Sidney Williams
A veces, las noticias que uno ha
esperado no producen el efecto que imaginaba.
Alyssa Keating no experimenta
ninguna sensación de cierre cuando cuelga el teléfono después de que Bisley
termina de hablar.
Ningún alivio.
Ninguna satisfacción.
La sorprende comprobar que el
instante posterior a la llamada no parece diferente del instante anterior.
Tal vez se deba a que la noticia no
acaba de parecerle real.
Bisley no le preguntó si quería ver
el cadáver. No sabe si esas cosas se hacen, pero habría rechazado la propuesta.
Si él se lo hubiera preguntado antes de colgar, le habría dicho que ya había
visto bastante a Vern Shaver en las audiencias de libertad condicional.
El hecho de que haya muerto, saber
que nunca saldrá libre, debería bastar.
Se acerca a la estantería situada a
los pies de la cama. Desde hace varios años hay allí un pequeño montículo de
piedras planas, intacto, sin que jamás se haya tambaleado. Simboliza la promesa
que le hizo a su madre, Marie, cuando el cáncer estaba cobrando sus últimos
tributos al cuerpo y al espíritu.
Shaver mató a su tío, Donald
Corbin, el hermano mayor de su madre, que se había burlado de su hermanita
cuando eran niños, pero también la había protegido.
Había seguido siendo un buen
hermano mayor cuando ella comprendió que tendría que criar sola a una hija. La
visitaba los fines de semana, aparecía los viernes por la noche con una Barbie
Happenin’ Hair o muñecas Bratz y siempre se aseguraba de que no le faltara
dinero.
La pérdida destruyó algo en Marie,
pero también despertó otra cosa. Había asistido a todas las audiencias de
libertad condicional y, mientras se consumía, le había pedido a Alyssa que
continuara haciéndolo, que estuviera allí para mirar a los miembros de la junta
a los ojos, aunque no se permitieran declaraciones de las víctimas. Que
supieran del vacío que la ausencia de Donald había dejado en el mundo. Que lo
supieran con solo mirarla.
Alyssa pulsa la opción de rellamada
del teléfono solo después de varios minutos más de reflexión.
—Bisley —responde una voz.
—Soy Alyssa otra vez. Me preguntaba
si podría ver el cadáver. ¿Es posible?
—No sé si existe un procedimiento
formal para eso, pero puedo averiguarlo. Dame unos minutos.
Bisley, técnicamente el teniente
detective Carl Bisley, fue el investigador de la oficina del sheriff y se ha
mantenido en contacto a lo largo de los años, primero con Marie y luego con
Alyssa, siempre con cierta preocupación protectora, profesional pero... ¿qué?
¿También paternal?
Es un hombre de alrededor de un
metro setenta y tres, aficionado a las camisas abotonadas y los pantalones de
vestir. Ha ganado unos kilos y algunas canas con los años, pero sigue teniendo
casi el mismo aspecto que en los tiempos de la investigación. Alyssa siempre
imagina su versión actual frente a la casa del lago del tío Donald, bañada por
las luces de los vehículos de emergencia, ofreciéndole un hombro a su madre.
El detective vuelve a llamar poco
después.
—Lo llevaron a la morgue del
Hospital Beckett —dice—. Todos están convencidos de que murió por causas
naturales, pero corresponde hacer una autopsia. Pedí un favor. Podemos entrar y
ver el cadáver. Si estás segura de que quieres hacerlo.
Tal vez todo haya sido un poco más
que paternal. No va a discutir sus motivos. Él nunca se ha comportado más que
con cortesía.
—Creo que sí —dice.
No logra librarse de la sensación
de que, de algún modo, su madre la está observando.
Bisley la hace
entrar por el acceso de emergencias del hospital y toman un ascensor de acero
hasta el nivel de la morgue. Recorren un amplio y austero pasillo de baldosas y
atraviesan unas puertas batientes de acero inoxidable.
El empleado de turno es un muchacho
alto y delgado, de cabello rubio, que no parece demasiado interesado en la
placa ni en la identificación de Bisley, aunque el detective se las muestra de
todos modos.
—Es por aquí —dice el muchacho
después de consultar la pantalla de una computadora.
Sus pasos resuenan sobre más
baldosas hasta llegar a una sala con hileras de puertas metálicas blancas que
parecen más refrigeradores que las unidades que se ven en televisión.
¿Apilan cadáveres ahí dentro?
El empleado se dirige hacia una
puerta situada al final de una hilera. Cuando la abre, por fortuna solo uno de
los compartimientos está ocupado, aunque debajo hay espacio para otros dos
cuerpos.
—¿Quieren que lo ponga en una
camilla?
—No creo que sea necesario —dice
Bisley, y mira a Alyssa alzando las cejas a modo de pregunta.
—No, no, por favor, no se moleste.
—Solo deja que vea su rostro —dice
Bisley.
El muchacho abre la cremallera de
la bolsa mortuoria y separa los bordes.
El cabello de Shaver está más
plateado que en la última audiencia, un par de años atrás. Pero es él, sin
duda. Su piel tiene una palidez amarillenta, quizá acentuada por la luz
fluorescente, y los párpados parecen extrañamente hundidos.
Siempre había tenido una expresión
peculiar, una mirada muy suya: en el tribunal durante el juicio, más tarde en
las audiencias. Ella no consigue reconstruirla con precisión en la memoria,
pero ahora ha desaparecido.
Había estado huyendo después de un
atraco improvisado a una tienda, aunque él y un cómplice tenían antecedentes de
robos bancarios cuidadosamente planeados. Había sospechado que las autoridades
estaban tras su pista, había abandonado su casa y necesitaba dinero rápido y un
lugar donde esconderse.
La propiedad junto al lago de su
tío, poco utilizada, le había parecido un buen refugio durante unos días, pero
su tío había aparecido inesperadamente y lo había sorprendido, y la situación
se había complicado. Shaver, tenso y desesperado, había actuado.
Ahora simplemente parece... nada. O
un tipo que murió en prisión. Donde ella había contribuido a mantenerlo,
canalizando la voluntad de las piedras.
Sigue sin sentir nada. Hasta que él
se mueve.
Es solo un brazo y apenas un ligero
movimiento dentro de la bolsa, pero ella da un respingo. Después, la cabeza
gira levemente hacia ella. Bisley se acerca y le rodea los hombros con un
brazo.
—¿Eso ocurre? —pregunta.
—El rigor mortis varía —dice el
muchacho desde detrás de ellos—. En realidad, nunca se sabe qué puede pasar.
—Está bien —dice Bisley—. Está
muerto, cariño.
Viniendo de él, considerando todo
lo que han vivido, «cariño» resulta aceptable, igual que el brazo alrededor de
sus hombros. Él la hace volverse. Ella se deja llevar.
—A un tipo de la India lo mandaron
a la morgue —dice el muchacho—. En este trabajo uno se entera de esas cosas. Lo
metieron en uno de los compartimientos mientras esperaban para hacerle la
autopsia y despertó, empezó a golpear la puerta. Dijeron que había sido
catalepsia.
—Ya basta —dice Bisley.
Mientras el muchacho vuelve a
cerrar la bolsa mortuoria, el policía acompaña a Alyssa hacia la puerta.
—Aquí no ocurre eso —le asegura
cuando están en el pasillo—. Lo comprobaron una y otra vez. Está muerto.
—Lo sé.
—Si el patólogo empieza a cortarlo
y él grita, nos enteraremos. Pero está muerto.
—Se ha unido al coro invisible
—dice Alyssa, pensando más en George Eliot que en Monty Python. Entonces se
estremece al recordar un poco más del poema—. «...el coro invisible / de
aquellos muertos inmortales que vuelven a vivir / en mentes mejoradas por su
presencia...».
Desecha ese pensamiento mientras
regresan por donde han venido, con el sonido de sus pasos resonando contra las
baldosas. Shaver no mejora ninguna mente. No es inmortal.
Solo mira hacia atrás cuando llegan
a un corredor transversal. ¿Un sonido distinto del de sus pasos? Una camilla
vacía apoyada contra la pared se mueve un poco, desplazándose hacia afuera
mientras una de sus ruedas giratorias describe una pequeña espiral.
Bisley advierte que aminora el
paso.
—¿Ocurre algo?
—Esa camilla se movió.
—Debe de estar cerca de una rejilla
de ventilación.
Él continúa hacia la salida.
—¿Todavía no
sientes alivio? —pregunta Shawn.
Su cita habitual de los viernes por
la noche.
Están en la mesa de siempre, junto
a una ventana del pub. Ella alterna la mirada entre el canal deportivo de un
televisor y los rostros de la gente, sin concentrarse realmente en nada, aunque
toda la semana se ha sentido obligada a examinar caras.
Hace rato que no toca la
hamburguesa. Ahora la levanta y le da un mordisco.
—No sé qué siento —dice.
—¿Qué esperabas sentir?
—Que se había acabado.
Pronuncia las palabras con
esfuerzo, todavía con comida en la boca.
Él le da unas palmaditas en el
brazo, deseoso de hacer algo. Esa inclinación compasiva que siempre le ha
gustado en él puede llegar a resultar irritante.
—Mi madre siguió teniendo
pesadillas hasta poco antes de morir —dice—. A veces creía que Shaver estaba
dentro de su casa.
—¿No podía deberse en parte a los
medicamentos?
—Dijeron que algunos podían causar
problemas de concentración. ¿Quién sabe lo que hace el cerebro? Mamá quería a
su hermano. Se obsesionó.
Desde que vio moverse el cadáver no
ha podido librarse de aquella extraña sensación, no exactamente de estar siendo
observada, sino de algo, una presencia.
Shawn es terapeuta y probablemente
diría algo así como que ella está creando su propia realidad. Tal vez sea
cierto, pero siente que debe permanecer alerta. No reemplaza del todo la
vigilancia que mantuvo por su madre, pero ocupa un espacio en su paisaje
emocional.
Un hombre sentado de espaldas a
ella, en el extremo de una mesa bajo un televisor situado en una esquina, se
vuelve justo entonces, apenas para mirar en su dirección.
Y ella ve que es Shaver, mirándola.
Casi con esa maldita expresión.
Ahora tiene un destello, una imagen
repentina de Shaver durante las audiencias de libertad condicional, cuando
miraba por encima del hombro y la encontraba entre el público.
¿Cómo podría alguien reproducir
aquella mirada?
Parpadea y, por supuesto, no es
Shaver. Solo un hombre que empieza a quedarse calvo y tiene una barba parecida,
que se ha vuelto para buscar al camarero y pedir otra jarra. Ella ha proyectado
aquella expresión sobre él, ha interpretado mal su mirada.
Shawn advierte cómo respira y
vuelve a tocarla, intentando consolarla. Ella se esfuerza por no apartar
bruscamente el brazo. Él tiene buenas intenciones.
Y con el tiempo esa sensación
desaparecerá. Eso espera. Tal vez cuando hayan enterrado o incinerado al
bastardo.
El paseo hasta su
apartamento es de unos cuatrocientos metros y los lleva por un pequeño puente
ornamental sobre un arroyo bordeado de árboles y arbustos. Después continúan
hasta el complejo de apartamentos situado al final de la calle. Delante se
extiende un cañón de asfalto vacío, un mundo blanqueado por la luz de la luna.
Apenas algunas sombras. Ella las examina en busca de movimiento. Shaver no
aparece.
Otra vez: por supuesto que no.
Le sirve rápidamente a Shawn un
poco del whisky escocés que él guarda en su casa y apenas un chorrito para
ella, reforzando el entumecimiento interior iniciado por las cervezas de la
cena. Él le hace algunas preguntas, preguntas de terapeuta. Ella las esquiva;
no está de humor para convertirse en un caso clínico.
Tampoco está de humor para el
romance. Se deciden por una comedia romántica de HBO, pero con las luces bajas
y el alcohol en el organismo, los párpados empiezan a pesarle y pronto cabecea
mientras Emilia Clarke afronta problemas profesionales y sentimentales.
Más tarde la despierta un sonido
tenue, un roce más inmediato que la voz del narrador de un documental que
comenzó después de la película.
Es el arbusto situado fuera de una
ventana.
¿Hay alguien moviéndose allí?
Los músculos se le tensan, la
obligan a incorporarse y después quedan petrificados mientras observa la
silueta negra a través de las persianas de tablillas. ¿Ramas agitadas por el
viento o algo más?
Obliga a sus pulmones a inspirar
profundamente. Mira a Shawn, que dormita. ¿Debería despertarlo?
La silueta vuelve a moverse y
después queda inmóvil. Ella se recuesta otra vez en el sofá y apoya la cabeza.
Su respiración se hace más lenta. El mundo permanece silencioso, salvo por el
zumbido habitual que persiste en un mundo electrificado.
Los párpados vuelven a caer. Piensa
que quizá vuelva a dormitar.
Y así ocurre.
Duerme hasta que un estrépito
resuena en la cocina. La habitación no es más que un pequeño espacio contiguo a
la sala.
Shawn sigue dormitando a su lado,
sin haberse despertado.
Probablemente sea una bandeja
colocada de manera inestable para que se secara, pero será mejor comprobarlo.
Es absurdo pensar que pueda haber alguien en el apartamento, pero la inquietud
no la abandona.
Cruza la alfombra y vacila justo
antes de la entrada de la cocina. Puede ver una parte de la encimera, pero no
todo el espacio. No quiere avanzar, o sus piernas no quieren hacerlo. Está
temblando. Se pregunta qué podría haber allí. No puede ser él.
No cree en fantasmas, espíritus ni
almas que permanezcan entre los vivos.
Pero el cadáver se movió. La
camilla. Shawn le diría que está siendo absurda.
Adelanta un pie, luego el otro. Rodea
la pared. La cocina está vacía. Una bandeja para hornear yace en el suelo; se
ha deslizado desde el escurridor. La recoge y la deja otra vez sobre la
encimera.
En ese momento Shawn emite un
gemido trémulo.
Ella corre hacia la sala. Él se
agita, todavía atrapado en el sueño, quizá soñando. Ella lo sacude. Tal vez no
se deba hacer eso. Él se mueve, se incorpora aturdido y mira alrededor.
—¿Qué pasa?
—No pasa nada —dice ella—. Una
pesadilla.
—Creí...
Vacila. Está lo bastante despierto
para contenerse al comprender que alimentará la inquietud de Alyssa.
—¿Qué?
—Creí que Shaver estaba aquí.
Lo dice como si fuera una
confesión.
—¿Dónde?
—En el apartamento. Mirándonos
desde la cocina.
Ella se deja caer a su lado.
¿Por qué ha dicho «la cocina»?
—Aquí solo estamos nosotros —dice,
casi creyéndolo.
¿Habrá incorporado el estrépito a
su sueño o habrá percibido algo? Ya no sabe qué creer.
Bisley la llama al
trabajo para informarle de que Shaver ha sido incinerado. Por petición de algún
pariente lejano. Lleva una semana mirando por encima del hombro cuando camina
por la calle, comprobando tres veces las cerraduras y evitando quedarse hasta
tarde en la oficina. Saber que ahora es ceniza no pone fin a nada de eso.
Un día, mientras espera el autobús,
lo ve entre la gente, a media manzana detrás de ella. Cuando vuelve a mirar ya
no está, pero el episodio desencadena un recuerdo. Una audiencia de libertad
condicional.
Su mirada. Otra vez aquella
expresión.
Eso conduce a otra versión
inevitable e imaginaria de Shaver.
Cuando llega el autobús, sube, se
apresura a ocupar un asiento y baja la cabeza, sollozando. No puede detener la
escena que se reproduce en su mente: Shaver rompiendo el cristal de la puerta
de la casa del lago, empujando la puerta hacia adentro, entrando para...
...encontrarse con su tío, que ha
llegado a la habitación medio dormido, alertado por el ruido.
Durante un segundo inmóvil, ambos
quedan sorprendidos. Entonces Shaver busca la pistola que utilizaba en sus
robos. Su tío extiende las manos, con las palmas hacia adelante, suplicando. Shaver
dispara de todos modos. Tres veces. (Eso último es un dato del médico forense,
aunque el resto sea una mezcla confusa en la que quizá algunas partes estén
invertidas. Shaver ya estaba dentro de la casa cuando su tío lo descubrió. ¿No
era así? Entonces, ¿qué significa el allanamiento...?)
Para su madre había sido real.
Ahora vuelve a serlo. Es como si ella hubiera estado allí. Como si él estuviera
aquí.
Las cenizas no ponen fin a nada.
Empieza a registrar
periódicamente el apartamento, revisando cuidadosamente los armarios,
explorando los rincones del fondo y apartando la ropa colgada. Él no puede
estar allí físicamente, se dice, pero no consigue descansar hasta comprobarlo.
A veces termina una inspección y
debe repetirla, y la ansiedad solo disminuye después del segundo registro.
Shaver le está consumiendo más energía ahora que cuando estaba vivo.
Shawn calificaría aquello como un
síntoma de trastorno obsesivo-compulsivo. Le ocupa suficiente tiempo como para
justificarlo, así que no se lo menciona cuando cancela su encuentro del
viernes. Se limita a decir que no se siente bien.
Después del trabajo va directamente
a casa, realiza la inspección, comprueba cuidadosamente las cerraduras de
puertas y ventanas, come unas sobras y después se instala en el sofá para ver
una película. No se queda dormida, pero tampoco logra concentrarse en lo que
aparece en la televisión.
Entonces oye un ruido en el piso de
arriba. Ha estado despierta. Nadie ha entrado por las puertas ni por las
ventanas. Se dice que no es nada.
Después las vigas crujen sobre su
cabeza.
Busca unas tijeras –en realidad,
unas gruesas tijeras de cocina– y las aferra con una mano antes de subir las
escaleras. El pasillo del piso superior está vacío. Continúa hasta su
dormitorio. También está vacío. Las ventanas siguen cerradas, las persianas
intactas. Está pensando que otra vez debe de haberlo imaginado todo cuando oye
un tintineo tenue.
Perchas que chocan entre sí.
Maldita sea, registró el armario.
Dos veces. Él no está ahí. Su cerebro replica que allí no hay ninguna rejilla
de ventilación, que ninguna corriente de aire podría entrar con facilidad.
Cualquier movimiento provocado cuando apartó las cosas ya debería haberse
detenido. ¿Existe algo en la física que permita explicar esto? ¿O tendrá que
buscar una respuesta fuera de la realidad convencional?
Las notas iniciales que dan el tono
al coro invisible.
...aquellos muertos inmortales que
viven en las mentes...
NO mejoradas por su presencia, en
este caso.
Shaver sobre la camilla aparece
fugazmente en su mente. Aquel estremecimiento, el giro de la cabeza. Y eso
desencadena otra vez el recuerdo de la mirada.
Shaver con aquella expresión; había
un ligero movimiento ascendente en las comisuras de sus labios, una sonrisa
sombría cuando la descubría entre el público.
De pronto comprende que era como si
quisiera hacerle saber que, de algún modo, estaba satisfecho; que aunque
permaneciera encerrado y la presencia de ella en las audiencias contribuyera a
mantenerlo allí, el asesinato había bastado para que todo valiera la pena.
Había sido algo incidental durante su huida, un impulso desesperado, pero le
había proporcionado algo, lo había saciado a pesar de su situación. El daño
causado compensaba la pérdida de las comodidades que le habían proporcionado
sus robos, lo resarcía por las condiciones deshumanizadoras de la jaula.
Aquella mirada también transmitía
que no se trataba únicamente de la satisfacción por lo que había hecho. Él, o
algo, se alimentaba del sufrimiento persistente, del dolor que su madre había
albergado y dejado supurar en la confluencia del amor, la memoria y la pérdida.
Había extraído energía de su presencia, de aquello que ella intentaba
transmitir a la junta.
El sufrimiento había pasado a
Alyssa junto con la obligación.
Tenía que asistir a las audiencias.
Tenía que continuar, tenía que hacer saber a los funcionarios y a la junta de
libertad condicional lo que había ocurrido; lo había prometido. Pero al hacerlo
le daba a Shaver algo a lo que él se había aferrado y que había aprendido a
saborear, a esperar con impaciencia. Algo se había formado en su interior que
se alimentaba de lo que él era, de lo que había hecho y de lo que había
provocado.
En una ocasión ella lo había
percibido y había intentado explicárselo a Shawn, quien al menos le había
ofrecido algunas ideas. Ahora casi lo había olvidado.
Los golpecitos proceden del
interior de la puerta del armario, débiles, constantes. Como uñas. Un golpeteo
suave, provocador. El hijo de puta. Un poco más fuerte. Golpes sordos. Por si
no los había oído.
¿Quiere él –o eso– que ella se
acerque, abra de un tirón la puerta, apuñale el aire, aparte la ropa otra vez,
lo busque? ¿Que grite? Ve esa maldita sonrisa satisfecha. Lo único que le
quedaba, intentando transmitir aquella sombría satisfacción.
—¡Noooooooooo!
Él, o eso, no seguirá
alimentándose, maldita sea.
—¡Vete! ¡Vete de una puta vez!
Golpea con los puños la parte
exterior de la puerta.
—¡Vete! ¡Vete al puto infierno que
te esté esperando!
Se aprieta contra la puerta,
escucha y después se vuelve. Con la espalda apoyada contra la madera, se
desliza hasta quedar sentada en el suelo. Para que la puerta se abra, algo
tendrá que apartar su peso. Nada lo intenta. Ningún sonido. Permanece sentada y
espera, y espera...
...finalmente... cuando ya no puede
soportarlo más...
abre la puerta de golpe.
¿Puede sentir algo? Echa a correr
hacia el montículo de piedras. Las piedras que han canalizado tanto.
Algo frío le roza la nuca.
Golpea el pequeño montículo y
dispersa las piedras por toda la habitación.
¿Y el frío? Se toca la nuca.
Ha desaparecido.
Mira alrededor. Contempla la
quietud. La habitación está verdaderamente vacía, salvo por su propia
presencia.
Recoge las pequeñas
piedras planas que fueron apiladas con tanto cuidado hace tantos años, las
piedras que se han mantenido firmes e intactas, las piedras que nunca rompieron
su formación. Las recoge una por una y las guarda en el bolsillo de su suéter. Es
de mañana. Shawn la espera abajo.
Él camina con ella hasta el
estrecho puente, donde Alyssa se apoya en la barandilla. Una vez más, de una en
una, saca las piedras del bolsillo y las arroja al agua.
Caen con pequeños chapoteos y se
hunden.
Por fin, con las piedras dispersas
y las ondulaciones del agua moviéndose sobre ellas, empieza a sentir que todo
ha terminado.
Sidney Williams es un autor cuya obra incluye novelas de terror publicadas de forma tradicional —pertenecientes a la época de los llamados «paperbacks from hell»—, como Gnelfs (de Kensington Books), y títulos más recientes de Crossroad Press, entre ellos A Disturbance of Shadows, Dark Hours y Disciples of the Serpent; asimismo, ha publicado una colección de relatos tempranos titulada Scars and Candy y dos libros de la serie de suspense detectivesco protagonizada por Si Reardon. Originario de Luisiana, ahora reside en Virginia tras haber pasado varios años en Orlando. Visítelo en SidIsAlive.com.
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