Patrick Eris
Se dice que, en
pleno reino de Hujride, entre Himyar y Bizancio, se alza la ciudad de al-Kiddat.
Construida enteramente en altura al borde de un acantilado que domina el mar,
se parece más a una fortaleza que a una ciudad. También se dice que, en su
punto más elevado, sobre una pequeña terraza a la que se accede por una
escalera polvorienta que nadie recorre jamás, hay un gran gong. Nadie recuerda
quién lo fabricó ni por qué; su historia se pierde entre las brumas del tiempo.
Aunque no se ha oxidado, el bronce está apagado por los siglos, y solo las
arañas y los insectos frecuentan aquel lugar. El sol intenta en vano arrancar
algún reflejo de su superficie adormecida en su inmovilidad metálica, y el mazo
permanece arrinconado desde hace siglos, quizá milenios.
También se dice que, si alguien
hiciera sonar ese gong, despertaría a un ifrit que duerme en las profundidades
del océano y que, a cambio de un tributo insignificante, aquella criatura
concedería el deseo de quien la hubiera llamado.
Ahora bien, se advierte con toda
claridad que no debe hacérselo sonar. Nunca, en ninguna circunstancia.
Y, sin embargo, siempre hay alguien
más insensato o más desesperado que los demás para desoír esas advertencias.
Sube hasta lo más alto de la ciudad, donde, según dicen, la vista del océano es
deslumbrante, toma el mazo y lo descarga sobre la superficie de bronce.
Lo que sucede luego con el
imprudente también se ha perdido en las brumas del tiempo. Solo se sabe que, en
todas las ocasiones, las consecuencias fueron de lo más funestas.
Siempre.
Y, sin embargo…
Los habían
aplastado. Habían aplastado a su ejército.
Aquellos malditos nassríes habían
maniobrado con habilidad: los defensores de al-Kiddat habían lanzado el ataque…
para quedar atrapados entre dos fuegos por un segundo flanco que permanecía
bien oculto.
Desde lo alto de su balcón, el
sultán Akil al-Murar había seguido toda la maniobra con su catalejo. Y, pese al
calor, un frío glacial se había ido apoderando poco a poco de sus entrañas. El
sultán no tenía un corazón de piedra, y aquel espectáculo brutal y sangriento
lo había dejado aturdido.
Maldijo en sabeo y se secó el sudor
de la frente. Según los informes, aquellos diablos nassríes habían arrasado el
país de Ma'at y nada parecía capaz de detenerlos. Además, los mensajeros le
habían advertido que, si continuaban en la misma dirección, terminarían
llegando inevitablemente a al-Kiddat.
Entonces el sultán había convocado
a todos sus hombres de armas. Con cada mensaje alarmante se hacía más evidente
que el enemigo pretendía apoderarse de la ciudad. Solo había dos posibilidades:
soportar un asedio interminable, con su inevitable secuela de privaciones y
quizá de hambrunas, o presentar batalla en campo abierto.
Había optado por la segunda,
respaldado por sus generales.
Generales que, en ese mismo
instante, debían de haber sucumbido bajo los golpes del enemigo.
El sultán apartó la vista de aquel
lamentable espectáculo y comenzó a recorrer nerviosamente sus aposentos. ¿Qué
hacer? Nunca había conocido la guerra y, sin embargo, ahora se encontraba solo.
¿Debían resignarse al asedio? Y si el enemigo lograba entrar… Prefería no
pensarlo. La crueldad de los nassríes era bien conocida. Imaginó la ciudad, su
ciudad, entregada al fuego y a la sangre… Para Akil al-Murar, a quien todos
alababan por su sentido de la justicia, su equidad y su dedicación al bienestar
de sus súbditos, aquella idea resultaba aún más espantosa que el suplicio que
lo aguardaba a él mismo.
¿Qué hacer, Dios mío?
Lo invocó, pero Su luz no acudió a
iluminarlo.
Fue entonces cuando un pensamiento
nació en su mente, como si un djinn travieso se lo hubiera susurrado al oído. Y
se negó a abandonarlo.
¿Qué tenía que perder?
Así fue como el sultán Akil
al-Murar emprendió un camino que nadie había recorrido desde tiempos
inmemoriales. Tras una breve ascensión, subió la estrecha escalera y llegó a la
terraza.
El espectáculo era magnífico: el
sol descendía lentamente hacia el horizonte e incendiaba de reflejos el océano,
que se extendía apacible hasta perderse bajo un cielo de un azul impecable.
Pero el sultán estaba demasiado preocupado para prestarle atención.
El gong seguía allí.
Durante el trayecto se había
preguntado si todo aquello no sería más que un cuento, como los que, según se
decía, inventaba Sherezade para escapar de la muerte. Examinó el círculo de
bronce. Lo había imaginado más grande: apenas alcanzaba la altura de un hombre.
Una vez más dudó de que realmente poseyera algún poder. La simple existencia
del gong no demostraba que la leyenda fuera cierta de principio a fin.
Pero solo había una manera de
averiguarlo.
Tomó el mazo, estremeciéndose de
repugnancia ante la capa de suciedad y telarañas que lo cubría. Respiró hondo
para serenarse y lo dejó caer.
El sonido fue más débil de lo que
había imaginado. ¿O acaso solo resonó dentro de su cabeza? Y, sin embargo,
cumplió su cometido.
En las profundidades del océano,
allí donde jamás llegan los rayos del sol, algo despertó de un letargo de
varios milenios. Una columna de burbujas ascendió hacia la superficie. El mar
se agitó con violencia cuando una masa descomunal comenzó a moverse, remontando
desde los abismos que le servían de morada.
Entonces, en medio de un enorme
estruendo de agua desplazada, el ifrit emergió de las olas y se alzó ante el
sultán, que lo contemplaba estupefacto.
Sería inútil intentar describirlo,
porque en la lengua de los hombres no existen palabras adecuadas para hacerlo.
Era menos una criatura física que una fuerza de la naturaleza, indómita y
destructora; era la tormenta que sepulta a los beduinos del desierto, la ola
nacida en alta mar que hace astillas un barco como si fuera una brizna de paja,
el rayo y la avalancha, surgidos de la combinación de los cuatro elementos en
su forma más terrible.
Y no cabía duda de que aquel ser
adoptaba tantas apariencias como ojos lo contemplaban, si es que era realmente
un ser vivo y no, más bien, un principio de la naturaleza.
El inmenso ser permaneció inmóvil,
mientras el agua caía en cascadas a lo largo de su cuerpo y el sultán,
boquiabierto, intentaba recuperar la compostura. Sus miradas se encontraron y
Akil vio brillar en los ojos del ifrit una inteligencia que lo desconcertó aún más;
pero era una inteligencia extraña, distinta de la de los hombres, cuyos
razonamientos seguían caminos imposibles de comprender para cualquier ser
humano.
—¿Me has llamado? —preguntó la
criatura en la tosca lengua de los sabeos, con una voz que solo resonó dentro
de la mente del sultán.
Al comprobar que el ser no lo había
reducido a una masa informe, Akil al-Murar intentó recuperar la voz. Pero el
ifrit leyó en su pensamiento aquello que él no conseguía expresar con palabras.
—Ya veo. ¿Quieres que libre a tu
pueblo de esos invasores?
Abrumado, paralizado por lo absurdo
de la situación e intimidado por aquella criatura que, sin embargo, no mostraba
la menor hostilidad, el sultán solo pudo asentir.
—Muy bien. Pero sabes que, a
cambio, tengo el derecho y el deber de exigir un tributo.
El sultán casi había olvidado esa
parte de la historia…
—No temas. No te pediré gran cosa.
Tan solo unos gramos de tu carne.
Casi sin darse cuenta, el sultán se
golpeó el pecho con el puño, sellando así el pacto.
—Así será.
Dicho esto, el ifrit se transformó
en un torbellino que se precipitó de inmediato hacia el ejército nassrí,
acompañado por una inmensa explosión de agua.
El torbellino barrió a los soldados
como si fueran briznas de paja.
Hombre de paz más que de guerra,
Akil al-Murar ya había contemplado suficiente matanza por aquel día. Prefirió
no presenciar el espectáculo y descendió de nuevo hacia la ciudad, dejando
atrás el impasible gong.
Durante el descenso
por las numerosas escaleras que conducían desde la cima de al-Kiddat, el sultán
tuvo tiempo de convencerse de que todo había sido un sueño particularmente
extraño. Aquel encuentro con el ifrit comenzaba ya a desdibujarse en su
memoria, adquiriendo el carácter fantasmagórico de esos sueños que el amanecer
se lleva consigo.
Y, sin embargo, cuando llegó al
balcón de sus aposentos y contempló el campo de batalla, solo vio cadáveres
retorcidos. En apenas unos minutos, el ifrit había aniquilado al ejército
enemigo antes de regresar, sin duda, a su palacio en las profundidades marinas.
Un puñado de supervivientes vagaba con el andar incierto de los enajenados; era
evidente que aquel espectáculo los había vuelto locos. Los habitantes de la
ciudad acudían ya a socorrerlos y les ofrecerían un lugar entre ellos, pues se
dice que hay que tratar con respeto al loco, que no es sino otra faceta del
sabio.
Ya comenzaban a llegar hasta él los
gritos de júbilo de sus súbditos. Más tarde, cuando se uniera a las
celebraciones, comprobaría que nadie sabía con certeza qué había destruido al
enemigo. Quienes habían presenciado el prodigio aseguraban haber visto una
tempestad que Dios –ya fuera el de los judíos, el de los cristianos, el de los
zoroastrianos o el de cualquiera de las muchas religiones que convivían
pacíficamente en la ciudad, pues no era momento para disputas teológicas– había
enviado en respuesta a sus plegarias. Pero nadie insistió demasiado en la
cuestión. Todos prefirieron rendir homenaje a los soldados que habían muerto
heroicamente frente a un enemigo más astuto.
Sin embargo, por grande que fuera
el alivio de Akil al-Murar y por feliz que se sintiera de haber salvado su
ciudad y a sus habitantes, las palabras del ifrit seguían resonando en sus
oídos.
Unos gramos de tu carne...
¿Qué había querido decir con
aquello? Era bien sabido que los ifrits eran seres retorcidos, cuyas mentes
seguían caminos inaccesibles para los hombres. ¿Qué destino le preparaba, peor
incluso que el que le habría aguardado de caer en manos de los nassríes? Sintió
un leve estremecimiento en el estómago. ¿Y si se refería precisamente a ese
pedazo de carne? Pero ¿qué importaba? Prefería renunciar para siempre a tener
descendencia y a los placeres de los sentidos si ese era el sacrificio exigido.
No, el ifrit no podía infligirle un
destino peor que aquel del que acababa de escapar, se dijo para tranquilizarse.
Se equivocaba.
Se llamaba Imru
al-Qays, a quien todos conocían como «el rey errante», y era poeta, una
ocupación que por entonces gozaba del mayor respeto entre los pueblos de
aquella región. Se decía incluso que el profeta de aquella nueva religión
monoteísta que comenzaba a extenderse cantaba sus alabanzas. Su inagotable
deseo de viajar lo había conducido nuevamente hasta las puertas de al-Kiddat.
Era hijo del rey Hujr, predecesor de Akil al-Murar. El sultán había ofrecido un
banquete en su honor, durante el cual el hombre de letras había cautivado a los
presentes con sus qasidas cuidadosamente elaboradas. Como muestra de
gratitud, se le había concedido una habitación en los aposentos reales, de la
que podía disponer cuanto tiempo quisiera. Llevaba ya varios meses residiendo
allí, disfrutando de la mesa y de los sirvientes del sultán a cambio de sus
poemas y de sus sensatos consejos. Y todos fingían no advertir su conocida
pasión por las mujeres y el vino. Pero el poeta volvía a sentir el llamado del
camino y pronto retomaría sus viajes, pues ese era su destino.
Aquella noche, como todos los
demás, había celebrado generosamente la derrota de los invasores, brindando
tanto con desconocidos como con amigos de una noche o de varios meses, y
regresó a su habitación con la mente agradablemente nublada por el vino.
Pero el grito, capaz de helar la
sangre, que desgarró la calma nocturna bastó para devolverle toda la lucidez.
Miró a su alrededor. Un segundo
alarido resonó. Ya los sirvientes, familiares y consejeros corrían
apresuradamente por los pasillos. Un nuevo grito espantoso los condujo hasta la
habitación de Akil al-Murar.
El sultán se debatía sobre el lecho
como si estuviera atrapado en una pesadilla.
Pero cuando acercaron las lámparas
de aceite a su cama, todos contuvieron el aliento y retrocedieron
instintivamente.
Sobre el noble rostro de su
soberano habían aparecido tres espantosas heridas que desgarraban su carne.
¿Tres? No... ¡Cuatro!
Los presentes se miraron unos a
otros, desconcertados.
Y, ante sus propios ojos, una nueva
herida abrió un surco sangriento en la mejilla del sultán, arrancándole otro
desgarrador alarido.
Volvieron a mirarse. ¿Qué clase de
hechicería era aquella? Uno de los consejeros, hombre prudente, pasó la mano
por encima del rostro del sultán y luego recorrió el aire sobre todo su cuerpo.
No encontró nada. No había enemigo
invisible alguno capaz de producir semejantes desgarrones. Y, mientras aún se
incorporaba, otro profundo tajo se abrió sobre el pómulo del soberano.
Todos permanecieron inmóviles,
estupefactos. ¿Qué podían hacer? ¿Cómo detener aquel maleficio, si realmente se
trataba de un maleficio?
Comenzaron a recorrer la estancia
de un lado a otro con pasos nerviosos. ¿Qué hacer? ¿Cómo aliviar semejante
tormento? ¿Continuaría indefinidamente?
Las heridas seguían apareciendo a
intervalos más o menos regulares. Y nadie podía impedirlo. Nadie era siquiera
capaz de comprender qué estaba ocurriendo. Algunos comenzaron a rezar.
Mandaron llamar a hombres santos,
sin importar a qué dios sirvieran, pero todos resultaron igualmente impotentes.
Aquel suplicio atroz se prolongó durante toda la cálida noche.
Lo que ninguno de ellos sabía era
que, con cada una de aquellas heridas, algo le era arrebatado al sultán.
Unos ínfimos miligramos de su
carne...
El suplicio se prolongó durante
toda la noche, y los desgarradores alaridos del desdichado resonaron sin cesar,
crispando los nervios de todos los que se iban relevando en el palacio. Pero
nadie, ya fuera herbolario, médico o sacerdote, supo cómo poner fin a aquel
tormento. Ni las oraciones, ni las súplicas, ni siquiera un desesperado intento
de exorcismo surtieron el menor efecto.
Las cuerdas vocales del sultán
fueron las primeras en ceder.
Llegado ese momento, ya nadie tenía
valor para mirar su rostro, convertido en una única y espantosa llaga. Todos,
profundamente conmovidos por el afecto que profesaban a su soberano, apenas se
atrevían a imaginar el tormento digno de los condenados que debía de estar
soportando.
Finalmente, también su razón
sucumbió, vencida por un dolor que el cerebro humano ya no podía soportar.
Algunos sintieron incluso un
extraño alivio al advertirlo: quizá, refugiado en lo más profundo de sí mismo,
hubiera encontrado un lugar donde el sufrimiento ya no pudiera alcanzarlo.
Cuando el alba tiñó de rosa la
ciudad intacta, el sultán, cubierto de sangre, yacía inmóvil en medio de sus
allegados, abatidos por la impotencia. Las diminutas heridas seguían
apareciendo, dejando en ocasiones el hueso al descubierto. Era un espectáculo
tan espantoso que perseguiría hasta el fin de sus días a cuantos lo habían
presenciado.
Entonces, de pronto, en esa hora
mágica en la que la noche cede el paso al día, el sultán sufrió una violenta
sacudida.
Con la boca –o lo que quedaba de
ella– abierta en un grito silencioso, saltó de la cama como si estuviera
poseído por un djinn y corrió hacia el balcón.
Antes de que nadie pudiera
reaccionar, ya se había arrojado desde varios centenares de metros de altura
para estrellarse contra el mar que rugía al pie del acantilado.
Así murió Akil al-Murar.
Y nadie llegó a saber jamás cuál
había sido el terrible sacrificio que aceptó para salvar a sus ciudadanos.
Nunca se recuperó su cuerpo,
perdido en las profundidades del océano, lo que llevó a algunos a afirmar que
quizá siguiera con vida, vagando por el desierto y los uadis bajo el aspecto
desfigurado de un loco o de un mendigo.
Imru al-Qays pronunció la elegía
fúnebre de aquel hombre al que, en apenas unos meses, había terminado
considerando un amigo, antes de reanudar su interminable errancia con el
corazón oprimido por la tristeza.
Tras un tiempo de duelo, se inició
la búsqueda de algún descendiente capaz de ocupar el trono.
Pero los habitantes de al-Kiddat
pronto serían expulsados de su ciudad y de su país por una de las numerosas
rebeliones que sacudían la región, viéndose obligados a partir al exilio.
Se dice que, en
pleno reino de Hujride, entre Himyar y Bizancio, se encuentra la ciudad de
al-Kiddat, hoy abandonada.
También se dice que, en su punto
más elevado, sobre una pequeña terraza a la que se llega por una escalera
polvorienta, hay un gran gong. Nadie recuerda quién lo fabricó ni por qué; su
historia se pierde entre las brumas del tiempo.
También se dice que, si alguien
hiciera sonar ese gong, despertaría a un ifrit que duerme en el fondo de los
océanos y que, a cambio de un tributo insignificante, aquella criatura
concedería el deseo de quien la hubiera invocado.
Ahora bien, se dice que jamás debe
hacerse sonar el gong.
Jamás.
Y, sin embargo, siempre hay alguien
más insensato o desesperado que los demás para desoír esas advertencias.
Siempre.
Pero esa, dicen, es otra historia.

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