Lee Bailes
—Bienvenido, compañero buscador —dijo la mujer pálida y remilgada apostada en la puerta del ayuntamiento cuando asentí cortésmente.
Detrás de mí, las farolas recuperaban lentamente de la oscuridad recién nacida la plaza adoquinada. Las casas y las tiendas aparecían bajo la colina, dentro de charcos de luz brumosa. Los reflejos inertes de sus cristales no ofrecían ninguna calidez.
El moño sujeto con horquillas de la mujer se balanceaba como si estuviera a punto de picotear cada una de las invitaciones numeradas mientras las examinaba. Frunció el ceño con desaprobación al advertir que me divertía su crucial tarea y me sujetó del brazo cuando intenté pasar.
—¿Realizó el ritual de purificación? Somos receptores deficientes cuando estamos contaminados por los apetitos terrenales.
Le confirmé que lo había hecho. Intenté ocultar mi irritación ante aquella invasión de mi espacio personal.
—¿Y realizó también todas las purgas descritas en el ritual?
Volví a responder que sí. Pero no fui sincero respecto del alcance de las purgas. Después de todo, a diferencia de los demás, yo no estaba allí para «recibir» ni para «ascender»; tampoco sabía qué significaban esas palabras.
Se apartó y me permitió entrar. Después me dirigió una mirada recelosa mientras yo me internaba en el edificio.
Estaba entre ellos, pero no era uno de ellos. Los que acudían en busca de consuelo. Los que luchaban contra una juventud menguante, una salud deteriorada y una mortalidad que se aproximaba. Desesperados por comunicarse con los recientemente fallecidos. Todos con los ojos llorosos, doloridos y ansiosos por encontrar pruebas de una vida después de la muerte. Yo no tenía a nadie con quien quisiera comunicarme, pues era huérfano y había sido criado por las Hermanas. Estaba sano y fuerte antes de intentar la primera de las purgas, que me dejó sangrando por ambos extremos. Como no profesaba ningún sistema de creencias dogmático, permanecía firmemente instalado en el bando de los incrédulos y los desenmascaradores. Estaba allí como periodista, dispuesto a denunciar a aquellos farsantes. Haría cualquier cosa para evitar otra tragedia, como la ocurrida cuando mi querida abuela murió durante una sesión espiritista excesivamente teatral y escenificada.
Solo circulaban rumores vagos acerca de la naturaleza de aquellas reuniones espiritistas. Como surgidos del mismísimo éter, sus organizadores habían celebrado encuentros similares en Estados Unidos. Pero aquel era el primero en territorio británico. Lo único que sabía era que mi colega de Nueva York, Blumler, había intentado desenmascarar a la secta, pero desde entonces se encontraba desaparecido. Otros lo habían intentado y habían fracasado. Algunos incluso se retractaron de sus acusaciones de fraude y se convirtieron. Por lo tanto, me correspondía actuar solo.
Unos ujieres de rostros adustos y aspecto fúnebre nos guiaron por el pasillo central del salón hasta los asientos. Nadie habló mientras cada uno ocupaba su lugar. A pocas filas del frente, quedé atrapado entre un anciano matrimonio molesto por haber sido separado. No me había fijado en ellos cuando me escabullí hacia la fila de delante, hasta que un ujier me condujo entre ambos y me obligó a avanzar por ella. Me ofrecí a permitir que se sentaran juntos, pero el ujier nos hizo callar y nos sentamos.
La ceremonia tardó en comenzar, pero nadie se inquietó ni habló. Más que temer a los ujieres, parecían ensimismados. Así que tomé notas mentales. El menor sonido resonaba sobre el suelo de roble. La iluminación de las cornisas parpadeaba y zumbaba. Una corriente de aire invisible proyectaba halos oscuros y danzantes sobre el papel tapiz afelpado de color tostado, y el olor a naftalina y polvo lo impregnaba todo. En el escenario había una única silla vacía, bajo las pesadas cortinas negras que colgaban detrás de ella.
Cuando el salón estuvo lleno, alguien se aclaró la garganta. Cerraron las puertas con llave y atenuaron las luces.
—Bienvenido de nuevo —dijo una voz, y pareció dirigirse directamente a mí.
Era extraño, porque nunca había asistido a una de aquellas reuniones.
No había oído que presentaran a la oradora. Tampoco sus pasos cuando subió al escenario. Pero allí estaba, sentada, envuelta en un vestido blanco virginal que le llegaba hasta los pies y una capa. Una aparición de ondulante cabello negro se había adueñado del foco de luz y mantenía a todos cautivados. Sus ojos estaban fijos en mí.
—Bien —dijo—. Ahora podemos comenzar.
Mi naturaleza me impulsaba a resistir. Sentí la necesidad de moverme, pero me costó obedecerla. Como si estuviera entrenada en el mesmerismo, el poder de su voz y su mirada me mantenían clavado al asiento. Me pregunté cómo una antigua empleada doméstica y niñera podía ejercer semejante dominio sobre mí. Mientras exigía que todos la miraran, sus ojos nos examinaban.
—Todos los aquí reunidos esperan establecer una conexión más allá del velo —entonó una voz femenina.
Sin embargo, no vimos que sus labios se movieran.
La multitud inclinó la cabeza con reverencia. Yo no.
Envalentonado únicamente por la penumbra del salón, seguí observando.
—Permítanme examinarlos.
Cada uno de los presentes sostuvo la mirada de la oradora. Ella sopesaba su intensa desesperación y sus anhelos secretos, comparándolos con el espíritu de cada individuo. Solo en unas pocas ocasiones se agrietó el barniz de su sonrisa o apareció un gesto de desagrado. La última fue cuando sus ojos penetrantes se encontraron con los míos. ¿Podía saber que yo no me había purificado? ¿Que era un impostor, como ella? ¿Acaso podía leer realmente las almas o los deseos íntimos de aquellos a quienes examinaba? ¿O me habían descubierto?
Pensé en la invitación, plenamente consciente de cuánto había arriesgado para estar allí. Había ocupado el lugar de otra persona. Lo había dejado atado en el suelo de la sala de su propia casa. Durante una entrevista, el hombre se había alterado cuando intenté comprarle la invitación. Amenazó con desenmascararme y advertirles. Consideré que arrebatarle su lugar era un mal menor en beneficio de un bien mayor. Todo para conseguir la primicia, advertir a los demás e impedir nuevas blasfemias.
La cortina del escenario se movió. La aparición pálida de la mujer que vigilaba la entrada surgió de detrás de ella y se arrodilló ante la silla de la oradora. Llevaba suelto el cabello, largo y lustroso, que se extendió como un abanico sobre el suelo. Sus movimientos habían sido austeros hasta que apoyó la cabeza sobre la rodilla de la otra mujer. Entonces su rostro se suavizó mientras se acurrucaba alrededor de las piernas de la oradora.
La oradora paseó la mirada por el salón, contemplando un reino situado más allá del nuestro. Al encontrar algo de su agrado, hizo una seña al aire y sonrió.
—Ha llegado el momento.
Mi corazón se aceleró. Había llegado el instante que tanto había esperado.
—Contemplen —dijo la oradora a la multitud antes de bajar la mirada hacia la suplicante arrodillada a sus pies.
Levantó una mano. La visión de su palma provocó un murmullo entre los presentes, porque parecía haber cambiado. Las uñas eran más largas.
—Comenzaremos el rito de ascensión.
La multitud suspiró. Pero yo estaba demasiado distraído para compartir su entusiasmo.
Unos dedos ansiosos, cubiertos de manchas hepáticas, dieron golpecitos sobre las rodillas, y numerosas sonrisas resplandecieron con expectación. Los ujieres nos indicaron que nos tomáramos de las manos. Sentí que la multitud concentraba sus energías mientras unas manos frías y arrugadas aferraban las mías. Después todos guardaron silencio cuando la palma alzada de la oradora descendió hacia su compañera.
La multitud volvió a cerrar los ojos. Se concentraba. Mi aliento formó una nube ante mí cuando un frío mortal invadió el lugar.
Al contacto de la oradora, el cuello de la mujer de la entrada crujió y chasqueó, y su cuerpo se sacudió. Después cayó al suelo como una muñeca de trapo. Su cráneo golpeó la madera y el sonido reverberó por todo el salón. El cuerpo dejó de moverse y exhaló un largo aliento borboteante.
Todos contemplaron entonces la figura inerte. Yo también estaba hipnotizado. No percibí ninguna respiración en su cuerpo inmóvil y tendido boca abajo.
El frío se había intensificado y sentí una presión idéntica sobre ambos hombros, como si alguien estuviera de pie detrás de mí. Pero no vi a nadie.
Con un alarido sacrílego, la mujer se convulsionó. Su cuerpo se dobló por la mitad, rodó sobre sí mismo y comenzó a aspirar rápidas bocanadas de aire.
—Contemplen —dijo la oradora mientras levantaba las palmas.
Ambas parecían diferentes. El vello de mi nuca se erizó al comprobar que sus uñas se habían alargado. Los dedos estaban retorcidos, como si poseyeran una articulación adicional.
La mujer de la entrada se incorporó como una marioneta suspendida por hilos, y el miedo me revolvió el estómago. Se volvió hacia nosotros e hizo una seña a la primera fila. Después abandonó el escenario con una sonrisa escalofriante.
Unas manos invisibles y heladas se hundieron en mis hombros hasta que el dolor frío me mareó. Entonces me soltaron.
La primera fila salió al pasillo mientras yo consideraba mis opciones.
Una columna silenciosa se acercó al escenario. Hipnotizados, los esperanzados asistentes subían uno tras otro los escalones y se arrodillaban ante la oradora. No llegaba hasta mí ningún sonido de conversación, aunque veía que ella susurraba algo a cada buscador.
Su contacto los electrizaba.
No vi ningún intercambio evidente ni cables. Tampoco señales reveladoras de electricidad, pero todos se convulsionaban cuando ella los tocaba y después permanecían inmóviles. Lo que fuera que los atravesaba solo duraba unos segundos. Cada uno dibujaba una sonrisa lasciva al respirar por fin, y luego regresaba a su asiento caminando con piernas de marioneta.
Había visto suficientes predicadores laicos babeando y hablando en lenguas como para que me durara toda una vida. Aquello era diferente. Los escalofríos que sacudían mi cuerpo demostraban lo espantoso que era. Nunca había visto a nadie elevarse desde las rodillas hasta quedar de pie, salvo en un video reproducido al revés. Pero allí desafiaban las leyes de la gravedad y la aparente fragilidad de sus cuerpos envejecidos. Tampoco había visto nunca tantos participantes voluntarios. Por lo general, se infiltraban entre la multitud unos cuantos cómplices que conocían el engaño. Sin embargo, todos los presentes parecían igualmente hechizados. Todos esperaban la misma transformación. Pero ¿qué beneficio podía obtenerse de un salón lleno de cómplices? ¿Seguía siendo tan extraordinario un milagro si todos lo recibían?
Un codo huesudo clavado en mis costillas me indicó que debía levantarme.
Todas las filas de delante habían vuelto a sentarse mientras la mía avanzaba hacia el escenario.
Ya había visto suficiente. Las miradas enloquecidas de quienes habían sido tocados me inquietaban. Era como si cada uno probara con la mandíbula unos dientes o una dentadura postiza desconocidos. Todos sonreían con una mueca de calavera.
Huí por el pasillo hacia la salida y llegué hasta la puerta principal.
Dos ujieres me cerraron el paso, interponiéndose entre mi persona y una posible fuga. Comprendí que el juego había terminado cuando unos pasos bruscos detrás de mí me advirtieron de la llegada de otros dos. Me sujetaron de los brazos, me condujeron de regreso y me colocaron al final de la fila.
Obedecí hasta que se disipó la conmoción de haber sido manipulado por la fuerza. Entonces me desprendí de sus manos y volví corriendo hacia las puertas. Estiré los dedos hacia los picaportes. Pero mis guardianes me aferraron con tanta fuerza que no pude liberarme y me llevaron otra vez hacia la fila. Esta vez continuaron avanzando con cierta urgencia, dejaron atrás a todos los que esperaban y me condujeron directamente al escenario. Obligaron a un anciano a hacerse a un lado y, pocos segundos después, me encontré arrodillado a la fuerza ante ella.
—Aquí no hay ningún engaño, señor —sentí el calor frío de su susurro divertido, aunque solo sus ojos sonreían—. Ya lo verá.
Vi que su mano descendía hacia mí. La palma estaba viva, recorrida por venas negras e irregulares. Cuando me tocó con ferocidad, se abrió el ojo de mi mente.
Había dos públicos en el salón. Vi abajo a quienes ansiaban encontrar la vida después de la muerte, observando ávidamente desde su ignorancia, haciendo fila para recibir su contacto; y sobre el escenario, las espantosas filas de los muertos. Una asamblea costrosa de putrefacción babeante. Una exhibición harapienta y deforme del infierno sobre la Tierra. Una fila voraz e infinita de condenados, ansiosos por recuperar la vida. Ansiosos por escapar de las garras del purgatorio. Por alimentarse. Por sentir.
Entre ellos, muy parecido a la fotografía de mi colega Blumler, estaba el espíritu de un hombre encorvado, con una mirada codiciosa y babeando de hambre ante la perspectiva de ocupar mi forma terrenal. Aunque no podía ser él...
Y detrás de la oradora se encontraba la visión más aterradora de todas. Una forma sombría y transustancial acariciaba su cuerpo y le susurraba instrucciones cabalísticas. La atravesaba y se entrelazaba con ella. Su voz era enloquecedora. Sus dedos eran imposiblemente largos y terminaban en garras.
Mientras sentía que aquella energía terrible desgarraba mi sistema nervioso, solo percibí el empuje del desalojo. Me obligaron a ascender mientras otro ser secuestraba mi templo.
Lee Bailes es un autor británico de terror y fantasía oscura, reconocido por la precisión de su escritura, su atmósfera envolvente y su intensidad emocional. Excrítico de cine, guionista y realizador de cortometrajes premiados en sus horas libres, y diseñador instruccional durante el día, se siente especialmente atraído por los géneros del terror, la fantasía, la ciencia ficción y la acción. Actualmente trabaja en su primera novela y prepara la publicación de una colección de relatos. Sus textos han aparecido en numerosas antologías de Nocturnicorn Press, desde White on White: A Literary Tribute to Bauhaus y The Hand of Doom: A Literary Tribute to Black Sabbath. También ha sido publicado en la antología de relatos de terror They Whispered, de Comma Press, así como en las antologías Twisted 50 Vol. III y Twisted 50 Vol. IV. Próximamente aparecerá un nuevo relato suyo en Flash of the Dead: Space, publicado por Wicked Shadow Press.

No hay comentarios:
Publicar un comentario