta donde se habían instalado un supermercado, una larga hilera de tiendas,
varios cines, un fragmento de universidad, exposiciones, muestras, ferias y
muchas otras cosas. Sin embargo, no eran pocas las áreas todavía cerradas e
inaccesibles. Por ejemplo, aún no era posible acceder a la segunda rampa en
espiral que conducía desde la planta baja hasta la pista situada en la azotea.
La había visto de pasada una mañana mientras deambulaba aburrido a la espera de
que Luisa terminara sus compras en compañía de una amiga. La segunda rampa
estaba justo detrás de una puerta cortafuegos pintada de rojo, que alguien
había dejado descuidadamente abierta.
Columnas, suelo y paredes no habían
sido repintados, y la rampa, simétrica a la iluminada que descendía en medio
del centro comercial, tenía un aspecto mugriento y descuidado, y se hallaba
parcialmente sumergida en la oscuridad. Permanecí unos segundos observándola
mientras por mi mente pasaban pensamientos extraños, probablemente tan absurdos
como el lugar en el que me encontraba. En este momento no recuerdo ninguno,
solo permanece la sensación de una vida mineral, paciente y olvidada, que
resistía al paso del tiempo. Lo que sí recuerdo es que me alejé de la puerta
roja con una sutil sensación de culpabilidad, como si me hubiese atrevido a
espiar algo que ya no estaba hecho para ser visto por ojos humanos. Algo
familiar, pero que con el correr de los años había desarrollado una naturaleza
profunda e inasible. Algo que se había vuelto incognoscible a pesar de poder
ser investigado sin dificultad.
Los vehículos. Modelos familiares,
automóviles que hasta unos treinta años atrás habían circulado por nuestras
calles. Automóviles con un nombre sencillo y concreto. Un número de tres cifras
o de cuatro. Los reconocí, pero no experimenté la sensación de tenue nostalgia,
un poco insulsa, asociada a los evocaciones demasiado fáciles. Esos vehículos –sombríos,
rayados, incrustados de mugre– no eran los medios de transporte domesticados y
bien conservados de algún coleccionista. De ellos emanaba una sensación de
frío, de impasible y lívida soledad casi palpables. Me esforcé por mirar más
allá de las primeras filas, por reconocer otros modelos. Tuve que forzar la
vista, incluso reducir la velocidad mientras sentía que el corazón se me daba
un vuelco. Si hasta ese momento habría podido creer que de algún modo había
terminado en un depósito de automóviles viejos absurdamente olvidado en lo
profundo del subsuelo de la ciudad, las formas y perfiles de los vehículos más
lejanos a los pasillos del subterráneo me convencieron definitivamente de haber
terminado en Otro Lugar, un otro lugar del cual probablemente no
lograría regresar jamás.
El diseño de un automóvil responde
a pocas normas, fácilmente definibles. Una lógica «interna» debida a la
existencia de un motor, un árbol de transmisión, cuatro ruedas, un habitáculo y
un maletero. Una lógica «externa» debida a la necesidad de atravesar el aire
sin comprometer la estabilidad ni consumir demasiado combustible.
Aquellos automóviles, alineados
detrás de los modelos más familiares, parecían escapar en parte o por completo
a esas pocas normas. Habitáculos inexistentes o salientes de las formas más
grotescas; motores absurdamente complicados que sobresalían de los capós como
vísceras expulsadas del vientre, incrustados de grasa negra y polvo;
automóviles sin ventanillas ni parabrisas, ciegos como larvas disecadas;
vehículos asimétricos, torcidos y absurdos, con la variedad de ruedas más
increíble que jamás hubiera visto. Monstruos, pesadillas, caprichos de una
Madre Naturaleza mecánica que nadie podría haber montado, ensamblado o pintado.
Un museo infinito de posibilidades mecánicas nunca imaginadas y tampoco
nacidas, una galería de horrores que no habían logrado materializarse en la
mesa de dibujo de ningún ingeniero, pero que estaban presentes en el juego:
sombras sin cuya existencia posible, sumergida y oscura, nuestro mundo –el
mundo «normal», cotidiano, hecho a nuestra imagen– nunca habría podido existir.
Volví a acelerar y finalmente
comencé a buscar alguna señal del mundo del que provenía. Una posible salida,
un pasaje. Si había sido posible alcanzar aquel inframundo de oportunidades
perdidas, debía ser igualmente posible dar con el número que me devolvería al
universo de las posibilidades ocurridas. Al menos, eso es lo que me ilusiona creer.
Pero no. Otras rampas descendían hacia ulteriores grados de improbabilidad.
Hacia un nivel 4, 5, tal vez hasta el infinito. De esos pasajes surgían de
pronto luces que se deslizaban sobre las columnas y los techos; probablemente
faros descontrolados de vehículos cada vez más alejados de las normas que
sostienen nuestro universo. En el aire, frío y seco, el único ruido era el
latido del motor de mi automóvil... que me era devuelto multiplicado y
amplificado por las paredes y los vehículos inmóviles.
No sabría decir cuánta distancia he
recorrido en busca de un pasaje hacia nuestro mundo. El cuentakilómetros
inexplicablemente se ha detenido. Llevo horas y horas conduciendo sin parar,
sin reducir jamás la marcha ni detenerme. Siento pavor de lo que podría ocurrir
si el motor se apaga o si me viese obligado a salir del habitáculo de mi
automóvil.
Apenas por encima de mí –a solo
unos metros– el mundo de luces, plástico, olor a patatas fritas, palomitas de
maíz y café que nos resulta familiar continúa su danza, ciegamente ignorante de
los miles de millones de pasados posibles que ha dejado tras de sí.
Conduzco, continúo conduciendo mientras
escudriño la penumbra en busca de un letrero con la leyenda «–2». Aún no estoy
demasiado cansado; todavía puedo albergar esperanzas.
Si me veo obligado a detenerme…
Mientras sea un pasajero de este
mundo, mientras me mantenga en movimiento, encerrado en mi burbuja de realidad,
seré solo un incidente insignificante y perfectamente reversible, un caso entre
miles de millones. Pero debo continuar; no puedo parar. Este mundo no debe
percatarse de mi existencia. No podré detenerme. No puedo detenerme.
Massimo Citi es un reconocido
escritor, editor y exlibrero italiano especializado en narrativa especulativa,
ciencia ficción, fantasía y ucronías. Nacido en Brescia y radicado en Turín,
ejerció durante más de cuatro décadas como librero. A la par de su labor
editorial con el sello CS_libri, ha sido codirector de publicaciones literarias
como la revista LN LibriNuovi y la antología anual Fata Morgana.
Asimismo, destaca por la edición de la serie de antologías Alia,
referente de la ciencia ficción tanto italiana como internacional. Como autor,
ha publicado numerosas novelas y relatos breves. Su obra abarca subgéneros que
van desde el steampunk hasta la ficción distópica y fantástica. En 2002
fue galardonado con el Premio Omelas por su relato «Il perdono a dio»,
una distinción otorgada en colaboración con Amnistía Internacional a obras de
ciencia ficción enfocadas en la defensa de los derechos humanos. Además de sus
publicaciones impresas, mantiene una presencia activa en el ámbito crítico y
ensayístico a través del blog literario Fronte e retro.