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martes, 25 de agosto de 2026

UNOS GRAMOS DE CARNE (Los cuentos de la mil segunda noche)

Patrick Eris

 



A la memoria de Anne Duguël —más conocida como Gudule—,
quien publicó mi primer Cuento de la mil segunda noche…

 

Se dice que, en pleno reino de Hujride, entre Himyar y Bizancio, se alza la ciudad de al-Kiddat. Construida enteramente en altura al borde de un acantilado que domina el mar, se parece más a una fortaleza que a una ciudad. También se dice que, en su punto más elevado, sobre una pequeña terraza a la que se accede por una escalera polvorienta que nadie recorre jamás, hay un gran gong. Nadie recuerda quién lo fabricó ni por qué; su historia se pierde entre las brumas del tiempo. Aunque no se ha oxidado, el bronce está apagado por los siglos, y solo las arañas y los insectos frecuentan aquel lugar. El sol intenta en vano arrancar algún reflejo de su superficie adormecida en su inmovilidad metálica, y el mazo permanece arrinconado desde hace siglos, quizá milenios.

También se dice que, si alguien hiciera sonar ese gong, despertaría a un ifrit que duerme en las profundidades del océano y que, a cambio de un tributo insignificante, aquella criatura concedería el deseo de quien la hubiera llamado.

Ahora bien, se advierte con toda claridad que no debe hacérselo sonar. Nunca, en ninguna circunstancia.

Y, sin embargo, siempre hay alguien más insensato o más desesperado que los demás para desoír esas advertencias. Sube hasta lo más alto de la ciudad, donde, según dicen, la vista del océano es deslumbrante, toma el mazo y lo descarga sobre la superficie de bronce.

Lo que sucede luego con el imprudente también se ha perdido en las brumas del tiempo. Solo se sabe que, en todas las ocasiones, las consecuencias fueron de lo más funestas.

Siempre.

Y, sin embargo…

 

Los habían aplastado. Habían aplastado a su ejército.

Aquellos malditos nassríes habían maniobrado con habilidad: los defensores de al-Kiddat habían lanzado el ataque… para quedar atrapados entre dos fuegos por un segundo flanco que permanecía bien oculto.

Desde lo alto de su balcón, el sultán Akil al-Murar había seguido toda la maniobra con su catalejo. Y, pese al calor, un frío glacial se había ido apoderando poco a poco de sus entrañas. El sultán no tenía un corazón de piedra, y aquel espectáculo brutal y sangriento lo había dejado aturdido.

Maldijo en sabeo y se secó el sudor de la frente. Según los informes, aquellos diablos nassríes habían arrasado el país de Ma'at y nada parecía capaz de detenerlos. Además, los mensajeros le habían advertido que, si continuaban en la misma dirección, terminarían llegando inevitablemente a al-Kiddat.

Entonces el sultán había convocado a todos sus hombres de armas. Con cada mensaje alarmante se hacía más evidente que el enemigo pretendía apoderarse de la ciudad. Solo había dos posibilidades: soportar un asedio interminable, con su inevitable secuela de privaciones y quizá de hambrunas, o presentar batalla en campo abierto.

Había optado por la segunda, respaldado por sus generales.

Generales que, en ese mismo instante, debían de haber sucumbido bajo los golpes del enemigo.

El sultán apartó la vista de aquel lamentable espectáculo y comenzó a recorrer nerviosamente sus aposentos. ¿Qué hacer? Nunca había conocido la guerra y, sin embargo, ahora se encontraba solo. ¿Debían resignarse al asedio? Y si el enemigo lograba entrar… Prefería no pensarlo. La crueldad de los nassríes era bien conocida. Imaginó la ciudad, su ciudad, entregada al fuego y a la sangre… Para Akil al-Murar, a quien todos alababan por su sentido de la justicia, su equidad y su dedicación al bienestar de sus súbditos, aquella idea resultaba aún más espantosa que el suplicio que lo aguardaba a él mismo.

¿Qué hacer, Dios mío?

Lo invocó, pero Su luz no acudió a iluminarlo.

Fue entonces cuando un pensamiento nació en su mente, como si un djinn travieso se lo hubiera susurrado al oído. Y se negó a abandonarlo.

¿Qué tenía que perder?

Así fue como el sultán Akil al-Murar emprendió un camino que nadie había recorrido desde tiempos inmemoriales. Tras una breve ascensión, subió la estrecha escalera y llegó a la terraza.

El espectáculo era magnífico: el sol descendía lentamente hacia el horizonte e incendiaba de reflejos el océano, que se extendía apacible hasta perderse bajo un cielo de un azul impecable. Pero el sultán estaba demasiado preocupado para prestarle atención.

El gong seguía allí.

Durante el trayecto se había preguntado si todo aquello no sería más que un cuento, como los que, según se decía, inventaba Sherezade para escapar de la muerte. Examinó el círculo de bronce. Lo había imaginado más grande: apenas alcanzaba la altura de un hombre. Una vez más dudó de que realmente poseyera algún poder. La simple existencia del gong no demostraba que la leyenda fuera cierta de principio a fin.

Pero solo había una manera de averiguarlo.

Tomó el mazo, estremeciéndose de repugnancia ante la capa de suciedad y telarañas que lo cubría. Respiró hondo para serenarse y lo dejó caer.

El sonido fue más débil de lo que había imaginado. ¿O acaso solo resonó dentro de su cabeza? Y, sin embargo, cumplió su cometido.

En las profundidades del océano, allí donde jamás llegan los rayos del sol, algo despertó de un letargo de varios milenios. Una columna de burbujas ascendió hacia la superficie. El mar se agitó con violencia cuando una masa descomunal comenzó a moverse, remontando desde los abismos que le servían de morada.

Entonces, en medio de un enorme estruendo de agua desplazada, el ifrit emergió de las olas y se alzó ante el sultán, que lo contemplaba estupefacto.

Sería inútil intentar describirlo, porque en la lengua de los hombres no existen palabras adecuadas para hacerlo. Era menos una criatura física que una fuerza de la naturaleza, indómita y destructora; era la tormenta que sepulta a los beduinos del desierto, la ola nacida en alta mar que hace astillas un barco como si fuera una brizna de paja, el rayo y la avalancha, surgidos de la combinación de los cuatro elementos en su forma más terrible.

Y no cabía duda de que aquel ser adoptaba tantas apariencias como ojos lo contemplaban, si es que era realmente un ser vivo y no, más bien, un principio de la naturaleza.

El inmenso ser permaneció inmóvil, mientras el agua caía en cascadas a lo largo de su cuerpo y el sultán, boquiabierto, intentaba recuperar la compostura. Sus miradas se encontraron y Akil vio brillar en los ojos del ifrit una inteligencia que lo desconcertó aún más; pero era una inteligencia extraña, distinta de la de los hombres, cuyos razonamientos seguían caminos imposibles de comprender para cualquier ser humano.

—¿Me has llamado? —preguntó la criatura en la tosca lengua de los sabeos, con una voz que solo resonó dentro de la mente del sultán.

Al comprobar que el ser no lo había reducido a una masa informe, Akil al-Murar intentó recuperar la voz. Pero el ifrit leyó en su pensamiento aquello que él no conseguía expresar con palabras.

—Ya veo. ¿Quieres que libre a tu pueblo de esos invasores?

Abrumado, paralizado por lo absurdo de la situación e intimidado por aquella criatura que, sin embargo, no mostraba la menor hostilidad, el sultán solo pudo asentir.

—Muy bien. Pero sabes que, a cambio, tengo el derecho y el deber de exigir un tributo.

El sultán casi había olvidado esa parte de la historia…

—No temas. No te pediré gran cosa. Tan solo unos gramos de tu carne.

Casi sin darse cuenta, el sultán se golpeó el pecho con el puño, sellando así el pacto.

—Así será.

Dicho esto, el ifrit se transformó en un torbellino que se precipitó de inmediato hacia el ejército nassrí, acompañado por una inmensa explosión de agua.

El torbellino barrió a los soldados como si fueran briznas de paja.

Hombre de paz más que de guerra, Akil al-Murar ya había contemplado suficiente matanza por aquel día. Prefirió no presenciar el espectáculo y descendió de nuevo hacia la ciudad, dejando atrás el impasible gong.

 

Durante el descenso por las numerosas escaleras que conducían desde la cima de al-Kiddat, el sultán tuvo tiempo de convencerse de que todo había sido un sueño particularmente extraño. Aquel encuentro con el ifrit comenzaba ya a desdibujarse en su memoria, adquiriendo el carácter fantasmagórico de esos sueños que el amanecer se lleva consigo.

Y, sin embargo, cuando llegó al balcón de sus aposentos y contempló el campo de batalla, solo vio cadáveres retorcidos. En apenas unos minutos, el ifrit había aniquilado al ejército enemigo antes de regresar, sin duda, a su palacio en las profundidades marinas. Un puñado de supervivientes vagaba con el andar incierto de los enajenados; era evidente que aquel espectáculo los había vuelto locos. Los habitantes de la ciudad acudían ya a socorrerlos y les ofrecerían un lugar entre ellos, pues se dice que hay que tratar con respeto al loco, que no es sino otra faceta del sabio.

Ya comenzaban a llegar hasta él los gritos de júbilo de sus súbditos. Más tarde, cuando se uniera a las celebraciones, comprobaría que nadie sabía con certeza qué había destruido al enemigo. Quienes habían presenciado el prodigio aseguraban haber visto una tempestad que Dios –ya fuera el de los judíos, el de los cristianos, el de los zoroastrianos o el de cualquiera de las muchas religiones que convivían pacíficamente en la ciudad, pues no era momento para disputas teológicas– había enviado en respuesta a sus plegarias. Pero nadie insistió demasiado en la cuestión. Todos prefirieron rendir homenaje a los soldados que habían muerto heroicamente frente a un enemigo más astuto.

Sin embargo, por grande que fuera el alivio de Akil al-Murar y por feliz que se sintiera de haber salvado su ciudad y a sus habitantes, las palabras del ifrit seguían resonando en sus oídos.

Unos gramos de tu carne...

¿Qué había querido decir con aquello? Era bien sabido que los ifrits eran seres retorcidos, cuyas mentes seguían caminos inaccesibles para los hombres. ¿Qué destino le preparaba, peor incluso que el que le habría aguardado de caer en manos de los nassríes? Sintió un leve estremecimiento en el estómago. ¿Y si se refería precisamente a ese pedazo de carne? Pero ¿qué importaba? Prefería renunciar para siempre a tener descendencia y a los placeres de los sentidos si ese era el sacrificio exigido.

No, el ifrit no podía infligirle un destino peor que aquel del que acababa de escapar, se dijo para tranquilizarse.

Se equivocaba.

 

Se llamaba Imru al-Qays, a quien todos conocían como «el rey errante», y era poeta, una ocupación que por entonces gozaba del mayor respeto entre los pueblos de aquella región. Se decía incluso que el profeta de aquella nueva religión monoteísta que comenzaba a extenderse cantaba sus alabanzas. Su inagotable deseo de viajar lo había conducido nuevamente hasta las puertas de al-Kiddat. Era hijo del rey Hujr, predecesor de Akil al-Murar. El sultán había ofrecido un banquete en su honor, durante el cual el hombre de letras había cautivado a los presentes con sus qasidas cuidadosamente elaboradas. Como muestra de gratitud, se le había concedido una habitación en los aposentos reales, de la que podía disponer cuanto tiempo quisiera. Llevaba ya varios meses residiendo allí, disfrutando de la mesa y de los sirvientes del sultán a cambio de sus poemas y de sus sensatos consejos. Y todos fingían no advertir su conocida pasión por las mujeres y el vino. Pero el poeta volvía a sentir el llamado del camino y pronto retomaría sus viajes, pues ese era su destino.

Aquella noche, como todos los demás, había celebrado generosamente la derrota de los invasores, brindando tanto con desconocidos como con amigos de una noche o de varios meses, y regresó a su habitación con la mente agradablemente nublada por el vino.

Pero el grito, capaz de helar la sangre, que desgarró la calma nocturna bastó para devolverle toda la lucidez.

Miró a su alrededor. Un segundo alarido resonó. Ya los sirvientes, familiares y consejeros corrían apresuradamente por los pasillos. Un nuevo grito espantoso los condujo hasta la habitación de Akil al-Murar.

El sultán se debatía sobre el lecho como si estuviera atrapado en una pesadilla.

Pero cuando acercaron las lámparas de aceite a su cama, todos contuvieron el aliento y retrocedieron instintivamente.

Sobre el noble rostro de su soberano habían aparecido tres espantosas heridas que desgarraban su carne.

¿Tres? No... ¡Cuatro!

Los presentes se miraron unos a otros, desconcertados.

Y, ante sus propios ojos, una nueva herida abrió un surco sangriento en la mejilla del sultán, arrancándole otro desgarrador alarido.

Volvieron a mirarse. ¿Qué clase de hechicería era aquella? Uno de los consejeros, hombre prudente, pasó la mano por encima del rostro del sultán y luego recorrió el aire sobre todo su cuerpo.

No encontró nada. No había enemigo invisible alguno capaz de producir semejantes desgarrones. Y, mientras aún se incorporaba, otro profundo tajo se abrió sobre el pómulo del soberano.

Todos permanecieron inmóviles, estupefactos. ¿Qué podían hacer? ¿Cómo detener aquel maleficio, si realmente se trataba de un maleficio?

Comenzaron a recorrer la estancia de un lado a otro con pasos nerviosos. ¿Qué hacer? ¿Cómo aliviar semejante tormento? ¿Continuaría indefinidamente?

Las heridas seguían apareciendo a intervalos más o menos regulares. Y nadie podía impedirlo. Nadie era siquiera capaz de comprender qué estaba ocurriendo. Algunos comenzaron a rezar.

Mandaron llamar a hombres santos, sin importar a qué dios sirvieran, pero todos resultaron igualmente impotentes. Aquel suplicio atroz se prolongó durante toda la cálida noche.

Lo que ninguno de ellos sabía era que, con cada una de aquellas heridas, algo le era arrebatado al sultán.

Unos ínfimos miligramos de su carne...

El suplicio se prolongó durante toda la noche, y los desgarradores alaridos del desdichado resonaron sin cesar, crispando los nervios de todos los que se iban relevando en el palacio. Pero nadie, ya fuera herbolario, médico o sacerdote, supo cómo poner fin a aquel tormento. Ni las oraciones, ni las súplicas, ni siquiera un desesperado intento de exorcismo surtieron el menor efecto.

Las cuerdas vocales del sultán fueron las primeras en ceder.

Llegado ese momento, ya nadie tenía valor para mirar su rostro, convertido en una única y espantosa llaga. Todos, profundamente conmovidos por el afecto que profesaban a su soberano, apenas se atrevían a imaginar el tormento digno de los condenados que debía de estar soportando.

Finalmente, también su razón sucumbió, vencida por un dolor que el cerebro humano ya no podía soportar.

Algunos sintieron incluso un extraño alivio al advertirlo: quizá, refugiado en lo más profundo de sí mismo, hubiera encontrado un lugar donde el sufrimiento ya no pudiera alcanzarlo.

Cuando el alba tiñó de rosa la ciudad intacta, el sultán, cubierto de sangre, yacía inmóvil en medio de sus allegados, abatidos por la impotencia. Las diminutas heridas seguían apareciendo, dejando en ocasiones el hueso al descubierto. Era un espectáculo tan espantoso que perseguiría hasta el fin de sus días a cuantos lo habían presenciado.

Entonces, de pronto, en esa hora mágica en la que la noche cede el paso al día, el sultán sufrió una violenta sacudida.

Con la boca –o lo que quedaba de ella– abierta en un grito silencioso, saltó de la cama como si estuviera poseído por un djinn y corrió hacia el balcón.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, ya se había arrojado desde varios centenares de metros de altura para estrellarse contra el mar que rugía al pie del acantilado.

Así murió Akil al-Murar.

Y nadie llegó a saber jamás cuál había sido el terrible sacrificio que aceptó para salvar a sus ciudadanos.

Nunca se recuperó su cuerpo, perdido en las profundidades del océano, lo que llevó a algunos a afirmar que quizá siguiera con vida, vagando por el desierto y los uadis bajo el aspecto desfigurado de un loco o de un mendigo.

Imru al-Qays pronunció la elegía fúnebre de aquel hombre al que, en apenas unos meses, había terminado considerando un amigo, antes de reanudar su interminable errancia con el corazón oprimido por la tristeza.

Tras un tiempo de duelo, se inició la búsqueda de algún descendiente capaz de ocupar el trono.

Pero los habitantes de al-Kiddat pronto serían expulsados de su ciudad y de su país por una de las numerosas rebeliones que sacudían la región, viéndose obligados a partir al exilio.

 

Se dice que, en pleno reino de Hujride, entre Himyar y Bizancio, se encuentra la ciudad de al-Kiddat, hoy abandonada.

También se dice que, en su punto más elevado, sobre una pequeña terraza a la que se llega por una escalera polvorienta, hay un gran gong. Nadie recuerda quién lo fabricó ni por qué; su historia se pierde entre las brumas del tiempo.

También se dice que, si alguien hiciera sonar ese gong, despertaría a un ifrit que duerme en el fondo de los océanos y que, a cambio de un tributo insignificante, aquella criatura concedería el deseo de quien la hubiera invocado.

Ahora bien, se dice que jamás debe hacerse sonar el gong.

Jamás.

Y, sin embargo, siempre hay alguien más insensato o desesperado que los demás para desoír esas advertencias.

Siempre.

Pero esa, dicen, es otra historia.


Patrick Eris, uno de los nombres que utiliza Thomas Bauduret para publicar sus obras, nació en París el 22 de octubre de 1963. Trabaja como traductor profesional. En 2007, tradujo y publicó en Francia la novela Stone Baby de su amigo Joolz Denby, y se convirtió en coeditor de Éditions Malpertuis. Ha publicado una docena de novelas, entre las que se destacan Born killer, 1996; Une balle dans l'esthète, 1997; Rush, 1997; La Première Mort, 2003; L'Autobus de minuit, 2001; Fils de la haine, 2005; Ceux qui grattent la terre, 2016; Les Arbres, en hiver, 2016; Quelques grammes de brutes dans un monde de finesse, 2019 y Dans la nuit du monde, 2024, así como tres colecciones de cuentos: Docteur Jeep, 2011 Histoires vraies sur les rails, 2012 y Le Seigneur des mouches, 2020.

 

 

miércoles, 15 de julio de 2026

EL MILAGRO DEL CARBONCILLO

Patrick Eris

 

Si hay una imagen de mi padre que quiero conservar, es esta: inclinado sobre su mesa de dibujo, con la barba revuelta, los ojos miopes ocultos tras aquellos enormes anteojos de gruesos cristales y la cabeza calva animada por un ligero movimiento de vaivén: de arriba abajo, de abajo arriba. A veces, debido a la concentración, se le arrugaba la frente y la boca se le torcía en una expresión que podía parecer cómica.

Para mí no lo era. Yo observaba fascinada aquellos signos precursores, la calma antes de la tormenta.

De pronto se animaba, como un autómata de feria al que acabaran de poner en funcionamiento. Y dibujaba, con la frente cubierta de sudor; dibujaba con grandes ademanes, en un ballet sin música de movimientos bruscos y frenéticos. Y yo no podía hacer otra cosa que mirarlo una y otra vez, embelesada de admiración.

Cuando mi padre empezaba una de sus obras, aquel hombrecito calvo se volvía de pronto formidable, un titán legendario que manejaba el lápiz o el pincel como rayos que surcaban la tormenta de la creación. Instantes mágicos en los que el arte trasciende la carne y la belleza subyuga al mundo. Es cierto que, desde la altura de mis seis años, cualquier adulto era un gigante; pero, a medida que yo crecía, aquellos momentos privilegiados nunca cambiaban. Mi padre, el Creador, se metamorfoseaba entonces en un Júpiter surgido de los relatos antiguos que manipulaba los rayos. Una vez, una sola, tuve la misma impresión al ver a un gran pianista interpretar una pieza de Chopin de una complejidad asombrosa. Presencié entonces un enfrentamiento primordial: el hombre contra la materia inerte, empleando todas sus fuerzas y toda su voluntad para extraer de ella la belleza.

Después llegaba mi momento preferido. Aquel en que, de pronto, mi padre parpadeaba, se secaba la frente, tomaba con dedos temblorosos la copa de vino olvidada para beber un sorbo y advertía mi presencia.

—Ah, ¿estás ahí, hija? —decía, sonriéndome—. Ya terminé. ¿Quieres verlo?

¡Claro que quería! Entonces me sentaba sobre sus rodillas –al menos hasta que fui demasiado grande para eso– y me mostraba su obra.

Mi padre utilizaba toda clase de técnicas, cuyos nombres a veces me resultaban bárbaros –acrílicos, pasteles, qué sé yo–, pero su instrumento predilecto seguía siendo el carboncillo. Un cuadro tardaba demasiado en adquirir su forma ideal; un dibujo al carboncillo era un torrente de energía bruta extendida sobre el soporte, inmediato e impetuoso como su inspiración. Cuando trazaba grandes líneas sobre una tela o sobre su eterno bloc, yo tenía la impresión de que ninguna fuerza del mundo habría podido impedirle plasmar en el papel aquello que le dictaban su visión o su musa, como se prefiera.

Mi padre, aquel gigante.

Tenía un sencillo empleo como maestro de escuela, que desempeñaba lo mejor que podía. Una tarea incesante que evocaba el mito de Sísifo: cada año terminaba el curso de la misma manera para volver a empezar al año siguiente, enseñando siempre más o menos las mismas nociones básicas ante rostros diferentes. En verano le gustaba instalarse frente al caballete y pintar de una manera más minuciosa y reposada. También me gustaban sus cuadros, complejos paisajes inspirados en nuestra bella ciudad de Gante, llena de arabescos góticos, a veces iluminados por tonos pastel mediterráneos cuando sentía deseos de viajar y de exotismo. Pero creo que solo cobraba verdadera vida cuando empuñaba el carboncillo para combatir con el caballete, realizando el trabajo inverso al de un escultor que toma un bloque de mármol para, según la definición clásica, descubrir la estatua que se oculta en su interior.

Por desgracia, yo no había heredado su talento. Y ahora lo comprendo mejor: ¿cómo habría podido compararme con mi dios tutelar? Ejercía contra mí misma la crueldad que la juventud suele reservar para los demás, y todos mis intentos me parecían condenados de antemano. Probé con la escritura, pero, después de tres páginas, por lo general mi propia prosa me hacía dormir. ¿Concebir una novela? ¡Habría sido como pretender cruzar el Atlántico a nado! Entonces descubrí las computadoras y, como tantos introvertidos, me dediqué a la forma de creación que más se correspondía con mis escasas capacidades: el diseño de sitios de Internet. La red se convirtió en mi lienzo inmaterial.

Mi padre nunca expuso ni obtuvo reconocimiento. No sentía la menor inclinación por los honores ni por la vida social, y padecía un defecto imperdonable en nuestros tiempos: no sabía promocionarse. Ignoro si aquello le importaba realmente poco, si para él la felicidad de pintar o hacer bocetos constituía un fin en sí mismo. O quizá pensara que disponía de todo el tiempo del mundo.

Se equivocaba.

Yo tenía veintidós años cuando llegó el veredicto: un cáncer fulminante. Creo que tardé todavía más que él en aceptar la verdad. Después pasé sus últimos días en un estado de rabia y dolor apenas concebible, vagando entre la niebla de nuestra casa, a la que él nunca regresaría, y aquella anónima habitación de hospital donde terminarían sus días. Creo que, si Dios en persona se me hubiera aparecido, le habría escupido en la cara. En presencia de mi padre procuraba mostrarme animada, pero su valor me resultaba todavía más doloroso. Porque, hasta su último aliento, hizo todo lo posible para que yo no careciera de nada. No era rico, ni mucho menos, pero se aseguró de que todo quedara para mí: nuestra pequeña casa familiar al fondo de un callejón sombrío y sus escasas inversiones, acumuladas con la paciencia de una hormiga.

Creo que lo peor fue la primera noche después de su muerte, cuando regresé a aquella casa, nuestra casa, y solo me recibió el silencio. Aquel silencio y las preguntas sin respuesta. ¡Yo apenas tenía veintidós años! Estaba muy lejos de haber comprendido todo sobre él y, todavía hoy, no dejan de perseguirme los interrogantes. ¿Había sido feliz? ¿Soñaba con la gloria? ¿Deseaba en secreto otra vida? Nunca lo sabré.

Y yo, tan insignificante, ¿qué podría hacer sin él?

Lo enterramos discretamente en el cementerio de Campo Santo, en Gante. Fue una ceremonia sencilla, a la que asistieron sus amigos maestros e incluso algunos de sus alumnos. Hacía buen tiempo. Lloramos por él. Y regresé a aquella casa silenciosa, habitada únicamente por los fantasmas del pasado.

La continuación ya la conocen.

Hice lo único que estaba a mi alcance para honrar su memoria. Creé este sitio, el mismo sitio que, si están leyendo estas líneas, sin duda conocen. Una extraña catarsis que me proporcionó momentos de absoluta desesperación al recordar aquellas manos mágicas afanándose sobre el papel. Precisamente mientras le rendía homenaje, su ausencia se volvía todavía más dolorosa.

Píxel a píxel, escaneé todo con la mayor resolución posible. Cada cuadro, cada boceto, incluso los garabatos hechos sobre un mantel de papel de un restaurante mientras esperábamos una pizza; mantel que yo había arrancado para conservar el retrato, de un realismo conmovedor, de una desconocida sentada en la mesa de al lado.

¿Fue una obra catártica? Tal vez. Llevar a cabo aquel trabajo me produjo más sufrimiento que alegría y, sin embargo, en ningún momento pensé en abandonarlo. Tenía que hacerlo, impulsada por la misma pasión que animaba a mi padre, mi héroe. Después lo publiqué todo en Internet, acompañado por una fotografía y unos pocos datos biográficos.

Y, como ustedes saben, Willy Van De Waere fue uno de esos descubrimientos póstumos de los que existen tantos. No llegó a convertirse en el Van Gogh de Gante ni en el favorito de los grandes salones, pero hubo suficientes personas capaces de apreciar su trabajo, de firmar el libro de visitas o de debatir sobre él en el foro que abrí a pedido de todos. Algunos incluso quisieron comprar sus cuadros, pero me negué. ¿Qué importancia tenía el dinero? Aquellas obras eran todo lo que me quedaba de él. Cuando mi propia vida termine, su obra completa pasará a la ciudad con la esperanza de que algún día se convierta en un museo. Acepté organizar una exposición en París, pero fui tan exigente con las condiciones que creo que la directora de la galería terminó arrepintiéndose de haberme hecho la propuesta.

Una parte de la élite parisina acudió a ver sus obras. También los críticos. No sentí la menor necesidad de leer lo que escribieron.

Apenas empezaba a aceptar su pérdida cuando comenzaron a aparecer nuevos dibujos.

El primero fue un carboncillo –por supuesto– que representaba a una gitana bailando flamenco, con aquel movimiento fluido, aquella silueta esbelta y aquella cascada de cabellos desdibujada por el movimiento, tan característica del trazo de mi padre. Y luego aparecieron otros.

Por fortuna, Van De Waere no era lo bastante famoso como para que alguien pensara en una falsificación o en una de esas polémicas que tanto fascinan al mundo del arte. En el libro de visitas y luego en la red de contactos que había creado en distintas plataformas sociales, todos celebraban que el humilde maestro de escuela de Gante hubiera dejado discípulos. Se analizaba la perfección de la imitación, la forma más sincera de la admiración. Incluso llegaron a sugerir que aquellos dibujos podían ser obra mía.

¡Qué disparate!

Como a todo el mundo, aquellas extrañas apariciones me intrigaban. No; más aún. Porque yo, que administraba aquel espacio donde sobrevivía la obra de mi padre, estaba en la mejor posición para saber que no había sido yo quien había subido aquellos dibujos. Ni yo ni ninguna otra persona. Revisé todos los datos, hice todas las comprobaciones imaginables, y nunca encontré nada: ni la intrusión de un pirata informático, ni el robo de mis contraseñas. Aquellos dibujos, realizados con el estilo de mi padre, simplemente aparecían en el sitio que le estaba dedicado.

Nadie los publicaba. Simplemente estaban allí, y yo los descubría con la misma sorpresa que los aficionados al arte que nos visitaban. Llegué incluso a esperarlos.

Lo sé. Muchos me tomarán por loca, sobre todo porque no creo ni en Dios ni en el diablo y, mucho menos, en los fantasmas. Pero, como decía Sherlock Holmes, cuando se eliminan todas las explicaciones racionales...

Porque reconocí aquellos dibujos. Volví a ver escenas de mi infancia. Aquella gitana la habíamos admirado durante un concierto de música gitana cerca de Villeneuve-d'Ascq cuando yo tenía ocho años, y me hizo decidir en el acto que, de mayor, sería bailarina, con una abundante cabellera negra y brillante y un enorme aro dorado en la oreja.

Aquella estatua era el pequeño jade que durante mucho tiempo había permanecido sobre mi mesa de noche, hasta que lo rompí con un movimiento torpe.

¿Y aquellos caballos fogosos? ¿Qué niña no sueña con caballos?

Creo que ya comprenden adónde quiero llegar. Sí. No existe otra explicación. Es mi padre, mi querido padre, quien necesariamente está detrás de esos dibujos, inspirados en nuestro pasado compartido, antes de que me fuera arrebatado con tanta crueldad.

¿Cómo puede mantener algún tipo de contacto con un símbolo de la modernidad como Internet, él, que apenas sabía encender una computadora? No lo sé. Pero lo que sí creo, y lo que por fin me permitió volver a dormir, es que él, que hasta su último aliento solo se preocupó por el bienestar de su hija; él, que nunca pidió a la vida nada más que poder dibujar a mi lado, encontró este medio para decirme que nada había terminado.

Que allí, en algún lugar, en algún abismo más allá de la muerte –un paraíso, un limbo, qué sé yo–, sigue siendo exactamente como lo imagino todavía hoy: oculto detrás de sus gruesos anteojos, con la cabeza calva cubierta de sudor, la barba revuelta, luchando contra la materia, impulsado por un fervor creador imposible de extinguir.

Y cuando termina, advierte mi presencia, me sonríe y me dice:

—Ah, ¿estás ahí? Ya terminé. ¿Quieres verlo?

Gracias, papá.

Gracias, de todo corazón.

Patrick Eris, uno de los nombres que utiliza Thomas Bauduret para publicar sus obras, nació en París el 22 de octubre de 1963. Trabaja como traductor profesional. En 2007, tradujo y publicó en Francia la novela Stone Baby de su amigo Joolz Denby, y se convirtió en coeditor de Éditions Malpertuis. Ha publicado una docena de novelas, entre las que se destacan Born killer, 1996; Une balle dans l'esthète, 1997; Rush, 1997; La Première Mort, 2003; L'Autobus de minuit, 2001; Fils de la haine, 2005; Ceux qui grattent la terre, 2016; Les Arbres, en hiver, 2016; Quelques grammes de brutes dans un monde de finesse, 2019 y Dans la nuit du monde, 2024, así como tres colecciones de cuentos: Docteur Jeep, 2011 Histoires vraies sur les rails, 2012 y Le Seigneur des mouches, 2020. 

SIN FRENO